Yolei no había imaginado que algo tan sencillo como correr pudiera llegar a ser tan placentero. Seguía huyendo de los belicosos niños, seguía corriendo para salvar la vida, pero esta vez, de nuevo con Davis apremiándole a un lado y Miyako entorpeciendo su ritmo al otro, parecía que hubiera retrocedido en el tiempo a la mañana de ejercicio que aquel estúpido mensaje telefónico había echado a perder. Solo que ahora disfrutaba. La velocidad emborronaba la caterva de edificios que los envolvía y sacudía las luces de tráfico a su alrededor. Corrieron acompañados por el murmullo de los neumáticos acariciando el asfalto y la umbría frescura de las calles, pisando de cuando en cuando los charcos de agua estancada que se encontraban a su paso, que resplandecían como efluvios de sol al contacto con la luz nacarada. Los chapoteos amortiguaban los cuchicheos y creaban una armonía agradable con las risas idiotas que escapaban de sus cuerpos calientes. Eran jóvenes, estaban vivos y nadie podía pararles los pies. Por primera vez en mucho tiempo, Yolei era capaz de apreciar la belleza de la ciudad.
Atravesaron de cabo a rabo un mercado de especias aromáticas y enfilaron por una calle desierta en dirección a la plaza del templo budista. Acababan de subir las escaleras de un puente peatonal cuando Yolei sintió un fuerte tirón en el brazo. Davis se había parado en seco.
—Creo que los hemos despistado —aseguró, y acto seguido se dejó caer al suelo de paneles de metal—. ¿Te he hecho daño?
—No soy de cristal, Davis —dijo Yolei, esbozando una sonrisa que hacía juego con sus mejillas encendidas—. Por lo que veo, no se puede decir lo mismo de ti.
—Estoy un poco dejado últimamente.
—Interesante.
Yolei lo escrutó tras los cegadores reflejos de sus lentes redondeadas. Bajo la holgura de su camiseta no se adivinaba una barriga incipiente, sino una reducción considerable de masa corporal.
—Estás un poco más delgado. No es para morirse, a las chicas nos gusta estar delgadas.
Davis arrugó la nariz y estiró las piernas, dejando a la vista las arrugas de su pantalón vaquero.
—Me gustaba más cuando tenía más músculo. Ahora me siento torpe, débil y poco sano.
—Eres un poco obsesivo con el tema de la salud. —Tendió su mano hacia él, pero Davis rehusó y se levantó por su cuenta.
Frente a frente, Yolei se percató por primera vez de que se había rasurado la barba. No le quedaba mal. Siempre había tenido un rostro un tanto infantil, y a ese tipo de caras el vello facial nunca sienta muy bien.
—¿Por qué no me dijiste que querías que me quedara? —preguntó Davis.
Yolei dejó de sonreír y se cruzó de brazos, meditando la respuesta.
—Tampoco te dije lo contrario.
—Pues esa fue la impresión que me dio —repuso Davis.
—Bueno, tú también te fuiste sin despedirte, así que ambos hemos pecado de negligencia con el otro.
—Eso no es cierto, te envié un mensaje…
—Que no respondí porque estaba enfadada contigo —le cortó Yolei, camuflando el tono desafiante de su voz con una súbita risotada—. No era el momento adecuado.
Davis se encogió de hombros y resopló.
—¿Y cómo quieres que sepa cuándo es el momento adecuado? ¡Siempre estás enfadada!
—Solo cuando estás cerca —dijo Yolei—. Venga, vamos a sentarnos un rato. Ahora sí que me noto para el arrastre.
Ocuparon un banco en el tramo central del puente. Al frente, un río de agua gris serpenteaba entre edificaciones de estilo victoriano, bajo un cielo de nubes rosas y esponjosas como algodón de azúcar. En algún lugar al que Yolei no se atrevía a dirigir la vista, una pobre infeliz destrozaba inmisericordemente uno de los mejores temas de Norah Jones. Definitivamente se mudaría a algún sitio donde pudiera comprar legalmente una francotiradora.
Sacó el paquete de tabaco rubio que había comprado en la máquina expendedora y se encendió un cigarro que le fue arrebatado antes de llevárselo a los labios. Davis arrojó el cigarrillo al río y Yolei se levantó a tiempo de ver cómo la punta encendida trazaba un arco naranja desde el puente y se apagaba en las tranquilas aguas sin hacer el menor ruido.
Davis compuso una sonrisa estúpida como disculpa. Yolei lo fulminó con la mirada.
—¡Eres un terrorista medioambiental!
—¿Desde cuándo fumas?
