Capítulo 10

Los dragones de San José al Rescate en Taos

Veintiuno de Mayo de 1785.

"As a term, genízaro usually refers to American Indians of nomadic Plains tribes

who were captured in Indian wars or raiding expeditions and then sold to Hispanic colonists as slaves.

These transactions occurred most often at rescates, or trade fairs, which attracted both Pueblo

and Plains Indians, as well as New Mexican traders who eagerly "ransomed" Indian

captives from their "barbarous, heathen" captors. (…) "

"Although the New Laws of 1542 officially abolished slavery in the

Spanish Empire, the Crown tolerated the genízaro trade because it provided a means to

carry out Spanish policies of converting and assimilating native peoples in the Americas.

The Crown considered the genízaros' servitude as compensation for their ransom and

thus did not consider them slaves."

Into the Den of Evils: The Genízaros in Colonial New Mexico

Doris Swann Avery (2008)

Pacino logró abrir los ojos con un dolor en el costado que le hizo querer volver a dormirse.

¿Dónde estaba? En el rancho de las Golondrinas, recordó. ¿Cuánto tiempo había pasado?

- No sea usted remolón, peregrino -oyó-. Si abrió los ojos es que puede despertar.

Dio un vistazo alrededor. Estaba en una cama, colándose por el ventanuco de la habitación la poca luz que le quedaba al atardecer. Apoyó con cuidado el brazo del lado de la herida y se levantó.

- ¡Le dije que despertara, no que se levantara! -dijo alarmada la dueña.

- ¿Cuánto tiempo ha pasado?

- Un día y medio. Llegó usted al amanecer del viernes y ya es sábado y anochece. Es día 21 de Mayo. Le pude cerrar la herida y no suelta pus -informó-. Creí que cogió fiebre, pero no. Sólo debía usted descansar.

Pacino vio tres cabezas de niño asomarse por el resquicio de la puerta. La mujer las asustó, dulce, y luego le señaló lo que parecían unos pantalones de pirata, camisa, chaleco y fajín negros.

- La herida es carne abierta no más, pero aun así no debería usted viajar, peregrino -pensó en voz alta la mujer-; por si no puedo convencerle de no ir por su esposa, le dejamos preparado algo mejor que un hábito de monje.

- Gracias.

Pacino tardó en reconocer a la mujer del rancho, porque parecía alguien distinto: la dulzura de su voz, sus gestos. Viéndola costaba imaginar cómo le había ayudado a matar a tres hombres.

- El calzón le quedará algo corto, pero mi hermana le subió las medias. Es el traje de domingo de nuestro hermano el alto, pero lo entenderá -sonrió la dueña.

"Es lo menos que podemos hacer. Hay una yegua ceniza que puede usted llevarse también. Es nuestra yegua más rápida; se llama Torpona. Llévesela. Ella y cualquier otro caballo que le guste. Dos caballos con un hombre cargan morrales para varios días y no se fatigan tanto".

- Me llevaré a la yegua que traje y a ese caballo rápido, si no le importa -pudo decir Pacino al comprender con alivio que por calzón se refería a los pantalones pirata-. No sé si podré devolvérselo.

- Los chavos la echarán de menos -se encogió de hombros-, pero ya me la tenían malcriada de tanto darle magdalenas.

- ¿Magdalenas?

- Un dulce francés -sonrió la dueña-. No se preocupe por la yegua. Tenemos seis animales nuevos.

Pacino se sentó en el borde de la cama, tapándose con la sábana. Observó cómo la mujer miraba por el ventanuco de adobe y cal y veía a su hermana, una muchacha que no llegaría a los 20 años, jugar con los pequeños en el porche. Sus risas y juegos les llegaban, como de otro mundo.

- ¿Se encuentra usted bien? -intentó decir Pacino-. Esos hombres...

- Que la usen a una unos desalmados no es lo peor que puede pasar -le interrumpió con el tono de voz algo tembloroso. Luego se contuvo y volvió a serenarse-. Los que quiero están a salvo. Es lo único que importa.

- ¿Estarán ustedes bien?

