Aclaración:

Los personajes de Naruto es propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.

La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor

Advertencia: OOC


-9-


Era el día de la colada, una tarea colosal que se llevaba a cabo una vez por semana y que ocupaba a más de la mitad de la servidumbre. Según era costumbre desde el principio de su matrimonio, Hinata supervisaba el trabajo y participaba en él, doblando la ropa y ayudo a coser cuando era necesario.

En una casa tan grande como El Remolino, se hacía prescindible coser etiquetas en todas las fundas, cubrecamas y mantas para indicar a qué habitación correspondía la pieza. Lo que estaba demasiado roto o gastado para seguir usándolo se guardaba en un saco de retazos que luego se vendía al trapero, y las ganancias obtenidas se repartían entre todos los sirvientes.

-Bendita sea, milady -dijo una de las criadas mientras doblaba ropa de cama recién lavada en el lavadero-. Todos hemos echado de menos el dinero extra que solíamos recibir del trapero. Lady Karin se guardaba hasta el último chelín en su bolsillo.

-Bueno, ahora todo ha vuelto a ser como era -respondió Hinata

-Gracias al cielo -exclamó fervientemente la criada, y luego fue buscar otro cesto con ropa limpia.

Hinata frunció el entrecejo y volvió a atarse las cintas de su delantal blanco. El aire del lavadero era húmedo y el vapor se elevó desde las enormes cubas de hierro llenas de ropa enjabonada, Hinata creyó que disfrutaría al retomar sus responsabilidades como ama de casa. Siempre había hallado una gran satisfacción en mantener la casa bien organizada. No obstante, parecía que su deleite por las tareas domésticas y el manejo de la propiedad empezaban a disminuir.

Antes de su «viudez», siempre había estado demasiado ocupada como señora de la casa para detenerse en asuntos que estuvieran más allá de los límites de sus dominios. Ahora, en cambio, el tiempo que pasaba en el orfanato parecía mucho más importante que cualquier tarea que pudiera realizar en su hogar.

Las cintas del delantal se le escaparon de entre los dedos y trató con torpeza de volver a encontrarlas. Alguien se le acercó por detrás. Antes de que pudiera darse la vuelta, sintió unos cálidos dedos masculinos que se enredaron brevemente con los suyos. Se quedó inmóvil y le pareció que el corazón se le salía del pecho. Hasta el mismo día de su muerte, reconocería el contacto de aquellas manos.

Naruto le ató el delantal en torno a la cintura con gran agilidad. Hinata le sintió resoplar débil y cálidamente, agitando su largo cabello. Y aunque no la acercó a él, Hinata sintió también la altura y la fuerza de aquel cuerpo tras el suyo.

-¿Qué estás haciendo aquí? -le preguntó en voz baja.

-Vivo aquí -dijo él, y su voz fue como una caricia de terciopelo que le recorriera la columna.

-Sabes que me refiero al lavadero. Hasta hoy, nunca habías puesto los pies en él.

-No podía esperar más para verte.

Por el rabillo del ojo, Hinata vio que dos criadas se detenían, desconcertadas, en la puerta, al descubrir que el señor de la casa estaba allí.

-Pueden entrar, muchachas -les dijo en voz alta, haciendo señas para que retomaran sus tareas, pero ellas soltaron unas risillas y desaparecieron, decidiendo, evidentemente, que Hinata necesitaba estar a solas con lord Uzumaki.

-Deberías haberme dado tiempo para prepararme -protestó Hinata cuando su esposo la obligó a darse la vuelta y quedaron cara a cara. Estaba desaliñada y con el rostro enrojecido, el cabello pegado sobre las mejillas húmedas y el cuerpo envuelto en un enorme delantal-. Al menos me habría cambiado de vestido y cepillado el... -Su voz se fue desvaneciendo cuando lo miró a los ojos.

Naruto estaba prodigiosamente guapo; sus azules ojos brillaban con el color del cielo y su cabello, estaba peinado hacia atrás. Su ropa se le adaptaba perfectamente y destacaba -o mejor dicho, exhibía-, la fuerza de su cuerpo.

