Cuando las trampas empezaron a funcionar, Sharon intuyó qué las había activado.

—Cada vez que toca algo, o lo destruye o tenemos que salir corriendo —Se quejó Eahla desde su compartimento de la riñonera.

Ella se encogió de hombros, sonriendo ligeramente.

—Por fortuna las trampas no son nuestro problema ahora. Me preocupa más lo que hallaremos después.

Se subió a la plataforma bordeada por sendos muros de piedra, la cual empezó a elevarse por sí sola con Sharon encima.

—Hiciste bien en alejarte de Dante —comentó de repente la cobaya durante el ascenso—. Si permaneces un paso por delante le abrirás el camino, es mejor así.

—Sí… más esos tres no cesarán en su empeño —se refería a Nelo Angelo, Griffon y la mujer rubia desconocida, a quienes Eahla escuchase en el cementerio anteriormente y cuya conversación había trasladado a la chica—. No me consideran una amenaza, de modo que sus esfuerzos se centrarán en Dante.

—Lo mejor que puedes hacer por él es mantenerte al margen y dejar que se ocupe de ellos por su cuenta.

—Lo intentaré —Pudo prometer, con un suspiro de resignación.

Cuando llegaron a lo más alto y las paredes a su alrededor se abrieron, la plataforma se detuvo; estaban en una gran cavidad natural, una cascada a sus espaldas. Sharon abandonó la redondeada plataforma, pisando agua.

—Qué lugar tan tranquilo, rebosa una serenidad que intuyo perderemos en cuanto avancemos un poco más —Comentó con una plácida sonrisa adornando sus labios.

Sus pasos por la cavidad la llevaron al exterior, hallándose en una escarpada montaña ahora. La vista desde allí era impresionante, el cielo ambarino reflejándose en el mar calmo más abajo. Un entorno de paz y sosiego capaz de inspirar a muchos artistas con solo contemplarlo.

Pero la paz no duró mucho. Una sombra sobrevolaba la montaña en dirección a Sharon; un Death Scythe.

—Aquí viene —anunció Eahla mientras la chica sacaba tranquilamente de un bolsillo de su chaqueta las gafas de sol. La cobaya alzó la cabeza para mirarla desde la riñonera—. ¿Quieres que examine la zona mientras te ocupas de esto?

—De acuerdo. Más no tardaré mucho.

Asintió, una última mirada al Death Scythe antes de saltar fuera de la riñonera.

Ahora entendía para qué estaban los agujeros del suelo. Fue bajar el brazo-palanca del esqueleto y llenarse el lugar de trampas. Una de sus intenciones al regresar había sido recoger el escudo portado por el esqueleto, pero ni rastro. Al igual que con cierta chica.

Esquivando como podía, Dante fue moviéndose hasta un túnel sin trampas donde encontró una pequeña plataforma rodeada por paredes de piedra. Al ponerse encima, esta empezó a subir como si fuera un ascensor. Arriba dio con una cascada, todo roca alrededor; ni rastro de Sharon tampoco allí.

La desaparición de la chica lo había desconcertado mucho ¿A dónde había ido? No se la había cruzado por el camino, ni un solo indicio de su paso por ninguna parte. A Dante solo le faltaba mirar debajo de las piedras.

A través de un pequeño túnel encontró la salida, el cielo ámbar sobre él, mar debajo. Era una montaña.

Un alarido venido de más abajo atrajo su atención. Al asomarse al vacío vio una gran parca en su final, haciéndose añicos. Y allí estaba Sharon.

— ¡Muñeca! —La llamó.

Ella alzó la cabeza, los ojos velados tras sus inseparables gafas de sol. Dante no podía asegurarlo, pero le pareció ver que sonreía antes de dar media vuelta e introducirse por una entrada en la escarpada montaña, no mirando atrás ni dedicándole una sola palabra primero.

—Genial… igual que cuando empezamos —Murmuró para sí.

Se apresuró en bajar, siguiéndola como ya hiciera cuando se conocieron. Al meterse por la misma entrada acabó dando con un pequeño patio, la muralla del coliseo a su izquierda. Allí fuera tampoco estaba Sharon.

Su mirada se centró en la muralla, las escaleras que llevaban a una nueva puerta. Seguro que había ido por allí, era el único camino.

Apenas dio un par de pasos cuando las marionetas le rodearon, cinco de ellas acompañadas por una más grande del tipo que ya había encontrado anteriormente. Con un suspiro de resignación, empuñó la espada envainada a su espalda. Tendría que abrirse camino primero.

