Hola... Sorpresa capitulo mas largo ... espero que les guste... Hasta Pronto!

El día pasó lo mismo que el anterior. La señora Hurst y la señorita Mc. Carty habían estado por la mañana unas horas al lado de la enferma, que seguía mejorando, aunque lentamente. Por la tarde Isabella se reunió con ellas en el salón. Pero no se dispuso la mesa de juego acostumbrada. Cullen escribía y la señorita Mc. Carty, sentada a su lado, seguía el curso de la carta, interrumpiéndole repetidas veces con mensajes para su hermana. El señor Hurst y Mc. Carty jugaban al piquet y la señora Hurst contemplaba la partida.

Isabella se dedicó a una labor de aguja, y tenía suficiente entretenimiento con atender a lo que pasaba entre Cullen y su compañía. Los constantes elogios de ésta a la caligrafía de Cullen, a la simetría de sus renglones o a la extensión de la carta, así como la absoluta indiferencia con que eran recibidos, constituían un curioso diálogo que estaba exactamente de acuerdo con la opinión que Isabella tenía de cada uno de ellos.

––¡Qué contenta se pondrá la señorita Cullen cuando reciba esta carta!

Él no contestó.

––Escribe usted más deprisa que nadie. ––Se equivoca. Escribo muy despacio.

––¡Cuántas cartas tendrá ocasión de escribir al cabo del año! Incluidas cartas de negocios. ¡Cómo las detesto!

––Es una suerte, pues, que sea yo y no usted, el que tenga que escribirlas.

––Le ruego que le diga a su hermana que deseo mucho verla.

––Ya se lo he dicho una vez, por petición suya.

––Me temo que su pluma no le va bien. Déjeme que se la afile, lo hago increíblemente bien.

––Gracias, pero yo siempre afilo mi propia pluma.

––¿Cómo puede lograr una escritura tan uniforme?

Darcy no hizo ningún comentario.

––Dígale a su hermana que me alegro de saber que ha hecho muchos progresos con el arpa; y le ruego que también le diga que estoy entusiasmada con el diseño de mesa que hizo, y que creo que es infinitamente superior al de la señorita Grantley.

––¿Me permite que aplace su entusiasmo para otra carta? En la presente ya no tengo espacio para más elogios.

––¡Oh!, no tiene importancia. La veré en enero. Pero, ¿siempre le escribe cartas tan largas y encantadoras, señor Cullen?

––Generalmente son largas; pero si son encantadoras o no, no soy yo quien debe juzgarlo.

––Para mí es como una norma, cuando una persona escribe cartas tan largas con tanta facilidad no puede escribir mal.

––Ese cumplido no vale para Cullen, Victoria ––interrumpió su hermano––, porque no escribe con facilidad. Estudia demasiado las palabras. Siempre busca palabras complicadas de más de cuatro sílabas, ¿no es así, Cullen?

––Mi estilo es muy distinto al tuyo.

––¡Oh! ––exclamó la señorita Mc. Carty––. Emmett escribe sin ningún cuidado. Se come la mitad de las palabras y emborrona el resto.

––Las ideas me vienen tan rápido que no tengo tiempo de expresarlas; de manera que, a veces, mis cartas no comunican ninguna idea al que las recibe.

––Su humildad, señor Mc. Carty ––intervino Isabella––, tiene que desarmar todos los reproches.

––Nada es más engañoso ––dijo Cullen–– que la apariencia de humildad. Normalmente no es otra cosa que falta de opinión, y a veces es una forma indirecta de vanagloriarse.

––¿Y cuál de esos dos calificativos aplicas a mi reciente acto de modestia?

––Una forma indirecta de vanagloriarse; porque tú, en realidad, estás orgulloso de tus defectos como escritor, puesto que los atribuyes a tu rapidez de pensamientos y a un descuido en la ejecución, cosa que consideras, si no muy estimable, al menos muy interesante. Siempre se aprecia mucho el poder de hacer cualquier cosa con rapidez, y no se presta atención a la imperfección con la que se hace. Cuando esta mañana le dijiste a la señora Swan que si alguna vez te decidías a dejar Netherfield, te irías en cinco minutos, fue una especie de elogio, de cumplido hacia ti mismo; y, sin embargo, ¿qué tiene de elogiable marcharse precipitadamente dejando, sin duda, asuntos sin resolver, lo que no puede ser beneficioso para ti ni para nadie?

