Capítulo 11: Es cosa de química.

(Nota: hay un par de descripciones algo gráficas.O sea, con criterio formado. K+; si quieren, se las saltan XD)

La boca de Terry estuvo seca todo el rato que estuvieron en el taxi camino al departamento de Candy. El cambio de apariencia en la chica lo asombraba y halagaba, porque se sentía causa de ello, pero no le daba mucha importancia; después de todo, ella siempre fue preciosa para él. Sin embargo, debía reconocer que esa actitud decidida lo intimidaba y desconcertaba un poco.

El actor pagó el taxi y ayudó a bajar a la chica. Con algo de celos notó que los hombres la seguían con la mirada, así que colocó posesivamente una mano en torno a su cintura. El contacto hizo que Candy temblara y para disimular su turbación habló de lo primero que se le vino a la mente:

-¿Cuándo te vas a sacar esa ridícula barba? – reclamó.

-Cuando estemos en lugar seguro. ¿Acaso quieres una montonera de mujeres chillando por acá? – respondió él, guiñándole un ojo.

-No serán más de dos o tres... creo que estás perdiendo tu efecto, hoy vi menos admiradoras en tu hotel. – se burló ella.

-Es por la hora, muchas de ellas trabajan – dijo él - ¿subimos?

-Vamos – dijo ella intentando no temblar.

Ella abrió la puerta con mano torpe y dejó su sombrero encima del sofá.

-Tienes un lindo lugar aquí – dijo él, abarcándolo todo con la vista -, pequeño pero acogedor.

-Gracias. Ponte cómodo.

Terry se sentó con las piernas abiertas en medio del sofá, estirando los brazos por sobre el espaldar. Verlo así hizo que la chica empezara a babear levemente. Se dio cuenta justo antes de que él la mirara.

-¿Quieres algo de beber? – preguntó ella sin mirarlo directamente.

Terry la observó; recién ahora se daba cuenta de lo mucho que había cambiado en ese tiempo, cómo había crecido. ¿Seguiría ella sintiendo lo mismo que antes? Porque él sí.

-¿Tienes algo fuerte, como vino, cerveza...?

Ella negó con la cabeza; claro, cómo podía ser tan estúpido, a Candy jamás le gustó que bebiera... lo había arruinado todo. Se sentó más derecho y le pidió un vaso de agua.

Candy asintió y fue a la cocina, donde se dio un coscorrón en la cabeza. ¿Cómo no se le había ocurrido comprar vino? Ahora Terry pensaría que ella era sólo una niñita que no sabía beber alcohol. Bueno, no sabía, pero de todas formas debió tener algo para él... qué tonta había sido. ¿Cómo hacer una velada romántica sólo con agüita potable?

Candy volvió con el agua, y Terry la dejó en una mesa. Le hizo sitio en el sofá. Se sentaron lado a lado y evitaron mirarse y hablar por unos momentos. Terry rompió el silencio.

-Ya han pasado tres años.

-Para mí han sido tres siglos – dijo ella.

-Pensé que jamás volvería a tener una oportunidad contigo. Creí que estabas casada, con hijos...

-¿Yo, casada? Sólo hay una persona que imagino conmigo, y él no está disponible. – al darse cuenta de que había hablado demasiado, se mordió los labios. Terry la miró de reojo, esperanzado.

-Si hablas de mí, pronto estaré disponible. Candy, si tú me prometes que me darás otra oportunidad, romperé mi compromiso con Susana a pesar de los líos que se armen.

-No quiero meterte en problemas.

-Será un escándalo pequeñito, nada de importancia.

-No quiero que te comportes mal con ella... siento lástima por su situación. Inválida, sola...

Terry lanzó una carcajada.

-Si supieras, Candy... Susana no la pasa nada de mal. Créeme, nada de mal. De hecho, Susana tiene otro hombre, quiere que rompamos el compromiso, pero es su madre la que no quiere.

-¿Por qué?

-Quiere ser la madre de una duquesa. Le he explicado mil veces que yo no heredaré el título, pero ella no se convence.

¡Susana con otro hombre! Sí, recordaba vagamente que alguna vez sus pacientes hablaron de ese chisme, pero ella no lo creía. Sin embargo, si Susana tenía a otro, Terry era libre... pero la madre de Susana deseaba ese matrimonio. Era un problema.