—Desde antes de que empezáramos a salir en grupo —explicó Yolei. Comprendiendo que Davis no la dejaría en paz con el tabaco, devolvió la cajetilla a la mochila y cerró la cremallera de un tirón—. Hace poco que decidí volver al hábito.
—Pues ya lo estás dejando. —Y encantado de que se le hubiera dado la oportunidad de sacar a relucir lo que había aprendido en uno de los tantos cursos de formación con los que había intentado hacer posible una vida laboral sin estudios universitarios, pasó a enumerar los efectos a corto y largo plazo que ocasionaba el consumo irresponsable de drogas, tabaco y alcohol—. Es una putada todo eso, ¿sabes?
Yolei asentía de forma mecánica. Davis, que no había probado un pitillo en su vida, creía que dejar de fumar era tan fácil como ponerse a dieta. El joven calló unos segundos, como si esperara a que su promesa de dejarlo se solidificase en el silencio. Luego esbozó una sonrisa bobalicona y miró con engreimiento la puesta de sol.
—Me encantan los atardeceres —dijo.
—Yo los detesto —opinó Yolei—. Y las noches.
—Las prefiero a las mañanas.
Había llegado su turno de exhibirse.
—Según un diccionario de sueños que leí, soñar con el amanecer es un presagio de que toda tu vida sufrirá pruebas difíciles por causa de la presunción y la vanidad.
—Eh, ¿y eso a qué viene? Yo no sueño con amaneceres.
Yolei se encogió de hombros. Tenía tanto miedo de que Davis la sorprendiera con un derroche de ingenio inesperado que había contestado con la primera referencia culta que se le había venido a la mente. Sospechaba —al igual que había sospechado en su encuentro anterior— que se había empecinado en demostrar que no era un estúpido, y Yolei se negaba a sustituir la imagen mental que había almacenado durante años (el niño escandaloso que montaba un numerito en la red de escalada del parque cuando no era correspondido) por una más seductora (el hombre en el que se había convertido, capaz de decir cosas con sentido, cuya piel aceitunada resplandecía llamativamente con los haces dorados).
—Pero también significa cosas buenas —rectificó—. Así que yo no le daría mucha importancia a las interpretaciones de sueños.
—No pensaba dársela —dijo Davis—. ¿Sabes qué? De todas formas, no creo que odie los amaneceres por algún rollo del subconsciente.
¿Desde cuándo había aprendido esa palabra? Yolei decidió pensar que desconocía su significado. Lo había visto en multitud de ocasiones adoptar esa actitud de enteradillo (sin saber él nada de lo que presumía saber) delante de las chicas a las que quería conquistar… Lo que significaba que, de estar en lo cierto, ahora mismo estaba siendo el objeto de conquista de su amigo. Expulsó aquella idea de su mente y se apresuró a levantar murallas defensivas y excavar hondos fosos alrededor de su castillo de sueños para contenerla.
Corrió una cortina de pelo morado entre ellos.
—¿Sabes? —Davis reclamaba su atención otra vez—. Creo que lo de que me gusten más las tardes que las mañanas puede tener una explicación más simple.
—¿Como qué?
Su voz sonó demasiado brusca. Davis estiró las piernas y se llevó las manos a la nuca. A diferencia de ella, parecía tener un control total de la situación.
Sin embargo, Yolei discernió una nota de incertidumbre cuando tomó de nuevo la palabra.
—Por la mañana es cuando más tiempo tengo de pensar.
Yolei rodeó las piernas con ambos brazos y rio sin gracia.
—Muy típico de ti.
Sintió que clavaba sus ojos en su nuca, pero ella hizo todo lo posible por evitar el contacto visual.
—Por la noche salgo de fiesta. —Oyó cómo tragaba saliva—. He conocido a un grupo de gente con la que ir por ahí y tomar unas copas casi todos los días.
—¿Casi todos los días?
—También trato de esforzarme por hacer cosas y encontrar trabajo. Es la hostia de difícil, ¿sabes? Siempre hay alguien mejor. Siempre.
—No puedes dejar de intentarlo.
—Y lo hago —aseguró con firmeza, matizando sus palabras con una ruda afirmación de la cabeza que rápidamente mudó en una convulsión involuntaria—. Pero por las noches, cuando casi todo está cerrado, aprovecho para salir de fiesta y relajarme un poco. No soporto el silencio. Por eso me voy a discotecas donde ponen música a todo volumen. Un tipo de música que a ti te haría estallar la cabeza —agregó con una risa poco convincente.
—En realidad tengo gustos más variados de lo que la gente piensa —reveló Yolei.
Pensó que le hubiera gustado oír algo de dubstep en lugar de aquella canción de Norah Jones. Le crispaba los nervios, y estaba empezando a dudar de que solo fuera por la chirriante voz que interpretaba sin un ápice de musicalidad.
