CAPITULO 9

21 de septiembre 22.23 horas

Buscaron durante todo el día, pero no encontraron las tablillas de piedra.

Cuando el cielo se oscureció para pasar a un índigo perforado por brillantes estrellas, Albert finalmente se dio por vencido y encendió una hoguera dentro del círculo de piedras para tener luz que iluminara el ritual.

Si aquella noche ocurría lo peor, quería que Candy estuviese lo más enterada posible acerca de lo que le había ocurrido a él. Y su mochila sería una ventaja añadida. Mientras cavaban en las ruinas, Albert le había contado todos los acontecimientos que tuvieron lugar antes de que lo hicieran cautivo.

A pesar de que mantuvo una ceja incrédulamente arqueada, Candy lo había escuchado en silencio mientras él le explicaba cómo recibió una nota en la que se le pedía que fuese urgentemente al claro que había detrás del pequeño lago si quería saber el nombre del miembro del clan Campbell que había dado muerte a su hermano. Con la pena consumiéndolo como una intensa fiebre, Albert se había puesto sus armas y salido corriendo del castillo, sin llamar a su guardia porque la sed de vengar la muerte de su hermano había borrado de su mente todo pensamiento inteligente.

Le contó cómo mientras corría hacia el lago había empezado a sentirse cansado y un poco mareado, lo que ahora creía era debido a que lo habían drogado de alguna manera. Le contó cómo se había desplomado cuando ya estaba a punto de llegar al bosque que crecía en las orillas del lago, cómo había perdido el control de sus miembros mientras los ojos se le cerraban como bajo el peso de unas gruesas monedas de oro. Le contó que había sentido que le quitaban la coraza y lo despojaban de todas sus armas para luego pintarle unos símbolos en el pecho, y que después de eso ya no recordaba nada más hasta que ella lo despertó.

Luego le habló de su familia, de su brillante y temperamental padre, de su querida ama de llaves y madre sustituía, Pauna. Le habló de su joven sacerdote, cuya insufrible madre lo perseguía sin cesar por sus tierras tratando de leerle la palma de la mano para decirle lo que le reseñaba el futuro.

Durante un rato olvidó su pena y la deleitó con historias de su infancia junto a Anthony. Criando empezó a hablarle de su familia, la mirada escéptica de ella se había suavizado un poco y lo escuchó con una marcada fascinación, riéndose de las travesuras de Albert y su hermano y sonriendo dulcemente ante las continuas discusiones que tenían lugar entre Silvan y Pauna. Albert dedujo por su expresión teñida de una suave melancolía que, incluso cuando la familia de Candy había estado viva, no había habido muchas risas y amor en su vida.

—¿No tienes hermanos y hermanas, muchacha? —le preguntó.

Ella lo miró y sacudió la cabeza.

—Mi madre padecía ciertos problemas de fertilidad y me tuvo ya muy tarde en su vida. Después de mi nacimiento, los médicos dijeron que no podría tener más hijos.

—¿Por qué no te has casado y has tenido tus propios hijos?

Ella se removió nerviosamente y se apresuró a apartar la mirada.

—Nunca encontré al hombre apropiado.

No, Candy no había tenido mucho placer en su vida, y a él le gustaría mucho que le diera la oportunidad de hacer que eso cambiara. Le encantaría conseguir que sus ojos llegaran a chispear de felicidad.

Albert deseaba a Candy White. Quería ser su hombre apropiado. El mero aroma que emanaba de su persona cuando pasaba a su lado hacía que hasta el último centímetro del cuerpo de Albert se pusiera en posición de firmes. Quería que Candy llegara a estar tan familiarizada con su cuerpo de hombre y con el placer que podía llegar a hacerle sentir con él que una simple mirada bastara para hacerla desfallecer de deseo. Quería pasar dos semanas enteras, sin ninguna interrupción, en su dormitorio, explorando la pasión que había oculta en ella y dando rienda suelta al erotismo que burbujeaba justo debajo de su superficie.

Pero aquello quizá nunca llegara a hacerse realidad, porque en cuanto Albert hubiera llevado a cabo el ritual y ella hubiera descubierto lo que era él, y lo que le había hecho, tendría todas las razones del mundo para despreciarlo.

Aun así, no tenía otra elección.

Después de haber lanzado una última mirada llena de preocupación al arco de la luna sobre el negro cielo, Albert inhaló con una profunda avidez el delicioso aire nocturno de las Highlands. El momento ya casi había llegado.

—Dejémoslo ya, Candy —exclamó. Lo conmovía que ella se negara a darse por vencida. Por muy loco que pudiera pensar que estaba, aun así seguía rebuscando entre las ruinas—. Ven a reunirte conmigo en las piedras —le dijo con un ademán.

Quería pasar con ella la que podía ser su última hora, cerca del fuego y abrazándola. En realidad lo que deseaba era desnudarla y enterrarse dentro de su cuerpo, empleando el escaso tiempo del que todavía disponía para quedar marcado a fuego en la memoria de Candy, pero aquello parecía tan poco probable como el que las tablillas se manifestaran de pronto a sí mismas en sus manos.

—Pero no hemos encontrado las tablillas.

Se volvió hacia él, manchándose la mejilla de tierra cuando se echó el pelo hacia atrás.

—Ahora ya es demasiado tarde, muchacha. El momento ya casi ha llegado, y ese tubo de luz tuyo… —señaló la linterna de Candy— no nos ayudará a ver aquello que no está aquí para ser encontrado. Pensar que las tablillas pudieran haber sobrevivido intactas dentro del recinto fue una vana e insensata esperanza. Si todavía no las hemos encontrado, la próxima hora tampoco nos traerá nada. Ven. Pásala conmigo.

Extendió los brazos hacia ella. La noche pasada Candy había dormido entre sus brazos, y él había despertado a la hermosa visión de su rostro, confiado e inocente en el reposo. Había besado sus labios sensuales y carnosos, y cuando ella despertó, sonrojada por el sueño y con la mejilla señalada allí donde la había tenido apretada contra la camiseta llena de arrugas de él, Albert se sintió invadido por una súbita oleada de ternura que nunca había experimentado antes por ninguna mujer. El deseo, que siempre hervía con una terrible intensidad dentro de él cuando Candy se hallaba cerca, había sido dorado poco a poco por aquellas llamas hasta convertirse en un sentimiento más intenso, formado por muchas capas complejamente superpuestas unas encima de otras, y Albert había caído en la cuenta de que con el paso del tiempo podía llegar a enamorarse profundamente de Candy. Entonces lo que sentiría por ella ya no sería un mero anhelo de mantenerla tendida sobre la cama sin darle respiro, sino que llegaría a desarrollar una emoción real y duradera, formada a partes iguales por pasión, respeto y admiración, de la clase que unía a un hombre y una mujer para toda la vida.

