TITULO: EL DEMONIO EN FALDA ESCOCESA

TITULO ORIGINAL: DEVIL IN A KILT

AUTORA ORIGINAL HISTRORIA: SUE ELLEN WELLLFONDER

AUTOR ORIGINAL PERSONAJES: KISHIMOTO-SENSEI

CONTEXTO : Escocia, 1325

PROTAGONISTAS: Itachi Uchiha y Sakura Haruno

SIN FINES DE LUCRO

CAPITULO ONCE

¡Por todos los fuegos del infierno y maldiciones!

Itachi permaneció suspendido por encima de su señora esposa, congelado en el sitio, sin atreverse ni si quiera a respirar, no fuera que la lastimara aún más.

Impotente, observó como gruesas lágrimas se filtraban a través de sus cerradas pestañas y rodaban por sus mejillas, dejando un plateado rastro a su paso.

-Cariño- inspiró, su voz sonando derrotada. Se fijó en su pulso, claramente visible en la base de su garganta, latiendo acelerado, y en como su labio inferior temblaba ligeramente, esos signos de dolor le retorcieron el corazón. —Sakura, yo...

Ella abrió sus ojos, observándole con una mirada del color del bronce líquido.

—Dime como te sientes.

Tan tiernamente como pudo, le apartó las lágrimas de sus mejillas con su pulgar.

—Estoy triste por haberte lastimado. Pero por lo demás y por el regalo que me has dado, estoy agradecido e impresionado.

Levantando la mano, ella la puso alrededor de su cuello, enredando los dedos en su pelo.

—El dolor no es tan grande.

Por Rood, había tenido la intención de seducirla, no de causar su dolor, ya fuera grande o pequeño. Había querido ganársela utilizando, simplemente, la pericia de la que alguna vez había estado tan orgulloso.

¿Y qué había hecho?

¡Asaltar su virginidad, con toda la delicadeza de un ciervo haciendo profundos surcos!

En el momento en que había perdido el control, no había demostrado ser mejor, que la salvaje bestia con la que ella le había comparado otras veces.

-Señora, no te creo, - murmuró contra su oído. —Pero te prometo, que nunca volverás a sufrir dolor. No lo tendrías que haber sufrido esta vez, al menos no tan fuerte, si yo hubiera tenido mas cuidado.

Pero, que los santos tuvieran piedad de él, ¿Cómo podía estar seguro?

Estaba convencido de que se había visto inducido por el hippocras tomado durante su noche de bodas.

Cuidadosamente, Itachi se movió para extraer su miembro, aún hinchado, del ceñido calor de su cuerpo. Su señora se puso rígida ante el movimiento, su tensión bajo él y el gesto de dolor que no pudo esconder, hirieron su conciencia como la cuchillada de una espada recién afilada.

Instantáneamente, se quedó quieto, la punta de su virilidad todavía dentro de ella, la calida suavidad de la carne de su mujer intoxicándole y urgiéndole a zambullirse de nuevo en la suave calidez de su centro.

En lugar de eso se tragó un juramento, quedándose donde estaba, rígido e inmóvil.

Abrió la boca para decirle que no la montaría otra vez, a no ser que no tuviera dudas de que estaba lista para él, pero ella alzó la mano para acariciar su mandíbula, deslizando las yemas de sus dedos para silenciarle.

—No pudiste haberlo sabido, marido mío. Igualmente, pensé que no era ya más doncella.

Una doncella... virgen.

Su virilidad latió, vibrando ante el mismo pensamiento.

Su corazón se derritió.

Nunca había sido el primero de una mujer. No con Izumi y ciertamente no con las alcahuetas a las que había pagado para apaciguar su necesidad en estos últimos años.

A decir verdad, había dudado sobre la existencia de las vírgenes y jamás hubiera esperado que su nueva esposa fuera una.

No le habría importado.

Aún ahora, estando todavía unidos, la culpabilidad ante su torpeza le retorcía las

entrañas, a la vez que un increíble sentimiento de alegría corría a través de sus venas.

Un sentimiento tan poderoso, que quiso subir a las almenas y clamar su triunfo.

Gritar su felicidad para que todos lo escucharan.

Tan ciertamente como su virtud le había complacido, la buena disposición que le había demostrado momentos antes de zambullirse en ella, significaban más.

