Mientras el sol se acercaba cada vez más al horizonte, la Academia de Shinigamis del Seireitei empezaba a bañarse en tonos anaranjados, anunciando que la jornada de entrenamiento del día estaba concluyendo. Al comprobar esto, la profesora de Combate con Armas II hizo un fuerte ruido con las palmas de sus manos, indicando el final de la clase, y se dirigió hacia su asistente, una joven Académica de nivel avanzado, que estaba asistiendo a uno de los alumnos, corrigiéndole la postura en una técnica con el shinai.

- Se me parte la cabeza; encárgate¿sí? –le dijo a su ayudante, poniéndole una mano en el hombro derecho.

- No se preocupe –respondió ella, asintiendo con la cabeza, y mientras la profesora procedía a retirarse, se ocupó de dar instrucciones a los alumnos para que la ayudaran a guardar las armas que habían utilizado.

Distrayéndose constantemente por las típicas charlas de fin de clase, los Académicos siguieron las órdenes de su superior, que les indicaba, por grupo, a dónde llevar las armas.

- ¡Chicos, cuanto antes terminemos con esto, antes estaremos en las duchas! –gritó la joven, incentivando a los alumnos a dejar de hablar y a apurarse con la limpieza de la sala de entrenamiento.

De pronto, una fuerte puntada hizo que la mujer se llevara las manos al pecho, apretándose la piel con fuerza. Lentamente, fue subiendo sus manos hacia el cuello, intentando liberarse de esas manos imaginarias que parecían estar tratando de ahorcarla. En cuestión de segundos, la joven cayó de rodillas al suelo.

- ¡Senpai!. ¡Senpai!. ¡¿Se encuentra bien?!. ¡SENPAI!

Las voces de sus alumnos no parecían llegar a sus oídos. Dentro de su cabeza, sólo había una persona aturdiéndola, retumbando desde lo más profundo de sus recuerdos, hasta llegar al presente. Esa sensación no era parte de su imaginación; podía sentirla claramente, como no lo hacía desde hacía muchísimo tiempo.

Ella estaba ahí.


10
Cicatrices y lágrimas


Con movimientos lentos, Ben terminó de darse vuelta, dejando que las luces que provenían del techo bañaran su rostro, revelando así una expresión de rencor mezclado con agotamiento. Su cabello había desaparecido casi por completo, dejando una cabeza rapada. La mitad izquierda de su rostro estaba atravesada por una delgada cicatriz, producto de la pelea en Hokutan, dos años y medio atrás. Su pecho y sus brazos también estaban cubiertos por varias heridas, y si bien algunas eran, evidentemente, producto de diversas batallas, había otras que no parecían haber sido inflingidas con armas de combate, y que daban la impresión de ser recientes.

- ¿Qué… te hicieron? –preguntó Ger, dando un paso hacia atrás.

- Desaparece –respondió su antiguo compañero, escuetamente y sin rodeos.

- Pero, por qué… Por qué te tienen así…

- ¿Qué, no lo sabes? Si tú eres de la misma calaña. Si tú vives en el mismo nido de ratas. Si tú--

- ¡Ben, me enteré de que estabas aquí hace muy poco tiempo!. ¡Si lo hubiera sabido antes, habría tratado de ayudar--

- ¡CIERRA TU MALDITA BOCA! –exclamó el prisionero, moviéndose hacia delante y tirando violentamente al suelo la pequeña mesa que se encontraba junto a él- ¡No me interesa que vengas a fingir que te preocupo!. ¡No necesito tu compasión, ni la de nadie!

Las palabras de Ben resonaron fuertemente en la celda, haciendo que Ger apretara los puños de sus manos. Por momentos, al Shinigami le parecía que el hombre en frente suyo cambiaba la furiosa expresión para dejar paso a una mirada triste, acaso conteniendo algunas lágrimas.

- Pensé… -dijo Ger, luego de algunos segundos, en voz baja, y sin mirarlo a los ojos- Pensé que los Hitori habrían vuelto por ti ese día. Me dijeron que no encontraron tu cuerpo, y entonces supuse…

- Supusiste mal –lo interrumpió Ben-. Te mintieron, o le mintieron al imbécil que te dijo eso. Como se nota que, aunque seas un Shinigami, no entiendes nada de ellos. No les importa nada, más que ellos mismos. No les interesa lo que pueda pasarle a los demás, mientras les sirvan como ratas de laboratorio. Así son; así han sido siempre.

