Los personajes de CCS son propiedad de CLAMP. La historia es mía.

"Los registros secretos del corazón de una chica"

Es tiempo.


Hacía tiempo que Syaoran no disfrutaba de las tardes sentado en el porche de su casa, esperando que la noche cayera llevándose consigo las nubes arreboladas como las mejillas de una quinceañera. Acomodó las piernas adosando su espalda en un viejo soporte de madera que crujió con su peso, descubriendo que ya tenía algo nuevo que reparar. Siempre que no se encontraba en la calle o trabajando en el taller mecánico de su padre, procuraba mantener las manos ocupadas para no pensar demasiado en lo que había sido su vida y en lo que haría con ella. Nadie parecía notar que el color de la casa cambiaba todas las navidades, quizá porque siempre escogía un color similar.

Suspiró observando las ajetreadas actividades de sus vecinos a través de las ventanas. Ese fin de semana sería transcendental para esas personas, porque la chica más querida por la comunidad, celebraría sus dieciséis años sin haber superado su primera declaración amorosa, que resultó un desastre. Ella estaba tan asustada de él, que apenas conseguía mirarlo. Syaoran consiguió manchar la imagen tan bonita que Sakura sostenía de él con unas cuantas palabras, cosa que ni sus acciones ni los rumores habían hecho hasta entonces. Suspiró tratando de contar las veces que le llamó a su teléfono celular y con la esperanza de que ella no hubiese respondido al número desconocido, llamó a su casa, pero también se negó a contestar.

El corazón le latió con fuerza cuando la puerta de los Kinomoto se abrió a lo lejos, revelándole un atisbo del cabello de Sakura, podía apreciar también su vestido cerúleo acariciándole la piel de alabastro, simplemente no podía apartar la mirada de la tierna frescura de su rostro que no había sido marcado por nada, ni por nadie. Nadeshiko sostenía una cámara fotográfica en mano y obligó a sus hijos a posar en el jardín antes de retirarse a la recepción. Mientras Syaoran se hundía en las sombras, ellos sonreían alegres como la familia unida que eran. Aún en medio de su excitación, percibió que la escena dejó de ser exclusiva para él. Hien se encontraba parado a sus espaldas con las manos metidas en los bolsillos, seguramente mirándole las piernas a la mamá de Sakura.

—A ti te gustan ellos —dijo, refiriéndose a los hermanos Kinomoto—. No es de extrañarse, son buenos chicos, la señora Kinomoto hizo un gran trabajo.

—Siempre quise una niña —respondió Hien, notando con un suspiro los pantalones rasgados de su hijo. Hacía un buen tiempo que no lo veía vestido de esa forma, con una camiseta azul de niño bueno, y la gorra roja que Sakura le trajo en uno de sus viajes a la ciudad. Syaoran tenía toda una colección de ellas, sólo porque eran un obsequio de la niña—. Y me gustan mucho los Kinomoto, pero yo también tengo chicos buenos.

—Ryuri es una cosa diferente —opinó Syaoran con cierto brío de orgullo en la voz, y una sonrisa que únicamente brilló en sus ojos—, es un trabajo conjunto, tuyo y de Nadeshiko. Estoy seguro de que llegará muy lejos y será mejor que nosotros en muchos aspectos. Quiero que sea mejor que yo, y definitivamente más hombre que tú.

Hien vaciló en posar su mano en los hombros de su hijo, un temor bien justificado, porque Syaoran se apartó de inmediato.

—Creo que también eres bueno…

—¿Aún cuando intenté sabotear a Touya enseñándole mi mundo y casi arruinar tus posibilidades de formar una familia con ellos? —negó con la cabeza—. No lo creo, tú no me viste potencial para nada ni siquiera el día que nací. Y mejor no hablemos de mi amor por Sakura, porque aunque no estés de acuerdo, voy a llevármela un día. Sólo hasta que tenga el dinero suficiente para darle todo y asegurarme de que no va a dejarme a la primera oportunidad.

El padre exhaló para tranquilizarse, abriendo y cerrando los puños.

—No quiero que la lastimes.

—Ya me lo dejaste bien claro el día que casi me tiras los dientes.

Lamentablemente su hijo tenía una memoria excepcional y una testarudez de igual proporción. Hien se movió incapaz de decirle a Syaoran, que después de haberlo golpeado estando todavía delicado en la cama de un hospital, se sintió más cerca de él que nunca. ¿Por qué el muchacho no comprendía también su dolor? La angustia de un padre que se niega a creer las barbaridades que dicen sobre su hijo, incluso después de que éste las hubiese confesado por su propia boca.

—No te preocupes, de todos modos —espetó Syaoran, encogiéndose de hombros—, fue el golpe de un cobarde para otro igual.

