Era viernes por la noche, pasadas las once y media, y los pasillos del castillo estaban casi totalmente vacíos. Un profesor y uno de los prefectos de Gryffindor patrullaban en completo silencio, intentando atrapar a algún estudiante que estuviera infringiendo las reglas. Estaban en sectores opuestos del colegio, caminando hacia el mismo punto, por lo que un encuentro era inminente. Ron Weasley caminaba junto a su mejor amigo, sabiendo que éste no podía ser visto. Era una práctica recurrente que habían tomado desde que el nuevo turno nocturno de los prefectos de Gryffindor había comenzado. Harry acompañaba al pelirrojo en sus patrullajes, utilizando su capa de invisibilidad para que los profesores de turno no lo vieran. Incluso si acompañaba a un prefecto, él no tenía autorización para estar rondando los pasillos a esa hora, lo que podría traerle problemas a Ron si los descubrían.

El muchacho de cabello oscuro sabía que Ron y Hermione estaban disgustados entre sí. Llevaban días sin hablarse, y todo había comenzado con una "pequeña" discusión. Según Ginny le había comentado, parecía que el pelirrojo no aprobaba el comportamiento de su novia frente al profesor extranjero durante su clase contra el Lethifold. No era que a Ron no le agradara el profesor, muy por el contrario, pero tenía que admitir que sentía celos de las miradas que había recibido de Hermione durante esa clase a oscuras, y ahora que no tenía los suspiros de las estudiantes distrayéndolo, estaba bastante cerca de decidir que dichos celos eran fundados. Hermione, por su lado, había alegado que no era para tanto y que él simplemente estaba siendo un inmaduro. Harry, Ginny y Emma, quienes habían estado presentes en el momento en que se desató la discusión, habían optado por lo sano y se habían retirado para darles privacidad, pero aún así habían escuchado los gritos.

Harry sabía que él necesitaba hablar acerca de eso, y era una de las muchas razones que tenía para acompañarlo. Le había prometido a Ginny que intentaría hablar con él pero no se atrevía a sacar el tema a relucir. Era mejor que Ron abriera el diálogo cuando él estuviera listo para hacerlo, y él, como buen amigo, estaría ahí para escucharlo. Aunque aún estaba algo preocupado acerca de qué iba a decirle. Como alguien que veía las cosas desde afuera de la relación, en este caso, concordaba con lo que había dicho Hermione, no era para tanto. Admitía que él también sintió algo de celos, pero también se había divertido al presenciar la situación. En ese aspecto, él era como el profesor Liedger. Debido a su fama, el enamorar a las adolescentes aunque no lo quisiera así era muy común. Ahí en Hogwarts, podía sentir las miradas de las estudiantes sobre él por cada pasillo en el que estuviera. Seguramente, lo que estaba viviendo Ron, era lo mismo que le pasaba a Ginny a diario.

Los dos se pararon en seco cuando vieron al profesor Liedger aparecer desde una esquina.

- Buenas noches, señor Weasley. – saludó el extranjero, sonriendo.

- Buenas noches, profesor. – respondió Ron, observándolo de cerca. Era la primera vez que se lo encontraba durante sus recorridos de vigilancia. El profesor Liedger se acercó a él, siendo bañado por el fulgor de la luna llena. Incluso Ron se vio forzado a admitir que las chicas tenían razón al suspirar por ese hombre. Detuvo los pensamientos en el acto, empujándolos al fondo de su mente.

- ¿Sucede algo? – preguntó Sieghart, al llegar frente al adolescente.

- No, no es nada, profesor. – aseguró Ron. El profesor se encogió de hombros y luego posó sus ojos en un determinado punto junto al hombro del pelirrojo. - ¿Profesor?

- Iba a sentarme un rato afuera, para tomar aire fresco. ¿Me acompaña? – preguntó el joven profesor, señalando la puerta doble con el pulgar. Ron alzó las cejas, sorprendido, pero finalmente asintió.

Los dos se encaminaron hacia el exterior, donde reinaba el más profundo silencio. El cielo estaba despejado, ofreciéndoles las estrellas y la luna para iluminar los terrenos. Los dos jóvenes se sentaron en las escaleras de piedra y miraron hacia arriba. Durante varios minutos, ninguno de los dos dijo una palabra. Ron estaba comenzando a sentirse incómodo, y estaba a punto de decir algo cuando el profesor Liedger habló.