Candy entró en el círculo, claramente reacia a rendirse mientras quedara aunque sólo fuese una piedra por levantar, otro rasgo de carácter que Albert admiraba en ella.

—¿Por qué no me cuentas lo que planeas hacer?

Llevaba todo el día tratando de sonsacárselo, pero él se había negado a contarle nada aparte de que estaban buscando siete tablillas de piedra cubiertas de símbolos.

—Dije que te daría pruebas, y lo haré. Una asombrosa, irrevocable cantidad de pruebas.

Las horas habían transcurrido lentamente mientras buscaban en un continuo apartar rocas y cascotes, y la esperanza inicial de Albert fue desvaneciéndose con el hallazgo de cada fragmento de cerámica, cada recordatorio desgastado por el tiempo de su clan muerto.

En un momento dado la futilidad había estado a punto de abrumarlo, y entonces envió a Candy al pueblo con una lista de cosas que debía traer, para poder tener tiempo de pensar sin nada que lo distrajera. Durante la ausencia de Candy, Albert se dedicó a meditar sobre los símbolos, llevó a cabo toda una serie de complejos cálculos y extrajo de ellos la mejor hipótesis que era capaz de llegar a formular acerca de los últimos tres símbolos; la conjetura que se vería puesta a prueba en menos de una hora. Se había fijado como objetivo dos semanas después de la muerte de su hermano, más un día. Albert ya estaba casi seguro de que los cálculos eran correctos, y creía que sólo había una minúscula posibilidad de que sucediese lo peor.

Y si lo peor llegaba a suceder, ya había preparado adecuadamente a Candy y sólo necesitaría recordarle qué era lo que debía decir y hacer para devolverle la memoria completa y fusionada a la versión pasada de sí mismo. Ésa era la razón por la que le había pedido que se aprendiese de memoria el hechizo.

Candy había traído consigo varias garrafas de agua, junto con linternas, café y comida, y ahora estaba sentada junto a él cerca del fuego, con las piernas cruzadas, limpiándose las manos con toallitas humedecidas y emitiendo pequeños suspiros de placer mientras se frotaba la cara con una especie de minúsculos pañuelitos que había sacado de su mochila.

Mientras Candy se refrescaba, él abrió las piedras que había ido recogiendo durante el camino. Dentro de cada una había un núcleo de polvo brillante, que Albert raspó cuidadosamente dentro de una lata y luego mezcló con agua para formar una espesa pasta.

—Pinturas de roca —dijo ella, lo suficientemente intrigada para hacer una pausa en sus abluciones.

Candy nunca había visto una de aquellas rocas, pero sabía que los antiguos las habían utilizado para pintar con ellas. Eran pequeñas y rugosas, y el polvillo que se formaba en su centro con el paso del tiempo producía unos colores muy intensos cuando era mezclado con agua.

—Sí, nosotros también las llamamos así —dijo él mientras se levantaba del suelo.

Candy vio cómo se dirigía hacia uno de los megalitos y, después de un breve momento de vacilación, empezaba a dibujar sobre él un complicado motivo hecho de fórmulas y símbolos.

Entornó los ojos y lo estudió. Algunas de las partes le parecieron vagamente familiares y sin embargo también completamente ajenas a ella, como una ecuación matemática pervertida que danzaba justo en el límite de su comprensión, y no había muchas cosas que pudieran llegar a afectarla de ese modo.

Un palpitar de nerviosa aprensión retumbó dentro de su pecho y observó con toda su atención a Albert mientras él iba hacia la piedra siguiente, y luego hacia la tercera y la cuarta. En cada una de las piedras trazó una serie distinta de números y símbolos sobre el lado que daba al interior del círculo, deteniéndose de vez en cuando para alzar la mirada hacia las estrellas.

El equinoccio de otoño, reflexionó Candy, era el momento en que el sol atravesaba los planos del ecuador terrestre, con lo que hacía que el día y la noche tuvieran aproximadamente la misma duración en todo el planeta. Los investigadores llevaban mucho tiempo discutiendo acerca de para qué eran utilizadas exactamente las piedras verticales. ¿Estaría ella a punto de descubrir cuál había sido su auténtico propósito?

Contempló los megalitos y pensó en lo que sabía de arqueo-astronomía. Cuando Albert hubo terminado de dibujar sobre la decimotercera y última piedra, Candy sintió que le faltaba la respiración.

Aunque sólo reconoció unas partes del motivo, estaba claro que Albert había trazado el símbolo del infinito:

∞ deajo de el. El lemniscato. La cinta de Möbius. Apeiron. ¿Qué conocimiento tenía él de ese símbolo? Gwen recorrió las trece piedras con la mirada y de pronto sintió un hormigueo muy peculiar en la mente, como si una epifanía estuviera a punto de penetrar en su atestado cerebro.

Mientras miraba a Albert, se le ocurrió una posibilidad realmente asombrosa. ¿Podría ser que él fuera más inteligente que ella después de todo? ¿Consistiría en aquello su locura?

¿Tremendamente atractivo y además inteligente? «No latas tan deprisa, corazón mío…»

Él se apartó de la última piedra y Candy se estremeció. Físicamente, Albert era irresistible. Volvía a llevar su atuendo original de plaid y coraza, porque lo primero que había hecho al despertar aquella mañana fue prescindir de «unos calzones que no dejan que a un hombre le cuelgue como es debido y de una camisa que no puede esconder un cuchillo extra». Y no cabía duda de que a él le colgaba como era debido, pensó Candy, mientras paseaba la mirada por su kilt y sentía que se le secaba la boca al imaginar lo que colgaba debajo de aquella exótica falda escocesa. ¿Se hallaba ahora Albert en ese estado, al parecer permanente, de semi-excitación? Le habría gustado besarlo hasta que ya no quedara nada de «semi» en ello…

Con un gran esfuerzo, Candy elevó la mirada hacia su rostro. Sus lisos cabellos eran una cascada que fluía alrededor de sus hombros. Albert era el hombre más intenso, excitante y erótico que ella hubiera conocido jamás.

Cuando se encontraba cerca de Albert MacAndrew, a Candy le ocurrían cosas inexplicables. Cuando lo miraba —su poderoso cuerpo, su mandíbula esculpida a cincel, los ojos relucientes y la boca sensual—, Candy oía las lejanas flautas de Pan y le entraba una irresistible compulsión de rendir tributo a Dionisos, el antiguo dios del vino y de la orgía. La melodía era muy seductora y la instaba a dejar de lado todas las normas, ponerse su braguita de color escarlata y bailar descalza para un hombre espectacular e impresionante que aseguraba ser un laird del siglo XVI .