Incluso ante la eminente falta de respeto, Hien no se halló en capacidad de enojarse con su hijo. Percibía el agrio resentimiento que Syaoran le conservaba en cada palabra. Habían transcurrido años de su abandono, pero hizo cuanto pudo por rescatar su hogar y darle al niño que creció solo la familia que merecía, pero falló. Falló y Syaoran todavía no se lo perdonaba.

—No me molestaría si llegas a casarte con ella —siguió Syaoran, suspirando—. Es una buena mujer. —Pero en su interior se le revolvían las entrañas. Era fácil imaginar la familia que conformarían. Todos perfectos, sonrientes; amándose los unos a los otros. Serían un puñado de gente feliz que ni en la peor de sus pesadillas, optarían por acoger en su seno al niño frágil y con el corazón roto que fue en el pasado. Estaba resignado a sentirse siempre como un amigo cercano a la familia, en caso de que llegaran a tomarle afecto.

Ryuri corrió a ellos solicitando ayuda con sus zapatos. Dando la conversación por terminada, Hien se puso en cuclillas para explicar con paciencia a su hijo, la forma correcta de atar los cordones de sus zapatos.

—¿Qué hay contigo? —preguntó el niño, limpiándose la nariz con el dorso de su mano.

—¿Qué de mí? —respondió Syaoran, mirándolo por encima del hombro.

—¿No piensas ir?

—No en realidad. —Evitó la mirada desilusionada de su hermano fijando su vista en Sakura, de pie con sus manos apretadas al pecho. Se notaba angustiada, buscando algún indicio de peligro en la calle. Syaoran reprimió el impulso de saltar hasta ella, rozarle los nudillos en la mejilla y prometerle con un beso que él no era peligroso, no para ella.

La respiración se le cortó con la idea del beso. Uno de verdad. No como los que compartieron en las oficinas del restaurante. Los años que esperó por Sakura le parecieron de pronto una eternidad. Todavía recordaba cuando a ella comenzaron a crecerle los pechos, sus pezones hinchados alzándose tímidamente atrás de la camiseta. A los quince años, Syaoran no supo si sentirse sucio o dichoso al notar aquello en una niña de doce, eligió lo segundo. Ella finalmente estaba creciendo para él. Ahora ya no habría sombra de remordimiento al tocarla, ambos habían alcanzado la edad para estar juntos.

—Syaoran —solicitó Ryuri, tirándole la camisa—, si no vas a ir a la fiesta, por lo menos, no te olvides del regalo para Sakura.

Syaoran revolvió el cabello de su hermano con la comisura de sus labios tirando hacia arriba. No sería el regalo más fenomenal, aunque contaba con el dinero suficiente para regalar una buena joya y hasta un automóvil casi nuevo, escogió para Sakura algo que ella llevaba tiempo deseando, ya que siendo un regalo, nadie podría evitar que lo conservara.

—No después de que me ayudaste a escogerlo.

El niño sonrió con el débil rastro de soberbia que caracterizaba a los hombres Li.

—Uno debe conocer los gustos de su chica.

Syaoran no se sintió mejor persona por romper las ilusiones de su hermanito cuando se enterara de que Sakura en realidad era su pertenencia más valiosa, y no pensaba compartirla con nadie, ni siquiera con él. Se permitió respirar hasta que todos se hubieran marchado para dirigirse a la cochera con tranquilidad. Ahí reposaba Sky, su mascota adoptada, con una tremenda barriga embarazada. La perra movió su cola agradecida por la compañía; Syaoran en retribución le rascó las orejas, entornando los ojos para visualizar una caja que parecía temblar en la oscuridad. Ojalá su regalo lo recibiera su dulce y sencillo amor, y no la sirena que detestaba.

*.*.*

El vestido de Sakura se balanceaba con los destellos de luces que caían del cielo. A su alrededor se encontraban todas las personas más queridas por ella, las que siempre esperaba ver en la celebración de sus cumpleaños. Dos rostros se agregaron en esa ocasión. Kenichi descansaba en una esquina con un platillo de bocadillos en la mano mientras intentaba conversar con uno de los matones que Touya había invitado a la fiesta, por alguna razón, su amigo parecía bastante afectado por la presencia del jugador de futbol, pero Sakura decidió restarle importancia.

Por otro lado, Eriol pisoteaba los dedos de Tomoyo cada vez que intentaban acercase un centímetro para bailar como Dios mandaba o por lo menos, como el reglamento establecido por los adultos lo permitía.

Sakura sonrió al rostro constreñido de celos que había adoptado Hien desde que comenzó la balada, cuidando a las que él consideraba sus niñas consentidas del montón de muchachos revoltosos que vagaban por la pista con los cascos bien puestos para disparar. Sin embargo hubo una ausencia que agradeció en las profundidades de su alma.