Come away with me and we'll kiss
On a mountaintop
Come away with me
And I'll never stop loving you
—¿Cómo te ganas la vida? —preguntó Yolei con voz temblorosa.
—Todavía no soy independiente —respondió—. Tengo un pequeño depósito de dinero con lo que he ahorrado con algún que otro trabajo. No es gran cosa.
—E intuyo que lo despilfarras en esas fiestas de las que hablas.
Davis se revolvía incómodo a su lado. Estaba a punto de ponerse a la defensiva.
—Intento gastar lo menos posible —replicó—. Es eso o… No es que… A ver…
Una parte de ella disfrutaba de verlo tan aturullado. En el instituto había perdido mucho tiempo recalcándole la importancia de no dejar aparcados los estudios. Recordaba con especial irritación una tarde en la que ella se había presentado en su casa cargada con una ingente cantidad de material escolar y la firme intención de allanar el camino a una oveja descarriada. Tras una hora infructuosa de mucho gritar y utilizar los libros de texto como porras y armas arrojadizas, desistió de su intento y dio la razón a sus padres y todos los profesores que lo habían soportado: Davis Motomiya era un caso perdido.
—No es que no haya madurado nada en todos estos años —arrancó a decir finalmente—. He dejado el equipo de fútbol.
Yolei descorrió la cortina morada y lo miró como si acabara de declararse en huelga de hambre. Davis era el mejor jugador de la plantilla de Odaiba. Tal vez alardeara de ello más de lo recomendable, tal vez le faltara un poco más de disciplina y careciera de coordinación con el resto de miembros del equipo, pero nadie con dos dedos de frente podía negar que, en última instancia, todo el equipo dependiera de la intuición y el rápido juego de pies del delantero centro. Daisuke Motomiya, que portaba con insolente fanfarronería el número diez en el dorso de su camiseta, parecía dar siempre con la estrategia ganadora con la misma facilidad que una obsesiva de la limpieza detecta rastros de suciedad imperceptibles al ojo común. A su mente acudieron imágenes del día que su equipo se alzó con la victoria dejando por los suelos a la escuela más elitista del país. Se habían presentado con las flamantes equipaciones plateadas de su escuela, y no habían perdido un segundo de su tiempo en pavonearse por los pasillos y comentar a viva voz el lamentable estado de su instituto en comparación con el lujo y la armonía arquitectónica del que se consideraban dignos representantes. Davis les había metido seis goles por la escuadra, y con cada uno de ellos Yolei se había estremecido con salvaje placer. Incluso la señorita Maki, la severa orientadora escolar a la que Davis había causado no pocos dolores de cabeza, se había deshecho en aplausos orgullosos cuando éste le dedicó uno de los goles. Era en el campo de juego, y no en ningún otro sitio, donde Davis ofrecía un rendimiento irreprochable.
—¿Por qué lo hiciste?
Davis se encogió de hombros.
—Mi padre ha decidido que tengo que pagarlo por mi cuenta, y a mí no me llega porque ya no cuento con la beca —explicó atropelladamente—. Lo entiendo: él es el que trae el dinero a casa.
—Creo que en eso consiste madurar.
Yolei no había pensado su respuesta, que encontró hipócrita hasta decir basta, pues ante Davis siempre se esforzaba por aparentar más madurez de la que tenía. Si crecer consistía en ceñirse al plan de vida asignado por los padres, entonces ella era la persona más inmadura que cupiera imaginar. Davis no pudo evitar dejar escapar un gruñido de insatisfacción, y Yolei se atrevió a mirarlo fijamente por primera vez. Parecía joven y viejo a la vez. Habían mutilado su sueño, y de la herida sangrante bullía rabia a borbotones, pero también distinguía una sustancia diferente, una especie de fría resignación que ponía dominio a sus impulsos.
—No me hagas caso —dijo Yolei.
Davis se llevó las manos a la nuca y chasqueó la lengua.
—De todas formas, sería un poco tonto a estas alturas. Casi todos los futbolistas se retiran del mundillo a los treinta y pocos, y nosotros estamos casi más cerca de la treintena que de la veintena.
—Somos jóvenes —contestó Yolei. Que lo dijera ella, que era un año mayor que él, hizo que se sintiera un poco ridícula—. Todavía somos jóvenes —repitió, cayendo en un ridículo aún mayor.
No quería recordar que el tiempo no se detenía por nada ni por nadie, ni que toda la gente que la rodeaba se mantenía a flote mientras ella era sacudida de un lado a otro por corrientes que no podía dominar.
—¿Y qué tal esas juergas nocturnas?
