TRIÁNGULO
Capítulo X
"Lo inaccesible"
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—Vamos... —resolló sobre su oreja caliente por la temperatura a la que él la inducía.
Estaba tan excitado, se veía tan similar a como ella creía verse, que en cualquier momento dejaría de importarle lo público de la situación. Claro que a ella tampoco iba a importarle, así que marcharse de allí era, evidentemente, la solución suprema al conflicto erótico de sus cuerpos. Salieron disparados de Onix, donde se habían encontrado para beber un trago, bailar alguna que otra canción, besarse con pasión en los reservados y darse cuenta de que era estúpido haberse encontrado en público, en ese bar del primer beso, donde Touji había pensado que conocería a Alice y ella, necesitada de una imperfección más cercana a la suya que a la perfección de su demonio, había pensado en conocer a Touji, un anónimo, alguien más, por fuera de la alienación que el nombre Trunks simbolizaba en el punto más retorcido de su mente, alma y corazón.
Y no, porque la imperfección no existía en ese ser. Trunks, por más que ella intentara decirse que era imposible, a sus ojos continuaba siendo el dueño absoluto de la perfección. Lo supo mientras caminaba delante de él por las oscuras calles de la capital aquella madrugada de sábado. Su demonio mordisqueaba su oreja y la empujaba con el pecho de guerrero. Forcejeaban al caminar, evidentemente excitados, pese a las miradas de los que también andaban por allí, ajenos al mundo en el que ellos dos ya se habían sumergido, incluso antes de cuando era debido. La peluca de corto cabello negro, la gorra gris y la pañoleta que ésta tenía debajo ayudaban a que absolutamente nadie supiera que ese hombre que caminaba manoseándose impúdicamente con una mujer era el empresario más exitoso de la última década. Ese no era Trunks Brief; era un hombre un poco pervertido que apretaba el cuerpo de una mujer contra el suyo como si eso pudiera aliviar la excitación que les exigía estar desnudos y a solas inmediatamente.
Mientras transitaban las modernas calles del Distrito 6 rumbo a un departamento que, según Trunks, tenía para ocasiones especiales —lo que ella tradujo como departamento de ligue, seguramente el mismo al que Touji había prometido llevarla la primera vez—, Marron intentó recapitular cómo habían llegado hasta ahí. Todo había sido hermoso a partir de la utopía del primer encuentro, hasta ver a su demonio con otra, no con ella; Pan y Trunks en la tapa de una revista, abrazados; ella frente a la televisión, viendo la noticia, desmoronándose por dentro y, finalmente, desmoronándose por fuera. Se le había caído la taza de té, había manchado todo a su alrededor, y Alisha, quizá su única amiga en el mundo, la había llevado a su departamento en un taxi. Respira, le decía, respira..., y Trunks apareció en la televisión, desmintió todo, la llamó por teléfono, fue a su hogar, la miró a los ojos, la poseyó. Lo hicieron contra la pared, en el piso, en la cama... La noche duró siglos que para ella fueron instantes.
El nerviosismo de verse con él en su cuarto, sobre sus sábanas, hasta ese instante le duraba. Lo recordaba sobre ella, desatado, ignorando que bajo ellos, cuerpos convulsionados por el goce, había una caja repleta de fotos de él, producto de la locura de la mujer en la que se adentraba cada vez más. Cada segundo de sexo iba al ritmo del peligro. ¿Y si él descubría la caja? ¿Y si él veía sus propias fotos? ¿Y si se daba cuenta de que ella estaba demente? ¿Qué pasaba si veía la obsesión materializada? Tembló cada instante, mitad por él y lo que el sexo le provocaba; mitad por su secreto y el repudio que sentía por tenerlo. Al terminar, deshechos por el cansancio, Trunks la había abrazado con fuerza. Duerme, Marron. Duerme, linda. Caricias dibujadas en su piel, mientras ambos intentaban dejar de desearse por obra del sueño; caricias que intentaban, quizá, calmar lo absurdo del temblor de su cuerpo. Duerme, Marron. Duerme, hermosa...
Se durmió, y al despertar lo primero que vieron sus ojos fueron los de su demonio, quien le pidió disculpas por haberse tomado el atrevimiento de ir hacia la cocina y preparar para ambos un sencillo desayuno que llevó a la cama con una sonrisa perfectamente plasmada en los labios que tanto la habían besado la noche anterior. Buenos días, Marron; las palabras más bellas.
No pudo pedirle más a la vida.
Él se marchó después del desayuno, y fue ahí cuando Marron creyó volver a la realidad, aunque no del todo; la mitad de su ser le recordó el detalle de la pasión cada momento durante ese día, durante el resto de las dos semanas que le siguieron.
Aún recordaba el detalle de la pasión, lo hacía cada enfermizo instante, incluso a pesar de estar, en ese preciso instante, reviviéndolo.
—¿Marron?
—Trunks...
—¿Estás bien?
—S-sí...
—¿Te gusta?
—M-mucho...
Casi ni le había prestado atención al departamento al entrar en éste, al igual que el fin de semana anterior. No sabía cómo lucía a pesar de que ese era, por segundo fin de semana, el terreno donde los pares en la desesperación daban rienda suelta a sus instintos. Ahora estaba tumbada en la cama, de nuevo, y él sobre ella, como todas las veces anteriores. Ni una prenda los tapaba. ¿Cuándo se habían desnudado? No logró observar el lugar, tampoco quiso hacerlo; apretó el cabello de Trunks entre sus dedos, intentando reprimir el grito que quería escapar de su boca. Internado en el punto exacto de su excitación, su demonio la atendió con experiencia. Se dejó hacer una vez más, y cuando ya no pudo luchar contra la necesidad de exteriorizar con gemidos lo que él provocaba con su boca, recordó aquel martes lluvioso. Él había mirado el cuadro de su departamento, el del torso femenino desnudo; lo había mirado fijamente. Después le había quitado la ropa, la había afirmado contra la pared...
—Quiero todo de ti...
Aún no lograba descifrar el significado, aparentemente poderoso, de esas enigmáticas palabras. Quería todo de ella, eso había dicho, algo parecido a lo que ella decía en los relatos de Alice Raven. Te arrancaría los ojos para tenerlos siempre. Repetía eso en cada ocasión, y él le decía prácticamente lo mismo. Ella quería todo de él, sabía perfectamente qué significaba ese deseo, cuál era el fin de cumplirlo, cuál era el significado que encerraba luchar por éste; sin embargo, no entendía, o sabía, o intuía qué significaba esa frase para él.
¿Por qué quería todo de ella?
¿A qué le llamaba todo?
Gimió su nombre, de vuelta en el presente.
Las manos, mientras los labios la atendían con delicada atención, viajaron hasta sus senos, los acariciaron, la desesperaron. La música del estéreo ensordecía sus gemidos vehementes, lejanos a la razón y cercanos a lo primitivo e irracional de su existencia. Suplicó a su amante que se detuviera, que ya no podía soportarlo, que le daba demasiada vergüenza, pero éste, sin alejarse del punto más importante de su sexualidad, nada hizo por obedecerla, con nada demostró que la había escuchado. Marron arrojó su cabeza hacia atrás, cerró sus ojos, enredó más los dedos en el cabello lila. Gimió lo insoportable del placer como jamás en su vida lo había hecho, motivada por lo imposible de esa satisfacción, del artífice de ésta. Jamás había gozado tanto.
Y de nuevo al pasado, al significado indescifrable de la frase de su demonio. ¿Qué quería él de ella?
¿Qué todo? ¿Por qué todo?
La abrazó, la levantó, hizo que se abrazara a él, la manipuló cual muñeca, sumisa y entregada, silenciosa como sólo ella podía serlo. Se unieron entre música y respiraciones, condenados al instinto de apretarse el uno al otro. Los ojos, mientras, se hipnotizaron de par a par. Sus lágrimas, veloces, escaparon, incapaces de seguir manteniendo el equilibrio entre sus párpados. Su demonio notó el llanto, se detuvo, la ahogó por causa del azul.
—¿Te duele?
Únicamente necesitó asentir.
Trunks la depositó en la cama con una dulzura inaudita.
—Si te duele debes decírmelo —pidió con voz entrecortada, una mano a cada lado de su rostro—, que no te dé pena hacérmelo saber. Se me va la mano y lo sé.
—Lo siento, yo... —farfulló moviendo frenéticamente las pupilas para captar la plenitud de cada planeta azul.
—¿Quieres seguir?
—Sí...
La atendió con ternura, destilando nuevamente el don para la pasión que le era innato.
—Me lo tienes que decir... —susurró justo antes de sumirse en ella.
Despacio; la suavidad reinaba. Él besaba su cuello, sus labios, todo lo que tenía al alcance de su boca; parecía embelesado por el aroma de su cabello, también por el de su piel. Marron, por su parte, no conseguía moverse. Estaba paralizada, con sus piernas a cada lado de las caderas de él, muerta aunque más viva que nunca; estaba petrificada por los ojos que la vislumbraban.
¿Qué todo quería? ¿A qué todo se refería?
¿Qué quería, qué necesitaba de ella?
Tomó el rostro de Trunks entre sus manos, intentando descubrir la verdad: ¿él estaba allí o ese sexo era producto de su perversa imaginación? Sus dedos se deslizaron por las mejillas, hicieron todo lo necesario para alcanzar el borde de los ojos azules, aquel clímax de perfección. Quería esos ojos.
Quería todo de él.
Trunks respiró más fuerte, como si aquella locura, la caricia tan cercana a sus ojos, le gustara. Llevaban varias noches compartidas, ya no era novedad eso de las miradas y los besos en los párpados, mas aún se respiraba ese aire novedoso; aire de inspiración, de cuerpos que quieren conocerse lo más posible, hasta cansarse del otro. Amantes que quieren explorar cada rincón del otro; así se sentían, ávidos de su par. Él besó sus párpados entreabiertos, luego la miró fijamente: pedían humillación de nuevo, ambos. Se miraban como si fuera eso y no entrelazar sus cuerpos lo que les diera placer.
Más rapidez, fuerza, determinación, desorden. Gimió avergonzada, tapando sin desearlo los jadeos más sensuales que hubiera escuchado alguna vez, los que escapan sin querer de la boca de su demonio, entregado a lo adictivo de la oscilación. Lo abrazó fuertemente, con sus piernas y sus brazos, y él, desencajado, gimió.
¿Qué todo de ella quería?
—Más fuerte... —pidió jadeante, sabiendo que soportarlo por un momento sería algo que Trunks disfrutaría al máximo.
Y así fue.
Marron giró su rostro fuera de ellos, abandonando los ojos hipnóticos; se fijó en la mano izquierda de Trunks mientras éste hundía el rostro en la base de su cuello. Los dedos retorcían la colcha de la cama, lo cual generó inmensa curiosidad en la rubia. Apretaba la colcha cada vez más fuerte, y de entre sus dientes seguía escapando la más agitada respiración. En su brazo se notaron, pronto, las venas que evidenciaban qué tanta fuerza estaba empleando sobre la simple tela.
Un gruñido potente, masculino, puso fin al acto.
Trunks se tumbó boca abajo a su lado, sin respiración. Su mano izquierda, ahora, estaba relajada. Marron no se movió ni un milímetro.
¿Por qué apretaba tanto la colcha?
—¿Estás bien?
Trunks giró su cabeza hacia ella y le sonrió encantadoramente. Cuando Marron asintió, respondiendo a su pregunta, se levantó, abrió la cama y la invitó bajo las sábanas. Una vez tapados, se acostó de lado, reclinado hacia ella, quien lo imitó. Se miraron en silencio.
—Disculpa si te dolió —dijo, un tanto apenado.
—No te... preocupes.
«¡¿Cuándo será el bendito día que deje de hablarle como si tuviera diez años?!».
Trunks suspiró sin dejar de atisbarla ni por un instante. Parecía pensativo, hecho que llenó de nervios a Marron. Imaginó lo que se había hecho costumbre en los últimos encuentros: seguro no le gusté, seguro piensa que estoy loca, seguro no goza lo suficiente con una amante tan insulsa...
Mas, en la complejidad que materializaba la mente de Trunks, otras eran las frases que imperaban. Piensa en él cada momento, en el demonio de sus relatos, en quien no la merece, a quien busca en mis ojos...
Piensa en él, no en mí. Es él lo único que la llena.
Ninguno decía nada, otra cosa que se había vuelto costumbre. Aquel martes lluvioso donde se habían unido en el departamento de Marron empezaba a alejarse de ellos, impulsado por el silencio que ambos creaban debido a sus miradas. Ese martes había sido especial para los dos, lo sabían, lo sentían, lo percibían en sus pieles; sin embargo, aquella puerta metafórica que invitaba a un algo más que ninguno era capaz de explicar con palabras, ni siquiera en la sinceridad de sus mentes, no había sido traspasada. Estaban en el umbral, esperando, los dos. Se entendían y, al mismo tiempo, no lo hacían.
No tenían ni la más remota idea de qué hacer.
La puerta, abierta tan abruptamente al lado del cuadro del torso desnudo, entre el ruido de la lluvia y de los coches en la calle, se cerraba lentamente.
Y ellos, al parecer, no sabían cómo impedirlo.
Y allí estaban, los amantes de la locura, los pares en la desesperación que tanto se deseaban, sin proferir palabra alguna, simplemente mirándose, intentando que esas miradas que le dirigían a su par llegaran más allá de las pupilas.
¿A dónde debían llegar?
¿Debían llegar a alguna parte?
Entregados a un silencio sepulcral, así estaban, a un silencio vacío de significado en apariencia. Claro que, a pesar de eso tan aparente, el significado existía.
Y no lo comprendían.
No Alice, no Touji; no Marron y no Trunks.
La nada en sí misma.
—Mañana temprano debo irme un momento —avisó de repente Trunks, su voz tan apagada como lo estuvo, de repente, su mirada—. Será mejor dormir.
—Sí.
Las luces se apagaron, los ojos se cerraron y, envueltos por el velo de la noche, casi como si lo hubieran acordado previamente, voltearon al mismo tiempo, dándole la espalda a su amante. Espalda contra espalda, alejados a pesar de la intimidad que una cama compartida simbolizaba. Marron contuvo las lágrimas, segura de lo que ese silencio dejaba entrever.
«Ya no le gusta...».
Pero no.
Trunks, con el ceño demasiado fruncido, estaba frustrado. Marron lo estaba empujando hacia un abismo de locura y ya no sabía qué hacer para detenerla. Se dejaba llevar por ese empujón tanto como por la necesidad de moverse dentro de su cuerpo en los insoportables instantes de pasión. Por ese motivo, no podía claudicar y comportarse como un adolescente inexperto.
Frío, así debía ser.
Basta de sonrisas encantadoras, de caricias dulces, de mirarla hasta perder el aliento. Basta.