Touya mandó lejos a su actual pareja de baile para sostener con orgullo a su hermanita que esa noche celebraba sus dieciséis años. Sakura estaba más preciosa que las flores en primavera, con su cabello recogido en un moño que comenzaba a desmoronarse con su reluciente maquillaje. No importaba. El vestido que la envolvía como un delicado capullo próximo a reventar, la hacía lucir hermosa. Por algún motivo la comparación a Touya le agradó, porque él estaba dispuesto a espantar a todos los abejorros que quisieran posarse sobre su hermanita con intenciones de sorber su dulce néctar de inocencia.

—Te quiero —le dijo, haciéndola girar para admirarla en todo su esplendor. Todavía no podía creer que la sucia chiquilla con costras de torpeza en las rodillas, se hubiera convertido en aquello.

Sakura sonrió y Touya le compartió el gesto.

—No veo tu regalo en la mesa.

Su hermano se rió, volcando su mirada en dirección a Nadeshiko, que los observaba sonriente, al borde de las lágrimas.

—Lo tengo aquí mismo —indicó, palmeándose el pecho.

—No me digas —respondió ella con ironía. Sería una tarjeta de felicitación hecha a mano, porque Touya jamás tenía dinero. Una de las razones por las que seguía con Nakuru, además de quererla con sinceridad, era que podía comer gratis a cortesía de las tarjetas de crédito que su suegro había asignado para los gastos personales de la chica.

—Por supuesto —respondió él ofendido—, y te aseguro que es el mejor de todos.

—Me muero de ganas de verlo.

—No es necesario llegar a tanto —susurró Touya, inclinándose cerca de su oído.

Antes le plantó un beso en la sien, con un profundo nudo apretándole la garganta. Pensar que estaba sustituyendo el lugar de su padre en esa ocasión tan importante, le obligó a fraternizar su abrazo. Durante mucho tiempo se había tomado a la ligera los cuidados respecto a su hermana, sabía ahora que no era ningún súper héroe para resguardarla de todos los peligros existentes; de cada uno de los muchachos que la miraban esa noche. Aunque hubiera deseado con todo su ser resguardarle el corazón por siempre, era imposible.

—Es una promesa en realidad, se la hice a papá un día y ahora quiero constatarlo jurándotelo a ti. —Consiguió con éxito atraer la atención de su hermana, que le clavó sus brillantes esmeraldas en la cara—. Es muy simple, no te emociones demasiado: te amo, Sakura. Si yo fuese un caballero, mataría dragones por ti y te encerraría en una torre para que no sufrieras. Pero no puedo. Soy un joven estúpido que la mitad del tiempo no sabe qué hacer contigo, sé que en los últimos años no he seguido el camino correcto. Te he fallado a ti y a mamá. Sin embargo te prometo que eso cambiará. Estoy dispuesto a ser un hombre, un hombre de verdad para mi familia. No voy a decepcionarlas, arreglaré las cosas con Nadeshiko, para que de ahora en adelante, cuentes con el hogar unido en el que debiste crecer.

—Yo he crecido bien —le dijo Sakura, acunándole el rostro entre las manos con una sonrisa—, no me habría gustado hacerlo de otra manera.

Nadeshiko había insistido en que a lo largo de la celebración, se proyectaran diferentes fotografías y videos de sus viajes familiares en el fondo del salón en un recorrido por la vida de la festejada y Touya las miró cuestionándose la fiabilidad de las palabras de Sakura. Debían ser ciertas, porque no faltaba imagen en la que ella sonriera. Hasta entonces fue consiente de las personas que se agregaron de a poco en su círculo familiar, los Li.

Desde esa perspectiva era fácil adivinar de dónde había surgido el amor de Sakura por Syaoran. Un muchacho guapo ajeno a la familia disponible todo el día para ella, era el sueño de toda chica. Pero su hermana no era superficial, allí existía algo más. Si entrecerraba los ojos a la ráfaga de recuerdos que circulaban en su mente, notaba que Syaoran era más cercano a Sakura de lo que ellos creían.

Syaoran siempre estaba tras ella, castigándola por sus travesuras, secándole las lágrimas mientras le curaba las heridas cuando se caía, enseñándole a encender fogatas para sobrevivir en el bosque, haciendo cosas que debía haberle ensañado él en su papel de hermano, casi llegó a sentirse un incapacitado sin vista periférica, igual que la tonta de Sakura, que sólo conseguía digerir aquello que le ponían debajo de la nariz.

Syaoran escondía cosas, ya demasiadas sin contarle los errores de la adolescencia. Como buen amigo, lo sabía todo, y como fiel confidente, no podía revelarlo. Ni si quiera a su hermana que iba a convertirse en otro trasfondo de traumas difíciles de superar. Lo único que podía hacer para ayudar a ambos sin traicionarlos, era mantenerlos separados.

