Buenos días.

Gracias a Mery Vedder, Testudine Black, AnnaGreen, laina.1994, Ariadna Simonds y Julietaa por los reviews del capítulo anterior. Si me olvido de poner a alguien no es porque lo odie; es, simplemente, porque llevo más de veinticuatro horas sin dormir y estoy muerta de cansancio (aunque no tengo sueño, qué raro).


"Prométeme que estarás bien"

Te he escuchado caminar;
te siento, pero tú no estás.
Mírate, y mira ahora hacia atrás.
La Oreja de Van Gogh-Tantas cosas que contar

Es un momento, como mínimo, extraño.

Louis mira a su madre con los ojos como platos, que es más o menos la misma expresión que tiene ella. Fleur todavía tiene el mechón de pelo rubio con el que siempre está jugando en la mano, y pasea sus ojos azules de Louis a la jeringuilla y de la jeringuilla a Louis, como intentando atar cabos de alguna forma que le permita llegar a cualquier conclusión, la que sea, excepto a la única explicación lógica posible.

Porque no puede ser. Fleur no puede, no quiere creer lo que está viendo. Louis… Su Louis no es así. Es su niño mimado, el hombrecito de la casa, el que siempre seguía a su padre cuando era pequeño y a Dominique en cuanto creció un poco. El adolescente que siempre le traía buenas notas y se enfadaba cuando alguna de sus hermanas se echaba novio, el visionario que comprendió antes que nadie los sentimientos de Victoire y Teddy. El joven que se graduó sin haber sido castigado ni una sola vez por Filch (porque nunca lo atraparon, no porque nunca hiciera ninguna diablura) y que le confesó en voz baja y con los ojos brillantes que quería casarse con Noah Longbottom en cuanto pasaran un par de años. Su hijo no puede ser un drogadicto.

-Maman…-empieza él, sinceramente sin tener la menor idea de cómo continuar, cómo explicar lo que habla por sí solo.

-¿Qué es eso, Louis?

Él esconde la jeringuilla tras la espalda, y Fleur recuerda la infinidad de veces que ha repetido ese gesto, siempre que cogía algo que no debía y creía, inocentemente, que bastaba con que los adultos no lo vieran para que desapareciese del mapa. Le parece un hecho curioso que, a sus dieciocho años, siga creyéndolo.

-Es… es…-Louis no es capaz de seguir mirándola, y baja la vista.

Entonces Fleur termina de comprender a lo que se refería Victoire cuando le dijo que Louis estaba enfermo. Su hijo ha adelgazado tanto que se le marcan todos los huesos, su piel está pálida y seca, y su pelo ha perdido el brillo que lo había acompañado desde que nació para ser un montón de hilos amarillos que caen sobre su cabeza. Y sus ojos…

Merlín, sus ojos. De no ser porque son del mismo azul que los suyos propios y los de Victoire, Fleur no los reconocería. Han perdido ese brillo travieso que siempre fue parte de ellos, y ahora sólo lanzan destellos de tristeza y melancolía, desperdigados entre un fulgor que indica lo arrepentido y avergonzado que se siente por lo que ha hecho y por la situación en la que se encuentra.

-Louis, ¿pog qué haces esto?-pregunta con suavidad.

El joven vuelve a mirarla, y niega con la cabeza. Tiene los ojos azules inundados de lágrimas.

-Déjalo, maman-le pide en voz baja-. Por favor.

-No-replica Fleur-. Tiene que habeg un motivo paga que estés haciendo esto, tú nunca has tenido pgoblemas con estas cosas…-su hijo menor clava la vista en el suelo-. Louis, mígame.

-¡No tengo ningún problema!-exclama el joven. ¡Lo que haga o deje de hacer a ti no te…!

-¡A mí no me levantes la voz, señoguito!-lo interrumpe Fleur. Quiere ayudarlo, explicarle que lo que está haciendo le hace mal, pero lo que no va a consentir es que ningún hijo suyo, con problemas o sin ellos, le grite-. Louis, necesitas que alguien te ayude.

-¡Lo que necesito es que me dejéis en paz!-replica Louis, aunque esta vez se guarda de elevar el volumen de su voz. Fleur sabe que le habla así sólo porque se siente acorralado y arrinconado, pero eso no hace que sus palabras le duelan menos. Observa cómo las lágrimas empiezan a escapársele de los ojos-. ¡No me pasa absolutamente nada, sois vosotros los que estáis empeñados en que tengo un problema! ¡Estoy perfectamente!

