El bacalao era del agrado de Druk, viendo cómo el dragoncito se abalanzó sobre el plato y lo vació en pocos segundos. Levantó sus ojos dorados hacia Zuko, cómo para pedirle más, y el Señor del Fuego suspiró. ¿Cómo esconder a ese animalucho tan voraz? Los cocineros se preguntarían seguramente por qué el jefe de la Nación del Fuego se había puesto de repente a comer pescado medio crudo en grandes cantidades. No había más remedio: Zuko tendría que presentar a Druk a la Corte muy pronto. Pero primero, tendría que acostumbrarles a la idea que seguían dragones vivos, y que quedaba prohibido cazarles o capturarles para vender sus huevos.
Mientras enviaba a Gi a pedir más pescado, Zuko mandó a Jung-Hee anunciar a su familia que no desayunaría con ellos esta mañana. Así ganaba un poco más de tiempo para decidir lo que iba a hacer con el bebé dragón.
- La halconería real quedó vacía desde que vendiste a todos los pájaros del palacio. Nadie entra en el edificio hoy en días. Quizás podrías esconder a Druk allá – sugirió Suki, acariciando a la cabezita de la cría.
- No es mala idea – reflexionó Zuko.
- ¿Queréis encerrar a Druk en una jaula apenas pocas horas después de su nacimiento? – comentó Hipo con desaprobación.
- Es para protegerlo – contestó Zuko. Si un sirviente se lo encuentra mientras limpia mi cuarto, ¿te imaginas las consecuencias? No, primero tengo que cambiar la ley acerca de la caza de dragones, y después presentaré oficialmente Druk a la Corte. Pero de momento, tiene que quedar escondido.
A pesar de que a Hipo no le gustaba para nada la idea, aceptó ayudar a Suki y Zuko a trasportar a Druk en la halconería de manera discreta. Zuko disimuló al dragoncito por debajo de su amplio manto oficial, caminando muy despacio y con las piernas muy apartadas, mientras Suki se aseguraba que no había nadie a la vista. Hipo se llevó consigo a las sábanas del Señor del Fuego, para que por lo menos Druk tenga a algo con el olor de su madre adoptiva.
La halconería era el escondite ideal: al interior de la torre, una amplia jaula de hierro llenaba casi todo el espacio, del suelo al techo, con una gran cantidad de percheros en su interior. Así, el dragoncito tendría todo el espacio necesario para voletear – eso es, cuando sería capaz de hacerlo. El suelo de la jaula estaba cubierto con serrín, e Hipo dejó caer a las sábanas en un rincón, mientras Zuko abría su manto y dejaba salir a Druk. El dragoncito empezó enseguida a explorar ese nuevo lugar, olfateando a todo lo que se encontraba. Zuko lo miró con algo de compasión, sintiéndose culpable de privar al animalito de su libertad, pero era la única manera de protegerlo de momento. ¡Druk era tan cariñoso con todo el mundo! Si se encontrara con alguien desconocido, seguramente se acercaría para pedir caricias en vez de recelar de la persona. Resultaría tremendamente fácil matarle. Recordó las palabras de Hipo, cuando hablaban de Ran y Shaw: "Para conservar la vida, perdieron su libertad". Era irónico cómo la historia se repetía. Pero esta vez, Zuko se prometía a sí mismo que cambiaría la ley tan pronto cómo podía, y que el dragoncito recobraría la libertad antes de décadas.
Viendo a Druk acurrucarse en las sábanas y empezar a dormirse, Zuko sonrió con ternura antes de darse la vuelta con rostro sombrío.
- Vamos. Se está durmiendo: no se dará cuenta que lo dejamos solo – ordenó.
Se sentía realmente cruel por hacerle eso al dragoncito, pero no podía enternecerse ahora. Salió de la halconería a grandes zancadas, seguido por Hipo y Suki, cuyos rostros exprimían la desolación.