Suspiró sonriendo complaciente a Tomoyo, que hizo acallar la música para tomar el micrófono. Anunció que la cumpleañera los deleitaría a todos con una canción, cerrando así la noche con broche de oro antes de despacharlos a casa. Nada había preparado a Sakura para tranquilizar sus nervios y Touya que la escoltó al escenario, se quedó rogándole a Dios que el acto resultara bien. Porque si la mala coordinación de Sakura no lo arruinaba, la canción que había escogido sí lo haría.

Maldita sea, ¿por qué demonios a ella no se le ocurrió presentar una de sus tantas composiciones, o por lo menos una que fuese acorde con la etapa que atravesaba en ese momento? Touya se cruzó de brazos, buscando entre la multitud a Hien Li, que también estaba tieso aún con su hijo pequeño en brazos. Estúpida Sakura. Al par de hombres no les restó más que cerrar los ojos en confirmación del título cuya melodía, conocían de antemano.

La composición original de Erena Fam, "Sombra de amores", estremeció el corazón de los invitados bajo la voz de Sakura. La pobre inocente que comprendería el mensaje implícito en la letra, de la peor manera.

Nadeshiko ajena de la tensión de su compañero, entrelazó sus dedos con los de Hien. Pronto tendría que hacer un viaje al cementerio donde descansaban los restos de su marido, a suplicarle de rodillas si era necesario, que la perdonara por su traición. Lágrimas brotaron de sus ojos sin advertirla porque su corazón, sus labios y su cuerpo, albergaban ahora las caricias de otro hombre. Aunque su relación no estuviese tan avanzada en intimidad, la pasión que se establecía entre ellos con un roce de dedos, era doloroso.

Estaba segura de amar a Hien, sabía que él la quería a ella. Sus hijos estaban creciendo y los mayores pronto pensarían en abandonar el hogar. Sakura escogió para su vida una carrera que absorbería todo su tiempo lejos de casa y por ningún motivo Nadeshiko deseaba estar sola. Ambos se harían compañía rellenando el vacío que las muertes de sus parejas dejaron. Ella podría ser una mejor guía para Ryuri viviendo juntos y si Dios lo permitía, podría darle a Hien esa niña que tanto añoraba tener.

Sin embargo cuando sentía en su dedo el frío fantasma de su alianza matrimonial, cada vez que miraba el desamor en la mirada de Touya, se echaba para atrás, temerosa de perder a sus hijos por querer ganar algo más. Le llevó años aceptar a otro hombre en su corazón, luchó con las inseguridades que la embargaban durante las noches al pensar en su marido, el único hombre que creyó podía amar hasta que conoció a Hien. Si su relación no estuviera construida sobre una sólida base de confianza, ni siquiera se habría atrevido a soñar con enamorarse de otro.

Sintió el momento en que Hien encorvó los hombros, desinflándose lentamente como un globo, perdiendo la fuerza incluso de sostener a su hijo con un brazo. Hizo el esfuerzo para mantenerse, sin embargo.

—¿Crees que logremos hacer esto? —preguntó ella, tan bajito que Hien apenas pudo diferenciar sus susurros entre la voz de Sakura saliendo con gracia de los parlantes que le atronaban los oídos.

—No es buen momento para preguntarlo. —Y sin más explicación, deshizo el agarre de Nadeshiko. Se movió tan rápido de su lugar, que la próxima vez que ella parpadeó para mirarlo, ya estaba en dirección a los baños, lejos.

Sakura inconsciente de la preocupación de su madre, apretó desconcertada el micrófono entre sus manos. El público la veía sin decir palabra, con la expresión borrada de sus caras. ¿Tan mal lo había hecho? ¡Qué desastroso si era así! Siendo la primera vez que cantaba para sus conocidos y familiares, esperaba que no le faltara el aire, pero sucedió. Incluso se le quebró la voz unos instantes. Estaba pálida con la boca seca. Las rodillas le temblaban y el corazón se le había subido a la garganta. ¡La canción! Debió ser la canción. Era demasiado hermosa para ser entonada con su voz. ¡Erena Fam posiblemente moriría de disgusto si llegase a escucharla! No fue sino hasta que Tomoyo alzó un pulgar hacia ella todavía sosteniendo su cámara de vídeo que el público estalló en vítores y sus labios dejaron de temblar con alivio.

—¡Estuviste maravillosa! —Fue todo lo que necesitó escuchar para regresar por completo a la vida—. ¡Por favor, canta más para nosotros!

