El aula de pociones de Hogwarts era quizás el sitio más sombrío de todo el castillo, con ventanas altas que siempre se mantenían cerradas, poca iluminación y mucho silencio. Calderos, mesas, balanzas y frascos de diferentes colores eran la regla. El maestro de pociones consideraba que la concentración es una necesidad imperante en la elaboración de distintos brebajes. Sin embargo, pocos minutos antes de la llegada de la hora, los estudiantes aprovechaban para comentar los últimos acontecimientos.

Después de la primera prueba, donde los cuatros jóvenes magos tuvieron que enfrentar cada uno un dragón para arrebatarle un huevo dorado, las ansias se habían transformado en asombro. Se les había concedido tiempo a los campeones para descifrar el trofeo dorado, pero en la proximidad del baile nadie pensaba en eso.

-Cuando termine la clase te mostrare el vestido que compre para la fiesta, Susie- susurro una Slytherin a su compañera de asiento-

-Pero si todavía no tienes pareja Patty!- respondió su amiga

-Es cuestión de tiempo para que algún chico de Durmstrang me invite, quizás hasta pueda ser Krum- dijo con una sonrisita picara

-Lo dudo, dicen que invito a esa chica de Gryffindor de cuarto año, Granger-

-¿La que es tan "amiga" de Harry Potter?, pero que no puede conformarse con un solo campeón?-casi gritó.

-Shhhh! Patricia baja la voz!- masculló-No creo que sea novia de Potter, son solo amigos.

-Tal vez pueda aprender algo en esta clase que me ayude a conquistar a Krum, dijo ella observando su libro de pociones avanzadas.

Susie quería protestar, pero una voz fría, metódica, carente de emoción la paró en seco.

-Silencio- Severus Snape avanzo por el centro del salón, mientras los murmullos de sus estudiantes se desvanecían. Las miradas fijas en sus libros y calderos. Nadie miraba al maestro a los ojos, poseía unos intensos ojos oscuros capaces de escudriñar las más secretas intenciones. Vestía igual que siempre, de negro, con una camisa blanca debajo de la túnica. Su cabello negro y lacio llegaba hasta los hombros. No era un hombre buenmozo, pero distaba mucho de ser feo. A pesar de su aparente carencia de sentido del humor y encanto, Severus poseía la seguridad, la presencia y aun más importante la inteligencia que solo algunas mujeres podían apreciar. Más de una estudiante en el pasado había intentado seducir al maestro de pociones en vano. Había algo en esa alma atormentada y silenciosa que atraía en especial a las estudiantes de Slytherin, que eran capaces de reconocer el valor de una mente aguda.

-El ministerio considera que es necesario que aprendan la elaboración de ciertas pociones para los NEWTS- una mueca de desaprobación y ambos brazos cruzados sobre el pecho dejaban entrever que el profesor no estaba de acuerdo con esa disposición

-Así que abran sus libros de pociones avanzadas en la página 15, el día de hoy elaboraremos amortentia. ¿Quién me puede hablar sobre esta poción? Srta Smigol- Señalo hacia una estudiante de Slytherin.

-Amortentia, es la poción de amor más poderosa, posee un brillo nacarado y su aroma es diferente para cada persona- respondió Susie.

- Diez puntos para Slytherin. Tomen sus calderos y empiecen a trabajar-

Siempre disfrutaba premiar los estudiantes de su casa, al fin y al cabo pociones era una asignatura en la cual los Slytherins brillaban. Por un hecho curioso siempre había sido alguien de su casa el maestro o maestra de pociones a través de los cientos de años que Hogwarts venia impartiendo la materia.

Una aguja se enterró en su pecho, pensó en Lily. Cuanta destreza en la elaboración de brebajes tan poco común en una Gryffindor. Muchas veces se había preguntado si ella le habría dado una poción de amor sin que él lo notara, porque la obsesión que había sentido por ella era desquiciante, algo que no le podía ocurrir con ningún otro miembro del género femenino. Cuanto había lamentado que ella no supiera amarlo de la forma en que el necesitaba ser amado.