—Oh, pues eso, juergas. —Davis se frotó la nariz con indiferencia—. Nada que ver con las que hacíamos en casa de Kari.
Yolei se alegró de cambiar de tema. El señor y la señora Yagami eran un matrimonio poco convencional. Una vez se hacían cargo de los temibles pagos de fin de mes, alquilaban una habitación en un hotel del amor y pasaban allí todo el fin de semana. Era su forma de mantener prendida la llama del matrimonio y asegurarse la confianza de sus hijos, quienes disponían de la casa para lo que se les antojara. Así que, una vez al mes, el piso de los Yagami se convertía en el punto de encuentro de todo tipo de estudiantes deseosos de disfrutar resguardados de la ilegalidad. En aquellas fiestas, Taichi Yagami podía cuidar de que nadie se acercara más de la cuenta a su hermana pequeña mientras ésta trataba encubiertamente de convencer a Sora Takenouchi para que perdonara las constantes meteduras de pata de su hermano. A veces, sobre todo cuando no estaba demasiado ocupada trabajando codo con codo con Davis para ahuyentar al grupo de pelandruscas que tenían a Takeru en el punto de mira (ella les cortaba el rollo de mala manera y él las espantaba inconscientemente al insinuárseles), se unía a la conversación para cotillear y brindarles sus apreciaciones, que solían ser bien recibidas: como llevaba gafas y se expresaba con determinación y elocuencia, todos daban por hecho que era una persona inteligente. Llegado un punto de la fiesta, Kari, Takeru, Davis y ella solían salir a estirar las piernas y tomar un poco el fresco, no sin antes apoderarse de una botella de cerveza para turnársela por el camino. A esa hora, cuando el alba comenzaba a clarear el cielo y las estrellas se perdían en el azul diluido que precede al amanecer, las calles de la ciudad adquirían un magnetismo especial, por lo que no se sobresaltaba al oír de vez en cuando el disparo de la cámara réflex de Kari. También albergaba, nítida y fresca como las primeras gotas de rocío, la imagen de Davis cogido a una farola cercana, dando vueltas y más vueltas, haciendo ondear la camiseta que se había colgado al cuello en un arrebato de deliciosa locura adolescente.
—¿Y qué hay de tu vida?
La voz rasgó el delicado tejido de sus recuerdos.
—Me va bien. Ahora me va bien. Y mañana me irá mejor.
—Pero…
—Pero nada. —Yolei se impacientó. Quería que siguieran hablando de otros tiempos más felices—. ¿Y a ti? ¿Cómo te va a ti?
—Ya te lo he dicho, ¿no? —Davis sacudió la cabeza a un lado y otro, frotándose las manos como si fuera invierno y el frío las hubiese entumecido—. ¿Qué quieres que te diga? Las luces, la música y la compañía ayudan, pero no llenan. Ves a gente ir y venir, bebes con ellos y acabas en su casa; pero al día siguiente no quieren saber nada de ti. Nadie quiere formar parte de tu vida.
—Sigue buscando hasta que encuentres a la chica adecuada —dijo Yolei con voz queda.
—No hablaba solo de ligues, pero, ya que lo mencionas, no me está yendo muy bien en ese terreno—admitió—. No me cuesta impresionarlas; el problema es que ninguna me soporta cuando me conoce de verdad.
—No necesitas a nadie a tu lado para ser feliz.
—Ya, bueno. Puede que tengas razón.
Guardaron un momento de silencio, acompañados por el silbante sonido del tranvía al deslizarse sobre los rieles metálicos. La intérprete de Norah Jones había dejado de tocar hacía tiempo. Una nube ominosa se cernía sobre sus cabezas. No tardaría en anochecer.
—Teníamos algo puro.
Yolei abrió los ojos de par en par.
—¿Qué has dicho?
—Lo que teníamos nosotros cuatro. —murmuró Davis. Acto seguido, como si se hubiera arrepentido de la forma en la que se había expresado inicialmente, como si hubiera faltado a su pasado, alzó la cabeza y chilló—: ¡Era puro!
Yolei se levantó de un salto del banco y avanzó hacia el borde del puente. Era una de esas ocasiones en las que sus entrañas desafiaban a la razón y tomaban todo el control. Apoyó las manos en la barandilla y gritó a todo pulmón:
—¡Era puro!
Su voz reverberó por todo el canal. Al principio creyó haber removido las plácidas aguas con una ráfaga de energía liberadora, porque el escenario ante el que se hallaba acababa de sufrir una repentina distorsión. Luego notó que sus ojos estaban anegados en lágrimas.
—¿Qué haces, loca?
Sonaba más preocupado que divertido.