-Me enteré de que llegan mañana a Chicago – comentó ella.

-Vendrán a reclamarme por las últimas fotos, esas con Tallullah – Terry se rió al pensar en la furia de su suegrita - ... ellas se lo buscaron. Candy – tomó las manos de la chica y se arrodilló frente a ella -, si tú aún me quieres, si me aceptas, las mando a freír monos. Me importa un bledo lo que piense la gente.

Candy lo miró con ternura y le pasó una mano por la frente.

-¿Estás seguro de lo que dices? Tú podrías tener a cualquiera, y me quieres a mí...

Él tomó la mano que ella pasaba por su frente y se la llevó a los labios, besándole la palma suavemente. Ella sintió que los vellos de su cuerpo se erizaban y retiró rápidamente la mano. Él sonrió, algo burlesco.

-No te iba a morder, si es que eso te dio miedo.

-No tengo miedo.

-¿Entonces por qué tiemblas?

-Tengo frío .

Él se acercó lentamente a la chica, que se hizo para atrás como movida por un resorte; entonces, él acarició su labio inferior y le susurró:

-Pues yo tengo mucho calor.

La chica sintió que el calor era contagioso, porque de inmediato el temblor se mezcló con el rubor que la invadía. Miró para otro lado, nerviosa.

-Preciosa... yo no te pido nada, – murmuró él en su oreja – sólo dame una esperanza. Cuando acabe este molesto asunto con Susana, dime que volverás a pensar en mí.

Candy volvió el rostro hacia él. Terry acarició con su dedo la mejilla de la chica, sacándole algo de maquillaje. Se rió al ver como las pecas volvían a aparecer.

-¿Por qué ríes? – murmuró ella.

-Las pecas están apareciendo... las extrañaba. No pareces la misma sin ellas.

Eso molestó a Candy; miró a Terry frunciendo el ceño y le dio un golpe en el brazo.

-¡No seas tonto, Terry!

-¡Pero si es cierto! Ahora que te quité un poco de maquillaje, parece que tienes un río de pecas en medio del desierto. Si te quito al otro lado parecerás india en pie de guerra, creo...Te tengo un nuevo apodo: ¡Pocahontas pecosa!

-¡Qué pesado eres! – la pecosa se lanzó encima del burlesco inglés, que sabía perfectamente que la chica reaccionaría así. Mientras más se reía, más furiosa se ponía Candy y más tiempo podía tenerla abrazada. De pronto, cayeron al suelo, ella sobre él, y dejaron de pelear, mientras se miraban directamente a los ojos.

"Cualquier riesgo vale la pena por una noche de pasión desmedida con ese tremendo pedazo de hombre"... Candy recordaba las palabras que había oído esa misma tarde. Dios, Terry era increíblemente apuesto. Siempre lo había sabido, pero ahora era dolorosamente conciente de ello.

En cambio, ella era tan... tan corriente. Tan común. Tan distinta a las otras que lo rodeaban. ¿Se acordaría de lo que alguna vez tuvieron? ¿Querría besarla? ¿Acaso la deseaba?

Él sentía contra su pecho los senos de la chica. La tenía abrazada de su breve cintura. Se sorprendió al darse cuenta de que, con ella, se sentía como un jovencito sin experiencia. No sería fácil besarla. ¿Ella se resistiría? No sabía cómo iba a demostrare lo mucho que la amaba. Él no era más que un actor, en cambio ella era una mujer independiente, exitosa, que no lo necesitaba. ¿Se acordaría ella de lo que alguna vez tuvieron? ¿Querría besarlo? ¿Acaso lo deseaba?

Cerró los ojos y decidió arriesgarse, sin embargo fue ella quien dio el primer beso, así que él no tenía por qué sentirse culpable de haber seducido a una inocente virgen.

Antes de darse cuenta estaban desnudándose rápidamente sin tomar en cuenta el frío terrible de esa noche. Él la llevó en brazos a la estrecha cama y la depositó suavemente en ella.

-¿Estás segura? – murmuró. Ella lo besó dulcemente por toda respuesta.-Eres tan hermosa. No sé si te merezco. ¿De verdad estás segura?

-Más segura que nunca - contestó ella en un suspiro, antes de dejarse llevar por sus caricias.

-¿Sabes lo que vamos a hacer, verdad?

