DISCLAIMER: LOS PERSONAJES PERTENECEN A JK Y LA HISTORIA A JUDE DEVERAUX, YO SOLO ADAPTO ESTA HISTORIA PARA EL DISFRUTE DE LOS SEGUIDORES DEL DRAMIONE.
SIN MAS NOS VEMOS AL FINAL DE LOS CAPITULOS.
12
—Vienen por el camino —dijo Lexie mientras miraba con disimulo por el ventanal del comedor.
Luna estaba preparando unos sándwiches para los invitados. Lexie y ella se habían levantado temprano para empezar a preparar la comida del picnic del día siguiente, así que ya habían comido. Cuando Draco envió el mensaje de texto diciendo que Hermione y él iban de camino a su casa, lo dejaron todo y corrieron a arreglarse.
—Hacen buena pareja —comentó Lexie—. Ella es lo bastante alta para Draco y a él siempre le han gustado las castañas. Tiene los rasgos de Victoria, pero el cuerpo de Ken.
—¡Que no se te olvide! —exclamó Luna.
—Lo sé. No puedo mencionar a Ken. Creo que voy a llamarlo para decirle lo irritante que resulta guardar este secreto. O mejor, dejaré que seas tú quien lo llame.
Luna sonrió. Lexie podía ser muy brusca a veces.
—¿Por qué tardan tanto?
—Draco la protege como si temiera que alguien pudiera secuestrarla en cualquier momento. Ahora le está señalando la casa y diciéndole algo. Espero que no la aburra con palabras como «viga transversal», «ángulos» y... todas esas cosas de las que siempre está hablando.
—Hermione es estudiante de Arquitectura, así que a lo mejor le gusta —señaló Luna mientras colocaba los pepinillos caseros en los sándwiches. Como desconocía qué les gustaba comer, puso un poco de todo entre las rebanadas de pan.
—Me gustaría más que le hablara de sus ojos —replicó Lexie.
—¿Que le dijera que son tan mágicos como la luz de la luna? —sugirió Luna.
—¡Eso es perfecto! —exclamó Lexie—. ¡Oh, oh! Ella ha fruncido el ceño. Por favor, que no le esté hablando de los bichos esos que se comen la madera. Eso sí que acabaría con el romanticismo de golpe.
Luna dejó la bandeja con los sándwiches en la mesa del comedor.
—¿Por qué estás tan decidida a emparejar a Draco con esta chica?
—Porque necesita a alguien —contestó Lexie—. Draco ya ha padecido la muerte de muchos seres queridos. La tía Andy era la única constante en su vida y ya no está.
—Pero estás tú y sus demás parientes, y casi todos los habitantes de la isla son sus amigos —le recordó Luna.
Lexie soltó la cortina.
—Pero está partido en dos. Parte de él vive en Estados Unidos y el resto vive aquí. ¿Te he comentado alguna vez que conocí a una de sus novias en Nueva York?
—No —contestó Luna—. ¿Cómo era?
—Alta, delgada, guapa e inteligente.
—Parece ideal.
—No me la imaginaba pescando en Nantucket, ni mucho menos viviendo en una casa vieja con esa cocina verde tan antigua. ¿Qué haría si Draco Black le pusiera en el fregadero veinte lubinas para que las preparara?
Luna suspiró.
—Te enamoras del elegante Malfoy y acabas casada con un Black que huele a mar. No sería justo para ninguno de los dos.
—Y luego están los hábitos de trabajo de Draco. No sabes cuántas veces me han mandado Ken o la tía Andy para que fuera a despertarlo y me lo encontraba en la cama, rodeado por un montón de planos enrollados.
—¿Igual que viste a Hermione en el sofá? —le preguntó Luna.
—Exactamente igual. —Se miraron con una sonrisa—. Me encantaría saber qué siente Hermione por él —añadió al tiempo que se dirigía a la puerta principal.
—A ver si podemos descubrirlo —replicó Luna.
Lexie abrió la puerta.
Hermione se sentó a la preciosa mesa de comedor, en la silla que Lexie le indicó. Draco ocupó una silla a su lado y las dos chicas se sentaron frente a ellos.
Cuando Lexie y Draco empezaron a hablar de cosas que ella desconocía, miró su sándwich. Llevaba queso suizo, que nunca le había gustado. Lo encontraba demasiado fuerte. Además, también había mordido un trozo de pavo, pero ahumado, otra cosa que tampoco le gustaba.
Mientras Lexie, Luna y Draco hablaban, Hermione se acercó el plato de Draco y se dispuso a arreglar el contenido de los sándwiches. Colocó el queso y el pavo ahumado en el de Draco, ya que sabía que le encantaban, y ella se quedó con los pepinillos y el queso cheddar. También le quitó las aceitunas del plato y le dio sus patatas fritas.
Cuando los ingredientes de los sándwiches estuvieron perfectamente distribuidos, los cortó en diagonal y le acercó el nuevo plato a Draco. También cambió las bebidas. Ella se quedó con la limonada y a él le dio el té helado.
Hermione alzó la vista y descubrió que Lexie y Luna la estaban mirando en silencio.
—Lo siento —se disculpó—. No os prestaba atención.
—No era nada interesante —comentó Draco mientras miraba a Luna—. ¿Tienes mostaza picante? A Hermione le gusta.
—Sí —contestó Luna al tiempo que se levantaba para ir a buscarla a la cocina.
Lexie miraba a Hermione de forma penetrante. El parecido entre Draco y Lexie era evidente. Ambos tenían el mentón cuadrado y unos ojos que parecían taladrar a las personas. Hermione decidió que no le gustaría enemistarse con ella, porque estaba convencida de que tenía un carácter muy fuerte.
En cuanto a Luna, no era en absoluto como la había imaginado. Por lo que Draco le había dicho, esperaba encontrar una especie de hippie ecologista, vestida con ropa confeccionada por ella misma y con sandalias hechas con las cámaras de los neumáticos. Sin embargo, Luna poseía una elegancia discreta, era muy guapa pero al estilo antiguo, como el retrato de una madona medieval. Llevaba un vestido precioso que Hermione pensó que podía ser de la misma tienda donde había comprado Pansy.
—¿Es de Zero Main? —le preguntó Hermione.
—Sí —contestó Luna con una sonrisa—. Mi padre viene cada dos o tres meses, me lleva a la tienda y la dueña, Noel, renueva mi armario de arriba abajo. ¿El top que llevas no es suyo?
—Sí que lo es —confirmó ella.
—Si vais a hablar de la Calle de las Enaguas, creo que me voy —comentó Draco.
Hermione lo miró para que le explicara a qué se refería, pero fue Lexie quien lo hizo.
—Cuando los hombres estaban en alta mar, las mujeres gobernaban la isla y el lugar donde estaban sus tiendas se llamaba la Calle de las Enaguas.
—Todavía se llama así.
—Porque las mujeres hacían un maravilloso trabajo encargándose de todo, aún lo hacen. —Lexie miró a Draco—. Quiero que le eches un vistazo a la caldera del invernadero, y he visto ratas debajo de un par de arriates.
—¿Ratas? —preguntó Hermione.
Draco la miró.
—Gracias a los viajes de nuestros ilustres antepasados que recorrieron todo el mundo, tenemos una extraordinaria variedad de ratas en la isla. —Todos miraban a Hermione, a la espera de su reacción. ¿Pondría cara de asco y chillaría horrorizada?