––¡No! ––exclamó Mc. Carty––. Me parece demasiado recordar por la noche las tonterías que se dicen por la mañana. Y te doy mi palabra, estaba convencido de que lo que decía de mí mismo era verdad, y lo sigo estando ahora. Por lo menos, no adopté innecesariamente un carácter precipitado para presumir delante de las damas.

––Sí, creo que estabas convencido; pero soy yo el que no está convencido de que te fueses tan aceleradamente. Tu conducta dependería de las circunstancias, como la de cualquier persona. Y si, montado ya en el caballo, un amigo te dijese: «Mc. Carty, quédate hasta la próxima semana», probablemente lo harías, probablemente no te irías, y bastaría sólo una palabra más para que te quedaras un mes.

––Con esto sólo ha probado ––dijo Isabella–– que Mc. Carty no hizo justicia a su temperamento.

Lo ha favorecido usted más ahora de lo que él lo había hecho.

––Estoy enormemente agradecido ––dijo Mc. Carty por convertir lo que dice mi amigo en un cumplido. Pero me temo que usted no lo interpreta de la forma que mi amigo pretendía; porque él tendría mejor opinión de mí si, en esa circunstancia, yo me negase en rotundo y partiese tan rápido como me fuese posible.

––¿Consideraría entonces el señor Cullen reparada la imprudencia de su primera intención con la obstinación de mantenerla?

––No soy yo, sino Cullen, el que debe explicarlo.

––Quieres que dé cuenta de unas opiniones que tú me atribuyes, pero que yo nunca he reconocido.

Volviendo al caso, debe recordar, señorita Swan, que el supuesto amigo que desea que se quede y que retrase su plan, simplemente lo desea y se lo pide sin ofrecer ningún argumento.

––El ceder pronto y fácilmente a la persuasión de un amigo, no tiene ningún mérito para usted. ––

El ceder sin convicción dice poco en favor de la inteligencia de ambos.

––Me da la sensación, señor Cullen, de que usted nunca permite que le influyan el afecto o la amistad. El respeto o la estima por el que pide puede hacernos ceder a la petición sin esperar ninguna razón o argumento. No estoy hablando del caso particular que ha supuesto sobre el señor Mc. Carty. Además, deberíamos, quizá, esperar a que se diese la circunstancia para discutir entonces su comportamiento. Pero en general y en casos normales entre amigos, cuando uno quiere que el otro cambie alguna decisión, ¿vería usted mal que esa persona complaciese ese deseo sin esperar las razones del otro?

––¿No sería aconsejable, antes de proseguir con el tema, dejar claro con más precisión qué importancia tiene la petición y qué intimidad hay entre los amigos?

––Perfectamente ––dijo Mc. Carty––, fijémonos en todos los detalles sin olvidarnos de comparar estatura y tamaño; porque eso, señorita Swan, puede tener más peso en la discusión de lo que parece. Le aseguro que si Cullen no fuera tan alto comparado conmigo, no le tendría ni la mitad del respeto que le tengo. Confieso que no conozco nada más imponente que Cullen en determinadas ocasiones y en determinados lugares, especialmente en su casa y en las tardes de domingo cuando no tiene nada que hacer.

El señor Cullen sonrió; pero Isabella se dio cuenta de que se había ofendido bastante y contuvo la risa. La señorita Mc. Carty se molestó mucho por la ofensa que le había hecho a Cullen y censuró a su hermano por decir tales tonterías.

––Conozco tu sistema, Mc. Carty ––dijo su amigo––. No te gustan las discusiones y quieres acabar ésta.

––Quizá. Las discusiones se parecen demasiado a las disputas. Si tú y la señorita Swan posponéis

la vuestra para cuando yo no esté en la habitación, estaré muy agradecido; además, así podréis decir todo lo que queráis de mí.

––Por mi parte ––dijo Isabella ––, no hay objeción en hacer lo que pide, y es mejor que el señor

Cullen acabe la carta.

Cullen siguió su consejo y acabó la carta. Concluida la tarea, se dirigió a la señorita Mc. Carty y a

Isabella para que les deleitasen con algo de música. La señorita Mc. Carty se apresuró al piano, pero antes de sentarse invitó cortésmente a Isabella a tocar en primer lugar; ésta, con igual cortesía y con toda sinceridad rechazó la invitación; entonces, la señorita Mc. Carty se sentó y comenzó el concierto.

La señora Hurst cantó con su hermana, y, mientras se empleaban en esta actividad, Isabella no podía evitar darse cuenta, cada vez que volvía las páginas de unos libros de música que había sobre el piano, de la frecuencia con la que los ojos de Cullen se fijaban en ella. Le era difícil suponer que fuese objeto de admiración ante un hombre de tal categoría; y aun sería más extraño que la mirase porque ella le desagradara. Por fin, sólo pudo imaginar que llamaba su atención porque había algo en ella peor y más reprochable, según su concepto de la virtud, que en el resto de los presentes. Esta suposición no la apenaba.

