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•XI•
"He estado viviendo en un huracán
He estado corriendo en la lluvia tormentosa
He estado recostado en las navajas
todo lo que quería era matar el dolor.
He estado dando toda mi vida por ti,
porque rio y lloro por ti,
cualquier cosa por estar cerca de ti..."
—The Rasmus, Holy Grail—

Imaginar los resultados positivos que podía haber en todo esto era mucho más fácil que considerarlos posibles. Sabía que había cometido un error, y que ese error como todos tenía sus consecuencias, qué tan perjudiciales o dolorosas serían, era algo que no podía imaginarme. Ni siquiera había imaginado este resultado en primer lugar. Levi estaba ahí para apoyarme y era un gran alivio, pero a su vez, no podía estar seguro de si eso sería suficiente.

Tenía miedo y un montón de dudas, había en mí también un pequeño impulso por tomar a Isabel en mis brazos y llevármela lejos de ahí. Volver a escondernos, volver a empezar, solo ella y yo en un rincón lejano de Levi y Mikasa. Pero en realidad yo no podía seguir yendo por la vida causando daños en la gente bajo mi egoísmo. Debía enfrentar mis miedos ahora, debía dejar de aferrarme a Isabel con la violencia que la lastimaba y que ella ignoraba. Debía simplemente aceptar seguir adelante.

La solución estaba en una simple llamada. No, llamarlo solución no sería apropiado, en todo caso, sería simplemente el final del problema.

Yo sabía que no tenía el valor para marcarlo, pero debía tenerlo, había sido yo después de todo quien había iniciado todo esto, y debía ser yo quien fuese el primero en recibir las consecuencias.

Sin embargo, tan dudoso como estaba, el destino siempre tuvo planes distintos para mí; como si fuese el encargado de tomar las decisiones que yo consideraba difíciles. Un segundo estaba de pie a mitad de mi departamento intentado llenarme de un valor que sabía que no tenía, y al siguiente el timbre del lugar sonaba y yo abría la puerta solo para sentir mi mundo, el mundo que nos pertenecía a Isabel y a mí únicamente, desmoronarse como lo hacen los cerros ahumados en niebla después de una implacable tormenta, sin tiempo y sin consideración, sin darme lo opción de ponernos a salvo.

Ahí de pie frente a mí, con Levi yendo a comprar y las niñas dormidas, estaba vulnerable, más vulnerable que nunca. Y las siluetas poderosas de los demonios que venían a robarse la luz de mi mirada se erguían sobre mí con indiferencia y enfado, con todo el dolor y la furia que yo les había provocado.

Di un paso atrás, quizá dos, ni siquiera pude ser consiente de todas mis acciones. Hanji, el oficial, y las demonios, todos ellos estaban mirándome con una pose defensiva, como esperando que yo hiciese algo, cualquier cosa, pero incluso si mis pies no se hubiesen quedado pegados en el suelo, no podía hacer nada con ellos rodeándome y reduciendo al mínimo mis posibilidades de escape.

Eren — escuché que llamaron, mi mente, engañosa, reemplazó la voz con el agudo y cariñoso todo de Isabel. Por inercia miré hacia el pasillo de las habitaciones esperando verla de pie ahí, buscándome, pero no había nada, cuando mire al frente entonces me di cuenta que no había sido ella quién me llamó. Fue Hanji, su mirada, aunque molesta, mostraba un pequeño grado de comprensión y dolor, de lastima, de sentir. —Eren — repitió, e intentó acercarse a mí, me tomó por la muñeca de mi mano derecha, como una madre que acaba de descubrir haciendo algo malo a su hijo e intenta ser comprensiva y al mismo tiempo firme con él; no obstante, ante mis reflejos y el miedo que me dejó paralizado, tomé su mano con mi mano libre y la obligué a soltarme con la presión violenta que ejercí sobre ella.

Ella pareció no entender por qué la empujé después alejándola de mí. Tomando su propia mano lastimada entre su cuerpo me miró con incomprensión. ¿Pero qué es lo que no entendía? ¿Qué era lo que no podía ver? Si acababa de destruir el mundo que por un momento sentí que comenzaba a girar hacia el lado correcto. Ella y las personas que venían consigo.