Fleur respira hondo para no dejarse llevar y gritar a su hijo; sabe que un sermón es lo que menos necesita Louis ahora.

-Louis, dame eso-pide, tendiendo la mano y señalando la jeringuilla.

-No-sus ojos están llenos de dudas.

-Louis, dame eso-repite Fleur con calma. Observa cómo un escalofrío recorre a su hijo-. Nadie va a enfadagse contigo-le asegura con dulzura-. Pego compgende que estemos pgeocupados pog ti, mon amour.

Louis niega con la cabeza.

-No. ¡No! ¡Haz el favor de dejarme en paz! ¡Y que el resto se aplique también el cuento! No necesito ayuda de nadie, estoy bien. ¡Estoy bien! ¿Tan difícil es ver eso?

-No estás bien. Tienes un pgoblema, y cuanto antes lo admitas, antes podgemos buscagle una solución. Dame eso, Louis.

Fleur sabía que era una posibilidad que eso sucediese. Con todo, no puede evitar dar un respingo cuando su hijo opta por la única vía de escape posible: desaparecerse.

Se muerde el labio, tratando de contener las lágrimas. Su hijo se está matando y ella no puede hacer nada.


James observa a su padre alejarse.

Genial, piensa con ironía. Ya sí que no tienen ninguna pista sobre el paradero de Elijah.

Porque su padre ha estado investigando dónde estuvo John Anderson hace dos días, cuando desapareció su novio. Y el padre de Elijah pasó toda la jornada en Hogsmeade, comprando cosas aquí y allá; los vecinos de la aldea lo han atestiguado. Y es imposible echar un confundus a todos los habitantes de un pueblo.

El tío Ron, por su parte, ha averiguado el recorrido de Elijah después de que saliera de la tienda de Thomas; al parecer, iba camino de su casa y entró en un callejón, probablemente para desaparecerse. Y ahí se termina su rastro.

James no sabe qué pensar. Por un lado, las pruebas testimoniales no dejan lugar a dudas: John Anderson no pudo tocar a Elijah, ya que estaba comprando en Hogsmeade. Pero por el otro… James no se fía ni un pelo de ese hombre. No le da buena espina, lo mire por donde lo mire. Además, después de lo que le ha contado Elijah, no le extrañaría que hubiera ideado alguna argucia para engañar a los aurores…

James suspira. Entonces recuerda que ha dejado a Louis en su casa. Cierra los ojos con rabia, preguntándose si, después de todo lo que le ha dicho, su primo habrá tenido agallas suficientes como para pincharse.

Tiene que comprobarlo. No puede hacer nada por Elijah, pero Louis tiene que salir de esa espiral de autodestrucción en la que la muerte de Noah lo ha metido y de la que no podrá escapar hasta que no acepte que no logrará nada intentándolo él sólo.

De modo que se aparece de vuelta a su piso.

Está completamente vacío. James lo recorre de arriba abajo, preguntándose dónde se habrá metido Louis. Tras unos minutos paseándose por su casa, algo hace ruido al pisarlo. El joven levanta el pie con cautela.

Juro que si no se mata él solo acabaré haciéndolo yo.

En el suelo está la bolsa que ha intentado arrebatar antes a su primo, todavía con restos de droga en ella.

James maldice en voz baja, insultando mentalmente a su primo con todas las palabras hirientes que se le ocurren, y a la vez sintiéndose culpable, porque él debería haberlo evitado de alguna manera; ha hablado con él, le ha echado broncas y lo ha amenazado, pero ha estado demasiado poco pendiente de Louis en beneficio de Elijah. Porque le resultaba más fácil ignorar que no todo era tan perfecto, y porque a él también le duele recordar que Noah ya no está, algo que su primo logra sólo con mirarlo con sus ojos vacíos.

Se pregunta dónde habrá ido. Se le ocurre, infantilmente, que puede que esté en casa de sus padres. No cree, sin embargo, que sea una opción muy viable, ya que los ha estado evitando, a Bill, a Fleur y a sus dos hermanas, desde que comenzó con esa locura que lo mata sin que se quiera dar cuenta. Sin embargo, su otra opción es rastrear toda Gran Bretaña en busca del lugar donde Louis consigue la droga, y está seguro de que acabaría quemando más de un sitio.

