¡Wiii, capítulo once por fin!

Hakendo: Me encanta que hayas tomado interés por la serie y por mi fic. Bien dicho por ese estúpido del PandaRobot, que vino acá solo porque le arde la vagina.

Belle: Y sí, no le queda de otra. Dorian no cambia más, es todo un loquillo.

Capítulo once

Océano de sangre.

Los alumnos de Dethville (ex Jackson) comenzaron a asistir a clases a principios de septiembre. Con muchas o pocas ganas, los niños tomaban el autobús amarillo que los conduciría al edificio donde permanecerían seis horas diarias, nutriendo sus cerebros con conocimiento. Pero Alex no cumplía la rutina de los alumnos de Dethville (y la de millones de niños en todo el país). Ella comenzó la suya entre profesores particulares que le enseñaban lo mejor que el dinero podía pagar, para satisfacción de Charles y para odio de Dorian, quien acusó al manager de lavarle el cerebro a la pobre chica para que aceptara. Pero lo importante era que ella estudiara y nada más, para que tuviera un buen futuro. Así que, de lunes a viernes, Alex recibía clases de maestros encapuchados dentro de una habitación que hacía las veces de salón, con todas las comodidades necesarias. Como Educación Física también era importante, ella hacía ejercicio en los terrenos de Mordhaus dos veces por semana durante la tarde, corriendo y haciendo abdominales bajo el sol del atardecer.

Pero, al pasar los meses, a Charles no se le iban las palabras de Dorian de la cabeza. Ella prácticamente no tenía contacto con nadie de su edad y estaba rodeada de Klokaters. Le preocupaba un poco la falta de comunicación con el mundo exterior, ¿pero que más daba, si las calles estaban llenas de desequilibrados? No se estaba perdiendo de nada, salvo de la decadencia humana. Al menos estaba segura entre las oscuras paredes de Mordhaus y ella podía pedir todo lo que deseara, aunque muy rara vez pedía algo y no parecía disgustada. Además, Dorian iba a visitarla, aunque no tan seguido como a ella (o al él) le gustaría. El hotel y su divorcio lo tenían bastante ocupado.

Eso no quería decir que no interactuara con nadie. Alex y Toki se llevaban muy bien y no era raro verlos juntos en sus ratos libres. Los otros integrantes de la banda poco a poco se fueron acercando a ella a lo largo del tiempo, aunque Skwisgaar la ignoraba casi por completo y apenas le dirigía la palabra. Incluso Murderface la ayudaba un poco con la clase de Historia de vez en cuando, lo cual sorprendía a Charles, sobretodo porque sus notas en esa área habían mejorado. Sólo rogaba que no se apegaran demasiado, porque Alex no estaría en Mordhaus para siempre y los chicos no se lo tomarían bien. Podrían ser adultos, pero en el fondo eran unos niños necesitados de atención.

El tiempo pasó deprisa para Charles Offdensen. La filmación de Océano de Sangre ya había terminado y esperaba que diera buenos resultados, ya que, sí algo salía mal, podría arruinar la carrera de Dethklok. Y había otra cosa que ya había terminado: el hotel de Dorian en Francia, lo que significaba que Alex se iría a vivir con su tío en cualquier momento. Pero ahora tenía otras cosas en las que pensar, como que Dethklok fuera el rostro del hotel brutal de su cuñado. Estaba cien por ciento seguro que, de salir todo bien, Dorian sería el hotelero más poderoso y exitoso del mundo en menos de tres años.

En ese momento, Charles se estaba preparando para ir a la premiere de Océano de Sangre. No sólo iría con Alex y los muchachos, sino también con Dorian, quien estaba ansioso por ver el estreno. No estaba seguro si eso era cierto o sólo buscaba excusas para acercarse a Dethklok para desplumarlos como gallinas y hablar mal de otros hoteles, pero de todos modos aceptó que fuera con ellos.

—Espero que sirvan algún champagne decente al menos —murmuró Dorian, despatarrado en una silla en la oficina de Charles. El manager lo miró, aún no pudiendo creer como se había hecho amigo de semejante personaje. Lo consideraba uno de sus misterios personales —. No hay nada mejor que beber alcohol en el cine.

—Puedes comer algún, ah, bocadillo si quieres, pero nada de emborracharte. Los chicos querrán imitarte y no quiero que Toki vomite encima de los espectadores o a Pickles, ah, bailando semidesnudo enfrente de la pantalla —espetó Charles.

—Vaya que eres aburrido. No hubieses dicho eso hace veinte años, cuando cantábamos canciones de Abba a la una de la mañana en el karaoke cerca de la universidad.

El manager frunció el ceño.