—Como en las Galápagos —señaló ella.
—Exacto. —Draco le sonrió con tanto afecto que Hermione se puso colorada—. Vale —dijo—. Chicas, os dejo solas. Aquí huele de maravilla. Hermione es una gran cocinera y tiene que planear una boda y...
Lexie y Luna lo miraban con curiosidad.
Él miró a Hermione.
—Si necesitas algo, dímelo.
Hermione se puso de pie.
—Lo haré. ¿Estarás ahí afuera?
—Sí, pero me iré a casa cuando arregle la caldera y me encargue de las ratas.
—¿En la casa grande o en la pequeña?
—Donde tú quieras —respondió.
—En la grande. Voy a preparar las dos últimas lubinas con romero. He visto unas cuantas matas en el jardín trasero. Si puedes, pon un par de patatas en el horno. A 120 ºC, para que se asen muy despacio.
—Vale.
Siguieron de pie sin hablar, como si no quisieran moverse.
Lexie y Luna permanecieron sentadas, mirándolos, mientras ellos seguían de pie con las miradas entrelazadas sin decirse nada. Al parecer, no sabían cómo separarse.
Lexie meneó la cabeza sin dar crédito y levantó las manos.
—¡Creo que voy a vomitar! ¡Draco, arregla la caldera! ¡Hermione, ve a la cocina y ayuda a Luna a rellenar unos champiñones o lo que sea!
Draco apartó la mirada de Hermione y miró a su prima con una sonrisilla.
—¿Y tú qué vas a hacer, doña Dictadora?
—Voy a ir un rato a la iglesia para darle gracias al Señor por seguir cuerda.
—¿Qué significa eso? —quiso saber Draco.
Lexie rodeó la mesa sin dejar de mover la cabeza, y cuando se acercó a él, le colocó las manos en los hombros y lo obligó a salir de la cocina a empujones.
—Fuera. Respira. Te prometo que Luna y yo no le haremos daño.
—¡Lexie, por favor! —exclamó Draco—. Esto es... —Dejó la frase en el aire porque ella le cerró la puerta en las narices.
Lexie regresó a la cocina atravesando la preciosa sala de estar. Luna estaba junto a la encimera y Hermione, en el vano de la puerta, como si deseara salir corriendo.
—Lexie —dijo Luna en voz baja—, ¿por qué no vas a Grand Union y nos traes unas cuantas limas?
La aludida sonrió.
—¿Quieres librarte de mí?
—Sí —contestó Luna.
Lexie salió de la cocina riendo a carcajadas y, al cabo de un momento, la escucharon cerrar la puerta principal.
—Lo siento —se disculpó Luna—. ¿Quieres sentarte?
La cocina era una estancia alargada, pero una parte de la encimera hacía las veces de mesa, ya que contaba con un par de taburetes.
—Siento mucho si Draco y yo hemos... —Hermione no sabía qué decir—. Es la única persona que conozco en Nantucket y hemos pasado juntos casi todo el tiempo que llevo aquí. Bueno, no juntos, juntos, pero sí...
—¿Sabes rallar la cáscara de los cítricos? —le preguntó Luna.
—No cocino tan bien como ha dicho Draco, pero eso sé hacerlo.
Luna señaló con la cabeza un cuenco lleno de limas, limones y naranjas.
—Necesito un cuarto de taza de cada uno —dijo al tiempo que le ofrecía un rallador.
Hermione se alegró de dejar el tema de conversación de Draco y ella.
—¿Qué te parece Nantucket? —le preguntó Luna.
—De momento, me encanta. —Empezó a hablar de sus impresiones. La palabra «belleza» fue la que más usó después de «Draco». Todo lo que veían sus ojos era precioso. El resto de sus sentidos estaban saturados por Draco. Lo que él decía, hacía y pensaba, formaba parte de Hermione.
—¿Sigue en pie tu plan de salir mañana con Wes? —quiso saber Luna.
—¿Y por qué iba a cambiar de opinión? —quiso saber ella.
—Pensaba que como Draco y tú sois... —Luna dejó la frase en el aire. Estaba al tanto de la norma de Ken según la cual Draco no podía tocarla, pero quería saber si se habían saltado dicha norma.
—Ah —exclamó Hermione—. Crees que Draco y yo estamos a punto de convertirnos en pareja. Pues no. Espero que seamos amigos. De momento, somos dos colegas de trabajo que están trabando amistad.
Luna la miró con incredulidad.
—En serio —insistió Hermione—. Creo que os hemos dado una impresión equivocada.
—Pero habéis pasado mucho tiempo juntos. Toda la isla se pregunta qué está pasando.
—Eso no me gusta —replicó ella—. Draco y yo trabajamos juntos. Nada más.
—¿Y los sándwiches?
—¿A qué te refieres? —preguntó Hermione a su vez.
—Sabéis qué comida le gusta al otro.
—Hemos estado trabajando en los planos de varios edificios y hemos descubierto cosas el uno sobre el otro.
—Pero... —Luna puso los ojos como platos.
—Vale, te seré sincera. Al principio, Draco me interesaba en ese sentido. —Recordó el poema—. Pero él me dejó claro que no iba a suceder. Admito que al principio me escoció, pero ahora estoy bien. Y entre tú y yo, estoy deseando salir con Wes. Me apetece ese tipo de rollito para recordar que soy una chica. —Hermione tomó aire con la esperanza de que su mentira hubiera parecido convincente. No quería salir con otro hombre—. ¿Podemos hablar de otra cosa que no sea yo?
—Por supuesto —respondió Luna—. No quería inmiscuirme en tus cosas. Es que nunca he visto a Draco tan interesado por otra mujer.
Hermione no supo qué decir, de modo que cambió el tema de conversación.
—Le he dicho a mi amiga Pansy que la ayudaría a organizar su boda aquí en Nantucket, pero no sé por dónde empezar. Draco me ha comentado que podríais ayudarme.
Luna captó que Hermione le estaba pidiendo por favor que la ayudara.
—¿Tenéis fecha fijada para la boda?
—Estaba fijada, pero estoy segura de que van a cambiarla. —No le explicó el motivo. De momento, quería que el embarazo de Pansy fuera algo íntimo. Se percató, con una enorme sorpresa, de que «íntimo» también incluía a Draco.
Luna siguió hablando:
—Lo primero que hay que hacer cuando sepas la fecha definitiva es fijar los colores que quiere la novia. Todo gira alrededor de los colores. Si quiere alguna flor especial, debo saberlo con antelación para poder encargarla con tiempo y que la traigan por avión.
—¿Por avión? —preguntó Hermione—. Pansy no quiere una boda extravagante.
—En Nantucket todo nos llega por avión o en camiones por el ferry. Debes asegurarte de lo que quiere tu amiga y tener presente que las novias cambian a menudo de opinión. He visto chicas que querían algo sencillo y que acaban decidiendo que prefieren gastarse treinta mil dólares en orquídeas moradas.
—¿Treinta mil...? —Hermione cogió una lima. Ya había acabado con las naranjas—. Creo que ese tipo de cosas es para la gente que vive en mansiones de veinte millones de dólares.
—O más. Ahora mismo, hay una casa en Polpis Road por la que piden cincuenta y nueve.
Hermione solo atinó a parpadear mientras la miraba.
—¿Y tú qué prefieres?
—¿Yo?
