Nota del autor.

Con los últimos hechos que han girado alrededor del nefasto fallo de la corte de la Haya, he tenido que darle un leve giro a esta historia, creando un Spin-off que relata todo lo relacionado con este diferendo, llamado "las olas que van pasando". Sin embargo, esto no quiere decir que deje de lado esta historia, que solo empeñare en terminar cuando los diálogos de La Habana se den por concluidos, sea cual sea su final.

Sin embargo, con el inicio de estos nuevos diálogos, se han originado muchas especulaciones al respecto. He tenido que cambiar un poquito la línea argumental que tenía planeada para los próximos capítulos. Sin embargo, retomo esta historia a partir del punto en el que se la dejó, coincidiendo con el spin-off que ya he mencionado.

Las FARC-EP anunciaron el 19 una "tregua unilateral" a partir de las 00:00 del 20 de este mes. Las treguas de las FARC suelen ser muy engañosas en todo sentido, en especial debido a que anteriormente habían intentado sostener una "tregua", que de tregua no tenia ni el nombre. Agregado a eso siguieron con el imposible jurídico de la excarcelación de Simón trinidad, para que se una a los diálogos.

Sigamos entonces con esta historia. Este capitulo en especial está cargado de demasiado drama, así que por obvias recomendaciones tengan cerca una caja de Kleenex o de pañuelitos desechables a la mano, por si las moscas.

Capítulo 10: levantarse, seguir adelante, no mirar atrás.

La Habana, el domingo 24 de noviembre por la mañana.

La preocupación de José por su hermano era más que evidente. Su reacción por el resultado del diferendo lo había preocupado de sobremanera, en especial después de haber visto la iracunda reacción del colombiano en medio de las negociaciones. Era de verdad algo intimidante ver a Juan Pablo completamente iracundo, sabia de sobremanera que a pesar de que a veces podía ser gentil, alegre y fiestero, podía llegar a veces a extremos muy inusitados de barbarie y frialdad, pues no por nada era bastante diestro con el arma que le pusieran enfrente.

Colombia entonces regresaba a la Habana después de casi 4 días de ausencia, en los cuales se había puesto a analizar con lupa el fallo que había proferido la corte. Había viajado de emergencia a San Andrés, en donde el descontento entre la población isleña era bastante evidente, agregado a las reacciones de los demás vecinos que Juan hasta el momento había tenido: Teresa, Pilar, William, Dominique[1], que a la larga también resultaban perjudicados con el fallo. Era más que evidente que el fallo había levantado una considerable controversia en todo el país, todos se habían aglutinado en un rechazo unánime en contra del fallo adverso y las protestas no habían dado espera en varias ciudades. El paro judicial aun seguía en pie, y con cada día que pasaba parecía agudizarse, y como si fuera la cereza del pastel los hostigamientos armados entre las FARC y el ejercito continuaban con el mismo monótono ritmo de siempre.

José le esperaba en una sala del aeropuerto, expectante. Parecía que el destino era de sobremanera muy adverso y cruel, gran parte de la poca tranquilidad y paciencia que tenía en ese momento Juan Pablo habían en cierto modo muerto con aquel fallo infame, aquel despojo del que había sido victima por obra y gracia de una codiciosa nación centroamericana, que ahora en este preciso momento estaba preparando una nueva demanda para terminar su despojo maquinal en contra de su hermano.

Lo veía entonces entrar a la sala de espera, con una sencilla maleta, pálido, ojeroso, cansado. Sus ojos verdes carecían de brillo, denotaban esa frustración e impotencia que eran tan evidentes y claras al frente de aquel despojo maquinal. Llevaba aun puesta la misma muda de ropa con la que había salido de la Habana días atrás, y se notaba también que no se había alimentado bien. Era de por si bastante preocupante verlo así. Aquella visión era incluso mucho más lamentable que el día en el que regresó a Hůrdal hacia ya cerca más de un mes.

—Juan… dios, que te ha pasado.

No dijo nada. Sonrió de forma trémula y cansada. José le ayudó con sus maletas, dirigiéndose hacia el exterior, en donde un auto les esperaba. No hablaron durante todo el camino hasta la casa de Carlos, cercana a la playa. Ese domingo era sencillamente día de receso, los diálogos se reanudarían entonces el lunes de la semana entrante.

El brillo mortecino de las luces del día se disipaba en medio de una bruma neblinosa que se sentía en la ciudad. El clima empezaba entonces a enturbiarse. Prácticamente era como ver a otra persona, no bromeaba, no decía nada. Solo miraba al vacío, con triste melancolía y amargura, como si de un golpe le hubiesen arrebatado del todo las ganas de vivir. Prácticamente era un desastre, cada vez que intentaba remediar un problema, dos más surgían. Sentía que todos sus esfuerzos eran en vano, en todos los sentidos.