Contuvo el deseo, ya bien conocido, de aferrarse con sus brazos a la espalda blanca de la musa dorada, esa espalda que siempre observaba en esas mañanas donde él tenía la suerte de despertar primero, de volver a mirarla, de trazar los bordes con sus dedos. Se evadió aún más, repentinamente desesperado, seguro de que ella, si él la abrazaba, pensaría en otro cuando lo hiciera.
Y Marron lo único que deseaba, con igual desesperación, era que él sintiera por ella aunque fuera un ápice de amor.
Quería amarlo; quería ser amada.
Ninguno de los dos quería, bajo ningún concepto, sentir el frío que ese velo nocturno había traído consigo.
Trunks la escuchó tararear la canción que sonaba en el estéreo que habían olvidado apagar. Pensó en hacerlo, pero si lo hacía ella dejaría de cantar. No quería molestarla y era eso lo que hacía; eso sentía.
La molestaba...
Ella lo molestaba...
La usaba...
Se dejaba usar por ella...
Tarareó la tristeza que expresaba la canción con los mismos susurros de ella, sin saber que la frustración de él también la hacía suya a la rubia, quien en cada susurro contenía una inmensa lágrima de dolor.
La canción terminó, el disco terminó, y ellos pudieron dormir.
—Pan, ¿podemos...?
—No, lo siento. Debo leer algo para la universidad.
—Hace como dos semanas que me estás evitando. ¿Qué sucede?
Se miraron fijamente. Pan se odió por ser capaz de notar el dolor que llenaba los ojos de Oob. Hablaban en susurros por estar en la cocina, tan cerca del comedor donde acababan de cenar. Oob la interceptó allí, seguramente conociéndola, sabiendo que ella, luego de la cena, siempre se preparaba un café instantáneo.
Puso la pava sobre el fuego, batió el contenido del frasco de café dentro de la taza. Oob se acercó más a ella, pero Pan, rápida, lo evadió.
—No aquí, están mis padres...
—Pero Pan...
—No puedo hablar ahora. Por favor, déjame.
Aun cuando el agua no se había calentado lo suficiente, Pan llenó la taza y apagó el fuego. Nerviosa, con un café mal batido y tibio listo, se alejó rápidamente, silenciando, así, a Oob, quien quedó frente a la hornalla sin entender qué acababa de suceder.
Una vez en su cuarto, Pan se tomó el horrendo café de un sorbo. Dejó la taza sobre su mesa de luz y se lanzó a la cama, ofuscada. Cubrió su rostro con las palmas de sus manos. Su orgullo estaba nuevamente herido.
No era capaz de hablar con él, el valor no le alcanzaba por algún motivo. No quería herirlo, pero tampoco quería ceder a la tentación de dejarse acariciar por él. Oob quizá le gustaba un poco, lo cual la frustraba. ¿Por qué él? ¿Por qué justamente él? No podía perdonarse tremendo signo de debilidad.
Había pasado las últimas dos semanas entrenando a máxima potencia, sola, pero feliz. No quería que nada ni nadie la distrajera de la tranquilidad que necesitaba para poder estar lista para la batalla. Trunks iba a pelear con ella, se lo había prometido. Debía pensar en su rival.
En él y en nadie más.
Y esa extraña sensación, de nuevo.
Cuando el nombre Trunks venía a su mente, lo demás se anulaba. Recordaba los ojos de esos dos únicos instantes de cercanía de sus vidas, los del velatorio de Isabelle y los de la charla al lado del auto. Lo recordaba a él y sonreía, y le agradecía mentalmente una vez más. Gracias por esa entrevista, gracias por sacarme de ese escándalo.
Gracias hacerlo por mí, Trunks.
Seguía, sin embargo, sin entender la naturaleza de ese extraño sentir.
¿Qué era? ¿Qué significaba?
«Espero llame en los próximos días, así podremos pelear».
Así podría, al fin, verlo.
Con esa idea en su cabeza, habiendo imaginado una pelea llena de talento y fuerza, pudo dormir.
No más Oob ni frustración: como cada noche desde el escándalo de la revista Stars, Pan terminó su día pensando en su próximo rival. Lo mismo que él había hecho con ella: expulsar algo y enaltecer lo demás.
Enaltecerlo a él, borrar todo lo que tuviera el poder de perturbarla.
Enaltecerlo, a él...
Se levantó, se dio una pequeña ducha y, luego de vestirse casualmente, preparó un sencillo desayuno. Le había propuesto a Marron, así como el fin de semana anterior a ese, pasar los días de descanso juntos, una idea que, en principio, parecía fantástica; con el pasar de las horas, sin embargo, no dejaba de distorsionarse. Ella le encantaba, pero era tímida y no había manera de hacer que se relajara a su lado. ¿Cómo distenderla lo suficiente como para que entrara en confianza? ¿Cómo extraer de ella a la Alice Raven que lo había desesperado con sus relatos eróticos?
¿Qué hacer? Se había prometido, antes de dormir espalda contra espalda en la misma cama, que sería frío, que no caería en ese regalo que significaba dejarse arrastrar por ella.
Pero había un problema: él no era así.
Si algo odiaba de sí mismo era justamente no lograr ser frío con una mujer que le atraía. Si ésta poco y nada le inspiraba más que sexo, caso Miss Mimi, era sencillo desprenderse; en caso de alguien como Marron, que bien sabía él que sí encerraba algo interesante en su interior, no había nada por hacer. Por más que se empecinara en ser frío y no darle importancia, sí se la daba. Quería compartir más que cama, desnudez y sexo; ya no le alcanzaban esas cosas. Quería que ella se sincerara, que le hablara de desesperación, de significado, de arrancar ojos y humillar almas, del cielo que era un infierno y el infierno que era un cielo. Quería a Alice, la del chat, la de las palabras que había leído con una voz inventada por su imaginación que no llegaba ni a asomarle a la dulzura que la rubia dejaba desprender de su tono.
Quería a su par, a una Marron perfectamente fusionada con Alice.
Salió disparado de la cocina, rumbo a la habitación de su viejo y clásico departamento de ligue, lugar que había elegido como refugio de fin de semana luego del escándalo provocado por la revista Stars. Era un tres ambientes ubicado en el último piso de un edificio que tenía más de 50 años, austero, sencillo a más no poder, con una decoración deslucida cuyo encanto estaba puesto en las paredes y cortinas bordó; lo demás estaba vacío, salvo algunos muebles de madera poco llamativos, una televisión un poco pasada de moda y un estéreo de inmensos e innecesarios parlantes. El cuarto que usaba él —Goten tenía la llave del otro desde siempre— estaba igual de vacío que la sala: un somier de dos plazas, un cubrecamas del mismo bordó de la sala, dos mesas de luz de madera opaca con una sencilla lámpara en su centro y un armario que no contenía absolutamente nada. Lo había comprado él mismo a los 19 años, luego de pedirle un pequeño préstamo a su madre que terminó pagándole muchísimos años después, más por olvido que por otra cosa. Goten y él lo usaron por años. Allí, Trunks había llevado a Isabelle en una de sus primeras salidas; allí, Goten había llevado a Pares la primera vez que tuvieron intimidad. Era mejor que hoteles de dudosa reputación que a ninguno de los dos le gustaba usar para llevar mujeres. Estaba a nombre de su mejor amigo, así que podía decirse que lo estaba usando de prestado; Goten le había dado la llave antes de irse a vivir con Pares, tres años atrás en el tiempo, recordándole entre risas que por favor lo cuidara, que era de él y que no podía robárselo. Eso sí: se quedó con la llave del cuarto que usaba, donde la decoración era un tanto más retorcida, con algunas lámparas de luces no convencionales. Rió solo mientras pensaba en ello, justo al momento de llegar al cuarto donde había dejado durmiendo a Marron.
La encontró dormida hacia un lado. Inmediatamente, se recostó junto a ella, detrás de su espalda. La destapó un poco para poder verla mejor. Como en encuentros anteriores, hizo lo mismo: acarició los bordes de su cintura y su espalda, intentando, de alguna forma, memorizarlos. Le encantaba esa espalda, era tan blanca que parecía brillar.
Pensó en ella, en sus relatos, en sus silencios, en sus ojos en medio del disfrute. Le atraía el cuerpo, pero le atraía más lo que podía llegar a verse gracias a sus ojos. Era la inspiración, aquella fuerza que emergía de su mirada cuando lo clavaba a él pensando en su demonio: veía todo, aunque ese todo no le pertenecía.
Eso era lo que más lo encendía: la obsesión que ella sentía por el hombre al cual buscaba al atisbarlo.
Quería ser él, el otro, el demonio.
Cuando algo no físico inspira el sexo, se dijo, los sentires se separan de una mera atracción. Debía ser cauteloso, pues creía entender lo que cada sentir generado por ella reflejaba en él, tanto en su cuerpo como más allá de éste. Debía sentir respeto por la situación.
No dejarse llevar, no permitirle a la rubia de las palabras desesperadas empujarlo hacia un lugar de donde después no pudiera salir.
Marron le gustaba, era hora de reconocerlo. Y no era el cuerpo el quid de la cuestión, sino el alma desnuda de cada noche.
Mas la cabeza y el corazón de Marron estaban enfermos por otra persona.
No podía dejar de observarla; solamente cesaba cuando tocaba parpadear. Los ojos adheridos a la perfección del ángel que continuaba durmiendo, ignorando la maraña de sentires abstractos que estaba generando en él.
Quiso destaparla más, bajarse el pantalón y entrar en ella con potencia, como todas las noches, tardes y mañanas anteriores. Quería poseerla, quería todo de ella. Logró contener la perversión justo cuando la vio moverse bajo las sábanas que sólo la tapaban hasta la cintura.
—Buenos días, Marron.
La mujer pareció sobresaltarse. Se dio vuelta e, impresionada, se encontró con él. A pesar de la sorpresa, le sonrió.
—Buenos días...
—Dejé el desayuno en la cocina —avisó—. Quería tomarlo contigo, pero se me está haciendo tarde. Debo irme un rato, ¿sí? Tengo que encontrarme con una editora.
Marron no ocultó la curiosidad.
—¿Editora?
—De Z News...
La rubia notó el fastidio, por lo cual prefirió no indagar de más.
—Si quieres irte, puedes hacerlo.
—¿Eh? —Marron no logró entender el porqué de esas palabras.
Trunks se mostró serio.
—No quiero quitarte tu tiempo...
—No lo haces, en serio —aclaró estrepitosamente ella—. Puedo esperarte...
—Como prefieras, linda. —Acarició su rostro con una de sus manos, lo hizo por un minuto entero.
Le gustaba, de verdad. Ahora que la miraba, ahora que veía tantas cosas entremezcladas en las facciones angelicales de su rostro, sabía que así era. Le dio un beso en la frente y se fue.
Era mejor marcharse.
Llegó a la hora pactada a la cafetería de moda apostada en una pintoresca y concurrida esquina del Distrito 2, el área comercial de la Capital del Oeste. Caminó hacia allí, fastidiado como siempre que debía hablar con alguien relacionado a los medios. No fueron pocos los que lo observaron andar, impresionados por un sujeto de gorra y lentes que se parecía demasiado a Trunks Brief, el empresario que odiaba la mirada ajena, justamente la misma que lo envolvió en medio de la calle. Dentro del establecimiento miró su móvil. Honey aún no había llegado, eso le avisó por mensaje de texto:
Pide algo de tomar mientras tanto. Hay demasiado tráfico y seguramente demore unos diez minutos.
Esos diez se hicieron 20, la misma cantidad de minutos que le llevó sentarse, pedir la carta y ordenar un café cortado que acompañó con un cigarrillo. Justamente cuando terminaba el vicio, vio venir a Honey. Corría hacia él, acomodándose la ropa mientras se movía, un poco más torpe de lo que la recordaba. Sus caderas anchas en contraste con su fina cintura le recordaron a una guitarra. Era bella aun cuando ya pasaba los 40. Su cabello negro y ondulado seguía siendo, desde que la conocía, lo más bello de ella.
—Siento llegar tarde, Trunks. —Tomó asiento en la silla que estaba frente a él. Luego, le dio la mano.
—No te preocupes —respondió mientras ella pedía un café y unas tostadas.
Hablaron de trivialidades por largos minutos, nada de importancia o interés justificado, hasta que el mozo dejó el café sobre la mesa y se alejó. A partir de ese instante, la editora sonrió ampliamente.
—Bueno, Trunks, a lo nuestro: el sello editorial de Z Medios tiene una nueva revista. ¿La has visto? —Trunks, sonriendo falsamente, asintió—. La revista VaZ es mensual, un poco cara, una edición cuidada desde lo visual y desde el contenido. Tirada a lo estético y sofisticado, apunta a un público de mayor poder adquisitivo que Z News.
—Revista de ricos.
Honey rió.
—Y se vende como pan caliente. ¡Tuvo gran repercusión! Aún así, es bueno explicarte cuál es el perfil de la revista, que lejos está, según la idea editorial, de ser una revista de ricos más. —La mujer se revolvió en su asiento; sus manos hicieron lo mismo que hacían desde el día en que la conoció: revolvieron su cabello, liberando a sus rizos de una imagen estática—. Nuestra propuesta es darle al lector una visión sofisticada de la realidad, sin distorsiones.
—Qué bien la vendes.
Honey se hizo la ofendida entrecerrando los ojos. Ambos rieron.
—Hay tanta revista de ricos vacía, Trunks. Cada nicho editorial está lleno de cosas vacías. Lo que destaca a un producto en una marea de parecidos es la cualidad de darle algo más al lector. Desde las fotos hasta el diseño, desde las temáticas hasta cómo se las presenta, con qué tono se las nombra... La idea siempre, como editora de Z News que y de VaZ que soy ahora, es llegarle al lector. Con VaZ le estamos demostrando al mercado que muchas más cosas son posibles. Es una revista de ricos, como tú dices, pero intentamos humanizar el contenido. —Pausa, nueva revuelta en el cabello ondulado, que se agrandó un poco de más—. Tú encajas demasiado en esta idea.
Nuevas risas. Trunks no pudo tomarla en serio.
—Ajá. —Prendió otro cigarro—. Entonces, tú quieres una entrevista...
Honey asintió con énfasis.
—Ofrecerte dinero es en vano, así que te ofrezco lo siguiente. —La mujer sacó un bolígrafo de su cartera, escribió un número con unos cuantos ceros sobre una servilleta y se la extendió al híbrido—. La editorial colaborará con la fundación que tú elijas.
Abrió los ojos con un dejo de exageración. Era una cifra más que amable.
—Lo mismo que hiciste aquella vez...
—Y esas fotos, Trunks, las de Z News, fueron un hito en la publicación. Te queremos en VaZ para que se dé un nuevo hito.
