Capítulo 11

No se ha secado la mar

Los personajes de Candy Candy son propiedad de Mizuki e Igarashi y TOEI Animation Co., 1976. Usados en este Fic sin fines de lucro.

Este capítulo contiene una escena de naturaleza fuerte. Por favor, si estas escenas te ofenden o dañan tu pudor, te invito a que te abstengas de leerlo.

Terry conservó a la chica entre sus brazos. Jamás se había sentido tan feliz, trató de ser coherente; primero tenía que averiguar qué era lo que ella sentía por él pero no había podido controlarlo. Ella estaba ahí a unos cuántos centímetros, después de tanto tiempo soñándola ella estaba frente a él, mas hermosa que nunca, más mujer. Hundió su rostro en los rubios rizos y se dispuso a disfrutar de la primera vez en que la tenía en sus brazos sin robarle el abrazo o aprisionarla. Esta vez ella se había arrojado a él como tantas veces lo había soñado y estaba feliz de verlo.

Por su parte, Candy se hundió en los brazos de Terry con alegría. Su último encuentro no había sido como lo hubiera deseado. Se sintió extraña en los brazos de su amigo. No deseaba lastimarlo y probablemente este abrazo podría confundirlo. Trató de apartarse un poco de Terry, pero la fuerza con que él la aprisionaba la debilitaba.

-¡Terry! – fue lo único que logró articular mientras intentaba separarse de él. El viento sopló trayendo un aroma conocido para la rubia. Nuevamente quiso liberarse pero su amigo no daba señales de ceder.

Ella podía sentir la presencia de Stear, no era necesario verlo. Sabía que estaba ahí. Se estremeció, esa fue la única reacción de la que tuvo respuesta por parte de Terry pues cuando sintió su estremecimiento la liberó despacio, muy despacio. El muchacho tenía las emociones a flor de piel, las lágrimas por poco lo traicionan, pero en su lugar apareció una delicada sonrisa. En cuanto la liberó sintió frío y como reacción la atrajo una vez más hacia él.

Alistear apretó los puños. Una sensación de miedo lo invadió de pronto. Fue un extraño sentimiento que entró por sus ojos, se apoderó de su cabeza y se irradió en forma de un poderoso calor que lo envolvió casi despiadadamente. La sonrisa que traía al caminar emocionado hacia la puerta principal del nosocomio desapareció casi por arte de magia. Había hecho una excepción a su costumbre de esperar en casa a Candice. Sus planes de volver a casa habían sido aplazados por dos semanas debido a la tremenda demanda de personal médico en los hospitales londinenses. Pero este era su último día en el viejo continente, a la mañana siguiente debían tomar el trasatlántico que los llevaría a casa desde el puerto de Southampton; esa era la razón principal por la que Stear y Candy habían decidido pasear por la ciudad. La conversación con su novia durante la noche anterior cobró vida en su cabeza:

-Pero estarás desvelada Candy... ¿no importa?

-¡Claro que no! Ya tendré tiempo de descansar durante el viaje –había respondido con entusiasmo la rubia.

-Muy bien, si eso es lo que quieres, entonces mañana estaré aquí cuando termines tu guardia – Alistear se acercó y se despidió con un beso.

-Muy bien – ella no lo dejó que partiera, el beso recibido había sido demasiado fugaz para su gusto, lo detuvo y lo aprisionó, buscó sus labios y le concedió un apasionado beso; uno de esos que eran difíciles de terminar, un delicioso encuentro en que sus lenguas jugaron e indagaron hambrientas la boca que los recibía.

Ese solo recuerdo le bastó al joven Cornwell para armarse de valor. Candice White Andrew era su novia, más aún, se había entregado a él y a su vez, él se había entregado a ella. Nada ni nadie lograría separarlos.

La intensidad del fuego en su mirada como clara consecuencia de los celos se redujo, irguió su postura, clavó sus ojos profundos en la chica y caminó con seguridad hacia la pareja que en esos segundos mantenía el abrazo. Trató de esbozar su mejor sonrisa.

-¡Hola Candy! – el joven se esforzó por sonar lo más natural posible, pero ¡Diablos! Ahora entendía que su sangre también podía hervir de celos del mismo modo que hervía con facilidad la de su hermano menor.

-¡Stear! – como respuesta el cuerpo de la chica tembló ligeramente, sus músculos se tensaron y su voz sonó nerviosa; esa reacción no pasó desapercibida para el joven aristócrata que la liberaba de sus brazos porque ella así lo quiso con su pronta reacción.

-¡Buenos días! – Alistear no había decidido si sería bueno compartir con Terry su secreto tan pronto, se inclinó y besó la mejilla de su novia. El sonrojo de siempre por la cercanía del piloto se hizo evidente en la enfermera, pero no hubo mucho tiempo de pensar en ello -. Hola Terry – saludó Stear – me da gusto verte -, el muchacho no mentía. Su voz sonaba sincera y su sonrisa tenía la calidez de siempre mientras le extendía su mano al joven frente a él.

-¡Alistear Cornwell! – también Terry se escuchaba muy feliz de ver al recién llegado. Estaba contento por verlos sanos y salvos, pero le costaba mucho trabajo demostrar sus sentimientos hacia quienes no tenía mucha confianza.

Una cierta tensión, justificada por Terry por los años que no se habían visto se mantuvo en el aire. Era una mañana fría que obedecía al invierno rudo, pero hubo más frío en los corazones de los chicos por el nerviosismo de Stear y Candy.

-Así que... –Alistear fue el primero en hablar; si Terry Grandchester tenía intenciones de recuperar a Candy, era mejor saberlo de una vez por todas y... muy importante: Era mejor que de una vez por todas supiera que Candy no era una mujer libre - ¿Cómo es que estás en Londres? – preguntó intrigado –, es decir, todos estamos yendo a América, pero tú vienes en sentido contrario.