- ¿Planea decirme lo que le molesta? – preguntó el profesor, volteándose a mirarlo.

- ¿De qué habla? – Ron estaba sorprendido por la repentina pregunta.

- Bueno… no soy un experto en Legeremancia, pero puedo detectar cuando alguien está estresado por algo, especialmente si ese algo soy yo. – explicó Sieghart. - ¿Hice algo que le ofendiera?

Ron volvió a alzar las cejas. ¿Tan obvio había sido su actitud de los últimos días?

- No, profesor, usted no ha hecho nada. – respondió Ron, nervioso.

- ¿Entonces? – preguntó Sieghart, animándolo a compartir. El pelirrojo miró al profesor con detenimiento, su preocupación parecía auténtica pero no estaba seguro de querer hablarle acerca de su relación con Hermione y de los problemas que estaban teniendo. Finalmente, decidió que necesitaba consejos, y como no podía hablar con Harry en ese momento, comenzó a contarle lo sucedido al profesor. Sieghart escuchó atentamente, sin interrumpir, y cuando el pelirrojo finalizó su explicación, suspiró.

- Entiendo. – dijo, algo cabizbajo.

- No me malentienda, profesor. – se apresuró a agregar el prefecto. – No le estoy reclamando nada.

- Lo sé, solo estaba pensando en lo que debería decirte. Mira, Weasley, yo no soy ciego, sé perfectamente como me miran las mujeres, pero eso es solo por mi apariencia. La señorita Granger no me conoce en realidad, al igual que todas las otras estudiantes. Para ellas soy solo el profesor nuevo, joven y algo apuesto, que las apoya y les enseña de una forma que parece gustarle a todo el alumnado. – explicó el profesor. – No voy a negar que la señorita Granger es una chica hermosa, pero las reacciones que ella pudo haber mostrado debido a mi presencia, son sólo eso. Reacciones de la carne.

- Eso sí que me hace sentir mejor. – comentó Ron, sarcástico. Sieghart rió.

- A lo que me refiero es que no hay sentimientos involucrados. Y la carne no puede ganarle al corazón. Créame, lo sé. – profundizó Sieghart. Ron lo miró con las cejas alzadas y, lentamente, una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro mientras una mirada llena de ternura tomaba sus ojos al pensar en su novia. – No creo que tenga dudas pero, ¿hay alguna clase de comportamiento o costumbre que le llame la atención? Algo que ella haga sobre ella misma.

El pelirrojo lo pensó unos momentos. Ella parecía seguir siendo la misma de siempre. La chica inteligente y atenta que él recordaba, con una belleza natural y un corazón tan grande como su inteligencia. No parecía que nada hubiera cambiado en ella. Pero entonces, Ron dio con un detalle.

- Su cabello. Desde hace algunos meses, ella ha estado usando una variante de la Poción Alisadora. Le baja el volumen a su melena y define los rizos, o algo así. Le deja el cabello con ondulaciones formadas. – explicó el pelirrojo.

- ¿Y desde cuando la utiliza?

- Desde… un poco después que nos volvimos novios. – contestó Ron.

- ¿Y por qué haría eso ella si ya es su novia? – presionó Sieghart.

- ¿Porque quiere verse bien? – el profesor alzó una ceja, indicándole que lo pensara con un poco más de cuidado. – Porque quiere verse bien para mí.

- Ahí lo tiene. Ahora, para estar seguros, usted conoce a la señorita Granger mucho mejor que yo, ¿es ella una clase de chica que haría algo así por un hombre por el cual no sienta amor de verdad? – Ron no necesitó pensarlo, y negó con la cabeza inmediatamente. – Entonces ahí lo tiene.

- ¡Pero eso es ridículo! – exclamó Ron. – Ella es hermosa, no necesita ningún tratamiento para verse bien.

