Capitulo 10
Apóstoles. Parte I.
Duelo de escorpiones.
El Santuario, Grecia. Templo de Aries.
— ¡Somos los Apóstoles del poderoso Ra! ¡Hemos venido al Santuario a tomar la vida de su Patriarca y la de todos los santos que lo conforman! —declaró la guerra el majestuoso guerrero de Egipto.
El guardián de la constelación de Escorpión no se intimidó ni siquiera un poco— ¿En verdad eso es lo que pretenden? —dijo con semblante aburrido—. ¿Acaso Egipto busca iniciar una tonta guerra contra el Santuario? "¿Por qué?" Me veo en la obligación de preguntar —añade con cinismo.
Souva de Escorpión siempre ha poseído una actitud bastante relajada aún en las situaciones más complicadas. Lo que menos le impresionaba era el numero de oponentes que enfrentaría, lo que lo tenía mortificado era ver a una antigua hermana de armas en las filas enemigas.
—Los motivos sobran, santo de Atena —aclaró el de ropaje dorado, visiblemente el líder del escuadrón—. Hay un deber que debemos cumplir. Si tenemos que erradicar el Santuario entero, así se hará.
Souva sabe lo que debe hacer, no permitiría que sus conflictos personales se interpusieran en la batalla. Le dedicó una rápida mirada a Shai quien portaba la armadura de Virgo sólo para decir— Es una pena que uno de mis propios camaradas encabece esta afrenta —mostrando un semblante amenazador al resto—. Siento que hayan viajado de tan lejos, pero de este templo ninguno de ustedes pasará —esclareció el Escorpión.
—¿Pelearás contra todos nosotros? Sí que en Grecia son unos locos —se mofó el de amplia armadura oscura.
Sus sentidos le alertaban que de ese sujeto es del que debía cuidarse más. Para Souva resultaba extraño que, mientras los demás poseían un cosmos virtuoso o neutral, el de ese hombre era malévolo. Y la armadura que lo protege… no podía explicarlo, irradiaba un aura inquietante, algo que jamás había sentido antes.
—Nada de eso, sé lo que trama —advirtió Shai, impidiendo que él fuera quien iniciara el duelo. Sacando al Escorpión de su trance—. Desea que perdamos el tiempo aquí mientras los demás santos actúan a nuestras espaldas. Debemos ser precavidos, avanzar lo más rápido que podamos.
—Ataquemos juntos entonces— aconsejó el siniestro guerrero.
—Qué decisión tan precipitada —comentó el Escorpión sin amedrentarse—. No imaginaba que en Egipto pelearan a ventaja —sonrió sarcástico—. Aquí en el Santuario tenemos reglas —dijo con orgullo—, las cuales, de no seguir, estaríamos pisoteando el legado que nos dejaron nuestros predecesores. No necesito pelear con todos a la vez, será uno a uno. Pero como sé que no aguardarán pacientemente su turno, entonces deberé tomar ciertas medidas —encendió su cosmos dorado, extendiendo la capa roja que colgaba de sus hombreras—, ¡lo entenderán cuando sufran el efecto de mi Restricción! —sus ojos se tornaron dorados en ese instante, brillando peligrosamente, liberando numerosas ondas de cosmos que sellaron los movimientos de los invasores. Los Apóstoles resintieron terribles escalofríos que invadieron sus cuerpos, manteniendo sus extremidades rígidas.
—¡¿Qué clase de magia es esta?! —gritó frustrada la mujer de armadura turquesa, luchando por recuperar el control.
Shai lo sabía bien. A sus aliados les tomó poco tiempo descubrir que el efecto era similar al que un individuo despierta por terror hacia un venenoso escorpión. Ellos que se criaron expuestos a esos peligros del desierto lo han experimentado numerosas veces.
Pero ahora no trataban con un simple animalejo por el al que ya no sentían temor alguno, combatían con un santo que era mucho más feroz y mortal que cualquier escorpión.
Souva alzó la mano derecha cuando la uña de su dedo índice volvió a alargarse, generando un resplandor carmesí que formó resplandecientes puntos rojos al final de su garra— Aunque pensándolo bien, si tantos deseos tienen que combata con todos a la vez, no soy nadie para negarme. Prueben la furia del Escorpión, ¡La Aguja Escarlata! —arrojó los luces carmesí sobre sus enemigos, contrariándose por la forma en la que uno de ellos saltó frente al grupo, recibiendo los cinco impactos a propósito. Cruzó los brazos atinadamente para protegerse el rostro y el pecho.
