HOLA A TODOS MIS QUERIDOS LECTORES. SIENTO EL ATRASO DE LA HISTORIA Y PARA SER SINCERA ENTRE OTRAS COSAS (MADRE, ESCUELA, TRABAJO) NO QUERÍA QUE ACABARA PERO ES NECESARIA PARA CONTINUAR CON LOS SIGUIENTES PROYECTOS QUE TENGO EN MANO PARA USTEDES. POR QUE LES TRAIGO HOY EL ÚLTIMO CAPÍTULO DE LA HISTORIA Y UN EPÍLOGO.
LAS DEJOS PARA DECIRLES HASTA LA PRÓXIMA HISTORIA. BESOS.
TOMO LA OPORTUNIDAD DE AGRADECER A MIS SIEMPRE Y CONFIABLES LECTORES Y AMIGOS VIRTUALES DE FICTION QUE ME HAN DADO SUS CONSEJOS Y PUNTUALES COMENTARIOS SOBRE LA HISTORIA HACIENDO QUE MEJORE CADA VEZ MAS.
GRACIAS.. NO LO PONGO MAS GRANDE POR QUE NO ME DEJA EL BLOG.
LOS DEJO DISFRUTEN LA LECTURA
Capítulo 10
La cocina era una de las pocas estancias que no estaba en obras y William siguió a Elizabeth a cierta distancia. ¿De qué querría hablarle? Dios, ¿cómo se había metido en aquel lío? «Yo sólito», se dijo. Eso, por creer que lo tenía todo bajo control.
Su plan inicial de venganza no podría haberle salido peor. En lugar de rechazarla, se había enamorado de ella. La única solución era salir corriendo, huir de su lado todo lo rápido que pudiera.
—¿Has cenado? —pregunto Elizabeth tratando de iniciar la conversación.
—No, pero no pasa nada —contestó—. Me basta con una taza de café. Dime qué es eso tan importante que te ha hecho traerme hasta aquí.
Dios, qué difícil se lo estaba poniendo. Elizabeth apretó los puños y pensó en la vida que ya había nacido dentro de ella.
—Claro, pero, si no te importa, yo me voy a preparar algo de comer —contestó preparando café y cortando unas verduras sabiendo que él ni siquiera la miraba.
Intentó entablar conversación, pero se encontró con una pared de monosílabos. ¿Así se comportaba un hombre enamorado? Al final, sirvió los cafés, puso su plato de verdura en la mesa y se sentó frente a él.
—Bueno, ¿por qué no me dices lo que me tengas que decir, Elizabeth, y acabamos con esto? Me parece absurdo estar aquí, comportándonos como desconocidos.
—Porque no lo somos, ¿verdad?
La firmeza de su contestación, lo dejó helado.
—Somos amantes.
—Éramos —la corrigió.
—¿Qué ha cambiado, William? Estábamos a punto de hacer el amor y, de repente, te volviste loco y lo mandaste todo al garete. ¿Tan poco te importaba?
William sintió enrojecer.
—¿Qué es esto, un recordatorio de una relación muerta? Estás perdiendo el tiempo. —anunció manteniendo esa fachada aunque por dentro estaba muy nerviosos
—¿Por qué? ¿Porque crees que debería irme y aceptar que no significaba nada para ti?
—Odio a las mujeres que no saben aceptar el final de una relación —contestó él encogiéndose de hombros con una indiferencia exagerada—. Todo lo bueno se acaba —añadió pensando que había ganado, que la tenía en la palma de la mano: ¿Por qué, entonces, se sentía tan mal? Porque se había enamorado de ella. Otra vez. Sabía que tenía que distanciarse de ella porque podía hacerle mucho daño, pero se moría ante la idea de tener que abandonar aquella casa, aquella cocina...
—¿Por qué?
—Porque ¿qué? —le comento ya irritado
—¿Por qué todo lo bueno tiene que terminar? ¿Me estás diciendo que quieres una relación mala?
—Se pueden tener relaciones y no seguir las normas asfixiantes de la sociedad.
—¿Cuáles son esas normas asfixiantes? ¿El amor? ¿El matrimonio?
Daba igual lo que le dijera. Estaba claro que William no estaba dispuesto a ceder ni un centímetro. Si le hablaba de matrimonio, lo analizaba como institución, del amor dijo que no merecía la pena ni hablar. Elizabeth sacudió la cabeza desesperada y la apoyó en las manos.