—Que se entere esta maldita ciudad —bramó Yolei, y la humedad de sus ojos desapareció de repente, como si la tristeza se hubiera replegado hacia dentro.
Daisuke se había subido a la barandilla, su oscura sombra danzando en la superficie de las aguas verde oscuro. Sintió un escalofrío al notar la mano de Davis rozando la suya.
—Tía, sigues sin contarme nada —susurró—. Estás rara.
—¿Y tú no? Todavía no te has metido conmigo.
—Tenía que decirte algo.
—¡Daisuke! —gritó al gato, sin dejar de vigilar a Davis por el rabillo del ojo—. Baja de ahí, tengo vértigo y se me está removiendo el estómago al verte.
—¿Le has puesto mi nombre al gato? —observó Davis con asombro— ¿Tanto me has echado de menos?
Aunque se obligaba a no girar el rostro hacia él, sabía que sus labios se habían curvado hasta formar una sonrisa tan pronunciada como la luna creciente que ya se dejaba ver en la noche.
—Le he puesto Daisuke porque es igual de feo que tú —replicó.
—Pues yo… Digamos que no le puse Miyako a mi perra por eso. Ni si quiera por dar latigazos con el pelo como te dije.
Yolei tuvo que apoyarse en la escoba que sujetaba en la mano para no caerse. Con la otra aferró el frío metal del puente.
—¿Qué quieres decir?
Davis soltó un resoplido de disgusto, como si le reprochara que ignorase la evidencia que flotaba delante de sus narices.
—Venga, allá vamos —comenzó Davis, moviendo los brazos a un lado y a otro. Parecía que estuviera calentando antes de correr la maratón—. Resulta que tú, o al menos yo lo sospecho, no eres la... —Se interrumpió para tomar aire—. Joder, ¿por qué tiene que ser tan fácil con las otras y tan complicado contigo? Ayúdame un poco, anda.
—No sé de qué estás hablando.
Irritado y en conflicto consigo mismo, Davis se llevó las manos a los bolsillos y se mordió el labio inferior. Contuvo una maldición.
Yolei apoyó la escoba en el pasamano y se cruzó de brazos, aparentando aplomo y seguridad. Ni en ese momento le pasó por alto que se trataba más bien un gesto de autoprotección.
—¿Por qué estás aquí, Davis?
Se dio un pequeño masaje en la cabeza con los nudillos, como si con ello pretendiera estimular la parte del cerebro donde se almacenan las ideas brillantes. Al final, tomó aire y arrojó una frase que a Yolei le sonó a conjuro satánico.
—Siempre ando en busca de damiselas en peligro.
Por un instante, Davis se convirtió en una parodia de sí mismo y Yolei lo encontró más grotesco y despreciable que nunca. Luego percibió su incomodidad. Estaba hablando en serio, estaba declarando su intención de convertir la amistad que habían forjado a lo largo de los años en algo tan incierto, bello y terrible que su pérdida sin duda supondría la extinción absoluta de la poca cordura que le quedaba, además de un dolor inimaginable.
—¿Yolei?
Yolei achinó los ojos y torció la boca. Cualquiera que la hubiera conocido no habría podido reconocerla tras la máscara en la que ahora se ocultaba.
—¡No soy una damisela, tonto! —Lo apuntó con la escoba, mirándolo con una fiereza que a Davis le heló la sangre.
Lo que tanto había aguardado y temido estaba sucediendo. Pero estaba preparada para prender fuego a las mariposas en el estómago. Aferrarse a esa esperanza sería como encadenarse a un salvavidas de plomo: un amor absurdo, condenado a perecer lenta y dolorosamente. No estaba dispuesta a soportar más de lo que había soportado ya.
—Qué coj…
Davis recibió un escobazo en el hombro izquierdo antes de que pudiera responder.
—¡Soy una bruja, imbécil, no una princesa!
En ese momento, un hombre que paseaba con su perro se detuvo al oír los gritos. Miró a uno y a otro alternativamente y dijo:
—¿Le está molestando este joven, señorita?
El hombre huyó despavorido y desapareció en la oscuridad en cuanto Yolei se lanzó a atacar de nuevo. Asestó un nuevo escobazo en el otro hombro y luego arremetió contra su cabeza con golpes débiles pero constantes. Pensaba que, si le golpeaba la cabeza repetidas veces, tal vez lograra desprender de ella esa idea descabellada que se le había metido.
Justo cuando creía que las cosas podrían mejorar, justo ahora que había empezado a construir una nueva coraza con la que guarecerse de futuros vendavales. Con una estúpida frase Davis la había desarmado del todo, y ahora se encontraba incapaz de poner freno a sus ataques. Todo lo que tenía en mente era conseguir que la odiara lo suficiente como para que todo lo que concernía a ellos dos volviera a la normalidad.