—¿Así que eres tú el que más ansias tiene de morir? —cuestionó Souva al guerrero egipcio que usaba una armadura ligera de color negro—. Me impresionas, veo que la Restricción no tuvo efecto en tu persona —decidió tratarlo con cautela.
Aquel que recibió los pinchazos del escorpión, bajó los brazos a los costados, sin verse afectado por los cinco minúsculos agujeros que se marcaban en su coraza. Poseía grandes ojos negros, cabello oscuro muy alborotado sobre el que se posaba un casco con forma de un escorpión. Su cosmos anuló el efecto de parálisis de los demás.
—El poder de Selkis protege mi cuerpo, mi corriente vital. Los escorpiones y sus venenos no pueden contaminar este templo —anunció solemne el Apóstol que defendió a su gente—. Señor Asiut, yo me encargaré de él. Ustedes pueden continuar —pidió con semblante serio el egipcio.
Souva resopló— Parece que no han escuchado que ninguno de ustedes avanzará más allá de estas escaleras —les recordó con aire prepotente, permaneciendo al final de la escalinata.
—Si lo atacamos entre todos de seguro caerá. Por muy santo dorado que sea, no puede contra todos nosotros —insistió nuevamente el de cosmos maligno, comenzando a impacientarse.
—Si vas a subestimar a los santos de oro, entonces esta cruzada es inútil —anunció Shai de Virgo—. Conozco a Souva, él es de los dorados más poderosos al que me he enfrentado…
Souva sonrió ampliamente— Me alaga que recuerdes nuestros combates de entrenamiento mi estimada amiga, pero tus palabras no te ayudarán a que sea benevolente contigo —advirtió—. Así como su deber es cruzar los Doce Templos, el mío es impedir que los extraños avancen por ellos. Ataquen todos a la vez si es lo que desean, no tengo inconveniente. O elijan batallar uno a uno contra mí, es muy posible que así lleguen a cansarme más rápido —musitó, provocando la furia de algunos Apóstoles.
—Eso es imposible —anunció Asiut, el de ropaje dorado—. Nuestro tiempo es valioso como para desperdiciarlo aquí. Hafiz, te lo encargo.
Al instante, el Apóstol Hafiz extendió los brazos al frente, liberando una onda de cosmos de alta temperatura que envolvió en un tornado al Santo del Escorpión. En fracciones de segundo, Souva sintió como se atragantaba al no poder aspirar ni una brisa de oxigeno, sujetándose la garganta completamente sorprendido.
Asiut y su grupo corrió en dirección a la casa de Aries aprovechando la distracción, por la cual pasaron sin más demora.
Souva intentó salir de la zona de vacío, impulsándose para ir en persecución de los invasores. Mas antes que sus pies lograran avanzar, una ennegrecida figura apareció frente a él, liberando un golpe luminoso que estalló sobre su rostro.
Confundido por la velocidad que posee el enemigo, el santo se dejó arrastrar por la potencia de ese ken. Tras una acrobacia aérea, cayó sobre sus dos piernas al pie de las escaleras, intercambiando lugares con su nuevo rival.
Una vez fuera de la zona en donde el aire conspiró en su contra, Souva comprobó que podía respirar nuevamente.
El santo permaneció con una actitud pasiva, analizando al inmóvil oponente que esperaba su contraataque. El pómulo izquierdo le sangraba un poco, pero no había daños significativos.
Era una vergüenza, seguro Albert le recriminará hasta el cansancio el haberse dejado engañar por tal truco— Por algo dicen que cae más rápido un hablador que un cojo… —pensó con amargura, riéndose de sí mismo.
Sacudió la cabeza, no tenía tiempo para lamentarse, confiaba plenamente en el poder de sus hermanos de oro para reparar su descuido.
—Admitiré que el primer round te pertenece… pero no pienso volver a cometer el mismo error —aseguró Souva—. No imaginé que pudieras manipular el aire de esa forma.
El egipcio de nombre Hafiz esbozó una media sonrisa— Eso espero. He escuchado mucho sobre los legendarios Santos de Atena. No he viajado de tan lejos para llevarme una decepción.