- Será sólo temporario – repitió Zuko, para persuadirse a sí mismo también. Tan pronto cómo haya cambiado la ley, liberaré a Druk.
Hipo no parecía muy convencido, mientras Suki asentía con tristeza. Zuko no les dejó tiempo de contestar, y continuó, después de echar una mirada al reloj solar que tenía a pocos metros:
- Mi entrenamiento empezará pronto, sólo tengo tiempo a cambiarme de ropa. Pueden quedarse a mirar si quieren.
Con eso, Zuko se alejó a toda prisa, deseoso de escapar a esas miradas que lo culpabilizaban todavía más. Pero todavía consiguió escuchar a Hipo, preguntando a Suki:
- ¿Entrenamiento? ¿No me dijiste que se entrenaba con Piandao una vez por semana?
- Así es. Pero los otros días, tiene entrenamiento de Fuego Control – contestó la guerrera kyoshi. Es bastante impresionante, si te interesa.
- ¡No me digas! ¡Eso no me lo pierdo! – exclamó Hipo con entusiasmo.
Zuko esbozó una pequeña sonrisa, antes de adentrarse de nuevo en el palacio.
~~~más tarde~~~
- ¡Venga, Señor Zuko! ¡Es capaz de mucho más que eso! – ladró Sifu Zhang-Chen por la enésima vez.
Zhang-Chen era un veterano del ejército, y un viejo amigo de tío Iroh. A la diferencia del viejo general, todo en Zhang-Chen era diminuto: era bajito, flaco, y tenía una cara puntiaguda y curtida por los años de campaña. Uno no debía de dejarse engañar por ese aspecto, porque el veterano era un temible Maestro del Fuego. Zuko sabía que era exigente, pero justo. Sin embargo, seguía sin entender lo que hacía mal, y sentía crecer su frustración.
- ¿Qué es lo que quiere de mí? ¡Si esa forma la hago perfectamente! ¿Cómo podría hacerla mejor?
- Sí, la forma la hace perfectamente – asintió Zhang-Chen. Pero los dos sabemos que usted es capaz de producir mucho más llamas que lo que está haciendo actualmente. ¡Venga! ¡Quiero ver lo que es capaz de hacer cuando lo da todo! ¡Quiero ver su potencia máxima!
Zuko, con la frente empapada en sudor, repitió la forma otra vez, y se sintió fastidiado al ver la expresión decepcionada del maestro. ¡Qué no era su culpa, joder! ¡Él no tenía la potencia devastadora de su padre o de su hermana, y nunca la tendría! ¡Si el Sifu no se conformaba con eso, pues que se joda!
Iba a abrir la boca para decírselo, pero enmudeció de repente cuando vio una columna de llamas y huma elevarse en el cielo, en la dirección de… la halconería. Justo en ese momento, unos sirvientes se acercaron corriendo para anunciarle la terrible noticia:
- ¡Mi Señor! ¡La halconería está ardiendo!
- ¡Mierda! – soltó Zuko, empezando a correr hacia el incendio.
No tuvo que mirar para saber que Hipo, Suki y Zhang-Chen le habían seguido. Cuando estuvieron más cerca, pudieron darse cuenta de que varios Maestros del Fuego estaban ya presentes, intentando calmar las llamas e impedir que se extiendan a los otros edificios. Uno de entre ellos avisó a Zuko, y se acercó deprisa a él.
- ¡Hay un dragón dentro, mi Señor! No sé cómo ocurrió, pero unos hombres ya entraron para acabar con él. No debería acercarse tanto, podría ser peligroso.
- Sé perfectamente que hay un dragón dentro – masculló Zuko, iracundo. ¡Déjeme pasar, antes de que esos imbéciles se lo cargan!