Davis se las apañó para interceptar la escoba. Ambos se apresuraron a coger cada extremo con las dos manos y forcejear con todas sus fuerzas. Davis, que era más fuerte que su locura, se la arrebató y la tiró al río. Entonces Yolei se quedó mirando cómo se hundía en las oscuras aguas, y Davis aprovechó aquel segundo de distracción para frenarla con su cuerpo.
—¿Quieres estarte quieta?
—¿Y tú quieres dejar de hacerme daño?
En realidad la inmovilizaba sin producirle daño alguno. Sujetaba sus muñecas sin llegar a retorcerlas. Supo por eso que estaba poniendo en práctica el agobiapetardas, una técnica de artes marciales que él mismo había afirmado inventar. Nadie lo ponía en duda, pues no tenía la menor complicación.
—Se llama así porque solo se puede emplear con mujeres —había dicho un día, henchido de orgullo—. El agobiapetardos es mucho más brutal, pero eso es otro tema. Ésta solo se puede usar para pararle los pies a una novia despechada y con cuchillo. ¿Alguien quiere probar? Lo siento, Kari, no puedo hacerlo contigo: me caes demasiado bien. ¡Yolei, ven aquí!
El agobiapetardas tenía el defecto de paralizar solo la parte superior del cuerpo, de manera que un simple rodillazo bastaba para liberarse de ella. Pero entonces, sin previo aviso, la llave se transformó en un abrazo, y ella se vio obligada a hundir la cabeza en su pecho.
Rompió a llorar.
—Odio las mañanas, las tardes y las noches.
Sollozaba mientras empapaba de lágrimas su camiseta y oía los latidos de su corazón, fuertes y ensordecedores como tambores de guerra. Sintió cómo la calidez que desprendía su cuerpo se propagaba por el suyo y evaporaba la angustia desde el interior. El suelo, que hacía unos momentos le parecía resquebrajarse a su alrededor, permanecía firme y sólido bajo sus pies.
—Y Carl…
Davis la reconfortó con un siseo.
—Lo sé. Vine tan pronto como pude.
Detectaba cierto pesar en su voz. Así que correspondió al abrazo; extendió los brazos por detrás de su espalda y lo estrechó con fuerza.
—Algún día encontrarás a la chica que estás buscando —susurró Yolei—. Lo siento. Te he herido de todas las formas posibles.
Davis enterró el rostro en su cabello morado.
—No pasa nada, me irá bien. —Le sorprendió la serenidad de su voz; a veces podía ser tan buen actor como ella—. Tenía que intentarlo, ya me conoces.
Estuvieron abrazados cinco minutos más, sin escuchar nada más que sus respiraciones y el silbido del viento que las acompasaba. Yolei fue la primera en romper el contacto.
Bajaron las escaleras metálicas del puente y anduvieron por una calle concurrida. Pese a que seguía pareciendo un esperpento negro, ya no se sentía el blanco de cientos de miradas curiosas. Se le ocurrió que quizá la ordinaria presencia de su amigo le otorgaba cierta normalidad a ojos de la gente. O a lo mejor era el hecho de no tener una escoba vieja colgando del brazo lo que marcaba la diferencia.
Una vez que se aseguró de que estaba en plenas facultades para retomar el tema sin montar un numerito, preguntó:
—¿Cuándo te diste cuenta?
—Cuando quedamos juntos por última vez.
Los graznidos de los patos. Las briznas de hierba fresca. El té de frambuesas que había preparado Kari, la playa al atardecer y la estrella fugaz. De algún modo, todas aquellas sensaciones y remembranzas habían acabado velando lo verdaderamente importante.
«Comprenderás que esté soltera dada la escasez de príncipes azules que pueblan este mundo miserable»
«Yo no busco una princesa. Hay tías atractivas y simpáticas, claro, pero eso no basta. O quizá sobra. Creo que podría estar con una chica normal que fuera solo simpática. Lo más importante es que ella esté dispuesta a quererme también, ya sabes. Que sea recíproco y no intente cambiarme»
—Fue como volver a experimentar esa pureza de la que hablaba —continuó Davis—. Hacía tiempo que no me lo pasaba tan bien con alguien. Así que pensé que estar en una relación contigo podría ser interesante y tener futuro. Pero luego te vi tan independiente que abandoné mi esperanza y me marché. Además, he estado leyendo sobre indirectas y creo que acerté, ¿no?
Yolei no supo que contestar. A veces no sabía si enviaba indirectas o alejaba a la gente de su vida inconscientemente.
—¿Por qué pensaste que lo nuestro tendría futuro?