—Trataré de no defraudarte entonces —dijo despreocupado. Decidió intentar de nuevo, obtener información, tal vez lejos de la presión e influencia de sus compañeros, podría arrancarle la verdad a Hafiz—. Tenía entendido que el Patriarca y su Faraona poseen estrechos lazos diplomáticos, ¿por qué el cambio? ¿Qué beneficios obtendrán al iniciar un absurdo derramamiento de sangre?
—No soy nadie para contradecir los designios de mi Faraona. Si ella clama por sus vidas, mi obligación es arrebatárselas sin importar el costo. Resígnate santo de Escorpión, pues este día mi pueblo le ha declarado la guerra al Santuario. Y yo Hafiz, Apóstol de Selkis, seré tu oponente.
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En la cima de las doce casas, dentro del Gran Salón, el Patriarca sale de un efímero trance. A su lado, el legendario Pegaso busca respuestas, mas el Pontífice niega con la cabeza— Ella no responde a mi cosmos… Se rehúsa a entrar en contacto.
El santo de Pegaso se encontraba tan contrariado como el Patriarca. Pocas semanas han pasado desde que ambos estuvieron en las tierras del Nilo, ¿qué pudo ocurrir en tan poco tiempo para llegar a esto?
Conocían bien el gran reino que resurgió de entre las arenas, dirigido por una gobernante cuyo séquito estaba formado por personas justas y de nobles sentimientos.
De todos los reinos contra los que imaginaron algún día entrar en conflicto, Egipto había sido descartado.
Pero el ver a sus guerreros divinos, los Apóstoles, no les permitía dudar de la realidad.
Shiryu permaneció en silencio, pensando en que un caballero de oro se encontraba a la cabeza de este atraco. Conocía bien a Shai, era una niña cuando escapó del yugo de su padre quien intentó asesinarla. Encontró refugio en el Santuario al ganarse la misericordia de un santo de plata. Fue entrenada como una amazona y tiempo después fue enviada a Egipto a recibir un entrenamiento mucho más especializado con un maestro mucho más capacitado.
Verla vestida con el ropaje dorado de Virgo desenmascaraba su engaño, pues la última vez la cuestionó sobre si estaba al tanto de la ubicación de alguna de las cloths de oro… Ella lo negó.
La idea de que todo este tiempo han fingido una asociación comenzaba a girar en los pensamientos del Patriarca. Quizá fueron engañados, y ahora uno de sus guerreros ha sido corrompido por las ambiciones de los dioses del Nilo.
Seiya comenzó a descender los escalones, dispuesto a abandonar el Gran Salón. Shiryu lo llamó, esperando que detuviera su andar.
—Con Kenai fuera, sólo un tercio de la orden dorada está para enfrentarles —espetó Seiya sin volverse—. Algunos caballeros de plata todavía están en recuperación. Es evidente que tendré que luchar si queremos evitar bajas entre soldados y aspirantes —explicó, con su mano lista para apartar las puertas que lo confinaban a la habitación.
—Seiya ¿tienes tan poca confianza en los santos de oro?— preguntó Shiryu con tristeza.
El Pegaso miró sobre su hombro al Patriarca.
—Yo sé cómo te sientes, en verdad lo sé. No son Mu, Aldebarán, Aioria o Milo, pero son caballeros de Atena y cumplirán con su misión. Si sales ahora, admitirás que estos años invertidos en el Santuario no han valido nada, que nuestros guerreros son incapaces de salir adelante por ellos mismos.
—¿Acaso pretendes que esto sea un entrenamiento más, Shiryu? —inquirió molesto—. No sé tú, pero en mi conciencia sí pesarían sus muertes.
—Ese no es mi objetivo ahora, pero debes admitir que la experiencia es vital para cualquier guerrero, ésta es una oportunidad para que se prueben a si mismos. Si te entrometes en la batalla, lastimarás sus orgullos y no obtendrás ninguna clase de gratitud. Al contrario, los volverás dependientes de tus intervenciones, no desarrollarán el potencial que están destinados a alcanzar.
El santo de Pegaso lo recapacitó unos instantes.