Colocaba el escudo en la puerta de la derecha bajo la atenta mirada de Eahla, la cobaya sobre su hombro.

—Te está siguiendo a ti, en vez de centrarse en lo que ha venido a hacer en este lugar —Comentó la roedora, poco contenta con aquello.

—No puedo evitar eso —suspiró Sharon—. Aunque dado que me dirijo hacia Mundus, poco importa.

—Importa si no tiene la cabeza donde debe y se empeña en lo que no tiene que empeñarse —insistió, molesta con la actitud del cazademonios—. Tenías que haberle contado la verdad antes, cuando aún podías. Se hubiera evitado todo esto.

Ella lo hubiera querido así también. Pero las cosas no siempre salían como se deseaba.

—Me temo, amiga mía, que habremos de adaptarnos. No puedo impedirle seguirme, solo procurar que nada más se tuerza y avanzar.

—Pues algo tienes que hacer, porque así no podemos movernos con libertad. Además, tú…

Calló abruptamente, girando su cabeza de roedora en la dirección por la que habían venido.

—Se acerca… —Murmuró Sharon en voz baja.

Eahla asintió una vez. La chica volvió su atención a la puerta, abriéndola.

— ¿Serías tan amable de permanecer cerca de él? Aún quedan dos puertas por cruzar, es conveniente dividirnos… y así me quedaría más tranquila.

La cobaya bajó de su hombro, alejándose rápidamente mientras la chica atravesaba el umbral justo cuando Dante alcanzaba la plaza. El cazademonios miró en derredor, buscando, pero estaba solo.

—Qué rápida… —Se quejó para sí. Las marionetas lo habían retenido por algunos minutos, los cuales al parecer habían sido suficientes para que la chica desapareciese otra vez.

Una puerta entornada llamó su atención. Tomándolo como una señal, se dirigió hacia allí.

Al otro lado todo estaba oscuro. Bueno, salvo por un pequeño rincón donde encontró un pedazo de roca que emitía luz como si de una linterna se tratara. La cogió sin dudar, aprovechando su resplandor para ver mejor por dónde iba y bajando por unas escaleras. Al parecer Sharon no estaba escondida en medio de las sombras, tampoco.

Una nueva puerta lo llevó a un túnel cuyo suelo se movía como una cinta de correr, las paredes cubiertas de trampas similares a las ya vistas recientemente. Cuál sería su sorpresa cuando, al otro lado de la primera serie de clavos que atravesaban el túnel cada pocos segundos, avistó a la chica en cuestión.

— ¡Por fin! —celebró Dante, atrayendo su atención—. Mira que eres escurridiza, muñeca.

Sharon, sorprendentemente cómoda sobre el suelo móvil, alzó una mano hacia él.

—Quédate ahí, esto es muy peligroso —Le advirtió, seria.

— ¿Y me lo dices tú a mí?

—Dante, escúchame por una vez y no te…

No completó la frase, el cazademonios había cruzado la trampa que los separaba, hallándose ahora frente a ella. La cogió por la cintura sin previo aviso, avanzando arrastrándola consigo con la misma agilidad hacia la segunda trampa y cruzándola limpiamente, quizás con demasiado impulso pues a punto estaban de chocar con la pared de pinchos que cortaba el túnel cuando Sharon tiró de él a un lado y salieron del suelo móvil, quedando justo en el borde ante un espacio abierto en la pared. Dante silbó.

—Vaya, tienes mejores reflejos de lo que parece —Comentó.

Ella suspiró, retirando las gafas de sol y mirándole directamente. Se captaba cansancio en sus ojos marrones.

—Dante, esto no puede seguir así —Declaró.

—Mira, si es por lo de antes… —Empezó él.

Lo detuvo con un ademán.

—Es más complicado, te lo aseguro. Debemos seguir caminos separados, por el bien de todo.

—Explícate, porque no lo entiendo. No entiendo nada de lo que dices, mucho menos lo que haces —Se cruzó de brazos, en desacuerdo.

—No espero que lo hagas —Repuso con una amago de sonrisa.

—Todo estaba bien, ¿Por qué de pronto te largas, sin tan si quiera avisar primero? No me vengas con que hay ``algo más´´ porque no me lo trago, muñeca.

Silencio. La chica escrutaba el espacio abierto, un sólido pilar a cuatro o cinco metros de dónde ellos estaban, otro más adelante seguido de un altar construido en la pared. Vio dos lanzas, las cuales llamaron su atención.

