.
.
Atrapada.
Capítulo XI
.
.
.
El tranquilizante comenzó a dejar de hacerle efecto cuando el barco llegaba a Portsmouth. Desorientada, Sakura desembarcó y presentó su pasaporte al oficial. Un hombre de rostro rosado le preguntó:
—¿Por qué razón visita Inglaterra?
—No... no tengo ninguna razón —contestó Sakura.
No sabía qué hacía allí ni por qué se había dirigido a aquel lugar.
—Entonces, ¿está de vacaciones?
—Sí —dijo ella de forma automática.
Nada más devolverle el pasaporte, Sakura se detuvo en el primer banco que encontró y se sentó para reflexionar. Se sentía como si hubiera tenido un accidente y aún sufriera un fuerte trauma. Estaba atónita, y ni siquiera sabía por qué. Trató de calmarse, de aclarar su mente y de pensar cómo había llegado allí.
Obviamente, acababa de llegar de Francia. No recordaba haber estado en Francia, y sin embargo había desembarcado de un ferri que venía de Le Havre. Eso ponía en el billete. Miró para abajo; estaba vestida de un modo muy extraño, con unos zapatos viejos de verano, una chaqueta de caza y montones de ropa debajo. Y, no obstante, no se acordaba de ninguna de esas prendas. Todo aquello debía de ser un sueño, se dijo. ¿Qué otra cosa podía ser?
Le dolía todo el cuerpo, y en particular el estómago, que parecía un poco hinchado. Se sentía exhausta, como si acabara de sufrir un esfuerzo físico colosal como, por ejemplo, correr en una carrera. Era como si se hubiera ido a la cama en su casa, en Filadelfia, y se despertara en otro tiempo y en otro lugar. ¿Cómo podía haberle ocurrido algo así?
Entonces comenzó a sentir pánico. Abrió la maleta y revolvió la ropa, buscando alguna pista. Reconocía cada prenda, cada artículo de perfumería. Bajo la chaqueta de caza, dentro del bolsillo de la camisa, encontró dinero en metálico: dólares americanos. No lo contó, pero un simple vistazo bastó para comprender que había más dinero del que había tenido jamás en la vida. Rebuscó por el bolso y encontró el pasaporte. Al menos no había perdido toda la memoria: reconocía su nombre, su foto y su dirección de casa en América. La fecha del sello del pasaporte indicaba que había entrado en Francia por París, pero no lo recordaba. Un rápido vistazo a un periódico le descubrió que habían pasado nueve meses desde entonces. Nueve meses. El tiempo suficiente para tener un bebé. Pero ¿por qué se le ocurría precisamente eso? De pronto, inexplicablemente, las lágrimas resbalaron de sus ojos.
—Querida, ¿estás bien?
Una mujer con un dulce rostro se inclinó sobre ella.
—No, no estoy bien —lloró Sakura—. No sé ni dónde estoy ni cómo he llegado aquí.
—Pero bueno, esto es Portsmouth, por supuesto. El muelle del ferri. Has llegado en ese barco de allí... yo venía contigo, en el mismo barco.
La mujer le tendió un pañuelo de papel, con el que Sakura se secó los ojos.
—No recuerdo haber subido a ese barco.
—No me sorprende, estabas tan cansada que apenas podías tenerte en pie. Tu amigo te ayudó a embarcar, y se quedó contigo hasta que el barco zarpó.
—¿Mi amigo?
—Sí, un francés, creo yo. O eso parecía. Y no era nada feo. Él y la pareja con el bebé.
Sakura sacudió la cabeza rápidamente, como tratando de negar algo. Pero ¿qué? Entonces se echó a llorar.
—No recuerdo nada de eso. Ni siquiera sé por qué estoy llorando.
Para cuando llegaron los encargados de la seguridad del muelle, Sakura estaba fuera de control. Una ambulancia la llevó al hospital más cercano, donde le inyectaron carbonato de litio durante una semana. Unas cuantas personas le hicieron muchas preguntas: sobre el dinero, sobre el hecho de haber dado a luz a un niño recientemente, sobre sus parientes en los Estados Unidos, con los que querían contactar... Ella no sabía qué responder a las dos primeras preguntas, pero a propósito de la última les dijo que llamaran a Sai.
Durante la segunda semana en el hospital la niebla que flotaba en su mente comenzó a disiparse lo suficiente como para comprender dónde estaba y por qué.
Una mañana se sentó frente a la mesa del despacho de un psiquiatra que se presentó a sí mismo como doctor Ibiki Morino, cosa que confirmó la etiqueta que lucía en la solapa.
