Los personajes de Love Live no son de mi propiedad.
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– 11 –
Aquel sábado por la madrugada, fue el día en que Umi experimentó un terror que la dejó en vela. No se trataba de un pánico mal fundado en la creencia de seres ominosos, sino en la simple presencia de una persona que llegó a postrarse a su lado en la cama, sin consciencia de sí misma y con un olor que para ella era nuevo y –pronto descubriría– desagradable.
Eli había llegado tomada, no sabía hasta qué grado, pero sí uno muy alto como para no darse cuenta de que no estaba sola y como para dormirse al instante. Un tenue ronquido salía de sus labios entreabiertos, mismo lugar de donde salía aquel olor etílico que inmediatamente logró incomodarla.
Se giró para darle la espalda, se movió hasta quedar en la orilla de la cama y se cubrió completamente con las cobijas. Sin embargo, nada de eso sirvió para tranquilizarla: una persona estaba a su lado, perturbando su sueño y traspasando los límites imaginarios de su privacidad. No era que durmiera desnuda, pero así se sentía en ese preciso instante.
Decidió levantarse, no importándole si con ello despertaba a la rubia, cosa que no sucedió. Cerró la puerta de la habitación y halló las luces de la sala y el pasillo prendidas. Se frotó ambos ojos para aclarar la vista y, con un bostezo de por medio, se dirigió a la sala.
Era fin de semana y estaba encerrada en aquella casa, no en la suya –la propia–, sino en aquella que compartía y fungía como un techo que no le era cálido. Hubiera deseado que su padre no le hubiera dicho que tenía asuntos pendientes con Luka y así poder estar en el dojo, sentada sobre la fría madera, escuchando el calmo viento rozar las flores, el ulular de los árboles y el canto de los pájaros. En cambio, lo que escuchó del exterior, fue el pitido de un auto y las llantas chirriar en el suelo.
En todo aquel tiempo que había estado viviendo con la rusa y ante lo poco que habían compartido una de la otra, lo que acababa de pasar le molestaba de sobremanera. Pero le sirvió para darse cuenta de que el sillón era un espacio incómodo para dormir, el cual había estado ocupando Eli sin protestar. Quizá, sólo quizá, Eli lograba descansar los fines de semana usando la cama cuando ella se encontraba ausente. ¿Podía culpar a la rubia? No. A esa conclusión había llegado y le había costado entender que aquel espacio era de ambas, así lo dictaba el armario y el acomodo de sus pertenencias.
Logró dormitar por unas horas, pero la incómoda postura de su cuerpo y el repentino frío que sintió, la obligó a despertar por completo. Eran las 7 de la mañana cuando su cuerpo mal descansado empezó a laborar. Prepararía el desayuno, haría el ruido necesario para que la rubia despertara y así se fuera a trabajar, para poder orear la habitación y tal vez descansar un rato con la tranquilidad de saberse en sola. Nunca la soledad se le antojo necesaria.
Nada de lo que hizo funcionó para despertar a Eli, probablemente el haber cerrado la puerta había sido su error. Suspiró mientras desayunaba, aquello no se sentía tan lejano a lo de siempre, la única diferencia era saber que su prometida estaba dormida en la habitación.
Fue así como pasó gran parte del día, con la idea creciente de que la rubia permanecía en el cuarto. Y mientras lavaba los trastes, limpiaba la cocina y luego la mesa, a su cabeza llegó la extraña idea de que se hubiera muerto de una congestión alcohólica. Sus ojos se abrieron y el ritmo con el que pasaba un trapo por encima de los mesones disminuyó.
La incipiente culpa se vio anulada cuando escuchó la puerta de la habitación siendo abierta y después la del baño. Posteriormente escuchó la regadera y como si toda la información recibida sonoramente fuera indescifrable, se quedó estática en aquel lugar hasta que volvió a escuchar ambas puertas.