- Mis hermanos y mi hombre llegarán con braceros nuevos mañana o pasado. Echaremos los cuerpos a los puercos y ya enterramos a mi padre. Lo bueno -añadió-, ya llegará.


Pacino se despidió de las mujeres tomando camino a Taos.

Según la dueña no tenía pérdida. Llegaría primero a Santa Fe y luego bastaba seguir el Camino hacia el Norte.

"Muchos paisanos por allí. Si se engaña puede preguntar."

Tres días de marcha y por sus cuentas podría llegar el martes 24; eso si no se perdía o si no le asaltaban. Había perdido mucho tiempo. Demasiado. ¿Dónde estaba Amelia? ¿Dónde podría encontrarla? Taos era la mejor opción pero, ¿y si no la encontraba allí? ¿Qué tocaba luego? Se echó al cuerpo otro purito sin que le calmara.

Entendió a la primera parada por qué a su segunda yegua la llamaban Torpona.

Era un animal gris, con una crin muy clara. Aunque montándola era fiable y tan rápida como Manzana, en los descansos tenía manías extrañas, como apoyarse contra las rocas o moverse en pequeños pasos para no salirse del sitio. Cuando le acarició la rubia crin, Pacino creyó ver que un ojo se le iba para arriba y otro para abajo.

- Parece que te he buscado otra amiga rarita, Manza -dijo Pacino mirando a Manzana.

Por toda respuesta, la yegua observó a la recién llegada con calma y luego le dio a Pacino un suave cabezazo.

- No -se negó él-. No te voy a volver a poner el sombrero.

Otro cabezazo.

- No. Eres una yegua. Las yeguas no llevan sombreros. Es raro.

Mirada triste.

- ¡Oh, por Dios! ¡Vale! Pero en cuanto veamos gente, te lo quito.


Subiendo por el Camino no encontró gente hasta llegar a Santa Fé. Carros llevando mercaderías, algunos llaneros. Se quedó el tiempo suficiente en el pueblo para que las yeguas abrevaran y enterarse de que ya era noticia sabida que los comanches habían atacado San José.

Nadie supo decirle si alguien parecido a Amelia había pasado por allí.

Se miró en el reflejo de la fuente, el sombrero y el traje de domingo, negros, contra la luz.

No supo por qué, pero se acordó entonces del curandero indio: no podía recordar qué le había dicho; no podía recordar nada.

Siguió por el Camino al Norte, avanzando por la noche, adentrándose de nuevo en poco tiempo en lo que parecía un páramo abandonado; había más árboles y menos espinos, el Camino cada vez con menos pinta de camino. Entre cambio y cambio de yegua no podía dejar de pensar en Amelia; lograba calmarse difícilmente, acabados los puritos y liándose cigarrillos de tabaco negro que sabían a suela de zapato. Estaba bien. Tenía que estar bien. Era lista, más lista que nadie. Sabría qué hacer para tirar p'alante. Si la india se la había llevado era porque la quería viva. Los jinetes que habían ido al Sur no la habían encontrado y si había ido con los de Taos, pronto la encontraría. Quizás Alonso ya estaba allí, esperándole, con Amelia. En el peor de los casos, si estaba aun perdida con esa india, en Taos Alonso y él podrían pillar a algún rastreador o a alguien que pudiera ayudarles a encontrarla antes que el Ernesto con la cara cortada.

Al amanecer del lunes 23, llegó a una bifurcación en el camino, revuelta de rastros.

¿Izquierda o derecha?, pensó.

Las huellas de la derecha estaban más borradas, mientras que las de la izquierda, al menos las de cascos, eran más recientes. Decidió seguir a la izquierda y continuó en silencio hasta pasado el amanecer.

Al menos, parecía que seguía en el Camino.

Al mediodía, descansó a la sombra de una roca.

Le despertaron los relinchos alarmados de las yeguas y cuando abrió los ojos, un indio vestido con casaca azul y sombrero de Tío Pepe le apuntaba con una flecha preparada a distancia prudencial.

