Bueno, aquí les dejo un capítulito. Lo hice en mi momento de inspiración jeje.
Pues, ya sé que deben estar hartos de flaskbacks, pero les prometo que son necesarios jiji. Es sobre uno de los días cuando Roy estaba sólo sin su Reina.
Espero lo disfruten y lo comenten.
11. Un día más.
Caminaba sin prisa, paso calmo y mirada al frente. Guardaba sus amplias manos dentro de sus bolsillos y miraba pasar a la gente frente a él.
Era una noche bochornosa en Central, y Roy Mustang se paseaba por las calles sin demasiadas ganas de nada.
Estaba harto: del trabajo en el cuartel, del silencio en su oficina y de seguir sintiéndose de esa manera. Odiaba profundamente cada maldita hora desde que Riza Hawkeye se había marchado, seis meses y medio atrás.
Detestaba la idea de llegar a una oficina vacía, y era sencillamente insufrible caminar en una ciudad que le parecía completamente vacía sin ella.
No lo soportaba un segundo más, era espantoso, pero su orgullo era más fuerte que su desolación.
Se negaba completamente a buscarla, a llamarle. Ella había decidido marcharse; pues entonces mejor para él, se decía.
Ahora que ella no estaba podía hacer lo que le viniera en gana. Ya no la tenía detrás de él como su niñera y podía ir y venir como mejor le pareciera.
Sí. Eso estaba perfecto. Podría ir, tomar un par de copas y tal vez pasara el resto de la noche con alguna chica hermosa.
No tenía porqué sentirse mal, después de todo.
Ella seguramente se encontraba en la cama de otro, entre sus brazos, a su lado, olvidándose de él… "¡Maldita sea!" pensó, estrujándose las sienes y sacudiendo la cabeza para alejar aquella repulsiva idea de su mente.
En serio que no podía soportarlo. Ella, de entre todas las mujeres en el mundo no podía pertenecerle a otro.
NO, se negaba a creerlo.
Paró en seco, con el gesto descompuesto, sintiéndose humillado, menguado… ¿¡Por qué?! ¿¡En qué momento fue que Roy Mustang se había vuelto tan dependiente de ella?! ¿¡En qué maldito momento fue que sintió que le pertenecía?!
No era así. Por mucho que le pesara, Riza Hawkeye no era suya. Ella podría ser de quien le diera la gana y una parte de él estaba consciente de eso. Pero no podía evitarlo. En su mente ella siempre había sido su… pues su… ¡Su Hawkeye! Y por monstruoso que sonara, una malvada y condenadamente egoísta parte de él había estado segura de que siempre sería de ese modo. Que Riza Hawkeye lo esperaría, o, por lo menos, se mantendría a su lado hasta el final. Nunca se preocupó por nada más, porque de alguna manera su engreída, arrogante y estúpida mente daba por sentado que era de su propiedad. Sin mencionar que nunca la creyó capaz a ella de fijarse en alguien más.
Así de estúpidamente engreído e imbécil era Roy Mustang.
Y sobretodo, aquella noche. Aquella noche que la había sentido tan cerca, tan suya. Él estaba seguro que después de lo que había pasado ella ya no se alejaría. Incluso llegó a… soñar despierto.
Sí. A soñar que tal vez y sólo tal vez ellos podrían lograrlo. Que sólo sería cuestión de llegar a la cima y entonces podría hacer las cosas de la manera correcta. Y que entonces sería oficial que Riza Hawkeye era suya. En serio que lo había pensado. Lo pensó, lo pensó seriamente y había estado dispuesto a esperar pacientemente. Y por alguna tonta razón pensó que ella también lo estaría. Ya habían esperado todo ése tiempo, después de todo.
Pero ahora se encontraba ahí, caminando sólo, sin ella a sus espaldas, y sin ninguna razón, salvo su eterno sueño de llegar a la cima. Y si seguía era únicamente por la promesa que le había hecho a Maes Hughes, porque de otro modo, no encontraba fuerzas para continuar.