Salió curiosa hacia el comedor, con el trapo aún en su mano, se quedó de pie frente a la mesa, mirando directamente el pasillo que daba a las habitaciones. Y la vio salir.
Eli se detuvo frente a la puerta de la recámara en cuanto giró su cuerpo y miró a Umi detrás de la mesa. Tenía la mano en el picaporte de la puerta que aún no cerraba. Era una escena extraña, no el hecho de ver a la peliazul con una expresión de disgusto, sino el simple hecho de que se encontrara en casa. Y a ella, se le había hecho tarde para ir a trabajar. Demasiado tarde.
– Regresaste…
Umi se recobró del espanto y antes de siquiera saludarla, prefirió manifestar sus temores.
– Me estaba preocupando el hecho de que no despertaras.
– ¿Pues desde qué hora estás aquí? –le cuestionó, cerrando por fin la puerta de la habitación y acercándose a ella.
Un ligero sonrojo adornó el rostro de la peliazul y entonces Eli entendió lo que había sucedido.
– Perdóname, pensé que estabas con tu padre.
– Tenía cosas que arreglar, me dijo que no fuera –una pausa, la disminución de su voz–. Y no hay problema, puedes dormir en la cama.
– Vaya… –la rubia alcanzó a la menor, tenía que pasar cerca para poder salir y, señalando la puerta principal, agregó– Yo debo ir a trabajar.
– Come antes de que te vayas –le espetó, girando sobre su eje para seguir su andar.
– Comeré algo en el camino –comentó, sin voltearse–. Voy tarde al trabajo.
– Entonces no vayas.
¿Acaso estás insinuando que me quede? Eso fue lo que pensó Umi que la rubia contestaría, pero era más pesado el sentido de deber que experimentaba ante los otros, que la vergüenza ante todas las malas bromas que Eli pudiera hacer. Esperando la galantería, sólo recibió una escueta pregunta, tan lánguida como la mirada que le dedicaba.
– ¿Por qué no iría? –giró su cuerpo para encararla y se cruzó de brazos.
No lo aceptaría, pero hubiera preferido un comentario pícaro sobre su solicitud y una sonrisa burlona. ¿Qué diablos estaba pensando?
– No es digno ser impuntual.
– Lo compensaré quedándome más horas–se encogió de hombros.
– Entonces come –insistió–. Si vas a llegar tarde, que valga la pena.
La débil voluntad de Eli se manifestó, lo que menos quería era discutir con la peliazul. Le dolía la cabeza y el cuerpo, pero ya no sentía la pesadez de siempre. Salir con Tsubasa le había ayudado a distraerse y quizá eso era lo que más necesitaba.
– Está bien –accedió y le sonrió.
…
…
El sábado de Umi sucedió con tranquilidad, se dio a la tarea de orear las cobijas de la cama al igual que el cuarto. Hizo de comer para ella e, inconscientemente, para Eli. Terminó sus tareas, habló un rato por teléfono con Maki y, un rato más tarde, con su padre. Aquella simple acción le sirvió para calmarse y poder leer un rato.
Esperaba que en cualquier momento llegara Eli, pero si se quedaba a cubrir horas extras, según recordaba anteriores días, iba a llegar pasada la media noche, siendo que a las nueve el cansancio ya la tenía rendida y por ello se dispuso a dormir. Y de nuevo, el penetrante olor del alcohol la despertó, ni siquiera fue el brusco movimiento con el que la rubia se desplomó en la cama, sino su nuevo aroma, nada grácil ni elegante.
Despertó de malas, pero decidió no moverse de su lugar, era necesario acostumbrar a su cuerpo al otro. ¿Pero qué clase de cosas estaba pensando? Eso sonaba mal en muchos sentidos. Se levantó de la cama, se llevó su almohada y una cobija del armario y se dispuso a dormir en el sillón.