Mucho más.

Su calida aceptación le llenó de tal felicidad, que sintió como si una gran mano rasgara parte de un oscuro velo, permitiendo que la luz fluyera dentro del negro vacío que llevaba en su interior.

Con todo su peso descansando sobre sus codos, Itachi disfrutó observándola.

Yacía bajo el cómo una pieza de mármol, sus bellos ojos fijos en él, sus labios llenos, ligeramente abiertos, sus mejillas todavía pálidas y húmedas por sus lágrimas.

La pálida luminosidad que se filtraba por los postigos, lanzaba una brillante luz sobre su suave piel, y el moribundo fuego se reflejaba en la masa enmarañada de su pelo, esparcido a través de la almohada, haciendo que sus mechones se asemejasen, en su color, a las llamas danzarinas.

Una nube de pecas destacaba en lo cremoso de su piel, y deseó besarle todas y cada una de ellas. Empezaría esparciendo besos, como una lluvia de estrellas, por el puente de su nariz y terminaría con las que adornaban el abultamiento de sus pechos, asombrosamente llenos.

Itachi inspiró profundamente, reteniendo el aliento, completamente impresionado. Nunca había tenido delante una visión más bella.

No pensó en tener otra mujer.

Y nunca hubiera creído que pudiera amar de nuevo.

-Durante mi vida, señora, no te hubiera gozado apenas te hubiera conocido, - inspiró, bajando sus labios hacia la calida piel de su cuello. — Pero yo... te agradezco.

- Yo si estoy agradecida, - dijo su esposa, con una voz tan suave y baja, que Itachi dudó haber oído correctamente.

Sosteniendo totalmente su peso en sus brazos, se elevó, extrayendo totalmente su virilidad de ella.

-¿Que has dicho?

En vez de contestarle, Sakura utilizó la punta de su lengua para humedecerse los labios. Le lanzó una temblorosa sonrisa, suspiró y presionó la mano contra su mejilla.

—No te lo repetiré, sino que te preguntaré por qué te apartaste.- sus palabras fueron apenas audibles sobre el fragor de la tormenta del exterior. —Es una sensación maravillosa, esta, y me gustaría que no terminase.- Sonrió otra vez, de manera aún más brillante. —Te dije que no me rompería.

Itachi sintió como algo en su interior se hinchaba, haciéndose pedazos. Otro gran pedazo del muro que rodeaba su corazón.

-¿Quieres que continuemos?

Mirándole fijamente, inclinó la cabeza, luego se frotó contra él. La percepción de su humedad y de sus íntimos rizos frotándose contra su masculinidad, le llevaron más allá de los límites de su control.

-Te advierto que no va a dejar de dolerte, - le dijo, apenas controlado, con la voz enronquecida. — No esta vez.

-No me importa, - le dijo; la dulzura que impregnaba su voz, minando aún más su dominio. —Continuemos, para ver si esta vez podemos culminarlo y luego lo podremos hacer de nuevo.- agregó, cogiéndole por sorpresa. —Pues seguramente me va a gustar experimentar esto... esta unión... sin dolor.

La pasión de Itachi se despertó nuevamente, su miembro hinchándose y alargándose cuando se introdujo de nuevo en ella. Sakura se tensó, sus dedos se agarraron firmemente a sus hombros, sus suaves gemidos estimulándole aún más.

Pero se calmó, conteniéndose, sin estar todavía en condiciones de conducirla en el antiguo ritmo que sus inexpertas caderas buscaban encontrar.

-Relájate, - le pidió, deslizando su mano sobre su pecho, acariciando la suave redondez mientras la hablaba. —Deja caer tus rodillas un poco más y abandónate a tus sentidos. Intentaré no lastimarte.

Sakura hizo lo que le pidió, abriendo más ampliamente sus muslos, para que se pudiera acomodar entre ellos, e hizo un desesperado intento por relajarse, como le había dicho que hiciera, para poder disminuir la tensión de sus piernas.

Lo quiso, pero las exquisitas sensaciones que se propagaban por su cuerpo lo hacían difícil. Y dolía.

Mucho más de lo que había esperado. Pero la abrasadora incomodidad fue apenas perceptible comparada con la manera en que se sentía y la exaltación que inundó sus venas desde el momento en que vislumbró la realidad del deseo que sentía por ella.