—Ni se te ocurra contarles eso —lo amenazó Charles, acomodándose la corbata de moño.

—Ni se me ocurriría decirles que alguna vez fuiste un ser humano.

Charles gruñó.

—Además, no puedes tomar alcohol porque estás medicado.

—Eso no te importaba antes —resaltó el hotelero.

—No sabía que estabas medicado en ese momento. Debí haberlo sospechado, sí tenías la resistencia de un castillo de cartas.

Dorian se cruzó de piernas y desvió la mirada. No le gustaba que hablaran de su medicación ni nada que tuviera que ver con su enfermedad.

—Mi… esto… el hotel ya está terminado, Charles —dijo, para cambiar de tema.

—Lo sé.

—Y ya tengo todo arreglado con Athena en lo referente al divorcio aunque me ha dado un tiro en el pecho, financieramente hablando— explicó Dorian. Al ver la cara de Charles, agregó, apresurado—. Pero no estaré limpiando parabrisas en ninguna esquina por eso, así que no te preocupes. Te aseguro que a Alex no le faltará nada.

Charles asintió lentamente con la cabeza, más tranquilo.

—Escucha, Dorian, no quiero que les digas nada a los muchachos sobre la mudanza de Alex, ¿de acuerdo? No hasta después de la fiesta de inaguración de tu hotel.

—Creí que ya lo sabían.

—Sí, pero tienden a prestar poca atención y a olvidarse rápidamente de muchas cosas, así que no me falles.

—Está bien, Charles. Confía en el tío Dorian.

Al manager le tuvo que bastar.

—Vamos a la sala a reunirnos con los demás. Tomaremos un helicóptero hasta la base petrolera donde se exhibirá la película.

—¿Y después una chocolatada caliente y todos a la camita? No seas aburrido. Dejemos a Alex en Mordhaus y nosotros, hombres ricos y sin compromisos, iremos a un bar a emborracharnos, recordar viejos tiempos y tal vez conocer a un par de señoritas, ¿te parece?

—Dorian, yo…

—Shhh. Ya hablaremos más tarde de eso. Mejor vámonos.

Bajaron por el ascensor ubicado al fondo del pasillo y se dirigieron a la sala, donde los chicos los esperaban. Alex también estaba allí, con un vestido largo color bordó y su cabello peinado en un rodete, con un par de mechones sueltos, sentada entre Toki y Pickles.

—¿Ya nos vamos, Charles? —preguntó ella, ligeramente nerviosa. Todavía no lo llamaba papá, a pesar de que su relación había mejorado bastante, pero supuso que era lo más que podía aspirar.

—Enseguida —le respondió Charles. No estaba bien. Grishnack no le atendía las llamadas y eso no significaba nada bueno. Estaba seguro que la película sería un fracaso y dañaría la imagen de la banda. De repente, salir a tomar algo con Dorian se veía como una opción viable. Salieron a la intemperie, bajo el cielo nocturno, y se subieron al enorme y tenebroso helicóptero que los llevaría hacia la base petrolera.

Cuando llegaron, todo el lugar estaba repleto de reporteros que se apiñaron para sacarles fotos a Dethklok, pero a una distancia prudencial: los Klokaters también estaban presentes y no dudarían un instante en volarles la cabeza con sus escopetas recortadas si se acercaban demasiado. Dorian y Alex se mantuvieron juntos, alejados de la banda. Charles quería que Alex fuera asociada al hotelero y no a él.

Entraron a la oscura sala de cine, repleta de gente elegante y ansiosa por ver la película. A pesar de la semi oscuridad, Charles pudo notar el semblante nervioso de Nathan. Se acomodaron todos en los asientos rojos y mullidos y aguardaron con paciencia a que empezara.

A los diez minutos de proyección, los temores de Charles se confirmaron. La película era una basura densa e imposible de ver. La trama era muy confusa, con demasiadas fallas y carecía totalmente de sentido.

Dorian, sentado a su lado, le dio un leve codazo en las costillas. Charles giró apenas la cabeza.

—Esta película es una mierda, Charles. —Su voz no tenía atisbo de ese tono burlón que usaba casi todo el tiempo. Y eso significaba que lo decía muy en serio.

—Apenas ha empezado —susurró Charles.

—Y no me hace falta ver mucho más para saber que estoy jodido. Estamos jodidos. Esta película no tiene que ver la luz del día.

Charles apretó los puños. Dorian tenía razón. Nunca había estado tan cerca de irse a pique como lo estaba ahora. Necesitaba hacer algo y no tenía mucho tiempo. Intentó ignorar a Dorian y concentrarse en la pantalla, donde Pickles, en su papel de karateca, hacía un monólogo de lo más lamentable. Parecía que leía un cartel detrás de la cámara (y probablemente hubiese sido así) y su voz sonaba estridente y forzada. Apenas terminó esa escena, Dethklok se levantó y salió de la sala tan rápido como pudo. Alex los imitó segundos después.