Lo consiguió después de un rato, era tanto su desvelo que no tardó mucho en conciliar el sueño; pero, de igual manera, despertó con rapidez y un incipiente dolor de cabeza. Su mal humor se intensificó al darse cuenta de que lo único que había como prueba de que Eli había llegado, era una nota en la mesa con una disculpa y un "Fui a trabajar".
La situación en general empezaba a colmarle la paciencia, antes era la abrumadora ausencia de la rubia –a la cual se había acostumbrado–, después su continua presencia y la incidencia de sus bromas de mal gusto –a lo que también tuvo que aclimatarse–, para terminar con las inconsistencias ante la existencia de un trabajo que podía ella asegurar era innecesario.
Eran todos aquellos cambios a los que no estaba acostumbrada. Su vida, por muchos años, se vio marcada por varias constantes: el dojo, los entrenamientos, la excelencia académica, la presencia de sus amigas y su padre. Y todo aquello, no es que se lo hubieran arrebatado, pero eran aspectos de su vida que extrañaba y a los cuales ya no podía acceder con tanta facilidad. Ahora su rutina se veía reducida a mantener limpia una casa y esperar la nada predecible aparición de su prometida.
Con aquellos pensamientos rondando en su cabeza desayunó, después decidió lavar las sabanas y las cobijas de la cama para desquitarse y hacerle saber sutilmente a Eli que su presencia, bajo los efectos del alcohol, le era desagradable. Luego se dio un merecido descanso en la ducha, se vistió, y con el cuerpo y la mente ligeramente adormecidos, se recostó en el colchón desnudo de la recámara hasta que, sin querer, se hubo dormido.
Las cortinas permanecieron abiertas todo el tiempo que estuvo acostada, lo que le brindó frescura al cuarto y a su propio cuerpo. No despertó siquiera ante el ruido de la llegada de la rubia, ni tampoco ante su mirada escrutadora.
Si Eli había llegado temprano a casa aquel día, fue a petición de su jefe, quien casi tuvo que echarla del establecimiento, para que pudiera descansar propiamente y recuperar todas las energías que las noches de música y alcohol a lado de su hija le habían consumido. Por eso, y por su temprana salida, había optado por regresar a casa y ayudarle a Umi, quizá a hacer las compras, a preparar la comida o a hacer limpieza. Sin embargo, la halló dormida en la cama, con las ventanas abiertas y las cortinas volando a la par que las sabanas que se observaban a través de ellas en el patio trasero.
Se acercó sigilosamente para observarla. La chica estaba acostada con el cuerpo tendido de espaldas, el cabello hacía de las suyas en diferentes puntos de la cama y su rostro se miraba tranquilo. Tenía los labios entreabiertos y, si se acercaba un poco más, era capaz de escuchar su respiración acompasada. El vestido blanco que vestía, por muy holgado que estuviera, no lograba esconder su pecho el cual subía y bajaba al ritmo de su respirar.
Salió de la habitación con el mismo cuidado con el que había entrado, se dirigió al patio trasero para cerciorarse si las sabanas y las cobijas estaban secas y las metió. Como no tenía hambre, prefirió sentarse en la sala a revisar en la laptop sus deberes escolares. No había mucho que hacer salvo un par de lecturas.
Ya inmersa en la lectura, después de un rato considerable, escuchó a Umi dar señales de vida, pero no fueron las típicas que hubiera esperado de una persona que acaba de levantarse.
– Demonios, tengo que hacer de comer.
Escuchó desde su lugar, distrayéndose momentáneamente, y volvió sobre el mismo párrafo que estaba leyendo antes de escucharla.
– ¿Por qué tengo que hacer de comer para ella?
Aquel tono la abstrajo de su lectura y dejando de mirar la laptop, decidió ladear el rostro hacia la puerta de la recámara.
– Cierto, ella bien podría hacerse de comer.
Eli alzó una ceja al escuchar aquella frase, intentó imaginarse haciendo de comer.
