Me da hasta vergüenza volver por aquí después de tanto tiempo sin actualizar. Lo siento mucho, de verdad que sí, pero he perdido la cuenta de los días que me he sentado frente al ordenador intentando continuar este capítulo y sin poder añadir una palabra. Lo bueno es que ya estoy aquí, y espero que os guste mucho mucho el capítulo. También me gustaría agradeceros a quienes habéis dejado reviews: galaxydragon, LyzzSQ, GatoCurioso, FandeDaniDaniels, Museli E. G, liizv, CarlaMills, AleaRachel y a mi fan. ¡Muchísimas gracias! Espero volver a veros tras este capítulo, así que a leer y a disfrutar :)
La isla
11
Día 40
Cuatro días. Cuatro días fue lo que duró la tregua. Días que pasaron sin preguntarse nada, sin contarse nada personal, sin intención de resolver dudas, porque necesitaban ese descanso. Lo único que querían era estar juntas, despejar sus mentes y descansar de sus dolorosos pasados, de todo aquello que las atormentaba.
Fueron cuatro días en los que pensar no estaba permitido. Cuatro días en los que las conversaciones no tenían sentido, no eran profundas, simplemente se dedicaban a hablar de tonterías y a reírse. Cuatro días…que para bien o para mal, tenían que terminar, por mucho que no quisieran.
Para Regina, habían sido como unas verdaderas vacaciones. Como si, por primera vez en la vida, tuviese derecho a relajarse, a ser ella misma, a divertirse, a disfrutar de la compañía de alguien sin preguntarse las consecuencias que aquello conllevaría o qué pensaría su madre. Por primera vez, la morena se sintió libre, y quizás un poco culpable. Culpable, por desear durante una milésima de segundo no salir de allí.
Emma, sin embargo, había sentido miedo. En un principio creyó que de un momento a otro Regina la iba a rechazar, se iba a enfadar con ella e incluso volvería a tratarla como al principio. Por suerte, aquello no eran más que inseguridades creadas por la propia mente de la rubia, que no tardó en desechar al ver lo bien que se desenvolvía su relación con la otra mujer.
Estar juntas era tan fácil y a la vez tan cómodo que perfectamente podrían estar soñando. Y si no fuera porque estaban atrapadas en aquella isla, cualquiera de las dos pensaría que había conseguido todo a lo que siempre había aspirado.
Sin embargo, no habían ido más allá de apasionados y fogosos besos y caricias furtivas, pues ninguna de las dos estaba preparada para dar el siguiente paso, no todavía. Cuando la situación se salía de control, una de las dos volvía a la realidad y paraba. La mayoría de las veces era Emma la que, cuando sentía las manos de la morena querer colarse dentro de su camiseta, rápidamente frenaba. No era el momento. No antes de hablarle sobre sus cicatrices. No sin darle a Regina la oportunidad de retractarse, de rechazarla. Y la verdad era que la morena se lo agradecía. Ella tampoco estaba preparada para dar un salto tan grande, menos cuando su horrible pasado la perseguía.
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Todos los días seguían una rutina bastante sencilla – que habían adoptado después de la muerte de August y Ruby y las cosas se calmaran un poco –, que consistía en realizar las tareas que fuesen necesarias para la supervivencia, juntas o separadas, según cuál fuera, y siempre dejaban un rato para que cada una pasase completamente a solas.
Mientras Regina aprovechaba ese tiempo ya sea para dar largos paseos y pensar o para irse al lago y practicar natación – quería sorprender a Emma –, la rubia tenía otros planes, que habían comenzado prácticamente desde el primer día. Pero esos planes solo los conocía ella misma, le gustaba tener aquella misión súper secreta y que la morena no sospechase nada. Después de todo, pronto lo sabría.
Aquel día Regina despertó sintiendo que vivía en un sueño, y pensando que cuando se terminase de despertar y abriese los ojos no encontraría a Emma a su lado. Eso no ocurrió, y lo supo desde el momento en el que sintió un confortable calor a su lado. La rubia estaba aferrada a ella, tal y como se habían dormido la noche anterior, y Regina solo pudo sonreír.
- Buenos días… - susurró al ver como la otra mujer abría los ojos.
- Mm… - se medio quejó Emma – Buenos días. – intentó decir, mientras se estiraba y bostezaba. – A la mierda todo, me quedaría aquí todo el día. No me quiero levantar.
- Bueno, entonces no tendremos comida, quizás nos quedemos sin agua y…tal vez podríamos morir aquí por la simple razón de que a la señorita no le apetece levantarse.
- Oh, venga…sabes que tú tampoco quieres levantarte.
Y eso era totalmente cierto. Levantarse era la última opción de la lista de cosas que le apetecía hacer. Así que se quedaron allí, en esa misma postura, durante al menos una hora más, hasta que la morena recuperó su sentido de la responsabilidad y prácticamente obligó a Emma a levantarse.
Emma supo, desde el momento en el que abrió los ojos, que aquel día, día número 40 que pasaban en la isla, iba a marcar un antes y un después en sus vidas. Algo iba a cambiar, si bien en ese momento, muy pronto. Pensaba ponerle fin a los días de silencio. Quería que la conociera, quería saber qué pensaba, y quería, por fin, mostrarle aquello que tanto buscaba esconder. Estaba decidida, a la vez que aterrada. Por suerte, tenía toda la mañana y toda la tarde para pensar en las palabras adecuadas, para construir un discurso y no quedarse a medias o irse por las ramas si se ponía nerviosa.
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- Ven, te tengo una sorpresa. – dijo Emma sonriente, casi arrastrando a Regina de la mano.
- Eh, vale, pero puedo ir yo sola. – rió la morena. Una de las cosas que más le gustaban de la otra mujer era su capacidad de emocionarse por cualquier cosa, ya fuera por algo importante o cualquier tontería.
La rubia la condujo durante un rato por la playa, hasta llegar a una zona que Regina jamás había pisado. No podía imaginarse qué era aquello que tantas ganas tenía de que viera. Pudo imaginarse algunas cosas, pero desde luego se quedaba bastante lejos de acertar.
- ¡Tacháaaaaaan! – dijo Emma contenta, agitando lo brazos, una vez pasaron unos cuantos árboles y apartaron algunas ramas.
- Oh, Emma…esto es…
- Una balsa, sí señora. He trabajado mucho en ella. – dijo la rubia, orgullosa. – No está terminada todavía, le faltan algunos retoques.
- Eso significa… ¿quieres arriesgarte a salir al mar? ¿Sin importar lo que pueda pasar? – preguntó Regina, algo intranquila.
- Bueno…es una idea, pero ya lo hablaremos. Sólo que…no sé, a veces esperar a que nos rescaten me parece una pérdida de tiempo… - suspiró.
Regina la entendía. Ella misma también se desesperaba a veces allí atrapada, sin poder hacer nada. Pero pensar en la idea de ir a mar abierto sin la certeza de llegar a algún lado tampoco la convencía. ¿Qué se suponía que debían hacer?
- No te ha gustado la sorpresa. – murmuró Emma, cambiando la expresión de su cara totalmente. – Yo sólo…quería hacer algo que sirviese de ayuda.
Esa actitud afectó a la morena. Emma parecía…parecía una niña, y se sintió como si le hubiera regalado un dibujo y ella hubiera puesto mala cara. No es que le gustara verla así, pero no pudo evitar dejar escapar una sonrisa. La rubia le causaba ternura en esos momentos.
- Emma. – dijo, de la manera más dulce que pudo. – Ha sido una buenísima idea construir esa balsa, y se ve que te has esforzado mucho. Es solo que me da miedo que nos arriesguemos tanto. No quiero morir en medio del mar, ni que tú lo hagas.
- Lo sé. – suspiró. – Y no quiero que me trates como si fuera una niña pequeña, aunque…si te digo la verdad no me disgusta tanto. – continuó, dejando aparecer de nuevo una sonrisa en su cara.
- No tienes remedio. – contestó Regina, rodando los ojos.
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La noche había caído y eso sólo podía significar una cosa. Ambas lo sabían, no hubo palabras, solo miradas que se hicieron entender en un momento, peticiones mudas que flotaban en el aire sin querer ser dichas, confesiones que esperaban ser compartidas. Pero curiosamente no se sentían como obligaciones. Llegado el momento, eran más bien ganas de hablar, de contar, de confiar.
- Creo que es hora de que te hable de mis cicatrices. – empezó Emma.
- Si no quieres no tienes que hacerlo, Emma. – dijo Regina, preocupada, no quería forzar a la rubia.
- Para nada. – negó con la cabeza. – Quiero hacerlo. Es hora de que conozcas esta parte de mi historia.
- Y como cada vez que compartían un momento de sus vidas, una se perdía en sus recuerdos mientras la otra escuchaba atentamente, intentando no interrumpir. Y la mente de Emma, queriendo y a la vez sin querer, viajó hacia Graham.
- Yo…digamos que te tendría que hablar de la relación más importante que he tenido en mi vida. Sucedió hace un par de años.
Dos años. Emma no se lo creía. Ella y Graham habían cumplido dos años de noviazgo, más de lo que pudo haber esperado en un principio. Se habían conocido en el trabajo y al parecer, esa relación a la que le vio poco futuro en un principio, no había sido tan descabellada. Graham se había enamorado de ella, perdidamente, y la rubia tenía la suerte de poder decir lo mismo. O casi. ¿Estaba enamorada de él? Sí. ¿Perdidamente? No. Pero eso no importaba, les iba bien, se sentía bien, era feliz de nuevo, y Neal solo había quedado como un recuerdo.
Esa noche irían a cenar a un restaurante que, según Graham, era uno de los más importantes de la ciudad. A Emma no le importaba cuánto prestigio tuviera ese restaurante, pero agradecía el detalle. Además, sería el ambiente perfecto para recibir su anillo de compromiso. Porque lo sabía, se lo daría esa noche, mientras celebraban su aniversario, aunque él ya le había pedido matrimonio días antes. Y ella, feliz, sin pensarlo demasiado, había aceptado.
Había llegado al trabajo contenta hasta el punto de casi dar saltitos. Pero nadie podía culparla, era feliz, por fin, después de tanto tiempo, parecía que las cosas seguían su curso sin echarse a perder. Y no importaba los problemas que surgieran en el trabajo, no importaba si había uno o mil incendios, y no importaba lo que se complicasen porque todo iba a salir bien. El problema es que, en un segundo, las cosas pueden cambiar totalmente, y eso fue lo que pasó.
Demasiado humo. Era un edificio medianamente grande, y aún quedaban un par de pisos por evacuar, pero apenas se podía respirar ahí dentro. Aun así, no se iban a rendir, si iban con cuidado no debía de haber problemas. Y no los hubo, hasta que una viga se vino abajo, en dirección hacia Emma.
- Emma, ¡aparta! – gritó Graham, dándole un empujón que lo hizo quedarse en el lugar de su novia.
- ¡Graham! – gritó ella preocupada, al ver que se había quedado atrapado. – Te sacaré de aquí, tú tranquilo.
Era arriesgado. Mucho. Muchísimo. El humo dejaba muy poca visibilidad y el fuego empezaba a cubrir toda la estancia, poco a poco. No tenía mucho tiempo, podía hacerlo. Solo necesitaba ayuda. Dos de sus compañeros acudieron en cuanto llamó, mientras ella estaba junto a Graham y trataba de liberarlo, sin darse cuenta de que su traje se había roto.
- Emma…es imposible, no voy a salir de aquí. Sal tú. Sálvate, y ayuda a las personas que quedan.
- No Graham, no voy a dejarte aquí. Puedes salvarte… - le reprochó, sin siquiera poder soltar unas lágrimas, pues el calor las secaba incluso antes de caer.
- ¡NO! Emma, ¡fuera!
Ante el grito, ella no se inmutó, pero sus compañeros sí lo hicieron. Era complicado y tardaron unos minutos en llegar a la rubia, que pataleó, gritó y forcejeó como jamás había hecho. Cuando finalmente consiguieron sacarla de aquel edificio, se desplomó. Había perdido a Graham, le dolía todo el cuerpo y fue consciente de cuando la subieron en una camilla para llevarla en una ambulancia, donde trataban de curarle las quemaduras que se había hecho y ni siquiera se había dado cuenta. Dolían, sí, pero las heridas físicas no significaban ni la décima parte de la herida que ahora tenía en su corazón.
Una vez más, el destino se había llevado su felicidad.
- ¿Y sabes qué es lo peor de todo? – preguntó Emma para terminar con su historia. – Que una parte de mí se sintió aliviada, porque no estaba segura de que quería casarme con él. Él se sacrificó por mí y yo…mírame, sigo viva. Debería haber muerto yo ahí, no merecía que alguien me quisiera tanto.
No se había dado cuenta, pero estaba llorando. Por fin, después de tanto tiempo, podía soltar aquello de lo que no se había sentido capaz en su momento. Y Regina no pudo hacer otra cosa que acercarse y acunarla entre sus brazos.
- Jamás vuelvas a decir eso. No es culpa tuya que Graham haya muerto. Él te quería, es cierto, y estoy segura de que aunque tú no le correspondieras de la misma forma, también lo querías. – dijo despacio, acariciándole el pelo a Emma. – Sea como sea, fue elección suya, tú hiciste todo lo que pudiste. Y si hoy estás viva, es porque te mereces que alguien te quiera, de la misma manera o incluso más.
- Regina…
- Shh. Estoy segura de que Graham querría que fueses feliz, y que no querría que te culparas por su muerte. Lo habría hecho aunque no le hubieras correspondido.
-x-
Emma se encontraba agradeciendo las palabras de Regina una y otra vez mentalmente. Se había pasado más de media hora calmándola con palabras tranquilizadoras y caricias en la cabeza. Y eso, tenía que admitir, era la mejor medicina del planeta.
- ¿Quieres descansar? – preguntó la morena.
- No. Tengo que terminar de contarte mi historia. Y tú, me tienes que contar la tuya.
- Está bien. Entonces no me he salvado, ¿eh?
La rubia sonrió ante la broma de Regina. Sí, definitivamente, ella era lo único que necesitaba para sentirse mejor. Así, sin pensarlo, continuó.
- Poco después de la muerte de Graham, me reencontré con Neal, y a los meses volvimos a salir juntos. No sé por qué, creo que una parte de mí no lo había olvidado, quizás fue porque estaba débil aún…el caso es que había salido de la cárcel e intentaba reformarse. Pero las cosas tampoco salieron bien…
Las discusiones no paraban, y el ambiente se había vuelto tenso, casi insoportable. Emma se planteó que aceptar vivir con Neal no había sido una buena idea. Le había contado lo de Graham y pareció ofenderse en el momento, pero luego lo había superado. Lo que no había conseguido era borrar la cara de asco que ponía cada vez que veía las cicatrices de la rubia.
- Neal…ya es suficiente. Estoy cansada de discutir. – dijo Emma, dejándose caer en el sofá. – Solo quiero dormir un rato.
- Está bien, si eso es lo que quieres, te dejaré en paz. Para que veas que no soy yo el que huye primero de las discusiones.
- ¿Ah, no? ¿Quién se fue entonces el otro día dando un portazo y volvió de madrugada borracho?
- No había otra opción. Esto es insoportable. Cada vez que veo esas…marcas…esas cicatrices…tengo que ir a olvidar.
- Entonces, si esto es insoportable, lárgate de esta casa. De MI casa. ¡Fuera! – gritó la rubia, ya no podía soportarlo más.
Neal recogió sus cosas rápidamente y se dirigió a la puerta sin decir una palabra. Pero antes de irse, se dio la vuelta y lo que dijo no dejaba vuelta atrás.
- Espero que tengas suerte, Emma. Pero tápate lo más que puedas o no volverás a estar con alguien en tu vida. Es asqueroso.
Después de aquello, cada vez que se miraba al espejo, la rubia se daba asco a sí misma. Eran feas, es verdad, pero nunca pensó que tendría que sentirse cohibida con respecto a las cicatrices de recuerdo que le habían dejado las quemaduras.
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Regina la escuchó atentamente, odiando a Neal más y más después de cada palabra. Lástima que no estuviera allí para recibir el puñetazo que se merecía. Pero Emma sí estaba allí, y necesitaba su ayuda. Esta vez se tumbó junto a ella y lentamente acarició su abdomen por encima de la camiseta, para después subirla despacio y tocar aquellas marcas que la rubia tanto había aprendido a odiar.
- Regina, ¿qué…?
- Tus cicatrices no son asquerosas. – la interrumpió la morena. – Simplemente son cicatrices. A ver si te crees que el resto del mundo es perfecto. Además, fue un accidente. – continuó, acercándose para darle un beso en los labios – Te aseguro que a mí no me dan asco.
Emma suspiró. Esa mujer era de otro planeta, no había más explicación.
- Regina, yo…
- Dios mío, ¿iba a decírselo? No era el momento, no podía soltar un te quiero de buenas a primeras, no ahora. No quería asustar a la morena.
- ¿Qué? – preguntó Regina, confundida por la repentina pausa de la rubia.
- Yo…no sé cómo agradecerte todo esto. – sollozó. – Que me escuchases, todo lo que me has dicho, todo lo que has hecho…yo…me haces sentir mucho mejor.
- Bueno… - sonrió la morena. – Esa era la idea.
Hubo una breve pausa en su conversación, en la que ambas se sonrieron. Y Regina nunca entendió cómo la otra mujer podía pasar de estar llorando a la sonrisa más sincera. De verdad que no. Pero, aunque no lo entendiera, eso no significaba que no le gustase. Es más, le encantaba.
- Ahora es tu turno. – dijo Emma, sosteniéndola junto a ella en un abrazo cuando la morena quiso incorporarse. - ¿Quién es el padre de Henry?
Regina tragó saliva. No era algo de lo que le gustase hablar, no era algo que le gustase recordar, pero se lo debía. Y quería contárselo. Afortunadamente, con la rubia pegada a ella todo era más fácil, y las palabras fluían con naturalidad.
- Daniel. Me reencontré con él un par de años después de mi matrimonio. Se había mudado a Nueva York y era camarero.
Todos los viernes, Regina se reunía con su amiga y ayudante Kathryn para tomar algo a media mañana. Siempre en el mismo sitio, era una cafetería pequeña pero bastante elegante, sofisticada y cómoda. Les encantaba ir allí y relajarse un rato, hablando de los zapatos que sacarían próximamente o de cualquier otra cosa.
Todo cambió en cuanto la morena, algo despistada en aquel momento, esperaba a que su amiga saliese del baño, y un camarero tropezó contra ella.
- Disculpe señorita, no la había visto. Lo siento mucho, de verdad. – dijo el hombre nervioso.
Regina se congeló de inmediato. Aquella voz…no podía ser, no lo veía desde los 16 y era imposible que fuese él. Pero cuando levantó la vista, pudo comprobarlo.
- Daniel…
- ¿Regina?
Inmediatamente se abrazaron, la morena dejando escapar unas lágrimas.
- Pensé que no volvería a verte, ¿qué ha sido de ti? ¿Y qué haces aquí?
- Bueno, podría decir lo mismo…y bueno, digamos que he venido en busca de una vida mejor. Y por algo se empieza, supongo. – dijo sonriendo, señalando su uniforme.
Regina sonrió ante aquel recuerdo. Daniel…su Daniel. Cuando volvió a verlo, se dio cuenta de que siempre había estado enamorada de él, y aunque había querido olvidarlo, nunca pudo. No del todo.
- ¿Regina? – preguntó Emma, la morena se había perdido en sus pensamientos.
- Oh, perdón… ¿por dónde iba?
- Me decías que te habías reencontrado con Daniel en una cafetería. ¿Cómo…volvisteis?
- Empecé a visitarlo más a menudo, y empezamos a quedar fuera de su trabajo, algunas noches. Entonces me confesó que realmente se mudó a Nueva York para buscarme.
- Vaya…
- Sí. Y yo…bueno, yo seguía enamorada de él. Y…aunque estuviera casada, nosotros nos amábamos, no podíamos renunciar a ello. Fuimos amantes por un tiempo, pero queríamos más. Yo quería separarme de mi marido, irme con él, y ser malditamente feliz por una vez. Quise contárselo a mi madre, y enfrentarla.
- ¿Y él? ¿Estaba de acuerdo? – siguió la rubia, llena de dudas.
- Más o menos. Mi madre impone bastante respeto, y él tenía un poco de miedo, pero también quería hacerlo. Supimos que era el momento cuando me quedé embarazada.
- ¿Cómo…? Vale, esto es una pregunta delicada. – la rubia no encontraba las palabras exactas. - ¿Cómo…sabías que era de Daniel y no de Leopold?
Regina cambió de expresión de un momento a otro. Cuando hablaba de Daniel parecía ser la chica soñadora que era con él, y Emma se dio cuenta. Eso la hizo sentir algo de envidia y celos, pero una parte de ella se alegraba de poder conocer otra faceta de la morena. Sin embargo, cuando mencionó a Leopold se volvió completamente seria.
- Lo siento, quizás no debería haberlo preguntado. – dijo Emma cuidadosamente, intentando retractarse.
- No, no…tienes toda la razón. Pero…digamos que…cuando estaba con Daniel no pensaba, no tenía cuidado…así que pasó.
Emma asintió, esperando a que Regina continuara con el desenlace de aquella historia, aunque ya conocía el final.
- Nunca supe qué fue exactamente lo que pasó, pero después de confesarle mi embarazo a Daniel, no lo volví a ver. Días después me enteré de que había muerto en un accidente de coche, a kilómetros de Nueva York. Engañé a Leopold y le hice creer que era hijo suyo. – la morena sonrió con tristeza. – Bueno, ahora ya lo sabes.