—Sabes que eso es imposible —sentenció sin dejar de sonreír falsamente. Tenía cierta simpatía hacia Honey, pero ella seguía siendo parte de los medios. No podía ser excesivamente honesto con ella—. Las fotos de Z News fueron un hito, como tú dices, por ella. No fue por mí.
Honey no pudo replicar. Sin embargo, no se dejó vencer.
—Queremos entrevistarte; además, queremos fotografiarte.
Trunks dejó que sus ojos se perdieran en el techo del establecimiento.
Estaba aburrido. Quería irse, quería estar con Marron, quería dejar ese cuerpo y tomar otro, el más distinto al suyo que pudiera encontrar.
Al ver que su interlocutor no profería palabra alguna, Honey prosiguió:
—Las fotos serán distintas a las de Z News. Buscamos algo más modernista, sumamente estético. Buena ropa, escenario pulcro; todo en su lugar.
—Romper el esquema de lo estético que alguien con tu apariencia tiene de por sí es una forma de darte un significado distinto. Lo estético vendrá de tus ojos; éstos, si tú me das lo que te pido y yo soy capaz de manejarlo, opacarán todo lo demás.
«Estarías tan en desacuerdo con esto, Isa...».
—La antítesis de las fotos de Isabelle —se limitó a decir. Vio cómo Honey asentía y añadió—. Me agrada la idea de que sean fotos sencillas. Eso será lo único que pediré: fotos simples, sin nada rebuscado, sin cosas extrañas... Y sin mostrarme más de lo indicado, lo cual significa que no deseo quitarme la ropa ni nada por el estilo.
—Será todo eso, Trunks. —Honey sonrió—. Sólo necesito que me digas que sí para poder dar luz verde a lo demás.
—¿Lo demás?
Las palabras lo sacaron levemente de su eje.
Honey, entonces, le explicó que un prestigioso diseñador de ropa quería vestirlo para la sesión. Cuando escuchó el nombre no pudo más que impresionarse; era muy famoso, quizá demasiado.
Más sonrisa en la boca de la editora.
—Sabemos, además, que no posarías para cualquier fotógrafo. De hecho, supongo que no has posado para ninguno desde Isabelle.
—Eso es verdad.
—Bien... —Honey se transformó en pura seriedad—. Tenemos a la mejor del mundo, a Leyvi Ney.
Trunks pudo sonreír honestamente por primera vez. Conocía a Leyvi: era la mejor fotógrafa, considerada la mejor del siglo. Isabelle la admiraba muchísimo debido a su amplia trayectoria; era su referente. Hacía años que no la veía, pero sabía que era grandiosa. Ya debía tener más de 60, más o menos la edad de su madre.
—¿Te tranquiliza un poco? —inquirió Honey.
—Bastante.
—Será una sesión muy cuidada. La intención de Leyvi es respetarte, que te tomes tu tiempo... Sabe que no es fácil para ti.
—Les agradezco la dedicación.
Vuelta a la falsedad.
Honey volvió a sonreír, más sinceramente que él. Sacó un billete que pagaba el consumo de ambos de su billetera, sin darle opción de pagar al empresario. Lo puso sobre la mesa sin que él pudiera impedirlo y se despidió.
—El lunes te llamaré para concretar la entrevista con nuestro equipo y para concordar un buen día para las fotografías. Estamos a principios de mes y la idea es que seas la tapa del mes que viene... Tenemos mucho tiempo, pero tampoco hay que retrasarse. —Le dio la mano, la cual él estrechó con respeto—. Gracias por confiar en nosotros una vez más, Trunks.
Así, ella se marchó.
Trunks permaneció en la cafetería unos minutos más con la única intención de fumar de nuevo. Mientras el vicio se consumía entre sus dedos, entre pitada y pitada, se imaginó frente a una cámara, así como en los viejos tiempos. Ella ya no estaría del otro lado.
«Basta».
Apagó el cigarro en el cenicero, dejó una jugosa propina y se retiró. Caminó ignorando a los transeúntes, tan rápido que chocó a varios. Caminó y caminó, llevado por la necesidad de alejarse.
¿De quién? ¿De qué?
«De ella».
De Isabelle Cort.
Frenó abruptamente frente a un local inmenso a mitad de cuadra: una librería artística especializada. Miró la puerta confundido, agitado por la caminata desenfrenada.
«Se deben haber secado...».
No era para menos: hacía un año que no las tocaba.
Decidido, entró. No sabía por qué, pero presentía que necesitaría algunas nuevas. No hizo caso a la cara de impresión de la joven vendedora, que lo había reconocido perfectamente. Se había quitado los lentes para mirarla a los ojos y pedirle todo lo que necesitaba. Una vez terminaron la transacción, sacó una cápsula de un aero-coche y se marchó a toda velocidad.
Quería ver a Marron inmediatamente para poder, a través de ella, intentar conectarse con la parte siempre inaccesible de su ser.
No podía ser frío... Era tarde.
Marron le gustaba demasiado.
Sola.
Por supuesto que, para Marron, la idea de marcharse era absurda. Trunks había sido honesto con ella, le había avisado que tardaría, pero no estaba dispuesta a abandonarlo; no podía. Si bien sentía deseos de marcharse en algún rincón de su corazón, segura de que él estaría harto de ella, necesitaba quedarse. El motivo era muy sencillo de explicar: deseaba permanecer a su lado todo el tiempo que fuera posible.
Era la droga que necesitaba consumir para no enloquecer aún más.
Se sentó en el amplio sofá color bordó que prácticamente ocupaba la mitad de la sala. ¿Por qué había tanto bordó en ese departamento? No se veía mal, al contrario, pero todo era muy austero para lo que creía reconocer en Trunks: no se había esforzado demasiado.
Se miró a sí misma: se había tomado el atrevimiento de ponerse la camisa negra que Trunks había usado la noche anterior. La encontró en la punta de la cama, tirada como si no tuviera importancia. Percibió el aroma de las mangas. Amaba ese perfume. Debajo sólo traía la ropa interior, pero la camisa cumplía la función, por ser tan grande y ella tan pequeña, de taparla hasta la mitad del muslo. Se sonrojó, sonriente.
Giró su cabeza hacia la derecha, donde se topó con la ventana. El cielo estaba claro, había un sol mañanero entre esas pocas nubes que invadían el azul, pero aún así se sentía el frío de ese invierno al cual aún le quedaba algo así como un mes y medio de vida. Volvió su rostro y observó distraída hacia la sala en su totalidad. Supo, inmediatamente después de estudiar cada mueble y aparato que la rodeaba, que estaba aburrida. Trunks no estaba ahí; tampoco estaba la felicidad, ni la pasión, ni la perfección. Lo extrañaba...
¿Qué podía hacer?
Hundió los ojos en el espacio una vez más; la inexorable certeza la acompañó: quería escribir. Sí, ese lugar la invitaba a ello, como si allí se respirara inspiración, no aire.
Estaba inspirada por el amor que le tenía a Trunks, por el aroma que aún lograba captar en su piel, porque ese lugar era de él. Respiraba a Trunks con escalofriante nitidez.
Fue capaz de dejar de lado la frustración cada vez más grande que había tocado su pico la noche anterior. Adiós preocupación por los silencios, tristeza por no ser suficientemente mujer para él.
Respiraba a Trunks. Nada más importaba.
Alice Raven la poseyó con el mismo autoritarismo de siempre; vehemencia primitiva para con el entorno, el aire, su alma. Debía escribir, eso le exigía el nudo de su pecho, así que tomó el cuaderno que solía conservar en su cartera para casos como ese, tomó también la lapicera que descansaba al fondo de su cartera, se echó al sofá apresuradamente y, luego de mirar la ventana unos minutos eternos, plagados de imágenes difusas que se agolpaban en su mente, escribió.
Un párrafo, dos párrafos. Palabras tachadas, reescritas; frases reordenadas. Perversión, instintos; un demonio sumiso, entregado a sus caprichos. Hazme lo que quieras, lo que se te antoje. Lo oía con morboso detalle. Quería hacerle lo que quisiera, sin recibir orden alguna. Ser la activa, demostrarle que era capaz de darle placer por sí misma, que podía enloquecerlo igual que como él podía hacerlo con ella.
Déjame hacerte todo lo que siempre he deseado, mi demonio. Deja que te haga creer que tú, justamente tú, con todo lo que eres capaz de hacerme con sólo una mirada, puedes sucumbir a mis perversiones.
El relato se extendía sobre las hojas y la dejaba sin aliento por causa de la desesperación. Letras, palabras, oraciones, párrafos. Finalmente terminó. Lo releyó: si bien no le parecía gran cosa, transmitía un poco de todo el sentir que la rebalsaba.
La pasión rebalsaba a la razón, a todo lo demás.
Y Trunks a ella, como siempre.
Escuchó cómo se abría la puerta del departamento; era él. Trunks caminó lentamente hacia ella, con sus ojos tapados por unos lentes oscuros, su cabello por la misma gorra de la noche anterior y su rostro por sorpresa.
—¿Marron? —Sonrió—. ¡Qué alegría! Estaba seguro de que te habías ido. Me cuesta muchísimo sentir tu ki. ¡Si supieras...! Es demasiado suave...
Marron, que de por sí estaba sonrojada, triplicó los tonos de su cara al escucharlo. El rojo la cubrió por completo. Él, ignorando su pena, se quitó la gorra y los lentes, que arrojó sobre la mesa ratona. Se sentó a su lado y le mostró una bolsa que traía consigo.
—Por si llegaba a encontrarte, traje chocolate. —Sonrisa final, tan honesta ésta, tan noble, tan verdadera que se odió a sí misma, a las perversiones a las que lo había involucrado; sobretodo, odió a su amor absurdo.
Ella sólo era su amante, era una más.
Él amaba a Isabelle Cort.
¿Entonces, por qué la sonrisa era tan genuina?
¿Acaso...?
La besó en los labios con detallada dulzura.
—Gracias por quedarte, me da mucho gusto...
Silencio. Lo único claro era el descontrolado latir de la rubia.
—Es un... placer... —Sonrió como pudo dados los nervios que la ahogaban.
Trunks, empeorando la situación, acarició su rostro lentamente. Internó sus ojos sobre ella.
—Relájate, Marron —pidió de repente, su voz un susurro apenas audible—. Relájate, no estés tan nerviosa... Cuéntame qué hacías. —Notó el cuaderno sobre el regazo de la mujer—. ¿Estabas escribiendo?
«Ay, no...».
—Yo, eh...
Trunks dejó la sonrisa de lado.
—Disculpa, no quise ser tan metido.
—No, no eres metido —farfulló la rubia en respuesta.
Él tomó sus manos. Los ojos llegaron a aquel punto bien conocido de los instantes eróticos compartidos: eran indescifrables aunque transparentes. Decían tanto que, a la vez, no decían nada. Absolutamente nada.
—Relájate —pidió nuevamente—. Sé que eres tímida, me fascina que lo seas, pero me gustaría que te sintieras cómoda conmigo.
—Trunks... —resolló.
—Nunca pasaría una línea que no me permitieras pasar.
Tristeza. Los ojos azules mostraron un significativo ápice de ese sentir. Marron se impresionó. ¿Él quería que ella se sintiera más en confianza? ¿Por qué? ¿Para qué?
¿Quería conocerla más quizá?
¿Con qué fin?
—Es que..., Trunks...
—Relájate...
Peinó su cabello con los dedos, los ojos aún clavados en sus celestes.
«¿Le fascina mi timidez?».
Fascinación era un verbo demasiado poderoso si de la boca de Trunks se trataba.
Él sonrió levemente, ajeno a sus cuestionamientos y análisis.
—Yo también soy tímido, ¿sabes? Me cuesta compartir ciertas cosas con las personas, así que creo entenderte: no nos es fácil confiar en otros. —Marron asintió; Trunks hizo una pausa prolongada—. Perdóname por ser tan molesto.
«¿Perdonarlo?».
No había nada por perdonar.
—No..., tú p-perdóname a mí —susurró desviando la mirada, aquel santo remedio a la dificultad innata que tenía de mirarlo y hablar al mismo tiempo—. Sé que soy rara, pero...
—No creo que seas rara, pero en caso de que lo seas, entonces ambos somos raros, Marron. —Nueva sonrisa de él para con ella. La rubia empezó a emocionarse violentamente debido a sus palabras.
El amor, el deseo y la locura se fusionaron en su corazón.
—Trunks...
—Por eso —prosiguió él, notoriamente tranquilo a pesar de las palabras que salían de su boca—, aquella vez en el chat, te dije que eras mi par.
Marron no pudo soportarlo. Eso había sido suficiente. No se detuvo: era menester no reprimir a su instinto; librarse de aquella dolorosa opresión que agrandaba cada vez más su pecho. Lo besó apasionadamente, atrayéndolo a ella asiéndolo de la nuca con ambas manos. Fue instantáneo: Trunks parecía entregado al beso, a sus acciones; era como si disfrutara el hecho de que fuera ella, y no él, quien llevara las riendas. Se apretaron, sabiendo qué imploraban sus pieles. Trunks, sin embargo, cortó el beso antes de que el sexo dejara de ser una necesidad para transformarse en un hecho. Marron, debido a la interrupción, se desesperó de forma tal que aquella desesperación pareció, verdaderamente, parte innata de su ser.
—Linda, yo... —Sus dedos peinaron el cabello, sus labios formaron una sonrisa, sus ojos clavados en Marron—. Sé que eres tímida, pero realmente me gustaría que pudieras relajarte. No quiero que te sientas incómoda. No aquí, conmigo... —Las mejillas mutaron hacia un leve aunque dulce rubor, mitad por lo obsceno de sus roces, mitad por una cuestión más abstracta—. Me gustas, Marron.
«No, no puede ser...».
El planeta dejó de girar, la gravedad ya no la aferró al suelo. Marron se vio volando por los cielos, libre, tan libre como en sus sueños, contagiada por la perfección. Era un pájaro, sobrevolaba los cielos del escenario de la utopía implorada, libre, completa. Vio a Trunks justo frente al sol de ese cielo, fue hacia él, se acercó lo más que pudo. Llegó, lo besó, lo abrazó.
Llegó, al fin, hacia él; llegó a la felicidad.
Él era la felicidad.
Se separaron un tanto sólo para mirarse a los ojos, ese ritual que era parte inherente de lo que significaba su relación. Marron estaba feliz, tanto que no lo soportaba. Él, para su sorpresa, sonrió con idéntico énfasis.
—Y tú... a mí... —habló entrecortadamente, tan tímida como era, como Trunks sabía que era. Él sonreía aún, tanto que parecía síntoma de irrealidad.
Se besaron despacio, abrazados nuevamente. Él era atento, dulce. También era apasionado, pero de esa manera utópica, de esa forma irreal de historias rosas imposibles. Marron estaba segura de que todo lo que estaba sucediendo era obra de su imaginación. Estaba soñando despierta.