– Ella debería hacerse cargo de sí misma.
¿Acaso no lo hacía? Ambas cejas se alzaron. Y exactamente en el momento en que vio salir a Umi de la habitación, ella se quejó:
– Eli es una inútil.
Ahora le tocó a la peliazul detenerse en el pasillo, un paso antes de entrar al comedor, su rostro enrojeció violentamente y se llevó ambas manos a los labios. Por su parte, Eli cerró la laptop y se puso de pie, se acercó a la arquera y la miró, aún con la sorpresa marcada en el rostro.
– Ho-hola, Eli –saludó Umi, desviando la mirada hacia el suelo. Una sonrisa nerviosa escapó de sus labios–. Llegas temprano.
– No sabía que fueras tan grosera –fingió indignación.
– Yo no…
– Tú sí –Eli se cruzó de brazos–. Hoy no necesitas hacer de comer.
Umi alzó el rostro y se encontró con una sonrisa solícita.
– Tú y yo vamos a salir –la rubia dio media vuelta y se encaminó a la salida.
– Pero… –ella no se movió–, ni siquiera me he arreglado. ¡O tú!
– Tampoco es que lo necesitemos.
– No tengo dinero.
– Yo sí –tomó una chaqueta de cuero que estaba en el perchero y se la puso.
– Eli…
– Salir con esta inútil –se detuvo y volteó para verla–, es tu castigo. Vamos.
La reacción ante aquellas palabras fue una contradicción: por un lado le embargaba la tranquilidad de volver a escuchar una escueta broma de la rubia; pero por otro, se sentía culpable de su poca capacidad para retener sus pensamientos. ¿Que si se trataba de su verdadero sentir? Evidentemente no.
Fueron a comer a una cafetería cercana que Eli había visto en las constantes vueltas de su trabajo a casa, era un lugar sencillo que por sus grandes ventanas y cortinas claras permitía que el espacio se iluminara de manera natural. Había un par de mesas con sombrillas en el exterior y ocho sencillas en el interior. Los asientos habían sido adheridos a las paredes, simulando sillones. Había una barra en el centro, bordeada por distintas vitrinas en las que se mostraban los productos que ofrecían.
Ocuparon una mesa alejada de los únicos clientes que se encontraban en las instalaciones. Rápidamente una joven se acercó a dejar los menús y preguntar si tomarían algo por el momento. Eli pidió agua de frutas y Umi un té helado. Al poco rato, la misma chica regresó con sus encargos y preguntó si comerían algo. La rubia pidió un club sándwich y la arquera, indecisa, prefirió imitar a la otra.
– No sabía que fueras partidaria de ese tipo de comida –comentó la rubia, jugando con el popote de su vaso de agua.
– ¿Qué tipo de comida?
– Ya sabes, papas fritas y un enorme sándwich –agregó, haciendo movimientos con una mano.
– ¿Qué? –Abrió los ojos ante la idea y entendió a qué se refería la mayor, cuando vio su plato en la mesa–. Eres una exagerada.
– Inútil y exagerada –Eli cerró los ojos y negó con la cabeza–. Que mala combinación.
Umi permaneció silente, de nuevo se había sonrojado. Prefirió observar el modo en que Eli le ponía cátsup a sus papas y como se comía el sándwich, era cosa de imitarla, parecido a comer hamburguesas con sus amigas. Sin embargo, se descubrió nerviosa al momento de tomar un pedazo de su comida con las manos y minutos después de batallar con ello, se dio cuenta que el plato de la rubia estaba impecable, así como sus ropas y su rostro.
Eli fue testigo de todos aquellos intentos fallidos. Umi intentó tomar una papa con las manos, la cual se rompió a la mitad y un pedazo dio a caer sobre la mesa. Procedió a limpiar con una servilleta y al intentar tomar el papel, parte de las mangas de su vestido dio con salsa cátsup. En vez de retirar la mancha con un inteligente movimiento, ésta se agrandó, lo que provocó que sus cejas se juntaran. Y cuando quiso tomar su sándwich con ambas manos, la rebanada de jitomate se cayó al plato.