Le gustaba tan poco, que la opinión que tuviese sobre ella, no le preocupaba.

Después de tocar algunas canciones italianas, la señorita Bingley varió el repertorio con un aire escocés más alegre; y al momento el señor Cullen se acercó a Isabella y le dijo:

––¿Le apetecería, señorita Swan, aprovechar esta oportunidad para bailar un reel?

Ella sonrió y no contestó. Él, algo sorprendido por su silencio, repitió la pregunta.

––¡Oh! ––dijo ella––, ya había oído la pregunta. Estaba meditando la respuesta. Sé que usted

querría que contestase que sí, y así habría tenido el placer de criticar mis gustos; pero a mí me encanta echar por tierra esa clase de trampas y defraudar a la gente que está premeditando un desaire. Por lo tanto,he decidido decirle que no deseo bailar en absoluto. Y, ahora, desáireme si se atreve.

––No me atrevo, se lo aseguro.

Ella, que creyó haberle ofendido, se quedó asombrada de su galantería. Pero había tal mezcla de dulzura y malicia en los modales de Isabella, que era difícil que pudiese ofender a nadie; y Cullen nunca había estado tan ensimismado con una mujer como lo estaba con ella. Creía realmente que si no fuera por la inferioridadde su familia, se vería en peligro.

La señorita Bingley vio o sospechó lo bastante para ponerse celosa, y su ansiedad porque se

restableciese su querida amiga Rosalie se incrementó con el deseo de librarse de Isabella. Intentaba provocar a Cullen para que se desilusionase de la joven, hablándole de su supuesto matrimonio con ella y de la felicidad que esa alianza le traería.

––Espero ––le dijo al día siguiente mientras paseaban por el jardín–– que cuando ese deseado acontecimiento tenga lugar, hará usted a su suegra unas cuantas advertencias para que modere su lengua; y si puede conseguirlo, evite que las hijas menores anden detrás de los oficiales. Y, si me permite mencionar un tema tan delicado, procure refrenar ese algo, rayando en la presunción y en la impertinencia, que su dama posee.

––¿Tiene algo más que proponerme para mi felicidad doméstica?

––¡Oh, sí! Deje que los retratos de sus tíos, los Dwyer, sean colgados en la galería de Pemberley.

Póngalos al lado del tío abuelo suyo, el juez. Son de la misma profesión, aunque de distinta categoría. En cuanto al retrato de su Isabella, no debe permitir que se lo hagan, porque ¿qué pintor podría hacer justicia a sus hermosos ojos?

––Desde luego, no sería fácil captar su expresión, pero el color, la forma y sus bonitas pestañas podrían ser reproducidos.

En ese momento, por otro sendero del jardín, salieron a su paso la señora Hurst y Elizabeth.

––No sabía que estabais paseando ––dijo la señorita Mc. Carty un poco confusa al pensar que pudiesen haberles oído.

––Os habéis portado muy mal con nosotras ––respondió la señora Hurst–– al no decirnos que ibais a salir.

Y, tomando el brazo libre del señor Cullen, dejó que Isabella pasease sola. En el camino sólo cabían tres. El señor Cullen se dio cuenta de tal descortesía y dijo inmediatamente:

––Este paseo no es lo bastante ancho para los cuatro, salgamos a la avenida.

Pero Isabella, que no tenía la menor intención de continuar con ellos, contestó muy sonriente:

––No, no; quédense donde están. Forman un grupo encantador, está mucho mejor así. Una cuarta persona lo echaría a perder. Adiós.

Se fue alegremente regocijándose al pensar, mientras caminaba, que dentro de uno o dos días más estaría en su casa. Rosalie se encontraba ya tan bien, que aquella misma tarde tenía la intención de salir un par de horas de su cuarto.

Cuando las señoras se levantaron de la mesa después de cenar, Isabella subió a visitar a su hermana y al ver que estaba bien abrigada la acompañó al salón, donde sus amigas le dieron la bienvenida con grandes demostraciones de contento. Isabella nunca las había visto tan amables como en la hora que transcurrió hasta que llegaron los caballeros. Hablaron de todo. Describieron la fiesta con todo detalle, contaron anécdotas con mucha gracia y se burlaron de sus conocidos con humor.