Al sentir el conflicto en Seiya, Shiryu prosiguió— Tú mejor que nadie sabes lo importante que es la confianza hacia tus semejantes. Permite que caigan al suelo, así aprenderán a levantarse. En el pasado, muchas personas confiaron en nosotros para lograr lo impensable, ahora es nuestro turno.
Por mucho que detestara admitirlo, Shiryu tenía razón. No habría llegado hasta donde lo hizo de no ser por las peleas que llevó a cabo. Pero había algo que Shiryu olvidaba… Todos ellos, aunque fue por un instante, silenciosamente suplicaron por ayuda alguna vez, siendo desolador el no obtenerla….
—De acuerdo… —se alejó de la puerta sintiéndose derrotado—. Si logran atravesar las Doce Casas entonces no tendrás ninguna objeción para que decida intervenir, ¿no es así?— cuestionó, a lo que Patriarca asintió—. No pondrán ni un pie en esta habitación, llegaremos al fondo de esto.
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Templo de Aries
Souva subió escalón por escalón con una actitud relajada. El que un enemigo allí le aguardara no parecía alterar sus nervios.
El Apóstol de Selkis le permitió llegar hasta la entrada del templo, mas no pasar.
—Es extraño, pese a que recibiste cinco de mis agujas no pareces lastimado —comentó el santo, acomodándose el casco que sentía flojo. Observó con curiosidad los agujeros en la armadura de su oponente.
—Parece que sabes muy poco sobre nuestra cultura y nuestros dioses —musitó Hafiz con tono paciente—. De lo contrario entenderías que tus técnicas ponzoñosas no tendrán efecto en mí. Yo, que sirvo a la diosa Selkis, recibo su protección frente a las criaturas que ella domina. Como diosa que manipula a los escorpiones, tiene la capacidad de proteger a sus fieles de cualquier veneno que intente contaminar su sangre.
Souva suspiró, volviendo a sonreír— Es como si hubieras nacido para ser mi rival —dijo con tono sarcástico.
—Y no sólo eso —le previno Hafiz—. Es ella la que da el aliento a los seres humanos cuando llegan a este mundo, así mismo… —volviendo a manipular el viento—, te priva de él.
Souva sintió nuevamente un vacío a su alrededor, dentro de cual el aire le era negado. Sin el factor sorpresa, logró contener la respiración, lanzando de prisa más agujas escarlatas. Hafiz intentó esquivarlas, fracasando al recibir irremediablemente dos de ellas.
El santo dorado saltó hacia el techo de la casa de Aries, donde pudo volver a respirar. Contempló con recelo a su oponente, sabiendo que alguien que podía controlar el aire de tal forma no debía ser subestimado.
Hafiz saltó también, pisando el techo del templo. Rió al percibir cierto temor en el santo— ¿Planeas huir de mí, Escorpión? Y eso que he sido gentil contigo. Si este es todo tu poder —señalándose la marca existente en el peto de su alba*—, entonces he ganado ya este encuentro.
Los labios de Souva dibujaron una mueca perversa, justo cuando sus ojos se mostraron optimistas, algo que extrañó al egipcio— ¿De verdad? No deberías subestimar a este escorpión, pues sus picaduras pueden ir más allá de un simple envenenamiento —aclaró, entrecerrando los ojos—. Eres tú el que ha perdido el encuentro desde el inicio, permitiéndote coleccionar siete de mis agujas.
—Su efecto es insignificante ante el poder de Selkis —respondió Hafiz, con confianza ciega en su diosa.
—Por supuesto, tu mente es capaz de ignorar el dolor y tu sangre de diluir mi veneno pero, temo que tu cuerpo es incapaz de imitarlos, observa bien sobre qué estás parado.
Por mero reflejo, el Apóstol dio un vistazo hacia sus pies, permaneciendo absorto por las líneas de sangre carmesí que fluían por el suelo. Hafiz intentó ocultar su sobresalto al ver cómo es que la sangre emergía de cada uno de los golpes recibidos del caballero dorado.
—La aguja escarlata actúa rápidamente sobre quien la recibe —explicó Souva, haciendo que su uña volviera a crecer—. Usualmente, los oponentes que la han recibido de mí necesitan de una sola para caer al suelo y enloquecer, tres para entrar en shock. Pero esta técnica se conforma de quince golpes que envían a cualquier persona hacia el más allá. ¿Serás acaso tú el primero quien reciba mis quince agujas?