- Pero… ¿Por qué tenerte encerrado durante tanto tiempo?. ¿Por qué ocultarte?... Ben, te tuvieron prisionero en secreto durante dos años y medio, y nunca me habría enterado si no hubiese sido por mi Capitán… ¿Por qué han--

De pronto, las palabras de Kasumi resonaron en la mente de Ger. "Es una suerte que no sepan que tú eres igual a él". Las heridas en su cuerpo eran evidencia de que la gente de la División 12 había descubierto la verdadera naturaleza de Ben. Ellos sabían lo que era, y por eso estaban experimentando con él, para descubrir cómo había llegado a "ese estado".

- Ya te he dicho; eres tú el que supuestamente los conoce, así que deberías ser tú el que me lo dijera –contestó Ben, haciéndolo volver a la realidad.

El antiguo líder de las Sombras caminó lentamente hacia la cama ubicada al costado, y se sentó en ella, reposando su espalda contra la pared.

- De cualquier modo –continuó-, el que tú no supieras que estaba vivo explica que no hayan venido por mí. Pero aunque me hayan dado por muerto, en algún momento se enterarán de que estoy con vida… Y cuando sepan que he permanecido leal a ellos todo este tiempo, estarán muy contentos.

Al escuchar a Ben, la imagen de Haruka dándole la espalda bajo la lluvia en Hokutan apareció ante los ojos de Ger. Sus palabras habían sido claras: "No me interesa un imbécil que no es capaz de obedecer una orden. Por mí, que se desangre y se muera". Cuando su superior había dicho eso, Ben se encontraba inconsciente, por lo cual tenía sentido que pensara que los Hitori lo hubieran dado por muerto. Sin embargo, aunque no fuera así, Haruka no hubiera movido ni un dedo por salvarlo, y de eso Ger estaba seguro.

- Ben… -susurró Ger, mirando hacia un costado-. Ellos no… no vendrán por ti.

La mirada de Ben recuperó la hostilidad que, segundos atrás, parecía haberse apaciguado.

- ¿Perdón?

- ¡Vamos, Ben! –dijo el Shinigami, volviendo a mirarlo- ¡Por más que quieras creer lo contrario… a los Hitori tampoco les importa nada más que ellos!. ¡Ni tú ni yo les importamos como personas!

- ¡No me pongas al mismo nivel que el tuyo! –gritó Ben, levantándose de golpe- ¡No eres más que un traidor!. ¡Yo jamás hubiera mordido sus manos como tú lo hiciste!... ¡Para ellos… yo soy uno más!. ¡Ellos valoran mi lealtad!. ¡Pero ese es un concepto que tu cerebro nunca podrá entender!

Ger se quedó mirando a su ex compañero con una mirada angustiada: le parecía percibir que el prisionero hacía un gran esfuerzo por creer sus propias palabras, cuando en realidad tenía miedo de que lo que estaba exclamando no fuera cierto. Era evidente que haber pasado tanto tiempo encerrado había traumado a Ben, al punto que, para sobrevivir, no podía hacer más que mentirse a sí mismo. En ese momento, se veía tan desesperado por convencerse de que lo que decía era real, que parecía estar por perder la cordura.

- ¡TE DIJE QUE DEJARAS DE MIRARME ASÍ! –bramó, haciendo retumbar la habitación con su voz, y abalanzándose sobre Ger con sus brazos extendidos, decidido a ahorcarlo… sólo para terminar recibiendo en el medio del pecho el impacto de un grueso rayo blanco de kidoh, proveniente de un dispositivo ubicado en uno de los rincones de la pared.

Ger se sobresaltó al ver cómo Ben rebotaba contra el suelo, llevándose las manos al corazón, y gimiendo de dolor. Segundos después, la puerta a sus espaldas se abrió de par en par, y Lilah, la Shinigami colorada, dio un paso dentro de la habitación, escoltada por dos compañeros.

- Ya fue suficiente, vamos –le dijo a Ger, que no dejaba de quitarle los ojos de encima a Ben.

- ¡Eres un traidor…! –siguió diciendo el cautivo, con sus manos en el pecho, y sin poder levantarse del suelo, bañado en transpiración-. ¡Siempre serás un traidor…!. ¡No conoces la lealtad…!

- Ger-san,vamos –repitió Lilah, tomando al Shinigami de uno de sus brazos, y haciéndolo salir de la habitación, aunque no dejara de mirar a Ben con una expresión llena de dolor.