Albert volvió la cabeza hacia ella y sus miradas colisionaron. Candy se sentía como una bomba de relojería a punto de explotar que iba haciendo tictac.

Su rostro debió de traicionar sus sentimientos, porque él tragó aire con una brusca inhalación. Los agujeros de su nariz se dilataron, sus ojos se entornaron y se quedó muy quieto, con la perfecta inmovilidad de un león de las montañas antes de saltar sobre su presa.

Candy tragó saliva.

—¿Qué vas a hacer con esas piedras? —se obligó a preguntar, el rostro encendido por la intensidad de todas aquellas extrañas sensaciones—. ¿No te parece que ya va siendo hora de que me lo cuentes?

—Te he contado todo lo que puedo contarte.

Sus ojos eran fríos, la luz cristalina que danzaba habitualmente dentro de ellos apagada.

—No confías en mí. Después de todo lo que he hecho para ayudarte, sigues sin confiar en mí.

No intentó ocultar lo mucho que aquello hería sus sentimientos.

—Ay, muchacha, no pienses así. Es sólo que algunas cosas están… prohibidas.

En realidad no, se corrigió silenciosamente, pero todavía no podía correr el riesgo de revelar sus planes, porque cabía la posibilidad de que Candy lo abandonara.

—Chorradas —dijo ella, impaciente con sus evasivas—. Si confías en mí, nada está prohibido.

—Confío en ti, jovencita. Estoy confiando en ti mucho más de lo que te puedes imaginar.

«Te estoy confiando mi vida, posiblemente incluso la misma existencia de mi clan…»

—¿Cómo se supone que he de creer en ti, cuando tú no estás dispuesto a contármelo todo?

—Siempre dudas de todo, ¿verdad, Candy? —la regañó él—. Bésame, antes de que dibuje los símbolos finales. Para darme suerte —la apremió.

Las astillas de cristal que relucían en sus ojos le recordaron a Candy que aunque a veces él ocultaba lo apasionado de su naturaleza, ésta siempre hervía justo debajo de la superficie. Abrió la boca disponiéndose a hablar, pero él le puso un dedo en los labios.

—Por favor, muchacha, sólo bésame. No más palabras. Ya ha habido suficientes palabras entre nosotros. —Hizo una pausa antes de añadir sosegadamente—: Si tienes algo que decirme, deja que ahora sea tu corazón el que hable.

Candy respiró hondo.

Lo que estaba diciendo su corazón no podía estar más claro. Cuando bajó al pueblo aquella tarde, Candy había sacado de la mochila su braguita escarlata y, después de haberla lavado, se la había puesto. Luego se había quitado su parche de nicotina, porque prefería la abstinencia pura y simple a tener que explicar la presencia del parche encima de su cuerpo.

No llevaría puesto un parche la primera vez que iba a hacer el amor. Además, en cuanto hubo tomado la decisión, una notable calma se había adueñado de ella.

Candy sabía lo que iba a hacer.

A decir verdad, probablemente había sabido que iba a entregarle su virginidad a Albert MacAndrew desde el momento en que él abrió los ojos. Los últimos dos días no habían sido más que su manera de acostumbrarse a la idea, para que así no sintiera tanto miedo cuando finalmente lo hiciese.

No se trataba simplemente de que se sintiese atraída por él, sino que sentía cómo Albert tiraba de ella a todos los niveles: mental, emocional y físicamente.

Quería que Albert fuese suyo de un modo que no tenía nada que ver con la lógica o la razón. Cuando él le hablaba y la tocaba, Candy sentía cosas que se originaban desde un lugar único dentro de ella. Ya no le importaba que pudiera estar mentalmente desequilibrado. Durante el transcurso del día, mientras buscaba junto a él en las ruinas del castillo y Albert le hablaba de los distintos miembros de su clan, Candy había comprendido que permanecería a su lado hasta que hubiera resuelto cualquiera que fuese el problema con la realidad que estaba teniendo. Albert le gustaba. Quería saber más acerca de él. Había empezado a respetarlo, pese a sus delirios. Si tenía que ingresarlo en un hospital, sostener su mano y estar sentada junto a él hasta que se recuperase, lo haría. Si tenía que pasar meses enteros recorriendo Escocia a pie con una foto de él entre los dedos hasta que encontrara a alguien que pudiera identificarlo y arrojar alguna luz sobre su condición, lo haría.

Se puso el pelo detrás de la oreja y miró a Albert. La voz apenas si le tembló cuando dijo:

—Hazme el amor, Albert.

Loco o no, quería que él fuera su primer amante, allí y ahora, en lo alto de una montaña en las Highlands, bajo un millón de estrellas con un círculo de antiguas piedras rodeándolos. Quizás hacer el amor tuviera algún poder curativo. Bien sabía Dios que ella también estaba necesitada de un poco de curación.

Los ojos de él destellaron y se quedó completamente inmóvil.

—No he oído eso, ¿verdad? —dijo después con mucho cuidado—.¿Has dicho lo que pienso? ¿O realmente me he vuelto tan loco como me acusas de estar?

—Hazme el amor —repitió ella en voz baja.

La segunda vez no hubo el más leve temblor en su voz.

Los ojos plateados de él volvieron a destellar.

—Me honras, muchacha.

Cuando Albert le abrió los brazos, Candy se echó sobre él y Albert la elevó en su abrazo sin esfuerzo y colocó sus piernas alrededor de la cintura. La súbita intensidad del contacto hizo que los dos jadearan entrecortadamente. Una corriente de deseo crepitó entre ellos e hizo que el mismo núcleo de su ser se estremeciese bajo la potencia de la descarga. Albert echó a andar con poderosas zancadas hacia el perímetro de las piedras hasta que la columna de Candy quedó apoyada en uno de los megalitos. Entonces Albert bajó la cabeza y la besó, apretando sus caderas contra las de Candy, y cuando ella chilló, él atrapó el sonido en su lengua.

—Te he deseado desde el momento en que te vi —le dijo con voz enronquecida.

—Yo también —confesó ella con una risa entrecortada.

—Ay, muchacha, ¿y por qué no me lo dijiste? —preguntó él, besándole la mandíbula, las mejillas, la nariz y las pestañas mientras le tomaba el rostro entre las manos—. ¿Por qué te resististe? Habríamos podido pasar tres días enteros haciendo esto —dijo, la voz espesada por el deseo.

