Gracias a Lore por el beteo. Saludos cariñosos a todos los que siguen esperando; ahora la tengo más difícil que nunca, sin internet en casa. Siento mucho la demora.


Capítulo 11

Por fin.

Tal como Draco había temido, se había vuelto indispensable sincerarse totalmente con Harry para que éste aceptara que se encontraban destinados a estar juntos tal vez durante el resto de su existencia, les doliera en el orgullo o no. Hechizarse a él mismo y a Harry en una "apuesta de la verdad" había sido una inspiración de último momento y un recurso arriesgado, pero no le había quedado más remedio. Un plan tras otro habían fallado durante el día y Draco había comprendido a regañadientes que Harry era un estúpido que requería que le explicasen las cosas con manzanitas y que no consentiría sus acercamientos ni insinuaciones si primero no le comprobaba que lo suyo era auténtico.

Así que Draco, ya un tanto desesperado y temiendo que Harry hiciera explotar su oficina por culpa de su magia contenida, se decidió a ejecutar el Plan E: exponerse a un elemento de origen mágico que le obligara a hablar con la verdad absoluta. Un plan temerario cuyo resultado había valido la pena: Harry, en cuanto escuchó su confesión, soltó la snitch y se abalanzó sobre él. Draco lo miró venir experimentando sentimientos contradictorios: esperanza, miedo y excitación. No estaba seguro de qué sería lo que el auror haría a continuación.

Harry llegó hasta él, soltó el palo de su escoba y acunó las mejillas de Draco entre sus manos. Draco tuvo tiempo de soltar un suspiro entrecortado: aquellas manos grandes y masculinas cubriendo su cara eran como un sueño vuelto realidad. La sensación ante un hecho tan simple era en verdad maravillosa. Abrumado, Draco cerró los ojos y entonces Harry estaba besándolo… Besándolo con pasión y furia y Draco se dejó llevar durante unos segundos antes de corresponder. Emitió un gruñido, mitad placer mitad ansiedad, liberando de ese modo la tensión y el miedo que aquella situación le había hecho sentir.

Finalmente. Joder, finalmente. Apenas sí podía creerlo.

También él soltó su escoba y se aferró a la túnica de Harry. Se besaron con algo que era casi como enojo, y las escobas comenzaron a bajar con lentitud hasta que sus pies tocaron el suelo del campo. Harry gimió su aprobación. Sin quitar su boca de la de Draco, desmontó la escoba y la pateó lejos. Bajó las manos de la cara de Draco y lo sostuvo de los brazos para ayudarlo a desmontar. Era fantástica, pensó Draco distraídamente, la cantidad de cosas que Harry podía hacer sin dejar de besarlo. Habilidoso en grado sumo, aquel sorprendente auror.

Merlín, cómo lo quería. Lo quería sólo para él. Lo quería y jamás lo iba a perder.

Sus pensamientos de posesión eterna se vieron interrumpidos porque Harry, apenas se vieron libres de las escobas, lo empujó y cayeron sobre el pasto, con el moreno encima de él. Entonces, Harry se restregó contra su entrepierna con fuerza, su erección se frotó descarada contra la suya; y Draco podría haberse puesto a lloriquear por la sensación, por poder experimentar de nuevo eso, por recordar que había vivido semanas enteras en las que había creído que Harry y él no volverían a tocarse así, que no iba a tener la oportunidad de conocer y explorar cada recoveco del apetitoso cuerpo del auror.

Harry no se quedaba atrás en demostrar su deseo. Parecía estar muriendo de hambre por Draco: no dejaba de devorar su boca, de gruñir y jadear, de aplastar sus labios, de sumergir su lengua, de morderlo y extraerle hasta el alma. Gimió junto con él mientras lo aplastaba con todo el peso de su jodida humanidad, y Draco elevó las caderas mientras sus manos demandantes acariciaban los músculos tensos ocultos bajo la ropa del otro. Creía que jamás tendría suficiente; lo quería todo, y lo quería en ese instante. Necesitaba de Harry. Se moría por Harry, Merlín, ¿cómo había podido vivir sin eso todos esos años? ¿Cómo?

—Harry, yo… Me gustaría que… —masculló contra los labios del otro, pero se quedó sin aire para finalizar su petición. El problema era que si Harry seguía restregándose de ese modo contra él no iba a durar nada, iba a finalizar vergonzosamente en cuestión de segundos, iba a mojar esos pantalones de quidditch que ni siquiera eran suyos y joder, no...

A Harry no parecía importarle. Estaba desesperado, sudoroso, frenético y Draco habría sido un mentiroso si hubiese negado que le fascinaba verlo así por él. Sucumbió a la avasallante experiencia y decidió dejarlo continuar sin importar lo abochornantes que serían las consecuencias.

—Draco, joder… sí. Así, espera. Oh, dios, sí. Así —eran las palabras incoherentes que Harry soltaba con voz ronca cada vez que sus erecciones se rozaban a través de todas esas capas de ropa. Y de pronto pareció recordar que había más y que tenía manos, porque refunfuñó, como regañándose a él mismo, y las metió bajo la túnica de Draco para tomarlo de la cintura. Draco percibió el calor de las palmas de Harry contra su piel; los callos de aquellas manos contra la suave piel de sus caderas, sus dedos acariciando con ternura. Harry se apalancó de ese modo para incorporar la parte inferior de su cuerpo, enredó sus piernas entre las de Draco y oprimió con mayor ímpetu su erección contra la de él.

Un apretón más de aquel delicioso miembro endurecido y Draco puso los ojos en blanco. Gimió y dejó de besar a Harry: toda su atención, su sangre y su calor viajaron a su entrepierna, alistándose para el orgasmo más salvaje del que pudiera tener memoria. Echó la cabeza para atrás y Harry arremetió contra su cuello, mordiendo y succionando. Draco cerró los ojos. Sus uñas se clavaron en la espalda de Harry, quizá haciéndole daño.

—Joder, Harry.