—Te propongo un juego —habló atrayendo la curiosidad de Dante—. ¿Ves esas lanzas? Cógelas y retorna.

— ¿Y qué gano yo? —En los juegos siempre había un premio o no valía la pena molestarse desde su punto de vista.

— ¿Qué es lo que quieres a cambio?

—La verdad.

— A tu regreso brindaré respuesta a una pregunta, cual gustes —Propuso ella.

—Vale. Aunque puedes mentir —Añadió, girándose hacia el espacio abierto dispuesto a lo que le decía.

Rió, lo cual Dante no esperaba en ese momento.

—Oh, aunque quisiera no podría —inesperadamente posó una mano sobre su hombro, un gesto afectuoso—. Ten cuidado.

Asintió. Se impulsó hacia adelante, cayendo sobre el primer pilar y pasando al siguiente fácilmente. Era sencillo para él, pronto estuvo junto el par de lanzas, cogiéndolas y regresando. Tenía muchas preguntas en mente.

Pero Sharon ya no estaba.

—No me lo puedo creer… ¡Otra vez! —Se quejó, comprobando el peligroso túnel no dando crédito a lo rápido que lo había cruzado puesto que tampoco la vio por allí.

No le quedó más opción que deshacer el camino hecho con las, inútiles en su opinión, lanzas que le había indicado coger.

Estaba en la plaza de nuevo, vacía por completo. Su atención fue a la puerta del centro, en su superficie dos guerreros que parecían sostener algo. Quizás las lanzas no eran tan inútiles como pensó inicialmente el cazademonios.

Las colocó, la puerta ahora abierta. Traspasó el umbral. Estaba dentro del coliseo, un lugar enorme y vacío. Dado que había estado cerrado todo ese tiempo, él ya imaginaba que Sharon no estaría por allí, pero quizás encontrara algo interesante con lo que llamar la atención de la chica. Alguna cosa vieja y medio desintegrada, como a ella le gustaba.

Examinando el lugar, escuchó un susurro en su cabeza; pedía un sacrificio para que la senda fuera una con la Rueda del Destino.

—La Rueda del Destino… —Murmuró para sí. Le sonaba de haberlo oído antes, ¿Lo había mencionado Sharon, quizás? De estar allí seguro que hubiera tenido un montón de cosas que decir al respecto.

El cielo se ensombreció, amenazando con tormenta, rayos rojizos brotando. El pájaro demonio, Griffon, descendió de entre las nubes oscuras. Dante tomó sus pistolas y apuntó.

La puerta de la izquierda no la llevó a ninguna parte, tampoco encontró nada. Al regresar a la plaza su mirada fue hacia las puertas del coliseo, donde ella sabía que Dante había entrado. Probablemente era la dirección correcta, si le había dejado adelantarse era para entretenerlo mientras ella revisaba primero todo el lugar a su manera.

Estaba a dos metros de la puerta cuando un sonido de tierra a sus espaldas la hizo detenerse. No se volvió, sabía lo que era.

— ¿Para qué insistir? —habló meditativa—. Entre demonios el poder lo es todo, si no lo tienes más temprano que tarde acabarás destruido. ¿Para qué insistir, entonces? ¿No es mejor para vosotros haceros a un lado y dejarme hacer lo que tengo que hacer? A veces me pregunto cómo he llegado a esto… lástima.

Sonido de pasos acercándose. Sharon suspiró, dándose la vuelta encarando a los demonios araña. Su mirada, mientras las rocosas arañas salidas de la tierra h recortaban velozmente la distancia, era de un inconmensurable pesar.

Griffon chilló estruendosamente, su ala izquierda cercenada impidiéndole volver a emprender el vuelo. Mejor para Dante, empezaba a estar harto del revoloteo de aquel pajarraco.

Pero esto no supuso una ayuda para él: Griffon estaba furioso, a pesar de permanecer ahora arraigado al suelo no cesó de intentar desintegrar al cazademonios con sus rayos rojizos, moviéndose con bastante agilidad a pesar del ala perdida y tratando de golpear a Dante con pico y garras cada vez que se acercaba lo suficiente. Pero él lo burló como pudo, manteniendo la distancia sin dejar de disparar con Ebony e Ivory para mayor impotencia del gran pájaro demonio, cada vez más herido y sin posibilidad de escapar volando como hiciese en los anteriores enfrentamientos.