- Se nos llena el Camino con cachupes ruidosos -comentó con una seriedad que le hizo a Pacino querer moverse despacio-. Debe ser usted uno de los conocidos del señor Enterríos.

- Podría ser -acertó a contestar Pacino aun con la legaña pegada y los brazos en alto-, que le conociera.

- Dígame -se interesó el indio sin dejar de apuntarle-. ¿Podría decirme usted por qué le ha puesto un sombrero a la palomina?


El indio Mendoza le acompañó hasta la avanzadilla del grupo. Allí, Alonso saltando de una de sus yeguas corrió a abrazarle. Julián se acercó y le palmeó el hombro.

Un jinete negro, con acento cubano, se les acercó.

- Cuando Mendoza decía que alguien nos seguía, no podía creerle.

- Mi cabo, este es mi amigo Pacino -les presentó Alonso sin perder la sonrisa-. Este es el cabo González, y estos los dragones de la compañía volante de San José. Ahí Alvarado. A Mendoza ya le conocéis. Y allí, don Santiago.

- ¡Pacino! -exclamó el tal don Santiago con acento que parecía argentino-. Pues eso es italiano, ¿no? Conocí a un italiano una vez. Un pibe alegre.

Pacino se sorprendió por el recibimiento. La falta de sueño, llevaba viajando por la noche demasiado tiempo, le hacía pensar con lentitud. Alonso le había llamado Pacino. La tapadera al parecer ya no estaba de moda.

- Ehh... Mi padre... Era italiano -acertó a decir hablando con las manos-. Ma... Me temo que yo no recuerdo mucho de la Italia.

Pacino iba a preguntarle al argentino que si era gaucho, a lo que Julián, como viéndole venir, le tapó la boca a tiempo. Mejor no le llames gaucho, sonrió señalándose un ojo hinchado.

No se lo toma muy bien.

- Veo que tu historia con los argentinos sigue sin ser buena -murmuró Pacino.

- Este no es argentino aun -puntualizó Julián bajito-. Es platense. Además, nunca dije que me cayeran mal los argentinos.

- Eh -pudo articular Pacino de vuelta al platense- … Encantado señor...

- Abreu -contestó el jinete-. Don Santiago Abreu y Nao, para servirle.

Tras estrecharle la mano y asegurándose de que el platense volvía a sus cosas, se dirigió en voz baja a Julián y Alonso.

- ¡Decidme que tenéis noticias de Amelia! ¡Por Dios! ¡Decidme que sabéis algo!

Alonso y Julián aguantaron su mirada, con preocupación.

- Nada -contestó Julián-. Cada uno nos despertamos de resaca en mitad de ninguna parte. Yo fui el último en llegar a la misión.

- Creemos que esa india Juani se la llevó -aclaró Alonso-. Si no está en Taos, la seguiremos buscando.

- No quiero interrumpir el reencuentro, caballeros -sonrió el cabo-. Pero tenemos camino que hacer.


Pacino intentó seguir hablando con Alonso y Julián, pero resultaba difícil al galope y con los dragones, descubrió, no existía otra forma de avanzar. No paraban a menudo y cuando lo hacían, era para cambiar de montura. En los pocos tramos al trote Alonso se dedicaba a corregirle vicios a Julián, las manos bajas pardiez, agarraos con las rodillas o caeréis, voto a Satanás os vais a destrozar la espalda, porque la enfermera se las veía y las deseaba para controlar otro caballo que no fuese la yegua Mari.

Pudieron, eso sí, explicarle a Pacino que estaban apenas a una jornada de Taos y que tras hacer noche, llegarían al día siguiente por la mañana. No habían logrado alcanzar los carros, pero puesto que los rastros seguían el Camino, estaban seguros de que los cautivos iban a Taos. Si no habían llegado ya, poco les quedaba.

Según sus cuentas por tener que volver a San José con los niños, aun les llevaban medio día de ventaja.

- ¿Qué haremos al llegar? -preguntó Pacino-. ¿Qué se supone que vamos a encontrar en ese pueblo?