De hecho, lo llevaba escrito en su cara y en la tierna manera de moverse dentro de ella.

-...bien, muchacha, - le oyó decir, su voz sonando un poco distante debido a la neblina de placer que se arremolinaba a su alrededor.

-Ábrete un poco más, - la urgió, usando sus propias manos para, tiernamente, separar aún más sus muslos. —Si te duele...me retiraré inmediatamente si me lo dices.

-No lo haré, - le dijo, colocando las manos sobre sus anchos hombros, disfrutando al percibir los duros músculos que se movían bajo sus dedos. Por la fe, ¿Cómo podía pensar en que ella querría que se detuviera? No podría soportarlo si él lo hiciera. No ahora, cuando estaba a punto de disfrutar el haber aceptado ser su mujer.

La patente necesidad formándose en las profundidades de sus ojos, la urgencia de sus caricias, la ronquera de su profunda voz, su preocupación ante su incomodidad, todo, fue directamente a su corazón, abrumándola con una oleada de poderosas emociones, que no se asemejaban a nada que hubiera podido comprender.

Era un glorioso sentimiento, y quiso saborear cada minuto que durara, apreciando cada contacto, aprendiéndose de memoria la maravillosa sensación de tenerle dentro.

Disfrutando de las intoxicantes sensaciones que despertaba en ella, de la percepción de su magnifico cuerpo unido al de ella.

Permitiendo que la total intimidad de su masculinidad se moviera, como nadie lo había hecho, en lo más secreto de su interior.

Sí, simplemente sabiendo que la deseaba a ella... a ella, a Sakura, solamente eso, consiguió que su espíritu se elevara tan alto que temió que nunca podría bajar otra vez.

-¿Te hago daño?- Escuchó de nuevo su voz, tan cerca de su oreja, que su calido aliento le provocó un delicioso temblor, que comenzando en su cuello, le recorrió todo el cuerpo.

-Sí, duele, - le dijo sinceramente, -pero no te detengas, porque lo demás compensa el dolor.

Él se alzó ante eso, mirándola con una sonrisa de triunfo, propagándose por su cara.

La primera sonrisa que había visto llegándole totalmente a los ojos.

Luego la sonrisa se desvaneció, reemplazada por una expresión de intensa concentración y alguna otra cosa... que le daba un aspecto feroz, tan ardiente que sus rodillas se volvieron de jalea.

Sin apartar la vista ella, deslizó una mano entre sus muslos, tocándola... allí...donde sus cuerpos estaban tan íntimamente unidos. No pudo hacer nada más que quedarse sin aliento, con sus ojos dilatados.

Una sombra de su sonrisa regresó, mientras se movía, trémulamente, a través de sus labios, comenzando a acariciarla con su pulgar en un movimiento lento y circular que la hizo gemir, de tan intensas que fueron las sensaciones.

—Shhh, — la urgió, y ella sospechó que él sabía perfectamente bien lo que sus acciones la provocaban. —No te opongas a esto. Déjame darte placer, muchacha. Siénteme tocándote.

Respirando agitadamente e incapaz de hablar, movió la cabeza de un lado a otro, cerrando fuertemente los ojos y elevando las caderas para poder empujarse contra su mano y acercarse aún más a sus errantes dedos.

Un exquisito latido comenzó en lo más profundo de su interior, la sensación se fue concentrando en su mismo centro, para seguidamente girar como una espiral extendiéndose hacia fuera, inundándola de una calidez y un letargo, demasiado dulce como para poder resistirlo.

Abrió la boca para gritar, pero él le capturó los labios, ahogando cualquier sonido que pudiera haber hecho con un profundo y sensual beso.

Desesperada buscando alcanzar alguna meta elusiva que revoloteaba casi a su alcance, Sakura abrió su boca todo lo que pudo, dando una calida bienvenida a la sedosa caricia de su lengua. Se derritió contra él, queriendo, necesitando más...ardiendo por todo lo que él le pudiera dar.

Como si supiera lo que ella necesitaba y tuviera la intención de ayudarla, Itachi deslizó su otra mano por debajo de sus caderas, elevándola y atrayéndola, apretándola contra él como nunca lo había hecho.