Desde un rincón, bien protegida tras una columna, Eahla observaba el combate. Aunque Sharon no le hubiera indicado que siguiera a Dante, lo habría hecho nada más verlo acceder al coliseo. Y dada la batalla allí celebrada su decisión no sería equivocada, especialmente si, como intuía, saldría de allí para informar a su compañera de la caída de otro sirviente de Mundus. Porque la cobaya, a diferencia de Sharon que de estar allí no dejaría de preocuparse, apostaba plenamente por la victoria del cazademonios: Griffon apenas tenía fuerzas ya para contraatacar, mientras que Dante mantenía el mismo ritmo que cuando empezasen. Era cuestión de tiempo que el pájaro cometiese un error que supusiese su muerte. Muy poco tiempo.

Había terminado con las arañas, ahora puñados de rocas desintegrándose a sus pies.

—Para ser humana te las arreglas muy bien. Contra siete de ellos, ni más ni menos —Comentó una voz femenina a sus espaldas.

Sharon se volvió lentamente, las gafas de sol velando sus ojos al mirar a la mujer rubia que acababa de hacer acto de presencia.

—Hay cosas peores —Declaró.

Trish enarcó una ceja, recortando la distancia.

—He de admitir que tengo cierta curiosidad por saber cómo alguien como tú llegó a la isla...

—Por mar.

—No me refiero a eso y lo sabes —empuñó una de sus pistolas, apuntándole al pecho—. Tal vez una bala en el corazón te haga replantear ciertas cosas. Bueno, si sobrevives: porque los humanos son muy frágiles.

A pesar del arma de fuego que la tenía por diana, esbozó una pequeña sonrisa.

—Te pareces mucho a ella —comentó de improvisto, aquellas palabras enfriando el ánimo de Trish—. Mundus hizo un buen trabajo con tu aspecto. Cuan mezquino por su parte… pero tú no tienes por qué hacer nada de esto.

Empezó a ponerse nerviosa. Cambió su blanco, hacia la cabeza de Sharon.

—Te veo muy tranquila para estar a punto de morir —Observó, tensa.

—No temo a la muerte. Aunque probablemente sea mejor para ti decirme dónde está Mundus. Si lo haces prometo dejarte marchar.

— ¿Me estás amenazando? —No dio crédito dada la situación establecida, quien apuntaba a quien.

—Solo es una advertencia. Prefiero no recurrir a la violencia.

Tan tranquila, rebosaba una calma y quietud que desconcertaban a Trish, cada vez más inquieta desde que ella nombrase su parecido con cierta persona.

—Conociste a la madre de Dante, ¿Verdad? —Comprendió, un tanto sorprendida por ello, nuevamente preguntándose quién era esa chica.

No respondió, aunque su permanente sonrisa se acrecentó ligeramente.

Un fuerte chillido proveniente del coliseo atrajo la atención de ambas mujeres hacia este. Trish intuyó su origen, y no era la única que lo hacía.

—Parece que la balanza no os favorece —Comentó Sharon.

La miró, bajando el arma.

—Esto no ha terminado —Declaró, desvaneciéndose entre rayos dorados sin más.

Temblores ligeros a pocos metros de dónde la chica estaba, más arañas pétreas emergiendo de debajo.

—No, nunca terminará —Sonaba resignada.

Griffon había caído, su sangre tiñendo el suelo del coliseo. Pero el pájaro demonio rebosaba un ímpetu por seguir luchando casi admirable. Aún con el pilar que había caído sobre él, ensartándolo al suelo sin posibilidad de levantarse, seguía intentando incorporarse, sus ojos rojos contemplando el cielo tormentoso… tres luminosos puntos rojos podían verse entre las nubes ahora; parecían ojos.

—Amo…deme otra oportunidad… —era un ruego, devoción plena en cada palabra pronunciada con suma dificultad—. Puedo acabar con él…

—Me has fallado, Griffon —Respondió una voz gutural cargada de maldad, venida desde las nubes negras.

Dante alzó la cabeza para mirar justo cuando rayos púrpuras brotaban de aquellos tres ojos rojos envolviendo al pájaro demonio que chilló de pura agonía. No tardó ni un minuto en ser desintegrado, sin dejar rastro alguno en el coliseo, así como los ojos en el cielo se desvanecieron junto con las nubes tormentosas.

—Lo has hecho bien —Era la voz de Trish, apareciendo a sus espaldas.

—Mundus… maldito cobarde —masculló Dante, asqueado con lo que había visto—. Lo ha destruido sin dudar un segundo, a uno de los suyos —no podía entenderlo. Trish no fue capaz de decir nada, guardando un tenso silencio que pasó desapercibido para el cazademonios—. Hay una chica rondando por aquí —mencionó él de improvisto—. Si ese monstruo la encuentra…

— ¿Una chica? —se interesó, sabiendo de quien hablaba pues acababa de verse las caras con ella—. Eso no es posible.