—Aparentemente acaba usted de dar a luz a un niño, y sin embargo, no se acuerda. ¿A qué cree que se debe eso?
—No recuerdo haber dado a luz a ningún niño.
Él la miró muy serio y continuó:
—La hemos examinado, señorita Haruno. No hay duda de ello.
Las manos de Sakura temblaban, así que las entrelazó.
—Como se ha divorciado usted hace unos años, parece ser que el niño ha nacido fuera de ese matrimonio, ¿o quizá nació muerto, o muriera al poco de nacer?
—No... no lo sé —respondió Sakura con pánico.
—¿Ha vendido usted al bebé?
Estaba tan horrorizada que le costó reaccionar.
—¿Ha llamado a Sai, a mi ex marido?
—Llamé la semana pasada. Se da usted cuenta, por supuesto, de que él murió en el mes de mayo pasado, ¿verdad?
Sakura lo miró atónita.
—¿Sai ha muerto? No, no lo sabía.
—Un tal Naruto Namikaze me aseguró que le escribió a usted una carta informándole del hecho... a través de American Express.
Sakura no dijo nada.
—También me dijo que usted lo llamó por teléfono desde París hace unos cuatro meses, y que él mismo se lo volvió a decir. Dijo que parecía usted desesperada.
—No lo recuerdo.
—Reprimir recuerdos desagradables es algo muy habitual, sobre todo cuando entra en juego el sentimiento de culpa. La encontraron con un fajo considerable de billetes en metálico. Cuarenta y cinco mil dólares americanos.
Sakura no sabía qué responder. Sencillamente no recordaba nada. Era como aquella vez que le habían dado anestésicos en la consulta del dentista. Estaba contando hacia atrás del diez al uno, y cuando llegaba al ocho despertaba. No solo no recordaba nada de aquellas dos horas durante las cuales el dentista había estado trabajando, sino que incluso parecía como si ese lapso de tiempo jamás hubiera existido. Ni siquiera había soñado. Su cerebro sencillamente había desconectado, y el tiempo había dejado de pasar. Pero en esta ocasión era peor, mucho peor. Había perdido nueve meses de su vida. Sai había muerto. Según parecía había dado a luz a un niño y había ganado mucho dinero en Francia, un país que ni siquiera recordaba haber visitado.
—Señorita Haruno, yo no puedo ayudarla. Para empezar, no es usted mi paciente, y por lo tanto no puede quedarse en este hospital. En segundo lugar, usted está solo de visita en Gran Bretaña. No es ni el lugar, ni el momento de comenzar una larga terapia. Le sugiero encarecidamente que vuelva a Filadelfia y busque ayuda psiquiátrica allí. Yo podría proporcionarle el nombre de un terapeuta muy competente, especialista en pérdidas de memoria. Pero no creo que podamos hacer nada más aquí, además de que, sin duda, le beneficiaría mucho volver a su entorno familiar.
Sakura dispuso de una semana más en el hospital para reflexionar. La semana siguiente, volaba camino de Filadelfia. La falta absoluta de sentimientos con respecto a Francia o a lo que hubiera ocurrido allí ocupaba para ella el mismo lugar en su corazón que el recuerdo en sí. Su cuerpo volvía a los Estados Unidos, pero su alma no había abandonado Europa.
.
.
.
—Sakura, quiero que te concentres en este péndulo dorado. Observa cómo la luz se refleja en el metal. Tu mente se está relajando, te pesan los párpados. Deja que se cierren. Así, continúa respirando tranquilamente y con naturalidad. Imagínate el océano. El Atlántico. La calma. Eterna.
La serena voz de Tsunade Senju se mezclaba con la tranquila imagen del océano que Sakura acababa de formarse en su mente. Era la misma imagen que había estado viendo cada semana durante los últimos ocho años de terapia.
—Bien, estás relajada y a salvo. Dime desde dónde ves el océano. ¿Dónde estás ahora?
Sakura miró por la ventana hacia las aguas grises.
—Estoy en el dormitorio. En la casa.
—¿En la casa de Francia?
—Sí.
—¿Y dónde exactamente está esa casa?
—No... no lo sé.
—Descríbeme el dormitorio como lo has hecho otras veces.
Sakura se vio a sí misma girar en la habitación. Describió los colores de dos ambientes, la chimenea, los muebles, la cama. Entonces se puso nerviosa.
—Bien, tú relájate. Respira hondo. Estás a salvo. Yo estoy aquí, contigo. Cuéntame cosas de la cama.
—Es de matrimonio. De latón. Las sábanas y el edredón son de flores.
—Has dormido en esa cama.
—Sí.
—Y has mantenido relaciones sexuales en ella.