El mundo se oscureció y Draco demoró unos segundos en percatarse de que eso no era producto del calor del momento. Abrió los ojos y se asustó al descubrir que el campo de quidditch falso ya no estaba a su alrededor. El encantamiento había finalizado y Harry y él se encontraban tendidos en el durísimo suelo de piedra de un cuarto vacío. Draco se paralizó cuando cayó en cuenta de por qué había pasado aquello.

—Merlín. Harry, espera —masculló, intentando frenar a Harry, quien parecía no haber notado nada y continuaba frotándose contra Draco de modo enardecido y mordiendo su cuello con pasión—. ¡Potter! —exclamó Draco al tiempo que empujaba al auror fuera de control—. ¡Joder, espera, aquí no es lugar para esto!

—¿Qué? —preguntó Harry, finalmente levantando la cara de su cuello y mirando a Draco. Tenía los ojos nublados de placer; el cabello, más alborotado que nunca antes y la cara extremadamente sonrojada. Draco tuvo que pasar saliva ante eso y por poco cede al impulso de volver a besar a aquel hermoso pedazo de hombre.

Pero sabía que no debía: al menos, ahí no. No tenía ningún deseo de que su anhelado encuentro con Harry fuera material porno para un tercero.

—Nos están monitoreando —explicó en voz baja, reuniendo todo gramo de voluntad que le quedaba para dejar de elevar sus caderas contra las de Harry—. Es contra las reglas del gimnasio realizar este… tipo de actividades. Seguramente Frederick ya ha descubierto que no estamos jugando al quidditch, precisamente, y esto —dijo mientras miraba a su alrededor— es su primera advertencia.

Fue entonces que Harry se dio cuenta de que el cuarto había recuperado su apariencia normal, que el hermoso encantamiento de campo al aire libre había finalizado por completo. Eso, Draco sabía, era señal de que era hora de salir de ahí si no quería enfrentar una multa o una expulsión del club.

—Si quieres regresar aquí algún día… conmigo, por supuesto —añadió Draco con una amplia sonrisa—, es mejor que dejemos las cosas así.

Harry se veía más allá que sólo frustrado. De verdad parecía a punto de gritar, de llorar o algo. Dejó caer la cabeza sobre el pecho de Draco y suspiró un par de veces. Piadosamente, había dejado de restregar su apetitoso cuerpo contra el de él.

—Lo siento mucho —dijo con voz ahogada—. Nunca pensé que se darían cuenta. Bueno, si he de ser sincero, ni siquiera estaba pensando en eso. En verdad lo lamento…

Entonces, como impulsado por un resorte, se levantó de encima de Draco y se puso de pie de un salto. Desde su posición en el suelo, Draco notó la erección de Harry bajo sus pantalones de quidditch. Suspiró y se mordió los labios. Pensar que eso ahora era suyo y sólo suyo, y que podría tenerlo en la boca o donde le placiera en cuanto se presentara una oportunidad adecuada, le hacía la boca agua y le inundaba el pecho con una ilusión que no había experimentado en décadas.

Deliciosa y tiernamente sonrojado, Harry le tendió una mano para ayudarlo a levantarse. Draco sonrió y la aceptó. En cuanto estuvo de pie, ambos, ya sin tocarse y sólo sonriéndose de manera cómplice, salieron del cuarto y se encontraron de nuevo en el vestidor.

Había que ducharse. Draco suspiró al pensar que no tenía idea de cómo iba a aguantar sin ponerle las manos encima a Harry al mirarlo desnudo y mojado junto a él, pero… Esa línea de pensamiento se desvaneció cuando vio que Harry estaba cogiendo la ropa y las pertenencias de ambos a toda prisa. Con ellas entre los brazos, se giró hacia Draco con gesto determinado.

—¿Hay algún problema con el club si nos llevamos los uniformes?

Draco frunció el ceño.

—No tengo idea, nunca he hecho tal cosa. ¿Por qué lo…?

Harry no le permitió terminar la pregunta. Draco lo vio sacar su varita, dar un paso hacia él y tomarlo firmemente de un brazo. Realizó la desaparición conjunta y Draco no dejó de sonreír durante el breve viaje hacia, él sospechaba, el apartamento de aquel degenerado.

Un degenerado que sólo pensaba en sexo y que era ardiente como el sol en el firmamento. Un degenerado que sólo era suyo y que, por todos los jodidos dioses de todos los panteones de todas las religiones, esa vez Draco no iba a dejar escapar.


Se aparecieron en lo que Draco supuso era el cuarto de Harry en su apartamento. Era una habitación no muy amplia y algo desordenada; llena de ropa, libros y montones de cosas; y, en medio de todo, una gran cama sin hacer. No obstante, era linda y estaba limpia (sin colillas de cigarro, ni cenizas ni nada parecido alrededor, detalle que agradó a Draco porque quería decir que al menos Harry no fumaba en el sitio donde pernoctaba y eso ya eran kilómetros ganados en el camino para ayudarlo a dejar el tabaco). Contaba con un ventanal que abarcaba todo un muro, cuyas cortinas translúcidas permitían la entrada de la luz y el calor del sol del atardecer. Además, olía a Harry. El cuerpo de Draco se estremeció al percibirlo y todavía más cuando cayó en cuenta de que estaba a minutos de poder probar ese aroma no sólo con su olfato, sino con el gusto y con todos sus jodidos sentidos.

Iba a comerse a Harry.

Sacó la varita de entre su ropa. El auror lo miró con los ojos muy abiertos y una sonrisa engreída; quizá creía que lo iba a hechizar por haberse atrevido a secuestrarlo directamente hasta su cama. Draco también sonrió al tiempo que desaparecía el uniforme de quidditch que Harry traía puesto y luego procedía a hacer lo mismo con el suyo, dejándolos a los dos solamente con su ropa interior. El sudor que todavía mojaba sus cuerpos se sintió helado ante la repentina desnudez.

—Los he mandado de regreso al vestidor del club antes de que Frederick entre a revisar y los eche de menos —explicó Draco cuando Harry lo miró con ojos burlones—. No quiero perder mi membresía, Potter. No estés pensando que es prisa por verte sin ropa o algo así —completó con fingido desdén.

Harry sonrió más.