—No si queríamos llegar hasta tus piedras —jadeó ella mientras se preguntaba por qué no podía estarse callado y limitarse a besarla apasionadamente en la boca—. Cállate y bésame —dijo.

Él rió y la besó con una vehemencia que liberó toda la ferocidad atrapada dentro del diminuto cuerpo de ella. Candy había visto películas en las que las personas hacían el amor muy despacio y se envolvían sinuosamente el uno alrededor del otro, pero la suya fue una unión nacida de lo salvaje. Dada la propensión a discutir acaloradamente que tenían ambos, Candy no esperaba que el sexo entre ellos fuera otra cosa que intenso. Era como si ella nunca tuviera bastante de Albert, y siempre quería tener más de su lengua y más de sus manos y más de su musculoso trasero. Quería sentirlo desnudo contra su cuerpo. Quería sentir cómo la embestía. Candy había pasado toda su sida esperando aquello, y ahora estaba lista. Mirar a Albert bastaba para dejarla toda mojada.

Albert le sacó la camisa de la cinturilla de sus pantalones cortos y empezó a debatirse con la cremallera, besándola con apremio mientras lo hacía.

—Tus calzones, muchacha. Quítatelos —dijo ásperamente.

—No puedo. Tengo las piernas alrededor de ti —farfulló ella—. Y… ¡ay! Tu cuchillo se me está clavando en el pecho.

—Mmmm, lo siento —dijo Albert mientras le mordisqueaba el labio inferior y tiraba apasionadamente de él—. Tengo que ponerte en el suelo, muchacha, para desnudarte. Y necesito que estés desnuda.

Pero no hizo el gesto de bajarla, porque era rehén de aquella boca sensual con la que lo mordisqueaba suavemente Candy mientras sus manecitas le arañaban la espalda.

—Pues ponme en el suelo, MacAndrew—jadeó ella contra su boca unos minutos después, desesperada por sentir la piel de él contra la suya—. ¡Llevo encima demasiada ropa!

—Lo estoy intentando —dijo él.

Derramó sobre su cuello un torrente de besos y luego hizo que su lengua aterciopelada subiera por él, con el inevitable resultado de que volvió a llegar hasta los labios de Candy en una posición de la que difícilmente podía dejar de sacar todo el provecho posible.

—No me bajes —gimoteó ella en cuanto él dejó de besarla.

Sin él sentía los labios desnudos y fríos, el cuerpo súbitamente abandonado.

Apenas sintió que los dedos de sus pies volvían a tocar el suelo, Candy se llevó impacientemente las manos a la ropa en el mismo instante en que él se inclinaba sobre sus pantalones cortos, y soltó un juramento cuando su mandíbula chocó con la cabeza de Candy y las manos de ella se enredaron en sus cabellos.

Candy logró desenredarse las manos y éstas enseguida encontraron el camino hacia las bandas de cuero que cruzaban el pecho de Albert, pero fue incapaz de entender cómo se las había sujetado él. Apartándole las manos, Albert le quitó la camisa pasándosela por encima de la cabeza y luego miró su sujetador. Tocó con fascinación la tela ribeteada de encajes.

—Enséñame tus pechos, muchacha. Líbrate de esta cosa, no sea que yo vaya a hacerla pedazos en mi apresuramiento.

Ella se apresuró a abrir el cierre delantero y se quitó el sujetador. El aire frío excitó sus pezones convirtiéndolos en dos crestas fruncidas, y Albert tragó aire con una brusca inhalación. Por un instante pareció como si no pudiera moverse y se limitó a quedarse quieto y mirar.

—Tienes unos pechos espléndidos, moza —ronroneó finalmente mientras tomaba en sus manos los generosos montículos—Espléndidos —repitió estúpidamente, y ella casi rió.

Los hombres adoraban los pechos: cualquiera que fuese su forma o su tamaño; simplemente los adoraban.

Y Albert ciertamente estaba adorando los suyos. Los rodeó con las palmas de las manos, levantándolos y apretándolos, y después de haber enterrado el rostro en sus curvas con un gemido gutural, se restregó contra ellos durante unos momentos antes de meterse un pezón en la boca.

Candy jadeó suavemente cuando él dejó caer sobre sus pechos una abrasadora lluvia de besos. Se retorció entre los brazos de Albert, queriendo que su boca estuviera allí… y allí… y allí, diciéndole con su cuerpo exactamente cómo y dónde tenía necesidad de él. Los dedos de Albert manipularon sus pantalones cortos, con muy escaso éxito, y luego tiró de la cremallera mientras dejaba escapar un gruñido de frustración, pero sólo consiguió hacer que ésta se saliera del trayecto. Candy gimoteó frenéticamente al encontrarse una resistencia similar por parte de la indumentaria de él. Quería sentir la piel contra la piel; la necesitaba: hasta el último centímetro de ella, rozándose con una resbaladiza intimidad.

—Oh, tú quítate lo tuyo y yo ya me quitaré lo mío —dijo secamente, frustrada por los obstáculos. Necesitaba tener desnudo a Albert, y lo necesitaba ya.

Él pareció sentirse tan aliviado como ella por la sensata propuesta, y mientras Candy tiraba de la cremallera hasta conseguir abrirla y luego se libraba de los pantalones cortos con una rápida patada, Albert se quitó el plaid, arrojó cuchillos a diestro y siniestro, se despojó del hacha y de la espada, y finalmente se quitó su coraza de cuero. Después se irguió, con una última sacudida de la cabeza que esparció sus largos cabellos dorados por encima de sus hombros, y la miró.

—Jesús, MacAndrew —musitó Candy, atónita.

Un metro noventa y cinco de guerrero esculpido y completamente desnudo se alzaba ante ella, tranquilo en su desnudez. Orgulloso, de hecho, y bien que podía estarlo. El laird de los MacAndrew era real, masculino e incomparablemente poderoso, y lo que había dentro de sus tejanos allá en el probador ciertamente no era ni uno ni veinte calcetines. Albert era impresionante, y poseía una notable cantidad de masa que antes Candy no había tomado en consideración dentro de su ecuación del porqué ella orbitaba alrededor de él, pero que sin duda tendría muy presente a partir de ahora. Aquello explicaba muchas cosas.

Los ojos de Albert recorrieron los pechos de Candy, bajaron por su estómago y se posaron en su braguita de los gatitos, y entonces hizo un sonido estrangulado.