Los ajustados pantalones de color beigs le marcaban cada músculo de las piernas y resaltaban sus atributos masculinos de una manera que tiño de color escarlata las mejillas de Hinata. Una camisa de un blanco cegador, con su corbata, un chaleco de elegante diseño y una chaqueta azul oscuro completaban el conjunto. El exótico bronceado de su tez aumentaba su atractivo. Hinata pensó que la sola visión de aquel hombre habría provocado desmayos a muchas mujeres.

En realidad, su propio interior se retorcía de agitación. Definitivamente, eso tenía que ver también con la forma en que él la miraba: no era una mirada amable y respetuosa, sino del tipo que, supuso Hinata, se les dirigía a las prostitutas. ¿Cómo conseguía que se sintiera desnuda frente a él, si estaba cubierta por varias capas de ropa y por un delantal del tamaño de una carpa?

-¿Tuviste una estancia agradable en Londres? -le preguntó, tratando de recobrar la compostura.

-No especialmente. -Presionó su cintura con las manos cuando ella trató de apartarse-. Sin embargo, fue productiva.

-Mi tiempo aquí también ha sido productivo. Hay algunas cosas de las que debo hablarte más tarde.

-Dímelas ahora. Naruto la rodeó con un brazo y comenzó a llevársela hacia la puerta.

-Tengo que ayudar con la colada.

-Deja que los sirvientes se ocupen.

Bajó los dos escalones que conducían al claustro conectado con la casa principal.

-Preferiría hablar contigo durante la cena -dijo Hinata, y se detuvo antes de bajar los escalones, de modo que sus rostros quedaron al mismo nivel-. Cuando hayas bebido un par de copas de vino.

Naruto soltó una carcajada y se acercó a ella. La alzó en vilo con toda facilidad y la depositó sobre el suelo, provocándole un sofoco.

-Malas noticias, ¿no es así?

-No, no son malas -respondió ella, incapaz de apartar la mirada de la ancha y expresiva boca de Naruto-. Me gustaría hacer algunos cambios más o menos insignificantes, y puede que no los apruebes.

-Cambios. -Sus blancos dientes brillaron cuando sonrió y dijo, con ironía-: Bien, siempre estoy abierto a las negociaciones.

-No hay nada que negociar.

Naruto se detuvo antes de llegar a la casa y la llevó a un rincón recoleto del jardín de la cocina. El aire estaba perfumado con la fragancia de las hierbas y las flores.

-Dulce esposa mía, pondría el mundo a tus pies.

Al ver sus intenciones, Hinata trató de zafarse de su abrazo, pero él la mantuvo apretada contra sí. Su torso era duro como el hierro y se notaban sus músculos a través de las capas de ropa que los separaban. Y más abajo, apretada contra el abdomen de Hinata, la cálida presión de su masculinidad, instantáneamente erecta a causa del contacto.

-Milord -jadeó Hinata-. Naruto, no te atrevas...

-No estás tan impresionada como aparentas. Después de todo, eres una mujer casada.

-Durante mucho tiempo no lo he sido. -Empujó en vano el pecho de Naruto y gritó-: ¡Suéltame ahora mismo! Naruto sonrió y la abrazó aún más fuerte.

-Antes, bésame.

-¿Por qué habría de hacerlo? -preguntó ella con tono gélido.

-En Londres no he tocado ni a una sola mujer. Solo podía pensar en ti.

-¿Y esperas un premio por eso? He hecho cuanto he podido para alentarte a que tuvieras una amante.

Él presionó sus caderas contra las de ella, como si Hinata aún no hubiera notado su enorme erección.

-Pero yo solo te quiero a ti.

-¿No te han dicho nunca que no se puede tener todo lo que se desea?

Él esbozó una fugaz sonrisa. -No, que yo recuerde.

A pesar de su fuerza brutal, Naruto parecía infantil y travieso.

