Disclaimer: Muchos de los personajes y lugares pertenecen a J.K. Rowling (existen excepciones).
Capítulo 11:
Laura bajó la escalera y atravesó el vestíbulo de puntillas para no despertar al retrato de la madre de Sirius. Se detuvo al llegar ante la puerta entreabierta de la cocina. Laura sonrió; ahora podría enterarse de algo más acerca de la misteriosa arma que intentaba guardar la Orden.
-… ignorarlo es muy difícil, Moony.
- Bueno, sí, tengo que reconocer que tiene gran parecido, pero puede ser una simple coincidencia… Podrías cometer un error si intentas algo, Padfoot.
- Pero piénsalo mejor, Moony. Ella me dijo que no lo entendería…
Hubo silencio durante unos segundos. Laura frunció el ceño. ¿De qué hablaban Sirius y el profesor Lupin?
- Sigues enamorado de ella – dijo por fin Lupin -. No has logrado olvidarla.
- ¿Cómo iba a olvidarla? La sigo amando, Moony. Su recuerdo me acompañó cada segundo en Azkaban, el recuerdo de su partida… y ahora…
- No tienes pruebas de que sea ella.
- Tú tampoco tienes pruebas de lo contrario.
- Y en el caso de que fuera ella, ¿qué más da? Te dijo que te olvidaras de ella y desapareció. Eso es lo que debes hacer.
- No es tan fácil, Moony.
Laura oyó como una silla se movía y unos pasos se dirigían hacia la puerta. No podían descubrirla. Se dio la vuelta y fue a dar un paso. De pronto, todo se quedó blanco, como atacado por el flash de una cámara.
- ¡Será desgraciado! Me vengaré de Black.
- No vas a ser el único.
Laura abrió los ojos. A pesar de oír con claridad, lo veía todo borroso y se sentía algo confusa. ¿A qué había venido ese sueño?
- ¡Se ha despertado! Laura, ¿cómo te encuentras? – distinguió una figura que se desplazaba hasta su lado y la voz de Isabella.
- Suelo estar mejor – dijo Laura, y se puso a toser.
No había sido hasta que había hablado que se dio cuenta de que le ardía la garganta. Cerró los ojos; también se sentía un poco mareada.
- No te preocupes, Laura – reconoció la voz de Rabastan -, me vengaré por los dos.
- ¿Por los dos? – murmuró Laura, volviendo a abrir los ojos.
- Aún no me puedo explicar cómo has podido permitir que Black te hiciera eso – dijo Chrystalle.
- ¡Oye, que yo no le he pedido que…! – empezó Laura, en voz algo más baja.
- No te lo digo a ti – aclaró Chrystalle -. Se lo digo a Rabastan.
- ¿A Rabastan? Pero, ¿qué ha pasado?
- Los hechizos de Chrystalle y de Black te golpearon – dijo Anastasia -, y quedaste inconsciente.
- ¡No me digas! – murmuró Laura, con sarcasmo -. ¡No me había dado cuenta de eso! Me refiero a qué ha pasado con Rabastan.
- Black le hizo una bromita… - empezó Isabella.
-… gracias a la cual Rabastan tiene granos por TODO el cuerpo… - continuó Rosalie.
-… y la señora Pomfrey calcula que podrían pasar varias semanas hasta que desaparezcan – siguió Millicent -, lo que quiere decir que…
-… no podrá ir a la fiesta de Slughorn – concluyó Chrystalle.
Laura agradeció por primera vez desde que había despertado la sensación de que le hubiera atropellado un camión; fue lo único que le impidió ponerse a bailar.
- ¿Cuánto tiempo llevo inconsciente? – preguntó Laura después de unos segundos.
- Nueve horas – le dijo Anastasia -. Cómo te he dicho, quedaste inconsciente en el acto. El dependiente nos echó de la tienda, y te llevamos flotando hasta los carruajes. No podíamos tocarte…
Laura frunció el ceño.
- ¿Por qué no?
- Estabas muy caliente – dijo Rosalie -, ardías como el fuego.
- La señora Pomfrey se asustó mucho cuando te vio – comentó Millicent -. Aunque respirabas y ardías, estabas pálida como la cera, hasta tenías los labios blancos.
- ¿Cuándo me dejará salir de aquí? – preguntó Laura, temiendo la respuesta.
- Al principio no sabía si concretar una fecha – dijo Isabella -. Después ha dicho que podrías salir en una semana, más tarde ha dicho que bastaría con que te quedaras cinco días…
Laura frunció el entrecejo. La señora Pomfrey solía tenerte dos semanas en la enfermería sólo por un fuerte constipado.
- Pero si yo estaba tan mal…
- En el último reconocimiento que te ha hecho – dijo Rosalie -, hace quince minutos, estaba todo normal. Incluso nos ha dicho que estabas a punto de despertarte.
- Está muy sorprendida – dijo Chrystalle -. Ha comentado que nunca había conocido a alguien que se recuperara con tanta facilidad de algo así, aunque la verdad es que tampoco sabe muy bien qué te pasó. Dice que nunca había visto el efecto que provocaban los dos hechizos combinados.
- Según ella, puede que dentro de media hora ya estés completamente bien – dijo Millicent -, pero tampoco quiere arriesgarse, y ha dicho que vas a tener que quedarte esta noche y mañana aquí, y si todo sigue igual, mañana a la hora de cenar podrás salir.
- ¡Se terminó la visita! – exclamó la señora Pomfrey, saliendo de su despacho -. Los pacientes necesitan descansar.
- Hasta mañana, Laura – se despidió Chrystalle por todas.
Salieron de la enfermería sin refunfuñar. La señora Pomfrey les dio a Rabastan y a Laura unas bandejas con comida, que incluía unos buenos pedazos de chocolate, y volvió a su despacho.
