Las horas habían pasado sin piedad, e inclusive un par transcurrieron desde que el sol había deslumbrado nuevamente con su brillo y calidez, iniciando un nuevo y activo día. Al menos en el cielo.

Nuevamente, Yuuri se encontraba sumamente consciente del tiempo transcurrido y de cuánto faltaba para su destino. Prácticamente la nada misma… Sólo esperaba que no hubiese un mal tiempo.

¿Cuál era la gracia de volver un día de lluvia a donde tus seres queridos? Ninguna, no había, no existía.

Al menos tenía un punto a su favor. Ya debería estar pasando de invierno a primavera y, por consiguiente, las temperaturas probablemente subirían, paulatinamente.

Si llego a tener la suerte de encontrar un retoño precoz… ―Podría deslumbrarse con un hermoso escenario rosa. Algo tranquilizante para poder enfrentar de mejor manera aquel reencuentro, que sabía, estaría repleto de lágrimas por todas partes. Incluso él, que antes había pasado más tiempo lejos de su familia, sentía la necesidad de verlos.

Su ansiedad le carcomía hasta el hueso, y el no poder saber con exactitud en qué momento el avión comenzaría la labor de aterrizaje, tan sólo le exasperaba más. Con la yema de sus dedos marcaba un ritmo inquietante encima de los brazos de su asiento. Mismo, que irónicamente, coordinaba de manera armoniosa con otra pulsación completamente diferente, efectuada por sus inquietos pies.

La mirada azul verdosa del menor a su lado le recorría de pies a cabeza. A medida que los segundos pasaban, haciéndose minutos, y posteriormente horas, notaba cómo crecía el malestar en su interior.

Soltó un suspiro, sabiendo de antemano que, si él no lo distraía, nada lo haría.

―Hace un bonito día, eh. ―Comentó Yuri, dedicando una mirada al exterior por la ventana, y luego, sutilmente, dirigiendo aquella al mayor.

― ¿Eh? ―Lo había pillado en mal momento. Tal cual sufriese déficit atencional, pestañeó repetidas veces, dirigiendo su mirada de izquierda a derecha. Como si algo o alguien pudiese repetirle las palabras que el menor acababa de decir. ― ¿Qué…?

―Dije. ―Repuso de inmediato. ―Que hace un bonito día.

Sólo entonces Yuuri se percató del cielo despejado que yacía bajo ellos. Una sutil sonrisa se posó en sus labios, y asintió con levedad.

―Ya falta poco, ¿No es así?

―Es así.

―Y cuando lleguemos…

―Será hora y media en tren hasta Hasetsu, sí.

En aquellos años, Yuri ya se sabía la ruta de memoria. Pero no hacía falta, no era necesario que aquello, el mayor, lo supiese. Así lo había decidido, y así, todos había respetado su postura.

Yuuri se posicionó mejor en su asiento, y por la colocación que guardaba, el rubio no tardó en darse cuenta de que algo quería preguntarle. Algo lo mantenía inquieto. Algo…

―Cuando lleguemos… ―Repitió en un susurro, pasando saliva luego. Tanta espera desesperaba un poco a Yuri. ―Ellos…

Tardó un par de segundos en asimilar a quiénes se refería con «ellos». Pero apenas lo supo, sus labios formaron una perfecta «o». Golpeó su diestra en forma de puño, contra su siniestra perfectamente estirada en sentido horizontal.

―Hasta donde sé, nos encontraremos en el Onsen con tu familia. ―Mostró una gentil sonrisa, calmando en cierto grado la inquietud de Yuuri con esa respuesta.

Entonces el castaño posó su mano sobre su camisa, y arrugó aquella, tratando de hacerse a la idea.

―Así que será hora y media más… ―Aquel hermoso brillo de expectación se mostraba en sus ojos.

o ―

Había un par de nubes en el cielo de la prefectura cuando aterrizaron, pero nada que realmente lograra perturbar a ambos jóvenes. La bajada junto a la búsqueda de maletas habían sido lo suficientemente aceleradas como para preocuparse por eso.