*.*.*

Los invitados fueron asignados a diferentes camionetas proporcionadas por la madre de la festejada para regresar a casa. Syaoran incluso vio a Nadeshiko llenar su coche con desconocidos para repartirlos a diferentes partes del pueblo, Sakura invitó al vecindario completo, a la comunidad de su iglesia, unos cuantos chicos de la escuela, sus estúpidos amigos de la academia y los maestros que la mal influenciaban tampoco faltaron.

Syaoran se escondió entre los arbustos del hotel donde se había llevado acabo la recepción, inhalando aire con fuerza. Se dobló apoyando las manos en las rodillas, preguntándose cómo consiguió llegar hasta ahí. Tuvo la idea de cumplir sus ejercicios semanales en el gimnasio, arrepintiéndose al cruzar las puertas de éste. No le quedó tiempo ni de mirar su reflejo en la puerta automática cuando se encontró corriendo sin dirección por las calles. Su necesidad de saber que las cosas continuaban bien con Sakura, era más fuerte que su propia consciencia.

Se tambaleó como las hojas de los arbustos alrededor de su cuerpo cuando entre las luces que adornaban las columnas de la recepción, apareció Sakura, brillando más que todo en ese lugar. Lamentablemente llevaba escoltas. El estúpido niño de la banda de Jun estaba enrollándole un brazo alrededor de la cintura, aún en las sombras, el sonrojo en el cuello del chico no pasó desapercibido para Syaoran. Daidoji se quejaba de las ampollas de sus pies y Touya… él parecía diferente esa noche. No mantenía la habitual mirada burlona sobre su hermana esperando que tropezara para burlarse de ella, ahora parecía dispuesto a sostenerla antes de derrumbarse. Algo que a Syaoran le hizo tragar saliva con un juicio burbujeándole en la cabeza. Mierda. Touya había dado ese paso. Ese que Syaoran le aconsejaba dar hacía mucho tiempo. No era el momento indicado. ¡No ahora, Touya. No! No necesitaba otro obstáculo en su relación con Sakura.

Gimió en silencio enjuagándose el sudor de la cara. Había olvidado lo que se sentía observar a una persona querida con la esperanza de obtener una mirada, un saludo. Una señal de que no se avergonzaban de conocerlo ni tenerlo cerca. Vio a los chicos pararse a las afueras del hotel formando un circulo para comentar lo buena que estuvo la fiesta. Sakura reía, deslumbrando a Syaoran. Suavizándole los nervios para que no corriera a enterrar sus puños en la cara de Kenichi, que muy osado sacó su móvil para fotografiarse con Sakura.

Al momento del flash de otra cámara que llegó de cerca, Sakura desvió su mirada a los arbustos izquierdos del hotel, donde los reflectores habían sufrido un desperfecto, hasta entonces lo notó. Syaoran se encontraba removiéndose entre ellos, agitado, con su respiración jadeante. De cerca Sakura hubiese asegurado que tenía un ligero rubor en las mejillas, pero sí notaba lo atractivo que lucía su cabello pegándosele a la piel por el sudor. No hizo ninguna mueca que advirtiera a los demás de la presencia de Li. Como todo entre ellos, quedaría en secreto. Sin embargo no volvió a sentirse cómoda con sus amigos bajo el escrutinio de él.

Syaoran abrió los ojos una décima de centímetro. La gente estaba obligándolo a desenterrar viejos sentimientos desagradables esa noche. Primero su padre, ahora Sakura, que pasó de él sin ninguna dificultad. Se preguntó si era una maldición tener poca valía en la vida de las personas que amaba. Se quitó el gorro de la cabeza, recordando ineludiblemente su octavo cumpleaños. Su abuela le había horneado un pastel, pero Syaoran no tenía amigos para invitar porque todos se burlaban de él en la escuela; su mamá llevaba días desaparecida y su padre… su padre era la compañía más accesible que podía conseguir. Recordó que permaneció sentado durante horas fuera del edificio de oficinas en el que Hien trabajaba para invitarlo a cenar, tal vez hubiera algún regalo adicional de su padre.

Y lo hubo.

Hien le dio algo que Syaoran no olvidaría ni perdonaría nunca. Sus ilusiones de niño se rompieron al verlo salir del brazo de otra mujer que no era su madre, y la peor parte llegó cuando Hien simplemente pasó a su lado dedicándole una mirada indolente. Con la mirada vacía, Syaoran se giró con la esperanza de que no lo hubiese visto bien, incluso medio alzó la mano para saludar, obteniendo devuelta una risilla de mujer. Se miró la ropa, las manos, se tocó la cabeza, buscando algo que hubiera avergonzado a su padre lo suficiente para negarlo como hijo; no encontró nada. No eran esos detalles los defectuosos, sino todo él. Su padre no lo quería, lo consideraba una fuga a su miserable bolsillo. Desde entonces Syaoran no volvió a buscarlo y Hien no insistió demasiado en hacerlo tampoco.