—Llegué a la conclusión de que ninguna chica me ha aguantado tanto tiempo como tú.
—Tiene algo de sentido —convino, encontrando la respuesta sorpresivamente divertida—, pero, por esa regla de tres, tu madre debería estar la primera en la lista. O tu hermana Jun.
—Ahora que lo dices, estoy viviendo con ella y su novio. Es muy patético, pero lo prefiero a seguir durmiendo bajo el mismo techo que mi padre. ¡Oye! Podrías venirte a vivir con nosotros.
—Me llevaba bien con tu hermana —dijo Yolei—. Nos gustaba aliarnos para fastidiarte.
—Sí, ¿verdad? —Davis hablaba en tono impaciente—. Estará encantada de verte de nuevo, y podrías ayudarme con las tareas del hogar. Como no tengo trabajo, me tiene esclavizado en su piso.
—Es muy precipitado.
—¡Piénsalo!
—Está bien —concedió Yolei—. Voy a dar un pequeño paseo para aclarar mis ideas y te digo.
—Vale, ¿dónde quieres ir?
—No, Davis, necesito estar sola. ¡Cómprate una hamburguesa mientras tanto! —Señaló un McDonalds a pocos metros de ellos.
Davis accedió a esperarla con una docilidad que le hizo sospechar. Cogió a Daisuke del suelo y cruzó el largo paso de peatones. Antes de internarse en una calle con edificaciones en obras, echó un vistazo a sus espaldas; Davis se hallaba delante de una estatua de Ronald McDonald, al amparo de las luces rojas y ámbar que emitía el resplandeciente cuerpo del payaso. Cogió aire y aligeró el paso. La estación estaba a menos de cinco minutos y, si se daba prisa, llegaría a tiempo para coger el último tren. Aunque ahora sabía que el riesgo era el camino a seguir, por nada en el mundo quería convertirse en la causante y testigo de la corrupción de aquella pureza que tanto apreciaba. Porque si de algo estaba segura era que todo aquello que amaba intensamente se convertía en cenizas tarde o temprano. Davis había confundido el placer de la amistad con amor verdadero, y en su ingenuidad desconocía que, al ir en busca de una cosa, estaba condenando a la muerte las dos.
Sin embargo, no eran pocas las veces que se había sorprendido pensando en él como un rayo de esperanza. Y cuando compró el ticket y salió a la intemperie a esperar el tren de las diez y una ráfaga de viento gélido la embistió por la espalda, supo con terrible claridad lo mucho que echaría de menos el tacto y la calidez de su cuerpo apretado contra el suyo.
Se consoló con la esperanza de que, al cabo de unos días, dejara de pensar en él de esa forma. Además, y en menor medida, temía que Jun Motomiya no la recibiera con los brazos abiertos. Kari había dejado atrás su timidez, Matt se había convertido en un símbolo de desamor y Davis era ahora atractivo y agradable. Todo cambiaba a su alrededor. Sí, Jun también debía de haber cambiado mucho. Probablemente ahora era más responsable y no estaba para tonterías amorosas.
Más aturdida que nunca, Yolei se abrió paso por los vagones. Mientras lo hacía, veía pasar todo tipo de gente desagradable: un muchacha que lloraba con todo el rímel corrido, un borracho aparentando no serlo, un grupo de escandalosos niños sin padres… Y se acordó de la tarde que murió Carlomagno. En la gente que tan realizada y satisfecha le parecía desde la mugrienta azotea de aquel destartalado edificio que quería olvidar. Una imagen no basta para juzgar el alma de una persona; y ella, que había fingido hasta el último momento tener una vida que no se correspondía con la realidad, lo debía de saber mejor que nadie.
La infelicidad es la pandemia universal.
No obstante, sabía también que un abrazo en el momento oportuno es capaz de devolverle la vida a la persona más miserable. Se dijo que, llegado el momento, pondría su granito de arena en algún programa de voluntariado.
El tren abandonaba la estación hacia un horizonte desconocido. Yolei apoyó la frente en el cristal de vidrio templado y contempló por última vez la ciudad; era mucho más bonita desde lejos. A continuación, cogió el móvil y tecleó un texto de disculpa dirigido a Davis, al que insertó el mensaje de ánimo por el fracaso de su entrevista que no había llegado a enviar por orgullo. Estaba a punto de mandarlo cuando se abrió la puerta del vagón y apareció el susodicho con su perra, que olisqueaba su rastro como un perro policía. Su reacción instantánea fue revolver en el bolso con la intención de improvisar un disfraz con lo que encontrara; rápidamente se cubrió la cabeza con su manta morada con dibujos de estrellas a modo de mantilla y ocultó sus ojos tras unas aparatosas gafas de sol con forma de corazón.
