Capítulo 11

Astrid volvió a mirarse en el espejo de su pequeña casa; mudarse a ella había sido uno de los requisitos para entrar a trabajar a palacio y, la verdad, es que no podía estar más contenta con su modesta casita. Vivía tranquila por primera vez desde que su padre muriera y ella quedara a cargo de Berwald. Ya incluso se había acostumbrado a lucir los brazos totalmente inmaculados, ni un signo de golpes desde hacía meses. Gracias a eso, había tenido la idea de cómo arreglar el vestido que había llevado ya hacía meses al baile de palacio.

Cortar las mangas fue lo más satisfactorio del tedioso trabajo, aunque estaba orgullosa de su resultado. No es como si el vestido pareciera totalmente diferente, pero sí que podía pasar por otro para todas aquellas personas que solo lo habían visto una noche y hacía ya tiempo. Además, pensaba que le gustaría a Eir y eso, por muy estúpido que sonara, hacía que le emocionara más.

Lo único que fallaba era que no llevaba máscara. Astrid había perdido la suya en el baile y no había vuelto a saber de ella. En un principio pensó en hacerse una con los retales que le sobraron del vestido, pero Eir apenas la había avisado hacía unos días y solo tuvo el tiempo justo para retocar su vestido. Aunque tampoco creía que a la princesa le molestara demasiado que apareciera a cara descubierta.

Cuando la chica se personó en el salón de baile ya había bastantes personas, aunque ni rastro de la princesa. Le pareció distinguir a Arthur, aunque tampoco estaba segura ya que, como el resto de los presentes, iba enmascarado. A ella, sin embargo, no tuvieron problemas en reconocerla.

—La cosa es siempre destacar ¿no? —Emil la miraba con una ceja alzada y los brazos cruzados, aunque también una ligera sonrisa.

No descruzó los brazos cuando Astrid le abrazó, aunque tampoco se apartó.

—¿Qué haces aquí? —preguntó la mayor, aunque no pudo evitar echar un vistazo alrededor por si a Berwald le daba por aparecer ya que, si estaba un hermano, el otro también.

—Echar de menos mi cama —rodó los ojos. Había sido él quien, finalmente, le había recordado a Berwald que no eran lo suficientemente importantes como para denegar una invitación a un baile real, pero esperaba que el mayor no le obligara a ir con él, cosa que ni siquiera había sugerido.

—Pero no sé nada de ti desde hace meses, cuéntame —pidió la rubia con una sonrisa. Estudió a Emil; tampoco parecía tener marcas (aunque Berwald casi nunca le había puesto a él la mano encima, uno de los temores que tenía era que ahora se desquitara con él).

—No hay mucho que contar, las cosas siguen más o menos igual —se encogió de hombros.

—¿Qué haces aquí? —la gélida pregunta dejó muda a Astrid, que se giró lentamente a encarar a Berwald. El mayor la miraba con desaprobación a través de la abertura de la máscara y no hacía nada por disimular su desagrado.

—Me ha invitado Eir —tuvo cuidado en llamarla por su nombre de pila, dejando claro que eran cercanas—. No iba a decirle que no.

—Deberías haberlo hecho. Y encima has tenido la indecencia de desobedecer las normas, aunque no puedo decir que me extrañe —la fulminó con la mirada.

Fue a responderle que realmente eso era su culpa cuando las puertas comenzaron a abrirse, como meses atrás, se hizo el silencio. Los Reyes fueron los primeros en aparecer y, aún siendo los soberanos, no atrajeron tanto la atención como Eir, que andaba apenas unos pasos por detrás; los que esperaban verla entrar del brazo de su futuro marido, se llevaron una decepción: iba totalmente sola y aunque estaba deslumbrante, no era difícil adivinar que también estaba tensa.

Astrid se preguntó si la Reina tenía algo que ver en la tensión que hacía que los labios de Eir no fueran más que una fina línea. Meses de quedadas nocturnas habían hecho que ambas conocieran las relaciones familiares de la otra casi tan bien como las suyas propias. Llegado el momento, a Astrid no le extrañaría que la Reina le hubiera dado otro ultimátum en lo referente a la boda. Era un tema que la jardinera solía evitar a toda costa: si no pensaba en él, no se haría real. O eso quería creer, pero la verdad es que quedaba apenas más de un mes antes de que Eir pudiera contener más el tomar una decisión en lo referente a su futuro marido.