Candy se heló ante la pregunta de su novio, tampoco estaba segura de querer escuchar la respuesta. Terry notó el nerviosismo de la pecosa, la miró curioso y después llevó su mirada hacia Alistear, sonrió ligeramente, como si tuviera la situación en sus manos. Optó su pose de autosuficiencia y control, con voz aterciopelada respondió amparado en un tono de cierta indiferencia-:

-Vine a los funerales de mi abuelo – el aristócrata reconoció que sus amigos respiraron con alivio y los escudriñó con detenimiento – mi padre me dijo que seguían en Londres y vine a buscarlos -. Una mirada de incredulidad se reflejó en el rostro del piloto, gesto que no pasó desapercibido. Terry era muy audaz y perspicaz, nada había que escapara de sus instintos, pero no quiso hacer comentarios, tenía que reconocer el terreno que pisaba. Candy había permanecido en silencio, pero se atrevió a comentar:

-Es verdad. Stear y yo estuvimos en casa de tu padre la semana pasada para darle nuestras condolencias – tras el tono solemne que acompaña siempre este tipo de comentarios, había cierto nerviosismo que no deseaba ser expuesto. Candy bajó la mirada temiendo que su alegría por encontrarse con Terry pudiese ser mal interpretado por Stear. Alistear la notó contrariada. Todo su cuerpo le gritaba que debía hacer algo para demostrarle a la chica que todo estaba bien

-Sí. Me dijo mi padre – respondió el aristócrata sin perderse uno solo de los gestos de sus interlocutores – yo he venido a un homenaje póstumo que habrá en la Cámara de los Loores y estaré unos días con mi padre para hacerle compañía - ¿Les importa si los invito a desayunar?

La comunicación sin palabras que solo nace entre dos seres que se aman se hizo presente, la pareja acordó que era mejor aceptar la invitación de Terrence. Stear y Candy siguieron en su auto al auto de Terry mientras se dirigían a la villa Grandchester.

Terry en su auto trataba de analizar la escena que había contemplado. La pecosa estaba más bella de lo que recordaba, trataba de tranquilizar el desboque de su corazón por su cercanía pero no ocurría. Ciertamente estaba muy feliz por haberla visto nuevamente y estaba entusiasmado sobremanera, además, tenía que reconocer que su sangre se acelerara ante la maravillosa presencia de Candy. Y por supuesto, tenía que aceptar que habían ciertos celos al reconocer ese brillo en los ojos de la rubia, un brillo que no había visto jamás en ella, un brillo que no se había encendido por su presencia sino por la presencia de su primo. Pero había algo más en esta nueva Candy que se había convertido en una mujer.

-Debe ser por eso que llaman sentido de pertenencia. Quizás sea que mi vanidad está herida, no me gusta la confianza que percibo entre ellos. Aún más, debo reconocer todo lo que ella despierta en mí. Todo sigue tan vivo como cuando éramos unos quinceañeros escapando del colegio –. Pero había ese "algo" en ella, eso que no podía identificar. Terry trató de concentrarse en el camino, enfocó su mirada tratando de atravesar la espesa neblina que empezaba a cubrir la ciudad. El joven suspiró permitiendo que las cosas siguieran su curso, quizás con una buena charla podría descubrir algo más.

El camino era un tanto largo. La humedad y el frío ocasionaban que la neblina fuera más densa, sobre todo, al alejarse de la ciudad. Había que manejar unos cuántos kilómetros para poder llegar a la propiedad de la familia Grandchester.

Alistear había manejado en silencio. Estaba respetando el momento en que según él, Candy debía estar meditando sobre sus sentimientos. No percibió que estaba apretando el volante a tal punto que sus manos estaban blancas. No emitía ni una sola palabra. Aparentaba estar concentrado en el camino. Nada más lejos de la realidad. Tragó saliva, pero no se atrevía a preguntar nada a su novia.

Candy lo miraba nerviosa. Él era lo más importante para ella y deseaba hacérselo saber. Lo había contemplado también en silencio desde que empezó a manejar, nunca lo había visto de tal modo: Sus ojos concentrados en un punto invisible frente a él, sus facciones tensas, sus manos aferradas al volante y de vez en cuando suspirando discretamente. Candy extendió una de sus manos al muchacho para tocar su pierna. En ese momento fue como si la vida se hubiera apoderado nuevamente de Stear, el joven sintió que su sangre se entibiaba deliciosamente por el contacto de ella. Por un segundo desvió su mirada del camino para clavarlos en las esmeraldas y Candy descubrió la tristeza y el desconcierto en sus ojos. Por momentos era como un condenado esperando por su inevitable sentencia y de pronto parecía que se convertía en un gladiador que no cedería ante nadie.

-¿Estás bien Stear? – ella se esforzó por conciliar la situación; estaba muy preocupada por su novio.

En cuanto Stear la miró se supo más perdido que nunca. Pero no perdido en el hecho de que ella no lo amara, no, Alistear se sintió perdido porque más que nunca supo cuán grande era la influencia que esa chica tenía en su vida. Lo tenía en sus manos completamente. El joven piloto entonces la miró con profundidad, conocía el camino a la villa Grandchester, así que no era necesario que Terry lo guiara, como primer impulso se salió del camino, apagó las luces del auto y lo detuvo completamente. Sin previo aviso una de sus manos tomó el rostro de Candy y se acercó a ella para besarla más apasionadamente que nunca. La tenía aprisionado en su abrazo, deseaba asegurarse que ella lo seguía amando y se aferró a esa idea con devoción y casi desesperación. Candy correspondió al beso con la misma desesperación que lo recibía. Fue una caricia sublime que por un momento los llevó a ese mundo que solo les pertenecía a ellos.

-Te amo Candy – era una clara voz a medio tono que rayaba en la melancolía. Stear acarició la mejilla de la chica mientras la contemplaba confundido.

-Te amo Stear – Candy, como solía hacerlo, atrapó la enorme mano de su novio en su mejilla para obligarlo a que permaneciera allí. Mientras la acariciaba se aseguró de sonar tan sincera como fuera posible.