—Creí que era alguna extraña clase de cinta para sujetarse el pelo. Por eso la puse encima de tu jergón aquella noche, pensando que quizá quisieras trenzártelo antes de que te fueras a dormir. Pero, ah, muchacha, la prefiero mucho más ahí —dijo con voz enronquecida—Hiciste bien al no decirme que eso estaba debajo de tus calzones, porque me habría pasado el día teniéndola dura de tanto pensar en quitártelo con mi lengua.

«Le gusta mi braguita», pensó Candy con una gran sonrisa. Siempre había sabido que si elegía al hombre apropiado para que cogiese su flor, él sabría apreciar su buen gusto.

Albert se arrodilló ante ella y procedió a hacer tal como había amenazado, para lo que separó con los dientes la tira de la braguita de la lisa curva de la cadera de Candy y se puso a lamer la sensible piel que había debajo. Después fue haciendo bajar la seda a pequeños mordiscos mientras curvaba la lengua por debajo de ella. Candy le clavó los dedos en los hombros mientras él la lamía una y otra vez, con movimientos muy lentos que acumulaban resonancia bajo la piel de ella. Albert chupó a través de la seda el sensible brote de su feminidad, haciendo que Candy se arqueara contra su boca y le suplicara más. Cada centímetro que dejaba al descubierto era barrido a continuación por una cálida pasada de su lengua, que alternaba con minúsculos mordisquitos amorosos. Sus manos encallecidas subieron por los muslos de Candy, y la deliciosa fricción creada por sus ásperas palmas sobre la lisa piel despertó zonas erógenas que Candy nunca había sabido que poseyera. Le empezaron a temblar las rodillas y se agarró a los musculosos hombros de Albert en busca de un punto de apoyo.

—Qué hermosa eres —ronroneó él al tiempo que deslizaba las manos entre sus muslos para amasarla y saborearla—. No sé qué parte de ti catar primero.

—Albert —gimió ella, apretándose contra él.

—¿Qué, Candy? ¿Me deseas?

—¡Dios, sí!

—¿Me deseaste cuando me viste metido en aquellos calzones azules? —insistió él—. ¿Me deseaste entonces?

—Sí.

—¿Sientes el calor cuando te toco? ¿También te fulmina como un rayo caído del cielo?

—Sí.

Albert le quitó la braguita y se puso en pie. Luego bebió durante un largo momento la visión del cuerpo desnudo de ella antes de tomarla entre sus brazos.

Los dos gritaron cuando la piel se encontró con la piel, aturdidos por la intensidad de aquel contacto que crepitaba allí donde se tocaban. Albert la besó profundamente, saqueando la boca de Candy con su abrasadora y hambrienta lengua. Ella arqueó la espalda y restregó sus pechos contra él. Cuando Albert le puso las manos debajo del trasero, ella cruzó las suyas detrás del cuello de él y le rodeó apretadamente el cuerpo con las piernas, de tal modo que la erección de él quedó firmemente atrapada en la uve de sus muslos. Candy se retorcía nerviosamente porque quería tenerlo dentro de ella sin más dilación, pero o él no estaba cooperando o ella era demasiado torpe para colocarlos en el ángulo de posición apropiado; algo que, se lamentó, era muy posible dada su inexperiencia. «Pero tampoco parece que él esté siendo de mucha ayuda», pensó tercamente mientras interrumpía su beso el tiempo suficiente para mirarlo. La mirada plateada de él estaba llena de malicia… y de una arrogante diversión.

—¿Qué quieres hacer, torturarme?

—Voy a mi paso, moza. Eres tú la que antes dijo que no y desperdició días enteros. Podríamos haber hecho esto mismo ayer, cuando me embutiste dentro de aquellos calzones que sí que eran una auténtica tortura. Y luego aquella tarde. Y luego aquella noche, y esta mañana, y…

Cuando ella trató de replicar, él la besó con tal vehemencia que Candy olvidó lo que iba a decir. Albert se meció contra ella en una lenta imitación del acto sexual mientras se deslizaba hacia atrás y hacia delante dentro de la uve resbaladiza de los muslos de Candy. Millones de diminutas terminaciones nerviosas se pusieron a gritar pidiendo más. «Bueno, si él no lo hace —pensó Candy—, entonces lo haré yo.» Ella sabía mejor que la mayoría de las personas que las fuerzas de la naturaleza nunca debían ser resistidas o acalladas. Pegándose a Albert, se restregó lúbricamente contra él en un movimiento que no tardó en aproximarla al apogeo.

Cuando los jadeos inicialmente suaves de Candy se volvieron más frenéticos, Albert puso fin al beso y la miró. Candy tenía las mejillas sonrojadas, los ojos brillantes y enloquecidos, los labios amoratados por los besos y muy separados.

—Eso es, muchacha, consigue tu placer.

Albert ya era presa del hambre insaciable que sentía por ella, y Candy lo ponía un poco más caliente y duro con cada insistente acometida de sus caderas. Si no iba con cuidado, se derramaría sin haber llegado a entrar en ella. Albert dudaba de que ninguna mujer lo hubiera deseado jamás tan intensamente.

Candy gimoteó mientras se corría, ronroneando y frotándose contra Albert como una gatita hambrienta de amor.

—Sí —jadeó él mientras se sentía inundado por una oleada de triunfo que no podía ser más puramente masculino y posesivo.

Cuando los estremecimientos de Candy se calmaron por fin y Albert sintió relajarse su cuerpo junto al suyo, la puso encima de su plaid extendido sobre el suelo y luego se arrodilló y la miró en silencio durante un largo instante. El instante llegó a prolongarse lo suficiente para que ella empezara a retorcerse, y ese movimiento sembró el caos en el ya frágil control de sí mismo que le quedaba a Albert. Candy arqueó la espalda, elevando los pechos hacia él con los pezones convertidos en dos oscuras bayas que suplicaban ser chupadas.

—Tócame —susurró.

—Ay, muchacha, te tocaré.

Le separó un poco más las piernas y luego bebió ávidamente la visión de Candy, que lo esperaba allí tendida, con sus opulentos senos hinchados por los besos y los muslos abiertos resbaladizos a causa del deseo que manaba de ella.

Pasó la mano por la parte interior de sus muslos y a través de su humedad de mujer, y luego la bajó por la otra pierna. Una, dos veces, y media docena de veces se demoró entre sus muslos para rozar su sensible brote hasta que ella arqueó las caderas hacia arriba encima del plaid de Albert.

—Voy a tomarte como nunca te han tomado antes, moza.

Candy estaba completamente segura de ello, ya que nunca había sido tomada con anterioridad.

—Promesas, MacAlbert, promesas —lo provocó—. Una mujer podría morirse de vieja antes de que tú pusieras manos a la obra.