—Buenas noches a todos —habló la Reina con una sonrisa. Paseó la vista por todos los invitados, parando la mirada en Astrid un segundo más que en el resto—. Me alegra ver que todos los que recibieron una invitación han venido a este baile de máscaras.

La princesa también paseaba la mirada por la gente y no pudo contener una mueca de asombro cuando comprobó que Astrid iba a cara descubierta. ¿Se podía saber qué le pasaba a esa chica? Ahora seguramente sus padres la reconocieran, a fin de cuentas, destacaba demasiado en un océano de personas anónimas; se revolvió nerviosa, buscando con la mirada a Arthur, que le guiñó un ojo en señal de ánimo.

—Nos congratula anunciar que este baile se hace como una celebración anticipada de la ya cercana boda real —siguió la Reina—. Así que disfrutad y no olvidéis presentar vuestras felicitaciones a la Princesa así como a su prometido, que está esta noche entre los enmascarados.

Eir juraría que esas últimas palabras iban dirigidas a ella más que al resto de los invitados. Se contuvo para no volver la mirada a Astrid, maldiciéndola por no llevar una maldita máscara como todos los demás, ahora si apenas podría acercarse a ella durante la noche si no quería llamar la atención.

—No deberías quedarte ahí parada —Tiina la sacó de sus pensamientos. No sabía cuánto tiempo había estado sumida en ellos, pero su madre había dejado ya de hablar.

Asintió hacia la chica y fue directa con Arthur, que la esperaba con una copa de champán en cada mano. Le tendió una en cuanto la vio aparecer y no dudó en vaciarla de un solo trago, ante la mirada desaprobatoria de Tiina.

—¿Cómo se presenta así sabiendo que es un baile de máscaras? —bufó en cuanto hubo dejado la copa en la mesa.

—Eso deberías preguntárselo a ella, no a mi —Arthur se encogió de hombros, siguiendo con la mirada cómo su amiga cogía otra copa—. Pero no te aconsejo que hables demasiado con ella si no quieres llamar la atención de todos.

—Eso ya lo había pensado yo solita.

Arthur rodó los ojos.

—¿Y qué ha sido esa cantinela de tu madre sobre que tu prometido está aquí metido? —preguntó de nuevo, habiendo notado él también que era raro.

—No tengo ni idea. Supongo que quería recordarme que tengo que elegir ya y que aquí están los posibles candidatos —se encogió de hombros—. De todas formas, tampoco es que vaya a decir aún; tengo tiempo.

—Un mes.

—Es tiempo de sobra —Eir dejó la copa sobre la mesa con más violencia de la que quería. No tenía necesidad de que Arthur le recordara lo jodida que estaba—. Voy a saludar a los invitados —se excusó, escabulléndose entre la gente.

Saludó escuetamente a todo aquel que se le acercaba y despechó a aquellos que parecían querer mantener alguna clase de conversación. Tenía un objetivo concreto y no tenía que ver con escuchar halagos o mantener conversaciones banales.

Estaba a escasos metros de Astrid cuando los músicos comenzaron a tocar. Rápidamente comenzaron a formarse parejas por todo el salón aunque nadie pareció atreverse a pedirle un baile a Eir. Al parecer que ahora estuviera prometida y que ambos estuvieran en el salón, coartaba a los chicos lo suficiente como para mantenerse alejados. O eso pensaba hasta que un chico apareció entre la gente de manera algo brusca, como si alguien le hubiera empujado hasta ahí. Quedó parado justo frente a ella mientras el resto de los presentes le miraban de manera calculadora.

Cuando le tendió la mano, pareciera que prefería mil veces que se la cortaran antes que tenderla hacia la princesa.

—Princesa —aunque pareció que iba a añadir algo más, se contuvo e hizo una reverencia—. Soy Emil —se presentó, sintiéndose estúpido. Había sido una idea de Astrid y no tenía la menor idea de por qué presentarse ante ella iba a cambiar algo el hecho de que la Princesa de hielo fuera a rechazarle sin miramientos.

Eir sonrió con un brillo calculador. Así que ese era el famoso Emil; Astrid le había hablado de él, de Berwald y de cómo era su vida antes de llegar al palacio y, si bien, pintaba al menor como alguien que solo quería evitar que le metieran en las peleas entre ellas y Berwald, no quería fundamentar su opinión únicamente en la visión de Astrid.

Le devolvió el saludo y tomó la mano que le tendía, ignorando el gesto de sorpresa del chico.

—Sé quién eres —añadió cuando comenzaron a bailar—. Astrid me ha contado de ti. No le contestabas a ninguna de las cartas.