A veces, en alguna de sus interminables noches sin sueño había reprimido el impulso de salir corriendo a Ciudad del Este –donde tenía entendido se encontraba ahora su más preciada subordinada– y rogarle que volviera.
Pero entonces recordaba aquellas palabras que habían salido de aquellos labios. Ella misma lo había dicho. Que se iba por alguien más… Después de lo que había pasado, Riza Hawkeye lo abandonaba ¡Por otro! Y entonces el orgullo le nublaba cualquier otro tipo de sentimiento.
Si ella estaba con otro, pues bien. Estaba bien, deseaba que al menos fuera feliz…
No, en realidad deseaba que ese maldito bastardo se incinerara hasta las entrañas y no quedara un maldito rastro de su insignificante y estúpida existencia. Que ella regresara con él, y que todo volviera a como había sido antes. Pero eso era imposible.
No había podido retenerla. Hawkeye, su Reina, había tomado la decisión de irse, de dejarlo atrás por alguien más. Y una voz tenue –probablemente la poca racionalidad y coherencia que le quedaba– le había hecho entender que eso había sido lo justo.
Que Riza Hawkeye merecía a alguien que le diera todo lo que se merecía y no que la tuviera en su cama unas cuántas horas y luego la hiciera esperar hasta quién sabe cuándo. Que merecía a alguien que la amara sin ninguna maldita restricción de esa condenada y mil veces maldita Ley de Anti-fraternización. Alguien que tuviera metas más simples.
Y ese alguien no era él, le quedaba claro.
Aún así, incluso después de seis meses y quince días, seguía calándole en lo más hondo de su orgullo el sólo imaginar que mientras él se revolcaba en el silencio ella seguramente estaba con ese maldito hijo de…
Respiró hondo y siguió su camino.
Definitivamente no podía continuar pensando en eso.
Él, Roy Mustang, el Alquimista de la Flama, el General de Brigada y próximo Fuhrer de Amestris iba a continuar. Podía hacerlo, incluso sin ella.
Tenía que poder.
Entonces tal vez algún día estaría lo suficientemente arriba como para mejorar al país y hacer del mundo el lugar que él y Maes habían imaginado. El lugar que su maestro, Berthold Hawkeye había deseado y el lugar que ella había tenido en mente cuando había decidido mostrarle el tatuaje. Y tal vez entonces podría dejar atrás los pecados, aunque fuera sólo un poco. Incluso tal vez algún día estaría lo suficientemente arriba como para mandar esa maldita Ley de Anti-fraternización directo al infierno.
Por lo pronto se dedicaría a no sentirse de esa manera. Y haría lo que había hecho durante esos infernales y horrendos seis meses y quince días. Ir al mismo lugar e intentar no recordar que, de nuevo había perdido la pieza más importante de su tablero.
Suspirando para no pensar en aquellos ojos caoba que lo perseguían, continuó sus pasos hacia ése lugar.
Entró con paso calmado y esa sonrisa arrogante en su cara como fiel máscara.
Una mujer hosca y corpulenta, con un carmesí intenso pintando sus gruesos labios y un vestido negro de noche entallando su robusta figura, lo miró entrar con gesto aburrido y un largo cigarrillo entre sus dedos enguantados. —Pero si es el Pequeño Roy— dijo con aquella voz ronca y desinteresada, desde detrás de la barra.
Él se sentó en una silla frente a la mujer —Es bueno verla, Madame— saludó con su habitual voz aterciopelada.
Y la mujer lo observó enarcando una ceja. Conocía lo suficiente a ese chiquillo malcriado como para saber a qué venía. No que le sorprendiera, desde luego. Llevaba meses así y ella conocía perfectamente la razón — ¿Lo de siempre? — preguntó casualmente, tomando un vaso de cristal y llenándolo de aquel líquido dorado.
Roy asintió —Si me hiciera el favor— respondió con esa estúpida sonrisa que se pintaba en sus labios cada vez que deseaba ocultar una mueca de disgusto.