Llegaron entonces a la casa de Carlos, después de haber conducido por el centro histórico. La ciudad se veía más lúgubre en medio de la lluvia, la amarga tristeza y desconfianza. No sabía si poder seguir con todo lo que se venía por delante.

Se sentía cansado. No quería mas.

Carlos y Lukas estaban en el exterior de la casa, en medio de aquel brumoso ambiente, era evidente que Juan no quería hablar con absolutamente nadie.

Y al descender ambos del automóvil, rompe a llover. Los dos entran a la casa, como si fuesen dos figuras tristes en medio de la lluvia. Juan era prácticamente una sombra de lo que había sido antes, el fallo de la corte era un duro golpe para el. No se sentía con fuerzas para poder seguir adelante con las rondas de diálogos, ponerse al tanto con los días perdidos, analizar las propuestas.

Se sentía un verdadero inútil, tantos esfuerzos no habían servido para nada.

Repentinamente suena el teléfono de Juan. Para en seco, José a su lado también se detiene.

HELLO! MY DEAR FRIEND! —exclamó alegremente el norteamericano al lado de la otra línea.

—Hola Alfred —respondió el colombiano con desgana.

Alfred Jones le llamaba. Si los estados unidos de américa le llamaba en ese momento debía de ser por el sencillo hecho de que los negociadores de las FARC seguían insistiendo en la liberación de Trinidad.

yo… lo siento por lo del fallo.

—no hables de eso, y se porque me llamas en este momento.

¿quieres que lo libere?

—sabes que no. —le respondió con sequedad el hispanohablante al anglosajón.

Se sentía un deje extraño de tristeza y amargura en la voz del colombiano. Al norteamericano le extraño.

John… are you ok?

No sabía que responderle a Alfred. No se sentía bien, no estaba mejor. Veía en ese momento a Rodrigo, riendo de forma frenética y desquiciada, mientras le golpeaba con saña. Era una visión tan vívida, que no creía poder volver a verla. Se sentía ultrajado en lo más profundo de su ser por el arrogante centroamericano, que había conseguido despojarlo de una forma impune bajo el amparo de la corte de la Haya.

¿Decisión salomónica?... se saltaron casi 5 tratados y él no era el único afectado.

—no, no estoy bien Alfred. —afirmó entonces el colombiano— pero gracias por preguntar.

Colgó. Aun llovía. No quería hablar con nadie, así que rápidamente ingresaron los dos a la casa del cubano, en donde les esperaban los demás.

Ingresaron entonces los dos a la casa. Carlos y Lukas les ofrecieron entonces toallas, José se secó, Juan Pablo simplemente rechazó la toalla, mientras se dirigía hacia el balcón exterior, el cual daba a la playa cercana.

—Juan, que haces… JUAN PABLO! —exclamó el venezolano preocupado, al ver al colombiano hecho un ente sin voluntad propia, en medio del desastre que entreveía en sus ojos.

Juan no sabia por que divisaba aquellas visiones. Divisaba las islas de San Andrés desde la costa de la habana. La metrópoli sanandresana ardía en llamas mientras que varias corbetas nicaragüenses la bombardeaban. Y se divisaba una figura distinguible para Juan, en medio de aquel visionario desastre. Nicaragua. O mejor dicho, Rodrigo Montalván. Se veía usando un uniforme, sonriendo de forma prepotente y sádica, mientras arrancaba con violencia la tricolor colombiana del asta de bandera, tirándola al piso, mientras la rasgaba en mil pedazos y la echaba a las llamas, e izaba en su lugar la bandera azul y blanca que usaba.

Y también veía los muertos. Los muertos hombres, los muertos niños. Las muertas mujeres. Los muertos soldados en medio de aquel espantoso apocalipsis. Y también esa enferma sonrisa esbozada en el rostro de la representación de Nicaragua.

No lo podía resistir, no quería seguir. Abrió la puerta corrediza del balcón, en medio de la lluvia. El viento de la tormenta le azotó con violencia el rostro.

—AYUDENME A DETENERLO, CARAJO! —exclamó José con preocupación.

El noruego y el cubano entonces intentaron detener al colombiano. No pudieron. Juan salió al exterior, en medio de aquella pertinaz lluvia, dirigiéndose a mar abierto, dispuesto a acabar de una vez con todo.

—JUAN, DETENTE! —gritaba José desgañitado, mientras corría desesperado hacia el colombiano el cual estaba dispuesto a entrar al mar embravecido por la tormenta— PARA CON ESTO, POR EL AMOR DE DIOS!, DETENTE!

