Disclaimer: Los personajes y el mundo de Harry Potter pertenecen a JK Rowling y editoriales. No obtengo ninguna ganancia económica con esto, sólo ideas en mi cabeza que me quitan el sueño y piden ser escritas. Los vicios en los que se basarán las viñetas corresponden a la Tabla Ilusoria, de la comunidad elejotera 30 Vicios.

Fandom: Harry Potter

Claim: Luna Lovegood

Vicio: #3 Manos frías

Tiempo: El primer año de Luna en Hogwarts


Manos frías

Ya había dado por acabada la búsqueda de sus zapatillas moradas, cuando las vio. Atadas por los cordones, estaban colocadas a modo de collar alrededor del cuello de una armadura gastada, en el pasillo de Transformaciones. Luna Lovegood las cogió, un poco más animada, y se dirigió a su habitación, recitando mentalmente lo de siempre: no estás sola, no todo el mundo te odia; papá y Lynette te quieren.Era imposible olvidarse de ello, porque en ese castillo no hacía más que soportar como podía las burlas de sus compañeros y encontrar sus pertenencias robadas y escondidas; pero Luna necesitaba repetirlo, aunque sólo fuera para sus adentros, porque era una manera de no derrumbarse, de no tirar la toalla y regresar a su hogar, donde se sabía protegida del juicio de los otros.

Imaginó que estudiantes y profesores todavía se encontraban cenando, y aunque apenas había probado bocado antes de salir a las apuradas del Gran Salón para buscar sus zapatillas, se dirigió a su dormitorio. Con el estómago rugiendo de hambre, empujó la pesada puerta de madera y entró a la soledad de su habitación. Necesitaba tener entre sus manos una carta de su padre. Cualquiera, no importaba ninguna en especial: la necesidad era palpar algo que le recordara el amor de su progenitor. A Luna le relajó deslizar sus dedos por los bordes arrugados del pergamino, sentir el olor a papel viejo y a tinta que desprendía él. Suspirando, se metió bajo las sábanas azules, cerrando el dosel de su cama. Estaba tan agotada, que se aguantó las ganas de esperar a que Lynette volviera de cenar. Ya la vería a la mañana siguiente, y podría abrazarla para recordarse que, a pesar de todo, tenía una amiga con la que podía contar.

Luna se había quedado dormida rápidamente, pero unos minutos después, unos murmullos la despertaron.

-Hay que buscar otra cosa, ya las encontró...

-¿Otra cosa más? ¡Ustedes dijeron que si las ayudaba, iba a ser la última vez!

-¡Shh, no hables tan alto, Lynette! ¿Dónde tiene guardado ese collar? A Michael le hace mucha gracia; si lo ve colgando en la chimenea de la Sala Común, se matará de risa...

-¡Oh, Roxanne, por un momento se me había olvidado que estabas muerta por Corner!

-¡Cállate, Susan! A ver, Lynette, estoy segura de que tú sí sabes dónde se encuentra el bendito collar...

Luna aguzó el oído, rogando que su amiga no la delatara. La voz de Lynette no se oyó.

-Bueno, chicas, creo que Lynette ya no formará parte de nuestro grupo. Espero que te diviertas cenando y estudiando sola... con Lunática.

-¡Está bien, está bien! Luna duerme con el collar puesto, no podrán sacárselo, pero los pendientes de plumas están por aquí...

-¡Genial!

-Prométanme que ésta sí será la última vez que le esconden algo...

-Sí, sí...

Unas suaves risitas retumbaron en las orejas de Luna. Apretó las sábanas y se mordió los labios. Estuvo a punto de saltar de su cama, pero se contuvo. Sabía que si miraba con sus propios ojos a Lynette, entregándoles sus aritos a esas chicas, lloraría sin poder evitarlo, y no quería que la vieran así.

Esperó unos minutos a que todas se durmieran, y apartó las cortinas de su cama. Con el pijama puesto y sin saber muy bien lo que hacía, salió de su habitación, y luego atravesó la puerta de la Sala Común.