Pero en cuanto entraron los caballeros, Rosalie dejó de ser el primer objeto de atención. Los ojos de la señorita Mc. Carty se volvieron instantáneamente hacia Cullen y no había dado cuatro pasos cuando ya tenía algo que decirle. El se dirigió directamente a la señorita Swan y la felicitó cortésmente. También el señor Hurst le hizo una ligera inclinación de cabeza, diciéndole que se alegraba mucho; pero la efusión y el calor quedaron reservados para el saludo de Mc. Carty, que estaba muy contento y lleno de atenciones para con ella. La primera media hora se la pasó avivando el fuego para que Rosalie no notase el cambio de un habitación a la otra, y le rogó que se pusiera al lado de la chimenea, lo más lejos posible de la puerta. Luego se sentó junto a ella y ya casi no habló con nadie más. Isabella, enfrente, con su labor, contemplaba la escena con satisfacción.

Cuando terminaron de tomar el té, el señor Hurst recordó a su cuñada la mesa de juego, pero fue en vano; ella intuía que a Cullen no le apetecía jugar, y el señor Hurst vio su petición rechazada inmediatamente. Le aseguró que nadie tenía ganas de jugar; el silencio que siguió a su afirmación pareció corroborarla. Por lo tanto, al señor Hurst no le quedaba otra cosa que hacer que tumbarse en un sofá y dormir. Cullen cogió un libro, la señorita Mc. Carty cogió otro, y la señora Hurst, ocupada principalmente en jugar con sus pulseras y sortijas, se unía, de vez en cuando, a la conversación de su hermano con la señorita Swan.

La señorita Mc. Carty prestaba más atención a la lectura de Cullen que a la suya propia. No paraba de hacerle preguntas o mirar la página que él tenía delante. Sin embargo, no consiguió sacarle ninguna conversación; se limitaba a contestar y seguía leyendo. Finalmente, angustiada con la idea de tener que entretenerse con su libro que había elegido solamente porque era el segundo tomo del que leía Cullen, bostezó largamente y exclamó:

––¡Qué agradable es pasar una velada así! Bien mirado, creo que no hay nada tan divertido como leer. Cualquier otra cosa en seguida te cansa, pero un libro, nunca. Cuando tenga––una casa propia serén desgraciadísima si no tengo una gran biblioteca.

Nadie dijo nada. Entonces volvió a bostezar, cerró el libro y paseó la vista alrededor de la habitación buscando en qué ocupar el tiempo; cuando al oír a su hermano mencionarle un baile a la señorita Swan, se volvió de repente hacia él y dijo:

––¿Piensas seriamente en dar un baile en Netherfield, Emmett? Antes de decidirte te aconsejaría que consultases con los presentes, pues o mucho me engaño o hay entre nosotros alguien a quien un baile le parecería, más que una diversión, un castigo.

––Si te refieres a Cullen ––le contestó su hermano––, puede irse a la cama antes de que empiece, si lo prefiere; pero en cuanto al baile, es cosa hecha, y tan pronto como Forge lo haya dispuesto todo, enviaré las invitaciones.

––Los bailes me gustarían mucho más ––repuso su hermana–– si fuesen de otro modo, pero esa clase de reuniones suelen ser tan pesadas que se hacen insufribles. Sería más racional que lo principal en ellas fuese la conversación y no un baile.

––Mucho más racional sí, Victoria; pero entonces ya no se parecería en nada a un baile.

La señorita Mc. Carty no contestó; se levantó poco después y se puso a pasear por el salón. Su figura era elegante y sus andares airosos; pero Cullen, a quien iba dirigido todo, siguió enfrascado en la lectura.

Ella, desesperada, decidió hacer un esfuerzo más, y, volviéndose a Isabella, dijo:

––Señorita Isa Swan, déjeme que la convenza para que siga mi ejemplo y dé una vuelta por el salón. Le aseguro que viene muy bien después de estar tanto tiempo sentada en la misma postura.

Isabella se quedó sorprendida, pero accedió inmediatamente. La señorita Mc. Carty logró lo que se había propuesto con su amabilidad; el señor Cullen levantó la vista. Estaba tan extrañado de la novedad de esta invitación como podía estarlo la misma Isabella; inconscientemente, cerró su libro. Seguidamente, le invitaron a pasear con ellas, a lo que se negó, explicando que sólo podía haber dos motivos para que paseasen por el salón juntas, y si se uniese a ellas interferiría en los dos. «¿Qué querrá decir?» La señorita Mc. Carty se moría de ganas por saber cuál sería el significado y le preguntó a Isabella si ella podía entenderlo.