- ¡SIEMPRE SERÁS UN TRAIDOR!. ¡SIEMPRE! –continuaron resonando los gritos de Ben, mientras las puertas volvían a cerrarse.

Ya de vuelta en el pasillo, Lilah soltó a Ger, que no dejaba de mirar la habitación que acababa de desaparecer de su vista. Sus ojos comenzaron a humedecerse.

- ¿Se encuentra bien?... ¡Ger-san! –exclamó Lilah, al ver cómo el Shinigami comenzaba a correr en dirección a la salida.

Ger atravesó la sala de computadoras donde minutos atrás se había llevado a cabo la discusión de los investigadores de la División 12. Los Shinigamis quitaron su atención de los monitores para ver cómo el joven corría desesperadamente hacia fuera del Instituto de Investigación y Desarrollo. Una vez afuera, continuó trotando por los pasillos del Seireitei, apresurado por alejarse de aquel lugar, mientras el sol comenzaba a ocultarse.

Detrás de una columna, una figura cubierta por un atavío negro contempló cómo el Shinigami que acababa de pasar fugazmente a su lado se perdía en la distancia.


Los últimos rastros del atardecer dieron paso a ese breve interludio entre la tarde y la noche en el que el cielo se tiñe de azul oscuro, comenzando a vislumbrarse las estrellas. Ni una sola nube se veía encima del Seireitei cuando Ger se detuvo frente al lago de la División 6, luego de haber corrido sin parar durante un largo rato. Considerablemente agitado, se dejó caer de rodillas, apoyando sus manos en el césped e inclinando su cabeza hacia abajo, frente al agua.

- ¿Estamos agitados? –preguntó una voz familiar- ¿Estuviste huyendo de alguna manada de niñas?. ¿O el calor veraniego empezó a afectarte?

El irónico tono de Gaijin no bastó para que Ger se levantara, haciendo que al Oficial le llamara la atención la actitud de su amigo.

- Ger… ¿estás bien?

Una vez que Gaijin puso una mano sobre su hombro, Ger se dio vuelta, revelando un rostro bañado en lágrimas, y lleno de tristeza e impotencia. Sorprendido, Gaijin se agachó junto a su compañero, e intentó tranquilizarlo, sin dejar de apretarle firmemente los hombros en señal de amistad.

Luego de algunos minutos, y sin dejar de sollozar, Ger le explicó brevemente a Gaijin de dónde venía y con quién había hablado.

- Deberías haberlo visto, Gaijin-kun… Las cosas que le hicieron… De sólo pensar... ¡De sólo pensar que es lo mismo que podrían hacerme a mí si supieran…!. ¡Ya no puedo soportarlo, Gaijin-kun!. ¡No puedo!

- Ger, tienes que calmarte… Estás angustiado por algo a lo que le das demasiada importancia.

- ¡No es así!... ¡Gaijin-kun, por más diferencias que pueda tener con Ben… el no merece que le hayan hecho eso!... Al menos… ¡Al menos, no lo merece más que yo!

Gaijin se quedó en silencio tras escuchar el descargo de su amigo. Trataba de encontrar las palabras para poder consolarlo. Desde que Ger se había sincerado con Kuniko y él aquella noche en el hospital, hacía dos años y medio, la relación entre los tres se había vuelto mucho más transparente: los secretos habían ido desapareciendo, y el pasado del joven Shinigami había dejado de ser un misterio para sus dos compañeros más cercanos. Eso le había permitido a Gaijin comprender un poco más por qué Ger se sentía tan culpable ante ciertas situaciones, como la que estaba llevándose a cabo en ese mismo momento.

- ¿Cuándo dejarás de pensar en las cosas malas que mereces? –dijo Gaijin, finalmente- En los últimos años has crecido muchísimo, tanto como Shinigami, como persona. Te convertiste en un Oficial, te ganaste el respeto y el cariño de tus compañeros, aprendiste a confiar en tus amigos… ¡Por Dios, hasta te volviste un referente de la moda en la División!

Esa última frase hizo sonreír un poco a Ger. Desde que había empezado a darle ciertas "libertades" a su forma de vestirse –como utilizar camisetas negras bajo el haori, o perforarse la ceja derecha y el labio inferior izquierdo-, Gaijin se empecinaba en hacerle bromas sobre su apariencia, por lo tanto, era sabido que recurrir a ese tema lograría quitarle al menos una pequeña sonrisa a su amigo.