Sí, eso era.
Mas no: todo lo que sucedía entre esos dos cuerpos suplicantes era real. Cada caricia, beso y mirada sucedía en el mundo real, no en la utopía que envolvía a Marron. Trunks realmente la estaba besando, acariciando, dulces todas sus acciones, su respiración desordenada por lo asfixiante de las lenguas inquietas en una boca que no era la propia. Ta delicado, tan perfecto...
—¿Qué escribías? —inquirió entre besos—. Cuéntame, Marron.
—¿Realmente quieres... saber? —Sin aire, farfulló aquello más sonrojada que nunca.
—Sí... —Siguió besándola—. Me interesa.
Los besos la mareaban. Navegaban de nuevo esos mares misteriosos encerrados en el azul. Allí, el tiempo no era tiempo, el espacio no era espacio, la pasión no era pasión. Ninguna de esas definiciones se acercaba a describir lo que constituía la situación, toda palabra era vacía para referirse a ésta, a ellos, a la imagen de sus cuerpos acurrucados el uno contra el otro. Todo era Trunks, sólo estaba él, lleno de todos los significados posibles.
Él llenaba el espacio, el tiempo, la pasión. Todo.
Él era todo.
—Escribía... —susurró. Dudó, pero la marea la llevó a donde ésta quería. Y fue, y llegó; lo logró—. Escribía un relato... para el blog.
El mar se convulsionó. Los ojos de Trunks brillaron con tal potencia que anularon lo demás. Sólo él, nadie más que él.
—Léelo para mí —pidió—, por favor.
Hecho el pedido, hundió la boca en su cuello y dibujó un chupón que Marron gimió entrecortadamente. Al terminar, Trunks observó la marca, embelesado. La blancura de la rubia, el ángel de la perfección, manchada por su oscuridad, por la imperfección que lo constituía. Marron, por su parte, volaba de nuevo, cada vez más cerca del corazón del amor de su vida. Creía rozarlo con las puntas de los dedos, pero se convencía de que aún no estaba tan cerca. Eso tenía que ser una ilusión. El impulso final para llegar a él era cumplir su deseo, era leerle su obsesión. ¿Podía hacerlo? ¿Podía dar ese paso definitivo y tocarlo al fin?
¿Tenía el valor suficiente para permitírselo?
—Me da... —jadeó, cosa que reprimió sus palabras. Trunks chupaba su hombro en busca de una nueva marca enrojecida—. Oh, Trunks...
—¿... Vergüenza? —El demonio se mordió el labio inferior, haciendo silencio. Sus manos, en instantes, apretaron más fuerte su cintura—. Hemos hecho tantas cosas, Marron... Hemos pasado tantas horas... bueno, sin avergonzarnos del otro. —Rió un poco, distendiendo la escena. No tardó en ponerse serio una vez más—. No tienes motivo para avergonzarte, no conmigo.
«¿Qué intenta decirme?».
Apretó el cuaderno con sus manos.
«¿Qué...?».
Los ojos la llenaron. Explotó justo cuando él hundía su rostro entre sus senos, todo con tal de lograr una marca más en su piel.
—Está bien... —avisó jadeante, deteniéndolo accidentalmente.
Al escucharla, poseído por el éxtasis que ella hacía correr por sus venas, la volteó lentamente para poder abrazarla por detrás, ambos sobre el sofá del sencillo departamento, con los pies sobre el asiento.
—Por favor —pidió él, su voz ronca, oscura, tan poseída como el resto de su ser.
Los brazos rodearon su cintura, y ella, segura de que había enloquecido y que aquello era obra de su mente, abrió su cuaderno, miró la hoja, asimiló las palabras y, finalmente, leyó:
Como tantas otras noches, tardes, mañanas, hoy quiero que me poseas, mi demonio. Quiero que me toques, que me quemes, que me mates. ¿Lo harás? Déjame, como en cada escena perversa dedicada a ti, imaginar que sí.
Te imagino, entonces, sobre este lugar donde nunca hemos estado, sin prendas que censuren tu existencia. Me miras deseoso, con esos ojos eyectados de lujuria que tanto me obsesiona mirar, ansioso por ver qué sucederá entre nosotros.
Me acerco a ti, te observo, me dejo violar por la irrealidad de tus ojos azules. Sí, mírame, mira la locura que provocas en mi ser. Quiero que captes mi demencia, que la compartas conmigo. Quiero contagiarte.
Mírame, mi demonio, mírame mientras me subo sobre ti, mientras me uno a ti, mientras hago que te muevas en mí.
...
Seré yo quien te posea a ti, mi demonio. Hoy quiero ser yo la parte más activa de este impúdico sexo. Quiero que gimas, grites y te retuerzas por mi causa. Eso es, mi demonio: jadea por mí, suplica por mí...
Siente por mí...
Déjame creer que soy capaz de esto, de que realmente puedo hacer que tu cuerpo se hunda en lo imposible del placer. Jadeas, te convulsionas, aprietas tus caderas contra las mías. La sincronía de nuestros cuerpos excede lo concebible; somos tan vehementes, como la locura que nos aleja del mundo, que nos acerca el uno al otro.
...
Y no se termina, porque lo que braman tus ojos es tan eterno como el placer que me provocas. Nos desdibujamos por el espacio, nos precipitamos al vacío, nos apretamos tanto que nos volvemos lo que creo que somos, dos mitades de lo mismo, dos enfermedades que se anulan la una a la otra.
...
Así que baila, mi demonio, baila entregado a mis caprichos, deshecho por mis caricias, herido por causa de mis pupilas, estos puñales que desean matarte y matarse a sí mismos. Baila más rápido, mátame, toma el control, convierte este suelo en la escena del crimen perfecta, tan perfecta como tu propia perfección.
...
Me tomas, me hieres, me lastimas tomándome sobre este suelo férreo, aprisionando mi cuerpo bajo el tuyo.
Me aprietas tanto que mi piel expone colores atípicos; estás matándome. Me lastimas, mi demonio, me humillas justo como a mí me gusta que lo hagas. Me gritas incoherencias, perversiones indescriptibles, fantasías que deseas cumplir a costa de mi cuerpo, de la poca cordura que conservo en este frasco demencial. Me usarás, me matarás, harás que grite tu nombre.
Sí, porque eres mi dueño. Yo te pertenezco, a ti y a nadie más, mi demonio.
Ya no haces lo que deseo; haces lo que se te antoja.
Úsame, mi demonio. No me arrepentiré de permitírtelo, no a ti.
—Así que, por favor... —Enmudeció—. No puedo seguir... Ay no... —Deseó desaparecer de la faz de la Tierra—. No...
—¿Por qué no puedes? Tranquila, Marron... Sigue, despacio... Sigue leyendo como venías haciéndolo...
La voz era tan apacible que resultaba tétrica.
—Es muy perverso... —afirmó de vuelta en la realidad.
Él estaba ahí, tras ella, y ella también estaba ahí, leyéndole en voz alta y entrecortada por la vergüenza y la obsesión el diagnóstico: estaba enferma, tan enferma que su destino era incierto. Tanta locura terminaría en desgracia, no al lado del dueño de su ser.
No al lado de la perfección.
—Quiero escucharte... —aseguró Trunks—. Por favor, sigue.
—No, no puedo...
—Vamos, Marron... —Besó su cuello—. Déjame escuchar el final...
La súplica, en sus oídos, era un ronroneo de excitación.
—Pero es que es muy... Muy...
—Quiero escucharlo, no me importa.
Se mecieron una y otra vez, él asiéndola de la cintura. Ella se abrazaba a su cuaderno, a las palabras escritas en éste, esas que no se atrevía a proferir. El vaivén los acunaba, aliviaba los deseos de sexo, les hacía creer que estaban haciéndolo. Se sintieron, cerrando sus ojos. Adelante, atrás, adelante. Los latidos de él provocaban un delicioso temblor en su espalda. Atrás, adelante, atrás. El calor los rodeó.
—Termina...
—No puedo...
—Si lo haces, seré tu demonio. —Se mecieron más rápido—. Si lo haces, cumpliré tu fantasía.
Qué bien se sentía ser tan perverso, acompañado en su perversión. Se supo excitado, aunque también sobrepasado.
Obsesión, ésa era la palabra.
Quería seguir esas palabras al pie de la letra, que éstas fueran guía de su instinto. Quería volver real al relato, volverlo tangible, que ella gozara exactamente igual que en las hojas del cuaderno.
Marron, también sobrepasada, poseída por lo que ese vaivén simbolizaba, tan necesitada de él como de morir de vergüenza, leyó el final.
Un silencio le siguió, aunque no para siempre.
—¿Es eso lo que quieres?
—Sí...
«Sólo soy tu amante, y serlo es mejor que no ser nada».
Ese final, creía ella, acababa de condenarla a ese lugar.
Mas no, porque Trunks vio en ella, a partir del relato, la luz.
Ella era la salvación.
Marron era el ángel capaz de rescatarlo del sinsentido de su vida. Lo que acababa de darle, mediante aquellas palabras desesperadas, era exactamente lo que quería de ella: la totalidad de su ser.
—¿Quieres, Marron?
—Quiero...
Le arrancó la camisa que la tapaba hasta los muslos, la lanzó sobre el sofá, le arrebató la ropa interior, alejó las prendas de ambos. Debía apresurarse. Se puso de pie y la drogó con sus pupilas, mientras con un pie alejaba la mesa ratona, para obtener mayor espacio. La droga llegó a las venas de la rubia con escalofriante velocidad.
Como queriendo torturarla, Trunks se desnudó despacio, calculando cada segundo de lo que hacía. La sensualidad era una con su esencia. Al no tener más prendas por quitarse, alzó a la rubia del sofá, se recostó sobre éste y, mediante los ojos que todavía drogaban a Marron, le explicó qué seguía.
—Ven. —La ayudó a sentarse sobre él. Las piernas de Marron, a cada lado de su cuerpo, temblaban—. Haz lo que quieras, aquí estoy.
Marron se paralizó, incrédula, pero cuando él tomó sus manos para que acariciaran su masculinidad, la excitación imperó.
—Trunks...
—Relájate —pidió éste nuevamente—. No estés tan nerviosa.
La sonrisa se esforzaba por calmarla, mas era imposible.
—Es... es que...
Trunks respiró fuerte por causa de las caricias que ella le dedicaba. Seguía temblando, nerviosa. ¡No había caso! Supo que debía relajarla, así que la ayudó a recostarse sobre él, pensando en excitarla como era debido, a que a lo mejor su accionar había sido un poco brusco. Marron extendió su cuerpo encima de su demonio, y ambos se acariciaron despacio, entregados al otro, enternecidos por quien los acompañaba. Entre ellos flotaba algo distinto, tanto a los primeros encuentros como a los últimos: un paso más desde la noche anterior, desde el martes de la lluvia y el cuadro del torso desnudo inclusive. Nada era igual, era lo opuesto: estaban a punto de tener sexo, listos, ambos desnudos sobre el sofá, pero pese a que ya se conocían, a que creían reconocer gran parte de los gustos, preferencias y gestos del otro a la hora de la lujuria, algo, no sabían qué, se sentía distinto. No eran los de siempre mientras se besaban pausadamente en los labios, él peinando con sus dedos el cabello dorado que caía cual cascada sobre su rostro, decidido a que nada ni nadie le arrebatara la posibilidad de vislumbrarla, al mismo tiempo que la acariciaba más, que la besaba más, que la deseaba más que nunca, como hacía muchísimo tiempo que no le pasaba.
La quería.
La lujuria era la perdición, mas todo lo que Marron significaba tenía el poder de salvarlo. Escuchar sus palabras, esa necesidad casi innata de expresarse, lo había conmovido. No importaba la perversión, lo poco convencional; para él, el relato había sido muchísimo más. Estaba más allá del sexo, de todo: era Marron, una mujer inspirada, hermosa, perfecta...
Era la mujer a la que quería a su lado.
Quería cumplir sus fantasías, hacérselo en todos los escenarios descriptos por Alice Raven, y no por la lujuria; quería algo más.
Darle eso que su demonio, el verdadero, jamás le había dado: felicidad.
Quería verla feliz en sus brazos, deseosa de que él fuera su demonio, de que él fuera quien drogara su mente. Quería que su mera existencia la inspirara a escribir.
Quería darle todo; quería que ella le diera todo.
Quería hacerla feliz.
Elevó su cuerpo sin esfuerzo, la acomodó sobre él y, luego de colocarse el condón con ayuda de las femeninas manos de la rubia, la instó a empezar. Se dejaron llevar por lo evidente, entre movimientos implorantes que se chocaban entre sí. Finalmente se adentró en su cuerpo, sin poder soportarlo más.
Despacio, la movió tan despacio que no logró reprimir un gemido. Lanzó su cabeza hacia atrás, se retorció, abrió los ojos. Sentirla, a ella, a su ángel de la perfección, era la recompensa a tanto sinsentido. Era la salvación.
Más despacio y profundo que nunca. Las manos de Marron se apoyaron en su pecho; los ojos en sus pares en la desesperación. Finalmente lo supo.
Realmente la quería.
—Tanto entrenar, cuñada... ¡Tanto entrenar que te olvidaste de mi existencia! —Bra hizo un puchero.
—¡Basta! Te he dicho que no me llames así.
—¡Pero si eres mi cuñada!
—Basta, Bra...
La princesita rió desenfadadamente, siempre quitándole importancia al asunto.
—Relájate, Pan. ¡Es un simple chiste!
La hija de Gohan no respondió. Siguieron caminando a través de los pasillos de la inmensa mansión de los Brief, Bra tentada, Pan fastidiada a más no poder.
Ese era, se dijo, el motivo por el cual no había ido a ver a su mejor amiga en los últimos días: no soportaba ese chiste de cuñada, cuñada. Debido al escándalo ocasionado por la revista Stars, Pan se ausentó de a universidad gracias a un preciado permiso conseguido por su padre. Obviamente, ser la nieta del campeón Mr. Satán había sido de ayuda para conseguirlo. Lástima que ya se le habían terminado los días: tendría que volver el lunes.
Y no quería.
Era la primera vez que veía a Bra luego del escándalo. Era cierto lo que su amiga le acababa de decir, justo después de abrirle la puerta de su hogar: tanto entrenar le había sacado el tiempo para todo. Claro que no era tiempo perdido, al contrario; era tiempo bien aprovechado, justificadísimo. No quería que la gente la mirara por la calle, que pensaran en ella y Trunks Brief al atisbarla.
No quería que le quitaran la libertad de ser una más en una marea de anónimos.
Entraron en el cuarto de la hermana de quien la acompañaba en los pensamientos de cada persona. Tomaron asiento donde cada una lo hacía generalmente, Bra sobre la cama y Pan en la silla del escritorio.