Él abrió los ojos, muy sorprendido, y luego rió con una ronca carcajada llena de oscuro erotismo.

—Por fin —ronroneó ella cuando, con los músculos de los hombros tensándose ágilmente, Albert cubrió su cuerpo con el suyo.

—¿Es que te has vuelto loca, para provocarme de esa manera? Tengo dos veces tu tamaño, sabes —murmuró él con los labios pegados a su oreja.

—Entonces muéstrame algo que no sepa ya —dijo ella, y acto seguido dejó escapar un jadeo cuando él le mordisqueó el lóbulo de la oreja.

—¿Algo como esto? —preguntó él mientras cambiaba de posición entre sus muslos—. ¿O como esto?

Movió la punta de su polla hacia delante y atrás, y luego nuevamente hacia delante, entre los resbaladizos pliegues de ella.

Candy sintió que se derretía mientras Albert le hablaba en una lengua que ella no había oído nunca pero que sabía, por la ronca admiración que había en su voz, le rendía homenaje. Los extraños acentos la hicieron enloquecer de excitación mientras él ronroneaba cumplidos encima de su piel caldeada. Candy se medio preguntó si no la estaría embrujando, porque cuanto más hablaba él en esos acentos extranjeros suyos, más caliente se ponía ella. O quizá fuese aquella voz profunda y suave como el humo y el modo en que las manos de él se movían por encima de cada centímetro del cuerpo de ella, como si estuvieran aprendiéndose de memoria las sutilezas de cada plano y de cada oquedad. Albert dedicó una generosa atención a sus pechos, apretándolos, amasándolos y acariciándolos hasta que Candy, suspendida en el inicio de otro orgasmo, casi deliró de necesidad.

Entonces Albert se sostuvo sobre los antebrazos y empezó a chuparle los pezones, uno tras otro, moviendo la cabeza de atrás adelante en un movimiento que excitaba a Candy con el roce de la sombra de su barba y, justo cuando ella pensaba que ya le sería imposible soportar por más tiempo aquel jugueteo erótico, trasladando su atención al otro. Albert le besó los pechos, los lados de los pechos y el lugar cálido y suave que había entre ellos y se los juntó para besar la opulenta línea que los separaba, después de lo cual pasó enérgicamente la lengua por entre ellos y luego volvió a sus endurecidos pezones para ir tomándolos alternativamente con sus dientes. Los chupaba, los mordisqueaba y los aspiraba hacia el interior de su boca. El placer era tan exquisito que Candy estuvo a punto de gritar.

Albert dejó un reguero de besos a lo largo de sus costillas y abdomen abajo, y luego deslizó la lengua a través de su estómago y la movió juguetonamente dentro de su ombligo. Entonces, de pronto, pasó la lengua por encima de su hinchado brote y Candy chilló.

—Ésa es mi muchacha —ronroneó él mientras enterraba el rostro entre los muslos de Candy.

«Este hombre tiene una lengua mágica», pensó ella mientras se retorcía debajo de él. Albert le puso las manos debajo del trasero y la elevó hacia su boca y Candy llenó la noche de minúsculos gimoteos mientras él la besaba y la lamía, para luego pasar a sumergir su lengua dentro de ella. Conforme la cálida lengua de Albert la acariciaba en lugares que nunca habían sido tocados antes, Candy se corrió en una larga serie de espasmos, y él la lamió mientras ella se estremecía una y otra vez. Entonces, justo cuando Candy pensaba que ya había terminado, él la mordisqueó delicadamente y arrancó de su cuerpo tembloroso una nueva serie de espasmos más diminutos.

«Resonancia… Soy un cristal y me estoy rompiendo en mil pedazos», pensó Candy febrilmente.

Mientras ella arqueaba las caderas contra él sin dejar de gritar, Albert gruñó y pegó el cuerpo al suelo. Quería que aquello durase el mayor tiempo posible. Quería dar placer a Candy como ningún otro hombre se lo había dado jamás. Apretando los dientes hasta hacerlos rechinar, Albert se aplastó contra su plaid y se quedó completamente inmóvil mientras intentaba convencer a su polla de que ya sólo faltaba un poquito más, que pronto podría darle aquello a Candy.

Y él podía tener aquello. Aquel momento perfecto con ella, aunque nunca tuviera ninguna otra cosa. Candy gimoteó suavemente cuando los espasmos por fin se detuvieron y entonces Albert volvió a lamerla con una gran delicadeza, en una juguetona advertencia de que llegaría a conocer muchas más cimas de placer como aquéllas antes de que él hubiera terminado con ella.

Era tan hermosa y estaba tan abierta a él. Candy White era la mujer más sensual que hubiera conocido en toda su vida, con cada centímetro de su cuerpo sensible a las caricias de él, y aunque Albert se había acostado con docenas de mujeres apasionadas a lo largo de su existencia, hasta aquel momento ninguna lo había llevado más allá del límite de la razón. La intensidad del deseo que le inspiraba Candy hacía que le temblara el estómago, y le dolía la polla de tenerla tan dura. Su respiración era un rumor enronquecido que resonaba en sus oídos, los latidos de su corazón eran como el atronar de un centenar de caballos lanzados al galope, la sangre hervía dentro de sus venas y la realidad se había estrechado hasta quedar convertida en: Una. Sola. Cosa.

Ella.

Albert no podía esperar más.

Derramó un diluvio de besos sobre la delicada curva del estómago de Candy y encima de sus pechos, y luego deslizó suavemente el borde de sus dientes a través de sus pezones, primero hacia un lado y luego hacia el otro. Colocándose entre las piernas de Candy no la tomó de inmediato sino que la besó apasionadamente, con un beso de demanda y dominio, de posesión en estado puro.

—Dímelo —exigió.

Candy no se hacía la tímida o la pacata, cosa que era muy del agrado de Albert. Dejaba que él leyera el ansia en su rostro, en sus expresivos ojos de tormenta, sin ocultar nada. Pero ¿hablaría ella de su deseo? ¿Sería audaz y le susurraría palabras que le contarían cómo satisfacer sus más salvajes necesidades?

—Dímelo —insistió.

Entonces su pequeña Candice le dijo una cosa que Albert nunca le había oído decir antes a una mujer, ni ramera ni de alta cuna, y la bajeza de sus palabras lo sacudió como si acabara de tragarse una dosis doble de alguna poción gitana de la lujuria.

Ninguna mujer le había dicho aquello jamás. Ellas utilizaban palabras más delicadas, pero lo que Candy acababa de solicitar de él era exactamente lo que Albert quería hacer. La atracción que sentían el uno por el otro era muy primitiva e iba mucho más allá de la razón.