La mujer le tendió el vaso y él lo tomó con aire seductor, paseando la mirada por el lugar en busca de una buena compañía.
La hosca mujer lo observaba en silencio. Sinceramente comenzaba a preocuparle la frecuencia con que su sobrino la visitaba. No porque esto fuera raro, sino porque, como nunca antes, siempre tomaba más de la cuenta y de vez en cuando se llevaba a una de sus muchachas.
Sabía que el Pequeño Roy llevaba mucho tiempo habiendo dejado de ser un niño, pero esa conducta no era propia de él, y las razones por las que se comportaba así eran las equivocadas. Así que, tanteando los límites preguntó—Y dime ¿Has tenido noticias del Este?
Pudo notar como los labios del pelinegro se fruncían instintivamente y sus ojos se desconcertaban casi imperceptiblemente —El Este ¿Eeeh? — Susurró él, moviendo el vaso de cristal en lo alto, haciendo que la tenue luz del lugar se refractara en el objeto, mientras él lo observaba distraídamente —No. Llevo tiempo sin recibir noticias ¿Dónde están las chicas? — preguntó abruptamente, y Chris supo de inmediato que había sido su burdo intento de cambiar el tema.
—No están aquí, Pequeño Roy, me temo que se han ido y se han olvidado de ti. — contestó con sequedad, dando una fumada al cigarrillo mientras estudiaba el semblante del azabache.
Se veía cansado. Más de lo que había recordado verlo en mucho tiempo. Había espesas ojeras debajo de sus ojos negros y su rostro condenadamente encantador parecía un poco endurecido. Entonces la ausencia de esa chica le había venido pésimamente. Mucho más de lo que pudo haber imaginado.
El hombre esbozó una sonrisa burlona —Ja — rió amargamente, dando un sorbo a su bebida —Parece que no he tenido buena suerte últimamente en ese sentido.
La mujer lo miró sin decir nada. — ¿Y qué tal cosas en el cuartel? ¿Alguna novedad? — preguntó, sonando desinteresada, mientras ella misma se preparaba un vaso de whisky.
Roy sonrió con desgana —Papeleo, y papeleo y más papeleo— bufó —Cuando me enlisté en la milicia jamás pensé que hubiese tanto maldito papeleo.
—He escuchado que las cosas en Ishval mejoran ¿Qué dices de eso, Pequeño?
—Aaaah, si, ha estado bien. Desde aquí he ayudado un poco, pero todavía es un camino largo, supongo— suspiró. De todas las cosas, la campaña de reconstrucción de Ishval era de las pocas cosas que lo mantenían en pie.
La velada continuó lenta, arrastrando los minutos pesadamente mientras Roy pedía otro vaso, y luego otro, y otro más, mientras conversaba desanimadamente con la mujer, que sólo lo observaba en silencio. Comenzaba a sentirse adormecido, los tragos se le subían lentamente, nublándole placenteramente la mente.
—No me gusta que vengas tan seguido, Pequeño Roy— comentó la mujer, una vez que lo miró reposar su mejilla sobre la mesa, con los ojos cansinos.
El hombre sonrió adormilado —Ouch. Qué directa ha sido, Madame— contestó, fingiendo la herida de una bala en el corazón. Como si realmente no se sintiera así y pudiese bromear con el asunto.
—Mírate, niño. Estás hecho trizas, así no pareces el Alquimista de la Flama— repuso la mujer con su habitual hosquedad, con voz inexpresiva para ocultar la genuina preocupación que estaba sintiendo.
Nunca, en treintaidós años lo había visto así. Roy no era una persona que se emborrachara regularmente. Ni siquiera era tan promiscuo como se presumía en los corredores del cuartel. Pero desde que esa muchachita se había largado, parecía que al hombre poco le importaba seguir manteniéndose en sus cinco sentidos.
—Vamos— dijo, con voz alegre, arrastrando ligeramente las palabras —Ya no soy un niño— rió.