- Si me preguntas a mí -pudo contestar Julián, resoplando-, me imaginaba una puja de esclavos como en "Raíces". Pero aquí la caballería latina nos ha descrito cosas diferentes.

Los rescates con tanta gente al parecer solían consistir en poner en cordadas de media o una docena de cautivos, explicó que habían contado. La idea era rescatar prisioneros, no comprar esclavos, así que el paripé era que un intermediario trataba con los indios y pedía si alguien daba palabra por la cordada.

- ¿Palabra?

- Palabra de soltar pasta, supongo -siguió Julián-. Si alguien da palabra, la cosa se soluciona en privado y se sigue sacando el siguiente lote. Si hay varios que den palabra, la puja se hace entre esos, también en privado. Todo supercivilizado de la muerte. Lo que más rescatan son niñas o mujeres jóvenes, así que por cordada ponen a una o a dos y el resto a hombres para subir el precio y poder quitárselos de encima.

- ¿A los hombres que les den?

- Al parecer suelen quedar para el final -gruñó Alonso-. Los que rescatan sólo hombres se los llevan de mineros al sur. Son más problemáticos. Al parecer se rebelan más.

- ¿Y se puede saber por qué nadie se carga a esos hijos de puta en vez de regatear con ellos? -gruñó Pacino.

Abreu entró en la conversación, desde delante, girándose lo imprescindible para que supieran que estaba hablando con ellos.

- ¡Ah, el carácter italiano! -exclamó-. Si mata usted a los indios, tendrá en pocos días a cien más para hacerle cautivo a usted. Mercadear con apaches o comanches no es tanto mercadear como darles motivos para que no le maten a uno.

- ¡A veces no funciona ni eso! -añadió con una carcajada Alvarado-. Además, ¿quién les conseguiría mamitas a los paisanos si no? Si va por ahí matando a los que se las traen, pues no se las trae nadie.

- Amigo Alvarado -intervino Alonso-, mejor estaría que las mamitas se fueran con quien las mamitas quisieran. ¿No cree usted?

- ¡No se enoje, amigo Entrerrios! -rió Alvarado, con tono conciliador-. Sólo digo que mamita de indios o mamita de españoles, yo me quedaba con mamita de españoles. Más evangelio, pero más comida. Para lo que es esta tierra, compadre, no es lo peor.

Pacino observó delante al cabo y al indio, quienes no habían intervenido ni una vez.

- ¿No se extrañará la gente de Taos de ver a la gente de la misión de San José? -preguntó a Abreu cuando lo tuvo cerca.

- Los Rescates entre vecinos -contestó el otro-, como que dan más garantías. De todos modos es posible que encontremos mucha gente de fuera de la comarca. Fray Luis y fray Emilio llegaron a traerse gente de Nueva Navarra y Nueva Extremadura a San José. Incluso de Texas.

Pacino, sorprendido, miró a Julián para comprobar si él sabía de aquello.

- Pues parece sorprendido, amigo -intervino Alvarado-. No toda la gente que llegó a San José vino queriendo; sólo quisieron San José los que se quedaron. Como le digo, la tierra.

- Basta de plática, caballeros -interrumpió el cabo desde delante, con tono firme-. Ya haremos planes esta noche. De momento me avancen, que igual no llegamos a tiempo de rescatar a nadie.

Dicho lo cual, ordenó galope.


Pacino logró mantenerse despierto todo el día.

Torpona y Manzana aguantaron bien el cambio de horario, pero él se sentía hecho puré. Al parar, Julián le pudo mirar por fin la herida y le dio unos antibióticos; analgésicos quedan menos, explicó. "Llevo gastada casi la mitad de la reserva para poder seguir a caballo; a eso de la monta inglesa no le acabo de pillar el punto."

Ya acampados, cuando Julián y Alonso le acabaron de contar las movidas gordísimas que llevaban detrás y cómo acababan de dejar a los niños en San José, él pudo hacer lo mismo con lo sucedido en el rancho.

- No puedo creer que el que quiera a Amelia muerta sea Ernesto -acabó por comentar Alonso, tras unos momentos de silencio.