– Esto es imposible –soltó, alejando su plato de sí.
– No hay gran ciencia en esto –Eli intentó dar otro sorbo a su vaso de agua y lo halló vació, pero no alejo el popote de sus labios–. El sándwich se debe agarrar de diferentes ángulos, no sólo de enfrente, sino sucede eso.
– Comer hamburguesas es más sencillo.
– Supongo –agregó, mordiendo el popote.
– ¿Acaso es interminable? –señaló el vaso de agua.
– No –movió el recipiente, lo que permitió que la menor escuchara el tintineo de los hielos– Sólo me distraigo para no reírme.
La peliazul le dedicó una mirada poco amigable. Eli dejó el vaso en la mesa y levantó las manos en señal de rendición.
– Mejor dime cómo va el regreso a clases –dijo, tomando una de las papas que aún quedaban en el plato de Umi.
– Normal, supongo –observó el camino que hizo su comida a los labios de la risa–. ¿El tuyo?
– Igual.
– ¿Cómo le haces cuando tienes muchas tareas? –preguntó, intentando mantener la conversación viva.
– Pues por ahora no me han dejado muchos trabajos –se encogió de hombros–. Además, el señor Ki… –lo pensó un instante y prefirió omitir el apellido–, mi jefe es buena persona.
– ¿En qué trabajas?
– En una tienda de discos, ¿no te lo había dicho? –Vio a la menor negar con la cabeza–. Bueno, es una tienda pequeña, no una franquicia, por lo que siento que goza de cierta exclusividad.
La mesera se acercó para retirar el plato de Eli y su vaso. La rubia aprovechó el suceso para pedir una rebanada de pastel de chocolate, era regla de oro tener que probar el pastel de chocolate a cualquier cafetería que visitaba. Miró a la peliazul y con un movimiento insinuó si quería algo más, ella negó. Umi tomó un sorbo de su té y vio a la rubia abordar de nuevo con sus manos los restos de comida en su plato.
– ¿Qué haces en tu trabajo?
– Acomodamos discos, recibimos mercancía, atendemos a los clientes, hacemos pedidos y contabilizamos las ventas –todo lo había dicho en plural.
– ¿Eso quiere decir que tienes más compañeros?
– Sí –asintió con la cabeza– Tsu… mi compañera, es una persona amable y agradable. Me llevo bien con ella.
– Eso es bueno –Umi cerró los ojos, asintió con la cabeza y continuó–. En cualquier organización, ya se laboral, familiar o una simple amistad, es importante el entendimiento mutuo, siempre basado en la cordialidad. Primero es el trato cordial, luego el conocimiento de los otros, en la medida en que te lo permitan. Esa es la filosofía del dojo.
De nuevo la sorpresa se implantaba en su rostro, la diferencia fue que aquellas palabras, en vez de servir de alimento para sus bromas, pasaron por aquello que hipotéticamente se le llama corazón y se implantaron en su cabeza como un futuro pensamiento. De fondo, desconcertante, se escuchaba la música pop que ambientaba el lugar.
– ¿Te lo enseñó tu padre?
– No realmente. Fue mi madre.
La chica se acercó con la rebanada de pastel pedida, preguntó si podía retirar el otro plato, Umi asintió y desapareció.
– Mi madre hablaba sobre un acercamiento cordial ante todo. Acercarse a la danza, a la cultura, a las personas, siempre requiere cierto nivel de respeto.
– Si alguien me hubiera dicho aquello desde mucho antes, creo que sería una persona totalmente distinta –rió suavemente, no burlándose de su compañera, sino de sí misma.