—Eren — está vez fue Hannes. Hannes. Me reí ante la realización. Me reí como si me burlara, pero dentro de mi todo estaba siendo una especie extraña de sentimientos contradictorios. Sabía que había comenzado a llorar cuando entre mis risas incontrolables sentí lagrimas deslizarse violentas por mis mejillas.

Llevé las palmas de mis manos a mis ojos, intenté hacer presión para contener las lágrimas y el dolor apabullante en mi corazón, pero nada funcionó. Una mano, fuerte, pesada, confianzuda, se posó sobre mis hombros y me obligó a alzar mi mirada.

A mi mente vino entonces aquella tarde de mis siete años cuando mamá y papá no pudieron estar en mi cumpleaños. Cuando todo a mí alrededor era una nana que cambiaría al día siguiente y el tío Hannes diciéndome que tenía que comprender, que mis padres deseaban estar conmigo, pero que en la vida hay ocasiones que lo que más deseas no puede ser posible. Y luego yo, el pequeño niño de siete años lleno de furia y tristeza abofeteando lejos la mano insensata de Hannes sobre mi cabeza y corriendo lejos del lugar que me obligaban a llamar hogar.

Corriendo sin mirar atrás, sin hacer caso a los gritos ensordecedores de mí nombre. Corriendo como si en el mundo la única persona que existiese fuese yo. Corriendo. Corriendo. Corriendo sin detenerme, dispuesto a alejarme de la soledad que me embargaba. ¿A dónde es que iba? ¿Lo sabía acaso? Lo cierto es que no quería volver a casa, y no podía ir a la playa, o demasiado lejos porque mi bici seguía estropeada y mis pies infantiles se cansaron muy rápido. ¿A dónde fui? Tal vez a refugiarme bajo los auriculares y la puerta de la casa de un desconocido que insistía en tener un parentesco conmigo. Llamé desde ahí a un número que sabía de memoria y después de timbre y timbre, la operadora tomó mi llamada.

Yo también estoy solo — él dijo — aunque no solía ser así. Hace mucho tiempo tuve un lugar al cual llamar hogar. Los sueños que viví junto a mi familia eran más que divinos. Cada día era como un regalo... hace algún tiempo.

Era un niño mayor que yo, de cabellos rubios y mirada benevolente, a veces, cuando recordaba cosas que no quería recordar, sus ojos parecían muertos. Lo conocí de casualidad un día, mientras la nana de aquella ocasión me llevó a jugar al parque, él se me acercó y me preguntó si podía jugar conmigo, yo dije que no. Pero él se quedó. Volvió cada día durante una semana, y algunos días después, impulsado por mi curiosidad y mi valentía, y porque alguna parte inquieta y cruel de mí quería preocupar a la nana, fui con él a su casa.

Él tenía una madre, pero no tenía un padre. Su madre tenía el cabello tan rubio como él, y la mirada amable que solía acompañarle la mayoría del tiempo, pero los demás rasgos venían de alguien quien entonces era desconocido para mí. Él me enseñó a cazar insectos y a pintar las rosas blancas de mamá con pintura acrílica. Me habló sobre su madre y lo mucho que le quería, sobre lo feliz que eran juntos, y sobre lo mucho que les había lastimado el hombre que les había abandonado.

Él dijo su nombre un mes después de conocernos.

—Zeke, mi nombre es Zeke. Zeke Jaeger.

Dijo que era mi hermano. Le dije que dejará de bromear conmigo, pero, ciertamente, no le tomé importancia. Una parte de mí podía creer que tal vez era cierto, porque mamá era muchos años menor que papá, y ella siempre se molestaba con él cuando hablaba sobre esas personas, lo que era extraño, porque mamá en realidad siempre fue una persona amable con los demás.

Pero no me molestó, o me hizo sentir desilusionado. No hubo ninguna clase de sentimiento negativo.

Así que volví, cada día, después de escaparme de casa. Volví porque me gustaba aprender lo que él me enseñaba, y porque una parte de mí se sentía por fin completa.

—No respondió — le dije después de colgar y devolver el teléfono.

—¿Por qué no te quedas está noche? Mamá puede hornear un pastel para ti, y podemos hacer un fuerte.