—Éstas heridas no me detendrán, no significan nada —aclaró el Apóstol, desvaneciendo su miedo.
—Entonces te ayudaré a que te desangres con más rapidez si te parece —amenazó Souva, alistando su siguiente golpe.
Hafiz se arrojó hacia el caballero con su cosmos en alto. Ningún mortal habría podido ver la velocidad con la que el egipcio se movió, pero los sentidos de un santo son sobrehumanos. Atinadamente, Souva eludió el puño de su adversario, recibiendo un inesperado rasguño en la mejilla cuando Hafiz extendiera los dedos en un segundo golpe.
Completamente a su merced, el escorpión dorado contraatacó con cuatro agujas más que golpearon el cuerpo del escorpión negro. Hafiz trastabilló una vez que creara distancia, dándose media vuelta para encarar al santo.
—Once… —contó Souva—. A estas alturas, otra clase de individuo estaría perdiendo sus sentidos. Es una lástima que no vivas la experiencia completa del tormento de la constelación de Escorpión.
—No deberías confiarte tanto —el Apóstol aconsejó con tranquilidad, pese a que comenzaba a resentir el dolor de los once impactos—, a diferencia de mi, tú ya eres un cadáver —dijo en cuanto unas gotas de sangre corrieran por la mejilla del caballero dorado.
Souva se limpió la sangre con la mano. Contempló la mancha roja en sus dedos, extrañándole que presentara motas de color negruzco.
—Quince golpes para acabar con un enemigo… —meditó victorioso el egipcio—, es suficiente tiempo que le das a un adversario para vencerte. Yo sólo necesito uno —susurró, mostrándole como es que sus uñas también tienen la capacidad de crecer en ennegrecidos aguijones—, y escasos minutos para que todo termine.
Souva sacudió un poco la cabeza cuando su vista dibujara tres Hafiz frente a él. Utilizó el brazal de su brillante armadura dorada para reflejar su cara, notando como es que comenzaron a dibujarse líneas negras bajo su piel. Pocos segundos después, observó el mismo fenómeno en sus dedos.
—Tu torrente sanguíneo ha comenzado a ser invadido por el veneno de Selkis que parará tu corazón en cualquier momento. Como ves, las cloths de las que están tan orgullosos no siempre serán efectivas, un simple rasguño en tu rostro descubierto bastó para acabar con un inmortal caballero dorado —comentó reprimiendo una carcajada.
Lejos de mostrarse desesperado o aterrado por su sentencia de muerte, Souva volvió a sonreír para agregar— Minutos ¿eh?… —sin dejar de mirar sus manos—, tiempo suficiente para terminar con mi tarea… —se atragantó un instante, al sentir cómo es que se le dificultaba tomar aire, e inclusive estar de pie.
Le asombraba la velocidad con la que su cuerpo y sus sentidos estaban colapsando. Nunca podría haber adivinado que su ponente poseía un ataque mortal de tal eficiencia.
Pensó en su maestro, ese hombre mentiroso que lo llevó a probar cada veneno mortal como parte de su entrenamiento… Tal parece que el muy miserable olvidó éste.
—Te recomendaría tomar los minutos que te quedan de vida para preparar tu alma. Está muy cerca tu encuentro con los mensajeros de la muerte que te enjuiciarán —recomendó Hafiz con solemnidad—. Pero pareces la clase de hombre que jamás se ha entregado a la oración.
—En eso tienes razón… —comentó Souva sin remordimiento—, aprendí hace muchos años que las plegarias son inútiles. Confiar tu vida a un ser superior no es la respuesta a los problemas… —en un momento de debilidad, tal vez a causa de delirio, recordó esos desesperados días de su niñez, los rostros de esos otros niños que oraban a Dios día tras día en busca de un milagro que jamás ocurrió—. He sido muy descuidado, pero pienso remediarlo… —prometió, alejando esos recuerdos que le alertaron que en verdad estaba a pocos pasos de morir.
—Eso te será imposible —aclaró el Apóstol, malhumorado por el que ese hombre todavía tuviera las esperanzas de ganar—. Ya que no ansías una muerte tranquila, te mostraré mi verdadero poder como un acto de respeto. ¡Utilizando mi Ka* al máximo, probarás mi ataque final santo de Atena! —con un movimiento de ambas manos, creó un circulo de aire alrededor de sí mismo, una corriente que avivó su ka el cual ascendió por encima de las nubes convertido en un torrente de aura verde.