—No tenía nada que contar.

—¿Y no crees que ella habría preferido que al menos le dijeras eso en vez de hacer caso omiso a sus cartas? -—inquirió.

—Me conoce lo suficiente —masculló. Esa era, sin duda, la situación más extraña que había vivido en su vida: la "Princesa de hielo" estaba dándole un sermón.

—Es egoísta.

—¿Acaso he dicho en algún momento que no lo sea? No me dice nada nuevo, Alteza. Aunque no creo que nadie se libre de serlo ¿no cree?

Eir frunció el ceño. Sabía que Astrid le había contado a grandes rasgos y de manera muy escueta sobre ella, pero no sabía hasta qué punto Emil había entendido. Y aún no se fiaba de él; su hermano la había tenido martirizada por años y él era igual de culpable al no hacer nada al respecto.

—Es posible —midió sus palabras con cuidado—. Sin embargo, tu egoísmo hiere directamente a una persona.

—El suyo puede llevar a alguien al patíbulo y no la veo cortarse un ápice —rebatió mordaz, provocando que Eir perdiera un paso por culpa de la impresión de unas palabras tan directas.

—No es lo mismo.

—¿Está segura? Lo mío sería no contestar a una carta o no recibir golpes y enfrentarme a mi hermano mayor por ella, lo suyo no enfrentarse a sus padres y al "¿qué dirán?"

Eir se paró, obligando al menor a hacer lo mismo. Por suerte, las parejas estaban bastante concentradas como para fijarse en que ellos dos habían parado.

—No hables si no sabes ni lo que estás diciendo.

—Sé lo que digo: me llama egoísta cuando es la primera, está jugando con Astrid o intentando olvidar lo que tiene que hacer mientras está con ella. Y si ella no se hubiera enamorado no tendría importancia, pero resulta que ese no es el caso.

Eir se quedó en silencio. ¿Astrid estaba enamorada de ella o solo lo había dicho Emil para confundirla más? ¿Y ella? Sabía que sentía cosas por ella y que se negaba a dejarla ir. Sentía un dolor físico al saber que apenas en un mes todo eso iba a tener que terminar y que tendría que olvidarse de ella para siempre. Sabía que realmente no lo iba a hacer, no iba a olvidar todos los encuentros, todas las palabras, caricias y besos a escondidas. Se había jugado todo solo por verla cada noche y sabía que seguiría haciéndolo si Astrid se lo pedía: Sí, estaba enamorada de Astrid.

—No he jugado con ella ni lo he pretendido nunca. Fue ella la que se me acercó, en primer lugar.

—Porque la dejó.

Frunció el ceño. El menor no se contenía lo más mínimo aunque fuera hiriente, pero creía poder entender por qué Astrid le tenía aprecio. Quizás tenía que fiarse de lo que la mayor había dicho de su hermanastro: era un egoísta que parecía pensar más en su propio bienestar que en el del resto, pero la princesa no podía culparle. Incluso se podía decir que se parecían.

La canción había terminado, pero ambos seguían en el mismo sitio que cuando Eir había parado. Comenzaron a atraer miradas curiosas.

—¿Y qué sugieres?

—Eso es cosa suya, Princesa —se encogió de hombros—. Tengo suficiente con mi propia vida como para meterme en problemas ajenos —hizo una reverencia hacia ella antes de alejarse donde las miradas del resto no pudieran seguirle.

La revelación de lo que realmente sentía por Astrid no la pillaba de sorpresa, había evitado ponerle un nombre a lo que sentía por temor a no saber cómo seguir, pero realmente nada había cambiado con respecto a ellos.

No le costó distinguir a la jardinera, quien notó que la miraba y le sonrió en una invitación muda para que se acercarse.

—Bonito baile el de antes —dijo la más alta a modo de saludo. Se acercó a ella, aunque no lo suficiente como para que nadie lo considerara raro.

—¿Se puede saber por qué, de entre todas las personas, eres tú la que ha decidido aparecer aquí sin una máscara? —inquirió usando el tono altivo con el que se dirigía a ella los primeros días.

—Tuve que decidir: el vestido o la máscara —señaló la falda, moviéndola para que volara al su alrededor—. Si me hubieras dicho con más tiempo, habría tenido tiempo de hacer algo.

—¿Hacer? —frunció el ceño.

—La ropa y complementos necesarios para un baile en palacio no son especialmente baratos.