Luego aumentó el movimiento acariciante de su pulgar.

Sakura gritó e hincó sus dedos más profundamente en sus hombros.

Incapaz de hacer otra cosa que sujetarse, dejó que la empujara hacia un abismo de una dulzura tan intensa, que se preguntó si moriría de eso, dado lo poderoso de las sensaciones que la atravesaban.

Todo lo demás se desvaneció. La cama con sus frescas sabanas de lino. El fino bordado de su colcha y las muchas y sedosas almohadas. Incluso la oscura alcoba, con su débil olor a velas de grasa animal, amortiguado por el olor de la lluvia...

hasta sus mismas paredes de piedra parecieron desaparecer, dejando de existir.

Nada permaneció, salvo la tormenta que bullía en su interior.

Una tormenta mil veces más potente que la que todavía rabiaba fuera.

Luego esa furia se rompió, liberando una inundación de placer como jamás se hubiera atrevido a soñar. De manera lejana, le pareció escuchar a Itachi pronunciar su nombre, pero no estaba segura, pues las fuertes sensaciones que la estaban atravesando robaron su capacidad de oír nada más que la precipitación de su sangre al golpear su corazón.

Perdió el control, quedó impotente ante el maravilloso sentimiento que la llevó a un lugar en el que deseó quedarse eternamente.

Pero gradualmente fue consciente de las sabanas húmedas bajo ella... y el pesado cuerpo de su marido tumbado desgarbadamente encima de ella. Su corazón también palpitaba fuerte. Podía sentirlo contra su pecho. También sintió como la observaba. Abriendo los ojos, una tarea que le pareció un tremendo esfuerzo, le encontró con los ojos fijos en ella, con la cara a tan solo unos centímetros de la suya.

Alzándose sobre sus codos, sin decir nada, levantó una ceja.

Sakura no necesitó nada más para adivinar lo que quería saber. Había crecido con demasiados hermanos a su alrededor, como para no reconocer a un hombre que buscaba alabanzas.

Trató de hablar, o de sonreír, pero estaba demasiado agotada como para mostrarle algo más, que la más débil de las sonrisas.

-¿Te he hecho daño? - Preguntó cuando ella guardó silencio, desapareciendo de su cara la expresión autosatisfecha.

O al menos no se sintió tan complacido como lo había estado después de disfrutar de lo que habían hecho.

-Sí,... tu... lo hiciste, - se quedó sin aliento, con la respiración agitada y apresurándose por conseguir que unas pocas palabras salieran de sus labios. —Al principio.

-¿Y luego?

-Creo que ya lo sabes.

-Dímelo- Se puso boca arriba y la llevó con él, instalándola en la seguridad del arco de su brazo.

-Eres... ah... - Se atascó, acurrucándose aún más cerca de su cuerpo. —Te diré que mis hermanas siempre se sonrojaban y se quedaban calladas cada vez que les preguntaba sobre... estas cosas.

- ¿Que cosas?- Insistió, con un irresistible brillo en sus ojos.

Arrastrando ligeramente un dedo por su pecho, le dijo.

-Juro que lo sabes, milord. Solo quieres oírmelo decir.

-Sí, es cierto- Le capturó la mano y la atrajo hacia sus labios, besando una a una las puntas de sus dedos. -¿Lo harás?

-¿Debo hacerlo?

-No, pero oír las palabras me complacería- Le giró la mano, colocando un suave beso en el centro de su palma.

-Muy bien- Sus mejillas llamearon al tener que hablar de temas íntimos, especialmente mientras se estremecía ante el contacto de su lengua que le daba ligeros toques desde su mano a la base de su muñeca.-Este tipo de... cosas... me hacen sentir como cuando me tocas de esa manera.

-¿De que manera?- Preguntó, casi con excesiva suavidad. - ¿Cuándo lo hago así?

-¡Sí!- Sakura se irguió cuando él, suavemente, hizo rodar entre su pulgar y el dedo corazón, la cima de su pecho.

El calor se disparó directamente hacia su centro, llevándola a la intensa excitación que la había poseído antes y que solo había menguado un poco. Su pezón se endureció bajo sus dedos, y de nuevo, lentas olas de placer comenzaron a desplazarse por ella, haciendo languidecer sus brazos.