Si ella podía llegar a expresar en voz alta unos deseos tan crudos, ¿a qué más podría hacerle frente valerosamente? ¿A él, tal vez? ¿Sería posible que poseyera semejante coraje?

Candy yacía debajo de él, temblorosa de deseo con los labios que relucían bajo la luz de la luna, humedecidos por sus besos, y Albert se dio cuenta de que estaba cayendo bajo su hechizo más irremisiblemente de lo que un enorme roble partido en dos por un rayo se estrellaría contra el suelo del bosque.

Albert se sumergió dentro de ella.

Y se detuvo.

No por elección propia —oh, no, nunca porque él así lo hubiera elegido— sino porque había algo que se interponía en su camino.

—Oh, tú empuja —chilló ella—. Ya sé que al principio dolerá. ¡Pero tú hazlo! Termina con ello.

Albert estaba atónito. Fragmentos de pensamientos colisionaron dentro de su cabeza: «No ha sido tocada por ningún hombre; ¿cómo es posible que esta mujer haya podido seguir siendo doncella durante tanto tiempo? ¿O es que todos los hombres de su siglo son imbéciles?». Y entonces: «¡Ah, ella no escoge a ningún otro, sino que me escoge a mí!».

¡Qué gran regalo!

Un hombre más noble se hubiese echado atrás, un hombre más noble sabedor de que existía una pequeña posibilidad de que él pudiera desaparecer para siempre aquella misma noche sin duda se habría negado a hacer lo que le pedía ella, pero había algo en Candy White que arrastraba a Albert más allá de la nobleza. La deseaba, por medios nobles o viles. Y si aquella noche llegaba a suceder lo peor, ese acto de amor que habría entre ellos quizá volvería más capaz a Candy de afrontar aquello a lo que quizá tuviera que hacer frente. Tal vez la ayudaría a completar todas las cosas que él podía necesitar que hiciera, y tal vez —Albert siempre podía permitirse abrigar un sueño tan descabellado— se la podría persuadir de que encontrara un futuro feliz en el pasado de él. Porque tanto si le gustaba como si no, el único futuro que ella iba a tener después de aquella noche sería en el pasado de él.

Albert se juró que se lo compensaría. La felicidad de Candy sería su primera prioridad. Le daría todo lo que ella quisiera y la cubriría con montañas de regalos, atenciones y devoción, como convenía a una reina. Siempre estaría pendiente de ella. Así tal vez el amor podría llegar a resolver todas esas incertidumbres que había en su plan, y que ninguna cantidad de atenta y minuciosa orquestación podía llegar a disipar por completo.

—Puede que yo sea pequeña —lo animó suavemente ella cuando él titubeó—, pero tengo más aguante de lo que piensas.

Y repitió aquella petición anterior que había hecho que toda la sangre del cuerpo de Albert afluyera como un torrente hacia su ingle.

Inflamado, él se abrió paso a través de la barrera y reclamó a Candy.

—Sí —gritó ella, y él bebió el grito en el interior de su boca y la besó salvajemente mientras profundizaba dentro de Candy

Ella retomó su ritmo apremiante y aunque él sabía que le había causado dolor, el deseo que sentía Candy no tardó en sobrepasar el desgarramiento de su doncellez.

Albert se entregó a ella con una intensidad que nunca le había dado a ninguna mujer antes, enterrándose tan profundamente dentro del cuerpo de Candy que pensó tenía que estar tocando el borde de su útero y luego deslizándose hacia fuera, muy despacio, sólo para volver a embestir. Todo su mundo, cada aliento y cada latido de su corazón, habían pasado a girar alrededor de la mujer que tenía entre sus brazos.

Poniéndose sobre los hombros las piernas de Candy, Albert se colocó en el ángulo apropiado para volver a lanzarse dentro de ella. Llevó a cabo el movimiento con una dificultosa lentitud, sabiendo lo pequeña que era Candy y que iba a tensarla hasta el límite de su resistencia con ello, pero necesitaba estar tan dentro de Candy que ya no supiera muy bien dónde empezaba él y dónde terminaba ella. Centímetro a centímetro, Albert se deslizó hacia el interior de Candy mientras sentía la dulce tortura en todo su cuerpo.

—Albert —gritó ella, sacudiendo la cabeza de un lado a otro con una violencia que enredó sus sedosos rizos. Él le chupó los pezones mientras se retiraba y volvía a penetrarla, y cuando la sintió contraerse alrededor de él, cerró suavemente los dientes rodeando un pezón y tiró de él. Después se incrustó profundamente en ella con una súbita energía y repitió el movimiento una y otra vez, hasta que llegó un momento en el que apenas si pudo pensar a causa de la salvaje necesidad que sentía.

—Ay, muchacha —dijo roncamente, atrapado en los espasmos de Candy—. No puedo volver a capear esta tempestad.

Y mientras se lanzaba dentro de ella con una energía tal que la acometida casi le dolió, su profunda voz se mezcló con los dulces chillidos de ella. Llegaron al apogeo unidos en un ritmo perfecto, con cada temblorosa contracción del cuerpo de ella extrayendo la semilla de él.

Mientras se corría, Albert le habló en un suave ronroneo, empleando una lengua antigua que sabía que ella no entendería. Le dijo tonterías, cosas sentidas de todo corazón, profundas y graves, que de otro modo nunca le hubiese sido posible reconocer. La llamó su diosa de la luna y elogió su pasión y su ánimo valeroso. Le pidió que le diera bebés. Dios, habló como un imbécil.

Candy se estremecía junto a él mientras escuchaba aquel acento suyo, y de alguna manera supo que cada una de las palabras que pronunciaba Albert era un elogio. Cuando finalmente él se quedó inmóvil contra ella, Candy le acarició la espalda y los hombros, maravillada y llena de júbilo, gozosa e incomparablemente saciada.

—Eres hermosa, muchacha —susurró él mientras le rozaba tiernamente los labios con los suyos.

Un instante después Candy chilló cuando Albert se sacudió dentro de ella, un último flexionarse de su juego amoroso.

—¿Te he hecho daño, dulce Candy? —preguntó él, con una preocupación tal en los ojos que le llegó al corazón.

—Un poco —confesó—. Pero no más de lo que me esperaba después de haber visto ese… calcetín que tienes ahí.

Él sonrió y la miró con un brillo burlón danzando en los ojos.

—Ya te dije que Dios me lo había dado, pero tú no quisiste creerme.—Le chupó suavemente el labio inferior—. No pretendía hacerte daño, muchacha. Me temo que hubo unos momentos durante los que perdí la cabeza.

