Abrió los ojos sintiéndolos secos. Ya no estaba Pete a su lado ni se encontraba en la misma sala. Ahora estaba en un cuarto rojo, tan rojo que le dolían los ojos. No había nada en las paredes y no había ningún mueble aparte de su camilla, sólo estaba él. Distinguió una ventana polarizada atrás de su espalda, lo único que había en aquel lugar. ¿Habría alguien allí detrás?

Tenía sed. Sentía fuego en su garganta y hielo en sus extremidades acompañado de un hormigueo persistente. También estaba esposado a la camilla.

¿Qué mierda?

—Está despierto. —Escuchó

El mundo estaba confuso, pero podía distinguir a un rubio acompañado de otro sujeto.

—¡No quiero hacerlo!

—Eres débil. No nos sirves así —gruñía la voz—. Ahora ve y demuéstranos que eres un hombre.

—¡No!

¿Pip?

—No puedes hacerte amigo de los reos, Pirrup. Así que, ¿qué tal si terminamos esta amistad aquí y ahora mismo?

Veía borroso y el pitido volvió a resonar en su cabeza. Fue entonces, cuando oyó la voz de Gregory gritando atrás, que volvió a su realidad. Una donde un hombre se acercaba a él con la mano de Pip entre las suyas y el inglés farfullando cosas que no comprendía.

Logró enfocar un objeto punzante que iba directo a su mano. Entró en pánico y gritó pidiendo que se detuvieran. Sintió su frente sudorosa y volvió a sentir calor en su cabeza, pero sus extremidades seguían frías. El bisturí se enterró en el dorso de su mano y el hombre soltó las manos de Pip, siendo estas las únicas que rodeaban ahora el instrumento.

Se sorprendieron, ambos, al notar que a Craig no le dolía.

—Ahora, Pirrup.

—N-no quiero hacerlo.

—¡Hazlo!

—¡Déjenlo! —Era Gregory.

Fields recibió una patada que le arrodilló. Ante la imagen, y la presión, Pip no pudo hacer nada más que llorar.

Craig cerró los ojos.

—Hazlo. —Dijo.

Pip lo miró y titubeó.

—¡Sólo haz lo que tengas que hacer! ¡Rápido!

Pip resbaló el bisturí por dentro y Craig trataba de no mirar. Su respiración estaba acelerada, igual que sus latidos, pero no sentía nada. La sangre comenzaba a brotar. Pip ya no podía más, lloraba y gritaba. Craig sintió lágrimas en sus ojos y vio cómo el inglés se rendía y retiraba el utensilio.

—¡Ya está! —Gritó Gregory—. Ya lo hizo. Déjenlo ya.

—Bien hecho, marica. Puedes volver a tu zona. Pero desde hoy, serán ustedes dos los encargados de manejar a Craig.

Los británicos pusieron una cara de horror y Pip apartó la mirada de Craig antes de irse diciendo un "lo siento" entre labios.

Craig miró el desastre que ahora era su mano y sintió náuseas.

—Suficiente por ahora —dijo el hombre mayor—. Eres el quinto de ocho que ha reaccionado bien a la droga, Tucker. ¿Sabes lo afortunado que eres? ¿Tienes idea de lo mucho que hubiese dolido si no hubiese funcionado?

Se le encogió el estómago y la sensación de sed volvió. Miró una botella que reposaba en el bolsillo del hombre.

—¿Tienes sed? —Abrió la botella y se la ofreció.

Craig no podía mover sus manos para recibirla, pero iba a ser inútil. El hombre volcó el agua sobre su ropa, dio un giro, rio y desapareció.

Maldito bastardo.

Se quedó a solas con su mano ensangrentada e intervenida. Pasó media hora y comprendió que nadie vendría a curarle o a darle agua, seguiría desangrándose mientras lo veían por la ventana negra. Se rindió ante el cansancio y cerró los ojos nuevamente.