—Por supuesto que no —susurró éste—. Después de todo, ¿por qué pensaría semejante cosa de ti? —completó mientras señalaba con los ojos el enorme bulto que Draco todavía llevaba bajo los calzoncillos y que no había menguado a pesar de lo recién ocurrido con Frederick en el gimnasio.

Draco estaba pensando en alguna respuesta sarcástica cuando las palabras murieron en sus labios: Harry estaba quitándose sus propios calzoncillos, revelando así un hermoso miembro semi-erecto, el cual Draco no había podido apreciar con suficiente propiedad durante aquel ínfimo momento que habían compartido hacía casi dos meses en el baño del Ministerio. Pasó saliva, mirando fijo hacia la entrepierna de Harry, sin importar lo que éste pudiera pensar. El moreno, sin mediar palabra y sonriendo de lado, dejó su prenda en el suelo y se quitó los anteojos, dejándolos encima de una de las mesitas de noche. Enseguida se dio la vuelta, dándole así a Draco la oportunidad de admirar su compacto pero grandioso trasero. Miró a Draco por encima del hombro mientras caminaba a lo que éste suponía era el baño: una clara invitación a acompañarlo estaba dibujada en sus traviesos ojos verdes.

Draco no lo pensó dos veces. Se despojó de su última prenda y caminó tras él.

Harry ya estaba dentro de la ducha cuando Draco ingresó al baño. La puerta de cristal estaba empañándose rápidamente por culpa del vapor ardiente, pero aun así le permitió ver lo que ocurría bajo la regadera. Harry había tomado un jabón en barra y estaba cubriendo de espuma blanca todo su torneado cuerpo. Draco, con el deseo y las ansias de estar junto a Harry dominándolo por completo, se apresuró a unirse con su compañero bajo el agua. Llegó hasta la espalda de Harry y le envolvió el torso con los brazos. Harry intentó girarse para encararlo, pero Draco no se lo permitió. Lo sostuvo en el sitio y se oprimió contra él.

Draco siseó cuando su erección se acomodó entre la hendidura de las nalgas de Harry. Cerró los ojos, echó la cabeza hacia adelante y clavó los dientes en el ancho cuello del moreno, quien, en reacción, gimió largamente y arqueó el cuerpo, rindiéndose ante el asalto de Draco, desistiendo en su tentativa de recuperar el control.

—Draco. Oh, Dios, Draco. No tienes idea de cuánto…

La exclamación ahogada de Harry ni siquiera pudo llegar a término. Pero sus palabras, más la manera estrangulada en que lo llamaba por su nombre, y tantos y tantos centímetros de piel ardiente y mojada; de nuevo ocasionaron que Draco se encontrara al borde del orgasmo, llegando al límite con una rapidez y una urgencia que no había experimentado desde sus tiempos de adolescente.

La piel de Harry se sentía como de porcelana y sus músculos de auror estaban tan marcados que Draco podía imaginarse (tontamente y que nadie se enterara) que sus manos eran las de un gigante que se deslizaban sobre una cadena de montañas. Con adoración y verdadera hambre, las paseó por todo el tronco del moreno: por su dorso, sus brazos, hombros y pecho; bajó por su abdomen y las llevó hacia atrás, sumergiéndolas en el profundo hueco que se formaba justo donde terminaba la espalda y comenzaba su trasero; y, finalmente, tomó a Harry firmemente de las caderas.

Le mordió la nuca y empujó más la entrepierna. Harry gimoteó.

Totalmente entregado a la atención que Draco le estaba prodigando, Harry apoyó las manos contra el muro de azulejos frente a él y, de ese modo, dobló su cuerpo hacia atrás, permitiendo que Draco amoldara con mayor precisión su miembro erecto entre sus nalgas. El calor abrumador que reinaba en ese recóndito rincón del cuerpo de Harry y la suavidad de la espuma, casi lo hacen eyacular. Deslizó sus pulgares por aquel exquisito trasero, abrió las palmas y, de ese modo, le separó las nalgas. Bajó los ojos y, aun cuando el agua de la ducha le impedía ver bien, el espectáculo ante él fue lo suficientemente provocativo como para estremecerlo de la cabeza a los pies.

Su erección, casi de color púrpura, goteante y lista para explotar, se alojaba en medio de aquella deliciosa cavidad apenas hacía unas horas tan prohibida y lejana. Le costaba creer que su plan al final hubiese resultado bien y ahora… Ahora…

—Demonios, Harry —gimió sobrepasado, y comenzó a moverse de arriba abajo, un poco nada más; lo suficiente para que su erección pudiera deslizarse encima de la entrada de Harry. Empujó las nalgas de éste hacia dentro y la presión y el calor que envolvieron a su miembro casi lo hacen desfallecer. Se dejó caer hacia delante, encima de la espalda del moreno. No podía ni imaginarse cuán perfecto sería el momento cuando finalmente pudiera follarse a Harry con propiedad y enterrarse dentro de él.

Si así…

Harry, quien aparentemente estaba pensando lo mismo que Draco, giró un poco la cabeza hacia atrás y pidió con voz ronca:

—Draco… Merlín, Draco, ¿qué esperas? Fóllame, te lo suplico. Métete en mí.

Draco negó febrilmente con la cabeza aunque tal vez Harry ni siquiera podía verlo. Era difícil poder hablar con todas aquellas sensaciones dominando el momento.

—No, ahora no... Después —agregó, y era una promesa. Ahora, justo ahora, se sentía tan excitado y tan a punto, que sabía que eyacularía mucho antes de haber siquiera preparado adecuadamente al moreno. Habían sido tantas las ganas acumuladas, tanto el tiempo…

Harry gimoteó su desacuerdo, pero era evidente que también él estaba al borde. Bajó la mano derecha y comenzó a acariciarse con rudeza y rapidez su erección. Draco, por encima del hombro de Harry, alcanzó a ver aquello y fue demasiado. Cerró los ojos y se dejó perder en las brumas de algo que era más denso y nebuloso que el vapor que en ese momento ya inundaba el cuarto de baño; algo que oscurecía el mundo alrededor, que borraba todo, que le restaba importancia a cualquier otra cosa más que no fuera su cuerpo y el de Harry moviéndose al unísono, acercándose el uno al otro, deseando fundirse en uno solo; agua caliente, besos, mordidas y jadeos acrecentando las sensaciones; de pronto, como un rayo fulminante que anuncia tormenta en medio de una noche perfecta, Draco recordó la legendaria promiscuidad de Harry y el modo en que nadie, absolutamente nadie, se había podido resistir a sus encantos.