-Perdóname Candy – Stear, con la mano que ella tenía atrapada, acarició delicadamente la comisura de sus labios con su pulgar a través de suaves movimientos – me muero de celos – confesó – es nuevo para mí. No sé como manejarlo. Debes pensar que soy un tonto – Stear apartó su mirada avergonzado. Los altos pinos a lo largo del camino estaban cubiertos de lluvia, el pasto también estaba completamente mojado. Alistear miró fijamente las gotas que reposaban en el pasto.

-No te entiendo Stear ¿Qué es lo que debo perdonarte? – Candy se acercó más a su novio poniéndolo más nervioso de lo que ya estaba.

-Por un momento creí que te perdería y tuve mucho miedo – Stear abrió sus brazos para invitarla a venir a él, ella le sonrió con dulzura y aceptó la invitación de refugiarse en el pecho de su novio. Afuera del auto la lluvia no ofrecía tregua.

-Parece que después de todo no es un buen día para ir de paseo – Candy dibujó pequeños círculos en el dorso de la mano de Stear.

-Creo que debemos irnos. Terry empezará a preocuparse porque no llegamos – Alistear depositó un beso en la cabeza de Candy y apartó delicadamente de su lado.

-Sí. Será mejor que continuemos – Candy miró resignada el resto del camino.

-Aunque si lo prefieres puedo dar marcha atrás y encender el fuego en la chimenea del estudio en casa – le sonrió seductor mientras encendía el auto. De hecho, el joven prefería mil veces tenerla solo para él en la intimidad de su villa que compartirla con su ex novio -. ¡Rayos! ¿En qué estaba pensando cuando acepté venir a meterme a la boca del lobo? – pensó el piloto mientras se imaginaba un Terry con enormes fauces tratando de comerse a su linda corderita.

-¡No bromees Alistear Cornwell! Arranca el auto y vayamos a la villa Grandchester.

-De acuerdo, pero no creas que te dejaré dormir esta noche – le robó un nuevo y fugaz beso en los labios.

-Muy bien, veremos quién es quien no deja dormir a quién – le respondió la rubia con traviesa coquetería.

-¡Candice White Andrew! – se asombró Stear.

-¿Qué pasa? ¿Crees que solo tú puedes amenazarme? – le retó Candy.

Alistear Cornwell solamente se rió sintiendo cómo un calorcito se apoderaba de sus mejillas. Deseó con todas sus fuerzas que la noche llegara pronto. Aunque por el momento había que enfrentar un nuevo fantasma del pasado.

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En la villa, Terry estaba es el recibidor. Un lugar lleno de luz. Los enormes ventanales estaban diseñados para permitir que la iluminación natural predominara en la estancia la mayor parte del día. Contempló a su padre que a su vez, lo miraba tratando de adivinar lo que su vástago sentía.

-Me parece que con el paso del tiempo la vida empieza a demostrar que lo que antes parecía descabellado y hasta sin sentido puede ser posible-. El Duque de Grandchester tocó el hombro de su hijo que miraba fijamente hacia el portal esperando ver aparecer el auto de Alistear.

-¿Por qué lo dices padre? No te entiendo –Terrence arqueó la ceja sin dejar de mirar hacia el portal principal de la propiedad.

-Por tu expresión, es diferente a la que tenías esta mañana. Me parece más serena. Creo que descubriste que el dolor no era por lo que les había sucedido a ti y a Candy, sino más bien porque de alguna manera te aferrabas a algo que ya no existe – Terrence sintió la fuerte mano de su padre masajear suavemente su hombro. Se sintió extraño, era la primera vez que notaba ese tono en el Duque, pero le agradaba que hablara con él-. Creo que hoy descubriste que no hay nada ya entre tú y Miss Andrew.

-Es curioso padre, te confieso que tenía cierto temor, pero ya no siento pesar. ¿Cómo explicarlo? Si amo a Candy, pero me he dado cuenta que lo que ella siente por mí es diferente. Se ha esfumado. Quería saber qué era lo que sucedía por un encuentro con ella, sé que está feliz de verme, pero no hay nada en sus ojos o en su actitud que me haga pensar que ella me ame aún; sin embrago, me siento tranquilo; el pesar desapareció-. El muchacho miró a su padre, no sabía si era claro en lo que decía, de hecho, no estaba muy seguro de entender lo que estaba ocurriendo en su interior. Continuó con voz conciliatoria-: Me refiero al pesar que sentí tanto tiempo al lado de Susana, recordando constantemente a Candy.

-Creo que esa pena que experimentabas es porque recordabas a tu ex novia y te sentías perdido, pero ahora te sientes agradecido por haberla conocido – ahora el Duque se puso justo al lado de su hijo mirando también hacia el portal; como si los sentimientos del muchacho fueran un libro abierto-. Te sentías confundido y solo porque en el momento que las cosas sucedieron dejaste a un lado tu fuerza. No pudiste pensar en nada, solo en lo que se esperaba de ti – las manos del noble inglés se enlazaron en su espalda, se sentía como si él mismo estuviera reviviendo un pasaje de su vida-. Siempre que por diferentes circunstancias la vida te arrebata algo, es porque en algún momento te compensará – Richard Grandchester caminó hasta la mesa de té y sirvió una taza, era sumamente alto y seguro de sí mismo, con la fuerza del mar en su mirada – deberías esforzarte por buscar tu felicidad. Algo me dice que a partir de hoy así lo harás.

-Padre, he buscado la felicidad con ahínco y por alguna razón me es arrebatada siempre. No sé si tenga otra vez deseo de volver a empezar – Terry no había charlado con su padre desde su llegada, pero esta le parecía una buena oportunidad, la muerte del abuelo había logrado que su padre también se diera un tiempo de reflexión.

-Claro que puedes Terrence. Has descubierto que tienes la capacidad de amar. Esa chiquilla colegiala te demostró que sabes entregar el corazón y eso es algo que te pertenece, está dentro de ti – padre e hijo se miraron en desafío por la vida-. Ella no te ha quitado tu capacidad de amar -. Sé un ganador, muestra agradecimiento por lo que has vivido, haz que te entusiasmen las cosas pequeñas, deja atrás el pasado y vive cada día con la pasión que siempre has demostrado, no te permitas lamentarte o tenerte lástima, ese tiempo ya pasó, ahora es momento de ser feliz.