Sus orbes vieron la luz del día que entraba por los barrotes de la minúscula ventana del fondo del pasillo. Lo primero que escuchó fue a Cotswolds.

—Vaya lío le hicieron, ¿no crees, Topo?

Se encogió de hombros, otra vez.

—Hey, niño, ¿te duele?

Recién ahí se dio cuenta del horroroso y punzante dolor que amenazaba toda su mano izquierda. Recordó las imágenes de su carne rompiéndose y los tendones cortándose bajo la punta del bisturí. No pudo evitar vomitar.

Recién con eso Christophe levantó la mirada para luego volver a su resorte.

—Lo siento —dijo avergonzado por su acto.

—Olvídalo —respondió Mark—. No le importa. Una vez me pasó en una misión con su propia camisa y él ni se inmutó, ¿puedes creerlo?

—Hablan mucho.

—¿Dónde se fue ese entusiasmo de la mañana, Topo? ¿Ya se pelearon?

Silencio.

—Ya veo. Hey, Tucker me cae bien. Ni se te ocurra intentar descuartizarlo.

—No planeo descuartizar a nadie. De eso se encargarán abajo. Ya lo están haciendo.

—Eso es un golpe bajo, Topo.

—Como si me importara.

Craig agonizaba de dolor, este era abrasante y se extendía rápido. Su vendaje estaba sucio y con sangre. No quería ver lo que estaba ahí abajo.

Durmió.

Durmió para que le despertaran tras el almuerzo. Aún no bebía nada. La sed lo estaba matando. Lo vendaron nuevamente y encaminaron hacia el subterráneo.

Las manos tiritonas de Pip le sacaron el vendaje de los ojos. Vio el rostro del inglés y contempló su ojo derecho hinchado, más atrás estaba Gregory con puntos en la cabeza. Comprendió de inmediato lo que pasaba allí. Eso no era servicio comunitario. Ellos eran prisioneros allí.

—Te tengo que lavar, Craig.

—Puedo hacerlo solo.

—No, no puedes —le mostró su mano.

Sí, sí podía. Pero supuso que sería mejor no negarse a nada. Podía pasarle algo a su tal-vez-amigo.

Se encogió de hombros, como solía hacer cuando su madre le regañaba u obligaba a hacer algo. Extrañaba a Laura. También a Thomas y a su hermana. Quería volver.

Craig se desnudó con ayuda de Pip. Gregory se paseaba por el cuarto sin querer decir palabra o pensando en qué decir.

—¿Quién te puso ese vendaje?

—Desperté así.

—Se te puede infectar. ¿Déjame verlo?

Pip desenvolvió la herida, dándose cuenta de que era un trozo de delantal. El joven rubio llamó a Gregory y se la pasó de inmediato. Craig abrió los ojos y echó una ojeada rápida a su mano, encontrándose con la sorpresa de que estaba cosida con hilo café. Seguía adolorido.

—C-Craig.

—¿Qué?

—Tenemos que hacerte otra prueba. ¿Has comido?

—No. Y tengo sed, pero ¿qué clase de prueba?

—Otra droga. ¿Te importa?

—Espera… ¿Me picarán la mano de nuevo?

El semblante de Pip expresó aflicción.

—P-probablemente sea el brazo.

Tragó en seco.

El proceso se repitió. Esta vez cuando despertó no vio a Pete, pero si a Michael, quien seguía inerte en esa camilla. Recibió alcohol en la herida y esta vez sintió cómo ardía como los mil demonios. Pip tuvo que repetir el procedimiento en el mismo brazo bajo supervisión de un guardia y, entre los llantos del inglés y los gritos de Craig, se formó una espantosa sinfonía. Vomitó y exigió agua. El agua jamás llegó.

—¡No quiero más, por favor! —Era Pip.

Craig trataba de ahogar sus gritos rechinando los dientes. O la anestesia falló o nunca fue una droga anestésica la que acababan de probar en él.