Ahora entendía. Ahora entendía tantas cosas.

Harry era mucho más que guapo, mucho más que sexy. Era una oda a la lujuria, una verdadera máquina de sensualidad. Y era eso, la suma de todo, la totalidad de su persona, lo que volvía loca a la gente y a él lo hacía irresistible: su físico de campeonato, sus respuestas a cada estímulo, su modo felino de moverse, su hermoso y sonrojado rostro enmarcado por el cabello negro más salvaje del universo que, entre más despeinado, más provocativo lucía. Su increíble manera de ser. Descarado, arrogante, divertido, seguro de sí mismo, poderoso. Excepcional. Todo un héroe.

Bastardo con suerte. No era perfecto pero, ahora que Draco lo pensaba, sus mismos defectos (como su mediana estatura, sus manos callosas y maltratadas, su ingente cantidad de cicatrices, su pésimo gusto al vestir, su adicción al cigarro, su terrible elocuencia, ferviente honestidad y remarcable generosidad) parecían incrementar su atractivo al volverlo estúpidamente adorable.

A Draco no le extrañaba estar hasta las manitas por Harry Potter. No le extrañaba que medio mundo se arrojase a sus pies. ¿Con cuántas personas, antes que él, Harry no habría hecho eso mismo que ahora estaban haciendo?, ¿tal vez en esa misma ducha, en ese mismo apartamento?

Aquel pensamiento despiadado le congeló la sangre en las venas y lo hizo retroceder. Soltó a Harry, alejó su entrepierna y se quedó inmóvil. Abrió los ojos, aterrorizado. ¿Quién le garantizaba que él no era sólo uno más en la lista de las eternas conquistas de aquel irremediable donjuán?, ¿cómo iba a poder vivir con aquellos celos azotándole el alma cada vez que pensara con cuánta gente Harry había estado antes que con él?

Harry, jadeando entrecortadamente como si estuviese corriendo un maratón, como si no tuviese una malditamente buena condición física que cualquiera desearía, miró hacia Draco por encima de su hombro, buscándolo. Lo vio directamente a los ojos con algo que era firme convicción y enojo. Draco se estremeció. Pero antes de que tuviera tiempo de huir de la ducha o de decir nada, Harry se giró sobre sus talones, encaró a Draco y atrapó sus manos con las suyas. Entonces, lo azotó de espalda contra el muro mojado y lo aprisionó ahí mientras lo miraba con intensidad. Se quedó así durante unos segundos y finalmente bajó su rostro hasta apoyar su frente contra la suya.

—Te amo, Draco —susurró justo encima de sus labios—. Te lo había dicho antes y lo sostengo: eres el único por quien me he sentido así. Maldita sea, vas a tener que creerlo porque yo no pienso dejarte ir —gruñó y, sin más, se oprimió contra él, besándolo con violencia y juntando las erecciones de los dos.

Harry Potter, auror estrella, mago extraordinario entrenado como nadie para librar batalla contra la magia oscura, hombre con cuerpo de dios griego y con un historial de amoríos que nada tenía que envidiarle al de una decadente estrella de rock, estaba entregándose en cuerpo y alma a Draco. Y si éste lo supo, no fue porque Harry se lo acabara de decir con palabras. Fue porque, al abrir los ojos y contemplarlo mientras hablaba, lo que Draco vio reflejado en sus ojos verdes lo impactó.

Era amor. Amor descarnado, deseo desnudo, extrema necesidad y una confianza tal que hizo vibrar los cimientos de todo aquello en lo que Draco basaba su vida hasta ese momento. No era malditamente posible que Harry pudiera entregarle ese tipo de mirada a nadie más. Draco lo sabía. Tendría que haber sido un idiota de clase mundial para negarlo. Comprendió que, así hubiese estado con miles de magos y brujas antes, lo que Harry estaba haciendo con él en ese momento era especial. Ahora era sólo suyo y de nadie más.

Eso bastó.

Draco cerró los ojos y se entregó al asalto pero sin rendirse ante él. Arremetió contra Harry, empujó sus caderas y lo besó duro y posesivo. Luchó para liberar sus manos y, en cuanto lo consiguió, las bajó y las metió entre los cuerpos de los dos, buscando la erección de su compañero. La encontró imposiblemente dura; dura como ninguna que Draco hubiese tocado antes (ni siquiera la suya), y sabía que, como él, Harry estaba a punto de derramarse. Con una mano lo acarició lentamente, todavía intentando prolongar aquel perfecto momento lo más que se pudiera, y con la otra acunó sus deliciosos testículos, todo mientras él reanudaba su movimiento de vaivén y volvía a frotar su propio miembro contra el del moreno.

Harry detuvo sus movimientos, se aferró a los hombros de Draco y se empujó más hacia delante hasta casi quitarle la respiración. Murmuró "Oh, Draco, por dios…" y eyaculó emitiendo una serie de jadeos ahogados contra la boca del rubio, ruidos casi imperceptibles en medio del estruendoso escándalo del agua cayendo sobre ellos. Draco pudo percibir en su mano cómo la erección de Harry pulsaba en cada contracción de un orgasmo que parecía no terminar; pudo sentir en su vientre los hilos ardientes de la corrida de Harry bañándolo. Lo sostuvo hasta que acabó y entonces le mordió los labios mientras él mismo llegaba a la orilla del precipicio y, en una extraordinaria muestra de fe y valor, se arrojaba ciegamente hasta el fondo para acompañar a Harry en aquella aparatosa caída que parecía no tener fin.

Draco sabía que estaba tan, pero tan jodido, metido hasta la coronilla en aquel abismo llamado amor.

Pero tuvo que sonreír tontamente al pensar que Harry también estaba ahí bien adentro. Acompañándolo. Juntos.

Los dos.