Sakura no podía hacerle eso. No ella. No su Sakura.

Syaoran se secó el sudor de las manos en el pecho de su camisa. Una vez el taxi hubo llegado, los chicos se montaron sin prisas. Sakura que ocuparía más espacio por su vestido insistió en viajar en el asiento del copiloto, enviando a Touya atrás con sus amigos. Justo antes de meter la cabeza en la cabina, Sakura miró en su dirección y sonrió. Sonrió mirándole con cariño.

Ella nunca sabría lo que ese gesto significó para él.

*.*.*

Sakura suspiró en un intento de contener su llanto, ¿por qué Syaoran siempre intentaba probarla de esa manera? Ella no era maldita bruja para adivinar siempre sus necesidades, con suerte le había atinado con la sonrisa que le regaló, ¿qué hubiera sucedido si se hubiese marchado sin despedirse? Él se habría enojado haciéndola sentir miserable como siempre. Pero algo dolía en su interior. No veía esa expresión en Syaoran desde que él era un niño, incluso cuando se accidentó el verano pasado y fue a visitarlo al hospital tuvo un asomo de esa tristeza al mirarla, pero nunca lo notó tan vulnerable como esa noche.

De repente se sintió estúpida por rechazar sus llamadas, quizá pudo haberle sucedido algo y ella no estaba al tanto. Era cierto que prometió alejarse por el bien de ambos, pero eso no significaba que dejara de amarlo. Sólo estaba enojada porque Syaoran no conseguía dividir sus sentimientos de los resentimientos del corazón. Se cruzó de brazos, notando a Tomoyo descansando la cabeza en el hombro de Touya. Kenichi se había bajado unas calles atrás y ahora el destino era el hogar Kinomoto, que permanecería silente hasta que Nadeshiko acabara de ubicar a los invitados.

Por otro lado, se sentía feliz. Casi había superado su pánico a las multitudes, salvo sus pequeños fallos en la voz y el traspié insignificante que sufrió al enredarse con el cableado de los aparatos arriba del escenario. Se retorció las manos prediciendo las reacciones que obtendría de los videos que Tomoyo subiría a su canal en internet. No estaba preparada para comentarios crueles insinuando que cantaba malísimo o su carrera terminaría antes de comenzar.

A Sakura le extrañó ver las luces de casa encendidas, el automóvil de alquiler de Nadeshiko no estaba por ningún lado. Iba a gritarle a Touya que les habían robado antes de subir las escaleras del poche a trompicones, arruinando el dobladillo de su vestido. La puerta no parecía forzada y una caja con un moño rosa más un sinnúmero de huecos descansaba frente a ella.

La caja se movió, provocándole un sobresalto en el estómago, que se retorcía en fluidos de incertidumbre. Se acercó con cautela, rodeando los contornos del objeto. Un sollozo surgió seguido de un ligero temblor desde adentro, temiendo por la vida de lo que fuera que estaba ahí, quitó la tapa de un tirón. En el peor de los escenarios imaginó ver a una gata abandonada con sus crías recién nacidas, algo que sería espantoso, puesto que a ella le agradaban más los caninos.

Pero no era nada de eso.

Era algo que Sakura llevaba tiempo pidiéndole a su madre, el cachorro de Golden Retriever que soñó para exiliar de sus dominios al abusivo de CC, estaba frente a ella, con los ojos apenas abiertos y un vientre caliente y rosa que necesitaba ser alimentado. Lo tomó entre sus manos apretándolo a su pecho, ¿le había mencionado a alguien lo que realmente esperaba en su cumpleaños? No lo recordaba, ni le importaría por un breve instante, se sentía demasiado feliz para pensar.

Touya se pareció atrás de su hermana que arrullaba una bola de pelos regordeta entre sus brazos, mientras él tenía que cargar con la escandalosa de Tomoyo, que se había quedado dormida a propósito, para no ser devuelta a su mansión antes de que tomaran el desvío en la carretera. Que su hermana tuviese una mascota no le molestaba en lo absoluto, había escuchado que eran buena compañía para las chicas, el problema estaba en la persona que se lo obsequió. Su mirada cayó sin vacilaciones sobre la tarjeta perdida entre las mantas donde reposó el animal, reconocía la letra, donde fuera. No decía nada comprometedor, pero aún así, no se quedaría tranquilo. Syaoran no era un hombre de detalles. Era un cabrón que tomaba lo que necesitaba de las mujeres y ya.

—Sakura —llamó, posicionándose a su lado para abrir la puerta. Su hermana tardó en reaccionar para mirarlo.

—¿Sí? —respondió, por inercia. Estaba más concentrada pensando un nombre para su mascota.