-Debo confesarte que nunca me había puesto a pensar con claridad desde que ocurrió el accidente de Susana. Amo a Candy, sin embargo, me parece que ha llegado el momento de liberarla o de liberarme – Terry sintió que su cuerpo seguía emocionándose por el recuerdo de la señorita pecas – ahora me siento más ligero y creo que tienes razón. Gracias padre.

En ese momento su padre llevó su mirada al auto que aparecía entre la neblina desde el portal, sonrió paternalmente, miró a su hijo y le brindó en esa mirada todo su apoyo.

-Creo que tienes razón padre, después de todo, no se ha secado la mar.

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-Necesitamos hablar – Patty se sintió como si fuera a ser colocada por su amiga en el banquillo de los acusados. Annie había entrado a su recámara prácticamente sin tocar, pero bueno, esa era una libertad que de vez en cuando se habían concedido las muchachas últimamente.

Percibió un ligero escalofrío, jamás se había puesto tan nerviosa ante la presencia de Annie Britter. Usualmente los papeles eran invertidos, usualmente era Patricia quien aconsejaba a su amiga. Su estómago le envió un dolor de característico nerviosismo. Habría deseado estar en la época del colegio, entonces sus mayores problemas se limitaban a cómo ocultar a Judy del cuerpo docente, pero ahora debía preocuparse de cómo ocultar lo que estaba sintiendo por Adam.

-Archie ha hablado contigo Annie – supuso, ¿por qué las parejas tienen que contarse todo? Bueno, finalmente, gracias a esa comunicación entre parejas Patty se había enterado de la conversación entre Archie y Adam en el hospital.

-¿De qué hablas Patty? ¿Qué es lo que Archie tenía que hablar conmigo? – Annie sonó intrigada.

-¿Cómo? –respondió turbada - ¿Quieres decir que...? –tartamudeó – como si necesitara un motivo más de preocupación, ahora todo mundo está enterado y yo debo de dar explicaciones antes de hablar con Stear? – la muchacha empezaba a turbarse más.

-Tranquilízate Patty – Annie se acercó a ella para abrazarla – ¿has pensado seriamente lo que harás? – las caricias de las manos de Annie en el cabello de su amiga le infundieron confianza – Stear es un gran amigo tuyo, estoy seguro que puedes hablar libremente con él.

-Entonces Archie te dijo... – Patty trataba de desviar la conversación. No quería ponerse a pensar en nada – ¡pero qué pena! – la muchacha abandonó los brazos de Annie y su amiga descubrió un sonrojo que cubrió la faz de Patty quien se sentía muy mal porque a su parecer había cometido algo terrible al abrirle su corazón a Adam.

El muchacho de Nueva Orleáns había entrado en él y se había alojado. Al parecer no tenía intenciones de salir. ¿Pero cómo decirle a su corazón que ame o rechace a alguien? Patty no tenía idea de si eso era posible.

Estaba en un dilema: Por un lado estaba el amor de Adam fuerte, incondicional y vivo; sí, vivo, Patty prácticamente respiraba por la compañía de Adam Benson. Por otro lado estaba el amor de Alistear, su primera ilusión, un amor lejano que sus padres daban por hecho.

-No sé cómo explicarte lo que me sucede Annie, es tan complicado – Patricia jugueteó con sus dedos mientras que mantenía su mirada en el suelo. Por unos segundos se detuvo como tratando de desarmar el enredo que tenía en su mente -. Verás: Cuando estoy con Adam siento que no hay nadie más sobre la tierra pero al recordar a Stear me es imposible ser indiferente al hecho de que pronto regresará. Estoy muy confundida, no logro discernir qué es lo que siento por Stear, creo que lo amo, pero no estoy segura por las reacciones que Adam despierta en mí. ¡Oh Annie estoy tan avergonzada!

-Patty... – los azules ojos de Annie demostraban cuán interesaba en lo que su amiga compartía con ella, tuvo deseos de ayudarla pero no sabía tampoco qué decirle -. Quizás si buscas dentro de tu corazón puedas obtener la respuesta ¿Qué piensas hacer por lo pronto?

-Nada, no estoy en posición de elegir. No todavía. Necesito saber cómo reacciono ante Stear, quiero volver a reflejarme en sus ojos, charlar con él, reírme de sus ocurrencias y proporcionarle ideas para sus proyectos – había una ternura infinita en su forma de referirse a Alistear, sin embargo, Annie no pudo identificar la misma chispa que proyectaba en el colegio cuando se refería a él en esas charlas nocturnas propias de los internados.

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Stear y Candy una vez más se habían entregado al deseo que sentían por demostrarse cuán grande era el amor que se sentían. Nuevamente habían ardido en las llamas que mantenían ese fuego dentro de ellos y una vez más habían terminado cansados, sudados, temblando y felices sobre todo. Siempre que hacían el amor se perdían en la maravillosa sinergia de sus sentimientos que los elevaban entre las nubes a un lugar que les pertenecía solo a ellos, un lugar en que se amaban sin cansancio y se lo demostraban como mejor habían aprendido: Su mutua entrega.

Ella descansó su pecho sobre el pecho del muchacho y jugueteó, como ya era su costumbre, con los vellos del brazo de Alistear.

-¡Auch! ¡Candy! – se quejó, aunque la verdad era que disfrutaba cada momento en que estaban así, entrelazados en cuerpo y alma. Respiró el delicado perfume que lo enloquecía, el mismo que había aprendido a distinguir desde que hacía varios años ya.

-¡Lo siento, es que me gusta hacerlo! – se sonrojó la muchacha. Sus miradas se fundieron en una sola. Era fácil comprender que el mundo de cada uno estaba dentro del otro.