-Sí, sí lo sé.

-A ver, dime – pidió él, con una sonrisa juguetona.

-¡Terry!

-Sólo quiero estar seguro... ¿estás consciente de lo que haremos? – ahora él estaba serio.

-¿Por qué dudas tanto? – preguntó ella.

-Porque no sé cuánto sabes del tema...

-Lo suficiente. – la voz de ella sonaba molesta. Dejó de abrazarlo – No soy tan inocente.

-¿No lo eres? – el rostro de él mostró cierta decepción - ¿Y quién fue el primero?

-No me refiero a eso. Tú serás el primero, es que me molesta que la gente piense que no sé las cosas de la vida. Estoy consciente de lo que pasará entre nosotros, pero si no actúas rápido me voy a aburrir. Ya estoy empezando a sentir frío. De hecho, creo que me voy a vestir.

Candy se incorporó y estaba lista para irse, pero él le tomó la mano y la atrajo de vuelta.

-No seas mal genio, mona pecas.

Comenzó a besarla y ella, después de un momento de enojo, se dejó convencer y empezó a corresponderle. De pronto, una molestia surgió en su mente.

-Yo no soy la primera.

-En cierta forma, sí.

-¿Quién fue la primera?

-Ya no lo recuerdo, fue hace años – la besó con más fuerza para callarla, pero ella tenía curiosidad.

-¿Fue una prostituta?

-Sí. Mi padre la consiguió.

-¿Y te gustó?

-¡Candy!

-Dicen que ellas son buenas en lo que hacen, es su trabajo.

-Pues yo también soy bueno en lo que estamos haciendo, y no es mi trabajo.

-¿Cómo sabes que eres bueno?

-Me lo han dicho.

-¿Quiénes?

-¡Rayos, Candy! – él se alejó, algo molesto - ¿A qué viene esa curiosidad tan morbosa?

-He leído algunas cosas sobre el tema, y quiero saber.

-Ah, por eso decías que no eras tan inocente. ¿Qué leíste?

-Unas "memorias de una cortesana", y de "una doncella inglesa".

Hasta Terry enrojeció al recordar esos libros.

-Buenas lecturas. Los chicos las disfrutamos mucho en el colegio – dijo después de un rato, volviendo a acariciarla.

-¿Qué es una felación? – preguntó ella. Él se rió.

-No me pidas que te lo explique aún. Después hablamos de eso.

-¿Y un cunnilingus?

-No hablaré de eso.

-¿Y cuál posición te gusta más? ¿Arriba o abajo?

-Aprendiste bastante en esos libros, pecosa pervertida... pues me gusta más cuando estoy abajo.

-¿Así? – la chica giró hasta sentarse sobre él, sin ningún pudor. A Terry le encantó eso.

-Así está perfecto.

-¿Y qué hago ahora?

-¿No dijiste que sabías?

-Sé que los procesos químicos de liberación de hormonas de cerebro con el fin de bombardear de sangre las zonas íntimas del hombre y la mujer tienen como único fin lograr la unión de los gametos femenino y masculino. Es cosa de química. Pero no estoy segura de la ejecución de esas acciones. Me han dicho algo mis pacientes, que son expertas, pero aún no estoy segura...

-¿Y qué es lo que sabes? – Terry se atrevió a jugar con los pezones de la chica. Ella le sonrió.

-Sé que los enloquecen los senos. Algo así como una fijación oral.

-Es verdad.

-Sé que les gusta acariciar las partes blandas que rodean la pelvis.

-Es verdad – dijo él, acariciándole esos lugares. La chica suspiró.

-Sé que es muy fácil endurecer esta cosa – ella estiró la mano hacia atrás y tocó el miembro del chico, que gimió y se mordió los labios -. Por lo visto, el tuyo ya está preparado.

-Más que preparado. Estoy esperando a que tú lo estés – respondió, acariciándole las piernas.

-¿Y cómo sabrás cuando yo esté preparada?

-Vas a dejar de hablar tanto y me dejarás hacerlo.

-¿Así? – ella levantó las caderas y se dejó penetrar. Lanzó un gemido de dolor, sorprendida de su propia audacia, pero después se relajó y comenzó a tomar una cadencia que el mismo Terry le imponía.