—¿Ha sucedido algo con él, que no me hayas dicho?

Sabía perfectamente a quién se refería Touya, pero así como su hermano e incluso Nadeshiko tenían secretos en los últimos tiempos, ella tenía derecho a tenerlos también.

—No, no ha sucedido nada —respondió, quitándose los zapatos en la entrada—. Está siendo amable, eso es todo.

—Él nunca se esforzó demasiado en tus cumpleaños anteriores, ya sabes. ¿Por qué éste tendría que ser diferente?

—Porque mi madre gastó mucho dinero organizándome una fiesta, lo invité y ni siquiera tuvo la decencia de disculparse porque no asistiría —graznó, acaba de darse cuenta que la ausencia de Syaoran sí dolió en realidad.

Entró a su habitación azotando la puerta a sus espaldas, con el cachorro chillando en sus brazos. Tal vez de hambre, tal vez reprendiéndola por su reacción. Sus nervios no estaban bien. Su estabilidad emocional sufrió un daño irreparable desde que Syaoran intentó arrojarla desde un edifico luego de susurrarle palabras bonitas al oído y ahora, cometía la imprudencia de volver a caer con él sólo por culpa de un cachorro.

—¿Dejarás entrar a Daidoji? —inquirió Touya con cautela, dando toquecitos en la puerta.

—¡No! Déjala en el sofá. Quiero estar sola. —Una vez que Tomoyo se dormía, lo hacía como un tronco. Estaría bien en la estancia aunque despertara dolorida en la mañana.

Touya no dijo otra cosa y ella dejó al cachorro en la cama antes de entrar al baño a ponerse el camisón. Se dijo que no lloraría, no era justo obligarse a estar lejos de Syaoran cuando comenzaba a ser lindo con ella. Había sufrido deseando ese tipo de atención durante años, acosándolo a cada momento, hasta hartarlo de su presencia. Y ahora que tenía todo, él tuvo que abrir su maldita boca sensual para decir barbaridades en lugar de darle un beso. ¿Por qué si la quería tanto como decía, no la había besado ya?

Notó que cuando era niña, sentía sólo timidez hacia él. A medida que su desarrollo fue progresando y la curiosidad la invadía, comenzó a preguntarse cómo serían los famosos besos de los que tanto conversaban sus amigas en la escuela, también la percepción de sus roces accidentales se transformaron de algo reconfortante y seguro a un calor que todavía no conseguía dominar.

Salió de su escondite para alimentar a su mascota en la cocina, un poco de leche bastaría por esa noche y posteriormente procedió a ocultar su regalo en el cuarto de lavado. En la mañana le explicaría a su madre las circunstancias en que apareció el cachorro y porqué sentía que debía quedarse en casa a protegerlas. Además de ser lo único perdurable que tendría de Syaoran aparte de sus sentimientos.

Se paseó intranquila en la cocina alrededor de una hora, ni su madre ni Hien se habían asomado al vecindario todavía, y asumía que Touya dormiría como un oso después de devorarse casi toda la mesa de bocadillos, sin mencionar la ración adicional de pastel que obtuvo por ser familiar de la festejada. Utilizando sus brazos como abrigo, cruzó corriendo el jardín con las luces apagadas, la parte difícil sin embargo, fue tocar la puerta de su vecino. Por un momento cerró los ojos sosteniendo la esperanza de que Syaoran no se encontrara en casa, porque sólo así se salvaría de la estupidez que iba a cometer esa noche.

—¿Qué haces aquí? —Dio un respingo a la voz extraña, violenta como las ventiscas del invierno—. ¿Sucede algo malo?

—No, no. Todo está bien —dijo, apresurándose a frenar la tensión que comenzaba a establecerse en los músculos de Syaoran. Conservaba su cabello mojado pegado a la piel, ahora con la frescura del jabón flotando a su alrededor con el suavizante utilizado en su ropa limpia—. ¿También regresaste en taxi?

—Claro —respondió él, casi en un grito enojado—. ¿Me vas a decir ahora cuál es el problema?

—He dicho que ninguno, yo sólo quería darte las gracias.

Syaoran agradeció que Sakura no hubiese tartamudeado al decírselo como hacía muchas veces al pronunciar las palabras, de lo contrario, le habría saltado encima antes de que el sonrojo terminara de ascenderle por la cara. ¿Ella se habría puesto ese pijama apropósito? No lo creía, pero el detalle le encantó.

—Entonces, ¿sí lograste encontrarlo?

Ella asintió con sus ojos verdes brillando como un par de luciérnagas en el campo.