Ninguno hizo ningún comentario acerca de lo poco que había durado ese encuentro bajo la ducha. Después de todo lo que habían pasado, de todo lo que habían esperado y aguantado, lo verdaderamente notable era que ninguno se hubiese corrido apenas al despojarse de la ropa.

Después de que ambos recuperaran el aliento y la frecuencia cardiaca, Harry le había sonreído y se había apoyado contra él, y de ese modo se habían quedado bajo la ducha unos minutos más, besándose y enjabonándose mutuamente. Era dulcemente ridículo, y Draco, quien jamás había tenido un momento post-sexo así, estaba casi seguro de que Harry tampoco y presentir eso lo hacía muy feliz.

—¿Vamos a la cama? —preguntó Harry con un dejo de inseguridad bastante inusual en él, lo cual habría pasado desapercibido para alguien que no lo conociera tan bien como Draco.

Éste pasó saliva ante la perspectiva e intentó restarle importancia, bromeando. No tenía su varita a la mano para conjurar la hora, pero por la intensidad de la luz del sol podía calcularla aproximadamente.

—¿A las cuatro de la tarde? —se burló—. Un poco temprano para dormir, ¿no crees?

—¿Y quién piensa en dormir? —murmuró Harry justo junto a su oreja. Draco se estremeció, tanto por eso como porque Harry estaba acariciándole lascivamente el trasero, introduciendo sus dedos entre sus nalgas y rozándole provocativamente su entrada—. Voy a follarte, Draco. Tan duro que cuando vayamos más tarde a cenar a tu casa, tus padres te preguntarán por qué no puedes caminar con normalidad.

Draco no respondió nada. No pudo. Demonios, si apenas pudo controlar el gemido necesitado que había estado a punto de soltar. Totalmente en contra de su voluntad, su cuerpo tembló en medio de una salvaje sacudida de puro deseo y anticipación. Jamás lo reconocería en voz alta ni bajo tortura, pero imaginarse a Harry haciéndole el amor era una de sus más recurrentes fantasías. El auror era tan jodidamente varonil y tenía tal fama de buen amante que Draco no podía evitar desear descubrir que se sentía ser tomado por completo por él.

Como si adivinara el motivo por el cual Draco parecía haberse quedado petrificado y mudo, Harry sonrió engreído, cerró los grifos del agua, salió de la ducha y le pasó una toalla. Draco la tomó y medio se secó con ella antes de salir también del baño para seguir a Harry, quien ya estaba junto a la cama.

Ni bien se acercó hasta él, Harry lo tomó de los brazos y lo empujó suavemente para recostarlo. Draco se asombró al percibir en su piel desnuda y todavía húmeda la suavidad y frescura de las sábanas y mantas que cubrían aquella cama sin hacer: se notaba que eran de buena calidad. Tal vez el auror no era un caso perdido, después de todo. Durante unos pocos segundos, Draco se distrajo pensando en su futuro juntos. ¿Podría llevarse a Harry a vivir con él a la Mansión?, ¿sería Harry quien lo arrastraría a ese mini apartamento?, ¿se quedaría cada uno por su lado y sólo se visitarían de vez en cuando? Se sorprendió al darse cuenta de que cualquier opción lo llenaba de ilusión. No importaba. Lo importante era que por fin estaban juntos y les deparaba toda una vida de descubrimientos mutuos.

Dejó de pensar en nada porque Harry se había dejado caer suavemente sobre él, cubriendo su cuerpo trémulo con su piel ardiente. Draco, sin pensarlo, sin avergonzarse, abrió las piernas para permitir que Harry se acomodara en ese espacio. No se sorprendió en absoluto cuando percibió que tanto él como Harry ya estaban comenzando a presentar sendas erecciones. Harry lo miró a los ojos durante una milésima de segundo antes de besarlo de lleno en la boca y restregar su cuerpo desnudo contra el de él. Demonios, las sensaciones eran fabulosas. Draco gimió mientras su pecho se inflamaba de deseo y las ganas de meterse en Harry o que Harry se metiera en él, como fuera, lo inundaban de nuevo. Era como si no hubieran acabado de experimentar un orgasmo hacía poco.

Draco, quien había visto un brillo de suficiencia en la mirada verde de Harry y un amago de sonrisita en sus labios, creyó que no era buena idea permitirle semejante fanfarronería, aun a pesar de sus propios deseos y anhelos. Sin dejar de besarse con él, lo tomó firmemente de los brazos y lo giró para intercambiar posiciones. Harry, sorprendido, abrió mucho los ojos y lo miró burlón.

—Creo recordar —jadeó Draco contra sus labios mientras se apalancaba para empujar su entrepierna hacia la de Harry. Éste puso los ojos en blanco y Draco miró, con satisfacción, que ya tenía de nuevo su miembro completamente erecto—, que allá en el baño me rogaste porque fuera yo quien te follara.

Harry soltó una carcajada ahogada mientras arqueaba el cuerpo para obtener más contacto con Draco.

—Pero eso fue allá —jadeó—. Me temo que has perdido tu oportunidad, Malf…

Draco interrumpió la patética réplica de Harry dejando caer su cara sobre su cuello y mordiéndole fuerte. Empujando el cuerpo contra Harry en una serie de movimientos ondulantes, Draco besó y lamió aquella apetecible y ancha parte de la anatomía del moreno, cuya sola existencia le había arruinado cada día desde que había descubierto lo sensual que era cuando bajaba a almorzar a la cafetería del Ministerio. Sin dejar de moverse contra él, Draco comenzó a marcar un camino hacia abajo, probando y saboreando cada rincón del pecho de Harry. Mordisqueó sus pezones hasta hacer al otro lloriquear en medio de súplicas y jadeos; pasó su boca por su ombligo, lamió cada centímetro de su vientre y, finalmente, depositó la erección completa de Harry en su boca.

El latigazo de placer que Harry experimentó fue tal que se sentó sobre la cama y tomó el cabello de Draco con sus manos.

De nuevo, como antes en la ducha, Draco lo tenía en bandeja de plata, implorando. Sólo que en esa ocasión, sonaba mil veces más incoherente.

—Sí, así, oh, Draco. Tu boca, joder, es tal como… Mmm, ¡bendito dios!