Hinata se dio cuenta de que no era el miedo lo que hacía que su pulso latiera tan deprisa. Estaba inmersa en un frenesí de excitación, al descubrir por primera vez el poder que suponía mantener a raya a un hombre sexualmente excitado. Con resolución, negó lo que él ansiaba manteniendo los brazos entre ambos y volviendo su rostro a un lado.

-¿Qué ganaré si te doy un beso? -se oyó preguntar a sí misma. Aquel tono grave y provocativo no le sonó en absoluto propio de ella.

La pregunta alteró el poco dominio que Naruto mantenía de sí mismo, lo bastante como para revelar que, a pesar de su comportamiento burlón, la deseaba locamente. Sus brazos se volvieron tensos como el hierro y su cuerpo se volvió aún más rígido contra el de ella.

-Di tu precio -murmuró-. Dentro de lo razonable.

-Estoy casi segura de que no considerarás razonable lo que quiero.

Naruto hundió los dedos en su melena despeinada y le echó la cabeza hacia atrás.

-Antes, bésame. Luego hablaremos sobre lo que entiendo por «razonable».

-¿Un beso? -preguntó ella con cautela.

Él asintió y contuvo el aliento cuando Hinata se le acercó. Ella le rodeó el cuello con sus brazos y alzó los labios, que parecieron suavizarse ante la expectativa...

-¡Hinata! ¡Hinata!

Una pequeña figura se acercó corriendo hacia ellos. Hinata se liberó del abrazo de Naruto y se agachó frente a Mitzuki. El niño hundió la cabeza en su regazo y se aferró a sus faldas con sus pequeñas manitas.

-¿Qué pasa? -preguntó Hinata, mientras le acariciaba la espalda. Tras unos segundos de consuelo, Mitzuki levantó su cabeza y contempló a Naruto con una mezcla de suspicacia y desagrado.

-¡Te estaba haciendo daño! -exclamó.

Hinata apretó los labios para evitar que temblaran con la risa contenida. -No, querido. Este es lord Uzumaki. Yo solo le estaba dando la bienvenida a casa. Todo marcha bien.

Poco convencido, el niño siguió mirando al entrometido con clara desconfianza.

Naruto no dirigió a Mitzuki ni un solo vistazo, sino que siguió mirando a Hinata con el mal humor de un tigre hambriento privado de su presa.

-Deduzco que este es uno de los «cambios» que mencionaste.

-Así es. -Consciente de que sería un error mostrar cualquier atisbo de duda, Hinata se incorporó y respondió con la mayor firmeza posible-: Ojalá hubiera podido explicártelo antes de que lo vieras... Pero tengo la intención de que Mitzuki viva con nosotros a partir de ahora.

La pasión y la calidez desaparecieron de los ojos de Naruto, cuyo rostro se volvió repentinamente impenetrable.

-¿Un mocoso del orfanato?

Hinata sintió que la pequeña manita de Mitzuki se deslizaba en la suya y le dio un leve apretón para tranquilizarlo. Mantuvo su mirada fija en la de Naruto al decir: -Más tarde te lo explicaré, en privado.

-Sí, lo harás -convino él con un tono de voz que le provocó escalofríos.

Hinata dejó a Mitzuki al cuidado del jardinero, el señor Moody, que estaba cortando flores del invernadero y colocándolas en floreros y recipientes, destinados a distintas habitaciones del Remolino. Hinata sonrió al ver que el niño arreglaba su propio ramo, metiendo flores en un diminuto cántaro quebrado.

-Muy bien, muchacho -lo elogió el jardinero, mientras quitaba con cuidado las espinas de una rosa diminuta que le dio a continuación-. Tienes buen ojo para los colores. Te enseñaré a hacer un bonito ramillete para lady Uzumaki y lo pondremos en una pequeña urna de cristal, para mantener las flores frescas.

Al ver la rosa blanca, Mitzuki movió la cabeza.

-Esa no -dijo tímidamente-. A ella le gustan las flores rosadas.

Hinata se detuvo en la puerta, sorprendida y complacida. Hasta ese momento, el jardinero era la única persona, además de ella misma, con quien Mitzuki había hablado.