— ¡¡Castigo de Serket-Heru!!
De los nubarrones que adornaban el cielo de Grecia ese día, se generó un gran resplandor del que un grueso rayo de luz cayó como bólido sobre el santo de Escorpión, quien fue engullido por el fulgor que destruyó el techo de la primera casa del zodiaco, impactándose contra el suelo el cual perforó.
El estruendo sacudió los cimientos del templo. El impacto fue tan violento que incluso llegó a estremecer las casas vecinas. Como si del mismo sol ese rayo se hubiera desprendido, un calor abrasador se expandió por todo Aries, liberando cortinas de denso vapor.
Largos se sintieron los segundos para aquellos que percibían la lucha a lo lejos, pues el destino del santo de Escorpión era incierto.
Las columnas de humo estropeaban la visión del Apóstol de Selkis, quien caminaba con cautela por la casa, buscando algún indicio de vida. Hafiz no se preocupó demasiado, si por alguna cuestión milagrosa el santo sobrevivió a su ataque, no le quedaba mucho tiempo de todas formas.
A sus pies, encontró el casco del caballero al que había derrotado. Hafiz lo tomó respetuosamente, colocándolo sobre los escombros que servirían por el momento como una cripta. En su lengua nativa, el Apóstol recitó una oración, junto a una disculpa casi inaudible antes de partir.
Vislumbró las escaleras que lo llevarían al siguiente templo, hacia donde sus compañeros se dirigieron.
Sus pies estaban por pisar el umbral que lo llevarían fuera de la casa, cuando sorpresivamente una voz lo ató a permanecer a allí.
—… y en señal de respeto, yo he recibido tu ataque…
Era el Escorpión. Su cuerpo y cloth se encontraban intactos. Los halos de vapor se desvanecían con rapidez mientras el caballero los apartaba con su mano. La capa que le otorgaba noble distinción desapareció de su espalda, consumida por el feroz ataque de Hafiz.
El Apóstol permaneció boquiabierto. Le parecía inconcebible que hubiera resistido su poder. Era tal cual decían de los santos dorados de Atena, los más temibles entre las órdenes de caballería.
Todas las venas de su cuerpo se colorearon de oscuridad, evidenciándose en los surcos de su piel. Souva había perdido la vista y el oído mientras que el resto de sus sentidos pendían de un hilo que estaba por romperse.
El santo maximizó su cosmos de golpe, exaltando al empequeñecido Apóstol.
Hafiz no lo entendía, ¿acaso su veneno había logrado un efecto contrario al esperado? En vez que el poder del santo disminuyera, estaba alcanzando niveles que jamás había sentido.
—Hafiz ¿cierto? —Souva lo llamó por su nombre—. Admito tu superioridad, eres un escorpión más venenoso que yo… por ahora —cada palabra era un esfuerzo—. Sin embargo, eres demasiado peligroso para dejarte pasar por estas Doce Casas… demasiado como para permitirte vivir… Por lo que no tengo más alternativa que detenerte aquí y en definitiva —unió dedo índice y medio de sus respectivas manos. Las cuatro garras destellaron en rojo sangre.
—Pobre ignorante ¡¿crees que no sé tú verdadero estado?! —bramó furioso—. ¡De seguro apenas puedes estar de pie! Admiro tu resistencia y tu valor caballero de Escorpión, es la primera vez que enfrento a alguien como tú! —separó los brazos, tomando posición de ataque—. ¡Tendré que apresurar tu muerte, una dosis más del veneno de Selkis y de seguro morirás! Además, todavía te faltan cuatro golpes los cuales dudo que puedas atinar en un solo disparo.
—Ah, aunque la aguja escarlata es una técnica de mis predecesores, la cual estimo en verdad… debí buscar métodos para lograr algo más eficaz —levantó ambas manos, las cuatro zarpas rojas brillaban peligrosamente—. Es como dijiste Hafiz, quince golpes es demasiado tiempo para lo que yo necesito… Contemplarás ahora la técnica que sólo requiere nueve impactos simultáneos para acabar con cualquier guerrero.
