Disclaimer:Los personajes pertenecen a S.M.
Hey, slow it down.
What do you want from me?
Yeah, I'm afraid.
What do you want from me?
Once upon a time I didn't give a damn
But now, here we are.
So, what do you want from me?
~Adam Lambert
Capítulo 10: Confianza
16 de agosto 2003
La oscuridad era interrumpida por una luz al final del camino, pero no sentía la paz absoluta que siempre había creído que sentiría cuando caminara por aquel lúgubre pasillo, por el contrario, veía sombras tenebrosas volando a su alrededor, haciendo sus pasos vacilantes y trémulos. El miedo le helaba la sangre, como si esquirlas de hielo se mezclaran en sus venas, raspándolas dolorosamente.
Era como ver los fantasmas del pasado en una reunión nada acogedora, dispuestos a herirlas tan profundamente, torturarla hasta que el alma se le desangrara en los retazos de su arrepentimiento inerte.
—Bella —escuchó decir. El sudor le escurrió por la frente, dibujando un camino sinuoso por su rostro. El cabello se le pegaba al cuello. Sentía la respiración atorársele en la garganta mientras sus pies se acercaban inconscientemente a la fría luz de su destino. —Bella —repitió esa voz que reconocería en cualquier parte, distorsionada por la lejanía, gruesa pero encantadora, atemorizante.
Entonces, cuando la luz la cubrió por completo, haciéndola entornar los ojos, lo vio, lo vio exactamente igual que la última vez, con esa mirada penetrante que parecía enterrarle dagas silenciosamente y que la hacía sentir tanto odio como nunca había sentido. Lo vio abrir los labios para decir algo, pero volvió a cerrarlo y sonrió con cinismo.
—Pronto —articuló.
Y la luz la cegó por completo, hundiéndola en una soledad inhumanamente imaginable.
—¡Bella! —chilló Alice. —Despierta, Bella.
Se incorporó con la respiración acelerada, haciendo que su pecho subiera y bajara con tanta rapidez como su corazón palpitaba. Miró con alivio el rostro benévolo de Alice mirarla con diversión.
—¿Has vuelto a tener pesadillas, cariño? —lamentó en voz baja. Tomó una bocanada de aire y elevó las comisuras de sus labios tan alegremente como pudo. —Vamos, tienes que levantarte —informó. —Alguien te busca.
—¿Jacob…?
Alice frunció la nariz.
—Tienes que dejar de pensar en él —la regañó con impaciencia —. No quiero que pienses en Jacob ni en nada de eso por lo menos hoy. Vamos, te están esperando, levántate.
Quiso preguntarle quién pero Alice la ignoró y se fue. Se levantó a pasos parsimoniosos y aletargados, deseosa de volver a hundirse en la calidez de las mantas. Se ató el cabello en una coleta sin mirarse en el espejo y cepilló sus dientes cuidadosamente. Tenía esa vieja manía de cepillarse los dientes todo el tiempo.
—Lo primero que la gente verá de ti, es una sonrisa limpia —solía decirle su madre cuando era niña.
Comenzaba a hacerse una idea sobre quién podría ser su ansiada visita. Y la verdad era que no tenía idea de cómo enfrentarse a la vergüenza de sus propios actos. Nunca se había caracterizado por ser impulsiva, mas sí orgullosa y ese era exactamente el quid de la cuestión, tragarse su orgullo y aceptar que se había equivocado.
—No hagas nada que haga que me arrepienta de haberte dejado entrar —escuchó a Alice decir. Recorrió el pasillo con timidez, como si estuviera hurgando en una casa ajena y espiara una escena que no le correspondía.
Su amiga salió de la sala tan pronto como la vio entrar. Ella no era exactamente discreta, pero no era entrometida. Sintió una repentina tensión derivada del nerviosismo sentarse sobre sus hombros, volviéndolos rígidos. Él, sin embargo, parecía más fresco que una lechuga.
—Buenos días, Edward —saludó cortésmente. Se ahorró las tonterías de fingir un cariño que no sentía.
—Buenos días, preciosa —le sonrió él en respuesta.
Sabía que él no se detendría de hacer su propia voluntad, estuviesen en la situación que estuviesen. Recortó la distancia segura que ella había marcado para abrazarla por la cintura cubierta por la vieja camiseta con el escudo de la universidad. Cuando él se alejó apenas un palmo, se imaginó lo que vendría a continuación, pero no se esperaba que en lugar de inclinarse como solía hacerlo, la tomara por las caderas y la levantara del suelo para besarla.