La mirada ambarina de la peliazul estaba perdida en el color avellana de su té, en los frágiles movimientos del líquido, de los hielos y su gelatinoso reflejo en ellos. La risa de la rubia le supo amarga, no por sentirla personal, sino porque sonaba triste. Quizá mencionar a su madre había sido un error. Cuando alzó el rostro, vio que Eli estaba entretenida con su pastel de chocolate, el cual estaba ya a la mitad. En su cabeza se aglomeraban muchas preguntas sobre la vida, sobre sí y sobre aquella persona que miraba, a veces infantil, otras orgullosa y últimamente derrotada. Pero en el fondo sentía que no tener respuestas, era lo mejor. Y aun así, solo por aquella ocasión, se arriesgaría.
– Eli –la nombrada alzó el rostro, una mancha de chocolate se asomaba coqueta por la comisura de sus labios–. ¿A qué te gustaría dedicarte?
Relamiéndose los labios con la lengua, la mayor puso momentáneamente los ojos en dirección al cielo, pensando su respuesta.
– No me veo como artistita –contestó–. Quizá podría hacer crítica de arte o curaduría.
– Pero para eso necesitas leer mucho, muchísimo –le espetó con energías.
– Lo sé –volvió a reírse suavemente–, lo haré.
– A mi madre le gustaba mucho leer, seguramente hay libros de arte en casa, los buscaré.
– Aunque no lo creas, mi padre es un ávido lector –se llevó otro pedazo de pastel a la boca–, sobre todo si es de artes. Seguramente también hay libros en nuestra casa.
Nuestra casa. Eli, que mantuvo los ojos cerrados mientras saboreaba el pastel, no vio la reacción de la peliazul ante aquellas simples palabras. No podía evitar pensar que algo estaba mal en todo aquello.
Ese extraño sentimiento se mantuvo con ella incluso cuando la rubia terminó de comer y pagó la cuenta. O cuando le ofreció su chaqueta para ocultar su mancha en la manga del vestido. Y su desazón llegó a la cúspide al verla tararear una canción que sonaba en el estéreo de su coche, siguiendo el ritmo con suaves golpes al volante. Se miró el vestido y el contraste que hacía el blanco con la chamarra de cuero negro que portaba, tan ajena pero tangible. Ahora ella olía a cigarro.
Volvió a ver su rostro cuando el vehículo se había estacionado en la entrada de la casa. Estaba anocheciendo y el cielo se teñía de naranja, salvo por los puntos que unas temibles nubes grises tapaban. El sol no lograba atravesar con sus rayos la densidad de aquella próxima tormenta. Y Eli la miraba con la duda en su rostro.
– ¿Sucede algo?
– S-sí.
– Te escuchó –le dijo, girando ligeramente el cuerpo, para quedar lo más que pudiera de frente, pero el escaso espacio del vehículo se lo impedía.
– Hay algo de lo que debemos hablar –fue un susurro perfectamente audible–. No… algo de lo que yo debo hablar.
– Vale –la rubia se enserió, para hacerle saber a su compañera, que le prestaba atención.
– Es sobre… –cerró los ojos con fuerza y los volvió a abrir–. Verás, yo… –sintió que las palabras se le quedaron estancadas.
– Está bien, Umi –le tomó suavemente su hombro más cercano–. Si no te sientes lista para hablarlo, yo lo entiendo.
– No es eso –y se sonrojó, no supo si de vergüenza, coraje o por falta de aire–. Es que no siento que esté bien…
– ¿Qué? ¿Qué salgamos?
– No, eso no –suspiró–. Es… Maki…
– Oh –Eli alejó su mano del cuerpo de la peliazul y se rió suavemente– Ya entiendo. Te gusta Maki.
– Eso creo…
– Y tú a ella.
– Creo…
– Y –una pausa que aprovechó para que la chica la mirara a los ojos–. ¿Dónde está el error?
– ¡En esto! –Contestó– Tú, yo, nuestro futuro.