— ¿Nueve golpes en un sólo intento? —Hafiz reprimió una carcajada—. La mayoría de las agujas que he recibido han sido a propósito. Acabaré contigo antes. ¡Acepto tu último desafío caballero de Atena! —gritó Hafiz, haciendo estallar su ka esmeralda, lanzándose al ataque al mismo tiempo en que Souva se volvió un ser de luz tras alcanzar la velocidad de la misma.
— ¡¡Escorpión de nueve aguijones!!
Hafiz pareció chocar contra un muro invisible contra el que su brazo se rompió. Una estela dorada atravesó nueve puntos de su cuerpo al mismo tiempo: en ambas piernas, brazos, hombros, pecho, estomago y en la frente.
Ni siquiera lo vio moverse, su enemigo se desvaneció en un mero pestañeo y al siguiente instante las garras carmesí lo apuñalaron profundamente.
—Señor Asiut… señorita Kaia…fue un placer servir a su lado…— logró pensar Hafiz antes de que la luz del mundo mortal se apagara.
El dolor lo fulminó al instante, fue una muerte inmediata, pues su corazón y cabeza fueron atravesados por los aguijones del escorpión. El ropaje del Apóstol no fue impedimento para evitar las heridas que resultaron mortales, se rompió como si hubiera estado hecho de cristal.
El cuerpo del egipcio cayó a los pies de Souva. La hemorragia de las heridas rápidamente marcó de rojo la silueta de Hafiz en el suelo.
Souva bajó los brazos a sus costados como si pesaran grandes toneladas. Intentó limpiar sus dedos manchados con la sangre del Apóstol, pero sus movimientos resultaron torpes e inútiles.
Se giró tambaleante hacia la salida de Aries, recibiendo los rayos del sol que lo marearon todavía más.
Tenía que hacer algo al respecto del mal que lo estaba matando. Como guardián de la octava casa del Zodiaco jamás se permitiría morir con tal ironía.
Unió las manos a la altura del pecho. Sus labios se movieron, articulando palabras sin sonido por las que sufrió un ligero espasmo que lo impulsó a seguir hacia adelante. Ha logrado sellar el veneno en su sangre, ganando un poco de tiempo.
Pensó en sus aliados, debía ir a ayudarles, mas en su condición no lo creía posible. Le quedaba algo por hacer… jamás había combatido el veneno de ningún dios pero, no le quedaba más opción.
Se desplomó sobre los primeros escalones que llevan a la casa de Tauro, cerrando los ojos al perder por completo la conciencia.
***********
La arena giraba de acuerdo a su voluntad. En Egipto su habilidad no tenía límites, pero en Grecia, debía agradecer la presencia de una costa de la que pudo abastecerse.
Su deber era sencillo, evitar que cualquier otro individuo entrara a las Doce Casas. Cuidar la retaguardia mientras sus compañeros avanzan, esa es la posición más importante de todas. Nadie debía interferir con la misión que les fue encomendada.
Sus sentidos se extendían por toda la tormenta que cubría Rodorio y la parte baja del Santuario. En cuanto algún soldado se atrevía a aventurarse en un intento por encontrarle, él se encargaba de detenerlo permanentemente. Uno a uno, esos hombres fueron tragados por la tierra, enterrados con vida hasta que quedaban sin oxigeno. No se molestaba en enfrentarlos directamente, no valían la pena.
Ha estado al pendiente del ascenso de sus camaradas, preocupado por la pelea de Hafiz. Conocía perfectamente la habilidad del Apóstol de Selkis, pero los santos de oro no eran oponentes fáciles de vencer. Gracias a los constantes entrenamientos con Shai, sabía bien de la peligrosidad de los guerreros del Santuario… enfrentar a doce de ellos en tan pocas horas ¿será posible que tengan éxito? Tenía que mantener la esperanza, hay demasiadas cosas en juego.
Sentía demasiada ansiedad por los incrementos y descensos de ka que estallaban en la primera casa, mas pronto su preocupación pasó a lo que ocurría dentro del campo de arena, más personas se movilizaban. Al principio los trató como a los demás guerreros insignificantes, pero el que no cayeran en sus trampas le alertó que no trataba con gente ordinaria.
Dos… no, tres cuerpos se movían hacia acá sobrepasando la tempestad. Debían ser santos de Atena. Creyó que tendría más tiempo antes de tener que vérselas con ellos.