-Lo sé, ya te lo he dicho, soy irresistible – Alistear besó la mano con que la chica estaba tiraba de sus vellos.

-¿Por fin me dirás de qué tanto hablaste con Terry? – Candy lanzó la pregunta un tanto reservada. No sabía cuál sería la respuesta de su novio – toda la tarde he estado esperando que me digas algo, pero al parecer no piensas hacerlo.

-Hablamos de cosas de hombres – Stear le sonrió mientras acariciaba sus mejillas. Nada había más hermoso ante los ojos del joven que su novia después de hacer el amor. El aroma que desprendía lo enloquecía y el fuego en su mirada perduraba por varios minutos más.

-¿Cosas de hombres? – ella lo miró incrédula - ¿de qué cosas de hombres puedes hablar con Terry?

-Candy, deja de hacer preguntas, mejor ven acércate.

La chica se deslizó debajo de las sábanas hasta que su rostro quedó a unos centímetros del de Alistear. Lo miró confundida, ¿de verdad Alistear por primera vez no respondería a una de sus preguntas? Lo que Alistear Cornwell no sabía era que su novia tenía ciertas armas que utilizaría con tal de saber lo que necesitaba.

Con avidez la chica buscó sus labios y los mordisqueó juguetona mientras le hacía la misma pregunta. Alistear comprendió su juego y se negó a responder disfrutando de los intentos de la chica por seducirlo para obtener lo que deseaba. Stear decidió que nuevamente podía perderse en la boca que se ofrecía, esta mañana le había prometido que no la dejaría dormir, ella estaba en el juego, así que él también. Con ansiedad se dedicó a escudriñar a su novia, sin embargo, le permitió a la joven controlar su osadía; recibió sus besos, los besos cargados de un sabor que degustaba exquisito, estaban llenos de deseo, ese mismo deseo que amenazaba explotar nuevamente en cualquier momento. Esos besos que robaban el aliento. Alistear acunó el rostro de su novia entre sus manos para mantener el contacto voraz de su beso.

No podía decidir cuál era la zona del cuerpo femenino que saboreaba más; con impaciencia bajó lentamente por el cuello y permitió que las manos de ella recorrieran su torso desnudo. Eran caricias traviesas, ardientes, deseosas...

-¿Ahora me dirás lo que quiero saber Stear? – ella mordió el labio inferior se su novio mientras acercaba su cuerpo aún mas, perdiéndose en sus brazos, enredándose en él. Cada vez se sentía más enamorada de sus labios y se enloquecía con esas traviesas y atrevidas frases que le musitaba al oído mientras la amaba.

Se sentía devorada deliciosamente por las manos de Alistear, perdida y entregada totalmente a la seducción de sus caricias. Un maravilloso estremecimiento la recorrió cuando percibió las varoniles manos acariciando sus pechos, apoderándose de ellos; pero este llegó a niveles insospechados cuando sintió perderse el rostro varonil en ellos y el aliento del joven encender sus más íntimos deseos.

Quiso recuperar el control de su juego y añadió aún más delicados y suaves mordiscos a los besos que depositaba en los hombros del joven, pero no contaba con la respuesta de su novio, quien de inmediato mordió también delicadamente los duros botones rosas de los montes de ella. Stear se sintió en su elemento, ella era suya, de eso no cabía duda. Jamás podría dejarla ir, su deseo por ella aumentaba en la misma medida que su amor por ella. Era tan placentero estar en brazos del otro. Sintieron sus deseos desbordarse, era como si su amor no pudiese ser contenido. Se entregaron todo lo que se despertaba en ellos por la presencia del otro.

-Nunca pensé hacer realidad este sueño – Stear le confesó abochornado; ella se supo deseada, femenina, bella.

-¿Y entonces...- continuó melosa – ahora sí me dirás de lo que hablaste?

-Créeme Candy que en lo último que puedo pensar en este momento es en tu ex novio – le respondió Alistear con un gesto de falsa indignación. Eso fue suficiente para que la joven comprendiera que en efecto, este no era el mejor momento para traer el tema a colación.

- En este momento solo quiero regocijarme en ti – Stear recorrió el cuerpo femenino con atrevidas caricias regalándole amor y placer infinitos.

- ¡Stear! ¡Stear! – Candy pudo sentirlo nuevamente dentro de ella. No importaba cuántas veces hubieran reanudado ese mágico encuentro, siempre era diferente.

- ¡Candy! – el joven tembló cuando estuvo dentro de ella. La sintió en él, sensual, excitada, plena.

La intensidad de sus emociones eran complicadas de medir, nuevamente permitieron que esas sensaciones explotaran, gimieron diciendo sus nombres al viento y se amaron hasta desfallecer, hasta quedarse sin aliento, felices y plenos.

Ella nuevamente se dejó descansar sobre el torso de Stear, se abrazó a él y no emitió palabra alguna. Él acarició su cabello, su espalda, se llenó de su presencia.

Candy estaba agotada, había pasado la noche en vela y se había atrevido a desafiar a su novio en sus eróticos intercambios. Él guardó ese momento en lo más profundo de su memoria.

-Me dio una advertencia – al fin despejó la duda de Candy. Con su voz excitada todavía, Stear le susurró a la joven – me dijo que había notado lo que hay entre nosotros – sonrió mientras miraba la incertidumbre en el rostro de ella -. Al parecer es verdad que es complicado esconder el amor.

-¿Una advertencia? – Candy se movió un poco turbada, el roce de su cuerpo con el de Stear lo llenó de calidez.

-Bueno, dijo que te cuide, que te ame, que... – hizo una pausa recordando el rostro desafiante del actor.

-¿qué? – lo interrumpió ella de sus pensamientos.

-dijo que no te estás sola; que si te hago daño tendré que rendirle cuentas – el joven habría no querido decir su platica de caballeros.

-¿Eso te dijo? ¿Pero quién se cree? – Candy de pronto se sintió indignada.

-Tranquilízate Candy, él te quiere mucho...

-y yo también lo quiero mucho pero eso no le da derecho... – lo interrumpió.