- Bueno, personalmente me encanta el cabello ondulado. Usted dice que lo que ella hace es ridículo y que ella se vería bien como fuera. Aparentemente ella no piensa lo mismo. – opinó Sieghart. – Quizás debería decírselo más seguido. El corazón de una mujer es… complicado y difícil de entender. Por eso, lo más fácil de hacer mientras uno intenta comprenderlas es amarlas y protegerlas. A veces, eso es lo único que desean, sentirse seguras y amadas.

Ron, al igual que Harry, lo pensó un segundo y asintió, sonriendo.

Los dos se quedaron en silencio, volviendo a concentrarse en el cielo nocturno. Harry no podía estar más sorprendido, llevaba tan solo un mes de conocerlos y ya era capaz de darles consejos como aquellos. Ciertamente, el profesor Liedger parecía ser un hombre bastante maduro para su, relativamente, corta edad. "Créame, lo sé," ese comentario en particular le había llamado la atención. ¿Había hablado por experiencia propia?

- Gracias, profesor. – dijo Ron, mirando al joven extranjero. Sieghart sonrió y asintió, antes de apoyar sus manos sobre el piso detrás él para inclinar su cabeza hacia atrás.

- ¿Tiene algo que agregar, señor Potter? – preguntó, congelando a los dos adolescentes en sus sitios. ¿Cómo era posible…? – Ya puede volver a aparecer, estoy al tanto de su compañía desde hace rato ya.

Harry tragó saliva, ahora si estaba en problemas. Ya nada podía hacer para ocultarlo, así que se quitó la capa de encima, haciéndose visible para los otros dos.

- Buenas noches, profesor. – saludó Harry, sonriendo algo penado.

- Buenas. ¿No debería estar en la Sala Común de Gryffindor a estas horas? – preguntó el profesor, con expresión divertida. Harry iba a decir algo en su defensa, pero Ron se le adelantó.

- Es mi culpa, profesor. Yo le pedí que viniera. – confesó el pelirrojo. – Es que con todo lo que ha pasado con Hermione, pues…

- Hey, calma. Entiendo. – aseguró el profesor, y se volteó hacia Harry. – Creo que puedo dejarlo pasar esta vez, por la lealtad que estás mostrando. Pero reglas son reglas, que no se repita.

Harry y Ron asintieron, y entonces el profesor se puso de pie y se quitó e polvo de los pantalones negros.

- Ya hemos estado bastante acá afuera, creo que es hora de entrar. – dijo, relajado. El pelirrojo se puso de pie y se sacudió el polvo también antes de bostezar, ya tenía sueño y quería irse a la cama, y habiendo terminado con sus rondas, ya no había nada que se lo impidiera. Harry también estaba cansado, esa semana había sido bastante pesada, pero en un par de minutos comenzaría el fin de semana, por lo que podría dormir hasta más tarde. Sieghart le hizo una seña a Harry, indicándole que se cubriera con su capa. El muchacho obedeció, volviéndose invisible para los ojos de los demás, y caminó junto a los otros dos hacia la entrada. Fue justo cuando estaba por abrir la gran puerta doble que la dirección del viento cambió, llevándoles la frescura de la noche y el aroma de la naturaleza. Y algo más.

Sieghart se volteó rápidamente, sobresaltando a los dos estudiantes. Si bien no vio como Harry saltaba unos centímetros, pudo percibirlo, pero eso no era lo que le interesaba en ese momento. Los dos estudiantes pudieron ver la total sorpresa en el rostro de su profesor, tenía los ojos como platos y las cejas alzadas, así como los labios ligeramente separados. Luego de un instante, Sieghart entornó sus ojos. Harry y el pelirrojo voltearon, el joven extranjero tenía la mirada puesta en el bosque prohibido, una mirada seria y, aunque ninguno de los dos adolescentes pudo asegurarlo, levemente atemorizada.

- ¿Profesor? – preguntaron Harry y Ron, al unísono, mientras se volteaban para mirar al extranjero. Sieghart salió de su estupefacción y miró a los dos chicos.

- No es nada, recordé que hay algo que debo preparar para mañana. – dijo, abriendo las puertas. – Vamos.

Los tres entraron en el castillo y recorrieron su camino en silencio. Los adolescentes miraban de reojo al joven cada cierto tiempo, notando que la seria expresión continuaba en su rostro. Pero ninguno de los dos se atrevió a preguntar la razón del repentino cambio de actitud. Era la primera vez que veían al joven tan… preocupado por algo.

