Capítulo 11- El desencadenante.

¡No, no, no y no! ¡Eso es una estupidez, Jordan!- gritaba el tío de Clara, mientras hablaba por teléfono. Acababa de amanecer y él se disponía a marcharse a trabajar, pero un compañero de la oficina le llamó diciendo que debería tomarse unas vacaciones.- ¡Me gusta mi trabajo y lo sabes! ¿Por qué piensas que….pero…¡No soy un adicto al trabajo!....¿Hawai? ¡Mosquitos y calor! ¿Por qué te crees que estoy viviendo en Escocia? ¡Odio el calor!....¿Noruega? y el billete de avión ¿Qué?...¡Ni se te ocurra Jordan! ¡No quiero tu dinero!....¡Es imposible razonar contigo!...- al final resopló y se sentó en el sofá dejando el maletín en el suelo- …está bien. Gracias.- y colgó. Ésa última palabra le había dolido. Jordan se había ofrecido a pagarle el viaje. Su amabilidad resultaba, en muchos casos, insoportable. Pero al final no había podido negarse, porque en el fondo, su compañero tenía razón. Necesitaba tomarse un respiro.

Se quedó en camiseta y calcetines, cogió una cerveza y encendió la tele.

Empezó a hacer zapping, pero después de un rato, se aburrió y después de lanzar el mando hacia uno de los laterales del sofá, se quedó sopa. Cuando sus ronquidos llegaron a un nivel de decibelios que no debería estar permitido, algo impactó contra la ventana del salón.

El estrépito despabiló al fiscal, que se levantó a toda prisa, y buscó con la mirada algo con lo que defenderse.

Finalmente se fijó en un bate de baseball que estaba colgado en la pared, desde que dejó la liga. Lo arrancó de su sitio e inspeccionó con ojo crítico la sala de estar. Todo parecía tranquilo, salvo por los cristales rotos.

Se acercó y cogió uno de los trocitos con la mano. Se cortó en un dedo, y la sangre comenzó a brotar….

Un rugido, a sus espaldas hizo que se girase con el miedo pintado en el semblante.

Dos hombres de piel pálida y ojos color escarlata se encontraban a unos pasos de él. El primero estaba sujetando al segundo, que forcejeaba para que lo dejase en libertad.

¿Quiénes sois? ¿Qué queréis de mí? ¡Marchaos de mi casa! ¡Ahora!- su amenaza habría resultado más convincente, de no ser porque el bate se le estaba escurriendo de las manos, y sudaba copiosamente.

¡Suéltame!- gritaba Cormac con su voz de barítono.- ¡Déjame acabar con él!

Espera, Cormac. Podrás hacer cuanto quieras con él, pero primero debemos conseguir que la chica lo vea.

¿Por qué? ¡No servirá de nada! ¡No se puede adelantar el proceso!- hizo un intento más para desasirse de los brazos de Dante, pero éste lo mantenía bien sujeto con sus poderosas manos de color marfil.

Si le tocas una sola gota de sangre antes de probar el plan, yo mismo acabaré contigo Cormac ¿Qué prefieres, matar a Ivano o beber la sangre de un simple humano? Ya nos iremos de juerga este fin de semana. Aguanta.- Y le dio un empujón hasta colocarlo detrás de él. Cormac emitió una mueca de disgusto, pero se contuvo.

El tío de Clara no podía moverse a causa del pánico. No había tardado ni dos minutos en darse cuenta de que aquellos intrusos no eran normales. Algo le decía que hiciera lo que hiciese, no podría escapar. Por eso, cuando el jefe se adelantó hasta donde él estaba, en un lapso de tiempo demasiado corto para que lo hubiera hecho a pie, no se movió.

Así me gusta. Si colaboras todo irá más deprisa.

¿A dónde me lleváis?- preguntó con voz ahogada, intentando no echarse a llorar.

Vamos a hacerle una visita a tu sobrina. Bueno, a tu sobrina legal.- añadió cruzando una mirada cómplice con su compañero.