––En absoluto ––respondió––; pero, sea lo que sea, es seguro que quiere dejarnos mal, y la mejor forma de decepcionarle será no preguntarle nada.

Sin embargo, la señorita Mc. Carty era incapaz de decepcionar a Cullen, e insistió, por lo tanto, en pedir que explica las dos razones.

––No tengo el más mínimo inconveniente en explicarlo ––dijo tan pronto como ella le permitió hablar––. Ustedes eligen este modo de pasar el tiempo o porque tienen que hacerse alguna confidencia o para hablar de sus asuntos secretos, o porque saben que paseando lucen mejor su figura; si es por lo primero, al ir con ustedes no haría más que importunarlas; y si es por lo segundo, las puedo admirar mucho mejor sentado junto al fuego.

––¡Qué horror! ––gritó la señorita Mc. Carty––. Nunca he oído nada tan abominable. ¿Cómo podríamos darle su merecido?

––Nada tan fácil, si está dispuesta a ello ––dijo Isabella––. Todos sabemos fastidiar y mortificarnos unos a otros. Búrlese, ríase de él. Siendo tan íntima amiga suya, sabrá muy bien cómo hacerlo.

––No sé, le doy mi palabra. Le aseguro que mi gran amistad con él no me ha enseñado cuáles son sus puntos débiles. ¡Burlarse de una persona flemática, de tanta sangre fría! Y en cuanto a reírnos de él sin más mi más, no debemos exponernos; podría desafiarnos y tendríamos nosotros las de perder.

––¡Que no podemos reírnos del señor Cullen! ––exclamó Isabella––. Es un privilegio muy extraño, y espero que siga siendo extraño, no me gustaría tener muchos conocidos así. Me encanta reírme.

––La señorita Mc. Carty ––respondió Cullen–– me ha dado más importancia de la que merezco. El más sabio y mejor de los hombres o la más sabia y mejor de las acciones, pueden ser ridículos a los ojos de una persona que no piensa en esta vida más que en reírse.

––Estoy de acuerdo ––respondió Isabella––, hay gente así, pero creo que yo no estoy entre ellos.

Espero que nunca llegue a ridiculizar lo que es bueno o sabio. Las insensateces, las tonterías, los caprichos y las inconsecuencias son las cosas que verdaderamente me divierten, lo confieso, y me río de ellas siempre que puedo. Pero supongo que éstas son las cosas de las que usted carece.

––Quizá no sea posible para nadie, pero yo he pasado la vida esforzándome para evitar estas debilidades que exponen al ridículo a cualquier persona inteligente.

––Como la vanidad y el orgullo, por ejemplo.

––Sí, en efecto, la vanidad es un defecto. Pero el orgullo, en caso de personas de inteligencia superior, creo que es válido.

Isabella tuvo que volverse para disimular una sonrisa.

––Supongo que habrá acabado de examinar al señor Cullen ––dijo la señorita Mc. Carty , y le ruego que me diga qué ha sacado en conclusión.

––Estoy plenamente convencida de que el señor Cullen no tiene defectos. Él mismo lo reconoce claramente.

––No ––dijo Cullen––, no he pretendido decir eso. Tengo muchos defectos, pero no tienen que ver con la inteligencia. De mi carácter no me atrevo a responder; soy demasiado intransigente, en realidad, demasiado intransigente para lo que a la gente le conviene. No puedo olvidar tan pronto como debería las insensateces y los vicios ajenos, ni las ofensas que contra mí se hacen. Mis sentimientos no se borran por muchos esfuerzos que se hagan para cambiarlos. Quizá se me pueda acusar de rencoroso. Cuando pierdo la buena opinión que tengo sobre alguien, es para siempre.

––Ése es realmente un defecto ––replicó Isabella––. El rencor implacable es verdaderamente una sombra en un carácter. Pero ha elegido usted muy bien su defecto. No puedo reírme de él. Por mi parte, está usted a salvo.

––Creo que en todo individuo hay cierta tendencia a un determinado mal, a un defecto innato, que ni siquiera la mejor educación puede vencer.

––Y ese defecto es la propensión a odiar a todo el mundo.

––Y el suyo respondió él con una sonrisa–– es el interpretar mal a todo el mundo intencionadamente. ––Oigamos un poco de música ––propuso la señorita Mc. Carty, cansada de una conversación en la que no tomaba parte––. Louisa, ¿no te importará que despierte al señor Hurst? Su hermana no opuso la más mínima objeción, y abrió el piano; a Cullen, después de unos momentos de recogimiento, no le pesó. Empezaba a sentir el peligro de prestarle demasiada atención a Isabella.