—¿Un fuerte?

—Sí, un fuerte. ¿Jamás has hecho uno?

Negué.

—Entonces quédate y te enseñaré como hacerlo. ¡Ah! Pero no le digas a mamá tu nombre o se enfadará. Y si pregunta eres el niño al que he estado cuidando por las tardes, el hijo de algún vecino no muy cercano. Y tus padres han dicho que podías quedarte hoy.

Me quedé ese día y horneamos pastel y cantamos felicitaciones. Cuando volví a casa mamá y papá estaban ahí, esperándome, con miradas preocupadas y furiosas, preguntaron en dónde estaba y con quién, yo no quise decirles, pero mamá me presionó a ello cuando dijo que podían ser malas personas. Y a pesar de mi corta edad, yo sabía que eso no podía ser posible, porque ellos eran amables conmigo. Le dije a mamá que tenía un hermano mayor, que habíamos horneado pastel y que incluso me regaló uno de sus viejos juguetes, porque él era después de todo demasiado mayor para ello.

No recuerdo mucho, pero sí recuerdo que mamá lloró y gritó a mi padre, y me prohibió volver a acercarme a Zeke. Cuando se lo conté a él, él dijo que debía obedecer a mi madre.

—Porque tu madre es una buena persona después de todo.

Y luego despareció de mi vida como lo hacen las viejas canciones de radio, y eventualmente lo olvidé. Hasta ahora.

Con su rostro maduro y un par de anteojos cubriendo el rostro que me recordó a mi padre. Y su mano sobre mi hombro no solo me recordó el hecho de que él existió alguna vez en el pasado de mi vida, y que fue importante, sino también me recordó que él era uno de los demonios que quería llevarse a mi hermana, porque creía, erróneamente, que le pertenecía.

—Fue difícil encontrarte — él dijo —. De no ser por la señorita Hanji probablemente nos habría llevado más tiempo.

—¿Por qué? — fue lo primero que pude pronunciar, a ella, herido y decepcionado.

—Sabía que algo raro pasaba cuando te negaste a reconocer a Isabel en la comisaria. Así que volví, y, coincidentemente, el oficial había recibido la alerta de búsqueda para Isabel y Eren Jaeger, quienes se habían dado a la fuga a principios de diciembre. Y si quieres saber mi opinión, esto es lo correcto.

—No. No quería saberlo. No me interesa saber lo que ustedes creen.

—Eren — ella dio un paso hacia mí, pero yo no quería su compasión. No necesitaba la compasión de nadie. Di un paso hacia atrás. Y miré el rostro de todas la personas frente a mí; el rostro de Hanji, el rostro del oficial, el rostro de Hannes, el rostro de Riko la trabajadora social, y Pixis, su jefe, junto a Zeke. Todos ellos pidiendo por algo que yo no podía darles.

—Es mi hermana — luché con una fuerza hercúlea por no alzar mi voz, a pesar de que la rabia estaba corroyendo cada parte de mí.

—Y sabemos eso — Hannes se acercó a mí, suplicante —, pero lo que ella necesita ahora es estabilidad.

—¿Y por qué crees que yo no puedo dársela?

—Porque aún eres un niño.

Incluso si yo sabía eso, era vergonzoso escucharlo. Claro que eso era verdad, podía verlo en todas y cada una de mis acciones, era alguien que no sabía medir las consecuencias antes de actuar, y que no razonaba cuando creía que toda la razón que necesitaba era la mía. Y sabía también, en lo profundo de mí ser, que era incapaz de darle a Isabel todo lo que una niña de su edad necesitaría. Pero era mi hermana, y no había cosa en el mundo que no fuese capaz de hacer por ella.

Bajé la cabeza, sin ser capaz de repeler sus palabras. Mordí mi labio inferior como una forma de callar todas las réplicas e insultos que podría decirles a todas estas personas. Quería, principalmente, correrlos de mi casa, de este pequeño mundo que aún me pertenecía.

—Antes que nada, me gustaría ver a la niña, saber que está bien — Riko habló, tan tranquila y monótona, como si no estuviera aquí sabiendo el daño que me estaba provocando.

—Ella lo está — respondí ácidamente, abrazándome a mí mismo como una forma de contención.