—¿Me has hecho venir hasta aquí para volverte a decir que no tengo la más mínima intención de pedirte que te cases conmigo?
Elizabeth sintió una punzada de dolor, pero se mantuvo firme.
—Nunca he esperado que lo hicieras —le contestó.
—¿Entonces? —dijo él irritado.
Se estaba sintiendo incómodo por momentos y tenía un terrible calor.
Elizabeth no contestó. Lo miró y se dio cuenta de que no estaba cómodo. Eso le dio fuerzas. Lo quería e iba a luchar por él y, si no salía bien, al menos, lo habría intentado.
—Entonces, si las relaciones, los compromisos y los matrimonios no tienen nada que ver con el amor, William, ¿en qué se basan?
William se encogió de hombros y se levantó. No podía parar quieto. Necesitaba moverse. Se paseó por la cocina sin dejar de mirarla.
¿Qué le estaba intentando decir? ¿Que no podía vivir sin su cuerpo? ¿Que estaba dispuesta a suplicar con tal de tener su dosis diaria de sexo? Pero, si quería sexo, ¿por qué no lo había recibido desnuda o algo así?
—¿Quién sabe? —contestó ambiguamente—. Tal vez, la mejor relación sea la que se basa en algo práctico.
—Creía que esa era, precisamente, la relación que nosotros teníamos —apuntó Elizabeth.
—Me refería a algo práctico para las dos partes —contestó levantando un florero, mirándolo y volviéndolo a poner en su sitio.
—William, siéntate. No me puedo concentrar si sigues deambulando por la cocina como un gato enjaulado.
—¿En qué te tienes que concentrar? —dijo sintiendo una gran emoción y luchando con uñas y dientes para machacarla.
—No quiero que se termine lo nuestro —contestó viéndolo sentarse—Antes de hablar, déjame terminar.— haciéndole señas para que se callara
Si ella supiera que no habría podido hablar aunque hubiera querido. Tras su fachada de indiferencia, estaba pendiente de todas y cada una de sus palabras, temiendo lo peor y a su vez esperanzado.
—Hace siete años, te fuiste y no hice nada. Fue porque era joven y nunca, jamás, había pensado en casarme, o no por el momento Puede que mis padres tuvieran algo que ver, no lo sé, pero lo cierto es que fui una idiota.
—Sobre todo porque mira dónde he llegado —apuntó él.
—Eso me da igual —contestó Elizabeth con impaciencia—. Me da igual que hayas ganado todo el dinero del mundo. Lo que me importa es que... has vuelto. Y sé por qué... —añadió. Le estaba costando horrores poner todas las cartas sobre la mesa, pero tenía que hacerlo. Ahora llegaba lo peor—. Has vuelto porque querías vengarte de mí —dijo con tristeza— y se te ocurrió que la mejor venganza del mundo era ayudarme económicamente. El que ríe el último ríe mejor, ¿verdad? Pero a mí me da igual. Lo único que me importa es que has vuelto. Me he dado cuenta de que te quiero y de que nunca he dejado de quererte —concluyó mirándolo con intensidad.
William se había quedado sin palabras.
—¿Esperas que me lo crea? Te oí decirle a Anna justo lo contrario, querida —protestó. No quería, pero sentía el corazón ligero, como si tuviera alas.
Sintió ganas de levantarse y bailar, de saltar de alegría y de abrazarla.
—¿Cuándo?
—¿Cómo que cuándo? Ayer, lo sabes perfectamente.
—He hablado con Anna esta mañana y se lo he dicho todo... bueno, casi todo —suspiró pasándose los dedos por el pelo. Estaba sudando como si hubiera corrido la maratón y le temblaban las manos—. Le dije lo que sentía por ti. Sé que no va a cambiar lo que tú sientes por mí, pero... —se interrumpió y lo miró a los ojos—... te quiero, William Darcy, y nunca me habría perdonado a mí misma no decírtelo. Cuando le dije a Anna que no sentía nada por ti, estaba mintiendo. Así de sencillo. Fue un arranque de orgullo... Supongo que sabes lo que es eso, ¿verdad?...
Se hizo un gran silencio.
—¿No vas a decir nada? ¿No vas a decirme siquiera que crees una sola palabra de lo que te acabo de decir?
—No puedo pedirte que te cases conmigo... ya lo hice una vez y... —se interrumpió. ¡Un arranque de orgullo!
Él se había dejado llevar por el orgullo toda la vida. Se moría por pedirle que se casara con él porque creía todo lo que le había dicho, pero no podía... No podía porque su orgullo se lo impedía.
