—Ah, sí, sí… Tsuruga-san, m-mi no-novio… —dijo ella, trabándose en la palabra más importante y con un adorable rubor adornando las mejillas.

Y ese fue el momento exacto en que todos en la habitación de Kyoko se paralizaron. Bien quietitos, como si los hubiera mirado la Gorgona petrificante de Perseo. Menos el doctor, por cierto. Él no. Él los observaba, y cuando más de uno fue a abrir la boca para preguntar, el doctor levantó el dedo índice (un gesto muy grosero en Japón) y entrecerró los ojos en una amenaza más que evidente.

—¿Qué les dije antes? —dijo entre dientes el doctor. Daba miedito, sí…

En fin, que las bocas se abrieron, los ojos parecían a punto de salirse de las cuencas, pero ninguno dijo ni pío.

Sin disgustos, les había dicho el doctor. Y eso incluye agobios y locuras varias…

Kyoko mira a unos y a otros, preguntándose que qué demonios habrá dicho mal… Y como si esa hubiera sido una señal para moverse, por fin se deciden a hablar, ignorando (solo un poquito) al médico.

—Pero muchacho… —dice el cosaco, sacudiendo la cabeza.

—Qué falta de confianza… —susurra decepcionado el hombre de gafas.

—¿Ren-sama? ¿Onee-sama? —pregunta la niña, mirándolos a ambos.

—Ya era hora… —añade el cosaco.

—Esta gente del espectáculo… —masculla el Taisho.

Y antes del que al Taisho se le ocurriera decir algo más, el diligente Sebastián tira 'discretamente' de él para sacarlo de la habitación.

Su señora (la del Taisho, of course), el señor de gafas y su jefe (el cosaco) fueron detrás a toda prisa.

Pues sí que eran gente rara…, afirma el doctor.