Se encontraba en la oscuridad del pasillo, sola. En realidad, pensó Luna, no estaba sola en el pasillo: estaba sola en todo el maldito castillo.

Luna empezó a caminar por los pasillos de la torre, sin pensar en que estaba infligiendo un montón de normas al deambular por esas horas de la noche, sin pensar en que Filch o la señora Norris podrían aparecer a la vuelta de la esquina, sin pensar en las lágrimas que caían de sus ojos. Pero, por mucho que lo intentó, no pudo evitar pensar en que ya no tenía una amiga, y en que su padre se encontraba a kilómetros de allí.

Ya no tenía a qué aferrarse para no sentirse sola.

Llegó a lo más alto de la Torre, a lo más alto del séptimo piso del colegio. Solía estar aquí de día, mientras Lynette hacía sus deberes y ella se asomaba a la ventana, desde donde veía el vuelo de los thestrals. A su amiga le gustaba estar allí porque podía concentrarse mejor que si estudiaban en la Biblioteca. Ahora Luna se preguntaba si en realidad sólo quería que nadie la viera con ella, con la loca de Lunática.

Un sollozo se le escapó, y Luna se acurrucó en el suelo, abrazándose a sí misma, porque si no se abrazaba ella misma ¿quién lo haría?

Era duro. Era duro y era injusto tener que vivir así, tener que recibir golpes todos los días, con sólo once años y sin haber hecho nada para merecerlo. Se suponía que Hogwarts sería genial, que aprendería y haría amistades, que se divertiría en el colegio...Pero su primer año estaba siendo totalmente nefasto.

Era duro, era injusto y era doloroso sentir que las personas que quería se alejaban de su vida. Primero su madre, luego Lynette...Luna pensó que en cualquier momento podría perder también a su padre, y el corazón le dolió más todavía.

-No llores.

Luna desterró la cabeza de sus brazos y vio al fantasma de Ravenclaw: La Dama Gris. Era hermosa y alta, envuelta en un halo de solemnidad. Luna la había visto pocas veces. Decían que le gustaba pasear por el castillo a deshoras y en lugares poco concurridos, reflexionando quién sabe qué cosas, o puliendo su sabiduría, tal vez.

-Te he visto, joven. Posees una mente abierta y dispuesta: eres una digna Ravenclaw. Y tú sabes cuál es el mayor tesoro de los hombres.

Luna la contempló con los ojos vidriosos, por el llanto. Claro que lo sabía.

-Una inteligencia sin límites.

La mujer fantasma curvó su boca transparente en lo que parecía ser una sonrisa pequeñita. Rápidamente, volvió adoptar el gesto imperturbable y austero.

-Exacto. Tú puedes traspasar los límites de la inteligencia ordinaria, Luna Lovegood. La mayoría de los mortales no lo hace y por eso no te comprende. Es el precio que hay que pagar por ser diferente.

-Todos los son- replicó la chica, sorbiéndose la nariz –Todos somos diferentes.

La Dama gris se inclinó sobre ella, flotando en el aire, y posó sus manos a ambos lados de la cara de Luna. Lo primero que sintió fue un tacto frío, como de agua helada bañando sus mejillas. Pero al instante, esas manos frías se convirtieron en cálidas, porque la acariciaban. Fueron apenas unos segundos, unos instantes que parecían robados al tiempo, pero a Luna aquel gesto maternal le hizo sentir a su madre, otra vez, a su lado.

El fantasma se irguió nuevamente, alejándose. Se detuvo antes de atravesar el muro de piedra y se giró hacia ella, respondiendo a su afirmación.

-Así es. Pero no todos tienen la valentía de demostrarlo.

Puede que Luna ya no estuviera tan sola en ese castillo encantado.


N/A: A juzgar por los hits que tiene el fic en visitas...parece que no estoy tan sola en esta historia, a pesar de la escasez de reviews xD ¿Alguien quiere ser mi dama gris para demostrármelo?