La alarma sonó y los estudiantes se retiraron de sus calderos para ser inspeccionados por el maestro. Severus avanzo hacia ellos observando las diferentes gamas de colores de los calderos aun humeantes. Para su fastidio casi nadie había logrado fabricar la poción como debía ser hecha. Un metro más adelante una estudiante de Hufflepuff lo había logrado, delicados hilos en espiral de humo ascendían desde el caldero, donde un color nacarado intenso delataba el éxito de su autora. Severus Snape se acerco inspeccionando el trabajo, preparándose para lo que inminente. Para su sorpresa no fue el agradable olor a pasto recién cortado y flores silvestres que desde que tenía conciencia atesoraba en su memoria. Un aroma dulce, que le embriagaba los sentidos ascendió hacia sus pulmones, evocando las tardes en la orilla del lago comiendo ranas de chocolate, el aroma de leña al fuego, tierra húmeda y la fragancia que había sentido semanas antes cuando recibió el abrazo de Sophie lo hizo perder la concentración.

Agradeció en silencio que esa fuera su última clase del día, absorto en sus pensamientos despidió sus estudiantes.

Se disponía a dejar el salón vacio cuando un muchacho alto, de cabellos platinados y mirada insolente reclamo su atención.

-Professor Snape, Señor?-

No era otro que Draco Malfoy, quien lo observaba con una mirada de falsa admiración y respeto.

Severus frunció el ceño, lo último que necesitaba en esos momentos era unas de las charadas lisonjeras del joven Malfoy, pero una persona en su posición no se podía dar el lujo de rechazar al vástago de su compañero mortífago.

-Buenas Tardes Draco, puedo hacer algo por ti?-

Busco en su interior un poco de paciencia y aplomo para realizar su papel de protector condescendiente con el mocoso aristócrata.

-Señor, mi padre me pidió que le entregara esto- le alcanzo un sobre color ocre, en cuya tapa se podía leer su nombre, sellado por detrás con el emblema de los Malfoys.

-Gracias- respondió escuetamente. El rubio se quedo esperando que abriera la carta frente suyo, pero Snape haciendo gala de su humor, se alejo a prisa hacia sus aposentos, guardando el sobre descuidadamente entre su capa.

La hora de la cena se acercaba, pero Severus no tenía hambre. Solo en su recamara se tomo el tiempo necesario para calmar el torbellino de emociones tan inusual en su persona.

Deslizo sus dedos por los botones de su capa, uno a uno, hasta quedar en mangas de camisa, pantalones negros y botas de cuero del mismo color, que le alcanzaba media pierna.

La noche caía rápidamente sobre el castillo, mientras los estudiantes dirigían sus pasos al gran salón. Nada de esto era percibido por él, las mazmorras no cambiaban con la luz del día o la noche, oscuridad, silencio y frio eran la norma.

Con un movimiento de su varita encendió la chimenea, desplomándose sobre un sillón color musgo frente al fuego. Las llamas, única fuente de luz iluminaban su rostro y su piel dándole el aspecto de las estatuas de cera.

Observo por largo rato las llamas que danzaban sobre la madera ennegrecida, mientras pequeñas chispas y el crepitar de su metamorfosis llenaban su cabeza.

Severus dio rienda suelta a los pensamientos que le habían carcomido el alma en las últimas semanas.

Un hombre como él, sin esperanza, sin anhelos, esperando la muerte nunca se había encontrado en dicha situación.

Recordó la tarde de la llegada de Sophie a Hogwarts, su abrazo, y esa gama vasta de emociones juntas que no lograba apartar de sí.

De la incredulidad había pasado al asombro, luego a la alegría de verla, y después al desconcierto de percibir su cercanía, que despertaba en él sensaciones que ya creía muertas y enterradas.