– Ya veo.
– Sé que tienes a Nozomi, pero es totalmente distinto–desvió la mirada y se puso cabizbaja–. Ustedes ya eran pareja desde antes que todo sucediera.
Ambas esperaron a que la otra comentara algo, pero ambas permanecieron en silencio. Umi pensando en todas las posibles respuestas que la rubia daría y con una necesidad creciente de salir del carro y quitarse la chaqueta. Eli con un solo pensamiento en mente: ya no tenía a Nozomi. Decirle aquello significaría, lo sabía, un obstáculo para la peliazul, sería un motivo para hacerla sentir culpable por su reciente situación. ¿Quién era ella para impedirle experimentar algo así? Su esposa aún no.
– Umi –cuando la nombrada volteó a verla, le sonrió con amabilidad–. Tienes poco menos de dos años para hacer lo que se te dé la gana. Aprovéchalos, yo nunca te voy a detener.
– Pero mi padre y el tuyo…
– Ellos no pueden prohibírtelo, es más, no necesitan saberlo.
– Eli, es mi padre…
– Lo sé –claro que lo sabía, ella había hecho una promesa con él, que parecía estar a punto de romper, mandando a su pequeña a los brazos de aquella chica con una familia de la cual debía protegerla–. Lo que quiero que entiendas es que yo no soy tu obstáculo, ni mucho menos nuestra situación.
Umi parecía no calmarse, incluso estaba apretando con fuerza los bordes de su vestido.
– Pongámoslo en palabras más cursis. Si vas a experimentar el amor por primera vez, hazlo, pero que quede entre ustedes únicamente –vio a Umi sonrojarse con más violencia–. Yo sólo serviré de escudo.
– Entonces… ¿no hay problema? –soltó su vestido y giró el rostro para verla–. ¿Me ayudarás?
Eli tragó saliva, si algo salía mal, el resultado iba a ser catastrófico.
– Sí.
Y sintió los brazos de Umi alrededor de su cuello, ella temblaba y un tenue "gracias" llegó a sus oídos. En un rápido movimiento la menor desapareció del automóvil y la vio adentrándose a la casa. Eli salió del vehículo, quiso fumar, pero los cigarros iban en la chaqueta que le prestó a la peliazul. Se maldijo mentalmente por haber olvidado el tabaco, por haber accedido y por saber, que aunque le hubiera encantado que Umi experimentara felizmente su primer enamoramiento, no lo podía permitir. Miró hacía el cielo, estaba casi completamente azul, salvo por un pequeño resplandor naranja que estaba siendo engullido por la ciudad.
– Ahora entiendo porque tomas tanto...
…
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Iba riendo sutilmente de la imagen que había implantado Honoka en su mente conforme le platicaba su fin de semana en compañía de Yukiho. Estaba casi segura que para su madre, ambas eran un dolor de cabeza. Kotori iba del otro lado, también riendo, mientras la pelinaranja terminaba de contar como terminó sepultada entre todos los mangas de su habitación.
Estaban por llegar al tercer piso, cuando una idea se invadió su cabeza. Se detuvo, para sorpresa de sus dos amigas, que la miraron extrañada.
– Olvide algo. Adelántense, en un momento las alcanzo.
– Está bien Umi-chan, vamos, Kotori-chan.
– No te tardes tanto, Umi-chan –le gritó Kotori mientras era arrastrada por la pelinaranja–, tenemos mucho trabajo pendiente.
– ¡No lo haré!
Y con ese gritó bajó con cierta prisa las escaleras hasta dar con el segundo piso, asomó su cabeza por las escaleras, asegurándose que sus amigas hubieran desaparecido en los pasillos del piso superior. Cuando la voz de Honoka dejó de ser audible para ella, continuó su camino en dirección al salón de música.
Conforme se acercaba, la melodía que sacaba el piano empezaba a inundarla. Y tal como aquel pensamiento había entrado en su cabeza, ella irrumpió en el salón, no con violencia, pero sí sin permiso.