Hacia caso omiso a todos los gritos. La lluvia azotaba las edificaciones con violencia, las gotas de lluvia los golpeaban como dardos a sus cuerpos. Carlos y Lukas los miraban desde la distancia, preocupados bajo la lluvia que aun caía con fuerza.

Colombia entonces entró al agua. Sintió el punzón helado de las aguas marinas de la costa habanera. No quería seguir, no se sentía con las fuerzas para poder proseguir con aquel maldito martirio. Siempre perdía, a pesar de todos los esfuerzos que hacía para seguir adelante. Alfred fue el primero. Siguió entonces Miguel, al cual consiguió derrotar. Y Rodrigo, siempre Rodrigo Montalván, al pendiente como un vulgar buitre, en espera de su presa moribunda.

No quería seguir. No podía seguir.

El agua le llegaba a la cadera. Las olas lo golpeaban con violencia, arremetiendo en contra de él, intentando llevárselo consigo al interminable océano.

—¿QUÉ HACES IMBECIL DE MIERDA? —inquirió desesperadamente el venezolano, el cual lo había detenido por la fuerza, agarrándolo con una llave. Juan intentaba liberarse del agarre.

—Déjame —le espetó el colombiano.

—NO LO HARÉ, NO PUEDES HACER ESTO MALDITA SEA! —Gritó José con todas sus fuerzas, mientras forcejeaba con Juan Pablo— DEJA ESTA MALDITA PATALETA!

—no quiero seguir con mas…

—NO IMPORTA!, TIENES QUE SEGUIR ADELANTE Y NO DEJARTE CAER PORQUE UN CERDO AMBICIOSO TE DERROTA, ESE NO ES EL JUAN PABLO QUE CONOZCO! —le gritó el venezolano a su hermano, mientras las olas les golpeaban, en medio del violento agarre, la lluvia, la fiereza del mar.

—tu no entiendes…

—¿NO ENTIENDO?, ¿NO ENTIENDO?, ENTIENDO PERFECTAMENTE ESTUPIDO! —le gritó de nuevo José, haciéndose oír en medio de la tormenta— TE HE ACOMPAÑADO EN TODO MOMENTO, HE TENIDO QUE VERTE SUFRIR, TU TAMBIÉN ME HAS VISTO SUFRIR, MALDICION, NO ES LA PRIMERA VEZ QUE TE PASA, DEBES SOBREPONERTE ENCIMA DE TODO LO QUE TE ESTÁ SUCEDIENDO, DEBES SEGUIR ADELANTE Y NO VOLVER A MIRAR ATRÁS!

—pero…

—PERO NADA!, DEJA ESTA MALDITA TONTERÍA Y REGRESA CONMIGO A TIERRA, IDIOTA!

Arrastró al pelinegro de ojos color verde esmeralda a tierra firme. Juan no podía tenerse en sí. Carlos y Lukas corrieron hacia ellos dos, llevándolo cargado hacia la casa. Ya en el interior, Juan Pablo es llevado a su habitación, en donde lo desvisten, quitándole todas las prendas mojadas, y lo recuestan en la cama, mientras este temblaba de forma violenta por el frio.

Todos estaban en ese momento pendientes de la salud del colombiano. Juan todavía se encontraba en cama, tiritando de frío, cubierto por toda suerte de mantas y cobijas, mientras en el piso de la habitación estaban las prendas mojadas del mismo.

—Déjenme solo.

—pero… —afirmaron los demás.

—que me dejen solo. —ordenó de nuevo el venezolano

Cuba, Noruega y Chile entonces se retiraron de la habitación.

—que-estás-ha-cien-do… —exclamó Juan pablo en medio del frio— no-quie-ro-tu…

—te callas de una maldita vez, y dejas esta estúpida pataleta. —ordenó imperativo el venezolano.

José entonces empezó a desvestirse completamente.

—pe-pe-ro-que-que-ha-ces…

—el calor corporal ayudará a subirte la temperatura.

Posteriormente el venezolano se recuesta bajo las cobijas, al lado del colombiano, abrazándolo, intentando darle algo de calor. Siente el helado escozor al contacto con la piel de su hermano, no era esa inherente calidez que le caracterizaba, sino la gélida frialdad de la decepción y la tristeza.

—¿por-por-qué-ha-ces-esto?… no-no…

—¿y todavía lo preguntas?, —inquirió el venezolano— tu me importas. Y no voy a permitir por nada que te autodestruyas así de fácil.

Venezuela entonces lo abrazó, aferrándose a el a pesar del frio, buscándole dar el calor de su cuerpo a Colombia.

—yo…yo-lo-lo la-la-men-to… —dijo el colombiano tiritando aun de frio— no-de-de-bí-dde-de

—no hables.