-Veo lo que intentas decirme, señora. Tu respuesta lujuriosa habla más claro que tus palabras.

Lanzándole una mirada, se avergonzó y excitó a la vez.

-¿Lujuriosa? ¿Yo?

-Sí, tú, y no puedo recordar cuando fue la última vez que una muchacha me complació más.- La contempló intensamente, haciendo aumentar su pasión al continuar jugueteando con sus pechos mientras la hablaba.

Con sus manos sobre ella, obrando esa deliciosa magia y sintiéndose además cautiva por el calor de sus ojos, pensó que no podría aguantar más.

—Señor, creo que no voy a poder-ohhh.- Sus palabras se desvanecieron cuando reemplazo los dedos con sus labios.

Cuando finalmente levantó la cabeza, una lenta sonrisa se extendió a través de sus facciones usualmente severas, y la respiración de Sakura se congeló en su garganta al verlo.

Siempre había sospechado que sus sonrisas serían mortíferas, pero nunca, hubiera podido adivinar lo impresionantemente apuesto que era.

Aun su medio hermano Obito, cuyo aspecto general era tan galante y aristocrático, se volvía pálido al comparársele. Que ciega había estado ese día en el bosque de los tejos, al pensar que era el más atractivo de los dos.

-¿...y todavía dudas que te encuentre deseable?- Sus palabras salieron de su boca como a través de una neblina inducida por la pasión, como si la hubiera hechizado.

La había hechizado, transformándola de una simple y virtuosa virgen, a una lujuriosa desvergonzada. Su contacto la llenaba de anhelos tan intensos e innegables, que iba a ponerse a gritar si él no reanudaba pronto sus estimulantes atenciones.

Tocándola de esa manera la hacia sentir mucho más que embriagada.

-¿Algo esta mal?- Preguntó medio bromeando. -¿He probado ya, el ardor que provoco en ti?- Cuando habló, empezó a acariciar la sensible piel de su estomago, moviendo lentamente sus dedos en sensuales círculos. -¿Necesitas más pruebas?

-Sí, por favor, - barbulló, sintiéndose como una ramera, pero sin importarle.

-Entonces, así sea. Hay muchas maneras de demostrártelo. Pero primero tomemos un baño.

Deslizándose fuera de la cama, Itachi la cubrió cuidadosamente con la colcha, para que de esta manera no se enfriara. Pero para ser honestos, también trataba de esconder su dulce cuerpo de él, aunque solo fuera por unos breves momentos.

Justo lo suficiente como para recobrar el poder sobre sus emociones.

¡Por la sangre de Cristo! Emociones.

No pensó que poseyera ninguna; se creía incapaz de caer presa de tal temeridad.

Pero la respuesta apasionada de su señora hacia él, su pura inocencia y su deseo de complacerle, habían despertado una parte de su alma, que hubiera preferido que siguiera dormida.

Aunque sintió como le observaba, se ocupó en encender unas pocas velas, no se dio la vuelta y no lo haría hasta que sus barreras estuvieran, con toda seguridad, erigidas otra vez o al menos algo reforzadas.

Arrodillándose para reavivar el moribundo fuego, luchó por prepararse mentalmente contra la vorágine que se había desatado en su interior y que hasta ahora había permanecido en perfecto estado.

Estaba absolutamente atemorizado ante la facilidad con la que ella le había hecho olvidarse de que no quería que ella le importase, sentir otra vez.

¡Su señora esposa, con su sonrisa de ángel y su salvaje sangre apasionada, había echado a un lado sus defensas, como si no se tratasen nada más que de unas insustanciales telarañas!

Por la tumba de San Pedro, el simple acto de mirarla, ver su confianza y su adoración, haría poner de rodillas a cualquier hombre. Por lo que, para un hombre como él mismo, que había rehuido y temido a las mujeres, lo que ella le ofrecía era un potente elixir.

Itachi refrenó un amargo juramento.

No quería ser adorado.

Que tuviera confianza en él, sí. Que fuera deseado de una manera carnal, por supuesto. Pero no adorado.

No como ella había entendido las cosas. Pronto estaría mirándole emocionada y hablando de amor, si él no pisaba con cuidado.

Lujuria era lo único que sentía por ella.