Yuuri se movía de un lado a otro, tomando su ligero bolso, dejándolo en el suelo, volviendo a cargarlo, y así, en lo que el menor intentaba encontrar su muy reconocible maleta con diseño de Animal Print.

Cuando por fin Yuri pudo volver a donde el mayor, aquel se encontraba echo una bola de nervios. No era necesario conocerlo para saber que, efectivamente, era así.

Llegó al punto de no haberse dado cuenta de que el rubio había llegado, dándole un golpe directo a su orgullo.

―Yuuri… ―Quiso llamar su atención, dando una última revisada a que todo estuviese en orden. ― ¡Yuuri! ―Elevó un tanto la voz. Sólo entonces la corrida en círculos que el nombrado efectuaba, paró.

― ¿A-Ah…? ¿Ya? ¿Encontraste tu maleta? ―Preguntó lo obvio, recayendo su mirada en el objeto. ―Genial…

Un esbozo de sonrisa mostró el rubio, dándole un poco de gracia la situación. Con los años había tenido que cultivar algo llamado paciencia. Ahora mismo, agradecía haberlo hecho.

―Hay que ir al tren. ―Informó, comenzando a caminar con su maleta apoyada en sus ruedas. ―Recuerdas dónde queda la estación, ¿Cierto?

Yuuri asintió, apuntando con su dedo índice hacia el fondo de la sala, donde un pasillo conectaba directamente el aeropuerto, con la estación más cercana del transporte que ellos debían ocupar.

―Por… ―Una cabellera le llamó un tanto la atención. Negó levemente, tratando de centrarse y no divagar. ―Allá…

Una corazonada le dio. No dijo absolutamente nada más, y comenzó a caminar. Aquel cabello… Esa forma, ese color…

Antes de que pudiese darse cuenta, sus piernas habían pasado de caminar, a trotar, a finalmente correr, dejando muy atrás al que había sido su acompañante, su amigo, en toda la recuperación que había pasado en el mes y algo en Rusia.

Su rodilla dejó de importar, dejó de doler. Sólo quería llegar más, y más rápido. Su corazón latía a mil, tiñendo de rojizo sus mejillas. La respiración se le agitaba debido al ejercicio que realizaba. Sus ojos, sin explicación alguna, se llenaban de lágrimas.

La muleta había quedado metros atrás de él, olvidada.

Y es que… Ahí estaban. No los veía, su ceguera no ayudaba en nada. Pero lo sabía. Muy en su interior, algo se lo gritaba, a los cuatro vientos. ¡Allí estaba su familia!

Ni siquiera por un segundo se detuvo a pensar, a esperar al rubio. Por primera vez no temía mostrarse débil. Realmente no sabía si era esa o no la palabra, pero la cosa era que no temía demostrarlo.

Necesitaba, anhelaba poder estar en los brazos de su madre. Que su padre le dijese alguna tontería con respecto a su equipo favorito de fútbol. Que Mari le lanzase, sin malas intenciones, el humo de su cigarro en la cara.

Sus piernas comenzaron a temblar del esfuerzo. Su nariz escocía, amenazando con un futuro llanto. Su pecho delataba, además de su respiración, lo agitado que se hallaba.

Las lágrimas finalmente salieron, estando a metros de su objetivo.

― ¡Mamá! ―Salió el grito de su alma.

La señora, antes dándole la espalda, giró sobre sus talones ante ese llamado. Su expresión demostraba pura sorpresa. Aunque no se demoró nada en poder esbozar su más radiante sonrisa, esa que dedicaba con todo el amor maternal que poseía.

― ¡Yuuri!

No se había equivocado.

Tal cual una novela, la madre corrió al hijo, y apenas pudieron tener contacto físico, se fundieron en un cálido y tan anhelado abrazo.

Las lágrimas del joven siguieron saliendo aún al estar siendo rodeado por los brazos de su progenitora. De hecho, la intensidad se incrementó.

Por fin un lugar que conocía, por fin personas que conocía de toda su vida. Por fin sentía que encajaba en donde se encontraba. No se había dado cuenta sino hasta ese momento, de la falta que su madre le hacía, de lo mucho que la necesitaba. Era algo inesperado.