-¿Estás bien? – preguntó él, después de un segundo. Ella asintió jadeando. Recién comenzaba a experimentar ese famoso placer del que tanto hablaban. Continuaron un buen rato, hasta que alcanzaron juntos el clímax y ella cayó extenuada en los brazos de él.

-Te amo, pecosa – murmuró Terry con los labios pegados a las mejillas de la chica.

-Te amo, delincuente – respondió ella, pellizcándole un brazo.

Se reanimaron con besos y caricias, riéndose de tonterías. Ella limpió unos restos de labial que estaban en la cara de Terry, mientras él desenredaba amorosamente los rizos de la chica.

-¿Era lo que esperabas? – preguntó él. Ella sonrió.

-Me estaba perdiendo de una cosa magnífica. Al principio dolió, pero después ya no. ¿Lo hice bien?

-Estuviste maravillosa.

-¿Y comparada con las otras?

Terry miró con impaciencia hacia el techo.

-Deja de compararte. Las otras no significaban nada. Tú lo eres todo.

-Es que quiero saber... ¿alguna vez estuviste con dos mujeres al mismo tiempo?

-¡Candy!

-¡Salía en el libro! ¿Se puede hacer?

-Pecosa pervertida, no te pienso contestar eso.

-Entonces volvamos a hacerlo, si no quieres hablar. Esta vez yo abajo.

-Todo con tal de que te calles – la mordisqueó en el cuello, haciéndola reír. Ella se recostó y dejó que el chico se colocara entre sus muslos, enlazándolo con sus piernas.

-¿Lo estoy haciendo bien? – preguntó ella, preocupada.

-Estupendamente.

-¿Te gusta si hago esto? – tomó los dedos del chico y se los metió en la boca, succionando la punta.

-¿Dónde aprendiste a hacer eso? – preguntó él, casi sin voz.

-Las pacientes lo comentaron. Dicen que vuelve locos a los hombres

-Pues fue un muy buen comentario. Agradéceles de mi parte.

Volvieron a amarse varias veces más, hasta que ambos cayeron dormidos una en brazos del otro.

La mañana siguiente los encontró enlazados. Él aún dormía con los labios entreabiertos. Ella lo miraba descansar y sonreía, recordando la noche anterior. Todos sus temores previos parecían ahora tan estúpidos... ¿Cómo podía tener miedo de un placer así?

El estómago de Terry rugió, y éste abrió los ojos.

-Así que no fue un sueño... compartí la cama con Tarzán pecosa.

-¡Mocoso malcriado!

-Ven acá, pequeña salvaje – la abrazó y comenzó a mordisquearle la oreja. Ella se rió, pero se despegó de él.

-Terry, tengo que ir a mi trabajo. Me esperan.

-Que sigan esperando. Yo aún no estoy listo para dejarte ir.

-Tengo que ir, Terry. Hay mucho que hacer.

-Bueno – él puso cara de desagrado, pero inmediatamente le sonrió – No estás arrepentida, ¿verdad?

-¿Arrepentida? No puedo esperar a que llegue esta noche – le guiñó el ojo.

-Pues no esperemos – la volvió a atraer. Ella, riendo, se soltó.

-¡Basta, Terry! Déjame arreglarme para traerte desayuno.

Fue a la cocina y por un momento pensó en colocarse la comida en el cuerpo, como lo había leído en alguno de los libros que le prestaron... pero no se atrevió. Tal vez en la noche. Había muchas cosas en esos libros que quería experimentar. Seguramente Terry sabía cómo se hacía.

Se estremeció de placer y algo de vergüenza al recordar la noche anterior. Él tenía razón. Era muy bueno lo que hacía. Pura práctica, seguramente. Sintió una punzada de celos al pensar en las otras mujeres que habían estado con él. Decidió que las superaría. Terry no pensaría en ninguna otra que en ella.

Tocaron a la puerta. Candy se colocó una bata y fue a abrir. Grande fue su sorpresa cuando vio una silla de ruedas ocupada por Susana (Gusana) y su madre, ambas con los ojos llorosos y rostros desencajados:

-¡Ladrona! – lloriqueó Susana - ¡Devuélveme a mi prometido!

Candy casi se desmaya; y lo peor fue cuando sintió un flash en la cara. Un hombre rubio con un sombrero que decía "prensa" acababa de sacarle una fotografía.

Continuará...

Próximo capítulo: el final.