-él te quiere mucho – él ahora la interrumpió – creo que ahora es uno más de tus paladines.

Era obvio que el muchacho no se sentía cómodo con la advertencia recibida, pero entendía a Terry perfectamente. Stear, siempre pacifista, se esforzó por no darle al asunto mayores dimensiones. Le dedicó una sonrisa acogedora a la joven en sus brazos y la invitó con su mirada a olvidarse del tema.

-Está bien, ahora tengo otra vez tres paladines – el tono de Candy fue de punto final al asunto.

-Me parece que tienes cinco, paladines...

De inmediato la joven se percató de que Alistear hablaba de Albert y seguía incluyendo a Anthony en la lista. Le sonrió con dulzura y acarició su mejilla.

-Si creo que son cinco... – le respondió rindiéndose finalmente al cansancio.

Se quedó abrazada a él, deseando permanecer así para siempre.

Era inevitable, sin embargo, para la pareja, esquivar el nerviosismo que los atrapaba. Esta noche realmente no querían volver a la realidad. Esta situación que vivían era como una fantasía, pero una fantasía que a la vez los atormentaba.

Ambos deseaban ser siempre el uno para el otro, añorarse mutuamente. Terminar todas las noches de su vida como esta vez, es decir, caer rendidos después de entregarse, dormir y volver a soñar.

Minutos después Candice estaba entregada completamente el sueño. Dormía plácidamente con una leve sonrisa en su rostro y sus pequeñas manos aferrándose a su novio. Stear podía sentir la calidez de la respiración de la rubia arrullando su sueño propio, las sábanas habían sido olvidadas y podía darle a su vista el regalo de la desnudez de Candy. Sintió frío, con sumo cuidado se levantó, buscó una cobija y la extendió sobre el cuerpo de Candy con mucha ternura, se acostó a su lado y la atrajo hacia él. Ella tenía frío, se había acurrucado, pero el calor del cuerpo de Stear y la cobija la hicieron sentir más cómoda.

Había demasiadas emociones en el joven piloto.

Tenía a su novia, el amor de su vida durmiendo en sus brazos. Esa era el mayor de todos los privilegios que le habían sido concedidos. A la mañana siguiente emprenderían el viaje de vuelta a casa. Habían hablado de que ella no iría a casa de los Andrew, preferiría continuar en su departamento, sabían que Albert lo había conservado y tratarían de convencerlo a de que se lo permitiera aunque sabían que eso sería muy complicado. William Albert deseaba que su hija tomara su lugar en la familia y vivir en un apartamento sola no era precisamente lo que se esperaba de la hija del patriarca del clan Andrew.

Stear la aprisionó más en sus brazos, era definitivo: Esa noche no podría conciliar el sueño.

Trataba de mantenerse tranquilo porque sabía que el domicilio de Candy era su problema más pequeño. Pronto habría que enfrentar a Patty y esa era su mayor preocupación. Patty era una chica a la que quería mucho, pero, si fuera necesario, estaba dispuesto a sacrificar cualquier lazo social con ella sin eso le aseguraba que Candy estuviera siempre a su lado; pero había que pensar en Candy ¿Estaba ella dispuesta a disolver esa unión que iba más allá de la amistad? Seguramente los tres sufrirían mucho. No alcanzaba a comprender cuánto dolor podría causar el amor que sentía por Candy. ¿La tía abuela? Ella era en lo que menos pensaba. Para Stear lo importante era disminuir al máximo, tanto como fuera posible, el dolor de Candy y Paty y por ende, el suyo.

Sus reflexiones le llevaron a la charla improvisada con Terry Grandchester, la misma de la que no quiso dar detalles a su novia. Se incorporó para recargar su espalda en la cabecera de la cama cuidando de no despertar a la mujer que descansaba sobre él. La movió delicadamente y después la colocó sobre sus piernas, no quería dejar de sentir su contacto.

Flashback

El Duque de Grandchester había estado conversando con Candice, al parecer no deseaba liberarla, esa chiquilla le caía bien, y es que el hombre nunca había dejado de ver a la rubia como una colegiala. Los ojos del caballero incluso se enternecían ante la conversación de la joven. Terry contemplaba la imagen como en un ensueño, jamás imaginó tanta amabilidad de su padre hacia la misma persona.

A su vez, Alistear Cornwell lo contemplaba a él. Habían tenido un delicioso desayuno y una conversación bastante agradable. El piloto caminó hacia el ventanal principal del salón para mirar hacia fuera, siempre había disfrutado del ruido casi imperceptible de las gotas de agua al chocar con las hojas de los árboles, de la humedad fría del ambiente y del viento que delicadamente acariciaba sus facciones. Podía oír la risa de Candy al conversar con el caballero, cerró sus ojos y trató de adivinar las poses de la rubia mientras conversaba. Stear prácticamente podía imaginar los gestos que acompañaban cada palabra emitida por su novia.

-Es bastante elocuente cuando habla ¿verdad? – Terry se detuvo a su lado – sinceramente no sé cómo no te vuelve loco con tantas palabras.

-¿Cómo dices Terry? – Alistear encontró la varonil sonrisa retorcida del joven aristócrata que le hablaba – no entiendo. ¿Por qué Candy habría de volverme loco al hablar?

-Oh sí lo olvidaba, la conoces desde niña, ya debes estar acostumbrado – Terry disfrutaba llevando a las personas al límite, pero Stear lo sabía perfectamente así que decidió que no caería en su juego. Le sonrió con sinceridad y se abstuvo de responder.

-¿Cuánto la amas? – el aristócrata notó desconcierto en la mirada de Alistear – Vamos Stear, siempre he sabido que la amas, pero ahora es diferente. Eres correspondido.

Por un par de minutos no hubo respuesta. Stear sonrió tímidamente mientras meditaba lo que había escuchado. ¿Era tan visible su amor por Candy? ¿Era tan fácil de comprender cuánto se amaban? ¿Estaban listos para volver a América? ¿Estaba él preparado para todo? Tenía que aceptarlo: No se imaginaba a Candy indiferente al dolor de Patty. Sintió estremecerse por el pensamiento de perderla.