El pelicastaño lo abrazó aun con más fuerza, mientras se arrebujaban ambos por completo entre las cobijas, mientras crepitaba aun las gotas de lluvia afuera. Se enfrentaron, mirándose atentamente en medio del abrazo en el que estaban fundidos. A pesar de todo, los ojos verdes de Juan pablo seguían con un brillo triste y ausente, después de tantas amargas decepciones y devenires.

—hace ya mucho que no te calentaba… —dijo el venezolano.

—yo-yo-era-el-que-te-da-da-ba-ca-calor… —respondió el colombiano tiritando con violencia— ca-ca-si te-te me mue-mue-res cua-cua-ndo asc-end-end-im-os a-a la-sie-rra…

—si.

Se abrazaron aun con más fuerza.

—tienes que seguir adelante. Tienes que ser fuerte… como siempre lo has sido.

—¿fuer-fuer-te?...

—si, fuerte. Tienes que ser fuerte. Por todos ellos. Por ti. —luego agregó— y también por mi.

Se miraron fijamente.

—¿to-to-davía-me-me-quie-res?

—Sabes que sí.

Entonces Juan Pablo decidió. se atenazó al cuerpo del venezolano en forma tal que quería no volver a separarse de el más. Y las lagrimas empezaron entonces a fluir.

—per-per-do-na-me… —dijo entonces Juan, en medio de la tartamudez por el frio.

Esa misma noche…

Todos estaban a la expectativa en la sala. Carlos estaba de verdad preocupado con la reacción de Juan, nunca lo había visto así en los largos años que lo conocía. Se veía que el fallo de la corte lo había afectado de sobremanera, porque no se esperaba que ellos tomaran semejante decisión. No solo era él el afectado, sino que a la larga otros estados limítrofes con el también terminaban perjudicados con el diferendo. Era injusto.

—me parece una tontería lo que hizo Juan —exclamó el noruego secamente— de verdad, no creo que sea para tanto.

—Qué tienes, ¿aire en la cabeza? —exclamó el chileno irritado— no es la primera vez que le pasa, pero a todos nos afecta perder algo de tierras.

—o extensión marina, en este caso.

Manuel había resuelto la mayor parte de sus diferendos fronterizos a través de arbitramentos con otros estados. El arbitramento papal entre el y Diego había sido un ejemplo de esto. Pero lo que había sucedido no tenía precedente. La poca tranquilidad que Juan tenía se había esfumado de repente. Era más que evidente su buena salud, estaba en maravillosa forma después de tantos años de debacle, estaba empezando a surgir como faro de desarrollo económico en américa latina. Pero en ese momento, era el mismo jovencito débil, lacerado y desmoralizado de 1999. Aquel joven que sufría por los espantosos desastres de la guerra entre el paramilitarismo, la guerrilla, los narcotraficantes y el ejercito.

Y sin embargo, después de diferendo adverso, Manuel temía que un destino semejante se cerniese sobre el. El y Miguel prácticamente tenían otros viejos diferendos fronterizos que aun no se solucionaban. A pesar de que se le reconocía al inca que no era tan pedante y egocéntrico como el centroamericano, Miguel podía a veces ser en extremo cruel, hiriente y disciplinado.

—Lukas, ¿es que tu no entiendes lo que acaba de pasar? —le inquirió el chileno con irritación al noruego.

—después de lo que vi, creo que logro comprender. —luego agregó— pero menos mal está el señor Páez Montenegro con el.

—si, José es el único que lo entiende y comprende —afirmó el cubano.

Solo Carlos sabía la dimensión de la relación entre aquellos dos hermanos. Todos sospechaban que Juan Pablo y José Francisco tenían una relación mucho más cercana que la simple confraternidad y vecindad mutua[2], pero eso no pasaba de simples sospechas. Sin embargo, como Carlos era cercano e intimo amigo de José, él sabía la dimensión de aquella relación, y los extraños celos que surgían en Juan Pablo cuando "cierto ruso de casi 2 metros" se acercaba a su hermano.

—solo queda entonces esperar…

La lluvia había empezado a reducir su intensidad. Era ya el atardecer de ese día. Y la noche se cernía con su manto sobre la capital cubana.


[1] Dominique Dessalines: Representa a Haití, obviamente es el hermano gemelo de Juan Sebastián Mariño Báez, que representa a la república dominicana.

[2] Algunos verán la relación de Colombia con Venezuela como incestuosa, pero en cierto modo no se les puede ver separados. Yo no los concibo separados el uno del otro, así parezca bizarro, extraño y perturbador. (El Col/Ven es el único incesto que admito, el Germancest y el Itaincest me causan escalofríos)