Terminada la sesión, Gregory suturó y envolvió su brazo en una tela naranja que provenía de los delantales de reos. Aprovechó también de cambiar los puntos de su mano y terminado eso, lo enviaron con dos guardias, esposado y vendado de ojos a su sector.

Cuando llegó ya era noche. No quería saber del mundo, pero no tenía otra opción que seguir. Su brazo mutilado le molestaba en demasía. Pidió un cigarrillo apenas llegó a su pasillo y Mark le dijo que Christophe debía de tener, pero este hizo caso omiso de la frase. Craig suplicó con los ojos llorosos al castaño por un cigarrillo. Se lo negó.

El azabache se rindió y sentó en el suelo ya limpio de su desastre. Hablando con Mark se arremangó el uniforme y mostró su vendaje anaranjado. El chico que compartía celda con Cotswolds se incorporó.

—Entonces es cierto —dijo con un semblante oscuro—. Eres uno de ellos.

—¿Y tú quién carajos eres?

Cotswolds dejó escapar una carcajada. Christophe también rio por lo bajo.

—Mala elección de palabras, Tucker —siguió riendo Mark.

El otro muchacho rio también.

—Soy Myers, mucho gusto —se dejó ver.

Vio que el chico estaba encadenado por el tobillo hacia una placa de acero que se entreveía en el fondo de la celda por los barrotes y por primera vez notó que Cotswolds estaba esposado con un relativamente amplio rango —tratándose de esposas— de movilidad. Ambos lucían estos grilletes. Le recorrió un escalofrío.

—Ah, ¿esto? —habló Myers—. No te preocupes, no muerdo, y si lo hiciera, te protegen dos rejas.

Sonrió y descansó sus ojos sobre la venda de Craig.

—Para lo que te valen las rejas —rio—Hey, Tucker, ¿sabías que este loco escapó cinco veces de esta misma celda? Por su culpa me tiene con estas. —Mostró las cadenas.

—Y necesitarán más barrotes, Mark —respondió sonriente—. ¿Puedo ver ese vendaje, Craig?

Craig se acercó a la reja lo más que pudo para que Myers pudiera ver.

—Hey, Tucker —llamó De'Lorne—. No te acerques a ese bastardo. Podría arrancarte el brazo.

—¿Por qué lo haría? ¿Viejos temores, Topo? Tal vez recuerdas cuando te–

—Es suficiente —Se levantó—. Mark, llévate a tu perro… y Tucker, ven aquí.

—¿Qué quieres?

Le ofreció la cajetilla con un último cigarrillo.

—Te lo ganaste. Ahora déjame ver esa herida.

Myers rio y Mark llevó su conversación con él. Craig, por su parte, se acercó dubitativo y cogió el cigarro extendiendo su brazo hacia el castaño sin pensarlo dos veces. Este sacó la ensangrentada venda y la dejó en el borde de su cama.

—¿Qué haces?

—Puedo darte otra.

Examinó las puntadas nuevas y apretó un poco el brazo.

—¡Mierda! ¿¡Qué haces!?

Pardon —soltó con una voz suave como un ronroneo y dio media vuelta para buscar algo sin soltar su brazo.

Entonces algo se movió dentro del pecho del azabache y de repente sintió mucha vergüenza de estar mostrando su herida como un niño pequeño a un adulto para que la cure. Él era un Tucker, esas cosas no debían afectarle, era sólo una herida. Quitó el brazo de súbito y bajó la manga. De'Lorne le miró con una interrogante en sus ojos. Craig evitó la mirada, vio la tela blanca que tenía el castaño en sus manos y reconoció la textura. Centró sus ojos en el piso.

—Olvídalo. Está mejor así.

Y caminó haciendo a un lado al francés para poder subir a su cama. De paso ojeó sobre las cosas del otro y se encontró con un pequeño carrete de hilo. Lo ignoró.

—Pobre Topo, justo cuando quería ser buena gente. ¿Parece que cada vez que das la mano te rechazan? ¿Por qué será?

—Duerme ya, Myers.