Y Harry cerró fuertemente las piernas en medio de un espasmo de placer, apretando a Draco entre ellas, al tiempo que tiraba de su delicado cabello. A pesar de lo doloroso que resultaban para él aquellas reacciones del moreno, Draco no pudo evitar sonreír por dentro. Sabía que Harry haría cualquier cosa que le pidiese y joder, no iba a desperdiciar la oportunidad. Retiró la boca produciendo un sensual ruido de humedad y se incorporó sobre la cama hasta quedar hincado. Harry, una masa aguada de puro sonrojo, sudor y jadeos, lo miraba con expectación. Draco sonrió muy pagado de él mismo antes de ordenar:

—Gírate, Harry. Boca abajo. Ya.

Harry demoró más escuchando la petición que lo que duró en girarse. Se acostó boca abajo, tomó una almohada entre sus brazos como si necesitara algo de que aferrarse y, sin que Draco se lo ordenase, se arrodilló sobre la cama para elevar su exquisito trasero. Draco tuvo que pasar saliva ante la vista y dejar que transcurrieran algunos segundos para recuperar la serenidad.

—Harry… Demonios, Harry —repitió, incrédulo ante el despliegue de erotismo del cual era capaz el moreno.

No pudo evitarlo: se dejó caer de cara sobre el culo de Harry y lo devoró con un beso sin igual. Jamás había hecho tal cosa; hasta ese momento sólo lo había visto en películas porno y nunca se le había presentado la oportunidad ni el compañero ideal. Incluso había opinado que era un tanto repugnante. Pero con Harry y su culo increíblemente respingado, bien formado y apetitoso, parecía algo casi natural e incitante. Así que Draco lamió, chupó y besó aquella piel y, finalmente, sumergió la lengua en la entrada del moreno hasta que éste se retorció de puro goce. Draco se mantuvo así durante unos minutos: mirar a Harry reaccionar de aquel modo en lo que obviamente era una actividad que estaba disfrutando en demasía, era bastante estimulante sí misma. Tuvo que hacer una pausa mientras jadeaba agitadamente para recuperar la respiración y el control. Harry se dejó caer sobre la cama cual largo era y Draco lo acompañó, tendiéndose encima de él, acomodando su erección goteante entre las nalgas del moreno.

—Dios, Draco —gimoteó Harry echando las caderas hacia arriba, buscando a Draco.

—Nadie nunca te había hecho esto antes, ¿verdad que no, Potter? —resopló en el oído de Harry sin poder evitar cierta petulancia en el tono de su voz—. Nunca nadie te había follado con la lengua y la boca, hasta provocar que casi te corras sólo con eso, ¿cierto?, ¿soy yo tu primera vez?

Harry asintió con la cabeza y soltó una risita ahogada.

—Joder, sí. Ni tampoco nunca nadie me ha… —se interrumpió y Draco pudo sentir cómo tensaba el cuerpo. Draco no pudo evitarlo, también se tensó y dejó de frotarse contra él.

—¿Nunca nadie te ha, qué? —preguntó. Harry giró la cabeza y lo miró por encima de su hombro. Parecía nervioso, como si pensara que había hablado de más.

—Nada —jadeó—. ¿Vas a follarme o no, Malfoy? —dijo en un tono de voz que trataba de sonar más normal, más engreído—. Porque si te has acobardado, entonces intercambiaré lugares contigo y me temo que continuaremos con el plan original de dejarte lo suficientemente adolorido como para caminar con propiedad.

Pero no engañaba a Draco. Éste, sospechando cuál era la verdad que Harry no le estaba contando, sintió una emoción indescriptible inundarle el ánimo.

¿Sería posible eso?, ¿Harry nunca había dejado que nadie se lo follara antes?

Draco pensó rápidamente. En cierta forma, tenía sentido. Los rumores que circulaban alrededor de Harry Potter principalmente alababan sus dotes como el activo en cada situación. Además, Harry había ido por la vida arrastrando una promiscua manera de ser, rara vez permaneciendo en la misma relación más allá de un par de días, ya ni se diga una semana entera. Y para dejarse follar por alguien, al menos en la experiencia de Draco, se requería cierto nivel de confianza que en la mayoría de las relaciones casuales no se adquiría. Así que… Bien podía ser.

En cambio, en ese momento, Harry confiaba tanto en Draco como para dejarlo hacérselo sin hacer alarde de ello.

Draco pasó saliva de nuevo, pero en esa ocasión fue para intentar ablandar un nudo enorme que se le había formado en la garganta.

Sin embargo, si Harry no quería tocar el tema, Draco respetaría su decisión. Aprovechando que tenía el rostro vuelto hacia él, Draco le tomó la barbilla con una mano y buscó su boca con la suya. Lo besó durante un largo rato, intentando decirle muchas cosas sin palabras, con el puro gesto, con las caricias que sus manos le prodigaron a sus costados, con cada empujón que provocaba que su erección se frotara contra la entrada de Harry todavía húmeda con su saliva. Y a partir de ese momento ya no dudó de que lo que Harry sentía por él era especial.

Intentando corresponder a la confianza que Harry le otorgaba al cederle aquella, su primera vez, Draco lo preparó con absoluta calma y esmero. Usaron un bote de lubricante que Harry guardaba en una gaveta; Draco se sorprendió al percatarse de que, si bien el fantasma de todas las aventuras sexuales que Harry había protagonizado sí cruzó por su mente, por primera vez no se sintió celoso, ni inseguro, ni molesto. Sumergió uno a uno cada dedo en la caliente y apretada entrada de Harry hasta que tuvo tres adentro, y después de largos minutos, mientras que Harry suplicaba con roncos gemidos, consideró que era tiempo.

Se arrodilló detrás de Harry y tiró de sus caderas hasta obligarlo a levantar la parte posterior de su cuerpo. Harry estaba empapado en sudor: su piel blanca resplandecía bañada por la humedad bajo la tenue luz del atardecer londinense. Durante esos exasperantes segundos en los que Draco rápidamente ejecutó algunos encantamientos de sexo seguro, en los que se acarició su erección y la cubrió con lubricante, lo único que se escuchó en la habitación fueron los jadeos descontrolados del moreno.

