Una cosa que siempre me ha sorprendido es la habilidad que ciertas personas tienen para desaparecer. Quizás sea porque tengo una familia bastante numerosa como para buscarme un escondite. Sé que aunque lo tuviese, duraría siendo un secreto lo mismo que a un niño una rana de chocolate.

Y lo que parecía un secreto era el paradero de Scorpius que estaba desaparecido desde el día en el que nos besamos. Merlín, me he vuelto a sonrojar. No me puedo creer que haya sido yo la que ha caído antes ante el escorpión. Y lo que no me podía creer era que habiendo pasado casi una semana, todavía no me hubiera cruzado con él.

¡Pero si es que hasta compartimos clases! Y no había asistido a ninguna de ellas, que me había dado cuenta. ¡Esa es otra! Antes, no voy a negarlo, sí que buscaba alguna que otra vez a Scorpius con la mirada pero es que lo que no es normal que me pase ahora es que incluso me lleguen a regañar en clases por no prestar atención. ¡Que me regañen, a mí! Si mi madre se enterase...sería Weasley muerta.

Pero el viernes le volví a ver, en el maldito castigo de McGonagall. Y otra vez me vuelvo a sonrojar. ¿Qué es lo que lechuzas me está pasando?

El reloj del vestíbulo estaba sonando marcando la medianoche. El tiempo se me había echado encima y no iba a llegar a tiempo al Baño de Prefectos. A alguien se le había ocurrido hacer una fiesta la noche anterior y lo había dejado todo hecho un desastre. Tenía la sospecha que detrás de eso no estaba otro más que mi primo James.

Comencé una carrera ligera, puesto que no quería llegar tarde. Más de lo que lo hacía ya. Lo más probable es que Scorpius ya estuviera allí. Antes de llegar me crucé con un Filch que solamente me saludó asintiendo.

En cuanto llegué, vi de Scorpius de espaldas a mí. Únicamente torció su cara, sin mirarme pero notando mi presencia. Vi que al lado izquierdo tenía todos los utensilios necesarios para dejar reluciente aquel baño en el que alguna que otra vez me había dejado evadir de los problemas. Me até mi cabello en una cola alta para que no me molestase.

Si Scorpius iba a ignorarme, lo mismo haría yo. Estuve limpiando toda la zona que Scorpius no se había asignado. ¿Le habría vuelto a amenazar mi primo? Lo dudaba después de la bronca que le había echado. ¿No le había gustado mi beso? Vale que yo no había besado a muchos chicos, pero ninguno había parecido decepcionado. Suspiré mientras terminaba de limpiar a saber que sustancia era aquella de uno de los candelabros.

Al terminar coloqué mis manos sobre mis caderas, estaba agotada. Menuda manera de empezar el fin de semana. De repente, los brazos de Scorpius me abrazaron por detrás. ¿Desde cuándo era tan silencioso? Mis manos agarraron las suyas.

Nos quedamos en silencio. A decir verdad, no entendía mucho de lo que estaba pasando pero no me sentía incómoda. El cuerpo de Scorpius era un cuerpo fuerte, apoyé mi peso sobre él. Apretó mi cuerpo contra el suyo. ¿Desde cuándo su abrazo parecía ser el mejor escondite que pudiera haber encontrado?

Sabía que quería volver a besarle. Pero debíamos hablar antes, nos faltaba arreglar lo que demonios fuera esto. Noté como su nariz acariciaba mi cuello. ¿Desde cuándo habíamos decidido estar tan cerca el uno del otro?

Fue mi propio yo interno quien me contestó, desde que decidiste besarle en Hogsmade. Desde que decidiste ir a por él. Estás perdida amiga. Y lo peor es que lo sé.

Me separo del calor de Scorpius sin verdaderamente querer hacerlo girando mi cuerpo para estar frente a frente. Está demasiado cerca como para no mirar sus labios. Tiene ojeras bajo sus ojos como si no hubiera podido dormir bien en bastantes días. ¿Le habrá ocurrido algo?

Le acaricio la mejilla suavemente y él cierra los ojos. Aprovecho ese momento para acariciar levemente sus labios con los míos. Al abrirlos, veo lo mucho que brillan. Y sé que muy probablemente los míos estén igual.

-Te necesito, fusca. Ahora más que nunca necesito a alguien como tú a mi lado.

Frunzo el ceño. ¿Qué es lo que ha hecho que el siempre alegre Scorpius esté así ante mí? La pregunta parece haberse formado en mi cara. Los profundos ojos de Scorpius me miran tristes. Y sé que lo que me va a decir no me va a gustar. Lo presiento.

-Mi madre está enferma. Se está muriendo.

Y Scorpius rompe a llorar, no puedo evitar ser quien le abrace yo a él ahora.

Y horas más tarde, continúo con Scorpius abrazado a mí en la Sala de los Menesteres. Ha llorado mucho. Ha gritado. Y yo ahora no puedo hacer nada más que estar ahí para él, porque lo necesita. Y porque ha confiado en mí. Y porque, os lo tengo que reconocer, no soy capaz de no rendirme ante esos ojos.