—Me has evadido lo suficiente, ¿no?
Bra no iba a perdonarle la desaparecida. Esa tortura llegaría a su fin, claro, pero mientras debía soportarla.
Bufó, aún fastidiada.
—Sé que querías verme, pero es en serio: estuve muy ocupada.
—¡Y ni me llamaste! Si no te conociera como lo hago, te mandaría al diablo.
—¡Bra!
¿No estaba exagerando un poco? Se lo preguntó mientras lanzaba su mochila al suelo, despreocupadamente, y se revolvía en el asiento, intentando encontrar una posición lo suficientemente cómoda.
—Vamos, vamos... Quiero que me cuentes de una vez por todas qué hacías en el estacionamiento de la universidad con mi hermano.
Pan parpadeó varias veces, confundida.
—¿Es en serio? —inquirió ofendida—. No pensarás que él y yo...
—Claro que no lo pienso, tontita. —Bra hizo un gesto con sus manos, indicando que no hacía falta ningún tipo de aclaración—. Le creo a Trunks. Si él dijo que te abrazó porque estabas triste, entonces sé que así fue.
La joven Son pudo sonreír. Bra era adicta a irritarla; era bueno que a pesar de ello lograra separar los tantos.
—Mejor así —dijo—, porque Trunks dijo la verdad.
—¿Y por qué tanto entrenamiento?
—Bueno..., él me dijo que podíamos pelear, en serio, dentro de poco. No un entrenamiento, sino una buena batalla, como las que mi padre, mi tío y él tienen cada tanto.
—Ajá. —Bra peinaba su cabello con un cepillo mientras la escuchaba.
«Cómo te aburre hablar de esto...», pensó Pan. De todas formas, inmediatamente después supo que no podía culparla. «Adopto la misma actitud cuando ella habla de ropa o cosas de ese estilo».
No tenían todo en común, era natural.
—Así que por eso es que estoy entrenando mucho. ¡Quiero ganarle! —añadió.
Bra no dijo nada al respecto. Se produjo un silencio. De repente, la princesita dejó el cepillo de lado y la observó detenidamente, su gesto inmutable.
—¿Te gusta?
«¡¿Qué?!».
Pan entrecerró los ojos, sin comprender a qué se refería, aunque al mismo tiempo presentía qué intentaba insinuar.
—¿De qué hablas?
—De mi hermano. ¿Verdad que es hermoso?
—¡Imbécil! —bramó la ahora sonrojada guerrera.
Bra arrojó una risotada al aire.
—¡Vamos! No conozco ni una mujer que no lo piense. Hasta Videl, TU MADRE, me lo dijo una vez: Trunks es muy bonito.
—¡¿Bonito?! —Más rojo, más fastidio—. No me hagas esto... ¡No quiero hablar de algo así!
—¿Sabes qué pasa, amiga? —Bra se relajó un ápice. Abandonó el gesto inmutable y sonrió levemente, con más sinceridad—. En la foto de la tapa de Stars se veían lindos.
—¡Bra...! —Pan tuvo que taparse la cara producto de la pena que la embargó.
—Sí, sí... Se veían tan lindos... juntos. —Su amiga dejó perder la mirada en el techo de la habitación—. Cuando los vi, no me escandalicé como mamá; tampoco me desinteresé como papá. Me concentré en la foto y pensé en una cosa: me encantaría que él encontrara una chica como tú.
No más sonrisa. Bra se mostró claramente triste.
—Yo...
¿Qué podía responder? No había nada bueno para decir, no después de aquel anhelo honesto mencionado por su mejor amiga.
—Se veían perfectos juntos, tanto que por un momento deseé que la noticia fuera cierta. —Hizo una pausa para acomodarse. Apoyó el rostro en la palma de su mano y el codo en una de sus rodillas—. Sin embargo, cuando fui a su departamento y lo miré a los ojos, supe que era imposible.
Pan enmudeció. Lo que escuchaba eran palabras cargadas de frustración.
—¿Por qué?
—Porque sigue ausente. No está frente a ti por más que lo esté técnicamente hablando. No está en ninguna parte. Ya no está...
—¿Eh?
El pecho de Pan se convulsionó a partir de la angustia que los dichos de Bra le transmitieron. Esas aseveraciones dejaban entrever una situación real, una sensación totalmente cierta. Bra no veía a Trunks por más que lo tuviera enfrente. Él, para ella, estaba ausente. Entendía el significado de lo que le decía, mas no lograba comprender cómo era posible que ese hombre del abrazo lleno de empatía no estuviera, cuando sí estaba, cuando ella sí lograba sentirlo.
¿O era que no lo conocía lo suficiente? La nieta de Gokuh se lo preguntó, pero no se lo pudo responder. A lo mejor, se dijo, lo que ella creía ver era un espejismo, una ilusión provocada por lo que ella quería ver.
A lo mejor era su imaginación, y Trunks estaba ausente. Y Trunks nunca estuvo allí, con ella...
—Ya no siente nada, no le importa nada... Te lo dije una vez, cuando fue el aniversario de la muerte de Isa, ¿te acuerdas?
Pan asintió. Iba a agregar algo, pero un golpe en la puerta de la habitación ahogó las palabras en la garganta. Bra preguntó quién era, y la respuesta fue obvia: era Bulma. Bra la invitó a pasar. La mujer las observó desde el umbral de la puerta. Traía consigo una de esas sonrisas radiantes que la caracterizaban; al ver la tristeza atípica en su hija, sin embargo, la invadió la preocupación.
—¿Qué sucede?
Bra suspiró.
—Trunks, mamá...
Ajena a ambas, Pan se convirtió en espectadora de la escena. Vio cómo Bulma se sentaba en la cama, justo al lado de su hija.
—Sé que te preocupa, a mí también, pero hay que ser fuertes, Bra. Trunks no saldrá adelante si no le brindamos nuestro apoyo.
De pronto, Pan se vio confundida. No terminaba de entender el diálogo. Lo que ellas se decían parecía ser parte de algo previo. Ya habían hablado del tema, en muchas ocasiones. Eso percibía.
—¡Ya pasó mucho tiempo! Y cada vez está peor, mamá. —Bra no ocultó la ofuscación—. No tolero verlo así, ¿entiendes? ¡No lo soporto! Tan distinto a como solía ser cuando Isa estaba aquí...
«Oh, no...».
Sintiendo el peso de las emociones sobre sus hombros sin que éstos fueran aptos para soportarlo, Pan se levantó abruptamente, más de como tuvo la intención de hacerlo. Sin desearlo, llamó atención de las mujeres Brief, quienes dejaron de lado su conversación para atisbarla en detalle. Al notar cómo la miraban, rió nerviosamente.
—Creo que deben hablar a solas, así que las dejo —farfulló.
—Ay, Pan... ¡Por favor! —Bulma se levantó, arrastró a Pan hacia ellas y la sentó a su lado. La muchachita no logró detenerla—. Tú jamás molestas, no aquí, conmigo y con Bra.
—No sobras, boba. —Bra, aunque melancólica, le sonrió. Pan no objetó.
—Esto es algo que se ha ido profundizando desde la muerte de Isa —le explicó Bulma, añadiéndola a la conversación—. Quizá no lo notes, pero así es: Trunks vive en otro planeta, tiene la cabeza en otra parte. Está alejado de todos...
—No viene de visita, no llama, no nada... ¡Siempre debemos ir nosotras! Sólo viene a pelear con papá, y, curiosamente, últimamente ni a eso ha venido —agregó Bra—. El otro día, por ejemplo, cuando fui con él a ZTV, estaba ausente, como siempre. Le hablaba, me respondía, pero no había caso... —Observó a su madre—. Yo podía estar llorando, riendo, lo que fuera; él no hubiera notado absolutamente nada.
Pan se sorprendió. Le costaba distinguir aquellas afirmaciones en alguien como Trunks. Recordaba el abrazo, la empatía, y todo lo que Bra decía se volvía, a sus ojos, más y más imposible.
Bulma, sin aliviar a su hija con algún tipo de consuelo, sin afirmar ni refutar lo que ella les decía, se puso de pie. Caminó despacio, sin apuro, y se detuvo frente a la modesta biblioteca de Bra.
—Trunks se parece a Vegeta.
—¿A Vegeta, Bulma? —inquirió Pan automáticamente, incrédula.
Al recordar sus ojos, eso le parecía una locura.
—Muy parecido. —Bulma perdió la vista en los lomos de los libros—. Vegeta, Pan, es una persona a la que pareciera que jamás podrás acceder. Trunks es así también: inaccesible. De forma distinta a Vegeta, quizá menos agresiva, pero lo es. Claro que Vegeta, con el tiempo, se volvió accesible para mí, luego de muchas cosas que tuvieron que suceder alrededor de los años; con Trunks, en cambio, nunca hubo caso. —Enmudeció mirando un lomo en particular—. Nunca pude.
Pan giró hacia Bra: su amiga se veía tan impresionada como ella.
—¿Y eso por qué, mamá?
—Es difícil y complejo de explicar. —Acarició el lomo del libro con la punta de los dedos—. Heredó lo peor de su padre. —Sacó el libro finalmente, lo cargó hacia la cama y se sentó junto a ellas—. La diferencia es que Trunks ya no tiene a nadie con quien conectarse. No hay una persona a la que pueda permitirle acceder a lo inaccesible. Trunks ya no la tiene a Isabelle...
—Está solo —concluyó Bra.
Bulma asintió. Les mostró el libro: era una edición de lujo, de tapa dura, sobrecubierta y dimensiones importantes, llamada Isabelle Cort: la vida a través de la imagen. En la tapa, una imagen en escala de grises de Isabelle envuelta en una sábana frente a un espejo, con la cámara en mano, embellecía hasta lo inadmisible. El libro era un compilado de entrevistas, comentarios de ella y escritos de distintos especialistas. Había sido editado luego de su muerte. Bulma sonrió ante la foto de la portada, para después dar vuelta las páginas como si las conociera de memoria. Llegó rápidamente a donde quería, a una foto de Trunks en particular.
—Mírenlo aquí... Amo esta foto.
Pan lo observó en detalle. Al otro lado de Bulma, Bra la imitó. El escenario era una especie de playa. El sol llenaba de luz el ambiente. Trunks estaba de pie, visible sólo hasta los muslos. Tenía una camisa gris y unos pantalones oscuros; la ropa suelta, desenfadada. Serio, miraba la cámara, aunque si lo miraba en detalle, no transmitía únicamente seriedad. Parecía frágil, más joven de lo que era. Estaba conmovido, emocionado. El viento, seguramente presente en la escena, lo despeinaba, revolvía su ropa y distorsionaba las sombras.
Bellísimo.
Bajo la foto, decía Trunks Brief, verano del 793. En la hoja siguiente, unas palabras de Isabelle en tipografía de cuerpo pequeño eran lo único visible:
La perfección, el significado, el camino hacia la salvación. Todo existe en sus ojos.
Se paralizó. Miró los ojos una vez más, sin aliento: eran hermosos, brillantes.
Únicos.
¿Era ése el verdadero Trunks? ¿Era la totalidad, incluso lo inaccesible?
Los ojos frente al ataúd, los del abrazo de la empatía, los que la consolaban, los que recibían su consuelo, ninguno de esos ojos se asemejaba a esos que veía ahí. Creía estar segura de haber visto al Trunks que Bra describía, el que existía antes de la muerte de la fotógrafa, pero al analizar la foto en detalle, supo que no. Esa era la primera vez que notaba la diferencia, lo inaccesible.
Ese era Trunks.
Ese era el Trunks que Bra y Bulma aseguraban haber perdido aun cuando jamás lo habían tenido en su plenitud.
—No puede verse más lindo, mamá... Está precioso —exclamó Bra, embelesada con su hermano.
—Aquí se nota perfectamente lo que digo: Isa vivía sacándole fotos, él se lo permitía pese a que no le gusta que lo asedien así. Trunks es quisquilloso; aún así, posaba para ella, a pesar de no ser un profesional haciéndolo. Posaba, además, sin timidez alguna. Él es más tímido de lo que muchos podrían imaginar, pero frente a Isa era la persona más transparente del mundo. —Bulma tuvo que hacer silencio. Respiró profundo, a lo mejor reprimiendo una emoción fuerte. Se la veía un tanto triste—. Confiaba demasiado en ella. Le gustaba posar para ella... Le gustaba mostrarle lo inaccesible, mirarla como jamás ha mirado a nadie. Ahora, ella ya no está, y todo aquello que le mostraba a través de la cámara lo tiene guardado en su interior, lo volvió inaccesible para todos.
Sin más, cerró el libro.
—Bulma... —Pan acarició su espalda, a lo cual la científica respondió con una enorme sonrisa.
—Ya pasará, hay que darle tiempo —aseguró. Las jóvenes asintieron—. No hay que preocuparse de más. Preocupándonos no lo ayudamos.
—Es cierto. —Bra se permitió sollozar un instante. Después sonrió igual que su madre.
—¡Compré dulces! Eso venía a decirles. Prepararé café, ¿sí? Pan, espero te quedes un poco más.
La joven quiso hablar, pero no pudo. Asintió torpemente justo antes de que la madre de su amiga se marchara. Una vez solas, Bra tomó el libro y acarició la foto de Isabelle de la portada.
—Espero encuentre una chica así...
—Entiendo lo que sientes, Bra, pero también es verdad lo que dice tu mamá: no puede ser de un día para el otro.
—Espero que tampoco sea para siempre.
Silencio. Bra dejó el libro sobre la cama y se puso de pie. Fue hacia el tocador y se miró al espejo. Al verse bien, se dirigió hacia la puerta.
—¿Vamos?
—Claro...
Antes de salir por la puerta, sin embargo, Pan se detuvo.
—¿Qué sucede? —preguntó Bra volteando hacia ella.
—Oye... ¿P-podrías...? Eh... ¿Me lo prestarías?
—¿Eh?
—El libro de Isabelle...
Bra la atisbó con curiosidad.
—¿Para qué?
—M-me gustaría... —Apretó los puños, sin saber qué era lo que estaba haciendo—, bueno, me gustaría leer un poco sobre ella...
Bra sonrió ampliamente.
—Será un placer iniciar a una nueva fan.
Pan devolvió la sonrisa. Ambas continuaron caminando, aunque la que iba al último, la nieta de Gokuh, no podía creer lo que acababa de hacer. Sólo podía pensar en una cosa: mirar los ojos de nuevo.
Aquella calidez bien conocida llenó su pecho. Mirar los ojos, intentar descubrir qué había más allá de éstos.
Mirar los ojos a solas, mirarlos con todo el detalle que le fuera posible.
Mirar todo lo que se apreciaba a través de los ojos, de la perfección, del significado que transmitían.
Mirarlos, por primera vez, de otra manera.