Draco, dichoso e incrédulo, se posicionó y comenzó a ingresar en aquel vehemente cuerpo.

Siseó y luchó por no cerrar los ojos. Poco a poco, centímetro a centímetro, fue introduciéndose dentro de Harry y no quería perderse el espectáculo de su erección brillante con lubricante y preseminal siendo devorada por aquella pequeña cavidad; no quería perderse la vista de la hermosa espalda de Harry, la cual subía y bajaba al ritmo de su agitada respiración; no quería dejar de ver su desordenado cabello negro, ni su rostro de ojos asombrados cuando se giraba hacia atrás… mucho menos quería dejar de constatar que realmente era él, Harry, con quien estaba compartiendo eso y no con nadie más. No obstante, no pudo evitarlo. La sensación, el calor y la estrechez fueron demasiado y Draco tuvo que hacerlo. Sobrepasado, cerró los ojos, gimió, sollozó y echó el cuerpo hacia delante, cubriendo con su pecho la espalda húmeda del moreno. Lo abrazó apretado mientras le daba tiempo para acostumbrarse.

Sin embargo, Harry (el siempre valeroso y extraordinario Harry), empujó las caderas hacia atrás y lo incitó a moverse.

—Draco.

Y Draco obedeció.


Mucho después, Draco tendría que haberse mostrado algo avergonzado por lo breve de aquel encuentro. Unas solas, poderosas y erráticas estocadas y se había vaciado sin proponérselo en el cuerpo tan dispuesto que estaba poseyendo. Afortunadamente no hubo sitio para abochornamientos porque Harry, cuya próstata había sido encontrada por Draco desde la primera incursión de su miembro, se corrió (bendito él) casi al mismo tiempo.

Quizá, y sólo quizá, de lo que Draco podía haberse avergonzado en realidad, había sido de las palabras que había susurrado justo al oído de Harry y que habían sido eco de lo que éste le había confesado en el cuarto de baño. Felizmente para él, Harry no se burló y, en cambio, le respondió un casi imperceptible "También yo te amo, Draco" que evitó que éste saliera huyendo.

El abrazo (que más bien fue un confuso nudo de torsos, brazos y piernas), los tiernos besos y la charla que siguieron después, se prolongaron mucho más que el acto en sí. Tanto que, cuando finalmente decidieron ponerse de pie para ducharse de nuevo y prepararse para ir a cenar a la Mansión Malfoy, el sol ya se ocultaba tras los edificios que dominaban el paisaje en la gran ventana de la habitación.


Antes de salir del apartamento de Harry, Draco lo obligó a ponerse otras túnicas que no fueran las de auror. Se metió al armario a revisar su guardarropa y le pasó unas de gala que apenas cumplían con los mínimos requisitos para sobrevivir a una cena con sus padres.

—Éstas bastarán —le dijo. Harry las tomó pero no se las puso. Parecía nervioso y con ganas de decir algo. Draco lo miró inexpresivamente—. ¿Sí?

—Es que… antes de vestirme, quisiera… —gesticuló con las manos señalando hacia afuera—. Ya sabes… Fumar. ¿Puedo dejarte solo durante unos segundos mientras me…?

Draco lo interrumpió caminando hasta quedar frente a él; luego, lo aferró de la nuca y comenzó a besarlo. Lo hizo gentilmente, jugueteando con sus labios y dejando pasar muchos minutos hasta que finalmente sumergió su lengua, profundizando el beso y permitiendo que Harry también participara en él. Concluyó después de bastante rato, dejando a Harry todo sofocado y con la mirada turbia.

—¿Y eso? —suspiró Harry a través de sus labios enrojecidos e hinchados.

Draco se encogió de hombros.

—Es mi estrategia para ayudarte a dejar el cigarro. ¿No notas que se te han quitado las ganas que tan urgentemente te invadían hace un momento?

Harry abrió los ojos con sorpresa.

—¡Vaya! Es cierto. Sigo deseando un cigarrillo, pero ya no es la misma ansiedad. Creo que ahora está más… soportable.

Draco asintió dándose aires de conocedor.

—Leí por ahí que una actividad placentera y que te mantenga ocupado, especialmente si lo que ocupas es la boca, basta para eliminar esos antojos. Así, poco a poco, irás fumando cada vez menos. Por lo tanto, Harry Potter, prepárate para ser ampliamente besado por mí de ahora en adelante. Si te portas bien, también puedo incluir una mamada de vez en cuando.

Harry lo observó durante unos segundos con una gran sonrisa.

—Eres fantástico y me encanta tu idea. Así, hasta da gusto. Bueno, ¿me visto y nos aparecemos a las afueras de tu casa?

—No, primero necesito regresar un momento a la oficina. Por si hay algo urgente que atender.

—Muy bien.

Harry terminó de vestirse y los apareció a ambos en el Atrio del Ministerio. Se dirigieron a la oficina de Draco, caminando el uno muy pegado del otro y arrancado murmullos entre la gente que los miraba pasar. Draco presentía que su floreciente relación estaría en primera plana en los periódicos al otro día y no había nada que le disgustara menos. Sabía que los periodistas malintencionados vaticinarían que su noviazgo no duraría, pero también estaba seguro de que ahora las cosas serían diferentes porque él era especial para Harry.

Cuando Ethel los vio entrar a la oficina, Draco adivinó que algo en su lenguaje corporal estaba delatando que ahora eran pareja en verdad, porque descubrió a su secretaria sonriéndose maliciosamente después de mirarlos a los dos de arriba abajo.

Draco suspiró y mentalmente maldijo la buena suerte de su secretaria: en ese momento estaba lo suficientemente feliz como para no desear perder su buen humor castigándola por sus impertinencias. Así que lo que hizo fue preguntarle si había algo que no pudiera esperar al otro día. Resultó que lo único pendiente era un memo que le habían mandado desde la oficina de Seguridad Mágica, el cual Ethel le tendió. Draco, sospechando de qué se trataba, se alejó disimuladamente de Harry para que éste no pudiera leer. Abrió el sobre e intentó no revelar su nerviosismo.

