Los personajes de Naruto no son míos, son de Kishimoto... la historia si es de Lorraine Heath
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ACLARACIÓN
Será una adaptación, sin embargo haré algunos cambios, sobretodo con el personaje de Karin, en la historia original es un personaje odioso al ser una Mary Sue que sinceramente aborrecí, y cambiaré un poco el amor del protagonista por Karin, en esta versión sale un poco porque la sustituiré con otro personajes en ciertas ocasiones.
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Espero disfruten esta historia, la cuarta de esta serie de adaptaciones; así como yo lo hice.
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CAPÍTULO 10
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Juugo se quedó mirando a su superior como si acabara de darle un puñetazo en el estómago. Su trabajo era proteger a aquel lord y, por lo visto, había fracasado miserablemente.
―¿Asesinado? ¿Está usted seguro?
―Estoy bastante familiarizado con el aspecto que tiene un cadáver.
―No, señor, no estaba poniendo en duda que estuviera muerto, pero quizá su corazón simplemente dejara de latir.
―Y lo hizo. Después de que una daga lo atravesara. Acaban de traer a su señorita Lee.
―Es imposible que haya sido ella.
―Me temo que sí es posible. Ayer el hermano de Kamizuru volvió tarde a su casa después de pasar la tarde en los jardines y vio a la señorita Lee entrando en la biblioteca. Poco después le apeteció servirse una copa de brandy, fue a la biblioteca y se encontró a su hermano sobre un charco de sangre. La señorita Lee ya no estaba.
La rabia se apoderó de Juugo. A su padre lo colgaron por un delito que no cometió. Prefería morir antes que dejar que le ocurriera lo mismo a Tamaki.
―Está mintiendo. La señorita Lee estuvo conmigo hasta el alba.
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Sir Kabuto arqueó sus plateadas cejas.
―Estoy convencido de que el hermano de Kamizuru asesinó al marqués para heredar y está intentando inculpar a la señorita Lee ―dijo Juugo―. No hay duda de que estaría al corriente de que la chica estaba siguiendo a lord Kamizuru y sabría que nosotros estábamos informados. Lo que ha hecho es utilizar la información en su propio beneficio.
―Dios, espero que esté usted equivocado. A su majestad no le va a gustar nada saber que sus nobles se están portando mal.
―Es bastante posible que exista otra explicación, pero le aseguro que la señorita Lee no está implicada. Desde que llegué a su pensión para acompañarla al baile que celebraba la duquesa de Otsutsuki no la perdí de vista ni un momento.
―¿Está usted dispuesto a jugarse la reputación por eso?
―Y también la vida, señor.
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Estaba sentada ante una mesa que había en una lúgubre habitación; nunca había estado tan asustada. Cuando llegó a la pensión, había dos hombres esperándola en el vestíbulo. Aparecieron pocos segundos después de que escuchara cómo partía el carruaje en el que se marchó Juugo Tenían una orden de arresto y la acusaban del asesinato de Kamizuru.
Aunque ella les dijo una y otra vez que era inocente, ellos no dieron ninguna señal de que creyeran lo que decía. Claro que ella no se escudó tras ninguna coartada, y se negó a contarles dónde había estado toda la noche y por qué volvía al alba. No estaba segura de que pudiera decir una cosa como aquella y, teniendo en cuenta las duras miradas que le dedicaron aquellos hombres, tampoco estaba convencida de que la fueran a creer. Estaban muy serios. Ni siquiera le dieron un momento para cambiarse de vestido antes de llevársela de la pensión a toda prisa.
En cuanto tuviera la oportunidad, avisaría a Juugo. Estaba segura de que él hablaría en su favor.
De repente se abrió la puerta y una figura que le resultaba muy familiar se apoderó del espacio. Cuando reconoció a aquel hombre, se levantó de la silla a toda prisa, cruzó la habitación y se lanzó entre sus brazos. Él la abrazó ofreciéndole fuerza y consuelo.
―¡Oh, Dios mío, Juugo! Creen que he matado a Kamizuru.
―Ya lo sé ―dijo en voz baja empleando ese tono profundo y áspero que desprendía tanta seguridad. Ese hombre nunca dudaba, y jamás cuestionaba su habilidad para manejar cualquier situación.
―Ya le he explicado a sir Kabuto que tú no puedes haberle matado porque estuviste conmigo hasta el alba.
El pánico se apoderó de ella y echó la cabeza hacia atrás para mirarle a los ojos. Esperaba ver disgusto o vergüenza. Pero lo único que vio en ellos fue preocupación, compasión y comprensión. Muchísima comprensión, como si le estuviera revelando su corazón.
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―Ya sé que ahora tu reputación está hecha añicos, pero he decidido que prefería perder tu reputación que tu cuello. ―Como para enfatizar lo que estaba diciendo, deslizó el dedo por la garganta de la joven, sobre la base de la cual descansaban las perlas que le había regalado.