- Era él o la Lola Mendieta alterna -se encogió de hombros Julián-. O Salvador.

- Eso si creemos a esa Martina -opinó Pacino-. ¿Qué coño es eso del abrazo de Santa Fe, por cierto?

Julián volvió a encogerse de hombros.

- Algo que traerá la paz con los comanches -recordó Julián-. Pero ni idea. De estar aquí Amelia, lo sabría. Por lo pronto, propongo ayudar a la gente del poblado y si Murphy nos la cuela otra vez y Amelia no está con ellos, con la ayuda de aquí los dragones multinacionales, quizás podamos rastrear a la Juani.

- ¿Qué multinacionales? -objetó Alonso-. No tengamos esta discusión otra vez, Julián, por favor: son españoles.

Observó cómo Julián no entraba al trapo y aceptaba la bronca; parecía bastante tranquilo, lo que quizás se debía a los analgésicos.

Aprovechando el silencio producido, Pacino trató de aclararse mientras miraba al fuego.

Por un lado, el mensaje de Irene les avisaba de que Amelia iba a morir. Y de que iba a haber una guerra entre las líneas bifurcadas; si esos cabrones estaban en un tiempo posterior, lo que Julián decía de que aquello era como la película esa del robot del tío de Conan, cogía peso: Ernesto quería muerta a Amelia porque era una baza importante de cara a esa futura guerra.

De todos modos y por lo que había contado el propio Julián, si la guerra iba de evitar cambiar la Historia tenían todas las de perder: ellos estaban en el pasado.

- Estamos jodidos -pensó en voz alta-. Para ellos somos el pasado. No tienen más que esperar a ver qué pasa y luego volver atrás. Todo lo que hagamos, aunque tengamos éxito, no servirá de nada.

- A menos que acabemos con ese Ernesto que no es nuestro Ernesto -protestó Alonso-. Si le matamos, no podrá volver atrás.

- Otro de su equipo podrá volver y avisarle.

- Martina no parecía saber qué ocurría -expuso Julián-. No sé quién manda en esa línea bifurcada; es posible que Ernesto esté jugando a esto por su cuenta.

- Es mucho suponer -negó Pacino.

- Lo sé -dijo Julián-. Pero hay algo más. Martina dijo que la muerte de Amelia era un punto fijo en el tiempo. Que no podíamos cambiarlo. También dijo que si alguien quedaba atrapado en un punto fijo en el tiempo y moría, nada de lo que se hiciera podía cambiar el resultado final. Si acabamos con ErnestoChungo aquí y ahora, no creo que puedan salvarle.

- ¿Queréis decir como cuando salvamos al rabino de la Inquisición? -intervino Alonso-. ¿Habláis de una puerta de esas atrapada en un bucle?

- Algo así -aceptó Julián-. Pero no del todo. Algo más parecido -explicó- y perdona por sacarlo a colación -dijo mirando a Pacino-, a lo que le pasó a tu padre.

Pacino se revolvió en su asiento. Su viejo. No podía negar que había pensado en más de una en volver atrás y apartarlo de la investigación de Galindo. Pero tal y como habían ido las cosas con los atentados, no estaba seguro de que andar jugando en ellos volviera a traer la línea apocalíptica de Victoria.

- Al final acabó muriendo -recordó Pacino-. Evitar una manera de morir es retrasarlo a otra. ¿Es eso lo que quieres decir?

- Exacto -confirmó Julián-. Creo que si acabamos con Ernesto, toda esta mierda acaba. Nadie de su línea se atreverá a venir a cambiarlo. O si lo intenta, será en vano. Si nos lo quitamos de en medio antes de que mate a Amelia, cero líos.

- ¿La crees? ¿Crees a esa otra Amelia?

- La creo. A cachos.

- ¿Y en dónde deja eso a Amelia? -razonó Pacino-. Por lo que dijo la copia, está muerta hagamos lo que hagamos.

- Mira macho -se exasperó Julián-; no tengo puta idea de los detalles, pero si nos cargamos al cabrón que intenta matarla, me parece razonable pensar que Amelia correrá menos peligro.