La tarde en Hogsmeade lo había terminado de confundir, en un chispazo de clarividencia había pensado que ella también estaba sintiendo lo mismo, pero luego su confianza y sosiego al contacto de su mano lo habían terminado por ofuscar.

Mientras él sentía esos dedos tibios que le quemaban, ella parecía complacida, en el mismo estado de amabilidad del pasado. Luego en el medio del peligro, cuando aun no se había percatado de que su atacante era Black, él le había pedido que corriera, y ella para su asombro no lo había hecho. Ella no era una Gryffindor, era una Ravenclaw, lo suficientemente inteligente para ver lo que pasaría si se quedaba, pero aun así no se fue.

Una parte de él deseaba utilizar la legilimencia para tratar de comprender que había dentro de ella, pero la otra se negaba a utilizar esas artes en la única persona que aun lo hacía sentir como un ser humano, la única que aun confiaba en el, como tan bien lo había demostrado delante del merodeador.

Cerró los ojos tratando de apartar tantos pensamientos juntos de su cabeza. Respiro profundo evocando el aroma que había descubierto esa tarde en su aula de clases, llenándose hasta el rincón más apartado de su alma. Entonces la vio.

Sophie se encontraba sentada en sus piernas, tan ligera que parecía hecha de aire. Su largo cabello ondulaba y le hacía cosquillas en su brazo izquierdo, mientras sus grandes ojos azules lo miraban fijamente. Deseo acariciar ese rostro, hundir su dedos en ese cabello y acercarla más hacia así para poder sentir el murmullo de su sangre corriendo por sus venas. Pero no quería romper el encanto, sabía que eso era un sueño, uno que ya le había visitado muchas veces. Trato de mantener el silencio, contemplando la mujer que tenia frente de si, incapaz de hablar o de respirar muy fuerte, temiendo que en un instante ella volara de su lado dejándolo infinitamente solo.

¿Cuando había sido que Sophie Smirnov había dejado de ser una niña para convertirse en aquella mujer que le hacía olvidar sus errores del pasado?

De repente un rayo de luz verde atravesó el cuerpo de su sueño, una mirada de dolor y horror se plasmo en ella, mientras el se levantaba tratando de asirla para que no se fuera de su lado. La voz de Lucius Malfoy volvía a resonar hueca dentro de sí, diciendo lo que tanto temía, que las órdenes estaban cumplidas y que ella estaba muerta.

Un zarpazo de horror lo regreso a su sala de estar, su frente húmeda y sus sentidos aun embriagados por la imagen de ella. Recordó entonces el recado que le había entregado el joven Malfoy, enojado consigo mismo por haberse dejado llevar una vez más por la ilusión. Rasgo el sobre con furia, mientras sustraía el papel que se encontraba dentro.

Querido Severus

Te mando un saludo y una invitación a que me acompañes esta noche, hay algunos asuntos que me gustaría discutir contigo.

Se bien que tus deberes como maestro y Jefe de casa son absorbentes, pero tengo por seguro que encontraras tiempo para honrarme con tu presencia.

Se despide.

Lucius

Siempre había odiado esa forma melosa y burlona de Malfoy, quien con sutiles bromas le hacía saber de su diversión por la posición que el ocupaba para el Señor Oscuro. Era de dominio público entre los mortífagos su charada como espía de Dumbledore, pero a raíz de todo lo acontecido antes Severus no se preocupaba demasiado por eso. Consideraba a Lucius Malfoy como un payaso creído que utilizabas sus maneras de realeza británica para sentirse mejor que los demás. Pero que quería Malfoy con él?

Acaso se trataba de la marca que cada día cobraba fuerzas en su antebrazo, o del retorno de Sophie, alguien que Malfoy había jurado que había muerto delante del Señor oscuro?

En el pasado había rechazado las invitaciones de Malfoy aluyendo su posición de espía, pero esta vez no era lo mismo, alguien que a él le importaba corría peligro y no se iba a quedar sentado esperando a ver que sucedía. Se vistió y partió por la línea floo hacia Malfoy Mannor.