—Se llama Sharon y tiene que andar cerca —la miró—. Mundus asesinó a mi madre cuando yo era un niño. No voy a permitir que le haga daño a ella también.

— ¿Y qué vas a hacer?

Dudó, muchas cosas pasando por su cabeza desde que vio en el cielo aquellos tres ojos.

—Si pudiera sacarla de aquí…

—Quizás yo pueda ocuparme de ella —Aunque no como el cazademonios pudiera pensar, por supuesto.

Y se desvaneció del lugar, dejándole solo. Dante se acercó al pilar clavado en el centro del lugar, ahí dónde Griffon estuviese antes de ser cruelmente asesinado por su amo y señor. Con facilidad alcanzó su cima, esta bajando con él encima como si fuese un ascensor conduciéndolo al interior del pilar y al subsuelo del coliseo.

Roca lo rodeaba. Ante sí se haya el altar con una tenebrosa estatua similar a la muerte sosteniendo una rueda de piedra muy antigua y deteriorada. Vio una inscripción a sus pies donde se mencionaba nuevamente la Rueda del Destino y algo sobre ``La Tierra del Inicio´´.

Tomó la rueda de manos de la estatua, contemplándola pensativo.

De repente se dio la vuelta, apuntando con Ivory; pero a sus espaldas solo estaba Sharon.

—Ah, eres tú… —bajó el arma con un resoplido-. Por poco te vuelo la cabeza, muñeca.

—Lo cual sería perfectamente aceptable: nunca se sabe lo qué puede estar acechando a tus espaldas —sonreía ella tranquilamente, los ojos velados tras sus inseparables gafas de sol—. Un cobaya me dijo que derrotaste a Griffon.

—La frase que yo conozco habla de un pajarito, no una cobaya —repuso, a lo que ella sonrió más en lo que consideraba un chiste personal pues en verdad se lo había contado una cobaya—. Y sí, lo hice… aunque él lo remató.

— ¿Él?

—Olvídalo —le restó importancia, no queriendo rememorarlo. Alzó la rueda de vieja piedra en su mano derecha, esbozando una media sonrisa—. Mira lo que tengo, muñeca.

La chica alzó las cejas, apresurándose hacia él con las manos estiradas.

— ¡La Rueda del Destino!

En cuanto estuvo a punto de hacerse con el artilugio Dante lo alejó de ella, su media sonrisa ampliándose.

—Me imaginaba que sabrías lo que es. Supongo que volvemos a estar en el mismo bando ¿Eh, muñeca? Porque yo tengo esta cosa y tú sabes qué hacer con ella. Igual que en la biblioteca con aquel cetro.

—Bastón, era un bastón —lo corrigió, y a pesar del chantaje al que la sometía siguió sonriendo con tranquilidad—. Como gustes. Sígueme.

Lo hizo, echando a andar juntos hacia la plataforma. Pero a un paso de esta, Sharon se detuvo.

— ¿Tendrías la gentileza de brindarme la Rueda? Me gustaría echarle un vistazo por el camino, si no es inconveniente.

Se encogió de hombros, poco importándole quien de los dos cargaba con el trasto en cuestión.

—Vale —Se la entregó.

—Gracias… y perdóname —Pidió, abrazando la Rueda con un brazo.

— ¿Por qué?

No respondió. Sin previo aviso dirigió una patada recta que golpeó a Dante en el estómago, logrando derribarlo con éxito gracias a lo inesperado de aquello para él y la fuerza que la chica sorprendentemente albergaba a pesar de no aparentar gran cosa físicamente.

— ¡Sharon! —La llamó mientras se ponía en pié, ella ascendiendo sobre la plataforma flotante ya.

—Lo siento más es por tu bien —La oyó decir antes de llegar arriba.

En lo alto del pilar Eahla la esperaba.

—No parece muy contento —Observó, escuchando las maldiciones del cazademonios desde allí.

—Corre —Fue lo único que la chica dijo, sabedora de que la plataforma bajaría en breve y Dante no tardaría en volver a seguirla. De hecho ese era su plan.

El cazademonios se sentía estafado. Él había tratado de embaucar a Sharon primero mediante su interés en la Rueda del Destino, por supuesto, pero igualmente no veía justo cómo la suerte no le había favorecido.