En un tiempo que pareció una eternidad, los tres llegaron a la puerta del salón de clases de Defensa Contra las Artes Oscuras, que estaba a medio camino hacia la Torre Gryffindor.

- Muy bien, señor Weasley, vaya a dormir un poco, se lo ha ganado. – dijo el profesor, abriendo la puerta hacia el salón y mirando desde el pelirrojo hacia el lugar donde Harry estaba de pie, sonriendo levemente. – Buenas noches.

- Buenas noches, profesor. – se despidió Ron, y entonces el extranjero cerró la puerta. Ron y Harry no perdieron tiempo i dijeron una palabra, solo emprendieron su camino hacia su Sala Común.

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En el séptimo piso de la Torre Gryffindor, pasando el pasadizo custodiado por el retrato de la Dama Gorda, una chica intentaba leer un libro sentada sobre uno de los sillones en el centro de la Sala Común, con Crookshanks sobre su regazo. Hermione miró el reloj de pie que había junto a las escaleras de las habitaciones, era ya casi la una de la madrugada. Ron debería haber regresado hacía ya treinta minutos.

Ya habían pasado tres días desde su discusión, y no se habían dirigido ni una palabra desde entonces. Claro, no era la primera vez que peleaban, podía recordar discusiones entre ellos desde mucho antes de ser novios, pero ese era el problema. Ya eran novios, no deberían irse dejar de hablarse por el simple hecho de que tenían una diferencia de opiniones. Aunque en ese caso no era el motivo de su pelea.

Todavía estaba un poco molesta con él y su actitud y celos infantiles, pero ya tenía la cabeza más fría y había pensado las cosas con calma, descubriendo así lo mucho que lo echaba de menos, lo que era bastante doloroso considerando que se veían a diario y que ninguno de los dos se acercaba al otro para hablar. Fue gracias a eso que había decidido ponerle fin a todo ese asunto. En cuanto el pelirrojo volviera de sus rondas, se sentaría con él a hablar.

Escuchó pasos provenientes de las escaleras y se volteó a tiempo para ver como Ginny y Emma aparecían, envueltas en sus batas y con expresiones preocupadas en sus rostros.

- ¿Te encuentras bien, Hermione? – preguntó Ginny, caminando hacia ella junto con Emma. Ambas estaban preocupadas por su salud, desde que había discutido con Ron, comía muy poco y siempre estaba medio distraída, ya fuera en clases o en cualquier otro lugar.

- Si, solo no podía dormir. – respondió la castaña.

- ¿Ron aún no regresa? – preguntó Emma, sentándose junto a Hermione. Sabían perfectamente la razón por la que ella estaba despierta a esa hora, y francamente ya era hora de que intentara algo para solucionar ese problema. Según ella, ambos tenían la culpa de que esa pelea llegara tan lejos. En primer lugar, Ron no debería haberle dado tanta importancia a la reacción de Hermione frente al profesor extranjero. Todas las chicas presentes habían reaccionado de la misma forma. Y, como bien recordaba ella, la impresión había sido mayor en la ocasión en que habían ido a verlo a su despacho y lo habían encontrado sólo con los pantalones puestos. La chica del cabello color miel se sonrojó de solo pensarlo.

En segundo lugar, Hermione tal vez no debería haberse alterado de la forma en que lo hizo. Ron no había implicado nada, simplemente había dejado claro que sentía celos del joven profesor cuando ella actuaba así frente a él.

- No, aún no vuelve. – respondió las castaña, cerrando el libro que intentaba leer sin resultados. – Hace media hora que debería haber regresado.

- Cálmate, ya volverá. Quizás esté dando algunas vueltas adicionales para pensar un poco. – opinó Ginny. Sabía que su hermano mayor estaba tan afectado como ella, y que solo era cuestión de tiempo para que él quisiera hablar también.

- Eso espero. – dijo Hermione, preocupada.

- Todo estará bien. Solo necesitan una pequeña charla y aclarar las cosas. – aseguró Emma, sonriendo con confianza. – Ustedes dos se quieren mucho como para dejar que esta pequeña pelea se interponga en su relación.