—Saldremos a buscar cosas para él, una vez tu madre lo haya aceptado. Estaba pensando que podríamos inscribirlo en una escuela, así se te dificultaría menos su cuidado —sonrió, acariciándole la mejilla con los dedos. Ella seguía sin retirarse el maquillaje corrido en sus ojos por el sudor y se alegraba de saber que ella consiguió divertirse en la fiesta.

Sakura inclinó el rostro con la mano de Syaoran ahuecándole la mejilla. Dejarlo atrás era una de esas tareas molestas que siempre aplazas para el día siguiente y ya que ella nunca fue el mejor ejemplo de estudiante perfecta, así lo haría. Esperó unos segundos a que el calor de Syaoran le abrigara el corazón para soportar cualquier rechazo. Aún si alguien apareciese a su lado advirtiéndole que todo eso acabaría en tragedia, no se echaría atrás. Quería tener un recuerdo, algo bonito y de los dos para no sentirse culpable tomando su amor antes de abandonarlo.

—Quiero dormir contigo.

Sakura no esperaba escuchar tan pronto el golpe seco de la puerta cerrándose ni las fuertes pisadas de Syaoran en las escaleras. Así como tampoco esperó que él accediese a llevarla consigo. Todavía le dolía el brazo por la reacción estremecedora del castaño tirando tan rápido de ella, que no le dio siquiera la oportunidad de declinar la propuesta.

Sakura sabía que estaban solos, que Syaoran era un ser sexual y salvaje, quizá peligroso, pero no temía de él. Ella le pertenecía, Syaoran se lo había dicho tantas veces que ya no se atrevía a negarlo. Podía tomar cuanto quisiera esa noche, ella no diría nada aunque su sueño distara mucho de perder la virginidad con el chico que amaba bajo esas circunstancias.

—No sabes cuánto tiempo he esperado por esto. —La voz de Syaoran fue un susurro al viento, tan lejano que llegó a ella por causalidad. Lo abrazó, contando dos arrugas en el cobertor de la cama. Sus sueños con él nunca fueron más allá de los besos, se preguntó cómo la gente soportaba tocarse cuando todo su cuerpo quemaba y su estómago pegaba brincos mortales. Syaoran no hizo el menor intento de quitarle el camisón antes de recostarla en la cama. ¿Así funcionaba todo con él? ¿Sin besos, ni caricias, sin demasiado afecto nunca?

Sabía lo que sucedía una vez el chico se le montaba encima. Syaoran hacía exactamente eso, aplastándola entre la suavidad del colchón y la dureza de su cuerpo. Por lo menos no tendría que soportar la vergüenza de la desnudez a plena luz de luna iluminándole la cara sonrojada. La falda se le subió a las caderas en un movimiento y medio esperaba ver los pantalones de Syaoran cortando el aire en dirección al suelo, cuando una risa provino de él.

—Eres tan linda —murmuró, peinándole el cabello con los dedos—. ¿Qué pensabas que iba a hacerte? —Completó su pregunta con un ronroneo ahogándose en las profundidades de su garganta. Había anhelado tenerla así tantas veces, con su cabello de miel desparramado en su almohada, que todavía era imposible creerlo.

—Eso que los novios hacen cuando se quedan solos.

—No todos los novios —contestó Syaoran, salpicándole de besos la nariz—. Dime una cosa, ¿me quieres?

—Te amo. —Era la última vez que se lo decía antes del adiós—. Quiero que seas mi primero. Quiero cada cosa de ti, hasta las partes que dan miedo. Quisiera comprenderte pero tú no me ayudas demasiado. Dime por qué, quién te ha herido para que sufras de esa manera.

—No soy ni por asomo la persona que tú crees. Si te lo digo, dejarás de quererme. —Alguien malvado no podía darse el lujo de soñar con recompensas como ella—. No me dejes, Sakura. No permitas que todo lo bueno que puedo ser cuando estoy contigo se pierda. Ayúdame. Cuando te dé miedo, cuando ya no me quieras, quédate por lástima, por compasión. Lo que quieras, pero no te vayas.

Sakura comprobó la adoración que Syaoran sentía por ella en su forma de tocarla, de besarla a pesar de que nunca rozó sus labios. Él se quedó dormido en su pecho, con ella peinándole el cabello. Era difícil respirar, incluso vivir se le hacía demasiada carga al pensar en el sufrimiento que provocaría en ambos una separación, pero la falta de confianza y los secretos que existían entre ellos, no le permitieron reconsiderar otra opción.

—Espero que hayas disfrutado de tu despedida, mi amor.

Syaoran sintió que se le congelaba la sangre en sus sueños. Esa frase, tan molesta y dolorosa, rebotando otra vez en su cabeza. Sólo que esta vez no podía ser real.


No sé qué decirles además de gracias por el apoyo que me dan en facebook cuando los nervios y la angustia me superan. Ustedes son geniales. :)