Capítulo X
El encuentro
Desperté pero mi habitación seguía en penumbras. Alcé la vista para ver el reloj: marcaba las siete de la mañana. Como no quería seguir durmiendo, me levanté.
No tenía nada que hacer hasta el mediodía. Saqué mi cuaderno de debajo de mi cama y anoté algunas cosas en las que había estado pensando en sueños. Fue al mirar la página anterior cuando me vino la idea. Buscaría aquel lugar, tenía todas las anotaciones para llegar, el camino, el sendero y tenía el sueño fresco en mi memoria. Podía comparar el lugar con las imágenes de mi cabeza y averiguar si aquello era un recuerdo. Me entusiasmé y me dirigí al cuarto de baño en puntillas. Charlie aún dormía y por su salud que fuera así. Había estado llegando los últimos tres días sumamente tarde, y la falta de sueño agregado a la preocupación, hacían de su rostro un espectáculo triste de observar.
La ducha fue breve pues estaba ansiosa por salir. Desayuné lo suficiente para no sentirme fatigada a mitad de camino, me puse las zapatillas más gruesas que tenía, me abrigué con esmero y salí de casa después de dejarle una nota a Charlie en el refrigerador.
El monovolumen había quedado como nuevo luego de que Charlie arreglara la batería. Sin mucho esfuerzo, cabe mencionar.
Seguí el camino que había seguido en el sueño, pero a diferencia de aquella Bella yo no me sentía nada segura. Prendí la radio para darme valor. El camino estaba desierto, eran recién las ocho.
Conduje hacia los límites del pueblo, hacia el norte, y encontré una señal, la señal que buscaba.
Me dio un salto el corazón al comprobar que el camino se parecía mucho a lo visto en mi sueño. Giré a la derecha para tomar la vía 101 y comencé a sentirme segura.
A medida que avanzaba por el camino veía como en un par de metros el pavimento desaparecería completamente. Me adentraba a inicios de un gran y frondoso bosque.
Detuve el auto, miré por el espejo retrovisor, no había nadie. Me bajé con una ligera sensación de miedo. Sabía que este era el camino, sabía que llegaría a algún lugar pero temía perderme en el camino de vuelta. Cerré la puerta del auto con llave y me adelanté por las señas de madera. Llevaba cerca de quince minutos caminando por el sendero cuando me di cuenta de que estaba equivocada. Me detuve en seco, miré el suelo que pisaban mis pies, levanté la cabeza para mirar a mí alrededor. Esto había resultado demasiado fácil. Me devolví sobre mis pasos y llegué al inicio del camino. Mi camioneta estaba a unos cuantos metros. Una fría brisa comenzó a recorrer el lugar, crucé mis brazos sobre mi estómago para que el frío no me quitara el valor y comencé nuevamente por un camino ideado sólo por mis pies. Dejé que me guiaran y me adentré en la espesura del bosque. Al alzar la vista al cielo, las rendijas formadas por las ramas de los árboles dejaron entrever lo apagado que estaba el día.
Observé maravillada la creación de la naturaleza. Todo diseñado con un desorden tal, que el bosque, en su totalidad y, así como estaba, parecía perfecto. Respiré profundo para llenar mis pulmones de aquél ligero aroma que rozaba mis mejillas y reconocí, entre tantos otros, la lavanda. Caminé unos metros más adelante y la encontré. Corté unas ramitas, pensé en ponerlas en un posillo con agua para inundar mi habitación de aquel delicado olor.
Aún no encontraba nada que llamara mi atención tan urgentemente como para haber ideado y realizado este viaje. Anduve sobre raíces y esquivé ramas pero no podía hallar aquello por lo que mi corazón palpitaba emocionado.
El bosque, de pronto, se me hizo escalofriante. Un tenue sonido despertó mi lado más racional y me hizo darme vuelta instintivamente para, luego, salir corriendo en busca de mi auto y desaparecer de allí. Pero no pude escapar. Al darme vuelta, uno de mis pies se enredó en una maraña de raíces delgadas y caí lentamente, preparando todo mi cuerpo para recibir el menor daño posible. Pero de un instante a otro, y sin saber cómo, dejé de caer. Frente a mis ojos estaba mi pie encadenado, mi cabello caía sobre mis hombros, pero algo me aferraba de la cintura. Mi rostro estaba a escasos centímetros del suelo, sentí una incómoda sensación de vértigo y sentí que volaba. Pero aún estaba allí, mirándome el pie y más confundida a cada segundo que pasaba. No había pasado más de diez segundos en aquella posición, pero los sentido en cámara lenta. Mi cuerpo recuperó la verticalidad sin hacer yo ningún esfuerzo. De pronto, el mundo volvió a estar alineado frente a mis ojos.