Se ausentó unos diez minutos. Le dijo que no se moviera ni un ápice del sofá, que lo esperara exactamente así, que volvería rápido. Cuando finalmente apareció frente a ella, tan desnudo como ella, Trunks le sonrió dulcemente. Se sentó junto a su cuerpo no sin antes besarla. Marron, ante los hechos, se impresionó por causa de la naturalidad que él destilaba con tanta sencillez. Estaban sin ropa, a plena luz del día. El sol traspasaba las cortinas bordó que, frente a la ventana, censuraban el exterior. El bordó de la tela inundaba el espacio, volvía a la escena hija de la lujuria. Se miraban sin decir nada en medio de aquellas luces, calmados, sus respiraciones apacibles y sus facciones relajadas, satisfechas. Algo era diferente producto de la lectura erótica compartida y recreada. Estamos dementes y compartir nuestra demencia el uno con el otro es una forma de dar rienda suelta a nuestros instintos compatibles. Nadie puede juzgarnos cuando no nos mira. Se decían cada palabra por medio de las pupilas. Nadie puede juzgar nuestra demencia; ésta no está a su alcance, no es comprensible para quienes no dominan el idioma de nuestras pieles. No entienden, no sienten al mundo como nosotros lo hacemos.
Compartamos nuestra perversión.
Será nuestro secreto, nuestro y de nadie más.
—Ya debe estar lista —mencionó Trunks de pronto.
Sin esfuerzo, la asió entre sus brazos y la llevó rumbo al baño, de baldosas negras y azulejos anaranjados, decoración austera como la de todo el departamento, y la sumergió en el agua que llenaba la bañera blanca de loza colocada al fondo del reducido espacio. El agua estaba caliente, no en exceso; resultaba acogedora. Marron, envuelta por el calor, cerró los ojos como símbolo del disfrute. Trunks entró, cerró la cortina y se sentó tras ella. Los rodeó una luz tenue, tan cálida como el agua. Una vez acomodado, el saiyan la atrajo hacia él, chocando su espalda contra los músculos tallados de su pecho. La abrazó por los hombros, sus brazos siempre fuertes, y no se contuvo: dibujó un chupón en la piel de su cuello, entregado magníficamente a su boca.
El silencio no se hizo esperar. Permanecieron así, cada uno ensimismado en sus pensamientos. Trunks, al ver que Marron no reprochaba sus acciones, succionó su piel una vez más, esta vez en su nuca. No sabía cuántas marcas había plasmado ya, pero esa blancura era peligrosa: incitaba a morder; era la petición de dejar una huella, de que la demencia tuviera un medio por el cual demostrar su mera existencia. La escuchó jadear suavemente; el cuerpo tembló entre sus brazos.
—¿Tienes frío? —indagó. La voz era un murmullo.
¿Cómo podía preguntarle eso? Marron pareció despertar de algún tipo de ensoñación al oírlo. No podía tener frío cuando él la abrazaba.
Era él, no era cualquier persona. Era Trunks Brief.
El silencio era tan sepulcral que levantar la voz no era de ninguna manera necesario, sino optativo. Se escuchaban perfectamente; sin embargo, esto no facilitaba, en ellos, una mejor comunicación. Ambos eran tímidos, reservados, no tenían el poder de hablar libremente, por lo menos no en su situación.
Uno de los dos debía romper el hielo. Lo sabían. Era el punto de quiebre, traspasar una línea de la cual ya no podrían volver. Si alguno, quien fuera de los dos, profería una palabra, serían capaces de entregarse como en la cama, cuando ambos se desnudaban y daban rienda suelta a lo carnal que entre ellos fluía maravillosamente. Era mirarse a los ojos como en lo insoportable; la entrega a la utopía materializada en los orbes ajenos. La lectura había modificado el código; el sexo que había saltado de unas simples páginas a lo crudo de la realidad daba pie a algo más, por la perversión de todo, por la demencia compartida.
Fueron, paulatinamente, decepcionándose. El agua seguía calentándolos, el contacto de sus pieles cumplía la misma función con enferma altura, mas eran incapaces de mover la lengua. El lugar, el otro, los ojos, todo era tan perfecto que perturbar la perfección parecía un pecado.
No podían, y uno pudo:
—¿Hace cuánto escribes?
Los ojos celestes se abrieron de par en par. Tembló aún más de como venía haciéndolo debido a la pregunta. Era lo más determinante que Trunks hubiera podido inquirir, más en ese momento, más en esa intimidad. Pensó el voltear; no lo hizo. Era más fácil si no lo miraba. Los ojos azules podían, en esta ocasión, ser la peor metáfora que pudiera hacerse. Podían perderla para siempre.
—Hace..., desde niña.
La voz tembló al compás del cuerpo. Trunks, con movimientos suaves, acarició sus brazos.
—¿De niña? —Marron asintió, nerviosa—. Vaya, no lo sabía... ¿Alguien lo sabe?
¿Era eso posible? Las caricias fueron acompañadas por besos en sus hombros, donde los chupones ya realizados brillaban.
—Mis padres —farfulló—, aunque no les hablo mucho del tema.
—Lo saben porque no se los ocultaste, no porque se los hayas contado.
—Eso mismo... —Detuvo sus palabras por culpa de las caricias que, ahora, atendían sus pechos.
Él la invitaba a hablar, a abrir los ojos tanto como cuando se desesperaban sobre las sábanas. Estaba pidiendo exactamente lo mismo, una liberación. Era como si estuviera poniéndola a prueba.
¿Qué intentaba averiguar a través de lo sexual de aquella tortura?
—¿Es sólo un pasatiempo o...?
—¿Qué? —El aire se le fue. Tuvo que gemir. Las manos bajaban por su estómago. Se detuvieron a mitad de camino, permaneciendo sobre su bajo vientre, esperando. La mezcla del calor del agua y el fuego de su demonio era tan deliciosa como desconcertante.
—¿Saldrías del blog para dedicarte a ello?
—¿Te refieres a si sería... profesional?
—Sí.
Las manos retornaron a la dulzura de los pechos. Masajearon despacio, tan despacio que la rubia, sin darse cuenta, lanzó su cabeza hacia atrás. Cerró los ojos, se entregó a la paz que, pese a la excitación, le despertaba la intimidad que Trunks había construido.
—Sí, lo haría —murmuró, sus mejillas rosadas por las caricias—. Quiero, pero...
—¿Qué? —Trunks deslizó sus labios por la piel de su rostro apenas inclinado hacia él.
—Tengo... una novela.
No más caricias.
—¿En serio?
—Sí, yo... —Quiso voltear del todo, atisbarlo, mas se lo prohibió. Debía seguir hablando, contestar sus preguntas, simular los ojos del sexo, la piel de la entrega. No debía, bajo ningún aspecto, hundirse en la perdición del azul.
—Hace unos... diez años que la empecé.
Trunks respiró fuerte, nada apacible se mantenía en su cuerpo.
—¿La terminaste?
—Sí, pero..., bueno... dejé la idea por muchos años. La retomé hace muy... poco tiempo. La estoy modificando bastante.
Las caricias reaparecieron, pero esta vez eran obra de los labios masculinos. Rozó su cuello con éstos.
—¿Por qué la abandonaste?
—Perdí mi inspiración...
—¿La musa se fue?
—Sí.
«Te casaste con ella...».
—¿Y cómo la hiciste volver?
—Ella... vino sola...
Los brazos rodearon su cuello y ella, entregada al planteo corporal que él le hacía, llevó sus manos hacia atrás, hacia la parte baja de la cintura de su demonio. Lo acarició, él respiró fuerte, rozaron sus piernas bajo el agua. Entregados, ambos, deseaban a quien los acompañaba.
—¿Qué harás luego?
—¿Cuándo termine de arreglarla...?
—Exacto.
—Quizá intente publicarla... No es nada del otro mundo, sólo una novela romántico-histórica. No lo voy a lograr, es obvio, pero sería lindo...
—¿Por qué no te tienes fe?
—No soy muy buena...
—Yo creo que sí lo eres.
—Trunks...
Agradeció a los dioses supremos, arrodillada mentalmente frente a ellos. Agradeció la fuerza que viajaba por sus extremidades, esa que le obsequiaron para poder hablar, y para que él, su demonio, la escuchara como lo estaba haciendo. Imploró, justo cuando él besaba lentamente su nuca, hundido en lo voluminoso de su cabello, un poco más de lucidez para tan importante momento.
Un poco más, sólo un poco más...
—Tienes algo más, Marron. Tus relatos guardan un significado.
—¿L-lo crees?
—Lo creo.
Odió a su novela por ser tan estúpida. Claro que agradecía las palabras de Trunks; no obstante, no podía hacerlo por completo. Él, con sus halagos honestos, desprovistos de malicia, lo único que lograba era hacerla sentir culpable. No estaba, ni estaría, al nivel de esas palabras.
Él, ajeno a su martirio, continuó besándola, acariciándola. El agua seguía tibia si bien el día era frío como pocos. Todo era bello: los cuerpos desnudos entrelazados, la calidez que se pasaban el uno al otro, la luz tenue que los iluminaba. Todo era adecuado, un escenario digno de la demencia de esos seres tan retorcidos. Pero, aun cuando el escenario estaba regado por pasión, la de los ojos y las almas que se encerraban dentro de éstos, uno de los dos quería más.
Trunks se sentía insatisfecho.
—Marron... —El murmullo fue tan bajo que fue tapado por los latidos acelerados de ambos.
Marron, más por instinto que por desearlo realmente, volteó hacia él.
—¿Trunks...?
Éste tuvo una sensación hasta entonces desconocida, lejana. Juró verla petrificada, a ella y al agua, la respiración, las sombras. El tiempo se detuvo por completo. Lo único que se movía eran los ojos celestes de la blonda, los ojos celestes de su ángel, que gritaban, suplicaban, lloraban.
—¿Qué te gusta de mí?
—Me traspasas.
—¿Qué sientes cuando te traspaso?
—Siento que soy perfecto.
—¿Qué satisfacción te da sentirte así?
—Olvido quién soy. Recuerdo quién me gustaría ser.
—¿Todo eso, bebé?
—Todo eso, Isa.
Se vio traspasado por los ojos celestes, propietarios de un alma tan oscura y conmovedora, retorcida si bien la imagen hablaba de pureza. Era Marron, era todo lo que la constituía.
Era todo, la totalidad de su ser.
Su corazón dio un vuelco. Él no lo notó, pero así fue. El vuelco, la caída en picada hacia el infierno que era un cielo acorde a su devastadora imperfección, al fin se había manifestado. Marron, por su parte, lo vio desencajado, como si hubiera descubierto algo. ¿Acaso sus ojos habían cometido el error de revelar más información de la debida?
¿Qué secreto habían confesado sus ojos?
¿Qué era distinto en los orbes azules?
¿Qué cosa tan terrible le había dicho sin darse cuenta?
¿Qué mensaje, del que ni ella era consciente, pudo captar?
Trunks pareció salir del trance al fin. Al hacerlo, la tomó fuertemente de la cintura.
—¿Puedo...? —Deslizó una de sus manos hacia su intimidad.
Marron sólo necesitó asentir.
La mano la acarició, allí. La mano que no la acariciaba la sujetó del cuello. La obligó a mirarlo, nuevamente en trance, ciertamente conmovido al juzgar por lo que decían los ojos. Decían tanto que no era fácil discernir aquel complicado entramado de sensaciones inesperadas.
Decía todo; no decía nada.
Se observaron en silencio, únicamente siendo audibles las respiraciones, el ir y venir del agua, eterno retorno al placer que un demente debía, quería y tenía que darle a su par. Marron inclinó su cabeza hacia atrás, jadeó pudorosa por más confianza que pareciera haber, susurró el nombre de su demonio. Cerró los ojos, entregada a la perversión del hombre que le quitaba todos los sentidos nomás mirarla, por obra de sus ojos.
Los labios besaron sus párpados, con ímpetu, descontroladamente, al ritmo de los dedos que aún la rozaban. Más urgencia en cada caricia, más jadeos; gemidos.
El gemido definitivo, el clímax del cuerpo y el alma al mismo tiempo.
Trunks la escuchó sollozar luego del orgasmo, deshecha por el poder con el que la había alcanzado. Respiró desordenadamente, necesitado de ella, de sus ojos; quería ser traspasado por el ángel de la perfección. Ser traspasado genuinamente por una mujer que realmente tuviera el talento de hacerlo, para así tocar la perfección.
Ser quien quería ser, no quien era.
Ser el que deseaba ser.
Transitar un camino dibujado por y para él.
Salió de la bañera, se envolvió con una toalla y volvió por ella, a quien le hizo exactamente lo mismo. La atendió con entusiasmo, secó su cabello, su piel, besó sus labios tiernamente. Se sintió un imbécil por tantos cuidados brindados, pero Marron generaba cosas así en él. Cuidarla del exterior como si fuera la criatura más indefensa. Esa apariencia angelical era lo que generaba el sentir, pues su delicadeza, su suavidad y la ternura de sus ojos color cielo la convertían en un verdadero ángel. Temía por la fragilidad innata, como si algo pudiera ocurrirle en cuanto dejara de vislumbrarla.
Y por dentro la constituía la oscuridad. Estaba demente, era perversa, destilaba los más dispares sentires y martirios, necesidades inestables, cada vez que profería una ínfima palabra.
Marron era, sobretodo, una absoluta contradicción. Evocaba la más atenta preocupación, mas en el fondo sabía que no la necesitaba, que la oscuridad que daba forma al costado más lleno de significado de su alma podía cuidarse solo.
—Pareces tan frágil, bebé, pero no eres frágil. ¿O sí lo eres? Cuando te miro, cuando posas para mí así, como en este instante, siento que no sé quién eres. Y vuelvo a descubrirte, ¿sabes? Y vuelvo a preguntarme si eres, o sólo finges, ser tan frágil como ahora te veo. Claro que no eres frágil, no con esos poderes que tienes... Pero por un momento, cuando te observo, juro ver una fragilidad que haría temblar a cualquier persona que fuera capaz de notarla. Me haces temblar, bebé... Haces que quiera protegerte.
Marron era exactamente eso: igual a él, al Trunks que ella describía tan apasionadamente.
No había inocencia entre ellos; eran tal para cual.
Luego de tanta atención, la recostó en la cama, la tapó por completo, la acompañó bajo las sábanas. Se miraron fijamente, silenciosos por más bramidos que profirieran las pupilas. Él estaba impresionado, ella confundida.
¿Qué simbolizaban esas sensaciones?
Trunks tomó sus manos y las acercó a su masculinidad.
—Tócame...
Marron perdió el hilo de la situación.
Lo tocó justo como se lo pidió, siguiendo el ritmo que él marcó con las manos que aún la sujetaban. Se miraron cada instante.