—¿Qué tipo de boda prefieres?
—Una donde haya un novio.
Luna se echó reír.
—No, en serio, ¿no lo has pensado?
—No en la boda en sí misma. Pero ver a Pansy tan feliz con su prometido me ha hecho reflexionar sobre ciertas cosas. ¿Y tú? ¿Hay algún hombre en tu vida?
—Ninguno permanente.
Hermione titubeó antes de hablar.
—Creía que Draco y tú... bueno, ya me entiendes.
—¿Que estábamos juntos?
Hermione mantuvo la vista clavada en la lima que tenía en la mano.
—¿Lo habéis estado?
—¡Qué va! Draco es como mi hermano mayor. ¿Me ha usado para intentar ponerte celosa?
—¡Por supuesto que no! No tenemos ese tipo de relación. —Sin embargo, puestos a pensarlo, se había sentido celosa por todos los elogios que Draco le dedicaba a la angelical Luna—. O a lo mejor un poco. —No pudo evitar sonreír—. ¿Tiene muchas ex novias en la isla?
—Pues no. Lexie dice que estuvo con una chica en el instituto, pero que después ella se casó con el primo de Draco.
—Podría ser cualquiera, la verdad.
—Exacto. Pero, por lo que sé, este primo en particular y Draco no tienen mucho en común. La pareja vive en Surfside.
—Supongo que está en Nantucket, ¿no?
—Parece que has aprendido por fin que solo existe Nantucket.
Hermione se echó a reír.
—Para Draco, eso es cierto.
Lexie volvió a casa esa tarde después de que Hermione se marchara y empezó a hablar con Luna sobre lo que habían visto y oído.
—¿Eso ha dicho? —preguntó Lexie—. ¿Hermione ha dicho que quería un rollito con mi primo Wes, que rezuma testosterona por todos los poros de su cuerpo?
—Pues anda que Draco tampoco se queda atrás —señaló Luna.
—Si no estuviera atado de pies y manos por el padre de Hermione, podría intentar algo —comentó Lexie—. Esto no va bien.
—Por desgracia, estoy de acuerdo contigo. ¿A quién vas a llamar?
—A Wes. Saca la cerveza. Voy a invitarlo a tomar el té y hablaremos con él.
—¿Qué planeas hacer? —quiso saber Luna—. No creo que a Draco le guste que...
—Déjame manejar a mis primos —la interrumpió Lexie, que al instante comenzó a hablar por teléfono—. ¿Wes? Soy Lexie. Luna y yo queremos invitarte. —Hizo una pausa—. Ahora, claro. Sí, vamos, ahora me dirás que tenemos que mandarte una invitación impresa. Sí, tiene que ver con tu cita con Hermione. —Lexie colgó—. Vendrá dentro de diez minutos.
Luna pensó que jamás se acostumbraría a la informalidad que regía en Nantucket. La gente se metía en los asuntos de los demás a todas horas. Un día, estaba tranquila en casa cuando escuchó que se abría una puerta. Era el fontanero que subía desde el sótano. Había entrado por la puerta trasera, cuyo pestillo jamás se echaba, había arreglado la fuga de agua y después había subido para asegurarse de que la cisterna no goteaba más. El hecho de que hubiera entrado en la casa solo pareció molestarla a ella.
—Mira, Wes —dijo Lexie veinte minutos después. Luna y ella estaban sentadas en el sofá frente al susodicho.
Luna se había asegurado de que su primo tuviera una buena cantidad de cerveza y galletas saladas mientras esperaba conocer para qué lo habían llamado.
—Toda la isla sabe que sigues enamorado de Daris Brubaker —siguió Lexie.
Daris era la mujer con la que Wes había querido casarse, pero seis meses antes tuvieron una fuerte discusión, cuya causa nadie sabía, y Daris lo mandó a hacer gárgaras. Desde entonces, Wes había salido con casi todas las chicas solteras de la isla.
Lexie esperó a que Wes dijera algo, preferiblemente lo que había pasado entre Daris y él, pero se limitó a beber un trago de cerveza y a mantenerse en silencio.
—Pero ella te dejó, seguramente porque se te van los ojos detrás de cualquiera. Has invitado a salir a Hermione para recuperarla y, claro, para intentar darle en las narices a Draco.
Wes pareció encajar sus críticas sin inmutarse, aunque tampoco le ofreció información alguna.
—Bueno, ¿y qué?
—No voy a andarme por las ramas —siguió Lexie—. ¿Qué tenemos que hacer para que llames a Hermione y le digas que no hay cita?
—Ni hablar. Mi padre va a conducir su antiguo Chevrolet durante el desfile y...
Luna intervino en ese momento.
—Draco te diseñará una casa para que la construyas en ese terreno que tienes y lo hará gratis.
Lexie la miró con los ojos como platos. Todo el mundo sabía que los diseños de Draco llevaban cinco ceros en el precio.
Wes no pudo ocultar su sorpresa. Una cosa era que su primo le diseñara un garaje, pero ¿una casa entera?
—¿Con una ducha exterior y un cobertizo para guardar mis embarcaciones?
—Con lo que quieras —contestó Luna.
—No puedo permitirme un diseño de Malfoy.
Lexie sabía que si Wes usaba el apellido Malfoy en vez de Black, lo hacía a modo de insulto. Se acomodó en el sofá y lo miró furiosa. Para él era un juego, pero para ellas era algo muy serio.
Luna, que no había crecido en la isla, no se sentía lastrada por las relaciones del pasado ni por las sutilezas del uso de los apellidos.
—Draco será el banco y te prestará dinero.
—No creo que... —protestó Lexie, pero Wes y Luna se estaban mirando en silencio.
Era como si ella no existiera.
—¿Sin intereses? —preguntó Wes.
—Medio punto menos que la tasa oficial del día que firméis el contrato —contestó Luna.
—Un punto y medio menos —regateó Wes.
—Tres cuartos —replicó Luna.
—Hecho —claudicó Wes.
—¡Joder, Luna! —exclamó Lexie—. No sabía que fueras capaz de negociar un trato así.
—Lo aprendí de mi padre.
Después de que Wes se marchara, Lexie tenía que decirle a Draco lo que habían acordado en su nombre... y estaba aterrada. Claro que como él no parecía dispuesto a coger el toro por los cuernos, alguien tenía que hacerlo en su lugar. Lo llamó y le dijo que necesitaba verlo de inmediato.
Lexie lo invitó a sentarse en el mismo sillón que había ocupado Wes una hora antes, pero Draco no quiso cerveza ni ninguna otra bebida.
—¿Qué pasa? —le preguntó—. Hermione tiene la cena lista y tenemos cosas que hacer.
—¿Como por ejemplo? —quiso saber Luna.
Draco le sonrió.
—No lo que estáis esperando. A ver, ¿qué es eso tan importante que no puede esperar a mañana?
—Mañana es el quid de la cuestión —respondió Lexie—. Pareces no darle importancia al hecho de que Hermione ha quedado con Wes mañana. Pasarán todo el día juntos.
Draco guardó silencio.
—¿No te importa? —insistió Lexie.
—Aunque no es de tu incumbencia, primita, he planeado la manera de evitarlo.
—¿Qué significa eso? —quiso saber Lexie.
—Creo que es mejor que esperes y lo veas —contestó al tiempo que hacía ademán de levantarse—. Ahora, si habéis acabado de meter las narices en mi vida privada, me voy a casa.