Cuando la plataforma lo llevó fuera no se sorprendió al descubrir que era el único en el coliseo. La próxima vez que diera con la chica le preguntaría si tenía el don de teletransportarse, porque no daba crédito a lo rápido que se escabullía siempre.

En el patio tampoco la vio, lo cual complicaba un poco las cosas ¿Por qué puerta se habría marchado esta vez?

Un pequeño grupo de piedras en el suelo llamó su atención. Se hallaban frente a la puerta que los había llevado la primera vez hasta allí… y formaban una flecha perfecta que indicaba esa dirección. Demasiado bien elaborado para ser fruto del azar.

—Mmm…

Cuando entró en el coliseo eso no estaba. No perdía nada por probar.

Había dejado atrás el coliseo, atravesando el cementerio que los llevó a este cuando abandonaron el castillo. Se hallaba en el puente que conducía hasta allí, puente que había sido alzado por sí mismo cuando llegaron a ese lugar. Pero a pesar del camino aparentemente sin salida, Sharon no estaba preocupada.

Depositó la Rueda del Destino en la plataforma redonda ahí establecida. El puente volvió a bajar, permitiendo el regreso al castillo hasta entonces negado.

—Tú tenías razón desde el principio con esto —Comentó Eahla desde su hombro, asintiendo con su peluda cabecita de roedora repetidas veces.

—Y ahora retornaremos a La Tierra del Inicio… estamos muy cerca.

—Sí. ¿Ya sabes qué hay que hacer ahora?

—El Bastón de Hermes. Por fortuna me lo quedé yo cuando lo hallamos en el navío castellano.

—Espero que Dante comprenda la señal que dejé en el patio… no piensa mucho, precisamente.

Sharon rió, acariciando su oscuro pelaje y cruzando el puente. Llegó al otro extremo en menos de un minuto, entrando en el antiguo castillo maldito.

Oscuridad total en su interior, apenas se veía nada. Pero esto no intimidó a la chica, que ni entonces retiró las negras lentas que velaban sus ojos. Incluso sonrió con ironía.

—Como dice una expresión popular: hogar, dulce hogar —Canturreó para sí.

—Parece tranquilo. No percibo demonios cerca —Mencionó Eahla, sus ojillos todo pupila captando detalles en la oscuridad no visibles para el ojo humano.

—Demos un paseo y a buen seguro cambiará tu percepción del entorno —repuso ella—. Me pregunto si Dante sabrá guiarse a través de la oscuridad…

—Siendo mitad demonio debería. Además tiene la Luminita que encontraste cerca del coliseo.

—Es verdad —Se animó. Había dejado atrás aquella piedra luminosa pensando que a él le podría ser más útil.

Caminó hacia la puerta ante sí con más seguridad de la esperada entre las turbias sombras. Al otro lado se encontraba la primera sala que viera recién llegada al castillo, enorme con altas columnas y escaleras que conducían al nivel superior.

Sharon tenía buena memoria y recordaría perfectamente el camino a seguir con o sin visibilidad. Torció a su derecha.

—Espera —le retuvo Eahla, la chica deteniéndose en el acto—. Tal vez deberías examinar la sala primero.

—Dante puede alcanzarnos en cualquier momento, no contamos con mucho tiempo. Más si insistes…

Rodeó la estatua de piedra y subió los peldaños con facilidad en medio de la oscuridad. Se detuvo a mitad del tramo de escalones, volviéndose lentamente.

Rayos malvas cayeron sobre la estatua, tomando la forma de lo que parecía un murciélago de la talla de un hombre adulto.

—Plasma —Murmuró Sharon, meditativa.

—Esto puede ser un inconveniente a tener en cuenta —Añadió la cobaya, su pelaje erizándose con un estremecimiento.

El murciélago eléctrico descendió, su forma cambiando… ahora era un reflejo de la chica, quien enarcó una ceja en respuesta.

—Me lo temía… —Suspiró.

— ¿Será cómo tú en algo más que la apariencia? —Se inquietó Eahla, cierta curiosidad en sus ojillos al contemplar a la Sharon eléctrica.

—Más o menos. Aunque la copia jamás supera al original —fue la respuesta que le ofreció, toqueteando una de las patillas de sus gafas de sol—. Con un poco de suerte podremos proseguir antes de que Dante llegue… deberías mantener las distancias, amiga mía —Sugirió.

La cobaya saltó de su hombro sin más dilación, aterrizando en la vieja baranda que no tardó en recorrer ágilmente con intención de alejarse cuanto pudiera del combate que se produciría a continuación.