—No más que yo. Me parece que dije algo realmente malo —se preocupó ella, mordisqueándose el labio.

—Me excitó inmensamente —gruñó él—. Nunca le había oído decirme algo semejante a una mujer, y me la puso tan dura como una piedra.

—Tú siempre la tienes dura, MacAndrew —bromeó ella—. No pienses que no veo ese bulto permanente en tu ropa.

—Lo sé —dijo él con satisfacción—. Tu mirada va con frecuencia hacia allí. —De pronto se puso serio—. Pero ahora sé por qué siempre me respondías con la negativa. Candy, ¿por qué no me dijiste que no habías conocido a ningún hombre antes que a mí?

Ella cerró los ojos y suspiró.

—Porque temía que entonces dijeras que no —admitió finalmente—No estaba segura de que fueras a hacerle el amor a una virgen.

«Hacer el amor», había dicho ella. Se había mantenido alejada de todos los demás, pero había elegido entregarse a él. «Te importo», pensó él, con la esperanza de que ella diría las palabras. Se sintió un poco decepcionado cuando Candy no lo hizo, pero aun así percibió en su contacto —aquellas manitas que describían suaves círculos sobre su pecho— una ternura que significaba mucho para él.

Y ella le había dado su virginidad.

Conmovido por la profundidad del regalo que acababa de hacerle ella, Albert sintió que volvía a ponérsele dura. A pesar de que él no le había dado ninguna prueba de que estaba diciendo la verdad, ella se le había entregado libremente y le había dado lo que nunca había dado a ningún otro hombre. Ahora Albert estaba seguro de que ella realmente sentía algo por él, tan seguro como lo estaba de que Candy White no se entregaba a la ligera.

Ella lo había honrado de muchas maneras.

Ahora ya no le cabía duda de que Candy era la mujer apropiada para él. Sí, ella era la mujer que había querido durante toda su vida y ¿qué más daba que hubiera tenido que ir quinientos años hacia el futuro para encontrarla? Le daría las palabras e iniciaría el rito del vínculo druídico, y quizá dentro de unas horas, si todo iba bien, ella podría devolverle las palabras libremente y por voluntad propia.

«¿Y si no todo va bien?»

Se encogió mentalmente de hombros. Si algo iba mal, y él no sobrevivía a aquella noche, entonces la versión del siglo XVI de su persona encontraría embriagadoramente irresistible a Candy, incluso antes de que ella llegase a recitar el hechizo que serviría para unir sus respectivas memorias. Albert no veía que hubiera mal alguno en eso, y de todas maneras dudaba de que llegase a suceder.

Ella le había hecho un don precioso, y aquello era cuanto tenía él para ofrecerle a cambio. El don de su amor eterno.

Albert puso la palma de su mano derecha encima del pecho de Candy allí donde estaba su corazón, y la palma de la mano izquierda encima del suyo, y luego la miró a los ojos. Cuando habló, su voz fue suave y firme.

—Si algo debe perderse, será mi honor por el tuyo. Si algo debe quedar olvidado, será mi alma por la tuya. Si la muerte vuelve a venir, será mi vida por la tuya. —Hizo una profunda inspiración y terminó de hablar, completando así el hechizo bajo el que pasaría el resto de su existencia—. He sido entregado.

Un instante después se estremeció al sentir cómo aquel vinculo irrevocable que nunca sería cortado echaba profundas raíces dentro de él. Ahora estaba unido a Candy por hebras de conciencia tan finas como la gasa. Si entraba en una habitación llena de gente, se sentiría irresistiblemente atraído hacia ella. Si entraba en un pueblo, enseguida sabría si Candy se hallaba en él. La emoción creció rápidamente en el interior de su ser y Albert luchó por mantenerla a raya, asombrado ante su intensidad. Los sentimientos se precipitaron sobre él, unos sentimientos que nunca había imaginado que pudiera llegar a tener.

Candy era muy hermosa, y el hecho de que Albert se hubiera abierto completamente a ella la hacía mil veces más bella de lo que ya era.

Candy tenía los ojos muy abiertos.

—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó, con una risita temblorosa.

Él había vuelto a hablar con aquella voz tan extraña de antes, la que contenía la resonancia de una docena de voces y el suave rugido del trueno primaveral. Había sonado terriblemente romántico, y también un poco serio y aterrador. Las palabras que salieron de los labios de Albert casi habían sido como una cosa viva que la rozaba con cálidos dedos. Candy no podía quitarse de encima la sensación de que había algo que ella debería decirle a su vez, pero no tenía ni la más mínima idea de qué debía ser ese algo o de por qué debía decírselo.

Él sonrió enigmáticamente.

—Oh, ya lo entiendo —dijo Candy—. Es otra de esas cosas…

—Que quedará clara a su debido tiempo —concluyó él por ella—. Sí. Es algo parecido a decir que te protegeré en el caso de que alguna vez llegue a surgir la necesidad de hacerlo.

«Es más bien como decir que eres mía para siempre, en el caso de que estés de acuerdo y me devuelvas las palabras. Y ahora yo soy tuyo para siempre, tanto si estás de acuerdo como si no.» Lo que acababa de hacer era ciertamente arriesgado, porque si ella nunca llegaba a dar su consentimiento, entonces Albert MacAlbert siempre la echaría de menos. Con su corazón atrapado por el hechizo de vinculación, percibiría eternamente a Candy y la amaría eternamente. Pero en el caso de que algún día ella le devolviera las palabras libremente y por voluntad propia, el vínculo se intensificaría un millar de veces. Albert podía vivir por semejante esperanza.

Los ojos de Candy se abrieron todavía más cuando sintió que su virilidad se atiesaba dentro de ella.

—¿Otra vez?

—¿Te encuentras demasiado dolorida? —le preguntó él con dulzura.

Ella arqueó una ceja.

—Ya te he dicho que tengo más aguante de lo que piensas —dijo, pasando la punta de su rosada lengua por encima de su labio inferior.

Él gimió y la capturó entre sus labios.

—Entonces sí, muchacha, y otra y otra más —dijo mientras empezaba a deslizarse hacia delante y hacia atrás dentro de ella—. A los MacAndrew se nos cría para que tengamos mucha resistencia.

Y como sabía que Albert Andrew era incrédula por naturaleza, una mujer que sólo aceptaba la prueba más firme, procedió a proporcionarle sobradas evidencias de su afirmación y pasó a decirle con su cuerpo todas las palabras que tanto anhelaba pronunciar.

Continuara...