—¿No tienes nada más que decir, William? —dijo Elizabeth levantándose y caminando justo enfrente de él—. Muy bien, tú ganas... Yo ya te he dicho lo que siento por ti y tú no dices nada. Tienes razón, se acabó —concluyó decidiendo que solo le quedaba una cosa por hacer.
William la miró y se levantó.
—Yo...
—Cásate conmigo —dijo Elizabeth mirándolo desafiante—. Lo que tenemos es bueno y mejorará con el tiempo. Arriésgate.
—¿Me estás pidiendo que me case contigo? —dijo William sorprendido.
—Exacto. Cásate conmigo.
—¿Y, si no, qué?
—Y, si no, te arrepentirás por haber dejado escapar el mejor amor de tu vida —contestó Elizabeth acercando sus escasos centímetros de distancia y posando suavemente sus manos para acariciarle la cara.
—No —murmuró William.
Bueno, lo había intentado. Había apostado y había perdido.
—De acuerdo —dijo Elizabeth con resignación dejando caer sus manos y hundiendo sus hombros
—No, quiero decir que no solo me arrepentiría por haber dejado escapar un gran amor... me arrepentiría por muchas más cosas... —dijo levantándole el mentón. Al ver la ternura y el amor de su cara, Elizabeth sintió que se le encogía el alma—. El día que me fui, perdí lo más importante de mi vida, mi amor —añadió abrazándola—. Es cierto que volví para vengarme, es horrible, pero es así. Creía que ya no sentía nada por ti, que solo venía para cerrar un capítulo de mi vida. Perdón, perdón por dejar que mi orgullo diera al traste con la relación que teníamos hace siete años. Debí escucharte porque tenías razón. Éramos muy jóvenes. Podríamos haber esperado un poco, pero yo no quise escucharte. Cuando pienso que este horrible orgullo mío ha estado a punto de hacerme perderte por segunda vez...
—Me quieres —sonrió Elizabeth fascinada.
—Te adoro —contestó William—. Cuando me llamaste esta mañana, casi me muero al oír tu voz... Me he pasado todo el día pensando en que te iba a ver... porque solo me siento vivo cuando estoy contigo.
—¿Y te vas a casar conmigo?
—¿No quieres que me escape de nuevo, eh, querida?
—Esa es una de las razones, sí.
—¿Una de las razones?
—¿Te importa que nos sentemos? Me flaquean las piernas
William se apoyó en uno de los altos taburetes de la cocina y la sentó en su regazo. Al apoyar la cabeza en su hombro, Elizabeth se dio cuenta de que su vida iba a cambiar mucho. No era lo mismo boda, pasión y tres años de luna de miel que boda, embarazo y tomas nocturnas.
—¿Estás mejor? —murmuró William acariciándole el pelo—. ¿Quieres que vayamos arriba? Tengo un par de cosas que me gustaría hacer contigo en la cama ahora que he accedido a casarme contigo, brújula.
—Sí, pero primero tengo que decirte otra cosa —contestó Elizabeth mirándolo a los ojos—. Vamos a tenernos que casar muy pronto, ¿sabes?
William solo tardó unos segundos en comprender.
—¿Estás embarazada? —sonrió.
—Me he hecho la prueba esta mañana. Si ahora que lo sabes, no te quieres casar conmigo, lo entenderé —dijo Elizabeth—. Es una gran responsabilidad y...
—¿Cómo no voy a querer casarme contigo? —dijo él poniéndole la mano en la abdomen—. Casarme contigo es lo que siempre he querido y el hecho de que estés embarazada y vayamos a tener un hijo es la guinda del pastel —añadió acariciándole la abdomen.
Elizabeth no pudo evitar que se le acelerara la respiración.
—Creo que va a ser mejor que nos vayamos arriba, sí—apuntó.
—¿Ah, sí? ¿Para qué? —bromeó William.
—¡Sabes perfectamente para qué!
William la tomó de la mano y la condujo escaleras arriba.
—Me voy a poner gorda, ¿sabes?
—¿Me estás diciendo que aproveche antes de que el niño engorde tu abdomen y haga que tus pechos se pongan aún más grandes? La verdad es que la idea del embarazo me parece de lo más erótica.
Y no tuvo el más mínimo reparo en demostrarle cuánto.
Pero lo mejor era saber que, aunque les había costado, estaban juntos por fin y que siempre lo estarían.