-No deberías estar aquí-me informó una voz aterciopelada.
Observé a mí alrededor con curiosidad y encontré una espalda alejándose a paso cansino entre dos pinos hermanos. Mis pies comenzaron a caminar y a recorrer sus pasos. Mis pisadas resonaban estruendosamente en contraste con el silencio de sus pasos y del bosque en general. El no volvió a un lugar seguro. Fue adentrándose en el bosque hasta llegar a un punto en que el camino solo permitía hacer dos cosas: devolverse o subir por un estrecho camino hecho al azar por los troncos de los árboles.
El, en ningún momento, había mirado hacia atrás, pero estaba segura de que sabía que lo seguía.
La verdad, no podría, de ninguna manera, justificar la decisión de seguirlo por lo que agradecía su silencio y su aparente indiferencia hacia mi. Se detuvo en seco, a unos pasos de mí y se volvió para mirarme. Su cara estaba tensada, apretaba la mandíbula con aparente incomodidad pero se volvió a mirarme y alzó la mano para ayudarme a continuar.
El camino a seguir era solo uno por lo que no me perdería y si caía él podía volver a recogerme, por lo tanto, iría adelante. ¡Genial!, pensé. Será partícipe de cada uno de mis tropezones y de más de alguna de mis caídas. ¡¿En qué momento se me había ocurrido salir de casa y emprender este chiflado viaje?!
Tomé su mano e inicié nuevamente el recorrido con paso decidido, aunque por dentro tiritaba como jalea.
Luego de varias caídas y tropezones, como había previsto, aunque él no había intentado ayudarme como también había previsto en mis atolondrados pensamientos, llegamos a una pequeña planicie ubicada a una abrupta distancia del suelo. Podía ver las copas de algunos árboles pequeños y si alzaba la cabeza, sólo un poco, podía atisbar la copa de los más altos. Todos, apostados frente a mí quitándome todo el coraje de mirar hacia abajo. Edward caminó unos pasos adelante y se sentó. Levantó la mirada para que hiciera lo mismo y me senté a su lado. Forcé mis ojos para sólo mirar el suelo. Alzar la vista, sabiendo que él me observaba, hubiera sido peligroso. Aunque sólo observara sus largas piernas estiradas con descuido adornando el suelo.
Sentí su abrasadora mirada sobre mi cuerpo y comencé a respirar con dificultad. Gracias al cielo, el gorjeo de unos lejanos pájaros disimulaba el sonido de mi acelerado corazón. Luego de unos minutos, me obligué a mirarlo. El tenía los ojos cerrados. Una sonrisa se escapó y se dibujó en mi boca. Era completamente libre para admirarlo a gusto. ¿Sentiría mi mirada sobre él, como yo había sentido la suya unos segundos antes? Seguramente no.
Suspiré, algo frustrada, mientras seguía observándolo. Edward era, endemoniadamente atractivo. Sus ojos se abrieron sin poder retirar los míos a tiempo y me encontraron contemplándolo sin miramientos. Su maliciosa sonrisa dejó mi mente en blanco. Hasta mi conciencia balbuceaba. Entrecerré los ojos, algo molesta de que me hubiera descubierto.
Me preguntaba si él solía ir a aquel lugar con frecuencia. Parecía conocer perfectamente el camino y esperaba que fuera así porque sino, no imaginaba cómo iba a salir de allí.
Quise preguntarle si así era, pero temía que si respondía afirmativamente me cortara las alas para volver algún día a aquél lugar.
-¿Sueles pasear por el bosque?-preguntó.
Negué con la cabeza.
-¿No conocías este lugar?-parecía sumamente interesado.
-No-miré a mí alrededor y hasta con la presencia de Edward mi sueño se hacía realidad ante mis asombrados ojos.-Pero había visto este lugar en mis sueños.