—Ahora regreso, Dorian —se disculpó Charles—. No hagas nada de lo que te puedas arrepentir después —agregó mientras se levantaba a buscar a los chicos. El hotelero no respondió. Seguía mirando la pantalla, observando cómo sus sueños se derrumbaban minuto a minuto.

Salió hacia el pasillo, donde ya estaban todos reunidos.

—¿Qué carajos? Esto es un pedazo de mierda —se quejó Nathan.

—¿Yo estaba más gordo o me veía más estúpido? —le preguntó Murderface a Skwisgaar —. Dios, soy horrible.

—Tu actuación fue muy buena —lo apoyó Alex, acomodándose un mechón detrás de la oreja.

—¿Y que opinas de la de Tokis? —le preguntó el guitarrista rítmico.

—Pues… te veías muy bien.

—¿Y de quien era esa voz? —Skwisgaar no podía estar menos que indignado por eso.

—¡Ni siquiera tenía sentido! —exclamó Pickles, furioso. Miró a Charles —. Tú, haz lo necesario. Esa película no se estrenará.

Charles asintió con la cabeza y se alejó lo más rápido posible por la puerta trasera, para evitar a los periodistas que de seguro esperaban afuera.

El manager se dirigió hacia el helipuerto, donde el enorme helicóptero estaba estacionado. Un par de Klokaters estaban allí, conversando animadamente. Se callaron inmediatamente al verlo. Un Klokater solo podía pensar en servir a sus señores y no mucho más que eso. Offdensen se había encargado de que así fuera.

—Escuchen: la integridad de Dethklok está en riesgo. Sean discretos y no permitan que la información, ah, salga a la luz.

—Como usted ordene, Maestro Offdensen —dijo uno de ellos. Charles asintió.

—A mi señal, actúan —les advirtió Charles y volvió a la sala del cine, notando que los demás habían regresado a sus asientos y miraban la película con mala gana. Dorian se pasaba ambas manos por la cabeza, como si fuera un millonario que había dilapidado su fortuna al hacer una muy mala inversión.

—No te preocupes, Dorian —le susurró al hotelero —. Lo tengo todo resuelto.

—No voy a estar tranquilo hasta estar seguro de eso —le respondió, con las manos aferradas a los apoyabrazos.

Charles decidió no incomodarlo más y miró la pantalla. Con cada escena que pasaba, estaba cada vez más convencido de que Dorian y Pickles no exageraban al decir que la película no debía salir de esa sala.

Después de lo que pareció una eternidad, la función se acabó y todos salieron al exterior. Los periodistas no paraban de parlotear frente a las cámaras sobre que Océano de Sangre era la mejor película jamás filmada en la historia. Pura bazofia.

Una vez que todos subieron al Dethcoptero, Charles se acercó al piloto.

—Ahora —le dijo. El Klokater tan solo hizo un gesto afirmativo y dio marcha atrás lentamente, rajando con su hélice un tanque repleto de petróleo (y de paso partiendo por la mitad a uno de los empleados de mantenimiento). Mientras regresaban a Mordhaus, Charles pudo apreciar como la plataforma se convertía en una bola de fuego, engullendo a todas las personas que estaban allí.

Dorian se acercó a Charles y puso su mano en el hombro. No vio su rostro, pero podía sentir su sonrisa en la nuca.

—¿Listo para beber unas copas, Charlie?


Después de llegar a Mordhaus y dejar a Alex en su habitación, Dorian insistió en salir a tomar algo en un bar para festejar que esa horrible película no saldría a la luz. Dethklok aceptó enseguida, pero no podían decir lo mismo de Charles.

—No tengo tiempo para emborracharme —le dijo el manager, pero era difícil negarse ante el hotelero y menos cuando tenía a toda la banda apoyándolo.

—Vamos, Offdensen —le dijo Pickles, quien ya estaba medio tomado —. No seas un puto aburrido y vámonos.

—Es una orden —habló Nathan, con tono imperativo. Charles se apretó el puente de la nariz.

—Tengo que trabajar, ¿saben? Tengo mucho papeleo que rellenar y negocios que cerrar. Y no puedo hacer nada de eso si decido emborracharme.

Dorian soltó un bufido.