Así que, finalmente, James se desaparece hacia El Refugio.

Observa la silueta de la casa en la que ha pasado tantas tardes con su primo haciendo trastadas de todo tipo. Se pregunta si, bajo tanta porquería que se ha metido y que sigue empecinado en meterse, queda algo del niño que escondía sapos entre las pertenencias de Noah para asustarla y hacerle rabiar. Espera que sí.

Sin embargo, encuentra la casa de su tío Bill literalmente hecha un manicomio. Él, la tía Fleur, Vic y Minnie hablan a la vez, a grito limpio, sin escucharse unos a otros. La tía Fleur parece estar a punto de llorar, y en el hermoso rostro de Victoire ya son visibles numerosas lágrimas.

Todos, sin embargo, se giran hacia él cuando entra.

-Hola-los saluda-. Louis no está aquí, ¿verdad?

Dominique entorna los ojos de una forma que hace que James se palpe el bolsillo de los vaqueros para asegurarse de que tiene su varita con él, sólo por si acaso. Su prima siempre le ha dado un poco de miedo.

-Mi hermano se droga-sisea entre dientes.

James aparta la vista. Se pregunta cómo lo habrán averiguado. Por algún extraño motivo, descarta inmediatamente la opción de que Louis lo haya confesado por voluntad propia. Se muerde el labio, preocupado, preguntándose qué se supone que debe decir.

-Ya-admite tras unos segundos.

Mala idea.

Pese a que las reacciones de sus tíos y primas son dignas de una detallada descripción (Vic suelta un grito ahogado y se coge la cara con las manos, asemejándose a un cuadro muggle que James vio en una ocasión en un libro de Rose; al tío Bill se le tensan las horribles cicatrices que desfiguran su rostro al componer una expresión de sorpresa extrema; Dominique retrocede un paso; y la tía Fleur se tapa la boca con las manos soltando algo que suena algo así como "Oh, mon Dieu"), James no se percata de ello, porque apenas unos segundos después Minnie, la primera en reaccionar, entorna los ojos de esa forma que él teme tanto, se acerca y, sin comerlo ni beberlo, ni mucho menos avisarlo, le da un puñetazo en la cara.

James retrocede varios pasos, sabiendo ya de sobra que tiene la nariz partida y notando la sangre bajar por su rostro. Todavía demasiado estupefacto para hablar, aunque sea para quejarse (porque duele bastante), se percata de que el tío Bill se levanta para sujetar a Dominique, por si su prima tiene intención de arrearle otro puñetazo.

-Minnie…

-¡No, papá! ¡Suéltame!-ordena ella, furiosa-. ¡Te mereces que te estrelle con las rocas del acantilado!-exclama, logrando liberarse de la presa de su padre. Sin embargo, no vuelve a pegar a James, sino que lo mira con odio-. ¡Lo sabías, James! ¡No lo niegues! ¡Sabías que Louis estaba haciéndose daño! ¡Lo sabías desde hace tiempo! ¡Y no te has dignado a decir nada, grandísimo imbécil! ¿Se puede saber por qué te lo has callado? ¿Eh?

James se muerde el labio manchado de sangre. La nariz le duele mil veces menos que las palabras de su prima, porque sabe que Dominique tiene razón.

-Creía que lo estaba dejando-se excusa, pese a que sabe que absolutamente nada puede justificar su comportamiento en las últimas semanas-. Creía que… que lo llevaba mejor. Además, llevaba una semana sin pincharse, y sé que es verdad y no mentía porque estaba de muy mal humor…-James baja la vista-. Lo siento.

Su tío Bill saca su varita del bolsillo. Por un momento, James cree (y no le parecería muy fuera de lugar) que va a maldecirlo, pero en su lugar apunta a su maltrecha nariz:

-¡Episkeyo!-el dolor cesa rápidamente. La tía Fleur le da un pañuelo a James para que se limpie la sangre-. Bueno, peleándonos o pidiendo perdón no solucionamos nada-decreta. Mira a su hija mediana con severidad-. Minnie…

Ella suspira.

-Lo siento, James-se disculpa con mansedumbre-. Pero eres gilipollas-le suelta sin poder evitarlo.

-¡La boca!-la riñe Fleur-. Bueno, tenemos que encontgag a Louis. James, ¿vas a ayudagnos? Así segá más fácil buscag.

-Sí-responde James.