—Tendrías que saber, Eren Jaeger, que tu posición no es muy favorable justo ahora, y que...

—Está bien — Hanji irrumpió —. Puedo decir con seguridad que ella lo está, a pesar de lo que puedan creer, Eren no ha estado solo en todo este viaje, ¿no es así?

Fruncí el ceño, molesto, no convencido de ser condescendiente con ella.

—Izzy está durmiendo, y antes de cualquier cosa me gustaría hablar con ella.

Riko dio un paso adelante hacia mí, pero antes de decir alguna cosa, Pixis le tomó por el hombro y le detuvo dándole un único asentimiento. A esas alturas era consciente de que no tenía ningún derecho de pedir algo, pero que a pesar de ello se me fuese concedida mi petición, no pudo hacerme más que sentir satisfecho. Tranquilo. Al menos un poco.

—Y quiero que se vayan.

—Eso no podemos hacerlo — Pixis añadió.

Hice una mueca insatisfecha.

—No iré a ningún maldito lado, solo no quiero estar en la misma habitación que ustedes, pueden dejar al oficial o Hannes, me importa una mierda quién sea, solo quiero que se vayan.

Y así, sin detenerme a escuchar su veredicto, caminé tan rápido como pude al dormitorio de las niñas. Necesitaba estar solo.

Esto iba a pasar, tenía que pasar. Pero lo que no podía soportar era el hecho de que todo sucediera tan repentinamente, al menos si hubiese sido el primero en informar mi escondite habría tenido el tiempo suficiente para prepararme ante su inminente llegada y eventual encaramiento. Que ellos llegasen aquí de mano de una de las personas en quien había decidido confiar, no ayudaba demasiado.

A punto de abrir la puerta del dormitorio, la voz de Hannes volvió a detenerme. Con mis movimientos paralizados, miré hacia la sala de estar solo para descubrir que los demás se marchaban. Que fuese Hannes la persona que se quedaría para vigilarme, probablemente era una de sus mejores decisiones.

—¿Podemos hablar?

—No quiero hablar.

—Al menos escúchame.

Lo miré sobre mi hombro, su pose sumisa y afable ante mí. Guardaba sus manos en los bolsillos de sus pantalones y me miraba con una mueca suplicante y sincera. Suspiré mirando al frente y soltando la perilla de la puerta. Giré lentamente para escuchar lo que tenía por decirme.

—Gracias — suspiró —. Y lo siento, por venir sin invitación — intentó bromear, soltando una risa incomoda al final de su frase, pero yo no tenía ánimos para sonreír ahora —. Estoy intentando entenderte, Eren. Pero también quiero que intentes entendernos; estamos preocupados por ti y por Isabel. Enterarse de la muerte de tus padres no debió ser fácil, y yo tampoco estuve de acuerdo en el hecho de que tenían que separarte de Isabel, sin embargo no sería definitivo, no significa que dejarías de verla...

—¿Crees que no lo sé? Yo lo escuché, la noche que enterraron a mis padres. Zeke quiere adoptar a Isabel y llevársela lejos, porque por alguna razón todos ustedes creen que no soy bueno para Isabel.

—Cuando Riko habló sobre Isabel contigo esa noche te reíste y le dijiste que podían regalarla, que no te importaba lo que fuese de ella.

—Estaba molesto, uno dice cosas horribles cuando está molesto. Además, acababa de enterrar a mis padres, y ella simplemente llegó y me preguntó si podía confiarme a Isabel, ¿y quieres saber algo? Ni siquiera podía confiarme mi propia vida en ese momento, estaba triste y deseaba estar con ellos, ya que en vida no pude estarlo apropiadamente; pensé, por un momento, que si Isabel se iba de mi lado todo estaría bien. Pero ella sigue siendo mi hermana, mi familia, la única que me queda.

Hannes se quedó en silencio durante largos segundos. Mirándome con una tristeza indescifrable, parecía querer decir algo pero no ser capaz de encontrar las palabras adecuadas para expresarse.

Cuando volvió a hablar, él no dijo nada que yo no supiera.