Una vez más, Sakura volvió a ponerse nerviosa.
—He mantenido relaciones sexuales en esa cama.
Todo eso lo había recordado ya en las demás ocasiones, eran retazos de recuerdos revividos tras largos años de duro trabajo.
—¿Con quién?
—No... no lo recuerdo.
Estaba asustada, simplemente quería escapar.
—Bien. Respira hondo todo el tiempo, aspira por la nariz y espira por la boca. No voy a permitir que nadie te haga daño. Dime qué más cosas recuerdas acerca de esa cama.
Sakura se puso en pie mentalmente y miró la cama.
—Es mía —dijo, sin saber muy bien porqué.
—Quiero que te acerques a ella y acaricies las sábanas. ¿Quieres hacer eso por mí?
Sakura asintió. Se acercó a la cama y las yemas de sus dedos tocaron el suave algodón por centésima vez.
—Siéntate en la cama.
Sakura se sentó. El colchón se hundió un poco bajo su peso. Todo aquello le resultaba muy familiar.
—Sakura, acuéstate sobre la cama.
Eso hizo renacer en ella el pánico, que surgía desde el estómago.
—Estás perfectamente a salvo. Solo estamos recordando, igual que hemos hecho otras veces. Acuéstate.
Sakura se tumbó a tientas sobre el edredón. Miró al techo. El colchón parecía firme bajo su cuerpo. La sostenía. No cayó inmediatamente en el espacio como le había ocurrido otras veces cuando Tsunade la llevaba allí a través de la técnica de la hipnosis.
—Bien, ¿cómo te sientes?
—Tengo miedo.
—¿De qué?
—De él.
—¿Quién es él?
Sakura sacudió la cabeza. Deslizó las manos por el edredón hasta meterlas por debajo de la almohada y tocar el frío metal del cabecero. Y justo en el momento en que sus manos lo tocaron, ella reaccionó emocionalmente. Su respiración se aceleró.
—Él me ha encadenado aquí. A esta cama. ¡Me mantiene prisionera y me utiliza!
—Sí, eso ya lo has recordado antes. ¿Ocurrió algo más en esa cama?
Sakura luchó por respirar, se sentía como un pez fuera del agua, incapaz de respirar y tragar. La habitación giraba hasta ponerse todo negro. Un agujero oscuro la atraía, la arrastraba, la hacía dar vueltas y vueltas como el agua cayendo por una tubería.
—¡Sakura, quédate conmigo! ¿Qué más ocurrió allí?
Ella gritó.
—¡Sakura, Sakura! Escúchame. Estás conmigo, en mi despacho. Abre los ojos.
Nada más abrir los ojos volvió a sentirse a salvo. Estaba cubierta de sudor; desde la blusa hasta el pelo y la frente. Su corazón latía aceleradamente. Pero recordaba.
Se giró hacia Tsunade Senju y dijo:
—Tuve un niño en esa cama.
—¿Un niño, o una niña?
—Un niño, creo. No sé por qué pienso eso.
—Está bien, nos dejaremos llevar por tu intuición. ¿Qué le ocurrió al bebé?
Sakura sacudió la cabeza.
—¿Nació muerto?
—No.
—¿Cómo lo sabes?
—No lo sé.
—¿Murió después?
Sakura sacudió la cabeza otra vez.
—¿Recuerdas dónde está esa casa?
Sakura gritó, sobrecogida por el dolor y la impotencia.
—No, no lo recuerdo. Jamás lo recordaré.
Tsunade Senju acarició su antebrazo suavemente y le retiró el pelo de la cara, luego cogió la misma taza de siempre, en la que se leía «Los cincuenta me están matando», y dio un sorbo del líquido helado.
—Lo recordarás. Has progresado mucho. Hace ocho años ni siquiera recordabas haber ido a Francia, pero ahora has colocado unas cuantas piezas del rompecabezas. Lleva tiempo, eso es todo. Estamos tratando un trauma muy fuerte.
—Tiempo —repitió Sakura, desolada.
Por alguna razón, sentía que se le escapaba el tiempo.
Volvió la vista atrás, hacia el momento en que había vuelto a Filadelfia, y recordó las cosas a las que había tenido que enfrentarse. La muerte de Sai y, nada más volver a América, la muerte de Shion y el suicidio de Naruto. Y luego la muerte de su madre. Los problemas psíquicos le impedían ejercer ningún trabajo de gran estrés. Había encontrado un empleo en el Emerald Theater, diseñando decorados y otros objetos para las representaciones de la compañía en Broadway o cuando iban de gira. Con la ayuda de Tsunade, había invertido los cuarenta mil dólares con los que la habían encontrado. Y con el sustancioso interés pagaba la terapia, que había ido progresando muy lentamente, al menos desde el punto de vista de Sakura. Le había costado mucho tiempo llegar a confiar en Tsunade... o en cualquier otra persona. Tres años atrás, y tras ímprobos esfuerzos, había comenzado a recuperar algunos recuerdos.