Hermione lo pensó unos momentos, asintiendo. Emma tenía razón, Hermione estaba completamente enamorada de Ron, y no iba a permitir que algo tan trivial como una discusión terminara lo que ellos tenían.

Un ligero maullido las hizo mirar hacia abajo y pudieron ver como Crookshanks se levantaba del regazo de su dueña y miraba para afuera por la ventana. El felino había sentido el estrés de su ama y había decidido quedarse junto a ella en lugar de ir a ver a su amigo, el profesor Liedger. Las chicas miraron para afuera, notando una figura oscura que avanzaba hacia el Bosque Prohibido. No podían distinguir muy bien quien era, por lo que no podían asegurar nada, pero a las tres les pareció que era el joven extranjero.

- ¿El profesor Liedger? – preguntó Emma.

- ¿Por qué irá al Bosque Prohibido a estas horas? – preguntó Ginny, alarmada. Eso era extremadamente peligroso, sobre todo considerando que era una noche de luna llena, y los licántropos que rondaban entre los árboles toaban su forma lobuna.

Ninguna pudo darle muchas vueltas al asunto porque, en ese momento, Ron entró a través del pasadizo, quedándose como estatua al ver que Hermione estaba ahí, esperándolo. Las otras dos chicas se miraron entre si y asintieron y, dando un último vistazo a través de la ventana, notando que la figura había desaparecido ya, se levantaron y se dirigieron hacia las escaleras, con una figura invisible siguiéndolas. Ginny y Emma casi llegaban a la división de las escaleras, cuando optaron por irse en la otra dirección, hacia la habitación de los chicos, donde se detuvieron en al segundo piso. Harry se sacó la capa de encima y les sonrió, asintiendo. Las chicas sonrieron también.

- ¿Hablaste con él? – preguntó Ginny, esperanzada, pero juntó las cejas cuando Harry negó con la cabeza.

- No fui yo. – dijo el chico, y comenzó a relatarles lo ocurrido.

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Sieghart caminaba entre los grandes y negros árboles, sumido en una total oscuridad. Las copas frondosas cubrían todo el cielo, impidiendo que la luz de las estrellas y la luna llegaran hacia el suelo del bosque. No importaba, sus ojos ya estaban acostumbrados a la ausencia de luz, por ahora lo único que le importaba era corroborar sus sospechas.

Al momento de entrar al castillo, en cuanto abrió las puertas dobles, una corriente de viento helado le había llevado una esencia que él conocía muy bien. Una mezcla exótica entre lirios y miel. Esperaba que estuviera equivocado, pero tenía que asegurarse. Si ella estaba de regreso en ese territorio, sólo podía significar problemas. Podía detectar la esencia flotando por el camino que estaba siguiendo, pero era débil y ligera, si no la conociera tan bien como lo hacía jamás se habría percatado de su presencia. Sabía que al día siguiente tenía que presentarse junto a la Directora McGonagall a esa Audiencia que el Ministerio tenía programada para resolver el asunto con el padre del alumno Berthum, y no debería arriesgarse a no aparecer. Pero simplemente tenía que saber…

Un brillo plateado se coló entre los troncos que tenía en frente, haciéndole entornar sus ojos. Siguió avanzando sin detenerse, atento a cualquier sonido que le alertara acerca de la presencia de algún enemigo. Pasando los últimos árboles, ya sabía que era lo que le esperaba en ese pequeño claro. Una imagen, de las más hermosas de las que hubiera visto en su vida, apareció frente a él. Una mujer, de cabello largo hasta más debajo de la cintura, rubio y brillante que se ondeaba a pesar de la falta de viento, se encontraba frente a él, provista de una belleza sobrenatural. Era hermosa, más que cualquier humana, de rasgos finos y delicados, y que estaba vestida con un vestido largo y blanco. Era una Veela.

La mujer le sonrió un momento, antes de morderse el labio inferior delicadamente. Sieghart podía sentir los efectos de su belleza encantada comenzando a actuar sobre él, pero no permitió que le nublara el juicio.

- Te estaba esperando. – dijo la Veela, seductoramente.

- Tú. – fue la respuesta de Sieghart.