—Tienes un futuro por delante, Eren. No puedes resumir tu vida a esto; puedes volver a la universidad, lo sabes, terminar tu carrera y plantearte un futuro adecuado. No puedes estancar tu vida y la de tu hermana en este pequeño departamento y un trabajo de medio tiempo ¿qué se supone que harás cuando ella sea mayor? Respóndeme si realmente eres capaz con toda esa responsabilidad.

Comenzaba a cansarme, de todo. No podía con la forma en que las cosas se dejaban venir sin consideración, sin darme un solo segundo de descanso. Quería cerrar los ojos y dormirme por al menos mil años, y que al despertar todo estuviera resuelto mágicamente, sin tener que pasar por todos estos malditos problemas. Pero nunca ha sido tan sencillo.

—Tal vez tienes razón — suspiré —. Sin Isabel podré volver a ser el mismo niño despreocupado de siempre, volveré a la universidad, retomare mis actividades el en club, volveré a salir con Armin y dejaré de preocuparme por alguien más además de mí. Todo será más sencillo. No voy a lidiar con rabietas, o con las llamadas de atención de sus profesores, ni tendré que poner sus intereses por sobre los míos. Sin Isabel simplemente voy a ser yo, y nada más va a importar.

Hannes se acercó, dio un paso hacia mí y colocó su mano sobre mi hombro como una muestra de apoyo. Al mirarlo pude ver la satisfacción cruzando por sus rasgos.

—Pero resulta que nada de eso es importante ya. Nada, además de Isabel. Pueden decir lo que quieran, pueden ofrecerme cuánto deseen, pueden venir y decirme que no soy alguien capaz de cuidar de ella, pero no impedirán que luche por ella. Seré lo suficientemente mayor en un par de meses para hacerlo, y ninguna de sus palabras impedirá que lo haga.

En ese instante, antes de que Hannes pudiese decir algo más, la puerta fue abierta y de ella emergió como una clase de hechizo reparador, Levi, con algunas bolsas en manos y la mirada dura de siempre. Vagamente sorprendido, se dedicó a colocar las bolsas con las compras sobre la mesa y mirar desde la distancia a Hannes. Hannes también le miraba, con desconfianza.

—Bienvenido — le dije a Levi, sonriendo a través del dolor.

Dude, solo un segundo, antes de trotar hacia él. Sabía que Hannes me miraba y sabía también que estaba haciéndose un montón de preguntas mientras nos veía susurrar entre nosotros con una casi nula distancia. Pero no iba a mentirles, no respecto a esto, no iba a esconder de nadie a Levi y a Mikasa, no tenía razones para hacerlo, no cuando ellos eran lo único que me sostenía para impedir que cayera al abismo.

—¿Quién es él? — fue la pregunta de Hannes, con el cuerpo tenso y sus pasos llenos de titubeos comenzó a acercarse, al ver la forma en que parecía no apartar sus ojos inundados en horror de la mirada hosca de Levi, pude sentir al fin una pequeña sonrisa querer escapar de mis labios.

No tenía demasiadas ganas de comenzar a explicar esta otra parte de la historia, no quería tener que volver a excusarme sobre cómo es que había terminado de esta forma; pero era Hannes de quien hablábamos, el hombre que había estado junto a mí desde que era un niño y el mejor amigo de mi padre, por supuesto que preguntaría y me regañaría y dudaría, y seguramente intentaría convencerme de que estaba actuando de nueva cuenta por impulso. No obstante estaba listo para defender esta parte, no dejaría que me la arrebataran también.

—Él es Levi...

La mano de Levi sobre mi muñeca detuvo mis palabras. La sorprendente llegada de estas personas no nos habían nada el tiempo para plantearnos y cuestionarnos lo que sucedería con nosotros en lo referente a este embrollo, pero si en algo estábamos de acuerdo y no era necesario decirlo en voz alta para saberlo, es que no íbamos a esconderlo, o negarlo. Las desaprobaciones, los disgustos, los malos momentos que podría venir, íbamos a ser fuertes contra todo eso, iba a ser fuerte contra ello, porque esa era la forma correcta de demostrarles que no estaba actuando por puro capricho, como muchas otras veces antes.

Levi le pidió a Hannes, antes de mandar una mirada discreta en mí dirección, un poco de su tiempo. Y Hannes, tras verme también, asintió.