—¿Sabes? Olvidalo. No reconocerías la diversión aunque bailara desnuda delante de ti. Pero yo sí. Iré al bar más mugriento que pueda encontrar y dormiré en mi propio vómito. Tengo responsabilidades también, pero eso no quiere decir que no pueda relajarme de vez en cuando. Si no me haces caso, terminarás con tus sesos desparramados encima de tu escritorio y otro manager con zapatos italianos y con un cigarro del tamaño de Cincinnati se sentará en tu silla, se tomará tu brandy y pensará que al fin el idiota y aburrido de Offdensen murió, así puede meter mano en los bolsillos de Dethklok. Si te da una puta apoplejía y te mueres, ¿quién cuidará de ellos?

—No me voy a morir.

—Eso sería brutal —comentó Murderface.

El manager miró a Dorian a los ojos y sabía que no lo dejaría en paz. El quería recuperar los años que no se habían visto y, para ser sinceros, Charles también quería recuperarlos. Le tenía un profundo aprecio al hotelero, a pesar de lo loco que podría ser en algunas ocasiones.

—Dorian, mejor vamos a la oficina y discutamos esto —dijo Charles, de manera cortante. Dio media vuelta y se marchó, sin mirar atrás para asegurarse de que Dorian lo estuviera siguiendo. Pero sabía que lo haría. Escuchó los pasos rápidos del hotelero detrás de él.

—Por favor, director Offdensen, no quise encender la alarma de incendios, ellos me obligaron a hacerlo —gimió Dorian, imitando a un alumno de primaria. Charles negó con la cabeza y siguió caminando—. No llame a mi madre, se lo suplico, prometo portarme bien…

La actuación del hotelero siguió durante todo el trayecto hacia la oficina. Cuando ingresaron al despacho, Dorian permaneció de pie hasta que Charles se sentó. El manager sacó dos copas y sirvió vino en ambas. Dorian levantó una ceja, incrédulo.

—Los chicos, ah, suelen ser muy descontrolados e, ah, incluirían drogas y eso. Si voy a tener una escena, ah, descontrolada, prefiero que no sea delante de ellos. No quiero perder autoridad ni respeto.

Dorian sonrió y tomó su copa.

—El poco que te tienen —comentó, mientras tomaba un sorbo.

—No es tan así

—Como digas.

Se mantuvieron en silencio un rato. Dorian lo miraba a los ojos y sentía que poco a poco desnudaba su alma. Sabía leerlo detrás de su fachada de abogado y mánager responsable que sólo se preocupaba por los negocios y nada más. Y le daba un poco de miedo tener a una persona así delante suyo.

—Siento que quieres decirme algo —le dijo Charles, después de dos botellas. Dorian se enderezó en el asiento.

—¿Por qué tenías que alejarte de todo? —preguntó con un dejo de tristeza.

No esto otra vez, pensó Charles. Carraspeó suavemente.

—Ya te lo he dicho antes: no quería ponerlos en riesgo, ni a Alex ni a tu familia.

—Ni siquiera la llamaste para un puto cumpleaños o para Navidad —sus ojos chispeaban— La hiciste sentir muy mal durante años y le costó mucho superar la idea de que a su padre le importaba una mierda.

—Dorian…

—¿Y yo? Carajo, Charles, eras mi mejor amigo. Compartíamos todo juntos. Incluso nos convertimos en una familia y creí que así sería para siempre.

—Pero Melissa ya no está. Esa familia se rompió.

Dorian se inclinó hacia adelante.

—¡Me tenías a mí! ¡Y a Alex! ¡Y aún seguimos aquí! Lo único que sé es que te quedaste viendo a Dethklok en un bar de mala muerte y unas semanas después te habías ido con ellos, dejando a Alex con Heracles. No estoy seguro de que seas el Charles que conocí en la universidad. Ni siquiera sé si realmente eres mi amigo.

Charles se mordió el labio con fuerza hasta sentir el sabor metálico de la sangre en su lengua. Tragó saliva.

—Cometí un error y me he dado cuenta hace tiempo. Aprecio mucho tu amistad, Dorian. Y… me alegro que estés aquí.

Dorian estiró la mano y tocó su muñeca.

—Si vuelves a alejarte, juro que te mataré, pedazo de idiota —le dijo Dorian, con los ojos húmedos.

—¿Me perdonas? —las palabras casi se le atascaron en la garganta.

Dorian se levantó y rodeó el escritorio para darle un abrazo tan fuerte que escuchó crujir sus vértebras.

—Esperé tanto para esto —susurró Dorian. Charles le dio unas incómodas palmadas en la espalda, sin saber que decirle. Tal vez fuera por el efecto del vino en su organismo, pero el frío manager de Dethklok, el hombre que prácticamente tenía al mundo en sus manos, apoyó la cabeza en el hombro de su amigo y encontró las palabras correctas:

—Yo también. Yo… también lo esperé.

Eso me parece adorable… ¡Marica, marica!