-¿Piensas en la gordita? –antes de que el piloto pudiera contestar Terry continuó-: Yo también.

Stear lo miró sorprendido. Sus ojos negros se toparon de pronto con los zafiros preocupados de Terry. Lo dejó continuar. En verdad era muy extraño. Jamás había visto a Terry Grandchester hablar con tanta seriedad en el tono de su voz.

-Creo que un cigarrillo me vendría bien en este momento –le dijo – en fin, tengo un sustituto –, el aristócrata se llevó las manos a los bolsillos de su pantalón y encontró en uno de ellos su armónica, la acarició con su mano sin extraerla y continuó-: Ellas son como hermanas Stear, dicen que los lazos que se crean en los internados perduran para toda la vida.

-¿Y tú que opinas, es eso verdad? –lo miró dubitativo.

-La respuesta la conoces tan bien como yo chico listo. Míranos, han pasado cinco años desde que abandoné el colegio y nos hemos visto con gusto, estamos platicando como si hubiésemos sido los mejores amigos. Supongo que el lazo que las une a ellas es más fuerte que el que nos une a nosotros.

-Eso creo yo también – apenas logró decir.

-No me gusta Stear – la voz clara del actor sonó ronca y preocupada – no quiero que ella sufra.

-Por supuesto que tampoco quiero que sufra – hubo una pose de defensa en Stear; el tono de su charla se estaba acelerando lentamente pero el volumen de su voz era tal que solo ellos lo percibían, además era apagado por las risas de Candy y el Duque de Grandchester que conversaban amenamente.

-En estos días de luto mi padre no había reído – los ojos de Terry pasearon rápidamente por la silueta de Candy, ella lo percibió y le devolvió una sonrisa. Terry inclinó la cabeza a modo de cordialidad y continuó con su charla – . Así es como me gusta pensar en ella... feliz. Tengo la sospecha de que esa sonrisa desaparecerá en poco tiempo. Sufrirá. No importa cuál sea el resultado de esto, ella sufrirá, tú sufrirás y la gordita sufrirá. Por cierto, ya no está gordita y la última fotografía que vi de ella en el diario se veía muy guapa.

-Sí se ha convertido en una bella señorita – respondió Stear sin mucho interés. Su interlocutor lo miraba con atención, ciertamente no encontró el más pequeño dejo de emoción. Nuevamente hubo silencio entre los caballeros.

-Vine con la intención de recuperarla – exclamó Terry-. No lo negaré, la quiero de regreso en mi vida-, hizo una pausa esperando la reacción del su ex condiscípulo, misma que no se hizo esperar, pues un brillo de desconfianza, de celos, y de alerta apareció en el mayor de los Cornwell.

-Mantente alejado de ella – Stear de pronto optó una actitud hostil y defensiva. Se irguió ante su "rival" y no parpadeó hundiendo sus profundos ojos negros en el mar tempestuoso de Terry que también estaban listos para no darse por vencidos. Esta vez Candy era suya y no permitiría que nadie se la arrebatara.

Ella es lo más bello que me ha pasado. Si quieres saber la verdad: Sí, aún la amo – de pronto su actitud se suavizó –. He visto cuánto te ama. He visto la felicidad en sus ojos, su brillo y emoción cuando te acercas a ella, he visto que ahora mismo no deja de mirarte y se sonroja si siente que estás mirándola – la voz del chico tembló, sintió sus emociones al rojo vivo, cerró sus puños –. Hazla feliz una vez que hayan pasado la tormenta que se aproxima. Y no me digas que no me acerque a ella. Respeto su relación pero debo decirte algo Stear: Si la vida me da nuevamente la oportunidad de estar con ella no la dejaré pasar.

Alistar arqueó la ceja; no le agradaba escuchar tales palabras, ¿Acaso pensaba interponerse entre ellos más adelante? Apretó los dientes y le lanzó una de esas miradas que si fueran navajas matarían.

-No me mires de tal manera, soy un caballero. Jamás me interpondría entre ustedes, mucho menos viendo la felicidad en los ojos de la pecosa. Respetaré tu relación con ella y haré también mi propia vida, mi propia familia en el momento adecuado-. Terrence tragó saliva tratando de convencerse de que eso era lo mejor que podía hacer.

-No te entiendo Terry – la sinceridad en la voz de Terry habían aplacado el corazón acelerado de Alistear.

-Me refiero a que la vida da muchas vueltas, eso es todo. Solo recuerda que jamás haría algo para exponerla al escarnio. Amo a Candy, pero eso no significa que no puedo comportarme como un hombre cabal. Tú también la amaste cuando estaba conmigo y no te interpusiste, sé que entenderás de lo que hablo. Te mantuviste cerca de ella, la amaste, yo sabía que la amabas y pudimos con esa situación aún siendo adolescentes. Me mantendré alejado, pero no porque tú me prohíbas acercarme, sino porque yo lo he decidido.

Stear en realidad no sabía qué decir. Ese chico lo perturbaba con sus reacciones. Se le veía tranquilo y sereno, con la firme determinación de salir adelante. A la vez, lo desconcertaba, podía percibir la sinceridad de sus palabras y al mismo tiempo no podía evitar sentir temor. No podía saber si realmente lo quería alejado de Candy; habían pasado una linda mañana y Terry había conservado su distancia, quizás eso solamente el tiempo lo decidiría.

Alistear guardó silencio teniendo como fondo las risas de su novia. Ya no se imaginaba la vida sin ella. Pronto su amor tendría que mostrar cuán fuerte era y no porque tuvieran que ponerlo a prueba, sino porque así la vida lo reclamaba.

Terrence le sonrió. Extrañamente para el piloto, sintió el brazo de Terry posarse suavemente sobre su hombro, le dio unas ligeras palmadas en la espalda y le sonrió fraternalmente. Era definitivo: El heredero del ducado de Grandchester lo confundía totalmente. Por más que Alistear se esforzara en buscar dentro de él cierta aversión por Terry, era imposible, nunca había sido de tal modo y ni aún ahora lo era.