-¿Ah, sí? -El rostro surcado de marcas del señor Moody se suavizó con una sonrisa. Señaló un almacigo de rosas-. Entonces buscaremos el mejor capullo de todos y lo cortaré para ti.

Hinata se conmovió ante la fuerza de sus propios sentimientos hacia el niño, como si se tratara de una poderosa emoción contenida durante muchos años y súbitamente liberada para fluir a voluntad. Tras el resentimiento y la vergüenza que sintió al saber que no podría darle un heredero a lord Uzumaki, nunca se había percatado de su propio anhelo por tener un hijo. Alguien que aceptara y correspondiera a su amor sin límites ni condiciones, alguien que la necesitara. Esperaba que Naruto no le prohibiera conservarlo junto a ella. Estaba dispuesta a desafiarlo, a él y a cualquiera que intentara separarla del niño.

Empapada en sudor, dentro de su vestido de muselina gris de cuello alto, Hinata subió a sus aposentos y cerró la puerta. Necesitaba cambiarse el vestido por otro más fresco y liviano y quitarse aquellas medias de lana que tanto picaban.

Se desató el delantal, lo dejó caer al suelo y se sentó para desatarse los cordones de los zapatones. Liberados sus pies del pesado estorbo, escapó de sus labios un suspiro de alivio. A continuación, empezó a desabrocharse los botones de las muñecas y de la nuca. Por desgracia, el vestido se abotonaba por la espalda y no podía desabrocharlo sin ayuda. Mientras se abanicaba el rostro, empapado en sudor, fue hacia la campanilla que había cerca de su cama para llamar a Natsu.

-No. -La voz grave de Naruto la sobresaltó-. Yo te ayudaré.

El corazón de Hinata le martilleó en el pecho y se dio la vuelta hacia el rincón de donde provenía la voz. Naruto estaba sentado en un sillón con respaldo en forma de escudo.

-¡Santo Dios! -exclamó Hinata en un jadeo-. ¿Por qué no me has dicho que estabas aquí?

-Acabo de hacerlo.

Naruto se había quitado la chaqueta y el chaleco; la delicada camisa de hilo caía suavemente sobre sus anchos hombros y su torso espigado. Cuando se levantó y se le acercó, ella percibió el olor de su piel, compuesto por una mezcla de aromas: el del sudor salado, el del ron intenso y el débil, aunque agradable, de los caballos.

Hinata procuró dejar a un lado la poderosa atracción que sentía por él, cruzó los brazos sobre el pecho y lo contempló con extrema dignidad.

-Te agradecería que te fueras, estoy a punto de cambiarme.

-Te estoy ofreciendo mis servicios en lugar de los de tu doncella.

Ella negó con la cabeza. -Gracias, pero prefiero a Natsu.

-¿Tienes miedo de que te viole si te veo desnuda? -se burló él-. Trataré de controlarme. Date la vuelta.

Hinata se puso rígida cuando él la obligó a volverse. Naruto empezó por la parte de atrás del vestido, desabrochándole los minúsculos ganchos con enloquecedora lentitud. El aire acarició la caliente piel de Hinata y la hizo estremecer. El pesado vestido fue cayendo poco a poco, hasta que tuvo que sujetarse el corpiño para evitar que le quedara el pecho al descubierto.

-Gracias -dijo-. Has sido de gran ayuda. Puedo hacer el resto yo sola.

Él hizo caso omiso de la débil orden, metió la mano dentro del vestido y desabrochó las ballenas del corsé. Hinata sintió un temblor y cerró los ojos.

-Es suficiente -dijo vacilante.

Pero él continuó. Le arrancó el vestido de las manos y se lo bajó por las caderas hasta que cayó al suelo formando un bulto húmedo. A continuación le quitó el corsé y Hinata quedó cubierta solo por la camisa, las bragas y las medias. Las manos de Naruto revolotearon sobre sus hombros y su roce le puso la piel de gallina. Los dedos de sus pies se retorcieron sobre la alfombra.