Tuvo el bochornoso impulso de besarlo de vuelta. De todas maneras no podría no haberlo hecho. Aun cuando su relación ya temblorosa pendía de un hilo, resultaría demasiado extraño que ella no desease besarlo. Y la verdad era que no la pasaba tan mal. Al final, ¿quién no iba querer besar a alguien como Edward?
—¿Te importaría bajarme? —rompió el beso con deliberada brusquedad. Edward la dejó con tiento en el suelo temeroso de su reacción. Tenía que admitir que estar con Bella era más entretenido de lo que se imaginaba. Y es que ella siempre hacía lo contrario a lo que él pudiera imaginar. Tenía que cuidar especialmente lo que decía si no quería alejarla irreversiblemente. —¿Qué quieres?
—Bueno, yo… Vine a verte —sonrió abochornado—. Y te traje flores—agregó, mostrándole el ramo que había dejado sobre la mesilla y que Bella no había notado.
—No las quiero —gruñó—. No quiero verte. Vete, por favor.
—Sigues enfadada, ¿cierto?
—¿Tú qué crees? —lo miró inquisitiva, con los brazos cruzados y las cejas arqueadas —. ¿Tú qué pensarías en mi lugar?
—No puedes estar enfadada el resto de tu vida.
—¿Quieres ver? —lo desafió con una sonrisa agria.
—No me gusta cuando te pones difícil.
—¿No me digas? Disculpe, usted, su Majestad. Dígame qué puedo hacer para complacerlo.
—Vamos, Bella —trató de hacerla desistir—, no hice nada malo. Me gustas más cuando flirteas conmigo.
—Bueno, Edward, temo que eso no lo verás jamás —frunció los labios en un gesto lastimero, manteniéndose ceñuda—. Ahora haznos un favor a ambos y vete.
—Estás sobreactuando, ¿sabes?
—Te pedí amablemente que te fueras, no me hagas sobreactuar ahora —exigió, adoptando un tono mucho más severo.
—No me iré, todo esto es un malentendido y yo… —dudó, demasiado enfadado como para idea algo lo suficientemente inteligente que la hiciera recular.
—¿Tú qué, Edward?
—Yo quiero estar contigo —se aventuró a decir—. Y no voy a dejar que tus celos infundados arruinen esto.
Bella soltó una carcajada ligera, bajito.
—¿De verdad crees que estoy celosa? —le recriminó—. ¿De verdad luzco como la clase de niña estúpida que cela cada paso que das? Estás mal, Edward, tu ego te ciega.
—Entonces explícame el problema que no lo veo en ningún lado —murmuró, haciendo ademanes con las manos.
—Pudiste habérmelo dicho.
—¿Decirte qué?
—Sobre Tanya, Edward —gruñó por lo bajo—. No tenías que haberme dejado hacer una escena.
—Oye, ya te expliqué lo que ocurrió, no hice nada malo.
—Corrección: esperaste que Tanya me explicara lo que sucedió.
—¿Cómo iba a saber las conclusiones que ibas a sacar? No puedo adivinar tus pensamientos —murmuró, casi suplicante. Había una seguridad entremezclada con desesperación en su voz que la hacía dudar, pero ella misma sentía la determinación de no recular, no hasta que entendiera que nunca debía mentirle, ni siquiera en cosas tan triviales como aquella. Ya tenía suficiente con su propia red de mentiras como para lidiar con un novio problemático por el que no podía sentir nada más que atracción.
—¡En más de un mes no encontraste el momento para decirme que Tanya Hopkins, la chica que trabaja con nosotros, la que me contrató, a la que consuelas en tu oficina cada vez que se te da la gana…! —soltó un gruñido, incapaz de terminar la oración.
—Tú viste lo que quisiste ver —dijo él, restándole importancia.
—¿Quieres que hagamos un recuento? Desde que conocí a Tanya se toma demasiadas atribuciones contigo, se burla de ti, inclusive te insulta, te trata con cariño, la consuelas en tu oficina, solos, sabe más cosas de ti de las que nadie más parece saber. Dime, ¿qué demonios quieres que piense si te veo con ella en sentada en las piernas? Oh, sí, seguro estaba afeitándote la barba—le espetó con sarcasmo, mas no con amargura. Era como si regañase a un niño pequeño que no parecía entender por qué no debía comer galletas antes de la cena. —Me sentí tan estúpida, Edward. Y eso es algo que no le permito a nadie.
—No eres estúpida —trató de enmendar su error.
—Claro que no lo soy —medio gruñó —. Dios mío, Edward, ni siquiera te inmutaste, te limitaste a reírte de mí en mi cara.
—Debo admitir que esa no fue la decisión más acertada —aceptó en voz baja, moviendo la cabeza ligeramente, cavilando sus acciones —. Pero, Bella, eres irresistiblemente hermosa cuando te pones histérica.
Aquello hizo que la ira acumulada hirviera haciendo que se le acelerase la respiración casi imperceptiblemente.
—Cállate y lárgate —le pidió enfadada—. Querías una oportunidad, te la di, pero te equivocaste de chica, Edward Cullen, no vas a reírte de mí.
—¡Pero no estaba riéndome de ti! —insistió.
—No, sólo de mi cara de estúpida —bramó—. Y lo peor fue darme cuenta que había creado una escena porque al señor se le ocurrió no decirme insignificantes detalles de su vida. No sé cómo volveré a ver a Tanya a los ojos y todo es tu maldita culpa.
—A ella le ha causado bastante gracia.
—Lo sé —suspiró. Trató de mantener a raya la furia que desataba en su interior sentirse tan terriblemente humillada, pero ésta pugnaba por salir.
—Debería disculparme, ¿cierto?
Después de un larguísimo minuto en el que lo miro con una mezcla de emociones —ninguna especialmente alentadora— finalmente controló sus sentimientos y asintió.
—Sí, sí deberías —soltó bajo su respiración. Edward saboreó su propia victoria cuando vio que casi sonreía —. No sé qué estaba pensando cuando acepté tener algo contigo —añadió. Su semblante triunfante decayó —. Han pasado sólo unos días y míranos. Pero si quieres que funcione aunque sea un poco, vas a tener que dejar de esconderme esos pequeños detalles, ¿estamos?
—Nunca te he mentido —le aseguró con tanta firmeza como pudo reunir dentro de sí mismo. Ella tenía una mirada dura, un tanto difícil de mantener, pero logró decirlo sin dudar ni una vez.
—Sólo voy a creerte una vez —le advirtió—. No soy tan ingenua como parezco, Edward Cullen, no estoy para juegos.
—Nunca he sido tan serio en mi vida —terció con entusiasmo—. Y no es tan grave, sólo omití decir un par de cosas sin importancia.
—Sí, sin importancia… —lo golpeó en el pecho. Se alejó de él y se sentó en el sofá para tener el suficiente espacio para pensar coherentemente.
Contuvo al aliento ante el recuerdo de su reacción. No estaba enfadada, estaba furiosa. Él había hecho que se devanara los sesos meditando entre lo que debía y lo que podía hacer, entre lo fácil y lo correcto. Y cuando había llegado a la resolución más conveniente, él tenía que hacerle esto. Nunca fue aprensiva o celosa, mucho menos posesiva, pero le resultaba demasiado cínico que se besara con otra chica en el mismo sofá que la había besado a ella.
Ahora que lo veía en retrospectiva, pudo haberse reído de la forma en que Tanya había saltado del regazo de Edward, acomodándose la falda con ansiedad.
—¿Alguien sabe tocar en esta oficina? —se había preguntado Edward en voz baja.
De pronto, un trío de miradas se había conectado, volviendo el momento probablemente más humillante. Sintió que el estómago se le revolvía en cúmulo de emociones confusas pero que iban todas en la misma dirección desde la ira hasta una pequeña decepción.
Recordaba haberse introducido en el despacho para tomar los documentos que le hacían falta y a Edward tomando su mano para que esperara un poco. Después, todo había pasado en un borrón, lo había insultado pero no lo había maldecido ni una vez, había atacado su ego veladamente, pero a él no parecía importarle. Tanya, por su parte, suplicaba a Edward en voz baja que le explicara cómo eran las cosas.
Y entonces, cuando le dio la oportunidad de que le explicara, él rió. No era una carcajada, tan solo una risilla, una risilla fresca y sincera, como si la comicidad de la situación fuera evidente. Fue entonces que la furia la inundó por completo. ¿Cómo se atrevía? Ahora no sólo se reía de ella a sus espaldas, también en su cara.
—Absurda —le había llamado.
Fue entonces que se giró sobre sus talones para salir a toda velocidad de la oficina. Lágrimas de rabia se le habían formado en los ojos, amenazando con aumentar su humillación.
—Bella, espera, escúchame —lo oyó decir, pero ella ya se había marchado.
Volvió a ignorar a Jessica y Ángela en su trayecto hasta su oficina. Sabía que la estaba siguiendo, pero lo ignoró. Sin embargo, cuando entró en su propia oficina y lo encaró, se dio cuenta de que era Tanya quien la seguía. Cerró la puerta con cuidado, para no llamar la atención de las secretarias.