—Ve con ellas — ordenó Levi.

No mostré protesta y lo hice. La persona madura y sensata en todo esto era él después de todo, así que era conveniente que charlará con Hannes.

Al entrar al dormitorio me sorprendí apenas un poco de ver a Isabel despierta, coloreando junto a Mikasa en una de esas libretas de colores que obtuvo de Christa. Me miró al entrar y me dedicó una media sonrisa antes de volver a lo suyo.

Me senté cerca de ellas y las miré mientras continuaban coloreando. Mikasa parecía dibujar una especie de pájaro con forma extraña, de colores chillantes y alas deformes; Isabel se dibujaba a ella misma, no con la perfección que un retratista lo haría, no, pero era mucho mejor que cualquier clase de dibujo que yo pudiese haber hecho de ella. Cuando terminó se acercó más a mí y se sentó tan cerca que casi podía fundir mi cuerpo con el suyo.

—Hice un dibujo para ti — me dijo y lo colocó frente a nosotros.

En el dibujo ella tenía el cabello rojo suelto y parecía volar en todas direcciones, una sonrisa atravesaba su rostro y sus mejillas parecían coloreadas, tenía también lo que podía ser un antifaz. Alrededor de su cuello una capa.

—Es una heroína — le dije, tomando el dibujo entre mis manos pasé con la yema de mis dedos los trazos remarcados. El color ardía contra mi piel justo como su cuerpo demasiado cerca del mío.

—¿Eren? — ella llamó acomidiéndose imposiblemente más contra mí. Sus manos rodearon mi cintura y su cabeza la acomodó contra mi pecho; era perfectamente capaz de escuchar los rápidos latidos de mi corazón.

Recargué mi barbilla sobre su cabeza. El olor a fresas, la suavidad de su piel, el color de sus ojos, su ruidosa risa, su menudo y pequeño cuerpo, grabé cada detalle de ella en mis recuerdos.

—Dime.

—Quiero ir a casa.

—Estamos en casa.

—No. No a esta casa. A casa, con el tío Hannes.

Tomé una profunda respiración. Miré a Mikasa quien, a pesar de que podía escuchar con claridad nuestra conversación, se mantuvo atenta en su labor, sin voltear a vernos ni un solo segundo.

—En realidad voy a hacer hasta lo imposible para que el tío Hannes permita que te quedes. Tú sabes, tenemos un hogar aquí, tenemos amigos y nosotros podemos...

—No — Isabel se separó de mí, se hincó frente a mí y me miró con sus ojitos llenos de súplica y dolor, un dolor que me mostraba sin duda todo el daño inconsciente que le había hecho hasta ahora; casi de inmediato, como si supiera que estaba siendo vulnerable y mostrándome una cara tan lamentable, se repuso y sonrió, una sonrisa frágil. —. No quiero quedarme aquí.

—Pero, Isabel, yo no voy a volver a ese lugar...

—Lo sé...

Ella bajó la mirada y yo me quedé sin palabras. A pesar de ser una niña, ella siempre fue lo suficientemente inteligente como para que yo dudara de lo que decía ahora. No es que ella no entendiera que yo no volvería a esa casa, que no quería hacerlo y que no había motivo alguno para ello; no es que ella no comprendiera que yo lucharía por ella, para que la dejasen quedarse a mí lado. No era nada de eso. Era simplemente su rechazo. Su forma de decirme que está era su elección. Y a pesar del dolor que me provocaba pensarlo, me cuestioné por primera vez si yo realmente sería capaz de cumplir su único deseo.


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Escribir este capítulo fue difícil por razones que no comprendo lol, tuve una semana dura, y cada vez que me sentaba a escribir para esta historia terminaba perdida y sin ganas de hacerlo. Poco a poco, a través de todo, he traído el capítulo siguiente UwU. Ahora una cosita súper importante, a partir de aquí entramos en el climax de la historia, lo que significa que no nos quedará mucho para terminar, no estoy segura de cuánto será, pero probablemente no sean más allá de cinco o seis capítulos, más o menos, eso sí, un poquitín largos, así que ténganme paciencia, aunque intentaré no demorar demasiado.

Sin más que decir, hasta pronto c: