—Por favor, Edward... estoy gorda... y fea —gemía la joven, protestando.

Se estaba mordiendo el labio, y era posible ver las lágrimas que anegaban sus ojos.

—Por favor, Annie —pronunció Edward con un tono de ternura que Isabella jamás había escuchado antes—. Eres preciosa, ¿Cómo podrías no serlo cuando llevas a nuestro hijo en tu seno? Mira, Sam piensa lo mismo.

La cámara bajó para enfocar al perro, y se oyó una carcajada. El cachorrillo miraba embelesado a su ama, agitando enérgicamente el rabo contra la alfombra. De repente, como si no pudiera soportar ni un segundo más sentado, se levantó y mordió una de las zapatillas de Anne, jugando.

—¡Edward! Quítamelo de encima, Edward... ¡me está destrozando la zapatilla!

Se oyó un chasqueo de dedos, y el perro soltó inmediatamente su improvisado juguete para mirar a la cámara. Segundos después la imagen se estabilizó, como si hubiera colocado la cámara sobre un punto de apoyo, y Edward apareció de pronto al lado de su esposa.

—Solo es un cachorrillo, cariño —la atrajo hacia sí, sosteniendo al perrito con la otra mano—. Para cuando haya nacido el bebé, ya se habrá tranquilizado un poco. Vamos, ¿qué te parece si posamos los cuatro para la cámara... tú, yo, Sam y Ethan? ¿Qué dices, Annie?

Isabella pensó, con un nudo en la garganta, que aquel Edward no parecía muy distinto del que conocía. Pero había en sus rasgos un aire de esperanza, de ilusión, que había dejado de existir. Obligó suavemente a Anne para que se volviera hacia la cámara.

—Estás chiflado, Edward... —sonrió—. Ethan todavía no ha nacido... ¿cómo quieres que salga en la foto?

—Porque está aquí. Ya es parte de nosotros —le estaba acariciando el vientre con infinita delicadeza cuando, de repente, exclamó sobresaltado—: ¡Me ha dado una patada, Annie! ¿Has visto? ¡Diablos, si parece que está jugando al fútbol ahí dentro!

—Claro que lo he sentido. No es la primera vez que lo hace... Solo espero qué no crezca mucho más antes de nacer, por el amor de Dios. Voy a parecer una bola cuando la semana que viene salgamos a celebrar nuestro aniversario.

—Ethan y Sam crecerán juntos. ¿Has oído eso, amiguito? Vas a tener un perro para ti solo, esperándote para que juegues con él —sonriendo, se agachó para acercar los labios al vientre de su esposa—. Hoy mismo, tu viejo te ha comprado el cachorrillo más bonito que ha podido encontrar, y es todo tuyo. Así que date prisa y sal de ahí, pequeñajo. Todos te estamos esperando.

Isabella contemplaba atónita y embelesada la expresión de su rostro. Era pur amor. Parecía un hombre realizado. Parecía un padre.

—... te quiero, Ethan —sus palabras apenas resultaban audibles. Con los ojos cerrados, en esa ocasión presionó la mejilla contra el vientre de Anne—. Siempre estaré a tu lado, Ethan. Siempre te cuidaré, hijo. Te quiero tanto...

Segundos después se levantaba para acercarse a la cámara. La pantalla quedó a

oscuras.

—Nunca llegó a nacer —Isabella se llevó una mano a la boca, emocionada, inconsciente de las lágrimas que rodaban por su rostro—. Murió con su madre en el accidente. Tu Ethan nunca llegó a nacer.

Aquello debió de haber ocurrido muy poco después de que grabaran el vídeo, pensó con amargura. Edward le había dicho que su esposa había muerto cuando ni siquiera llevaban un año de casados, y en el vídeo Anne se había referido a su inminente primer aniversario.

Había tenido una esposa. Y su esposa había estado embarazada cuando murió.

Diez años después, Edward vivía solo en aquella casa, y su único vínculo con el pasado era un perro envejecido cuyo destino no había sido otro que el de servir de compañero de juegos a su hijo.

Le había dicho que estaba equivocada, que él nunca había tenido un hijo. Había mentido... no a ella, sino a sí mismo. Se había estado mintiendo a sí mismo durante diez años, porque esa había sido la única forma de soportar el dolor.

—Oh, Edward... ¿es que no te das cuenta? —susurró con voz temblorosa—. Tú tuviste un hijo. Estaba vivo, y debió de haber sabido, de haber intuido que tenía un padre que lo quería tanto. Tú se lo dijiste, Edward. Durante estos diez últimos años fingiste que nunca existió, y... y eso fue un error. Cerraste tu corazón, y durante todo este tiempo él ha estado esperando en la oscuridad a que lo dejaras entrar en tu vida... Y tú también has estado esperando en la oscuridad, Edward. Y seguirás esperando para siempre si no lo dejas entrar de nuevo.

Sam apareció en el umbral de la cocina, agitando el rabo. Lenta y penosamente, se acercó a ella.

—Uno de estos días tendrá que despedirse de ti, Sam —pronunció Isabella mientras le acariciaba cariñosamente la cabeza—. Él lo sabe, pero no puede soportar la idea... porque, cuando te hayas ido, se quedará completamente solo. Creo que cuando te mira, sigue viendo en realidad al cachorro que fuiste... un animalillo lleno de amor por la criatura que estaba a punto de nacer. Él dice que nunca tuvo un hijo, pero yo creo que cuando te mira, ve a Ethan a tu lado.

Echándole los brazos al cuello, enterró la cara en su pelo. Ahora lo comprendía todo. Por eso se había implicado tanto en su caso. Por eso no había sido capaz de mantenerse indiferente.

Sintió un lengüetazo en una oreja. Al apartarse, vio que Sam la miraba preocupado, como si se hubiera dado cuenta de que estaba llorando. Sonrió, enternecida.

—Y todavía hay más, Sam. Que Dios me ayude, pero... creo que me he enamorado de ese hombre.

Tardó en regresar a casa más de lo que había calculado en un principio. No solo había conseguido la declaración original de Jane, sino que había recabado cada informe que había pasado por sus manos. Pero, en el fondo, consciente o inconscientemente, había estado retrasando el momento de volver.

Cuando aparcó frente a la entrada, advirtió aliviado que la casa estaba a oscuras. Isabella solo había dejado encendida la pequeña luz del porche, pero resultaba evidente que se había acostado... Eso era precisamente lo que había estado deseando. La casa estaba silenciosa. En la cocina, se sirvió un vaso de leche para contrarrestar el efecto de las cinco tazas de pésimo café que había consumido en la oficina. Se lo llevó a la mesa y se sentó, aflojándose el nudo de la corbata. Cansado, cerró los ojos... y se enfrentó por fin con el hecho que había estado intentando evitar.

No iba a resultar. Incluso la forma en que estaba reaccionando en ese momento era una prueba de ello. La deseaba tanto que era incapaz de funcionar con un mínimo de eficacia. Y Isabella no parecía advertirlo, pensó, incrédulo. En el fondo, tenía miedo. Estaba asustado.

Al parecer, Isabella no comprendía por qué su cercanía le resultaba tan peligrosa. Cuando hablaba de la mujer que antaño había sido, describía a una mujer objetivamente hermosa... como si ya no lo fuera. Como si aquella hermosura hubiera desaparecido. Craso error. Ni siquiera sospechaba el esfuerzo que tenía que hacer para mantener las manos alejadas de ella...

—Estúpido —se recriminó—. Estúpido, estúpido, estúpido... Vuélvete a esa condenada oficina si no tienes más remedio, Cullen. Emborráchate y pasa la noche en el sofá. Haz lo que sea, pero deja a esa mujer en paz...

Pensó que Isabella tenía razón. Dos años atrás había sido una mujer objetivamente hermosa. Pero ahora lo era mucho más. Y debía reconocer que, en aquel tiempo, había sentido alguna que otra punzada de deseo por ella... Se levantó para servirse un whisky, llevándose la botella al salón. Bueno, quizá había sido algo más profundo que una simple punzada...

Pero, desde luego, no había sido nada comparable con lo que sintió la noche en que se vieron en la cafetería. Delante de ella, se había repetido una y otra vez que no era su tipo, que nunca podría serlo. Y no había dejado de hacerlo durante los días siguientes... . Pero solo porque era única, irrepetible; porque no había otra como ella. Solo existía una única Isabella Volturi, y allí estaba él, sentado en el sofá y emborrachándose desesperadamente porque la deseaba con locura.

Se sirvió otro whisky. Fue entonces cuando, al alzar la mirada, la vio en el umbral del salón. Sintió una especie de descarga eléctrica, como si todo su cuerpo se hubiera despertado bruscamente. No era un efecto de la bebida.

La primera noche que se había quedado en su casa le había prestado un par de camisas, a modo de ropa para dormir, y en aquel instante llevaba una de ellas. No se había molestado en recogerse las mangas. Sus piernas eran de una cremosa blancura.

Los faldones de la camisa le llegaban hasta medio muslo. Se había dejado sin abrochar los primeros botones. Por una vez, no se había recogido el pelo, todavía húmedo después de la ducha.

—¿Es bueno ese whisky? —le preguntó con voz levemente ronca.

—Lo suficiente.

Se dio cuenta de que su tono era firme, así que pensó que al menos el licor debía de haber obrado algún efecto. La deseaba. Con locura. Isabella giró sobre sus talones y se dirigió a la cocina. Segundos después volvía con un vaso, que le tendió mientras se sentaba en el sofá con las piernas encogidas.

—¿Por qué no me dijiste que estabas aquí, emborrachándote tú solo?

—Lo siento —pronunció después de servirla—. Solamente quería beber la dosis justa para quedarme dormido.

Intentó en vano desviar la mirada de su preciosa melena. Y ella lo sorprendió mirándola.

—Así que no podías dormir, ¿eh? Pues yo tampoco. Qué casualidad.

Edward la miró por encima del borde de su vaso.

—¿Qué estás intentando decirme Bella?

—Oh, simplemente quería hablar contigo.

—¿Y de qué quieres hablar?

No respondió de inmediato. En lugar de ello, se llevó la copa a los labios. Cuando volvió a dejarla sobre la mesa, Edward tomó repentina conciencia de lo nerviosa que estaba bajo aquella apariencia impasible.

—De acuerdo, seré directa y sincera —se aclaró la garganta—. Creo que en una ocasión te dije que había perdido el hábito de las conversaciones insustanciales, así que ahora no voy a hacer el esfuerzo. Quieres acostarte conmigo, ¿verdad? A duras penas pudo Edward disimular su asombro.

—Ya te dije que sí, Bella. Reconocí las fantasías que había tenido contigo. Y también te dije que la decisión final solo sería tuya —pronunció, esforzándose por mantener un tono firme.

—Entonces eso ya está claro —y continuó tras una ligera vacilación.— Pero... ¿no piensas ir más lejos?

—¿Más lejos? —frunció el ceño, extrañado.

—Sabes perfectamente lo que quiero decir, Edward —esbozó una mueca de disgusto—. No tengo idea de por qué, pero te atraigo mucho. Puedo entenderlo, porque la atracción es mutua.

Estaba asombrado. Lo había dicho con tanta naturalidad. Como si acabara de confesarle que le gustaba el café con leche.

—Pero necesito saber si eso es todo lo que significa para ti —añadió Isabella—. Porque tengo la sensación de que puede que no sea ese mi caso.

Sin dejar de mirarlo a los ojos, se cruzó de brazos con gesto protector, disimulando el escote que tan abiertamente había exhibido antes. De alguna forma, Edward se sintió secretamente agradecido por ello. Lo del whisky había sido un error. Necesitaba mantener la cabeza despejada para ese tipo de conversación.

—No te he preguntado por el significado último de la vida, por el amor de Dios... —exclamó, impaciente, al ver que tardaba tanto en contestar—. Vamos, Edward... suéltalo ya. Lo soportaré. Soy una mujer dura. Para ti todo se reduce a eso, ¿no? No hay nada más, ¿verdad?

Quizá realmente fuera una mujer dura, pensó Edward, súbitamente cansado. Desde aquella noche en la cafetería, en todo momento había estado intentando convencerlo de ello. Y también a sí misma. Pero desde entonces habían pasado muchas cosas. Y, dura o no, su naturaleza tenía un límite, un punto de ruptura. Podía romperse. Excepto que jamás se rompería por culpa de un tipo como él. Eso estaba muy claro.

—Mira, Bella, yo soy bueno en mi trabajo, y supongo que mis compañeros de la Agencia también te dirán que soy un tipo decente. Pero, como ya te comenté en una ocasión, ellos no me conocen en absoluto.

La vio pestañear. Fue un movimiento apenas imperceptible, del todo insignificante, y aunque sabía que su reacción era absolutamente inapropiada, no se molestó en luchar contra la oleada de deseo que lo abrumó. ¿Qué sentido tenía?, se preguntó, tenso. Si intentaba apagar cada fuego que Isabella había encendido en su interior, sabía que terminaría abrasándose.

Pero eso no significaba que ella tuviera que chamuscarse...

—Y creo que tú tampoco me conoces —continuó, rotundo—. Si me conocieras, no me habrías hecho esa pregunta. Esto no puede ir más lejos porque, de hecho, ya ha rozado mi límite, Bella. Yo no tengo nada más que darte, aparte de lo que te dije ayer.

—¿Lo has tenido alguna vez?

—No, Bella —se levantó del sofá—. Nunca ha habido nada más. Es como un vacío que tuviera por dentro —la miró, inmóvil en el sofá, y pensó que no podía dejar las cosas así—. Por lo demás, todo sigue igual que ayer. Así que supongo que, por lo menos en un futuro cercano, ya no pronunciarás esa palabra que estaba esperando que pronunciaras, ¿verdad?

Isabella no respondió. Edward se pasó una mano por el pelo con gesto cansado.

—Mañana tendremos un día largo y difícil —comentó, despojándose de la chaqueta y lanzándola sobre una silla cercana. Luego se quitó la corbata y comenzó a desabrocharse los gemelos—. Será mejor que nos vayamos a dormir.

Isabella alzó en aquel instante la mirada y parpadeó varias veces, sorprendida, como si hubiera interrumpido sus reflexiones.

—¿Qué? Oh —se levantó también—. Sí, supongo que tienes razón. Buenas noches, Edward.

Estaba en lo cierto, se dijo mientras la veía alejarse por el pasillo. Isabella Volturi no iba a romperse ni a venirse abajo por culpa de Edward Cullen. No se había derrumbado cuando la acusaron de asesinato, ni tampoco mientras estuvo en la cárcel.

Por dentro, seguía siendo de acero... Pero entonces... ¿qué habría querido decir cuando le confesó que, en su caso, lo que existía entre ellos podría no ser suficiente para ella? ¿Era posible que...?

Estás chiflado, se recriminó, súbitamente furioso. Isabella ya había soportado a un miserable en su vida, y cuando estuviera dispuesta a probar suerte con otro hombre, era seguro que se tomaría su tiempo. Se mostraría cauta y precavida. Y lista. Esa vez se buscaría a alguien digno de ella. No se conformaría con menos. Seguía deseándola. Pero no podía tenerla. La ayudaría a recuperar a su hija y luego saldría de su vida.

—Edward.

Levantó la mirada, sobresaltado. Isabella se hallaba en la puerta de la habitación de invitados. Y aunque había vuelto a cruzar los brazos sobre el pecho, en esa ocasión no había nada de defensivo en su actitud.

—El caso es que todavía no me has dicho cuál es esa maldita palabra que querías,

y todavía sigues queriendo, que pronuncie... —le espetó con tono impaciente—. ¿Cómo

diablos puedo hacerlo si ni siquiera sé cuál es?

Hola!

Espero que les haya gustado, creo que ha sido uno de los capítulos mas emocionantes hasta ahora.

Gracias por sus reviews, follows y likes.

Un abrazo al estilo Emmett!