- Pero lo más importante es que… -continuó Gaijin-… Ger, lo que hiciste en el pasado, es parte del pasado. Es hora de que dejes de culparte por eso, pero principalmente, que dejes de culparte por los errores de los demás.

- Gaijin-kun… -dijo Ger, limpiándose las lágrimas del rostro-… Si hubiera podido abrirle los ojos a Ben… Ayudarlo a entender… Hay tantas cosas que él nunca supo… Y que sigue sin saber… ¿Y de qué sirve decírselas ahora, si en cualquier momento van a acabar con su vida?

Gaijin no respondió a la pregunta de Ger; tan sólo se limitó a volver a apretar con fuerza sus hombros, dándole la seguridad de que no se encontraba solo. Mientras tanto, el azul del cielo se fue volviendo más y más oscuro, asomándose cada vez más luces en la oscuridad.


Uno tras otro, los monitores del Instituto de Investigación y Desarrollo se fueron apagando, haciendo que la sala quedara relativamente menos iluminada que antes. La inmensa mayoría de los Shinigamis que trabajaban ahí se habían ido al haber finalizado la jornada, por lo tanto, además de menos luz, había muchísima menos gente. Entre las pocas personas que quedaban, y que estaban reunidas alrededor de la computadora principal, la única que permanecía prendida, se encontraba Lilah, junto a tres compañeros.

- Los registros en su sangre permanecen iguales –dijo, mientras sus compañeros hacían anotaciones-. No puede ser, ya no quedan variables para desarrollar. Empiezo a creer que no hay rastro posible hacia el núcleo raíz.

- Si lo hay, es indetectable –comentó uno de sus compañeros, ajustándose los anteojos-. Por más vueltas que tratemos de darle al asunto, esta es una ciencia que está muy lejos de lo que alguna vez hemos investigado.

- Tenemos que pedirle al Capitán que solicite una nueva prórroga a la Cámara de los 46 –dijo otro Shinigami.

- No servirá de nada –respondió Lilah, dándole la espalda al computador-. Según lo que Kurotsume-sempai dijo, los 46 dejaron en claro que no habría más prórrogas. Una vez que se cumpla el plazo, el Proyecto será ejecutado.

- ¡Pero eso… será en tres días! –exclamó el Shinigami de gafas.

- Ya lo sé –contestó antipáticamente la mujer-. Pero no podemos hacer nada más. Deberíamos dejar de tratar de hallar el núcleo raíz… y concentrarnos en todo lo que pudimos obtener de él. Que no es mucho… pero lo suficiente como para poder crear nuestra propia… "personificación".

La discusión entre los Shinigamis fue interrumpida por lo que parecía ser una ventisca, que se desplazó entre los computadores hasta llegar a ellos. Los cabellos de todos los científicos flamearon al viento durante algunos segundos, como si se encontraran al aire libre, cuando en realidad estaban en un recinto completamente cerrado.

Una vez que el viento cesó, uno de los Shinigamis dio algunos pasos hacia delante, con las cejas fruncidas.

- Pero qué--

Una enorme cantidad de sangre emergiendo de su cuello eliminó la posibilidad de que esa oración pudiera completarse. En cuestión de segundos, el Shinigami había caído al suelo, sin vida. Alarmados, Lilah y sus otros dos compañeros se pusieron en guardia, sin saber exactamente qué era lo que estaba sucediendo, ni de dónde había venido ese ataque.

- ¡No se muevan!. ¡Puede venir de cualquier lado! –gritó Lilah, metiendo su mano debajo del haori blanco en busca de su zanpakutoh. Cuando sus dedos envolvieron el mango de la misma, el inconfundible sonido de sangre esparciéndose por el aire la horrorizó, y al girar la cabeza comprobó que sus dos compañeros ya no estaban de pie.

Una silueta negra se movió por entre los monitores, y provocó que Lilah desenvainara rápidamente su espada, considerablemente más corta que las de la mayoría de los Shinigamis.

- ¿Quién eres?. ¡Responde! –dijo Lilah, con la voz algo quebrada, y sosteniendo su zanpakutoh con firmeza en dirección a la figura de negro que acababa de detenerse delante suyo, dándole la espalda.

Sin prestarle ninguna atención, el invasor comenzó a caminar en dirección a la puerta que conducía a las celdas. Las manos de Lilah empezaron a temblar, previendo que, aunque no fuera una experta en combate, no le quedaría más opción que atacar.

