Let me go
Bebió con parsimonia de su trago de whisky mientras emitía quedos gruñidos de asentimiento. Loki agradeció a Verity el favor que le había hecho y cortó la llamada. Tony, callado como pocas veces, le miraba fijamente, esperando una respuesta, y Pepper, quien se había desentendido unos minutos de los preparativos para la boda, lo reconfortó con un brazo alrededor de sus hombros y le aconsejó dar un paseo. Stark ofreció su Lamborghini Sesto Elemento y le dijo que acelerara hasta que todo estuviese claro como agua purificada.
Crepúsculo de diciembre. El cielo se adivinaba rojo grisáceo por las nubes de tormenta que se acumulaban en el horizonte. En una autopista vacía a poco menos de trescientos kilómetros por hora, sorteando casi milagrosamente las curvas con el súperdeportivo, Loki decidió no dejar ir a Natasha, importándole un comino la cháchara existencial y sentimentaloide de la humana. Pisó el acelerador a fondo. Suspiró, dos, tres veces. Cerró los oídos a la voz de la IA que le sugería rutas y destinos alternativos. Willis le confirmó lo que sospechaba desde que puso un pie fuera de su casa: la rusa ladina, víctima de un azoramiento poco común, pareció olvidar el don de la peculiar muchacha con la que habló y mintió, con descaro más que evidente. Cada palabra dicha, cada oración construida, significó justo lo contrario.
A estas alturas del campeonato, la idea de reducir a cenizas el pasado que ambos compartían era una locura. En cada sílaba, le informó Verity, Natasha gritaba por Loki. Librarse de las memorias, decir que no estaban destinados a estar juntos- ¿en serio?-, repetirse hasta el cansancio que el amor seguía siendo un juego de niños era la burbuja que se esforzaba por crear. Pero él la conocía mejor que nadie en el universo y adivinó los verdaderos problemas, recriminándose por no haberlos tenido siquiera en cuenta, bastardo mezquino.
Aumentó la velocidad cuando una patrulla de carretera le conminó a detenerse y decidió adentrase en el campo abierto. Alzando el rostro al cielo, clamó por el Bifrost a Heimdall. Iría a Asgard y, una vez allí, sabía perfectamente lo que tenía que hacer.