—¿El vestido lo has hecho tú? —volvió a preguntar, mirando ahora con asombro a la ropa. Ella no era capaz de ponerse los vestidos sin ayuda y Astrid había hecho el suyo propio.

—Más o menos. Era un buen vestido, pero no quise repetir —le sonrió con confianza.

—¿Repetir? —volvió a preguntar la chica, cada vez más confusa.

—Sí. —Dudó-—. Nunca te lo he dicho, pero no es la primera vez que estoy en un baile aquí.

Y de repente todo encajó. El cerebro de Eir comenzó a funcionar a toda velocidad: el baile de máscaras de hacía ya casi un año, la chica que la había salvado justo cuando la hubo necesitado, la voz de Astrid que tantas veces había pensado como familiar, los sueños que volvieron, la atracción hacia ella, el color del vestido que ahora llevaba que era igual al de la extraña y que no llevara máscara. Claro que no podía llevarla porque estaba en sus aposentos.

—¿L-la máscara la perdiste aquí? —preguntó, pensando que como dijera que sí iba a desmayarse ahí mismo—. ¿Viniste al baile de máscaras?

—Sí. Nunca te dije nada porque dudaba que me recordaras siquiera —la miró con preocupación, notando que empalidecía por momentos.

Eir la cogió por la muñeca y sin decir nada, echó a correr con Astrid detrás. Salió del salón y recorrió los pasillos y escalares a toda velocidad, ignorando las preguntas de la mayor. No paró hasta haber entrado en sus aposentos y tener la puerta cerrada a sus espaldas.

—Eir ¿Se puede saber qué te pasa? —No recibió respuesta alguna.

La princesa había cogido la máscara que llevaba meses sobre la mesa. Con gesto tembloroso, tiró de Astrid para que se agachara y colocó la máscara. Encajaba a la perfección: era ella, sin lugar a duda. Rompió a llorar ante la mirada estupefacta de Astrid, que no tenía ni la menor idea de lo que estaba pasando.

—¡Estúpida! —Eir la empujó aún con las lágrimas corriendo por sus mejillas—. ¡Astrid eres una estúpida! Me tiré meses pensando en esa maldita chica y eras tú todo este tiempo ¿¡Y NO SE TE HA OCURRIDO DECIRMELO HASTA AHORA!?

Astrid se acercó a ella con intención de abrazarla, pero la menor apartó uno de los brazos con un manotazo y se alejó varios pasos de ella.

—No me toques —masculló, culpándola de todo lo que había sufrido por culpa de su silencio-—. Has sido una cobarde.

—Ni siquiera sé por qué lo he sido.

Las lágrimas volvieron a brotar con intensidad de los ojos de la Princesa y, esta vez cuando Astrid volvió a abrir los brazos en una pregunta muda, asintió levemente, provocando que la más alta se echara sobre ella, cubriéndola de besos ahí donde las lágrimas bañaban sus mejillas. Sin entender aún del todo qué pasaba, le susurró palabras de consuelo hasta que consiguió que se calmara lo suficiente para poder hablar. La hizo sentarse sobre la cama y, todavía apretándola en un abrazo, le pidió que le contara todo para así poder entender a qué venía todo aquello.

—No he sido una cobarde, he sido una inconsciente —la contradijo Astrid suavemente cuando hubo terminado de desahogarse—. Y lo siento por ello, si hubiera sabido una mínima parte de lo que sé ahora, te lo habría dicho.

—Es culpa tuya —bufó Eir, aunque se acomodó en el abrazo.

—Tampoco es que tú me lo pusieras fácil con tus aires de grandeza y todas las veces que me trataste como algo poco mejor que una piedra —le guiñó un ojo, haciendo que Eir sonriera levemente.

—Te lo merecías, eras una maleducada… y apenas sabías comportarte cuando estaba delante —rodó los ojos.

—Entonces más o menos como ahora. Dudo que tus padres consideraran esto como una pose digna de la futura Reina.

La menor se rio algo más y se puso en pie, alisándose la falsa.

—Tienes razón; además mi madre entrará en cólera cuando se dé cuenta de que he desaparecido. Deberíamos volver.

La vuelta se la tomaron con calma: Sabían que no habría nadie por los pasillos, así que se tomaron la libertad de ir por la mano hasta la misma puerta del salón. Sin embargo, la sonrisa de ambas duró poco.

Frente a ellas, el ambiente era bastante diferente del que habían dejado atrás: Arthur se encontraba entre los Reyes y, por la expresión en su cara, no quería estar ahí.

—…esposo de la Princesa —estaba diciendo en ese momento la Reina.