—Edward no es bueno para las explicaciones —acotó Tanya, visiblemente nerviosa —. Por eso le he pedido que no venga, sólo va a empeorarlo todo.
—No tienes que interceder por él, Tanya —gruñó, dando vueltas por la pequeña oficina, con la rabia carcomiéndola, con la repentina necesidad de hacer pedacitos algo, cualquier cosa.
—No estoy intercediendo por él—dijo con más calma —, pero no voy a dejar que ese cerdo estúpido haga que cambies tu opinión sobre mí.
—¿Y por qué demonios te importaría lo que yo crea de ti? —terció enarcando las cejas—. ¿Qué más te da si yo creo que eres una cualquiera? Para este momento Jessica debe haber informado a todo el edificio que yo me beso con Edward por todos los rincones y no estoy explicándole nada a nadie.
—Jessica puede decir misa, pero nadie va a creerle. Sólo harán correr rumores porque es lo más interesante que hay para hacer. En cambio, tú lo viste por ti misma, y aun así, has visto mal. No me gusta que la gente tenga una mala impresión de mí, no quiero que tú tengas una mala impresión de mí.
—¿Qué más da? Ni siquiera tendría que verte si tú no vinieras a este piso.
—Ya me pasó una vez —sonrió—, y fue muy duro para Edward. Si vas a ser parte de mi familia no quiero que pienses mal de mí.
Bella tenía una respuesta taimada en mente, pero se le olvidó en cuanto terminó su oración.
—¿Familia?
—Edward tenía razón cuando te dijo que nunca se fijaría en mí, ¿lo recuerdas? —dijo cuidadosamente—. Aun cuando él sintiera algo por mí o yo por él, no podríamos. Edward y yo somos primos.
Bella tardó un segundo en darse cuenta del significado de sus palabras.
Sus palabras fueron como un balde de agua en la cara. Primos. Edward no le había mentido. Había omitido información, pero no estaba flirteando con Tanya ni mucho menos… Por su mente pasaban múltiples escenas que había presenciado cuyos protagonistas eran Tanya y Edward. Eso lo explicaba todo. Tenía demasiada familiaridad con Jasper y Rosalie, su trato hacia a Edward, su condescendencia de él hacia ella, sus insultos, su seguridad…
—¿Con primos quieres decir que…?
—Que mi madre y Esme, la madre de Edward, son hermanas —confirmó—. Somos primos hermanos, Bella, tenemos un lazo de sangre directo. No eres la primera que lo piensa, a Edward siempre le ha parecido algo absurdo porque si nos observas con cuidado, inclusive nos parecemos un poco. Edward ríe cada vez que alguien lo insinúa porque le asquea la idea.
—Pero… yo creía que tú… tú sabes, suspirabas por él —confesó apenada.
—¿Por Edward? —tuvo que contener una carcajada para no parecer descortés —. ¡Por el amor de Cristo, claro que no! No desperdiciaría ni una respiración por él; no planeo morir asfixiada por un imbécil como Edward.
—Oh, Dios mío, ¡qué vergüenza! —exclamó.
Sintió el rostro calentársele, tiñendo sus mejillas de un rojo intenso.
—Es normal que lo pienses —la animó —, es sólo que me es muy difícil ignorar mi parentesco con Edward, somos muy unidos. Pero nadie más lo sabe. Sólo Jasper y ahora tú. Así que debes prometer no decírselo a nadie.
—¿Por qué?
—Es política de la empresa —se encogió de hombros —. No llegué a mi puesto de la forma más justa que haya. El nepotismo no es algo muy ético que digamos. Cuando Edward llegó a la empresa mis hermanas y yo teníamos muchos problemas. Edward siempre ha sido como un hermano mayor para nosotras. No sabes cuánto ha hecho por nosotras, sobre todo por Kate y por mí. Él es un hombre muy noble, créeme. Me dio el empleo cuando más lo necesitaba. Al concejo no le interesan los empleados mientras no haya problemas y nunca nos han relacionado porque nuestros apellidos son diferentes. Meterías a Edward en un problema con el concejo si saben que somos familia.
Familia.
La voz de Edward extrajo su mente del recuerdo. Una pequeña parte de su mente registro que le había preguntado algo, pero no estaba segura por lo que se limitó a hacer lo que se hacía en esos casos: asintió con vehemencia y sonrió forzadamente.
—Sí, ¿qué? —preguntó sin despegar la vista del camino. Su mano derecha soltó el volante para llevarla hasta la de mano de ella, apoyada sobre su muslo —. Te pregunte por qué estás tan callada.