No se había sentido así desde su noche de bodas, cuando solo era una asustada jovencita que no sabía lo que se esperaba de ella ni lo que su marido tenía intención de hacerle.

Aún de pie detrás de ella, Naruto buscó los botones de nácar que sujetaban la camisa. Para ser alguien a quien consideraba más bien torpe, soltó aquellos botones con sorprendente destreza. La camisa cedió a sus maniobras y el aire frío rozó el busto expuesto de Hinata. La delicada tela quedó colgando de sus pezones, cubriéndolos apenas.

-¿Quieres que me detenga? -preguntó él.

«Sí», quiso decirle, pero su boca la desobedeció y no emitió sonido alguno. Quedó paralizada por la expectación cuando él le soltó el cabello y le apartó los mechones sueltos de las húmedas mejillas. Los dedos de Naruto se hundieron en su pelo, frotando suavemente el cuero cabelludo en una caricia tan sedante y placentera que Hinata sintió crecer en su garganta un irreprimible gemido. Arqueó la espalda y luchó contra la tentación de apretarse contra él e incitarlo a seguir.

Naruto le acarició la nuca, masajeándole los tensos músculos, doloridos tras las duras tareas de la mañana, y aquello la alivió y le provocó placer al mismo tiempo.

Él se acercó para hablarle al oído y la hizo estremecer al preguntar: -¿Confías en mí, Hinata?

Ella negó con la cabeza, todavía incapaz de hablar.

Él rió por lo bajo.

-Yo tampoco confío en mí mismo. Eres demasiado bella y te deseo locamente.

Permaneció junto a ella, pero solo le tocó el cuello. Presionó con los dedos sobre la dolorida nuca con exquisita delicadeza. Más que sentirlo, Hinata adivinó que él volvía a tener una erección. La sola idea debería haberla hecho huir despavorida, pero por alguna razón permaneció inmóvil entre sus brazos. Se sintió ebria, vacilante, mientras pensamientos delirantes revoloteaban por su mente. ¡Ojalá volviera a besarla como había hecho antes, con aquella boca tan firme y deliciosa...!

Un dulce ardor se extendió por sus pechos y luego se concentró en las puntas. Hinata se mordió el labio, intentando dominar sus dedos para que no se aferraran a los de él y los llevaran hacia su cuerpo. Avergonzada, se mantuvo quieta y rogó que él no se diera cuenta de lo que estaba pensando. No advirtió que había retenido la respiración hasta que esta brotó de sus labios en un sofocado jadeo.

-Hinata... -lo oyó murmurar, y su corazón casi se detuvo cuando, con una mano, él le levantó ligeramente la camisa y buscó con la otra la cinta de sus bragas.

Hinata se puso a temblar y se le aflojaron tanto las rodillas que tuvo que recostarse contra él para no caer. El pecho de Naruto era como un muro de granito. Su sexo estaba tenso y duro cuando lo apoyó contra la dúctil curva de sus nalgas.

Naruto tiró de la cinta que sostenía las bragas y estas cayeron hasta los tobillos de Hinata. Ella oyó que cambiaba el ritmo de su respiración y sintió el temblor de su mano cuando, por un vertiginoso instante, la apoyó contra su cadera desnuda. Entonces, Naruto dejó caer de nuevo la camisa, que volvió a cubrir aquella parte íntima.

Ella ya estaba subyugada por su fuerza y la levantó en brazos con pasmosa facilidad. Hinata mantuvo el cuello tenso, negándose a apoyar la cabeza en aquel hombro, y permaneció en un obstinado silencio cuando la llevó al otro extremo de la habitación. Un destello de pánico pasó por su mente: ¿es que iba a hacerle el amor? «Déjalo -pensó de repente-. Deja que te haga exactamente lo mismo que te hizo tantas veces. Que demuestre que es tan horrible como lo recuerdas... Y entonces te verás libre de él.» Volvería a ver a Naruto con su acostumbrada indiferencia y entonces él perdería todo poder sobre ella.

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Continuará...