-Vale. Vic-Victoire se muerde las uñas, nerviosa, cuando su madre se dirige a ella (algo insólito, pues ese comportamiento es muy vulgar para la señorita Vicky)-. Ve a casa de los abuelos. Minnie-la pelirroja deja durante unos segundos la tarea de fulminar a James con la mirada-, tú conoces muchos sitios que Louis fgecuenta. James, busca en el callejón Diagon, sobge todo en la tienda de Geogge. Bill, tú y yo pgobaguemos en el cementeguio y luego, si no lo encontgamos, pediguemos ayuda a Hagy y Gon, ¿os paguece bien? ¿Alguna pgegunta?

James niega con la cabeza, con el resto de la familia, y sale de la casa para desaparecerse. Cuando va por el vestíbulo, sin embargo, escucha pasos tras él, y descubre a Dominique con una expresión fiera en el rostro.

-¿Vas a partirme la cara otra vez?-le pregunta. Sin ningún tipo de ironía o sarcasmo. No le molestaría en absoluto, se merece eso y más por haber permitido que Louis haya llegado a este punto.

-No-responde Minnie-. Pero que sepas que si a Louis le pasa algo, te matamos.

Habla con tanta seriedad que James retrocede un paso. No hay ningún atisbo de broma en sus ojos castaños.

-¿Matamos?-repite, sin embargo, algo descolocado por el plural.

-Moi aussi-declara Victoire, asomando por el pasillo. En ese momento, su belleza resulta temible.


Tiene miedo.

Mucho, mucho miedo.

Louis no sabe qué hacer. Está aterrorizado por lo que ha pasado. Su madre lo ha descubierto. Lo sabe todo. Lo ha visto.

Se siente como un niño pequeño, escondiéndose de sus padres para evitar la riña. Con la diferencia de que él no teme que le echen una bronca. Lo que él teme es que lo que ha hecho no es romper una figurita de porcelana de mamá, que se arregla con un movimiento de varita y unas palabras rimbombantes, ni echar pimienta en la ropa para hacer estornudar a quien se la ponga. No, lo que él ha hecho es mucho más grave. Y no puede remediarlo, nadie puede. Por mucho que insistan. Y les va a hacer daño; de hecho, ya ha herido a su madre sólo al revelarle de esa forma tan estúpida la verdad que lo mata lentamente.

Se enjuga las lágrimas y observa la jeringuilla que todavía tiene en las manos temblorosas.

Por unos segundos, la idea de clavársela en el brazo y apretar el émbolo amenaza con apoderarse de él. Recuerda la expresión amenazante de James y el rostro preocupado de su madre, y hace lo único que tiene sentido.

La lanza con fuerza todo lo lejos que puede. Observa cómo se rompe al chocar contra la raíz de un árbol cercano, y cómo el líquido se derrama en el suelo, filtrándose entre la tierra.

Entonces, tan repentinamente que casi se asusta, acude a su mente una de las últimas cosas que le dijo Noah, la última orden que le dio:

"Prométeme que estarás bien"

No está bien, ni por asomo. Necesitar una dosis diaria de heroína, que cada vez es mayor y logra menos placer y más desesperación, no es estar bien. Louis está de todo menos bien. No está cumpliendo su promesa.

Suelta un sollozo ronco. Porque lo que está haciendo supone una traición al último deseo de Noah, algo aún peor que haber besado a Julia Jordan la otra noche. Se está matando. Está despreciando la vida que Noah nunca podrá disfrutar. Y lo peor de todo es que no puede hacer nada para arreglarlo él solo, y no puede pedir ayuda a nadie porque no servirá y porque les hará sufrir. Bastante tenía con que lo supiera James. Que su madre lo haya descubierto es demasiado.

Por eso se ha escondido en el bosque de Dean. En el fondo, alberga la esperanza de que Julia pase por ahí y le dé palabras de consuelo, que lo ayude igual que lo ayudó hace unos días, cuando le salvó la vida que él puso en peligro por su estupidez. Aunque no cree que eso pase. Él se ha encargado de que la muchacha lo odie, hablándole como le ha hablado, diciendo cosas que no podrían ser más opuestas a lo que realmente desea.

Justo cuando está rememorando los días que pasó en el hospital por sobredosis, escucha un grito.


Elijah jura que asesinará a su padre en cuanto salga de ahí.

Hijo de puta, piensa una y otra vez.

Grita por si alguien lo oye, y da puñetazos a la puerta de madera, intentando sin éxito echarla abajo. El muy cabrón la ha reforzado mediante magia.

Lleva dos días ahí encerrado. Y "ahí" está situado en mitad de un lugar cuyo nombre Elijah desconoce, pero espera con todo su corazón que no sea Santa Elena, como le dijo John Anderson la noche anterior a secuestrarlo. Sólo sabe que debe de estar en el campo, porque a través de las paredes se filtra el canto de las golondrinas. Y nada más, porque no ha visto la luz del sol en todo ese tiempo, sólo un foco potente que ilumina la estancia. No hay ventanas. Ni comida. El ex Slytherin está empezando a plantearse seriamente la posibilidad de empezar a mordisquear la pared.

Lo peor de todo, como piensa cuando su sentido del humor regresa, es que llegará tarde a su cita con James, lo que sentará un precedente al que su novio puede aferrarse. Suspira, y piensa que, al menos (y por muchas discusiones que tengan sobre el tema), él sigue siendo el que mejor vuela de los dos.

Su padre le ha explicado a través de la puerta que, para no atraer la atención de los aurores inmediatamente, pidió a un antiguo amigo suyo que se hiciera pasar por él en Hogsmeade. Por mucho que lo odie, Elijah tiene que admitir que la astucia que le ha permitido estar en Slytherin proviene en gran parte del hombre que lo tiene retenido.

Los planes reservados para él son un misterio para el joven. Supone que su padre no quiere matarlo; si así fuera, sólo tendría que haber hecho un hechizo de dos palabras y terminar lo que no logró acabar hace once años.

Es en ese momento cuando oye pasos en el exterior.

-¿Me vas a sacar de paseo?-pregunta con ironía a su padre.

Sin embargo, su interlocutor tarda unos segundos en responder:

-¿Anderson?

-¿Weasley?-pregunta Elijah, extrañado-. ¿Qué tienes tú que ver en todo esto?

-¿Y tú por qué estás aquí encerrado?

Entonces Elijah comprende que probablemente Louis sólo pasaba por ahí… dondequiera que quede eso. Por primera vez en su vida, se alegra de tener cerca al primo de su novio.

-¿Puedes sacarme de aquí?-pregunta con cautela.

-Apártate de la puerta-le recomienda Louis. Elijah obedece, y unos segundos más tarde la puerta yace hecha añicos en el suelo.

Elijah se asoma por la puerta.

Su suposición del campo no estaba del todo desencaminada. Está en un bosque, lleno de castaños, ambientado por el canto de las golondrinas. Sin embargo, se fija más en Louis Weasley.

Está peor que la última vez que lo vio, hace unos meses, cuando fue a visitarlo a San Mungo por cortesía (y porque James lo obligó). Está demasiado delgado para estar sano, y sus ojos brillan con una expresión ausente. Eso sí, es obvio que ha llorado; los surcos de las lágrimas en sus mejillas son lo único que confiere algo de color a su rostro demacrado.

-Gracias-dice Elijah tras unos segundos.

Louis gruñe.

-No lo he hecho por ti-le asegura; Elijah sabe que es verdad. Probablemente lo hubiera dejado ahí encerrado de no saber que es importante para James. El joven se muerde el labio-. ¿Quién te…?

-Mi padre-responde Elijah-. El mismo del que te habló James la otra noche.

Por la expresión del rubio, el joven supone que tanto él como James creyeron que estaba dormido cuando su novio le habló de John Anderson.

Louis coge una piedra del suelo.

-Portus-murmura. Luego se la tiende-. Te llevará a tu casa.

Elijah toma la piedra, del tamaño de una snitch, y la hace girar entre sus dedos.

-Gracias-repite, pese a saber que lo que más desea Louis es perderlo de vista, y que el único motivo de que no le haya echado ya un maleficio es James-. ¿Dónde vas tú?

-No te importa-replica Louis-. Pero no les digas que yo…-no termina la frase-. Y que sepas que sigo sin tragarte-agrega, para que quede claro.

Elijah asiente. En ese momento, la piedra se ilumina con un brillo azulado, y Louis y el bosque desaparecen en un remolino de color.

Las piernas le fallan cuando aterriza en el vestíbulo de su casa. Cuando escucha unos pasos acercarse por el pasillo, comprende que su llegada no ha pasado desapercibida. Segundos después, Thomas aparece por la esquina. Sonríe de oreja a oreja al ver que es él, y le tiende la mano para ayudarlo a levantarse.

-Gracias-Elijah empieza a tener la sensación de que es lo único que va a decir en un tiempo. Thomas lo abraza con fuerza.

-Tu madre está muy preocupada-asegura en voz baja-. Vamos a darle una sorpresa; está hablando con tu padre y…

-¿Qué? ¿Mi padre? ¿Cómo que está aquí?

Thomas parpadea.

-Cuando se ha enterado de que has desaparecido, se ha ofrecido a ayudar. Lo cierto es que al principio no me caía bien, pero ahora no sé qué… ¡Elijah!

El joven no le hace caso. Camina a grandes zancadas hacia el salón, donde supone que estará su madre, con un brillo de odio en la mirada. No puede creer que, encima de haber maltratado e intentado matar a su esposa y secuestrado a su propio hijo, su padre pretenda dárselas de héroe, cuando lo que es no puede estar más lejos de lo que quiere hacer creer a su madre.

Irrumpe violentamente en el salón, todavía con la piedra que lo ha llevado a su casa en la mano. Descubre a sus padres hablando con el de James, cada uno en un sofá distinto; siente una irresistible tentación de tirar la piedra a la cara de su padre, que logra reprimir con mucho esfuerzo. Los tres lo miran cuando lo oyen entrar.

-¡Elijah!-exclama su madre, sorprendida y feliz, levantándose a abrazarlo. Elijah se acerca a ella en dos zancadas y le devuelve el abrazo, perdiendo de vista al monstruo que es su padre durante unos segundos.

Y eso es su perdición. Lo siguiente de lo que tiene constancia es que un hechizo lo golpea en la parte baja de la espalda. Abre los ojos, más sorprendido que asustado, mientras un dolor agudo se extiende desde el lugar del impacto hacia el resto de su cuerpo, haciendo que sus piernas dejen de sostenerlo y pierda el equilibrio.

Su madre se hace borrosa, y unas manos lo cogen y lo dejan en el sofá mientras los sonidos le llegan curiosamente amortiguados, como si estuviese buceando y alguien hiciese ruido fuera del agua. Por el rabillo del ojo, Elijah percibe movimientos rápidos, que se le antojan extraños y antinaturales, pero el dolor y su visión defectuosa le impiden percatarse de que John Anderson y Harry Potter se están batiendo en duelo en el salón de su casa. Asustado por no poder percibir correctamente el mundo, parpadea para intentar enfocar bien a su madre, apretando la mandíbula cuando el dolor se hace más intenso.

-Mamá-logra decir con esfuerzo. Emilia le acaricia el pelo, asustada, mientras un nuevo rostro aparece en su campo de visión durante unos segundos y luego se va a otra parte. Elijah logra identificar a Thomas unos instantes después de que haya salido de su vista-. Mamá-repite en voz baja, como si fuera una plegaria.

-Thomas ha ido a San Mungo a por sanadores, Elijah-le informa su madre, apartándole el flequillo de la frente. El joven se percata de que ha tomado su mano y le acaricia el dorso con suavidad. Le parece oír algo que se rompe; y debe de haber sido un sonido real, porque su madre aparta la vista de él durante unos instantes antes de volver a mirarlo con preocupación. A Elijah se le cierran los ojos sin que él pueda hacer nada para evitarlo-. No, no te duermas, mi vida-le ordena su madre, acariciándole la mejilla-. Sigue despierto un poco más.

El tono de su voz hace que Elijah recuerde aquel día de hace muchos años, cuando era más pequeño y estaba aprendiendo a volar con su escoba de juguete. Su madre estaba en una de verdad y volaba a su lado, animándolo a coger altura. "Sube un poco más, Elijah", le decía.

Elijah intenta subir, intenta volar más alto, pero no puede. Está haciendo lo contrario, está cayendo, hundiéndose más y más en el sofá, viendo cada vez más desdibujado el rostro de su madre.

Hasta que ya no puede seguir intentando subir. Entonces lo asalta el pensamiento irónico de que, después de todo, James tiene razón y vuela mejor que él. Se pregunta cómo se tomará su novio la victoria.

Elijah cierra los ojos.


Notas de la autora: Rescribí varias veces la reacción de Fleur, porque ninguna terminaba de convencerme. Después de muchos intentos, ésta es, de las que he escrito, la que menos mala me parece.