Pegó sus ojos a los míos adentrándose en lo profundo de mi alma. Me estremecí y retiré la mirada.
-No debes caminar por los bosques y menos sola, ¿estás completamente loca?-Negó con la cabeza como si no pudiera comprender tanta estupidez en una sola persona. Me sobresalté al escuchar sus palabras y mi corazón aún intentaba huir despavorido cuando él dijo:
-Prométeme que no lo volverás hacer. Por favor.-su voz preocupada acarició mis oídos y apaciguó el efecto de sus anteriores palabras.
-Está bien-prometí, sin preguntarme por qué para él era tan importante que le hiciera esa promesa.
Para mi pesar, la ilusión no alcanzó a durar un día completo.
Llegué a mi casa, luego del trabajo, y encontré la casa oscura. Charlie aún no llegaba del trabajo y ya eran casi las diez. Entré a la casa, prendí las luces del porche, del salón y subí a mi habitación. Me tiré sobre la mecedora con cansancio y me saqué con dificultad las zapatillas, embetunadas con barro. Tomé una larga y relajante ducha y al terminar de vestirme y bajar a la cocina, Charlie aún no regresaba. Decidí esperarlo. Dos emociones completamente distintas se agolpaban en mi pecho y amenazaban con quitarme el sueño. La más reciente era la preocupación y el temor que sentía por mi padre. El siempre había sido trabajólico pero solía llamar para anunciarme que llegaría tarde. Esta semana no lo había hecho ni una sola vez. Y no imaginaba qué cosa pudiera ocuparlo tanto.
La segunda emoción mantenía mis mejillas ruborizadas. No había podido calmar mi pulso en toda la tarde y por eso quebré cinco platos mientras intentaba lavarlos. Sue ya no se compadecía de mí, ni me miraba con gesto maternal. Estaba comenzando a fastidiarse y con toda razón.
Los ojos caramelo de Edward penetrando en mi alma como si allí pertenecieran no habían dejado de perseguirme. El tono de su voz y la inflexión que le había dado a cada palabra no habían dejado de arrullarme. Aunque sólo habló para reprenderme.
Escuché la llave entrar por la cerradura y me di cuenta de que me había quedado dormida. Me levanté del sillón y vi mi reloj: eran las dos de la madrugada. La puerta se abrió y apareció Charlie con el rostro cansado y abatido. Se sorprendió al verme y me sonrió, bueno fue casi una sonrisa, en señal de saludo.
-¿Dónde estabas, papá?
-Trabajando-se tiró en el sillón del que yo me había levantado y cerró los ojos.
-¿Deseas comer algo?
-No-su voz era débil, llena de fatiga.-Me dormiré y olvidaré que no he almorzado.
-¿Por qué no has almorzado, papá? ¿Por qué no has llamado para decirme que llegarías tarde? No sabes lo preocupada que estaba. Y no ha sido sólo hoy, has estado actuando así toda la semana, ¿qué sucede?
Abrió los ojos y enarcó una ceja, mirándome casi divertido. Suspiró agotado y dijo:
-¡Vaya! No pensé jamás que serías la reencarnación de mi madre.
Esperé, sin celebrarle la broma.
-¡Ufa! Bella. No quería contarte porque eres muy asustadiza. Mira como te has puesto y ni siquiera he empezado a relatar lo que ha ocurrido.
Me senté frente a él y me contó:
-Un animal, aparentemente, ha estado matando gente en el bosque este último tiempo. Parece que baja por temporadas pero esta vez no se nos escapará.
-¿Esta vez?
-El año pasado ocurrió lo mismo. Seguimos su pista por un par de semanas y un día dejó de atacar. Pensé que nos habíamos librado de ese monstruo.
Se me erizó la piel.
-Bells, yo se que no eres temeraria, pero prométeme que por ningún motivo entrarás a esos bosques.
Escuché cómo en mi interior algo reventaba semejante a la explosión de una pompa de jabón y entonces la ilusión se esfumó, desapareciendo en el aire.
Hola!
Muchas gracias por los reviews.
Yuliiaa, gracias por responder ^^
Mia, creo que consideraré la idea para los próximos capítulos.
Bueno, chicas, creo que ya no demoraré tanto en actualizar.
Gracias por pasarse,
Besos!