Zuko empujó al soldado para apartarle de su camino, y se adentró en el edificio, usando su Fuego Control para protegerse del fuego. En el interior, Druk estaba rodeado de una decena de individuos que le estaban apuntando con llamas, lanzas y bastones. El pobre dragoncito estaba claramente preso de pánico, y soltaba maullidos patéticos, dando vueltas sobre él mismo para escapar de los golpes (sin mucho éxito).
- ¡Maten a esa bestia de una vez! – ordenó Wang, el mayordomo del palacio, que dirigía las operaciones desde una distancia prudente.
- ¡NO! – gritó Zuko. ¡Paren eso de inmediato! ¡Nadie más atacará a ese dragón, o se las verá conmigo!
Druk levantó la cabeza después de escuchar a la voz de Zuko, y con un "ruuuuu" quejumbroso, se arrastró hacia el Señor del Fuego, tratando de esconderse detrás de sus piernas. La escena era muy lamentable, y Zuko sintió otra vez cómo la culpabilidad le consumía, por haber dejado al dragoncito solo frente a esos monstruos.
- ¡Mi Señor! – protestó Wang. ¡Esa bestia le prendió fuego a vuestra halconería, e hirió a varios de sus hombres! ¿No va a defenderla ahora?
- ¡Claro que voy a defenderla! ¿No ve que ese dragón es tan sólo una cría? Se despertó en un lugar desconocido, solo, y entró en pánica. ¡Ni siquiera sabe controlar a sus llamas todavía! ¡Seguro que no quiso herir a nadie!
- ¿Cómo puede usted estar seguro de lo que dice?
- Porque lo conozco, y Druk no haría daño ni a una mosca-libélula – declaró firmemente Zuko.
Esas palabras fueron acogidas por un silencio ensordecedor, tan solo interrumpido por el crepitar de las llamas. Zhang-Chen, que también había seguido a Zuko dentro del edificio, protegiendo a Hipo y a Suki del fuego, fue el primero en retomar la palabra.
- ¿Acaso piensa seguir los pasos de sus gloriosos antepasados, y domesticar a ese dragón para convertirlo en su fiel compañero?
Zuko se sintió nervioso de repente, frente a esa mirada tan inquisidora. Pero una mirada al pequeño dragón, que estaba temblando detrás de sus piernas, bastó para que se sintiera seguro de su decisión. Por eso, levantó la cabeza con orgullo y contestó:
- Sí. Eso es exactamente lo que pienso hacer.
- ¡Mi Señor! – protestó otra vez Wang. ¡Sólo los Maestros del Fuego los más expertos consiguieron domesticar a dragones en el pasado! ¿Qué ocurrirá si usted no consigue controlarle? ¡Ya ha visto lo que es capaz de hacer siendo una cría, imagínese lo peligroso que se convertirá cuando sea mayor! ¡Es demasiado arriesgado! ¡Lo más fácil sería matarlo ahora que podemos!
- He dicho que nadie atacaría a ese dragón, señor Wang – repitió Zuko con tono gélido. Es más, de ahora en adelante queda prohibida la caza de dragones, y el contrabando de sus huevos. Quiero – no, exijo – que esa nueva ley sea proclamada en cada rincón de la Nación del Fuego, y que las medidas necesarias a su aplicación sean adoptadas de inmediato.
Otro silencio lleno de consternación siguió ese anuncio.
- ¿Usted quiere decir… que hay otros dragones vivos, aparte de ese? – preguntó el señor Wang con lentitud.
- Sí. Pero os prohíbo hablar de eso a otra gente. No quiero que los busquen y los cacen. Que os baste saber que están en un lugar seguro, donde nadie irá a matarles o a robar sus huevos.
- Esto… ¡Esto es una revelación sin precedente! – exclamó otro hombre.
- Ya lo sé. Pero eso exijo de ustedes el secreto el más absoluto, ¿entendido? Y ahora, ¡chitón! – ordenó Zuko.