Lo amaba; ser su amante y poder verlo así, tan cercano al placer, era mejor que nada. Era mejor ser su amante a no ser para él más que una persona más en una reunión de los Guerreros Z.
Se entregaría al juego más de lo que ya se había entregado, para que él pudiera darle el significado que quisiera.
Trunks, agitándose entre los dientes apretados, como era su costumbre, arrastró su frente por todo el rostro de la rubia. Los movimientos evidenciaban la misma urgencia de las facciones. Apoyó su párpado izquierdo en la boca de Marron. Ella, entendiendo lo que deseaba, lo besó. No supo por cuánto tiempo lo hizo, al mismo tiempo que las manos de ambos temblaban entre sus cuerpos, bajo las sábanas inquietas, pero no se detuvo. Lo besó en los párpados, con idéntico ahínco al demostrado antes por él. Los excitaba besarse allí, sí; sin embargo, ahora les producía algo distinto, a ambos. Marron no lo entendió; Trunks sí lo hizo.
Ella lo traspasaba.
Ella despertaba los sentidos antes dormidos.
Ella lo inspiraba.
Ella...
Abrió la boca, gruñó con fuerza, descansó su cuerpo sobre ella, exhausto.
Ella lo empezaba a enamorar.
Más allá de la fijación ocular compartida, donde los párpados eran tan excitantes como las partes más sensibles de sus cuerpos, este amor no era puro. Era amor del otro, no del ideal; amor real, crudo, imperfecto.
Ella lo empezaba, entonces, a obsesionar.
Se aferró con fuerza a su cuerpo, forcejeó con ella, dibujó marcas de pasión en cada milímetro de piel.
—Me fascinas...
—Trunks...
—Me fascinas, Marron.
—Y tú... a mí.
Amantes obsesionados con el alma de su par. Con los ojos, con el significado. Dementes, diferentes. Dos otros que, juntos, no sólo eran unos, sino que además eran uno. Uno solo.
—al otro día—
—Bueno... —Trunks revisó sus bolsillos—. ¿Vamos?
—Sí. Gracias por llevarme.
—Por nada, linda.
Frente a la puerta, en silencio, ella sujetaba fuertemente las correas de su cartera de cuero color miel. Trunks la miraba; la deseaba de nuevo.
—¿La pasaste bien? —inquirió de pronto, con el mismo gesto indescifrable que imperaba en su rostro desde la lectura del día anterior. Seguía aparentemente conmovido, confundido. No era demasiado claro qué decían los ojos.
Parecía, por algún motivo, más sincero de lo que toleraba ser.
—Sí, Trunks... —Marron no logró ni creyó necesario hablar más. Sonrió sentidamente.
—¿Almorzarás con tus padres?
—Sí. —¿Debía agregar algo más? No llegó a decidirse, pues Trunks la abrazó con tanta fuerza que no fue capaz de proferir nada.
Peinó el cabello con los dedos. Sin dudas le encantaba tocar las hebras doradas que le llegaban hasta la cintura. Marron se entregó al calor que desprendía el pecho, feliz. Él percibió la entrega, la disfrutó como si ésta dijera no lo que sucedía, sino lo que él quería escuchar.
—Y... ¿tú qué harás? —preguntó la rubia, tímida como siempre, en el último intento de decirle algo interesante. Prolongar el momento lo más posible era la verdadera intención.
Trunks se dejó ver emocionado. Era como si esa pregunta hubiera sido justo lo que él deseaba escuchar. Se separó de ella para atisbarla con la intensidad que sólo él era capaz de alcanzar.
La quería.
—Pintaré.
Los ojos celestes se abrieron exageradamente. La sonrisa digna de la impresión de los ojos se dibujó en su rostro.
—¿Qué pintarás? —La inercia y la emotividad se fusionaron, dando órdenes a su voz de reproducir cada palabra al pie de la letra.
Trunks suspiró.
—Algo que nunca he pintado. —Un silencio, pero éste no fue incómodo. El azul irradiaba tanta luz, se veía tan rojo, que preocuparse parecía un desperdicio—. Cuando lo termine, te lo mostraré.
—... Jamás se lo conté a nadie. Qué lindo es chatear y permanecer en las sombras...
—Me encantaría... verlo.
Se vio en el cielo, de nuevo. Estaba frente a su demonio, éste la interpretación más cruda de la perfección. Lo tocó al fin, se sumió en él, se sintió tan perfecta como él.
Algo era especial, no sabía qué. Trunks ya no la miraba como antes.
Esperanza. El sol brilló con fuerza, le dio calor.
La hizo feliz.
—Vamos, Marron.
—Sí...
En un parpadeo estuvieron en la esquina de su edificio, en el Distrito 7. Antes de que ella bajara del coche, luego de un casto roce de sus labios, su demonio la tomó de la mano. Se quitó los lentes oscuros, exponiendo su alma desnuda frente a ella.
—Te llamo en estos días.
—Bueno...
La tomó, ahora, de la nuca. La besó profundamente. Se entregaron al beso violentamente, embelesados. Cuando se soltaron, permanecieron un minuto entero en silencio.
—Nos vemos, Marron.
—Nos vemos, Trunks...
Se bajó del coche, pero esta vez no pudo evitarlo: al alejarse dos metros de él, casi rozando la zona de su edificio, Marron volteó. Trunks aún sonreía. Habiendo conseguido esa última imagen, la que repasaría cada momento hasta el próximo encuentro, se marchó.
Cuando Trunks la perdió de vista, apretó el volante con las palmas de sus manos. Suspiró con desgano. Supo que no era suficiente, que quería más. La quería desnuda en su cama, tanto en alma como en cuerpo; quería que ella lo acompañara.
Siempre.
Invitarla a navegar mares inaccesibles de la existencia de aquella alma torturada que residía en su cuerpo, muerta por vivir una vida ajena, viva por conservar algún tipo de esperanza en su interior. Esa vida carente de significado, vida desconocida que debía, sin desearlo, mirar a los ojos cada mañana. Marron tenía el poder de desviar sus ojos, capturarlos con talento y demencia.
Era él, el más puro él, cuando estaba desnudo junto a ella. Era el estado puro que de puro no tenía nada. No era como la pequeña Pan, esa muchachita sin atisbo de manchas de experiencia en su ser. No era un alma pura sin corromper.
El sí estaba manchado por la tierra de la experiencia; la tragedia y la perversión iban de la mano en su interior, y no era como Pan, tan pulcra que resultaba brillante, inaudita; él estaba demasiado manchado.
Y Marron también.
Eso era lo que le fascinaba de la rubia: estaba tan hundida en lo crudo como él, manchada por el amor, oscuro y culposo, que sentía por un hombre que no la merecía.
Estaba tan sucia como él.
La veía tan parecida a sí mismo, tan desgarradoramente herida por una ausencia en su cama, en su cuerpo y en su corazón, por una obsesión disfrazada de la utopía de un amor sano que, en alguien tan putrefacto, era imposible, que la empatía le brotaba por los poros.
La quería, sí. La necesitaba.
Arrancó el auto, confundido si bien no tenía motivos para estarlo. Manejó sin rumbo, preguntándose cosas sin realmente hacerlo. Quería cortar todas las escenas que debía protagonizar en la vida que no deseaba para alcanzar el momento de volver a la vida dibujaba por y para él, donde Marron dormía a su lado, de nuevo. En algún momento, quizá unos minutos después, quizá horas enteras después, llegó a su edificio del Distrito 3, el oficial. Al atravesar puertas, ascensores y pasillos para alcanzar su hogar, la inercia de la vida despreciada lo llevaba con una correa, como si él fuera un esclavo infeliz en un mundo infeliz. Era el esclavo de la vida que no deseaba. Entró al departamento, recorrió lentamente y vio una nota de Goten sobre la mesa de la cocina, donde le avisaba que había alimentado a Tsuki en su ausencia, como él le había pedido de favor el viernes. La nota decía un par de cosas más, pero no pudo ni quiso leerlas. Besó a Tsuki al llegar al cuarto, sabiendo que ella, tan preciosa dormida en su mantita sobre el colchón, era el único símbolo de pureza de su putrefacta vida real. Se quitó la ropa, se miró al espejo colocado en la cara interna de la puerta de su armario.
¿Quién era ese hombre?
—Eres mi inspiración, bebé. Eres la musa que le da significado a cada cosa que hago. Tú eres mi inspiración...
No. Él no era eso. Marron sí lo era.
Sonrió a aquel misterioso hombre que lo atisbaba desde el espejo. Dejó de observarlo y se concentró en extraer de los cajones del armario un pantalón negro de algodón y una playera sin mangas totalmente gris, la ropa más cómoda con la que se había topado. Una vez vestido con esas prendas, guardó en un bolsillo una cápsula que traía en la chaqueta que ya se había quitado; sus pies supieron a dónde llevarlo. Caminó por el pasillo de cinco puertas, se detuvo en la última. Desactivó la seguridad en el panel que acompañaba al picaporte. Entró.
Al cerrar la puerta, donde se activó inmediatamente el código de seguridad, supo que ya no estaba en la vida digitada por otras personas. La correa ya no rodeaba su cuello, apretando, asfixiando; estaba en su vida, la prohibida, la anhelada.
La vida dibujada por y para él.
Prendió las luces y, sin inmutarse por lo que vio al hacerlo, caminó hacia las ventanas, abrió las cortinas azul marino que censuraban el exterior. Observó las calles de la capital, tan llenas y vacías de significado. Les dio la espalda, cerró las cortinas. Caminó por el espacio, disfrutando enormemente del olor, mezcla entre arte y antigüedad, viejo, que atestaba el lugar. Amaba ese aroma como a pocas cosas en el mundo. Se detuvo, y sus ojos se posaron en una de las cuatro pareces del cuarto, que era más grande que donde dormía, pero más pequeño que la sala. El cuadro del atardecer que le había regalado a ella una vez, rodeado por otros tantos paisajes, de la Tierra y de su imaginación, le daba la bienvenida.
—¿Por qué paisajes, bebé? Nunca pintas personas, animales o algo que no sea un cielo y una tierra.
—Me gustan los horizontes.
—¿Por qué? Claro que son bonitos, no me malinterpretes, ¡pero no me parecen para tanto! Hay tanto por pintar, tanto por crear, que pienso que no tiene sentido que te centres en una sola cosa. Tienes talento para mucho más.
—A mí sí me parecen para tanto.
—¿Por qué?
—Los paisajes son infinitos, no tienen límites, siempre se puede ir más allá. No importa cuánto seas capaz de volar para alcanzar el final; el final no existe.
—Qué curioso... Es exactamente lo que veo en tus ojos, Trunks.
—No empieces...
—Tú empezaste. Tú siempre empiezas, bebé.
Paisajes cuyos cielos reflejaban cada momento del día posible. Atardecer, amanecer, todas las luces y las sombras de la Tierra, fusionadas de distintas maneras para reflejar distintos sentimientos.
Volteó, y en las tres paredes restantes atisbó otra clase de obras, a las cuales, si bien las miró un momento, se prohibió mirar de más.
No quería mirarla, no a ella, tan ausente según su mente y tan presente según su pecho que no terminaba de entender cuál de las dos opciones era la correcta.
¿Ausente, presente? ¿Ella estaba allí? ¿Ella, acaso, finalmente se había marchado?
En una de las esquinas del cuarto, la más próxima a la puerta de soberbia seguridad, un atril apoyado en un armario esperaba a que su dueño lo usara. Tras las puertas del armario, pinceles, paletas y demás materiales también aguardaban. Abrió el armario, se encontró con los elementos y tomó entre sus manos su paleta de madera favorita, usada por años, manchada por tantos momentos. Sonrió sin remedio.
Cuánto había extrañado ese mundo.
Poco a poco fue disponiendo los elementos en el espacio, fue preparando los óleos que había comprado el día anterior en la librería artística del centro. Finalmente estuvo listo, con el atril en medio del cuarto y las pinturas y demás materiales a su lado, sobre una mesa sencilla.
Respiró profundo y observó el atril. El lienzo de medidas importantes ya estaba completamente listo. Sujetó en su mano derecha una carbonilla ya afilada. Miró el rectángulo vacío por varios minutos, visualizando, recordando, ordenando en su mente lo que quería hacer.
Y finalmente estuvo listo.
Trazó algunas líneas con la carbonilla, como guía, disponiendo los espacios dentro del lienzo, que poco a poco empezaba a mancharse con la imperfección de su arte, del alma que se expresaba, del corazón que gritaba. Terminado su pequeño boceto, eligió un color celeste para empezar con el fondo. Al tocar el lienzo con la punta del pincel, supo que sí pertenecía a un lugar en el mundo.
Al lienzo, a las figuras, a las pinturas que iban llenando con sus colores la superficie de todo lo que estaba a su alcance en ese mágico instante.
Estaba en casa, al fin.
Se perdió en el goce espiritual, esa unión entre su mente, su alma y su corazón. Disfrutó tanto mientras pintaba que, al terminar, quiso más. El óleo debía secarse, no podía continuar el cuadro hasta unas semanas después, pero lo que finalizó luego de un largo y hermoso momento de inspiración lo abrumó con la más pura felicidad.
Ese era el significado.
Eso era todo.
La perfección: la expresión más cruda y verdadera de lo más íntimo de su ser.
Abrió un poco la ventana, caminó alrededor del atril. Se sentó frente a éste, en el suelo. Los vislumbró conmovido.
Un ángel, el ángel de la perfección, le daba la espalda. Sólo podía ver la piel de tan divina zona del cuerpo. Además, apreciaba el resplandeciente cabello dorado que caía por todas partes. Un cielo negro, hacia allí volaba el ángel, impulsado por un ala blanca, cuya compañera no estaba; en su lugar, una herida ensangrentaba brillaba. Las manos extendidas, el rostro entregado a las sombras. El cielo que era un infierno, donde su ángel podía ser feliz.
A su lado.
Faltaban detalles, seguía estando oxidado, pero ésa era la idea. La inspiración consumada volando hacia la oscuridad, hacia su demonio, hacia aquel a quien deseaba robarle la identidad.
Quería ser su demonio.
La quería a ella.
...
Pero no podía tenerla.
—Prometo no apuntarte con mi cámara desde el otro mundo.
—Aunque no lo hagas, la sentiré para siempre sobre mí.
—Siempre...
Giró su rostro hacia la pared que se había prohibido atisbar. De la gran cantidad de cuadros que abarrotaban las cuatro paredes, esa era la que no debía mirar. Era la que no debía, directamente, existir.
Pero la estaba mirando, pero existía.
La observó, y allí se topó con el pasado, con los recuerdos, con ella.