—Con Hermione —señaló Luna, sonriendo.
Draco le devolvió la sonrisa.
—Sí, con Hermione.
—Lo hemos arreglado —dijo Lexie—. Hemos arreglado lo de Wes. Va a costarte un poco, pero merecerá la pena.
Draco las miró. Estaban sonriendo y tenían un aspecto la mar de inocente. Unas chicas muy guapas. Y con buenas intenciones. Pero claro, la dinamita no se inventó para hacer daño. Se sentó de nuevo en el sillón.
—Explicadme qué habéis hecho —dijo con voz serena.
—Hemos hecho un trato en tu nombre —replicó Lexie—. La idea fue mía, pero Luna ha negociado los intereses. Ha estado genial. —Miró a su amiga con orgullo.
—A lo mejor deberíais empezar por el principio —sugirió él.
Lexie fue quien se encargó de explicarle lo que le habían prometido a Wes a cambio de que cancelara la cita con Hermione.
Draco no demostró la menor emoción porque era un gran jugador de póquer.
—¿Tengo que diseñarle una casa gratis y prestarle dinero a un interés tan ridículo?
—Dicho así parece demasiado —contestó Lexie—. Pero, Draco, no puedes dejar que Hermione pase el día con Wes. Desde que Daris cortó con él, se ha convertido en un buitre. Y siempre ha existido cierta rivalidad entre vosotros. Nos preocupa que intente algo con la pobre Hermione.
—Creo que Draco tiene otro plan —terció Luna.
—¿Lo tienes? —le preguntó Lexie a su primo.
Sin decirles nada a esas dos entrometidas, hizo lo que había planeado hacer una vez que se despidiera esa noche de Hermione, si bien le habría gustado hacerlo en privado. Se sacó el móvil del bolsillo y activó el manos libres para que tanto Lexie como Luna pudieran escuchar la conversación. Después, marcó un número.
—¿Draco? —dijo una voz femenina—. ¿Eres tú?
—Hola, Daris, ¿qué tal está tu padre?
—Ya está bien. ¿Te llegaron las notas de agradecimiento?
—Las cuatro, sí.
—Te estamos muy agradecidos por toda la ayuda que nos has prestado.
—Quería pedirte un favor —dijo Draco.
—¡Lo que quieras! —exclamó Daris—. Si quieres, me fugo contigo ahora mismo.
Luna y Lexie, que estaban sentadas frente a él, se miraron con los ojos de par en par.
Draco sonrió y dijo en voz baja, y hablando más despacio:
—No hace falta que te sacrifiques, Daris, aunque me parece una idea estupenda. Esta noche no podré dormir pensando en lo que me has dicho.
—Si quieres... —comenzó Daris.
Lexie la interrumpió.
—Hola, Daris —dijo en voz alta—. Soy Lexie. ¿Cómo está tu madre?
Daris se recobró rápidamente de la sorpresa de descubrir que Draco no estaba solo.
—Genial. Ha perdido veintidós kilos mientras mi padre estaba enfermo. Está pensando en escribir un libro que se titule: La dieta «Mi marido ha sufrido un infarto». Draco, ¿qué necesitas?
—¿Te interesa vengarte de Wes por lo que fuera que te hiciese?
—¿Por mi bien o por el tuyo?
Draco sonrió.
—¿Eso es un sí?
—Ya te digo. Cuenta conmigo. ¿Voy armada?
—Prefiero que lleves unos pantalones muy cortos y un top ajustado.
Daris guardó silencio un instante.
—Draco, cariño, ¿seguro que no quieres casarte?
—Ya no lo tengo tan claro —contestó en voz baja y Lexie y Luna abrieron los ojos todavía más.
Daris rio.
—Vale, lo voy pillando. ¿Esto tiene que ver con esa chica tan guapa con la que prácticamente has estado viviendo desde que se mudó a la casa de tu tía?
—Es posible. Te llamo luego para comentarte los detalles, pero ¿nos vemos mañana a las diez menos cuarto para participar en el desfile?
—Esta noche cortaré todavía más mis pantalones cortos.
—Estoy deseando ver el resultado. —Draco cortó la llamada y miró a Lexie y a Luna con las cejas enarcadas—. ¿Y bien?
—¿Crees que volverán? —le preguntó Luna.
—Eso no es de mi incumbencia —contestó Draco.
Lexie colocó las manos frente a ella, a modo de balanza.
—¿Las piernas de Daris o un préstamo de un millón de dólares? Wes tendrá que decidir. —Miró a Luna y luego a Draco, tras lo cual miró de nuevo a su amiga.
—Se quedará con las piernas —dijo Luna.
—¿Tratándose de las de Daris? —preguntó—. ¡Desde luego que sí!
13
Draco se presentó en Black House con una chaqueta preciosa hecha a medida, una camisa azul y unos pantalones de color caqui. Hermione lo miró y corrió escaleras arriba para cambiarse de ropa.
—¿Por qué no me habías dicho que hay que arreglarse? —le preguntó al retrato del capitán Abrax—. Y como se te ocurra mover algo, te pongo de cara a la pared.
Se reunieron con Lexie y con Luna y echaron a andar por Main Street, donde la carretera se ensanchaba y había dos largas filas de coches esperando. Draco se había levantado temprano, de modo que la camioneta de su amigo se encontraba en quinto lugar.
Las calles estaban llenas de gente, casi todas con narcisos prendidos en la ropa. Algunas de las mujeres habían ideado sombreros imposibles que lucían muy bonitos al sol matinal.
—No te separes de mí —dijo Draco al llegar al bullicio.
—Pero se supone que tengo que reunirme con Wes —replicó por cuarta vez por lo menos. En cada ocasión, Draco hizo como que no la había escuchado—. Vamos, que está celosísimo —masculló mientras intentaba mantenerse a la altura de sus largas zancadas.
La noche anterior, Draco había salido de la casa aunque la cena estaba lista, aduciendo que Lexie tenía una emergencia. Regresó tres cuartos de hora después, pero se negó a contarle qué había pasado. Solo dijo: «No ha habido baño de sangre. Debería haberlo habido, pero no ha sido así.»
Vieron una película juntos, Los Blandings ya tienen casa, y en dos ocasiones Hermione le dijo que iba a asistir al desfile con Wes. Draco no replicó. Cuando aceptó salir con su primo, apenas conocía a Draco. Al recordar lo mucho que la impresionaba, sonrió. En ese momento, prefería viajar con Draco en la antigua camioneta Ford.
Sin embargo, por más veces que lo repitiera, Draco no decía ni pío al respecto.
La noche anterior, cuando se fue a la casa de invitados, Hermione no pudo evitar sentirse... Bueno, sentirse casi enfadada con él. Había empezado a creer que formaba parte de la familia Black, pero parecía que Draco no era de la misma opinión. O tal vez sí. Wes era primo suyo, ¿por eso qué importaba que fuera con él al desfile?
Esa mañana, al llegar a la hilera de coches, Hermione guardó silencio. ¿Se sentaría junto a Wes para saludar a las personas a las que había conocido?
Sin embargo, nadie más parecía inquieto en lo más mínimo. Lexie y Luna se irían a Siasconset con las neveras de comida que Hermione había ayudado a preparar, pero primero querían saludar a los veraneantes.
—¿Son iguales que los forasteros? —preguntó Hermione.
—Sí y no.
Draco le explicó que eran personas que tenían casas en Nantucket y que iban todos los veranos a la isla. Algunos llevaban veinte o treinta años haciéndolo, tal vez incluso más.
—¿Te caen bien o no? —preguntó Hermione, que quiso hacer una broma.
Sin embargo, Draco no sonrió.
—Depende de si aportan algo a la comunidad o de si se aprovechan de ella.
En cuanto se internaron en la multitud, Lexie y Luna se alejaron, pero Hermione se quedó con Draco. Una vez más, él parecía conocer a todo el mundo.
—¿Cuándo vas a diseñarme esa casa de invitados? —le preguntó un hombre. Era bajito y rechoncho, y le sonaba de algo su cara.
Cuando se alejaron, Hermione le preguntó por su identidad.
—Uno de los diez primeros de Forbes —fue la respuesta de Draco antes de saludar a otra persona.
Hermione supo que se refería a la lista de los más ricos.
Cuando Wes apareció, todo sucedió a la vez. Hermione se apartó del lado de Draco a regañadientes para acudir junto a él. La mente le funcionaba a toda pastilla en busca de un modo de librarse de la cita sin ofender a nadie. Claro que Draco tampoco quería que lo acompañara...
Dio un paso hacia Wes, pero Draco no hizo ademán de impedírselo. Sin embargo, Wes se detuvo en seco y clavó la vista en algo que estaba detrás de ella, que se volvió para mirar.
Una chica se había acercado a Draco, se había cogido de su brazo y se inclinaba sobre él en actitud posesiva. Era bastante atractiva. Rubia, con una melenita corta y unos ojos enormes, aunque lo que más destacaba de ella era su vestimenta. Llevaba una vaporosa túnica que le llegaba a la parte superior de los muslos... y no parecía llevar nada debajo. Sus largas y torneadas piernas, bronceadas y perfectamente depiladas, parecían interminables, hasta llegar por fin a unas sandalias doradas.
Hermione, sin habla, miró a la recién llegada, después a Draco y luego a Wes, antes de mirar a la chica de nuevo.
—Es mi cita —le dijo Draco a Wes.
Hermione se quedó boquiabierta. Con razón le daba igual que ella saliera con otro. Con razón...
—¿Cambiamos? —le preguntó Draco a su primo.
Wes asintió con un gesto seco de cabeza y la chica se soltó de Draco para acercarse a su primo.
Hermione se quedó donde estaba, incapaz de moverse y sin saber qué acababa de pasar.
—¿Lista para irnos? —le preguntó Draco con impaciencia.
Hermione aún no daba crédito.
—El desfile está a punto de empezar y tenemos que subirnos a la camioneta.
Hermione se recuperó lo suficiente para cruzar la calle adoquinada hasta la camioneta Ford azul y sentarse junto a Draco.
—¿Lo habías planeado todo?
Él arrancó el motor.
—¿Planear el qué? Ah, te refieres a Daris, ¿no?
—¿Es la chica sin pantalones?
Draco sonrió.
—Las mejores piernas de toda la isla. Wes y ella eran pareja hasta hace seis meses. Él hizo algo que a ella no le gustó y lo mandó a hacer gárgaras. Supongo que ya lo ha castigado bastante. Toma. —Le dio un ramillete de narcisos.
Hermione lo aceptó mientras él se colocaba tras un Mercedes de los años sesenta con puertas de ala de gaviota.
—Así que lo planeaste todo.
Draco la miró con una sonrisilla.
—¿De verdad creías que iba a dejar que salieras con Wes?
—Sí —contestó sin rodeos—, lo creía. —Lo miró con una sonrisa—. Gracias por demostrar que estaba equivocada.
—Ha sido un placer —replicó él.
Lo dijo con un tono tan vanidoso que Hermione no pudo dejarlo estar.
—Es una ocurrencia tan rara que me equivoque que empezaba a creer que era imposible.
Draco se echó a reír.
—Saluda a la gente con la mano.
Eso hizo.
—Bueno, ¿qué ideas tienes para la casa de invitados del hombre de la lista de Forbes?
—Todo de cristal —contestó él—. Como si Philip Johnson hubiera venido a Nantucket.
—Estás de guasa, ¿verdad?
—Se supone que hoy no vas a trabajar. Disfruta del paisaje.
Desfilaban por Orange Street, y todas las casas antiguas la hacían pensar en un diseño distinto para una casa de invitados. Pero no lo dijo en voz alta.
—Su mujer adora cuidar del jardín y quiere su propio invernadero —dijo Draco—. Uno pequeñito. De unos ciento ochenta y cinco metros cuadrados.
—¿En serio? —Hermione lo miró con ojos desorbitados—. A lo mejor Luna tiene alguna idea al respecto.
—Es lo mismo que pienso yo —repuso Draco con una sonrisa, antes de ponerse a hablar del diseño todo el camino hasta Siasconset, que estaba a poco más de quince kilómetros, pero que pareció más lejos.
Cuando llegaron al precioso pueblecito del que Draco solía decir que estaba lleno de casitas de pescadores, Lexie y Luna los estaban esperando. Habían bajado la comida, los utensilios y el elegante servicio de picnic del todoterreno.
Draco aparcó la camioneta en la zona habilitada que le indicó Lexie y después desapareció tal como hacían los hombres cuando tenían que enfrentarse a cualquier cosa que considerasen trabajo femenino. Hermione siguió las órdenes de Lexie y ayudó a disponerlo todo. En cuestión de minutos, la parte trasera de la camioneta y una mesa estaban cubiertas de comida y bebida, colocadas sobre preciosos manteles italianos. Era todo muy elegante, como una fotografía de un picnic perfecto.
Hermione se internó en la calle. A ambos lados estaban los preciosos coches antiguos, así como las camionetas, que habían participado en el desfile a través del pueblo.
Desde que había llegado a la isla, se había ido percatando de la riqueza de Nantucket, pero los coches antiguos habían reforzado esa impresión. No se trataba de antiguallas, sino de coches que podrían estar en un museo, y los propietarios de dichos coches parecían salidos de un anuncio de Ralph Lauren: americanas, pañuelos y relojes de oro para los hombres; modelos confeccionados a la perfección para las mujeres. Observó los lujosos arreglos de los picnics y sonrió.
—¿Te gusta? —preguntó Draco, que apareció en cuanto ya no había nada que hacer.
—Es magnífico. Tengo la sensación de haber caído de lleno en la portada de una revista de tendencias.
—Ven —dijo él—. Están haciendo una demostración de esculturas de hielo un poco más abajo.
Diseminados por toda la zona, había bailarines y músicos, artistas y acróbatas, y todo el mundo parecía conocerse. Cuando volvieron a la camioneta, Draco empezó a hablar con un grupo de personas mientras ella llenaba los platos de ambos. Había sillas delante de la camioneta, de modo que se sentaron a comer.
—Llevo años sin venir —dijo él—. Ha crecido mucho.
—¿Por qué has faltado? Es maravilloso.
—Porque no conseguía una cita —contestó él.
Hermione llevaba grabada en la mente la imagen de la guapísima Daris colgada de su brazo.
—¡Ja! La mitad de las mujeres presentes...
Draco la interrumpió.
—Quiero decir que no conseguía una cita con la que me apeteciera venir.
Hermione le sonrió y por un instante sus miradas se encontraron. Pero, como de costumbre, él apartó la cabeza. «Señales contradictorias», pensó ella. Draco había trazado un elaborado plan para evitar que saliera con otro hombre, pero cuando lo miraba con algo más que trabajo en mente, él se distanciaba.
Se ordenó no forzar la situación.
Media hora después estaban en mitad de la carretera, hablando con varias personas, cuando Draco la miró con expresión seria.
—¿Hermione? —dijo—. ¿Tienes la sensación de que me debes algo? Por poco que sea.
—Pues claro. ¿No te lo he agradecido lo suficiente? Porque si no es así, te pido perdón por...
—No, no es eso —la interrumpió—. Es que mi primo viene hacia aquí y...
—¿Wes?
—No.
—¿Te acuerdas de la mujer de la licorería? —Su expresión hizo que Hermione dejara de intentar adivinarlo—. Vale, lo siento. Uno de tus primos viene hacia aquí y...
—Su mujer era mi novia en el instituto. Me dejó por él. Sé que es una ridiculez, pero...
Hermione escudriñó la multitud y vio a un hombre de la edad de Draco con el mentón, el pelo oscuro y los ojos de los Black. Sin embargo, si bien en Draco esos rasgos formaban una cara muy masculina, las facciones de ese hombre tenían algo femenino. Iba bien vestido, con una camisa y una chaqueta perfectas, e incluso llevaba vaqueros. Pero no eran como los vaqueros que solía llevar Draco, que incluso limpios parecían haber pasado por mil batallas y alguna más.
Junto al hombre iba una rubia alta y delgada de ojos azul claro. A Hermione le pareció bastante guapa, pero parecía cansada y tal vez algo mayor de lo que era en realidad.
Cuando la mujer vio a Draco, se le iluminó la cara, el cansancio desapareció y su belleza aumentó. Hermione se la imaginó en una carroza de un desfile, o como la reina del baile de graduación.
En cuanto el hombre vio a Draco, por un segundo, su semblante se ensombreció. Sin embargo, se recuperó lo suficiente para esbozar una sonrisa que no le llegó a los ojos.
—Draco. —La mujer extendió los brazos como si quisiera abrazarlo.
Hermione reaccionó de forma instintiva. Aunque Draco no había explicado qué quería que hiciera, supuso que estaba a punto de pedirle que se interpusiera entre su ex y él.
—¿Quieres que te proteja? —le preguntó en un susurro.
—Por favor —contestó él, que afianzó la postura a la espera de que la mujer llegara hasta él.
Hermione se colocó delante de Draco, lo que hizo que la mujer se detuviera. Aún tenía los brazos extendidos, aunque no sabía muy bien qué hacer con ellos.
Hermione le estrechó una mano.
—Hola, soy Hermione. Supongo que conoces a Draco. —De reojo, vio que Lexie le daba un codazo a Luna en las costillas. Por supuesto, las dos chicas se levantaron al instante para observar cómo se desarrollaba la escena.
—Yo soy Missy —replicó la mujer—. Draco y yo nos conocemos desde hace muchísimo tiempo.
—¿En serio? —preguntó Hermione—. Creía que había oído hablar de todos sus amigos, pero nunca ha mencionado a una Missy.
Cuando se volvió hacia Draco, se dio cuenta de que él tenía la cabeza agachada, de modo que sus narices quedaban muy cerca. Hizo ademán de apartarse, pero él le rodeó la cintura con un brazo y la pegó por completo a su cuerpo.
Hermione puso los ojos como platos, pero se controló al instante. Más o menos.
—Yo... esto...
—Me alegro de verte, Draco —dijo el hombre cuando se colocó detrás de la rubia. Al igual que Draco, rodeó la cintura de su mujer con un brazo en actitud posesiva—. Bueno, ¿qué tal es vivir fuera de la isla? ¿Has aprendido muchas cosas sobre el mundo exterior?
Incluso Hermione se dio cuenta de que era un insulto. Miró al hombre con una sonrisa gélida.
—Draco está conquistando el mundo con sus magníficos diseños. —Como el hombre no perdía la sonrisilla ufana, Hermione recordó los libros de su madre y que esa familia llevaba siglos peleándose por la casa solariega—. Y, además, está muy ocupado con todo el trabajo que hace en Black House. Mantenerla en perfectas condiciones para que la herede su futuro hijo, el octavo Draco, es un legado muy importante.
Durante un segundo, Hermione creyó que se había pasado, pero después obtuvo la satisfacción de ver cómo desaparecía esa sonrisilla ufana.
A su espalda, Draco le enterró la cara en el cuello... y le erizó todo el vello del cuerpo.
—Eres mi mujer ideal —le dijo, y Hermione se dio cuenta de que estaba conteniendo la risa. Draco consiguió recuperar la suficiente compostura para levantar la cabeza—. Te presento a mi primo Oliver Collins y a su mujer, Missy. Ella es Hermione.
—Encantada de conoceros —dijo Hermione, que le tendió una mano a Oliver—. ¿No te apellidas Black?
—Somos parientes por parte de su madre, que se casó con un forastero —explicó Draco. Después, sin aflojar la mano que tenía en la cintura de Hermione, señaló la camioneta cargada de comida—. Venid, comed con nosotros.
—Gracias —repuso Oliver—, pero tenemos que volver a casa. Los niños nos necesitan. El matrimonio conlleva una gran responsabilidad. Hermione, Draco —dijo con sequedad antes de alejarse con su mujer.
Missy miró hacia atrás como si quisiera quedarse, pero su marido no aflojó su férreo abrazo.
Draco hizo que Hermione se volviera, de modo que quedaron frente a frente.
—¡Has estado genial! —exclamó—. Pero genial de verdad. No habían puesto en su sitio a Oliver desde... bueno, nunca lo habían puesto en su sitio. ¡Sí que eres la hija de Victoria! —Sin dejar de reír, guiado por un impulso, le dio un beso fugaz a una sonriente Hermione.
Aunque la intención era que fuese breve, ambos dieron un respingo como si los hubiera atravesado un rayo.
—Yo... —comenzó Draco antes de acercarse más.
Una vez más, Hermione vio el fuego gris en sus ojos, de modo que levantó los brazos para rodearle el cuello.
No pudo ser. Draco frunció el ceño, se apartó y el fuego de sus ojos se apagó.
El primer impulso de Hermione fue huir. ¿Cuántas veces más iba a pasar eso? Se acercaban, él la miraba como si estuviera a punto de devorarla y después se enfriaba antes de apartarse. Sucedía una y otra vez.
Hermione no sabía adónde ir si dejaba el picnic, pero a juzgar por la rabia que crecía en su interior, se creía capaz de volver andando a Black House. Y en cuanto llegara allí, haría las maletas y se iría de la isla. Ya había aguantado todo lo aguantable de ese hombre, que la miraba con deseo y en un abrir y cerrar de ojos le daba la espalda. Se alejó de él.
—Hermione... —dijo Draco, pero ella se internó en la multitud a toda prisa.
Luna la alcanzó.
—No quiero oír excusas... —le soltó Hermione.
—Sigue hasta la tienda, tuerce a la izquierda y verás un puente que lleva a la playa. Vete.
Hermione asintió con la cabeza y echó a andar. No le costó encontrar el puente, bajar los escalones y llegar a la playa. El fresco que notó le indicó que no había muchas personas en los alrededores, algo que agradeció. El mar y la arena la tranquilizaron.
No estaba segura de cuánto tiempo pasó allí. Su cabeza no pensaba con orden ni concierto, más bien era una vorágine de pensamientos. Recordó los almuerzos y las cenas que había compartido con Draco, riéndose, comiendo y creando juntos. En todo momento, él le había dejado claro que nunca habría nada de índole sexual entre ellos. Había supuesto que se debía a que no sentía nada por ella.
¡Pero ese beso...! Tan electrizante como un rayo. Sabía que él también lo había sentido, pero ¿por qué se había apartado? ¿Por qué la había mirado con tanta frialdad? No parecía haber otra mujer en su vida, así que ¿cuál era el problema?
De repente, sintió un escalofrío, se frotó los brazos y se dio la vuelta. No muy lejos de ella, Draco estaba sentado en la arena, a la sombra. Estaba sentado sin más, a la espera. Parecía preocupado por algo.
Sin embargo, ella no se compadeció en absoluto. Se plantó delante de él.
—Quiero volver a... —No podía decir que quería «volver a casa», porque no podía llamar así a Black House—. Quiero volver —repitió.
Draco no se levantó.
—Te llevaré donde quieras, pero primero me gustaría contarte la verdad.
—Para variar, vamos —replicó.
Draco se quitó la chaqueta y se la ofreció, pero ella no la aceptó.
—Por favor —le pidió él—. Concédeme veinte minutos, y si después quieres dejarme o irte de Nantucket, o hacer lo que sea, me encargaré de todo.
A regañadientes, se sentó en la arena a unos pasos de él, y cuando Draco le echó la chaqueta sobre los hombros, dio un respingo.
—Vas a coger frío.
—No mientras me estés fulminando con la mirada —repuso él.
Hermione no sonrió, pero sí dejó que le echara la chaqueta por encima.
—No sé por dónde empezar —dijo él—. Si pudiera, te lo contaría todo, pero no puedo.
Se volvió para fulminarlo con la mirada.
—¿Y por qué estoy aquí?
—¡No lo sé! —exclamó Draco, exasperado—. Solo sé un cinco por ciento más que tú y no entiendo nada. Pero sé que hay personas que llevan toda la vida ocultándote secretos.
—¿Quiénes?
—Eso no puedo decírtelo. Ojalá pudiera, pero no puedo. Solo puedo decirte que les debo la vida entera a esas personas. De no ser por... por esas personas que me ayudaron, solo habría sido un delincuente.
Hermione clavó la vista en el mar mientras intentaba averiguar qué le estaba diciendo.
—Sé que no querías que yo viniera a Nantucket.
—Cierto —confirmó él—, no quería. Te dije que estaba enfadado con mi tía. Su testamento me pareció una traición. Si no hubieras llegado antes de tiempo, me habría marchado y nunca nos habríamos encontrado.
—Pero te quedaste —señaló.
—Porque me caías bien —repuso él.
—¿En pasado?
Draco tardó en contestar.
—Nunca había conocido a una mujer que encajara en los dos mundos en los que vivo, a una mujer capaz de limpiar pescado y de discutir sobre bases de suelo.
—Lo sé —dijo en voz baja—. Estábamos a punto de convertirnos en buenísimos amigos.
—No —la corrigió—. Tim, mi socio, y yo somos amigos. Él detesta pescar y cree que todos los caminos de tierra deberían asfaltarse, y se pasa la vida preocupado por el dinero. Pero somos buenos amigos.
—¿Y tú y yo no lo somos? —preguntó Hermione. ¡Joder! Sentía el escozor de las lágrimas en los ojos.
—Por muy bien que me caiga Tim, no siento el menor deseo de arrancarle la ropa. No tengo ganas de hacerle el amor hasta saciar el ansia que me corroe por dentro. No me quedo despierto por las noches pensando en sus labios o en sus muslos o en cualquier otra parte de su cuerpo.
Hermione lo miraba fijamente.
—Pero no me has tocado.
—Se lo prometí a alguien a quien le debo mucho —adujo él en voz baja.
—Y esa persona te pidió que... ¿El qué? ¿Que mantuvieras las manos quietecitas?
—Sí.
Hermione clavó de nuevo la vista en el mar.
—A ver si me aclaro: le debes algo a alguien, o a varias personas, algo muy gordo, y nos conocen a los dos.
—Sí, pero de verdad que no puedo decir nada más.
—Vale, vale. A ver si adivino parte de la historia. Ha habido bastantes arreglos en Black House, arreglos como el del tejado, y son caros. También me he dado cuenta de que algunos arreglos eran más estructurales, lo que quiere decir que en algún momento la casa se deterioró bastante. ¿Me equivoco?
Draco ladeó la cabeza y la miró antes de darle el visto bueno con un gesto de cabeza.
—Dejar que una casa llegue a ese estado implica que o al propietario le daba igual o que no podía permitirse los arreglos. Salta a la vista que tu familia se preocupa muchísimo de esa vieja mansión.
—Así es —le aseguró él.
—Y luego está el resto de casas. Me has dicho que tu familia posee la casa en la que vive Lexie, y que también posee la de Dilys, donde creciste. Me has dicho que tenías catorce años cuando se hizo la remodelación de esa casa y evidentemente es obra tuya.
Draco la miraba en silencio, con expresión fascinada.
—El año que estuve aquí con mi madre, tú tenías catorce. Ahora bien, ¿quién en su sano juicio dejaría que un adolescente planeara una remodelación? ¿Y quién la iba a pagar?
—La tía Andy —contestó Draco, mirándola con una sonrisa.
—Si podía permitírselo, ¿por qué no reparó su propia casa?
La sonrisa de Draco se ensanchó.
—Muy bien, doña Detective, suelta tu teoría.
—Creo que mi madre ha escrito todos sus libros basándose en tu familia, y que a modo de compensación, pagó las remodelaciones, y...
—¿Qué más?
—Creo que también ayudó con tus gastos educativos.
Draco no contestó, pero a juzgar por el brillo de sus ojos, supo que había acertado.
—La cuestión es por qué mi madre te iba a prohibir que me tocaras. —De repente, la asaltó una idea espantosa y puso los ojos como platos—. ¡Es verdad! Mi madre y tú fuisteis amantes. —Lo dijo con un deje horrorizado en la voz.
—No. Jamás —le aseguró Draco, que sonrió—. Pero cuando tenía diecisiete años y tu madre se paseaba por el jardín con un biquini rojo, mis visitas a la tía Andy eran mucho más frecuentes, lo admito.
Hermione lo miró con los ojos entrecerrados.
La sonrisa de Draco desapareció.
—Te puedo asegurar que entre Victoria y yo jamás ha habido otra cosa que no sea una amistad.
Hermione apartó la mirada.
—¿Qué tiene que ver mi madre con el testamento?
—Que yo sepa, nada —contestó Draco con sinceridad—. Se quedó tan alucinada como yo.
Hermione meditó sus palabras un momento.
—Quiero dejar las cosas muy claras, porque creo que tienes razón en lo de que me han mentido toda la vida. ¿Es cierto que me quieres para algo más que para ayudarte a dibujar planos?
Draco hizo ademán de protestar, pero después sonrió.
—Creo que soy capaz de encargarme de los negocios yo solito.
Hermione pasó del tono guasón.
—E hiciste todo eso de Wes porque...
—¿Creías que iba a dejar que un salido como ese pasara el día con mi chica?
—¿Tú...? —Inspiró hondo—. Ya que nos estamos sincerando, me gustaría desahogarme. Mi padre también es arquitecto, aunque ahora casi se limita a la enseñanza, y me ha advertido de que tenga cuidado contigo.
—¿En qué sentido?
—Tu reputación con las mujeres no es muy buena.
—Ni privada —masculló Draco.
—Eres demasiado famoso como para que sea privada. Pasas de una modelo o actriz a otra y...
—¿Adónde quieres llegar? —preguntó Draco.
—Hubo un tiempo en el que me imaginé que mantenía una aventura con el Gran Draco Malfoy, pero...
—Pero ¿qué?
—Cuando Eric me dejó, me dolió, pero bastaron una buena llantina y unos cuantos kilos de chocolate para que se me pasara. Después, al verte a ti, al Gran...
—Ni se te ocurra repetirlo.
—Vale. La verdad es que ya no te considero de esa forma.
—¿Y cómo me consideras ahora? —preguntó él en voz baja.
—Como un ser humano. Como un hombre de carne y hueso que es impaciente, que manipula conversaciones e información en función de sus intereses, y como un diseñador que a veces no tiene clara su visión.
—¿No hay nada bueno?
—Como a un hombre que comparte con generosidad todo lo que tiene y todo lo que sabe. Comida, dinero o trabajo, lo compartes todo. He visto que eres un hombre que protege a sus seres queridos, y que demuestra sus sentimientos con sinceridad.
—Todo un santo. —Aunque las palabras parecían guasonas, su tono era serio.
—No del todo —lo corrigió Hermione al tiempo que clavaba la vista en el mar—. De Eric pude recuperarme con chocolate y un poema, pero de ti... —Tardó bastante en continuar—. A ti podría quererte. Si tuviera una... una aventura contigo y me dejaras después, estoy convencida de que nunca me recuperaría. —Inspiró hondo—. Ya está, ya lo he dicho. Y creo que es más de lo que querías escuchar. Creo que...
Hermione dejó de hablar porque él la besó. Fue un beso dulce y tierno, una caricia entre sus labios breve y... y prometedora.
Se apartó para observarlo y le puso una mano en la mejilla mientras lo miraba a los ojos. Hermione necesitaba encontrar la verdad en su interior. ¿Se sentía atraída hacia ese hombre por quién era? Llevaba años adorándolo.
Sin embargo, en ese momento conocía al hombre, había conocido a sus amigos y a sus familiares, lo había visto en su propio terreno. Tenía la sensación de que había visto algo que ninguna otra mujer había vislumbrado: al verdadero Draco Malfoy Black Séptimo. De verdad, sin armaduras ni máscaras, había visto ambas personalidades. Porque estaba el hombre de fama mundial al que le pedían autógrafos, y también el hombre al que una anciana pareja sentada en un banco le había pedido que le echara un vistazo a su calefacción antes de que comenzara el invierno.
Draco seguía sentado en silencio y sus caras estaban muy juntas. Parecía darse cuenta de que Hermione le estaba haciendo una pregunta, de modo que cuando pronunciara las palabras, él estaría preparado para contestar.
¿Qué hombre le gustaba más?, se preguntó ella. ¿El genio de la arquitectura o el hombre que formaba parte de una comunidad y de una familia que sospechaba que podían ser abrumadoras en ocasiones?
—Me gustáis los dos —dijo ella al tiempo que le acariciaba la mejilla, disfrutando de la aspereza de la barba. Llevaba mirándolo durante días sin darse cuenta de lo mucho que deseaba tocar lo que veía. Ese fuerte mentón Black era maravilloso contra sus dedos y hasta le gustaba sentir el roce de su barba.
Draco volvió la cara para besarle la palma... y el fuego gris regresó a su mirada.
Se le puso el vello de punta al darse cuenta. Jamás había experimentado un deseo semejante por otro ser humano.
—Tenemos que ir despacio —dijo, aunque una parte de ella quería gritar: «Es real. Podría ser para siempre.»
Draco apartó la mano de su cara.
—Manos fuera. Lo entiendo. —Su voz sonaba muy pesarosa.
—¡No! —exclamó Hermione—. Podemos tocarnos. Quiero tocarte. De hecho, cuanto más nos toquemos, mejor. Pero creo que debemos sopesar muy bien las promesas que vamos a hacer.
Draco sonrió.
—Eres mi chica. Propongo que volvamos a casa. Ahora mismo. Buscaré a alguien que nos lleve.
—¿Qué pasa con la camioneta? —Sabía que seguía llena de comida.
—Lexie puede devolverla.
En ese momento, solo se tocaban las puntas de sus dedos, pero fue como si una descarga eléctrica pasara de Draco a ella. No se trataba de que se estuvieran tocando, sino de que estaban conectados. Parecía que la conexión se establecía entre sus cuerpos, sus mentes y sus almas. Era como si ella pudiera leerle el pensamiento y ver... en fin, ver el futuro. Los dos juntos. Diseñando, discutiendo y viajando. Juntos durante años. Compartiendo alegrías y risas. Muchísimas risas. Y había más, pero le daba miedo mirar.
—Tengo la sensación de que te conozco, de que sé lo que somos juntos —susurró ella.
—Yo también —replicó Draco al tiempo que se levantaba, la cogía de la mano y la pegaba a su cuerpo.
Hermione quería echarle los brazos al cuello, pero sabía que si lo hacía, sería incapaz de detenerse. Acabarían montándoselo entre los arbustos de una playa pública. No era la mejor manera de comenzar con su futuro, pensó.
Draco parecía entenderla. Se apartó de ella, separando sus cuerpos.
—Volvamos a casa.
Hermione echó a andar por la playa en dirección al camino que llevaba a la escalera, seguida por Draco. En dos ocasiones, tropezó, claro que le flaqueaban las piernas.
—Creo que he visto nuestro futuro —consiguió decir cuando llegaron a la escalera.
—Me lo creo. ¿Era bueno?
Ella asintió con la cabeza.
—Muy bueno.
—A las personas que se relacionan con los Black les pasan cosas raras.
—¿Estás hablando de fantasmas? —Intentaba restarle importancia al asunto, pero le costaba.
—Creo que deberíamos hablar antes de ir más lejos.
Hermione se detuvo en mitad de la escalera y se volvió para mirarlo. Sus caras quedaban a la misma altura.
—Si no te importa, preferiría no seguir hablando ahora. Dime las cosas más espantosas después, después de... ya sabes.
Draco soltó una carcajada.
—Vale, volvamos a casa y... y después hablaremos del futuro. Ya sabes, de nuestros objetivos y esas cosas.
—Eso es justo lo que quiero hacer. —Los ojos de ambos tenían una expresión risueña.
AYYYY POR FIN HERMIONE DESCUBRE ALGO DE LA VIDA DE SU MADRE. POCO A POCO SE VA DESCUBRIENDO EL PASADO DE LA FAMILIA DE DRACO.
HAY POCO DE DECIR EN ESTE CAPITULO, SOLO DISFRUTARLO. LA SEMANA QUE VIENE CAMBIARE LA HISTORIA A RATED: M. LO AVISO YA "EN EL PROXIMO CAPITULO TENDREMOS LEMON"
NOS VEMOS LA SEMANA QUE VIENE MAS Y MEJOR.