Concentró su ka, el cual fue arrastrado por el viento y las partículas de polvo, intensificando todavía más el torrente. Fue capaz de confundirlos, incluso de separarlos tal cual esperaba. Sonrió complacido, así sería más fácil eliminarlos.
Pero antes de adentrarse a su morada tormentosa para dar inicio a la cacería, divisó una sombra que tranquilamente avanzaba hacia él. Se sorprendió al haber sido encontrado con tal facilidad, pero sólo era uno, por lo que podía mantenerse allí para combatir.
—Así que eres tú el que origina toda esta tormenta —habló aquel que le encontró. Deteniéndose a cierta distancia.
El guerrero de Egipto movió un brazo para manipular el entorno, permitiéndose contemplar la identidad de quien estaba ahí para enfrentarle. Resaltó de inmediato un brillo dorado que envolvía al hombre de cabello escarlata. Una mezcla de admiración y temor se mostró en la sonrisa del egipcio al tener su mirada sobre él.
—Precisamente caballero de Atena… Yo soy Giezi, Apóstol de Seth*— inclinó la cabeza en un signo de respeto. Al instante, el polvo que lo cubría se disipó con violencia, generando una onda invisible que limpió el aire hasta marcar una extensa elipse en tierra firme, una que se proyectó hasta el cielo en forma de columna a la que la arena no podía penetrar.
El santo dorado no le quitó la vista de encima, ni siquiera para contemplar el azul del cielo sobre ellos. Bajo la armadura de placas grises y doradas, había un hombre de piel morena. Su vestimenta sagrada protegía pecho, cintura, brazos y piernas. Pero lo que más resaltaba era el casco que cubría totalmente su cráneo, uno que simulaba la cabeza de un siniestro galgo de hocico curvo y orejas rectangulares. Llevaba puesta una mascarilla de metal que escondía por completo su rostro.
—¿Qué hace un caballero dorado fuera de su templo guardián?— inquirió curioso el Apóstol, sabiendo que era inusual.
—No fue mi intensión que esto pasara… Aunque es evidente que mi arribo a Grecia fue justo a tiempo, parece que el Santuario necesita algo de asistencia —Terario respondió con tono sereno, portando por primera vez la brillante armadura de Acuario.
Terario tuvo sus dudas al subir hasta el Santuario, pues desconocía la situación. No consideró prudente inmiscuirse en algo en lo no había sido requerido, a diferencia de sus dos acompañantes que se arrojaron a los problemas sin pensar. Pero Jack tuvo razón en algo, si el Santuario de Atena estaba bajo ataque, era su deber protegerlo.
—¿Vas a decirme que esto es simple casualidad? ¿Que apenas vas llegando a estas tierras? —preguntó incrédulo el Apóstol.
—Podría decirse… Todo indica que comenzaré mis funciones como caballero antes de presentarme ante el Patriarca —comenta para si mismo, recordando los cadáveres que encontró en el camino—. Escucha Giezi, realmente no sé qué intenciones tengas tú y los tuyos al venir al Santuario, pero temo que tu molesta participación acabará ahora…
FIN DEL CAPITULO 10
*ALBA
Así llamaremos a los ropajes sagrados de los Apóstoles.
*KA es la fuerza vital, un componente del espíritu humano, una pizca del principio universal e inmortal de la vida, según la mitología egipcia. Equivalente al 'Cosmos'.
*DIOSA SELKIS.
(Nombre egipcio: Serket-Heru /Nombre griego: Selkis) Diosa antigua de los escorpiones y la magia. Simbolizaba el calor abrasador del sol. Su papel era fundamentalmente benéfico ya que protegía de las picaduras venenosas de escorpiones y serpientes. Se la llamaba "La que facilita la respiración en la garganta", ya que la picadura de este animal produce ahogo; también se la relacionaba con la que posibilita la respiración del recién nacido y del difunto en su renacimiento.
* DIOS SETH.
(Nombre egipcio: Suty, Sutej (Setesh, Seteh) / Nombre griego: Set (Seth)) Deidad de la fuerza bruta, de lo tumultuoso, lo incontenible. Señor del mal y las tinieblas, dios de la sequía y del desierto en la mitología egipcia. Seth fue la divinidad patrona de las tormentas, la guerra y la violencia.