¿Cuántos eran? No estaba seguro, pero debían ser más de una veintena. Todos eran iguales, reflejaban lo mismo, la representaban a ella, a quien fuera su mujer. Una veintena de cuadros de Isabelle lo miraban fijamente, lo apuntaban con las pupilas, le recordaban quién era, quién había sido y quién quería ser. Una veintena de pares de ojos lo hundían, lo alejaban del mundo, de Marron, de cualquier intento de salvación. Isabelle lo miraba como antes, con esa intensidad bien conocida.
¿O no?
Esa veintena de miradas no lograba, por más que lo intentaba, imitar la intensidad.
No, ella no lo estaba mirando.
Se acercó a la pared, se detuvo abruptamente, se sentó en el suelo, la miró, las miró.
Esas, ninguna de ellas, era Isabelle.
—Goten, ¿entonces me lo prometes? —farfulló débilmente, aunque sonriente, Isabelle, quien estaba postrada en la cama. La enfermedad estaba ya bastante avanzada.
—Isa, mierda, ni lo digas... Sabes que lo voy a cuidar. Susu, Pares y yo lo vamos a cuidar, te lo juro. —Goten lloraba a su lado, emocionado como pocas veces.
—Cuento contigo, ¿sí?
—Claro, hermosa...
—Isa, basta —pidió Trunks, queriendo no escuchar, escuchando a pesar de sus deseos.
—Bebé, por favor. ¡No seas tan dramático! Estoy hablando con Goten, no contigo.
—Goten, por favor... —Palmeó la espalda de su amigo, quien limpiaba las lágrimas de su rostro con la manga de su chaqueta—. ¿Nos podrías dejar a solas?
Su amigo no dijo ni hizo nada más que marcharse. Una vez solos, Trunks se sentó sobre la cama y miró fijamente a su mujer. Esa, de a poco, dejaba de ser Isabelle.
—Ya no te traspaso, bebé. ¿Es eso? ¿Por eso me miras así?
—Isa, no...
—Siento mucho que esto termine así. Me da más pena por ti que por mí.
—No digas eso...
—Sí, mi vida. —Hizo una pausa, la que aprovechó para acariciar las mejillas de su pareja—. Te enfermé, ¿sabes? Ya no eres el chico tímido y desconfiado que me recibió en su oficina hace seis años. Te enfermé con mis locuras, te distorsioné todo. —Sonrió más, muy a pesar de lo triste de sus palabras. Ella era así, él lo sabía—. Si esto no me hubiera pasado, podríamos haber sido felices. Hubiera seguido cuidando esa cabecita tuya, ese corazón tan grande que tienes. Pero te distorsioné todo, te enfermé con mi obsesión.
—No fue así...
—Sí, bebé. Por eso, no te acuerdes de cuánto te gustaba disfrutar mis locuras. Mejor acuérdate de las cosas feas y ódiame al punto de que, un día, todo esto deje de importarte.
—Silencio, Isa...
Una nueva caricia en su mejilla.
—No, no, no... Busca una chica que no esté tan mal de la cabeza, una que sepa amar de una forma más pura, más sana que mi manera de amarte. —Rió brevemente—. Porque, si bien no lo parece, yo te amo. Es sólo que me obsesioné contigo y sobrepasé todos los límites. —Volvió a reír—. Y no me arrepiento. Se supone que cuando morimos, nos arrepentimos de las cosas malas. Y yo no me arrepiento de todo lo que te hice. Fui feliz contigo, así. Fui demasiado feliz contigo, bebé. ¿Tú te arrepientes?
—No, no me arrepiento.
—Pero lo harás el día que no seas capaz de amar sanamente a alguna chica. Sólo espero que seas fuerte, como sé que puedes serlo si te esfuerzas, y no te apures en seguirme.
—Isa...
—Se que querrás apurarte, te conozco. Sé un poco más fuerte, Trunks. No te enamores de una mujer como yo. Busca algo nuevo, un amor puro, un amor sincero.
—No sé amar así.
—Por mi culpa.
—Por culpa de la vida, no de ti.
—Mía, bebé... Pero la pasamos bien. Pese a todo lo que vivimos, un ápice de toda esta obsesión era puro. —Lo tomó de la mano y la besó.
—Te voy a extrañar...
—Y yo a ti, bebé.
Esas de la pared no eran la Isabelle de los instantes de locura, la persona más demente que había conocido en su vida. Eran la representación de una Isabelle vacía, porque la veintena de pares de ojos no era real. No era capaz de reproducir la verdadera mirada de Isabelle, la enferma, la eyectada de obsesión.
No podía pintarla.
No la recordaba.
¿Cómo eran los ojos que lo miraban tan enfermizamente? ¿Cómo eran? No lograba recordarlos como sí recordaba el resto de su persona. Podía pintarla de memoria, desde su cuerpo hasta los detalles más nimios de su rostro. Podía pintar el mentón, las mejillas, las cejas, los labios; podía hallar el color exacto de su piel; no obstante, no podía pintar los ojos. Por más que los copiara de una fotografía, que los calcara de algún recuerdo de peleas, risas, pasión o conversaciones de cuanto pensamiento meramente subjetivo existiese, no podía pintar los ojos como éstos eran. No le salían.
Y allí estaban la veintena de pares de ojos, vacíos. No eran los verdaderos; él no era lo suficientemente talentoso como para pintarlos fielmente.
¿Por qué?
Observó cada cuadro en detalle, sin ser consciente del tiempo. Cada cuadro tenía un par de ojos distinto al de los demás. Eran la veintena de ojos ajenos, alejados del significado de los de su mujer.
No eran ella.
Nunca serían ella.
—Isa...
Nunca podría salir adelante, así como Isabelle lo había vaticinado en el lecho, más de un lado que del otro. Nunca podría amar sanamente a una mujer. ¿Pintar por inspiración materializada por Marron? No, era inútil.
Marron, la rubia, el ángel de la perfección, pasó del escalón hacia la salvación a convertirse en partícipe de la perdición.
No iba a hundirse con ella, no si quería evitar arrastrarla con él cuando eso sucediera.
No iba a arrastrar a una mujer que no tenía nada que ver con lo distorsionado de su ser.
No podía, Marron no lo merecía.
Sólo podía anhelar, implorar, ansiar a Isabelle. A su mujer.
La culpa, finalmente, lo rebalsó.
¿Cómo había amagado así con su destino? ¿Cómo se había atrevido a desviarse del camino que sólo a él le concernía?
Debía hundirse, solo.
No con Marron.
Solo.
Debía hundirse solo, amando a su mujer como aún lo hacía, aferrado sin razón a lo que ella significaba. ¡No podía sentir nada por otra mujer! No podía, tampoco quería.
La culpabilidad era consecuencia de toda esa confusa maraña de sentires: no podía mirar a otra mujer como la miraba a ella.
Porque Isabelle tenía razón: ella lo había enfermado, lo había manchado con la más vehemente imperfección. Ella le había hecho perder la inocencia, borrar lo idealista del primer amor que justamente ella había regado en su interior. El amor era locura, pasión, gritos, ojos y arte. Ese amor era lo que le daba significado a su vida, era todo.
Isabelle era la puerta del universo, el verdadero, de los que sienten. Entrar en ese lugar, así como ella se lo había advertido, no había sido gratis.
No más inocencia, no más niño que dibujaba robots combatiendo en medio del espacio. Nada entre Trunks e Isabelle había sido inocente.
Crudeza, una inalcanzable.
—¿Por qué mierda jamás te rebelaste? Tantas quejas fáciles, predecibles, hacia tus padres y el mundo... ¡Tantas quejas! Pero nunca te rebelaste, Trunks. Si eres infeliz es tu culpa: tú tendrías que haber sido otra persona, haber vivido otra vida. ¡Es eso lo que sientes! Que viviste la vida equivocada, no la que te correspondía. Rebélate y manda al carajo toda tu vida convencional. ¡Estás desperdiciando lo que tienes adentro! Lo estás dejando morir.
Crudeza, una tan explícita que resultaba intolerable.
Una asfixia constante, placentera. Eso eran Trunks e Isabelle.
—Isa... —Dio vuelta la caricia: fue él quien tocó la mano de ella, no al revés, como venía siendo.
—Fui muy dura contigo, intenté que fueras quien yo creía que podías ser. Ahora, eres mi obra maestra. Eres el Trunks perfecto, el hombre perfecto, el ser perfecto. Pero te moldeé tan a mi gusto, sin imaginar esta fatalidad de irme antes que tú, que ahora te dejaré solo, sin saber qué será de ti. —Se soltó del agarre de Trunks, acercó su mano al rostro una vez más, lo acarició despacio, lo más despacio que pudo—. Eres perfecto, pero sólo para mí. Eres mi versión de ti, mi bebé. No eres la versión de tu madre, de tu padre, de tus abuelos o de la sociedad. Y lo triste es que, pese a los sentimientos hermosos que eres capaz de sentir, ni siquiera eres tu versión de ti mismo. Mi versión, eso eres, bebé... Eres mi versión. Y cuando yo me vaya, sólo serás una versión de nadie, vacía de significado.
Las lágrimas atravesaron el rostro, cayeron por su cuello, lo hundieron en la nada.
Por eso no podía dejarla ir: si lo hacía, sería un alma vacía, hueca, gris. Su existencia estaría privada para siempre de significado. Si la dejaba ir, aquel ápice de esperanza que atesoraba en el recoveco más seguro de su corazón moriría. Si la dejaba ir, ya nadie podría salvarlo.
Y anhelaba tanto ser salvado de ese vacío, del sufrimiento, de la veintena de pares de ojos imperfectos...
Se arrojó hacia atrás, hasta que su espalda hizo contacto con el suelo. Al sentir el frío acechar su piel, su respiración se descontroló. Tapó su rostro, sollozó, lloró tras sus manos, conteniéndose sin éxito. Un llanto trabado, digno de un hombre al que jamás le había resultado sencillo llorar, pues hacerlo, desde que tenía memoria, traía consigo los más tristes recuerdos.
Pero lo necesitaba, y lo hizo.
Se apretó con más fuerza el rostro, lo tapó lo más que pudo, más devastado que nunca, más avergonzado. Las lágrimas vacías de un ser vacío luchaban por producir lo imposible: que la veintena de ojos mutara por arte de magia a una veintena de pares de ojos verdaderos, llenos de significado.
Que Isabelle estuviera ahí, con él...
Que lo vislumbrara con tan vehemente obsesión.
Que lo traspasara con sus pupilas...
Que lo salvara del vacío al que caía en picada.
Más lágrimas.
Estaba perdido en el camino de la desesperación, atrapado entre el deseo de vivir junto a la rubia, ese alguien con quien podía, al fin, identificarse, y el amor retorcido y fiel, crudo, único, a su mujer.
Nota final del Capítulo X
Empecemos pidiendo disculpas: perdón por tardar más de un mes en actualizar.
Hace unas dos semanas que estoy luchando con este capítulo. No puedo decir que me haya faltado inspiración, al contrario, creo que jamás en mi vida estuve tan inspirada (?), pero sí me costó tomar unas cuantas decisiones. Escribí mucho y tuve que borrar/omitir demasiadas cosas en el proceso. Todo el tiempo sentí que me iba por las ramas, sin importar lo que hiciera para evitarlo.
Estoy obsesionada con TRI. Creo que este mes de no update me hizo bien en parte, porque pude ordenar un poco mi cabeza.
Este capítulo dolió en más de un párrafo. Lo sentí mucho mientras lo hacía... No se trata de que me recuerde cosas de mi vida, pero sí es una especie de base para reflexionar cosas que me pasan. Creo que por la intensidad de todo lo que me hizo pensar fue que me dolió y me costó tanto hacerlo.
En fin... Si el capítulo les parece extraño les pido disculpas. Así lo sentí y así quise hacerlo. Sé que no es lo mejor, pero le puse todo lo que tenía. =)
El libro de Isabelle: es común que se editen libros de fotógrafos que compilan su obra. Casualmente, el otro día en mi clase de Impresos me tocó analizar la edición de un libro del fotógrafo argentino Horacio Coppola. Me sirvió de ejemplo para describir un poco el libro de Isa, porque los libros de fotografía son distintos a otra clase de publicaciones, más cercanos a libros de arte. La particularidad es que este libro que analicé contenía textos del fotógrafo, donde relataba su vida. Además, al margen de algunas fotos había cosas como fragmentos de textos y poesías que complementaban la imagen. Me encantó ese libro...
Sí, me acordé de Isa en clase. Fue una bizarra casualidad que de entre tantos libros me cayera en manos uno de fotografía. XD
Quiero dedicarle este capítulo a Cata, del Facebook. ¡Hermosa! Que siempre me das ánimos para escribir, que me decís cosas maravillosas... ¡GRACIAS! Esta dedicatoria intenta devolver aunque sea un ápice de todo lo lindo que me generan tus comentarios. =)
Gracias, mil gracias. n.n
Sobre la escena final: no quise ser demasiado detallista con cosas del proceso de la pintura porque me parecía innecesario. No me interesaba tanto hacer énfasis en lo técnico, sino en lo emotivo del proceso. En Youtube hay muy buenos videos sobre pintura al óleo, los cuales me reafirmaron mi amor al acrílico. XD
No me gusta el óleo. Si bien es "lo mejor", es demasiado difícil de usar.
Así que disculpen por la simpleza. Preferí que así sea para no sobrecargar la escena.
Honey, la editora: ¡jaja! Exceptuando la edad, la describí exactamente igual a mí, incluso "Honey" es el significado de mi nombre en la vida real. XD Como yo estudio para ser editora, me pareció un guiño a mí misma divertido. XD Ignórenme (?). Todo lo que dijo fue un resumen inocentísimo de lo que es tener una revista, bien simplificado, pero bueno, tampoco me parecía recaer en detalles aburridos para Uds. XD
Me divirtió mucho escribir esa escena. XD
Leyvi Ney, la mejor fotógrafa (?): estaba pensando a Annie Leibovitz, por supuesto. XD No es la primera vez que la nombro, pero no importa: recomiendo demasiado ver fotos de ella. ¡Es una GENIA!
Espero Leyvi no sea menos (?).
Perdonen por inventar nombres tan horribles. XD
Sobre el fic: cometí un error imperdonable (?), aunque muy menor. Es un detalle técnico... Cuando corrija capítulos anteriores, lo cual planeo hacer antes del primer aniversario del fic en noviembre, lo voy a modificar. Un parrafito será suficiente... XD
No les voy a decir qué fue (?). XDDDDD
"Triángulo" significa mucho para mí, creo que lo saben, pero sé que es muy subjetivo. Es el fic que me gustaría leer, lleno de caprichos cero objetivos. Que lo lean es un regalo. ¡GRACIAS! Prometo responder cualquier consulta que quieran hacer... Voy a esforzarme. =)
¡Gracias por leer esta bizarra historia!
Nos leemos... n.n
Dragon Ball (c) Akira Toriyama, Bird Studio, Shueisha, Toei Animation.