Y era lo que tenía pensado compartir con ella.

Pura y simple lujuria.

Nada más.

Entonces, ¿Por qué, sus infernales rodillas se debilitaron cuando ella posó sus moteados ojos en él? Y ¿Por qué le había sido tan duro salir de sus brazos en ese mismo momento?

Poniéndose de pie, se quitó el hollín de sus rodillas y se sacudió unas ramitas de brezo que se habían aferrado a sus pantorrillas.

Cualquier cosa para retrasar darse la vuelta.

Por todos los santos, únicamente había tenido la intención de traer agua y una tela para limpiar la sangre de sus muslos, pero le había sido prácticamente imposible sacarse a si mismo de su lado.

Pero lo peor y de lejos más peligroso, era su inclinación a subirse de nuevo a la cama y simplemente sostenerla contra él. No tomarla para aliviarse de nuevo, sino cogerla suavemente en sus brazos y aguardar el amanecer con ella acurrucada contra él.

Tales deseos podrían producir más estragos que el golpe más fuerte en la espalda de un hombre, o causar más problemas que estar plantado ante una docena de jóvenes deseosas.

Una parte de él no quería esas tontas emociones.

Itachi hizo una larga inspiración. Sakura MacHaruno era más de lo que había negociado.

Mucho más.

No le dejó otra elección que desterrar las estrellas de sus ojos, y convencerla de que lo único que sentía era lujuria. Supo que debía mentirla y hacerla creer que lo que había ocurrido entre ellos, que esperaba sucediera de nuevo, era solamente físico.

Una necesidad que habían compartido y que podía proporcionarles muchos momentos de placer, pero que no tenía nada que ver con hacer el amor.

Vertiendo agua en una pequeña palangana, Itachi sólo deseaba que no fuera tan condenadamente difícil convencerse a si mismo. Colocó la jarra en el suelo. Con expresión ceñuda, cogió unos pocos lienzos, colocándolos en su brazo, y se insensibilizó para confrontarla.

Luego se dio la vuelta.

Las dudas le asaltaron, como si un grupo de hadas le anunciaran la muerte, cuando la vio. Tenía la cabeza apoyada en la almohada, su piel desnuda brillaba al ser bañada por la tenue luz del fuego recién avivado.

Su pelo, esparcido por sus hombros, se veía aun más enmarañado después de hacer el amor; Las puntas de sus pechos asomaban a través de las sedosas hebras.

Los músculos de Itachi se apretaron en inmediata respuesta. Es todo lo que pudo hacer para no lanzar la palangana y los lienzos al suelo, correr por toda la cámara como un escudero inexperto y excitado, y lanzarse sobre ella de nuevo.

-Por el cuerpo de Santa Columba, ¿no te cubrí?- dijo ásperamente. -¿Es que quieres coger frío?

-No suelo caer enferma fácilmente, - dijo, con la mirada suave y soñadora todavía en su cara.

-Bien. Entonces voy a lavarte antes de que cojas frío. Me voy a dar prisa pues me encuentro cansado y con necesidad de sueño.- Las palabras le salieron con más brusquedad de la que pretendía y sus ojos se abrieron ante la sorpresa.

-Pero... pensé... dijiste...

-Se lo que dije, pero ahora solo deseo descansar. Estoy más cansado de lo que creía.- Deliberadamente evitó sus ojos. El daño que había visto florecer allí, le hubiera golpeado el corazón si hubiera tenido uno. —Habrá otras noches para la pasión. Un matrimonio práctico no necesita estar desprovisto del cumplimiento físico. Podemos satisfacer nuestras necesidades a menudo, si te complace. La lujuria.

-La lujuria, señor, es la razón por la que los hombres buscan a las rameras.- Le informó Sakura, cubriéndose el pecho con la colcha. —No debería ser la base de un matrimonio.

-Y no lo es, - rebatió Itachi, colocando la palangana en la pequeña mesa situada al lado de la cama. —Nuestra unión se basa en mi necesidad de tu visión, como tú bien sabes.- Hizo una pausa para sumergir uno de los lienzos en el agua, escurriendo cuidadosamente la tela. —Pero no hay ninguna ley que nos prohíba compartir el amor físico. He demostrado que te deseo. Creo que también disfrutaste de nuestro acoplamiento ¿Verdad?

