Debe hacer eones que no actualizo por aquí. La verdad es que últimamente he paerticipado en todos los retos de drabbles30min, y he decidido que voy a subirlos. Son sólo cuatro, contando este, así que tampoco es una barbaridad. Aunque solo sea para tenerlos todos recogidos en algún sitio, jejeje.
Éste forma arte de esa nueva obsesión mía que se llama Neville/Hannah, que me lleva a hacer relatos de ellos bajo cualquier premisa. Espero que os guste :D
Chillidos de mandrágora
Apasionante. Totalmente apasionante. La clase de Historia de la Magia era lo peor que había visto Hogwarts en mucho tiempo. Quizás eso era mucho decir, pero...quizás sí que era lo más aburrido.
Salir de aquel aula donde no había aire, sino bostezos fue todo un alivio para la mayoría de los estudiantes. Se dirigían al Invernadero, donde la profesora Sprout les esperaba con una sorpresa. Harry y Ron se colocaron al lado derecho de la mesa, junto a algunos alumnos más. Era su segundo año en Hogwarts, y ya se iban a enfrentar al horrible chillido de las mandrágoras. Así se lo presento su profesora, y así entraron ellos a aquella sala.
Olía a tierra mojada y a hierba recién segada, a humedad, y pociones varias que Sprout utilizaba como fertilizantes de plantas. Hannah había entrado tantas veces allí que juraba poder dibujar un croquis exacto de la situación de cada maceta. Habían pasado al menos diez años desde que abandonara Hogwarts, el colegio, y el Invernadero. Muchos más, en realidad. Su cabello ya no era tan rubio como antes, ya no estaba recogido en sus coletas, y había perdido su brillo. Su piel aparecía levemente arrugada, y en sus ojos se podía ver un cansancio y un desgaste que evidenciaba los años que había vivido.
Siempre le gustó aquel Invernadero, desde aquel primer día que se encontró con un niño regordete y patosillo transplantando una mandrágora. Mientras paseaba lentamente por el lugar, recordó como si fuera aquel mismo momento, el instante en el que la planta empezó a chillar, cosa muy normal, como la profesora les había dicho. Neville se había desmayado, y poco después, ella caía redonda al suelo. No se había acordado de colocarse bien las orejeras, o eso habían dicho. Los dos fueron llevados a la enfermería.
El chillido de las mandrágoras dio pie a muchas cosas. Principalmente a burlas y mofas por parte de la mayoría de los alumnos, pero siempre eran para Neville, pocas veces para ella. Se paró frente a una de las ventanas, dejando que el sol le diera en la cara, sintiéndose reconfortada por su calor. Su hija cursaba ya su último curso, y no tendría más ocasiones de transplantar mandrágoras, ni de visitar aquel hermoso lugar que tantos recuerdos traía a Hannah.
Pasados los años, uno se da cuenta de lo que tuvo, y de lo que pudo haber tenido. Ella piensa, y reflexiona, y llega a la conclusión de que no pudo haber tenido más. No pudo haber sido más feliz, ni más triste. Eran elementos contrapuestos, pero no por ello innecesarios. El dolor le había enseñado a valorar aún más la felicidad. Por eso, cuando después de la Batalla de Ministerios se hablaba de Neville y ella andaba cerca, disimulaba sus emociones, pero era consciente de albergar en sí una dicha inmensa.
En séptimo curso las cosas fueron a peor. Los mortífagos se habían hecho con el control del Colegio, y los abusos de autoridad eran constantes y continuos. Varias veces fueron obligados a torturar a sus compañeros sin motivo justificado, y varias veces ellos se negaron. Neville era de aquellos alumnos que más sufrían la ira de los falsos profesores y, al acabar el día, su rostro estaba lleno de magulladuras. Cuando aquella mañana, Alecto Carrow le obligó a probar con Hannah Abbott la maldición Cruciatus, y se negó, el muchacho acabó en la enfermería. Pero no estaba sólo, Hannah se había desmayado allí mismo, y estaba en la cama contigua a la suya.
El sol empezaba a desaparecer en el horizonte, y Hannah comenzó a sentir frío. Un hombre de aspecto algo canoso entró en el Invernadero, se acercó hasta ella y la miró a los ojos.
- ¿En qué pensabas? No intentes engañarme, sabes que no funcionaría.
Hannah sonrió, y abrazó a su marido, mientras comenzaban a caminar hacia el Gran Comedor de Hogwarts donde tendría lugar la ceremonia de fin de curso. Su hija acababa una etapa de la vida, y ellos querían estar allí para verla feliz.
- Pensaba en nosotros, Nev, y en cómo nos conocimos. Y en nuestra hija, y en el futuro. – le dijo mientras le daba un beso en la mejilla, pensando en realidad, que su marido no sabría nunca la verdad. Aquellos desmayos, y aquellas visitas tan frecuentes a la enfermería por su parte no eran, como él creía, producto de su delicada salud. Pero quizás era mejor así, pensó.
Al legar a las escaleras del Colegio, Neville sonrió, pensando que, una vez más, Hannah creía haberle engañado. Cierto era que su naturaleza era despistada, pero no tanto como su mujer creía. De todas formas, ella fingía desmayos, y él algún hueso roto. La cuestión era y había sido siempre, visitar la enfermería, y coincidir en camas vecinas.
¿Mentiras? Prefería disfrazar la realidad con causas accidentales, y sabía que Hannah se desmayaría de nuevo al volver a casa, y allí estaría su eterna lesión de rodilla. Como siempre había sido, desde aquella mañana con las mandrágoras y sus chillidos.