La pelirroja detuvo sus manos y dejó que el eco de la última nota que tocó, remplazara la canción. Al ver quien era la intrusa, suspiró de alivio y continuó ambientando el lugar con su cálido ritmo. Se trataba de una tonada alegre impregnada de nostalgia, como todo lo que rememoraba siempre que estaba frente a aquel elegante instrumento.
La peliazul se acercó a ella y con suavidad se posicionó a su espalda. La tomó de los hombros y se agachó para poder acercarse a su oído y susurrarle un par de palabras que de inmediato la obligaron a detenerse y a sonrojarse. La arquera la soltó y se sentó a su lado.
Maki pestañeó varias veces y tras procesar la información, se cruzó de brazos y frunció sutilmente el ceño.
– Demuéstralo –le ordenó, desviando el rostro con un "hmp" de por medio.
– ¿Pero cómo pretendes que lo demuestre? ¿No basta decirlo?
– No –su sonrojo aumentó y su voz bajó–, quiero pruebas.
– ¿Qué clase de pruebas?
– No sé, puedes preguntarle a Kousaka, que sí tiene novia –espetó, haciendo énfasis en el sí–. O a tu padre.
– ¡N-no voy a preguntarle a mi padre! –Ella también estaba sonrojada–, mucho menos a Honoka.
– Entonces, ingéniatelas.
Maki cerró los ojos y trató de calmar su respiración, si se mantenía en silencio, podía escuchar el palpitar de su corazón y hasta la vergüenza que sentía Umi en ese momento. Ella tenía la culpa, claro que la tenía, por interrumpir su momento de inspiración y alborotarle el sentimiento.
– Bien –escuchó la voz resignada de su senpai.
La arquera tragó saliva, sintió que su boca se secaba y pasó suavemente la lengua por sus labios. Observó a la pelirroja que tenía aun los ojos cerrados, su sonrojo había desaparecido y la molestia había sido sustituida por la expresión de quien espera lo deseado.
No se arrepentía, no hubiera dejado pasar el extraño valor que acudió a su cuerpo, para excusarse con sus amigas y escaparse en búsqueda de aquella melodía que tocaban para ella. Mucho menos de haberse acercado y decirle al oído que sí, que a ella le gustaba. Maki Nishikino le gustaba y se sentía segura de admitirlo, porque no estaba sola en aquella empresa.
Ya había tenido otro impulso de valor más arriesgado, haberla besado. Y ahora tenía que asumir las consecuencias de sus actos. Sólo le quedaba apuntar con el arco y lanzar la flecha hacía el centro de la diana, exactamente como ella sabía hacerlo, para declararse ganadora en la primera lucha.
Respiró profundamente, se acercó a ella hasta rozar aquella mano ajena con la suya, se llevó un mechón de cabello detrás de su oreja, cerró los ojos, ladeó su cuerpo y la besó suavemente en los labios. Se separó y, al recuperar la vista, una Maki sorprendida la miraba con el ceño fruncido y un evidente sonrojo que igualaba el tono de su cabello.
– ¡N-no me refería a eso!
Sin poderse contener, Umi empezó a reírse.
Ya no había marcha atrás.
…
…
N/A:
Bueno, pues estoy de vacaciones pero eso no significa que vaya a actualizar más rápido, aunque espero sí escribir un poco más. Los capítulos van quedando cortos a diferencia de los anteriores…
Muchas gracias por el apoyo y la comprensión.
Los siguientes capítulos se vienen con descubrimientos de Umi sobre su madre y el padre de Eli. Y se viene una catarsis, ya saben, un duelo por las pérdidas.
¡Nos vemos en el siguiente capítulo!
Cualquier duda, error, sugerencia o aclaración, pueden dejarlo en un comentario o en un MP.
Saludos :3