¿A qué te refieres con eso?- Ambos vampiros se rieron con malicia.

No es de tu incumbencia…- y seguidamente, lo agarró por los hombros con una fuerza descomunal, saltó por la ventana, y con Cormac pisándole los talones, se dirigió hacia los Estados Unidos. En su cara se apreciaba una sonrisa de triunfo. Una sonrisa… que no auguraba nada bueno.

¡Aaaah! ¡HAZ QUE PARE! ¡HAZ QUE PARE!- Clara no podía dejar de gritar. Sentía un dolor tan agudo que hasta respirar se había convertido en una tortura.

Leah no sabía qué hacer. Se movía nerviosa de un lado para otro, y era incapaz de olvidar que se encontraba en presencia de una humana que estaba a punto de convertirse en el ser más peligroso que jamás había pisado la tierra.

Había intentado darle una aspirina, pero desgraciadamente ésta se había evaporado al entrar en contacto con su lengua.

Al parecer el dolor que ésta estaba soportando era mucho mayor que el que ella había sufrido…como si la ponzoña vampírica se hubiera desatado en su interior y estuviera luchando contra su parte lobuna…era una batalla encarnizada.

Los ojos de clara pasaban del color rojo sangre a su color de siempre. Tan pronto tenía frío como calor. Su cuerpo se estiraba y se encogía, lo que hacía que la quemazón se extendiera por todas y cada una de las partes de su anatomía.

Llamó por teléfono a los Cullen, pero no contestaban. Lo más probable era que hubieran salido de caza…y si se ausentaba para ir a buscarlos, corría el peligro de que Clara no pudiera controlarse o desapareciera sin dejar rastro, volviéndose aún más peligrosa.

Y tampoco quería dejarla desprotegida en un momento como ese. A pesar de todo, seguía siendo humana…o su carácter aún lo era. No podía hacerle eso.

Solo podía esperar.

¿Falta mucho?- preguntó Amber a los diez minutos de emprender el camino de regreso.

No…-respondió Ivano mientras seguía conduciendo el deportivo que Amber "generosamente" había robado para él. En la radio estaban echando un estúpido programa de cotilleo, en el que Amber se enfrascaba cada dos por tres.- ¿No hay nada más interesante?- y antes de que ella pudiera responder a su pregunta, cambió la frecuencia y puso música Jazz. En cuanto separó la mano, Amber volvió a poner el dichoso programita. Ivano resopló con cansancio.

¿Falta mucho?

Que no..-él empezaba a impacientarse.

¿Falta mucho? ¿Falta mucho?

¡QUE NO!- gritó, esta vez con enfado. Amber se quedó en silencio…durante tres minutos escasos.

¿FALTAMUCHOFALTAMUCHOFALTAMUCHOFALTAMUCHO- Ivano dio un volantazo y aparcó a un lado de la carretera.

Amber hizo un mohín como si fuera a llorar…y luego se empezó a reír escandalosamente. Ivano se llevó las manos a la cara, intentando calmarse, haciendo un esfuerzo para no retorcerle su magnífico pescuezo.

Amber, si no te gusta como conduzco, dilo.- entonces salió del coche, dispuesto a cambiarle el sitio. Ella se tomó su tiempo, antes de desfigurar con una mueca maliciosa su piel de mármol. Cuando emergió del coche, hizo una reverencia y en un abrir y cerrar de ojos, tomó asiento en el lugar del conductor. Ivano se dispuso a sentarse; pero ella arrancó y tuvo que terminar de montarse con el deportivo a doscientos por hora.

¡Amber!- dijo con exasperación. Pero su rostro no secundaba el tono de su voz. Ésta vez también se echó a reír. Ella se giró para sacarle la lengua al tiempo que se cruzaba al carril contrario, sorteando a varios coches de donde más tarde se escucharon improperios poco delicados.- Eres incorregible…