—A estas alturas Tucker ya debería estar rogando por su vida en esa pared, ¿no? ¿Como Douglas?

—Ya cállense y dejen dormir, ustedes dos.

—¡Thorn!

—¿Qué quieres, Myers?

Ellos y los de al frente eran los últimos del pasillo, por lo que la voz podría venir de la celda contigua o la de al lado de la de Mark.

—¿Recuerdas a Douglas?

—¿El chico que te ayudó a escapar?

—Ese mismo. ¿Recuerdas qué le pasó? Quizás a Craig le interese saber.

—Déjame dormir de una puta vez.

—Vamos, dilo.

—De'Lorne lo asfixió mientras dormía, ¿feliz? Ahora, buenas noches.

—Duerme bien, Thorn. Duerme bien, Craig. Mark, Topo.

Cotswolds se largó a reír otra vez. Christophe bufó.

La noche siguió y las horas pasaron. Todos en el brazo dormían, todos excepto Craig. Bajó de la litera tratando de no hacer ruido y se acercó lo más que pudo a la franja de luz natural que entraba por los barrotes de la pared de al medio.

—¿Despierto, Tucker?

Muy bien, Craig, lo despertaste.

—No puedo dormir.

—No es por lo que Myers dijo, ¿o sí?

—No. Es otra cosa.

—¿Tu brazo?

—No.

—¿Tu casa?

Craig no respondió. Christophe se levantó y caminó hacia él.

—¿En serio no quieres escapar? —susurró en su oído.

Le recorrió un escalofrío.

Se descubrió llorando y trató de seguir dándole la espalda al castaño. No podía dejar que lo viera así, ¿verdad?

—Tucker.

—No lo sé.

Su voz se quebró.

Dio vuelta y expuso toda su debilidad al hombre que odiaba.

No lo podía odiar, porque no había sido su culpa. El castaño sugirió el pago y él decidió aceptarlo para no verse débil ante Stan, pues sabía que si Stan lo encontraba débil, se apoderaría de él, como hizo años atrás cuando bajó la guardia.

Christophe De'Lorne miró esos ojos brillantes y negros que eran bañados por la franja de luz de luna y no supo qué expresión mostrar a continuación.

El mundo de Craig se fragmentó y dejó salir su temor a flote. Se encontraba desprotegido. Ahora realmente se encontraba dando lástima como un niño herido. Y él no era ningún niño, ¿o sí?

El francés se alejó hacia la oscuridad en el fondo de la celda, hacia la litera.

—Hey, Tucker. Ven aquí.

Estiró una mano hacia él, aguardando. Craig aceptó la mano y fue llevado hacia el castaño por ella.

Lo sentó a su lado.

—Tucker —dijo secándole las lágrimas con los dedos—. No puedes llorar. No aquí. Quiero ayudarte.

—Como si me gustara llorar.

—Sé que eres más fuerte que esto. Sé que has pasado por mucho, pero la vida aquí se pone peor. Necesito que seas fuerte, ¿está bien? Eres joven, lo sé. Pero debes crecer aquí, más de lo que piensas. Si te quedas atrás, te perderás. Créeme.

Luego lo rodeó con sus fuertes brazos y esperó unos segundos a que dejara de sollozar.

—¿Por qué me ayudas?

—Me… me recuerdas a alguien.

—Quieres que te ayude a escapar.

—Si no quieres, no voy a presionarte. Sólo te pido que no se lo digas a nadie, aceptes o no mi invitación.

—¿Protagonicé un tiroteo en mi colegio?

La Mole rio.

—Nadie aquí podrá averiguar siquiera si hubo un tiroteo. Estás a salvo. Apégate a la historia. Inventa nombres por si te preguntan.

Craig rio también.

–Recuerda que también apuñalaste a dos personas.

—Lo añadiré a mi historial.

La noche siguió con un Craig con insomnio siendo animado por un cansado De'Lorne hasta que Craig cayó rendido a Morfeo.