Efectivamente, los Maestros del Fuego que se habían quedado al exterior del edificio habían conseguido apagar las últimas llamas, y ya estaban adentrándose en los restos calcinados de la halconería. Muchos se pararon en seco cuando avisaron a Druk, y se quedaron con la boca abierta y los ojos redondos. Zuko suspiró, y se agachó para tomar a Druk en brazos. El dragoncito escondió enseguida su cabeza por debajo de su túnica, y se puso a ronronear – Zuko no podía cualificar a ese ruido de otra manera.
- Os lo diré una vez por todas – declaró con voz potente, cuando todo el mundo estuvo reunido alrededor de él. Ése es Druk, y es mi dragón. El primero que le haga daño sufrirá por mi mano de la misma cosa que le habrá infligido a él. ¿Os queda bien claro?
Nadie se atrevió a hablar, y algunos asintieron con rostro temeroso. Estimándose satisfecho, Zuko se alejó con Druk, acariciando al lomo del animalito, que cesó poco a poco de temblar. Zhang-Chen, Suki e Hipo le siguieron, regresando al campo de entrenamiento en silencio. Seguramente se daban cuenta de la furia que Zuko sentía, y no se atrevían tampoco a abrir la boca. Pero Zuko no estaba furioso con ellos, ni con la gente que había atacado a Druk (aunque sí, un poco) – estaba furioso consigo mismo, por haber sido tan estúpido como para dejar al bebé dragón solo e indefenso. De repente, oyó al Sifu Zhang-Chen carraspear a sus espaldas, y se dio la vuelta de golpe.
- ¿Qué? ¿Usted también piensa que no soy capaz de domar a un dragón? – exclamó, frustrado.
- Nunca dije eso – contestó Zhang-Chen con calma.
- Entonces, ¿qué quiere decirme?
- El señor Wang no estaba equivocado en decir que se necesita ser un Maestro del Fuego muy talentoso para conseguir domar un dragón. Y pienso sinceramente que usted tiene el potencial para hacerlo. Pero no estoy seguro de que usted lo crea.
- ¿Qué? – hizo Zuko sin entender.
- Su Fuego Control es, por decirlo sin rodeos, inestable. Cuando se encuentra en una situación de vida o de muerte, o siempre que actúa bajo adrenalina, es capaz de demostrar una potencia comparable a la de su padre o de su hermana. Pero el resto del tiempo, su nivel, aunque bastante bueno, no tiene nada de excepcional. Como si usted mismo estuviera convencido de que no puede hacer más, o que la idea de liberar a su plena potencia le diese miedo. Con todo el respeto que os debo, mi Señor, creo que desconoce a sus propios límites. Y eso puede resultar peligroso. Si nunca se atreve a utilizar toda su potencia, y sólo lo hace cuando no tiene otro remedio, ¿cómo puede usted aprender a controlarla? Usted es como una bomba a punto de estallar. Deje de subestimar a sus propias capacidades, y aprenda a conocer mejor a su proprio Fuego Control – y entonces, sí, podrá domar a su dragón.
Zuko se quedó de piedra frente a tal discurso, y Zhang-Chen aprovechó de la oportunidad para acercar su mano al dragoncito, quien la olfateó con curiosidad, antes de lamerla y de frotar su cabeza contra ella, juguetón. Una leve sonrisa estiró durante un breve momento al rostro severo del Sifu, pero éste retiró su mano enseguida y recobró la compostura.
- Aunque ese animalucho también tiene problemas a controlar su potencia, por lo visto. Quizás los dos tengan cosas que aprender el uno del otro. Podría entrenaros juntos, de ahora en adelante.
- Y-yo… ¿Haría eso? ¡Eso sería genial! – exclamó Zuko, con ojos como platos, antes de sonrojarse. Erm, quiero decir, gracias, Sifu. Le agradezco muchísimo la propuesta.
Juró ver a otra sonrisita iluminar el rostro de Zhang-Chen, mientras éste juntaba las manos para saludarle, y le daba la espalda para irse.