Alonso asintió satisfecho con el último razonamiento.

- Eso me basta -dijo atusándose el bigote, pensativo-. Suena casi como un plan.

- ¿El qué suena como un plan? -les interrumpió Alvarado, llegando al fuego-. Aun no hemos planeado lo que haremos en Taos.

- Hablábamos sobre qué hacer cuando encontremos a mi esposa, señor Alvarado -contestó Pacino-. Nos encantaría escuchar qué tienen en mente para cuando lleguemos a Taos.

- Y cómo podemos ayudar -completó Alonso.


El plan era dar palabra por todos los cautivos.

Simple y eficaz. Si aparecía algún postor, se le invitaba amablemente a irse a chingar a su puñetera madre y una vez a solas con los apaches, negociar un precio que pudieran pagar o matarles allí mismo, con discreción y sin dejar a ninguno vivo que pudiera informar de la afrenta.

Pacino comprobó que para cualquier opción los dragones contaban con la plata de sus sueldos.

Algo que, si lo que el bandido ahorcado había dicho era verdad, no tendrían a mano al volver a San José. Julián, en su aura anestesiada pero enterándose de todo, le miró como diciéndole que mejor esconder el detalle.

Por lo demás, la presencia de otros soldados en Taos podría complicar la solución, pero González contaba con poder hablar con ellos ya fuera para que no intervinieran o para que les ayudaran. Conocía al sargento mayor de Taos desde hacía unos años, un tal Miranda, y confiaba en saber convencerle.

Zanjado el asunto repartieron guardias y, agradeciendo al cielo, Pacino pudo hacer la primera.

Julián y Alonso se quedaron a su lado, para que no se durmiera.

Salieron al amanecer y llegaron a Taos poco antes del mediodía.


El pueblo estaba petado. Pero petao. Por lo que le habían contado, Taos no era más que un poblado con un par de cientos de habitantes; pero pudo ver que fácilmente más de mil personas iban de aquí para allá, a codazos entre las carretas de puestos, el top manta de pieles y piezas de caza llenas de moscas y los arreglos y tratos entre indios, españoles y genízaros.

González se fue en busca del sargento mayor en compañía de Alvarado, llevándose los caballos de reserva a la guarnición; mientras, Mendoza y Abreu, sin desmontar propusieron ir a la plaza.

Allí estaban las cinco carretas, con la gente de San José que estaba empezando a ser descargada sobre una tarima contra lo que parecía el muro de una iglesia. Pacino contó a los apaches. Había cinco sentados en una mesa, mientras que otros diez iban colocando y controlando a la gente.

No había soldados.

Un fraile y quienes parecían por las ropas gente de postín, asistían desde bambalinas al espectáculo.

- Aun no empezó -suspiró con alivio Abreu-. Hemos llegado a tiempo.

Julián se dio la media vuelta en la silla pesadamente, con una mueca de dolor; aquella mañana no había querido empastillarse.

- Somos los únicos con caballo -apreció-. Estamos llamando demasiado la atención.

- Así lo esperamos -asintió serio, como siempre, Mendoza-. Fíjese: los nuestros ya nos vieron.

Pacino observó que era verdad. Algunas de las mujeres se santiguaban y levantaban las manos al cielo. Los rostros de algunos hombres pasaron de tristeza y rabia a algo parecido a esperanza. Algunas niñas dejaron de llorar. Los apaches sentados, avisados por los que sacaban a la gente de la primera carreta, se mostraron inquietos; murmullos y excitación se empezó a ver entre los cautivos, que señalaban y se pasaban la noticia de que los dragones de San José estaban allí.

Pacino buscó con la vista a Amelia, sin éxito. No iba en los tres primeros carros, así que de estar, tenía que estar en los que quedaban a la sombra de la iglesia.

- ¿Dónde están los españoles? -gruñó Alonso-. Sólo veo a los apaches. Las mujeres nos dijeron que con los apaches iban españoles.