A pesar del terror que sentía, ella se estremeció.
Se dio cuenta de que se le llenaban los ojos de lágrimas. Él la cogió por detrás de la cabeza con su enorme mano y le apoyó la cara sobre su robusto pecho, donde ella pudo escuchar los lentos y rítmicos latidos de su corazón. El suyo revoloteaba como un pájaro intentando no caerse del cielo y, sin embargo, él seguía estando muy calmado y seguro de sí mismo.
―No te preocupes, Tamaki. Yo me encargaré de que tu reputación no esté dañada demasiado tiempo.
La ternura de su promesa hizo brotar las lágrimas. Si no dejaba de mostrarse tan comprensivo y generoso, se convertiría en una auténtica fuente.
Le pasó el brazo por encima de los hombros y le dijo:
―Deja que te lleve a casa.
Ella levantó la cabeza para mirarle.
―¿Así de fácil? ¿Ya me puedo ir?
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―Tiene usted a uno de los inspectores más respetados de Scotland Yard respondiendo por usted, señorita Lee ―escuchó decir a una voz que procedía de uno de los laterales de la habitación. La joven se volvió y vio allí a uno de los hombres que la había interrogado hacía solo un rato. Sir Kabuto. Él no había sido uno de los hombres que la había ido a buscar a la pensión, pero cuando llegó entró en la sala con tanta determinación que a ella se le secó la boca.
―Dese prisa, No Tenpi ―dijo sir Kabuto―. Si no fue ella quien asesinó a Kamizuru, tenemos que averiguar quién lo hizo, y rápido. A fin de cuentas, ese hombre era un lord del reino. A la hokage no le hará ninguna gracia saber de su muerte.
―Sí, señor. Me reuniré con usted en la residencia del marqués en cuanto haya dejado en casa a la señorita Lee.
El carruaje que utilizaron la pasada noche los estaba esperando en la curva. Ella supuso que no habría tenido tiempo de devolvérselo a su amigo. Juugo subió al carruaje detrás de ella y la abrazó con fuerza.
―Jamás había pasado tanto miedo ―dijo ella sin poder evitar el temblor que le teñía la voz. Ni siquiera ahora que él la estaba abrazando parecía capaz de dejar de temblar―. ¿Por qué crees que sospechan de mí?
―Por lo visto, su hermano estaba en la residencia y dice que te vio llegar a la casa alrededor de medianoche. Afirma que Kamizuru se reunió contigo en la biblioteca. Su hermano se fue a la cama, pero luego decidió que necesitaba beber algo. Asegura que se encontró a Kamizuru tirado en el suelo con una daga clavada en el corazón. Yo creo que el hermano es el culpable y que está mintiendo. No es el primero que asesina para conseguir un título. Él sabía que tú estabas siguiendo a Kamizuru, y que Scotland Yard estaba al corriente. Así que utilizó esa información para su propio beneficio. Ahora solo tengo que demostrarlo.
―¿Crees que podrás hacerlo? ¿Demostrar que el culpable es el hermano de Kamizuru?
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―Tengo una gran reputación por resolver crímenes. En cuanto le haya echado un vistazo a la residencia de Kamizuru, tendré una idea más clara de lo que ha ocurrido. En este momento mis presunciones son un poco prematuras. No tendría que habértelas contado. Pero quería que supieras que no tienes por qué preocuparte. ―Le dio un beso en la sien―. Todo saldrá bien, Tamaki.
A ella se le encogió el corazón y se le hizo un nudo en el estómago. Había tantas cosas que quería decirle a aquel hombre y tantas cosas que no podía confesarle…
Hicieron el resto del camino en silencio mientras él la abrazaba y ella se apoyaba sobre su confortable hombro.
Llegaron a la pensión y él la ayudó a apearse. Cuando se hubieron bajado, él deslizó el dedo bajo la barbilla de la joven y le levantó la cabeza. Entonces la besó con ternura y ella tuvo ganas de volver a llorar.
Cuando dejó de besarla la miró a los ojos.
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―Quiero que descanses un poco y te olvides de todo esto. Yo tengo que ocuparme del asesinato de Kamizuru. Cuando haya acabada volveré contigo. ―Esbozó una tierna sonrisa―. Entonces nos ocuparemos de tu reputación.
―Juugo…
―Chist, Tamaki. ―Le posó el pulgar sobre los labios―. Yo me ocuparé de ti, cariño.
La hizo entrar en la pensión y, aunque la señora Kakei parecía muy dispuesta a ayudarla, ella se sintió abandonada en cuanto él se marchó. Empezó a subir muy lentamente hacia su habitación. Cuando llegó allí, lo único que deseaba era hacerse un ovillo y llorar.
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