Hiroko intentó apaciguar su llanto, proporcionándole suaves caricias en el cabello y espalda, haciéndole saber que allí se hallaba, ahí estaba para cuando le necesitara.

―Mamá… Mamá… ―Repetía. No era que fuese malagradecido. No era que antes no hubiese pasado tiempo lejos de ella. Pero ahora era distinto. Había estado en el borde de la vida y la muerte. Estuvo a nada de pasar de largo y… Nunca se había detenido a pensar en algo como eso. Que su vida le fuese arrebatada de un momento a otro. ―Lamento tanto haber tardado en llegar…

Ambos sabían a lo que se refería. Ambos compartían la culpa de dicho viaje espontáneo. Fue entonces cuando delgadas lágrimas recorrieron la tez morena de Hiroko, haciendo callar a su retoño.

―Eso no importa, eso no importa… ―Le respondió. Yuuri nunca había sido de los que se dejaran abrazar en momentos difíciles, así que, si en este momento la necesitaba de manera tal que ni estando en el aeropuerto le daba pudor, pues ella le correspondería con el máximo de su ser. ―Lo importante es que llegaste. ―Mostró una suave sonrisa, elevando su rostro con tal de ver el empapado de su hijo.

No tardó nada en limpiar las lágrimas que caían, apartando los lentes de su hijo.

Al cabo de un par de segundos, poco menos de un minuto, Yuuri acabó por calmarse, tratando también de normalizar su respiración. El sonroso en sus mejillas y nariz había permanecido, delatándole por un par de minutos más en su reciente llanto.

Hiroko le dedicó una sonrisa. Yuuri la imitó. Entonces la mayor volvió a poner los lentes a su retoño, ladeando levemente su cabeza.

―Bienvenido, Yuuri. ―Fueron las dulces palabras que salieron de los rosados de su madre.

―Llegué a casa, mamá… ―Susurró de vuelta Yuuri.

Justamente allí, irrumpiendo con un sigilo incomparable en la escena, Toshida se infiltró, proporcionándole un suave golpe en la espalda baja a su hijo.

― ¡Cómo que casa! ―Soltó riendo el viejo. Lágrimas no demostraba, mas no hacía falta. Ellos le conocían, de toda la vida. Sabían cuándo su ser estaba conmovido. ― ¡Aún no llegamos a casa! ―Repuso.

― ¡Papá…! ―Se quejó levemente el joven. Aquello había dolido, más al ser un ataque inesperado. ―Papá. ―Saludó entonces, debidamente.

El viejo mostró una sonrisa, negándose el llorar. Pero la emoción de tener nuevamente a su hijo, consciente, moviéndose, en su patria, podía con él. Y eso no señores, la cabeza de los Katsuki no se mostraría de esa forma.

― ¡Ya vamos a casa! Debes estar exhausto por el viaje. ―Excusó el mayor su forma de actuar, tomando el bolso de su hijo, y comenzando a caminar, imitando a un troll.

Madre e hijo compartieron un par de carcajadas, amenizando la atmosfera no sólo de ellos, si no de quienes lo rodeaban.

Ajeno a la escena de reencuentro, Yuri se había quedado atrás. Recogiendo tanto la muleta que el mayor había dejado caer, como su orgullo que en algún momento se había caído por allí.

Una sonrisa un tanto apagada se había fijado en su rostro, a medida que avanzaba de manera lenta, sin querer realmente entrometerse en dicho suceso.

Cuando estaba a nada de recoger la bufanda de Yuuri, que no entendía cómo ni sabía en qué momento se había caído, otra persona se le adelantó, elevándole, y llamando su atención.

―Supongo que a partir de ahora tendremos que llamarte Yura. ―Escuchó de buenas a primeras Yuri, en vez de algún tipo de saludo.

Tan sólo se encogió de hombros, enderezándose, y posando su mano en el hombro de la fémina.

―Por favor, Mari.

―Waa. Todo era tan fácil cuando podía llamarte Yurio.

Tras eso, comenzaron a caminar, siguiendo al trío bullicioso con tal de no perderles el rastro, ni que se fueran en distintos vagones del tren.