Ella rehusó contestarle, y el dolor que se reflejaba en sus facciones le hirió como las puntas de mil dagas calentadas al fuego.

Pero como si le empujara el mismísimo diablo, prosiguió.

-no será un arreglo desagradable. Estoy convencido de que somos el uno para el otro.

-¿Y como funcionará? ¿De la misma manera que una alcahueta intercambia su mercancía con cualquier hombre en celo?-Le preguntó con la voz fría e inexpresiva.

Itachi juró por lo bajo. Había extinguido la llama que tan cuidadosamente había encendido.

Y se había lanzado a si mismo a un mar de remordimientos entre el cielo y el infierno.

En el corto espacio de tiempo de esa noche, la había persuadido con ruegos para que se lanzara a sus brazos, exigiéndola una respuesta, y cuando ella se la había dado... ¿Que había hecho él?

Lanzar su confianza y su adoración de vuelta a ella.

Incluso después de que ella le hubiera dado el regalo más precioso que una esposa puede dar, llevándole más cerca de la felicidad de lo que él había pensado llegar en esta vida.

Hecho, que hizo que se percatara de que podía enamorarse de ella.

Y para detener esa locura, había tenido que entibiar los sueños románticos típicos de los corazones salvajes, que supo se arremolinaban en ella, aun ahora. A diferencia de su esposa, él sabía el peligro de esa locura. Había sido tarea suya escatimarles la posterior pena. Aun cuando el proceder distaba de ser indoloro.

¡Por todos los Santos, se había convertido en el despiadado bastardo que los charlatanes reclamaban que era!

Esforzarse por evitar la angustia que sabía surgía rápida, cuando el amor desaparecía, era una cosa... lastimar a su nueva novia, era otra completamente distinta.

Se maldijo, por no haberse mantenido alejado de ella como había sido su intención. Pero no había esperado que le tentara entonces, no podía haber imaginado que le lanzaría esas miradas de adoración, y que en el fondo le encantarían sus ojos teñidos de ámbar.

Y ciertamente no se hubiera creído capaz de poseer profundos sentimientos.

Ni se podía haber imaginado que esta ridícula farsa que había comenzado, este fingir que no estaba afectado por ella, excepto por su hechizante cuerpo, le perturbaría así.

Por la sangre de Cristo, y menos, que su conciencia le molestara.

-Sakura, yo...

Levantando la mano, ella hizo un rápido movimiento de desinterés, despectivo.

—Por favor, señor, no digas nada más. Creí que significaba algo para ti. Ahora veo exactamente lo que era.-dijo, fría y duramente. —Tonta de mí por haber creído otra cosa.

-No lo entiendes. Eso no es...

-Dijiste que querías bañarme, pero dado que estas tan cansado, - le cortó, arrebatándole la tela húmeda de la mano. — No hace falta que te esfuerces demasiado. Puedo lavarme y lo haré mejor. Ten la bondad de darte la vuelta.

Itachi sabía que debía moverse, pero no podía apartar la vista de ella. Era tan bella.

Sujetando las sabanas a su barbilla y agarrando firmemente el paño para lavarse con la otra mano, clavó los ojos en él con reproche.

—Te he pedido que te des la vuelta.

Silenciosamente y maldiciéndose, Itachi hizo lo que ella le había pedido y se mantuvo de pié delante del fuego. Sintiéndose más bastardo que su medio hermano, mantuvo su pensativa mirada en las llamas.

Detrás de él, escuchó los suaves sonidos que hacía Sakura al limpiar los vestigios de su virginidad de sus muslos. Se quedó de pié, donde estaba, durante largo tiempo después de que el silencio llenase la cámara. Solo cuando estuvo seguro de que su señora dormía, se dio la vuelta. Yacía dándole la espalda, con la colcha sujeta a la altura de su barbilla.

Itachi realizó una inspiración profunda, derrotada. En su vida, se hubiera imaginado que esta noche terminaría así.

Pero no podía echarle la culpa a nadie salvo a si mismo.

Reprimiendo una maldición, se sentó en una silla. La misma que había utilizado durante la mayor parte del tiempo en esa nefasta noche de bodas.

Ofi Rodriguez