- Quizás se hayan ido ya -murmuró Julián-. Corríjanme si me equivoco, pero la gente del pueblo no llevará bien que sean españoles los que traigan cautivos.

- Pues no serían cautivos entonces -contestó Mendoza-. Pero si me pregunta usted, le diré que el cachupe bien alimentado de allá no parece tener miedo de sus compadres apaches.

Pacino observó cómo el indio pasaba los dedos por el hachuela que llevaba al cinto con la mirada fija en el tío más gordo de la tarima, un calvo con bigote y una casaca repleta de adornos de plata.

Cuando la última de las campanas dio las doce, el fraile tomó el escenario.

- ¡Quién desea dar palabra por los cautivos!


Ni formalismos ni leches, observó Pacino. Pusieron delante a la primera cordada y varios entre el público de la plaza levantaron las manos, algunos enseñando bolsas de monedas. Dos niñas, una mujer y tres hombres.

Abreu pegó un tiro al aire, logrando silencio.

- ¡Antes de empezar! -informó gritando más para los presentes que para la tarima-. ¡Esos de ahí son los genízaros de San José! ¡Están bautizados! ¡Sepan los presentes lo que rescatan! ¡No son indios bárbaros!

La revelación arrancó murmullos que el fraile acalló.

- ¡Pues les encontramos ídolos! -objetó desde lo alto-. ¡Mejores amos tendrán que encontrar ahora que los suyos murieron por los salvajes!

- ¡En ese caso -continuó Abreu a gritos-, convendrá usted en que nosotros, los dragones de San José, tenemos privilegio en este rescate!

El comentario cerró la boca del fraile, pero arrancó risas del gordo de la casaca.

- ¡Para tener privilegio hay que pagar a los salvajes! -intervino- ¿Y pues cómo van a pagar los dragones de San José, si les robaron la plata?

Se hizo el silencio.

Pacino observó que Mendoza y Abreu se miraron con ojos entrecerrados; fue apenas un instante, el tiempo que a Abreu pareció ocurrírsele una respuesta.

- ¡Pues, mal le informaron! -gritó Abreu-. ¿Quién dijo tal cosa?

El tipo vaciló, unos segundos, antes de contestar.

- ¡Es cosa sabida! -zanjó-. ¿Tienen ustedes la plata aquí, señores soldados?

Mendoza miraba al gordo con fiereza. Pacino no le había visto nunca mirar con otra cosa que no fuera cierto grado de fiereza, pero la de aquel momento tenía como un puntito más fiero.

- ¡Mierda! -murmuró Julián-. ¡Esto no funciona!

Pacino asintió. Observó cómo Alonso agarraba la rienda de su yegua blanca y se llevaba la mano al puño de la espada.

- Habrá que liarla -susurró Pacino llevándose la mano a la Colt-. ¿Dónde están González y Alvarado?

Sin esperar más, los dos primeros postores subieron a la tarima con bolsas de plata, para discutir por las primeras cordadas.

- Caballeros -musitó Mendoza con media boca, sacando el hachuela despacio-, rifa toca.

Cuando Pacino fue a decir que necesitaban una distracción, le pareció oír algo por encima del gentío. Algo que venía del otro lado de la plaza, donde le habían señalado la fonda. Gritos.

Y de repente disparos, que hicieron que todos se volvieran.

Y un grito a lo lejos. Uno, que resaltó por encima del tumulto en el que se convirtió la plaza del pueblo de Taos al oír el tiroteo en la fonda.

- ¡Eres una maldita zorra, Amelia Folch!


FIN CAPITULO 10


Hola:

¡Lo siento! ¡Lo dejo todo en el aire! ¡Pero no me queda otra! ¡Esto de repartir los capítulos en personajes me está matando! Debería ir intercalando los párrafos, sería todo más fluido. Umhh...

Voy a intentar acelerar capítulos. Esto se acaba y aunque me gustaría dedicarle a esto más tiempo, no me queda :(

El siguiente capítulo: "La Magnífica Zorra".

Edit: REBELAR! Son las fotos las que se revelan... Lo siento :(