Vivía una vida tranquila, sin sobresaltos, pero al menos vivía en el mundo real. No tenía amigos íntimos. Todo su tiempo libre lo pasaba en la terapia o leyendo. Cada noche, cuando se ponía el sol, un inexplicable terror la embargaba por entero, un terror que solo cesaba con la salida del sol. En aquella habitación se enfrentaba todas las semanas a demonios y terrores a los que ningún ser humano hubiera debido enfrentarse jamás. Y sabía que nunca lo habría conseguido de no ser por Tsunade.
Y por si todo ello fuera poco, hacía un año que había dado positivo en la prueba del sida. Era portadora. Le habían dicho que quizá nunca desarrollara la enfermedad, pero no había modo alguno de estar seguros. Solo ese hecho la preocupaba bastante. Pero había algo más, otra razón que no podía descifrar, por la cual el paso del tiempo era para ella algo crucial, una razón que la empujaba a continuar. Sakura trabajaba intensamente en las sesiones de terapia para atravesar la sólida barrera de piedra que ocultaba los sucesos ocurridos en Francia, en aquella casa junto al océano Atlántico, con un hombre al que no podía recordar y del que solo sabía que le producía terror. Aun así, por fin había logrado tener certeza acerca de algo que le habían confirmado la docena de médicos que la habían examinado: había dado a luz a un niño durante su estancia en Francia. Podía confirmar esa experiencia por sí misma, gracias a un recuerdo. Pero ¿dónde estaba ese niño?
—Me temo que eso es todo por hoy —anunció Tsunade.
Sakura se sonó la nariz y se irguió.
—Gracias, Tsunade, supongo que hoy hemos hecho un pequeño progreso.
—Un gran progreso, diría yo.
Sakura se dirigió al perchero junto a la puerta y comenzó a ponerse las botas.
—Si me esperas, me voy contigo.
Tomaron juntas el ascensor hasta la planta baja. Tsunade, una mujer con mucho estilo, rubia, de protuberantes senos y con poco más de cincuenta años, tenía siempre una actitud tan natural, que Sakura la admiraba e incluso envidiaba. Se cuidaba mucho, y parecía vivir una vida feliz y encantadora.
—Bueno, me voy a cenar con las chicas —dijo Tsunade—. Viejas amigas del colegio, y lo de viejas va en serio. ¡Dios, cómo pasa el tiempo! Nos vemos una vez al año, y comemos y bebemos hasta hartarnos. Pero nunca hablamos lo suficiente —añadió, alzando una bolsa de papel marrón—. A decir verdad, todas parecen estar bastante vapuleadas. Menos yo, claro —rió Tsunade mientras le guiñaba un ojo.
—¿Qué llevas en esa bolsa?
—Vino. ¿Por qué?
—No lo sé. ¿Qué clase de vino?
—Tinto —contestó Tsunade mientras abría la bolsa y sacaba la botella.
Tsunade leyó la etiqueta y giró la botella para que Sakura pudiera verla.
Fue como si una ola de aire caliente la abofeteara, tirándola casi al suelo; Sakura se apoyó sobre el espejo de la pared trasera del ascensor.
—¿Qué ocurre, Sakura?
—¡Fue allí! ¡Allí está la casa!
Tsunade volvió a mirar la etiqueta.
—¿En Burdeos?, ¿estás segura?
—Sin duda.
.
.
.
¡Buena noche!
He, pensé que iba a tardar en subir este capítulo, porque acabo de enfermarme y estar pegada a una laptop me jode aún más, pero no, me siento relativamente bien como para darle marcha a esta adaptación.
Y bien, ¿qué les pareció? He leído sus reviews, sé que la mayoría siente pena por Sakura, tienen razón, la pelirosa testaruda no se dejó, terca y tenaz. Pero triste, las cosas no le salieron como pensó. Digo, ya había visto el tremendo poder de Itachi sobre ella, y más, sobre cualquier circunstancia en torno. Aún así, se arriesgó y perdió ¡Ocho años! Y aún con la memoria deshecha :/ Total, ya verán, supongo que este final les da mucho qué pensar sobre lo que se viene adelante. Tienen razón.
Un beso a todas/os. Nos leemos en la próxima, y será pronto, ya ven que no me hago del rogar, Já. Saludos :)