—¿Se puede ser más cabezota? —Davis liberó a Miyako para que la empapara con sus babas—. ¡Nadie te supera! ¿Y en serio creías que iba a quedarme ahí parado como un estúpido con lo zumbada que estás? Ofendes a mi inteligencia.
—¿Perdona? —Yolei formó una cruz con sus brazos para protegerse del ataque del chucho.
Davis frotó el cogote de Miyako. Luego se irguió ante Yolei. Apenas medía un par de centímetros más que ella, pero al estar encogida en su asiento se sentía ridículamente minúscula. Davis apoyó los brazos en el portaequipajes del techo y su sombra la engulló por completo. Y pensar que hubo un tiempo en que le sacaba media cabeza…
—Estaba a punto de enviarte un mensaje —dijo con la cabeza bien alta mientras se despojaba de su patético disfraz—. Ahora no lo vas a leer. Por tonto.
—Esto es serio —repuso Davis—. Kari está muy preocupada por ti. Contactó conmigo en cuanto se cortó vuestra conversación telefónica. ¿Por qué no nos dijiste nada? Nada ha cambiado entre nosotros, maldita sea. No tanto como te piensas.
—Así que Kari está detrás de todo esto.
—¿Qué pasa, estás pensando en reprochárselo? Ni te atrevas. Es la mejor novia que he tenido —añadió.
Se desplomó en el asiento contiguo al de ella. Yolei arrugó la frente.
—¿Kari y tú llegasteis a salir?
—No, pero así lo sentí en mi corazón. Voy a decirle que todo está bien, que eres una egoísta y una cabezota y que estás a salvo gracias a mi heroica intervención.
—¿No puedo hacer nada para librarme de ti, verdad?
Davis hizo un gesto de negación. Sacó el móvil de su bolsillo y se puso a teclear frenéticamente, procurando alejarlo de ella cada vez que inclinaba la cabeza para cotillear lo que estaba escribiendo.
Fue como si lo ocurrido en el puente nunca hubiera tenido lugar, y Yolei agradeció que así fuera. Cruzó los brazos y se dedicó a vigilar a Daisuke. Se había acurrucado encima de Miyako, que ocupaba los dos asientos de enfrente.
—Qué raro que se lleven tan bien esos dos —comentó Davis en tono hosco.
—No es imposible. Pero sí, es raro.
No se dijeron nada más en lo que duró el viaje. Conectó los auriculares al móvil y activó la reproducción aleatoria. Aun con los ojos cerrados percibía la mirada vigilante de Davis. Contuvo la sonrisa. Notaba cómo la soledad ya no se dilataba en el espacio; en su maltratado pecho burbujeaba ahora una estimulante sensación de paz.
Poco a poco, al tiempo que una canción sucedía a la otra, Yolei se iba reconciliando con los recuerdos de los que había renegado momentos antes. Suena Umbrella y el rosa se adueña del oscuro espacio: Mimi le guiña un ojo para despedirse y se aleja dando saltitos. Con Raindrops, Matt acapara toda la atención de una cámara que parece adorarle: esta vez, para variar, exhibe una sonrisa indolente que consigue camuflar los fantasmas de sus ojos. Bright Eyes la eleva al cielo de los peces payaso, donde chapotea un rato en las aguas doradas junto a Carl, y después regresa al mundo de los vivos justo a tiempo de ver a Kari y T.K, quienes, pegados el uno al otro, inician un baile lento al son de Love Letter.
Lo último que recordó antes de caer dormida fue un verso de aquella vieja canción de Los Beatles:
Take this broken wings and learn to fly.
Ya está, he terminado mi primer longfic y la sensación es muy extraña. Cuando escribo que Yolei está "más aturdida que nunca" también estoy hablando de mí. Me ha costado mucho escribir este último, tanto por la extensión como por las continuas alteraciones que ha sufriendo mientras lo escribía, pero creo que estoy satisfecho. He sonreído al recordar que esta historia iba componerse en un principio de tres capítulos. Me alegro de haberla alargado.
Muchas gracias a todas los que me habéis leído y dejado las mejores reviews que he recibido hasta la fecha.
AH, NO PUEDO IRME SIN DEJAR LA BANDA SONORA DEL FIC.
Le Matin – Yann Tiersen
In my life – Los Beatles
Toy Collection – Katie Melua
Raindrops – Regina Spektor
We can´t stop – Miley Cyrus
Love is simple – Akron
Bright Eyes – Art Garfunkel
Solitude – Ryuichi Sakamoto
Blackbird – Los Beatles
Don't Dream I's Over – Crowded Houses
Near Light – Olafur Arnalds
