Capítulo 11: Venganza

El olor que desprendía la olla de carne era delicioso, pero no tanto como el olor a sangre. Ahora que había bebido la suficiente se sentía en plena forma, a pesar de las heridas que aún tenía en el pecho. Se había dirigido hacia la cocina y, sin que ella fuera consciente de ellos, había estado observándola cocinar desde hacía un rato.

—A veces me pregunto por qué pago a los elfos domésticos. ¡Ah no, espera, pero si no les pago!

Hermione se sobresaltó en un principio por la repentina presencia de Malfoy, pero, en cuanto oyó esa burla cruel que había salido de su boca, frunció el ceño y ni siquiera se dignó a mirarle.

—Eso no tiene gracia, Malfoy. Y mientras yo esté aquí, los elfos domésticos no harán nada que yo pueda hacer.

Él soltó una risa nasal y caminó hasta una de las sillas de la mesa que estaba delante de la encimera en la que Hermione se encontraba cortando verduras.

—Es una lástima, Granger. Podrías vivir como una reina, pero prefieres vivir como una sirvienta —comentó, tomando asiento —. Algunos no saben disfrutar de lo bueno.

—Para mí, "lo bueno" es hacer lo correcto.

—Claro, siempre tan doña perfecta.

Enfadada, se dio la vuelta para reclamarle, pero se quedó muda ante el panorama que tenía delante.

—¡Madre mía! ¡Pero, ¿qué te has desayunado?! ¡¿Un dragón?!

La ropa estaba destrozada, incluida la capa negra que le protegía contra el sol. Su piel estaba llena de pequeñas quemaduras que empezaban a sanar de una manera impresionante. A parte de eso, no tenía más heridas, sólo los tres cortes que se hallaban cubiertos por los vendajes, todavía intactos. Los rastros de sangre aún podían encontrarse en zonas de su boca, pecho y manos.

El vampiro sonrió, satisfecho de sí mismo, y se lamió un poco de sangre que tenía en la mano derecha.

—¿No te han dicho alguna vez lo dulce que sabe la venganza? Pues ahora yo te lo puedo asegurar. Sabe genial.

—¡¿Te has comido al licántropo?!

—Me he bebido su sangre, que no es lo mismo —rió él —. He tenido suerte de que todavía no hubiese vuelto a su forma humana.

Hermione volvió a quedarse muda, sin saber qué decir o qué pensar. Por una parte, Draco había quitado uno de los peligros de en medio, pero, por otra parte, esa criatura era, al fin y al cabo, un hombre encerrado en el cuerpo de un lobo, que no tenía culpa de nada.

Draco se sorprendió a sí mismo bromeando sobre el que había sido su desayuno, cuando semanas antes se hubiera horrorizado de sólo pensar en beber la sangre se algún ser vivo. Pero era fácil con Hermione. Era irónico pensar que la persona a la que siempre había insultado y despreciado, era la única persona que lo aceptaba, o al menos parecía aceptarlo, tal y como era ahora.

—Es muy temprano para la comida, ¿no crees?

Hermione echó las verduras a la olla y bajó el fuego. Después, se sentó en frente de Draco.

—Tiene que estar un rato al fuego. Tarda en hacerse.

Draco encogió los hombros, dado que no tenía ni idea de cocinar.

—¿Me vas a contar lo que te pregunté antes?

El rubio hizo como si lo estuviera pensando y dos segundo más tarde, respondió:

—No.

Hermione se levantó de la mesa, indignada, dando un golpe en la mesa con ambas manos. Draco sonrió de nuevo. Le encantaba hacerla rabiar. Era su juego preferido.

—¡Me dijiste que lo harías!

—Te dije que lo haría, si me apetecía —recalcó la frase.

—Eres...eres...odioso.

Draco se levantó de la mesa y se fue a su habitación, sintiéndose victorioso y de buen humor. Con su varita llenó la bañera en un instante. Se quitó la ropa y la dejó tirada por el suelo. Más tarde llamaría a los elfos domésticos para que la tiraran a la basura. El agua caliente le sentó muy bien a su frío cuerpo, aunque sólo conseguí sentir calidez. Se recostó en la bañera y permaneció allí largo rato, pensando en sus cosas.


Sus viejos jerséis, algunas pociones y toda la comida que había conseguido llevarse a escondidas del Gran Comedor, volaron hasta entrar en la maltratada mochila que se encontraba abierta encima de la cama. La cremallera se cerró sola por arte de magia. Literalmente. Se metió la varita en el bolsillo, dejó la carta en la que le contaba a Harry que salía a buscar a Hermione, cogió su Barredora y bajó a la sala común. Por suerte, no había nadie que pudiera pararle. Salió de allí y recorrió los pasillos de Hogwarts, que a esas horas de la madrugada estaban vacíos. Necesitaba llegar a los jardines para poder usar la escoba con libertad.

Un ruido le hizo ponerse alerta, pero ya era tarde: la señora Norris estaba delante de él, con esos ojos tan penetrantes que le ponían tan nervioso. Maulló una vez, y eso fue suficiente para que Argus Filch apareciera detrás de ella.

—¿Qué pasa, señora Norris? ¿Hay alguien despierto? —dijo el hombre antes de ver a Ron.

Ron se quedó tan quieto que tuvo la sensación de que le habían lanzado un petrificus totalis.

—Weasley. ¿Qué haces aquí?

Le costó bastante trabajo hablar, pero una vez que lo hizo, no le importó mentir. Todo por Hermione, se dijo.

—Estoy haciendo la ronda. Soy prefecto, ¿recuerda?

No sabía por qué, pero su puesto de prefecto siempre le infería una gran seguridad en sí mismo. Como si fuera intocable.

—Ten cuidado, Weasley — miró por la ventana —. Hay muchos peligros ahí afuera. ¿Quién sabe? Quizá ni siquiera vuelvas —dijo con una tenebrosa y misteriosa risa.

Desapareció tan pronto como había aparecido. Un escalofrío recorrió la espalda de Ron. Definitivamente, nunca le gustaría el macabro conserje.

No se lo pensó mucho más, corrió hacia los jardines para no tener que encontrarse con nadie más. No sabía cómo Filch había averiguado que iba a salir- tal vez fuera obvio-, pero de lo que estaba seguro era de que no se lo diría a nadie. Es más, en el caso de que le pasase algo, a Filch no le importaría. Todo el mundo sabía sus tendencias tenebrosas.

El aire era frío esa noche, así que sacó su capa y , una vez colocada, se dispuso a volar.

—¿Sabes a dónde ir, amigo?

El pelirrojo se quedó parado con la escoba en posición para elevarse. Un chico moreno, que no había visto nunca, le observaba con una malvada sonrisa que no le gustó nada.

—¿Y tú quién eres?

—Alguien que puede ayudarte a encontrar a tu novia.

Ron se bajó de su escoba inmediatamente y caminó unos pasos hacia él. Cuando la luz de la luna llena le dio de lleno en la cara y pudo ver sus ojos negros y sus largos colmillos, comprendió lo que era la criatura con apariencia de hombre que se hallaba en frente de él.

—¿Qué sabes tú de Hermione?

—Mucho más de lo que crees. Es más, sé dónde está, y puedo indicarte el camino. Eso sí, debo advertirte que tendrás que viajar varios días para llegar.

Continuará...


Lo sé, muy cortito. Pero no tengo mucho tiempo y quería tardar poco en actualizar, para que no os aburráis. Espero que disfrutéis el capítulo. Intentaré volver lo más rápido posible. Hasta la próxima!