Chris suspiró. En efecto, ya no lo era. Y no seguiría riñéndolo como nunca lo había hecho antes. Ni siquiera cuando había sido un mocoso. Ya no era el tiempo, ni las circunstancias. Dio otra fumada y luego dejó caer el objeto cilíndrico en el cenicero de cristal.
Quedaron en silencio y Roy suspiró profundamente incorporándose ligeramente —Este lugar está más muerto que de costumbre— observó, mirando la vaciedad a su alrededor.
—Las cosas han estado tranquilas— repuso ella, sin mucho interés.
—Sí, lo han estado— murmuró él entre dientes, moviendo el vaso medio vacío acá para allá en la barra.
Otro silencio. Y la máscara de arrogancia del alquimista se fragmentaba conforme pasaban las horas y los vasos se vaciaban. Su expresión se notaba más cansada y aburrida.
Entonces, cuando el silencio comenzó a hartarla, decidió hacerlo —Supe que compró una casa— comentó como si nada.
En ese momento el gesto infantil de su sobrino se ensombreció instantáneamente. No dijo nada.
—Escuché que es grande— continuó con tosquedad, sin dejar de fumar.
Roy bufó y habló por primera vez sobre el tema —Claro que es grande. Ya no va a vivir sola— escupió las palabras como si le supieran mal.
Chris se encogió de hombros —Parece que le ha ido bien a Elizabeth-chan ¿Sabes si volverá? Llevo algún tiempo sin verla.
Roy resopló y miró su reloj —Oh, pero qué desgracia se me ha hecho muy tarde— dijo, exagerando un tono alarmado y arrastrando la lengua —Ya es de madrugada y mañana tengo que trabajar.
La mujer dejó salir el humo de su boca, con gesto aburrido, sabiendo que sería inútil continuar con el tema —Vete con cuidado, Pequeño Roy.
El hombre se puso en pie vacilante, caminando temblorosamente y alzando una mano a modo de asentimiento. —Si, si. Nos veremos luego, Madame. Vendré a ver a las chicas un día de estos— rió descaradamente.
Chris Mustang vio marchar a su hijo adoptivo con gesto plano. No tenía sentido preocuparse demasiado. Se repondría. Lo conocía. Pero sería más difícil. Sobretodo tratándose de Elizabeth.
Lo recordaba, desde que vio a esa niña la primera vez supo que era de cuidado. Más si se trataba de alguien tan bobo como el Pequeño Roy.
Tarde o temprano comprendería que ni con todo el alcohol ni con todas las mujeres haría que se sintiera mejor. Y ella sólo esperaría a que lo hiciera.
Mientras tanto, Roy caminaba hacia su apartamento, que no quedaba muy lejos. En Central, incluso siendo las dos de la mañana seguía gente deambulando por las calles, por lo que no le importó demasiado estar ebrio. No lo estaba tanto como para no reconocer el camino de vuelta, o para no sacar sus guantes en caso de ser necesario.
"Patético" pensó, mientras abría la puerta, con la vista dispersa.
Patético que Roy Mustang estuviese tan derrotado sólo porque ella se había ido. No era para tanto ¿o sí? Era sólo la única mujer que lo conocía, que lo hacía sentir algo. Era sólo la más hermosa de las mujeres que había tenido entre sus brazos… era sólo el mejor soldado que había conocido, era sólo la más leal, responsable y fiel de las personas. No era para tanto.
Miró el papel que había en la pared de su solitario, vacío y patético apartamento. Arrancó la hoja con el "8" gigante, dejando el "9" a la vista.
Sonrió para sí. Al menos sabía en qué día estaba.
Era un 9 de abril de 1917 en la madrugada.
Un día más sin ella.
Bueno, aquí está. Espero que lo comenten y si no les gustó me digan. Volveremos al presente en el siguiente capítulo, lo juro jeje. Espero COMENTEN, es muy importante para mí.
Sayonara! n_n