-Suerte – le dijo Terry con sonrisa retorcida –creo que la necesitarás, pero sin duda vale la pena.

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La pareja era testigo de cómo el barco tomaba el canal Erie. Sintieron un escalofrío que recorrió su espalda. Pasaron justo frente a la estatua de la libertad y miraron fijamente hacia la zona de desembarque. Las maniobras de desembarque fueron más largas de lo normal, o por lo menos eso les pareció a los jóvenes. Candy se aferró al barandal de la cubierta del barco a la mañana siguiente estarían viajando a Chicago, los esperaba un viaje de más de 24hrs.

-¿Cómo te sientes Candy? – Stear la abrazó por la cintura tratando de sonar relajado.

-Bien – mintió.

-Estaremos bien Candy. No te apartes y todo estará bien – el muchacho acarició la mejilla de la rubia. En sus ojos se percibía todo el amor que sentía por ella. Vestían abrigadoramente. Llegarían a casa casi en vísperas de Navidad.

-Sí Stear – ella se soltó del barandal y se aferró a su novio, hundió su cabeza en su pecho y él la recibió gustoso inundándose del aroma de su pelo. Una vez más supo que la amaba mucho más que a su vida. Permanecieron abrazados sin seguir prestando atención a las maniobras de desembarque, a lo lejos escucharon los gritos de bienvenida para el resto de los pasajeros, pero eso no logró separarlos. Se aislaron en los brazos del otro. Estas eran las últimas horas que pasaban de deliciosa intimidad. Pronto tendrían que tomar sus lugares en la sociedad de Chicago y esperar pacientemente hasta poder estar nuevamente juntos con libertad. Pero por lo pronto, aprovecharían estas horas en que aún nada había penetrado en su mundo. Se alejaron de la multitud sin prestar atención al desembarque.

Permitieron que los pasajeros se amotinaran en la rampa para abandonar el barco. Ellos permanecieron hasta el final, esperando abrazados pacientemente a que la rampa estuviera más despejada.

Frente a los ojos de Stear Candy era la más hermosa de las mujeres en el barco. Había descubierto a más de un caballero mirarla durante el viaje y hoy lucía particularmente hermosa. Ella lucía un abrigo rojo con vivos blancos. Sus guantes eran blancos también y su sombrero de invierno totalmente a juego con la ropa. Él también atraía las miradas femeninas, más de una mujer le sonrió coqueta antes de dirigirse a la rampa, y no era para menos. Alistear Cornwell lucía muy bien enfundado en un ligero abrigo negro, con un suéter de cuello de tortuga en color beige. El abrigo, a pesar de ser holgado, permitía adivinar la ancha espalda del joven, pero era sobre todo, su mirada amable y a la vez seductora la que atraía la atención de las damas. Además, sobresalía irremediablemente por su altura. Sin duda era la pareja que más miradas atraía.

-¿Estás lista? – Stear recargó su frente en la de la muchacha mientras le hablaba suavemente. Estaba nervioso, por alguna razón tragó saliva.

-Sí, estoy lista, vamos –respondió la chica sin alejarse de su novio.

-Muy bien – Alistear abrazó a la joven colocando su brazo derecho sobre sus hombros, ella tomó su pequeño neceser en sus manos lo cual evitaba que correspondiera al abrazo. Caminaron hacia la rampa y...

-¡Ahí están! – Archivald Cornwell no pudo permanecer esperando en el muelle, los pasajeros casi habían desaparecido así que nada le impedía caminar hacia su hermano. Tomó la mano de Annie y fue a su encuentro. Atrás de ellos se quedaron George, Albert, Patty y Adam.

-Ahora se me hace poco el tiempo que pasé contigo, te amo – le susurró Stear a Candy en el oído. La sintió intentar liberarse del abrazo pero no se lo permitió -. Actúa con naturalidad Candy. Ya te extraño. ¡Dios no sé cómo podré dormir esta noche! ¡Esperaba poder amarte hasta el amancer!

-¡Stear! – la chica se sonrojó y se giró para ocultar su rostro.

-¡Ahí está! ¡Esa es la sonrisa que quiero ver siempre en ti! – se escuchó su voz deliciosamente aterciopelada. A Archie le pareció ver algo en los ojos de la pareja pero fue muy discreto, no hizo ningún comentario; después de lo que había visto con Patty y Adam, cualquier cosa podía esperarse de Stear y Candy.

-¡Stear! ¡Hermano! ¡No debiste! ¿¡Cómo te atreviste!?

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De mi escritorio: Chicas hermosas todas, espero que no me ahorquen mucho. Annalise e Isabel me hicieron el favor de leer este capítulo para revisarlo una opina que sí hice sufrir a Terry y la otra dice que no, ambas son Terrytanas de corazón así que estoy confundida. Mi objetivo era mostrar a un hombre que ama hasta el final pero que sabe retirarse con fortaleza por la felicidad de quien ama. Si no logré esa idea, entonces tendré que seguir aprendiendo a escribir para poder plasmar lo que deseo. Ya que haya terminado el fic volveré a este capítulo, una vez que haya leído su retroalimentación para tratar de acercarme tanto como sea posible a mi idea.

De verdad, no era mi intención hacer sufrir a Terry. Creo también, que es imposible perder al amor de tu vida y no sentir nada, digo, el chico no es de palo, pero traté de mantenerlo tan ecuánime como me fue posible.

Ya casi llegamos al final. ¿Por qué Terry en este capítulo? Bueno porque era necesario terminar definitivamente con el pasado para volver a empezar. Siempre he pensado que Terry y Candy se merecían un adiós menos traumático, de otra forma, soy de la idea de que ninguno de los dos puede salir adelante.

Un abrazo y muchísimas gracias por su apoyo.

Con cariño.

Malinalli, Agosto 04, 2009.