- Te juro que Black se arrepentirá por lo que te hizo – dijo Rabastan, mordiendo un trozo de chocolate.
- No fue sólo él – dijo Laura, que ya veía completamente bien -, también me dio el hechizo de Chrystalle.
Rabastan golpeó fuertemente la mesilla de noche con un puño.
- ¡No has tenido suficiente con tirarte a ese traidor que además le excusas!
Laura dejó la bandeja con la comida a un lado y miró a Rabastan con curiosidad.
- Si tan bien lo sabes, ¿por qué no le has dicho nada a nadie?
- ¿Para qué? – dijo Rabastan, cogiendo otro pedazo de chocolate.
- Para que el resto de Slytherin cambien de opinión sobre mí.
- ¿Qué más te da? Si se enteraran de que te liaste con Black… Yo me limité a defender esta versión para que no salieras perjudicada.
- Y para salir tú también beneficiado. Todos creen que has conseguido lo que creen que ningún otro ha conseguido.
Rabastan no dijo nada y continuó comiendo. Laura echó la cortina que separaba las dos camas, se dio la vuelta y cerró los ojos.
La puerta del dormitorio se abrió y los merodeadores entraron. Sirius empezó a andar de un lado para otro.
- Ha sido por mi culpa. Si no hubiera provocado a Greengrass…
- Déjalo ya, Padfoot – dijo James, tirándose sobre su cama.
- No puedo dejarlo. Vosotros ya la habéis visto… Parecía que estaba…
- Pero no lo está – le cortó Remus -. Tranquilo, Swan se recuperará.
- Si no hubiera hecho caso a la nota… - murmuró Sirius -. ¿Quién creéis que podía estar interesado en que fuera a la tienda de disfraces?
- Ni idea – dijo James.
- No sé por qué te preocupas tanto, Padfoot – murmuró Peter, dejándose caer sobre su cama -. Sólo es una vulgar Slytherin…
Sirius fue hasta la cama de Peter, le cogió del cuello de la camisa y le levantó.
- ¡¿Cómo te atreves a decir eso? Me da igual la casa a la que pertenezca. ¡Un poco más y podría haber muerto!
- Piensa en lo que ha pasado, no en lo que podría haber pasado – dijo Remus, deshaciendo su cama.
- No puedo evitar pensar en ello – murmuró Sirius, soltando a Peter.
- ¿Qué es lo que te ocurre con Swan? – le preguntó James, con los ojos entornados.
- ¿Cómo que qué me ocurre con ella? – exclamó Sirius -. ¡James, casi muere por mi culpa! ¿Cómo quieres que me sienta?
- De cualquier forma menos preocupado.
Sirius miró a James con los ojos abiertos como platos.
- ¿Cómo puedes decir eso?
James intercambió una larga mirada con Remus.
- Te gusta Swan – afirmaron James y Remus a la vez.
- ¡Claro que no! – protestó Sirius -. ¿En qué os basáis para decir eso?
- En que a pesar de ser una Slytherin, estás preocupado por ella – explicó Remus.
- No soy ningún asesino. Es normal que me arrepienta.
- Cuando le dijiste a Snape que fuera por el pasadizo del Sauce Boxeador para que se encontrara conmigo, no mostraste en ningún momento arrepentimiento – repuso Remus -. Yo podría haberle mordido o haberle matado, pero a ti te dio igual.
- ¡Odio a muerte a Snape!
- Ni siquiera pensaste que si le hubiera hecho daño a Snape, yo me habría sentido culpable el resto de mi vida – murmuró Remus con seriedad, sentándose sobre su cama.
Sirius abrió la boca, pero parecía que no tenía réplicas para eso.
- No puede ser – murmuró al fin, sentándose en su cama y tapándose la cara con las manos -. Esto no me puede estar pasando a mí.
- Ya te dije que algún día caerías en las redes del amor, Padfoot.
James se sentó al lado de su amigo y le puso una mano en el hombro.
- No es eso lo que más me horroriza – dijo Sirius, bajando las manos -. Me he enamorado de una asquerosa Slytherin.
Sirius se puso en pie y le puso su varita a James en la mano.
- Mátame, Prongs.
James dejó la varita de Sirius a un lado y sonrió, aliviado de que Sirius le hubiera llamado por su apodo.
- ¿Qué vas a hacer ahora?
- No lo sé… Estoy barajando dos opciones.
- ¿Cuáles? – preguntó Peter, con curiosidad.
- Tirarme desde la torre de Astronomía o dejarme comer por las acromántulas del bosque.
Remus rodó los ojos.
- Cómo te gusta exagerar… No es algo tan malo.
James, Sirius y Peter miraron a Remus con las cejas levantadas.
- De verdad, no es tan malo. Piensa una cosa, Padfoot. Cuando alguien se enamora, no le importa tanto el físico como el interior. Swan debe de tener algo en su interior que te gusta, alguna cualidad…
- Es una típica Slytherin: es cobarde, mentirosa, tiene los ideales de una sangre limpia y aspira a ser mortífaga – dijo Sirius -. ¿Qué me puede gustar de eso?
- Aparte de eso, dinos más acerca de ella.
Sirius estuvo unos segundos en silencio.
- No sé nada más de ella – respondió al fin.
- Esfuérzate un poco – le animó Remus -. ¿Qué impresión te dio cuando hicisteis el trabajo de Defensa Contra las Artes Oscuras?
- Sólo hablamos el primer día – murmuró Sirius.
- Piensa. ¿Qué pudiste ver en ella?
Sirius suspiró.
- Eso es precisamente lo que yo me pregunto.
¿Qué tal me quedó?
Besos
Laura