—¿Qué dicen? —preguntó Harry, quien, al igual que Draco, supuso con certeza de que el memo tenía algo que ver con la investigación que se llevaba a cabo para descubrir a su acosador—. ¿Ya han averiguado quién está detrás de las amenazas?

Draco consiguió leer el contenido del mensaje sin que Harry pudiera atisbar nada (lo cual fue todo un logro ya que el auror chismoso estaba estirando el cuello lo más que podía) y negó con la cabeza.

—No. Inútiles buenos para nada. Es sólo un mensaje para avisar que habrá un par de agentes de la Patrulla de Seguridad Mágica apostados en los alrededores de la Mansión. Por si acaso.

Harry suspiró y dejó de intentar leer el mensaje, el cual Draco ya estaba doblando y pasándoselo muy discretamente a Ethel. Ésta, eficiente como siempre, pareció comprender el predicamento de su jefe y raudamente guardó el papel dentro de una de sus gavetas.

—Muy bien —dijo Harry aunque no sonaba muy contento—. Supongo que un par de agentes es mejor que nada, pero no sé si pueda irme a mi casa tan tranquilo sabiendo que tú y tu familia están en peligro de muerte.

Draco sonrió cálidamente. La preocupación de Harry, y el hecho de que no sólo lo incluía a él sino también a sus padres, lo halagaba, lo enternecía y… bueno, sí, también lo hacía sentir un poquitín culpable. Pero esto último era fácil de olvidar cuando llegaba a la conclusión de que su plan para obligar a Harry a pasar el día con él había valido totalmente la pena. Seguramente hasta el auror se lo agradecería cuando descubriera lo que en verdad había sucedido.

Si es que lo descubría.

—Te preocupas de más, Potter. Te juro que ese par de magos están de sobra. Nada ni nadie podrá penetrar jamás las protecciones mágicas ancestrales que resguardan la casa de los Malfoy. ¿Crees que es la primera vez a lo largo de los siglos que algún patán ha intentado atentar contra nuestra familia?

Harry alzó las cejas.

—Bueno, si lo pones así... Supongo que no.

—Te aseguro, Potter, que el único peligro lo corro aquí en el Ministerio donde, a pesar de estar rebosado de aurores y agentes supuestamente entrenados, han sucedido más desastres y crímenes que en ningún sitio en toda la historia.

Draco exageraba, pero entonces recordó la muerte de Sirius Black acontecida ahí en el mismo departamento de Misterios y se estremeció. ¿Harry se lo tomaría a mal? Vio a éste fruncir el entrecejo y asentir con gesto serio.

—Tienes razón —fue lo que dijo.

Draco lamentó su desliz. No había sido intencional traerle semejantes malos recuerdos a Harry. Se acercó a él, le dio un apretón cariñoso en un brazo y un leve beso en la mejilla.

—¿Sabes que te quiero, verdad? —le susurró al oído, lo bastante en secreto para que Ethel no escuchara ni en lo más mínimo. Harry lo miró con una sonrisa, como preguntándole a qué venía eso. Draco se encogió de hombros—. Ahora, sé un buen guardaespaldas y dame unos minutos para responderle a Robards lo que pienso acerca de sus progresos en la investigación, ¿quieres?

Harry suspiró, asintió y se retiró a la puerta mientras Draco le escribía unas cuantas líneas al jefe de los aurores. Terminó en un par de minutos y, satisfecho, le pasó a Ethel el pergamino.

—Envíaselo a Robards. El auror Potter y yo nos retiramos a mi casa. Como seguramente ya sabes, sus suegros lo esperan para cenar. Necesitamos causar buena impresión, así que deséanos suerte —bromeó en un inusual despliegue de buen humor y camaradería hacia su secretaria, con quien siempre solía llevar una relación estrictamente profesional.

Ethel, correspondiendo a su gesto, bufó con sorna.

—Ni que la necesitara, jefe. Usted se ha sacado un premio de lotería. El mejor partido que cualquier bruja o mago alguna vez se atrevió a soñar; sus padres deberían saberlo —lisonjeó y sonrió ampliamente, mirando hacia Harry con ojo apreciativo.

Harry, parado en el corredor al otro lado de la puerta abierta, estaba aprovechando el momento para sacar un cigarrillo de entre sus ropas. ¿Cuándo demonios se había escondido una cajetilla sin que Draco se diera cuenta? Éste meneó la cabeza. Entonces, Harry ya estaba fumando y el maldito se veía jodidamente sensual. Tanto, que hacía que Draco se viera extremadamente tentado a no quitarle la adicción. Suspiró mientras observaba a Harry de arriba abajo y pensaba en los entrañables momentos que habían pasado en su apartamento.

—Tiene sus defectos, pero sí… —dijo casi para él mismo más que para su secretaria—: es algo así como el premio mayor. —Sonrió, y aunque presentía que se veía bobo y cursi, no le importó—. Ahora, si me disculpas —le dijo a Ethel sin mirarla—, tengo un correctivo que aplicar.

Caminó hacia Harry. Llegó a él, cerró la puerta para que Ethel no fisgoneara, le quitó a su novio el cigarro de la boca y lo desapareció con magia. Harry alcanzó a hacer un mohín quejumbroso antes de ser empotrado contra la pared.

Draco lo besó hasta que a ambos les ardieron los labios, hasta que a Harry se le olvidó que había estado fumando… Lo besó hasta que un empleado o empleada del edificio (ninguno de los dos se enteró de quién se trataba) pasó junto a ellos y se aclaró fuertemente la garganta, murmurando a continuación algo relacionado con "indecencias" y "perversiones varias" mientras se alejaba.

Draco separó su rostro del de Harry y sonrió engreído ante el espectáculo derretido y anhelante que el auror le presentaba.

Oh sí, vaya que aquella era una compensación justa y necesaria por el enorme y difícil sacrificio que implicaba renunciar a ver a Harry Potter fumar.

Harry, quien habitualmente quedaba en estado catatónico después de una sesión de besuqueo intenso (y era sorprendente que no tenían ni un día juntos y Draco ya hubiera tomado nota de detalles así), se dejó arrastrar por éste, quien lo tomó de la mano y caminó junto con él hacia los ascensores del Ministerio.