- ¡No te muevas! –exclamó la Shinigami, y al ver que la figura la ignoraba, comenzó a desplazarse en dirección al enemigo, decidida a atacar.

De pronto, Lilah se detuvo, y sus ojos se abrieron ampliamente. La mujer dejó caer su zanpakutoh al suelo, y lentamente se llevó las manos al cuello, aunque sin llegar a tocar su piel. Luego de algunos segundos, un estallido de sangre acompañó la separación de su cabeza del resto de su cuerpo, y mientras el cadáver de la Shinigami caía, la puerta del pasillo de las celdas voló en pedazos con una potente explosión de kidoh, haciendo que la alarma del Instituto comenzara a sonar escandalosamente.

Sólo bastó un paso de shunpo para que la persona de negro se ubicara frente a una de las celdas, y luego de un par de segundos, la puerta de la misma también se desintegró, acompañada por una detonación de energía espiritual.

Desde el suelo, Ben se reincorporó violentamente, alertado por la inmensa cantidad de humo que acababa de invadir su celda, producto del estruendo que lo había enviado de lleno al piso. Sus ojos se llenaron de sorpresa al contemplar a la figura que se erguía delante suyo, cubierta por una larguísima vestimenta oscura que le cubría todo el cuerpo, y con una capucha ocultándole la cabeza, dejando asomar sólo unos largos mechones de cabello lacio y azulado.

De pronto, la persona se desplazó en dirección hacia Ben, y tomándole las dos mejillas con sus manos, le dio un beso en la boca. El joven no dejó de mantener los ojos abiertos mientras sus labios hacían contacto con los de ella, indudablemente impactado por lo que acababa de suceder. Cuando el beso llegó a su final, y los rostros de los dos se separaron, Ben finalmente habló.

- … ¿Sora-sama?

- Vámonos –contestó la mujer, cuyo rostro estaba cubierto casi a la mitad por el cabello azulado que sobresalía debajo de la capucha.

Sora sujetó firmemente a Ben de la mano y lo llevó fuera de la celda con ágiles pasos de shunpo.

- ¡Sabía que vendría por mí…!. ¡Lo sabía…! –dijo un sonriente Ben, tras lo cual sus pies tambalearon, y su mano soltó a la de su salvadora, para luego caer al suelo, inconsciente.

Sora no se sorprendió por lo que acababa de suceder: la vestimenta blanca de Ben era un claro indicio de que el hombre había sido privado de sus poderes espirituales, y al abandonar la celda que lo había contenido todo ese tiempo, el contacto con el reiatsu del ambiente exterior lo había abrumado, haciéndolo perder la conciencia. La mujer colocó los brazos de Ben alrededor de su cuello, y continuó desplazándose en dirección a la salida del Instituto llevando al prisionero a su espalda.

Al llegar a la puerta principal del Instituto, varios Shinigamis la esperaban con sus espadas firmemente alzadas, pero antes de que pudieran atacar, sus cuellos también habían resultado cortados, impidiéndoles actuar para detener a la mujer, que pasó por entre ellos cargando a Ben, y saliendo al Seireitei.

La alarma del Instituto alertó a todos los Shinigamis de la División 12, pero la velocidad de la intrusa era insuperable, incluso llevando a Ben a su espalda, y ninguno llegó a ver hacia donde se dirigía esa misteriosa y peligrosa figura, que con cada paso de shunpo se perdía más en la oscuridad de la noche.

Sora siguió saltando de techo en techo, y en cuestión de segundos se encontraba fuera del rango de la División 12. La mujer continuó moviéndose por los tejados, hasta que algo la hizo detenerse bruscamente sobre uno de los edificios.

Una persona acababa de aparecer delante de ella mediante un paso de shunpo de una calidad similar a los suyos, y empleando una técnica muy parecida a las que ella usaba. Pero lo más llamativo era que se trataba de una joven vestida de Shinigami Académica, con un haori blanco y una hakama roja, y portando una katana común y corriente. Su cabello, castaño oscuro y ondulado, se movía al ritmo de la brisa veraniega de la noche.

- Bueno, bueno… -dijo Sora, con una mueca sarcástica, y sin dejar de sostener los brazos de Ben alrededor de su cuello- Miren cuánto ha crecido la niña.

- Hermana… -dijo Yui, dirigiendo la katana en dirección a su oponente.


Próximo capítulo:
Cicatrices y lágrimas 2/
Asesina