Le dedicó una mirada de disculpa. No sabía en qué momento había aceptado ir hacia lo desconocido con él, en todos los sentidos. Él tenía una habilidad de persuasión impresionante. Le había pedido sólo una oportunidad para que lo conociese, para que viera que era mejor persona de lo que era en la oficina. La había acorralado con sus palabras, la había hecho aceptar sin ella misma saber que lo hacía.
—Me preguntaba adónde vamos —vio por el espejo lateral el Mercedes en el que había viajado hacía unos días seguía al Volvo de cerca—, al parecer soy la única que no está al corriente.
—Me gustan las sorpresas —dijo él, sonriendo levemente, aun sosteniendo su mano.
—A mí no.
—A todos les gustan las sorpresas —discrepó—, es sólo que a ti no te gusta confiar en la gente.
El comentario hizo a Bella girar la cabeza rápidamente, como si tuviera un resorte en el cuello.
—¿A qué viene eso? —inquirió con cuidado.
—Bueno, no es muy difícil darse cuenta que no eres de las que da el beneficio de la duda. Apuesto mi brazo derecho que la única persona en la que confías ciegamente es tu amiga, la chica con la que vives.
—Alice —le recordó —. Es una observación interesante. Pero aún no me dices adónde me llevas.
Se miró a sí misma, vestida con jeans y una playera a rayas. Deseó internamente que no volviera a llevarla a uno de esos lugares que él acostumbraba. Descartó la idea escrutando su ropa, que parecía ajustarse a la de ella: pantalones de mezclilla y un suéter delgado arremangado color canela.
—Te va a gustar —murmuró a modo de promesa. Le dio un pequeño apretón a su mano para infundirle confianza —. Hace mucho tiempo que no voy a ese lugar.
Bella asintió, guardando silencio. Miró hacia atrás una vez más: Derek y Mark aun iban detrás de ellos. Se hundió en el asiento y dejó que el casi desconocido sentimiento de seguridad la inundara y disfrutó del resto del camino.
Por un momento creyó que la llevaría a la Aguja Espacial pero sintió la curiosidad carcomerla de nuevo cuando la pasaron de largo y siguieron derecho por la calle Broad. Por primera vez en mucho tiempo sintió alivio de sentir sana y pura curiosidad y no la maldita incertidumbre en la que había vivido el último tiempo.
De pronto, algo que le había pasado desapercibido por completo, llamó su atención. Casi soltó una carcajada ante la idea, pero la contuvo. Se limitó a sonreír y decir, no sin cierta burla:
—¿Me llevas a la feria? ¿El gran Edward Cullen me está llevando a dar un paseo por la feria?
—¿Tienes siempre que arruinar el momento? —suspiró, aunque había una sonrisa bailándole en el rostro —. Dime, ¿no te gusta la idea?
Bella sonrió antes de contestarle por primera vez con entera sinceridad:
—Me encanta.
El estacionamiento estaba realmente cerca de la entrada. Edward asió su mano en cuanto emprendieron el camino y ella no hizo movimiento alguno para zafarse, fascinada ante las luces de neó apenas mediodía del sábado, por lo que había tanta gente en algunas áreas que era difícil pasar sin golpear a alguien.
Había hileras e hileras de pequeños puestos improvisados en los que vendían desde comida hasta camisetas con logos famosos. El bullicio denso se volvía una sola melodía, mezclada con la música de cada atracción, llenando el ambiente de una extraña libertad.
Los juegos mecánicos funcionaban a intervalos regulares, hipnotizándola con sus giros y sus luces opacadas por el sol que estaba en su cenit. El aroma a hot dogs se mezclaba con el del algodón de azúcar y demás comida chatarra.
Había cientos de niños gritando y correteando de aquí para allá, con madres atolondradas que corrían detrás de ellos, preocupadas pero muertas de risa en compañía de sus familias.
Hombres envueltos en pesadas botargas de los personajes infantiles que todo el mundo reconocería deambulaban por el parque agitando sus manazas saludando en todas las direcciones. Un falso demonio de Tasmania asustó a Bella apareciendo por la esquina sin previo aviso, haciendo a Edward reír.
Había enormes carruseles con imitaciones infantiles de animales adorables. Hubiera insistido en montarse en un elefante si no fuera porque los demás viajeros fuesen niños de diez años o menos. Pero Edward, que parecía contagiarse de su repentina alegría, la arrastró hasta los autos de choque.
—Demuéstrame que sabes hacer algo más que cuentas —la retó, robándole un beso cuando estaba desprevenida.
Soltó su mano por primera vez para montar su propio auto, uno lila, mientras Edward montaba uno azul. Rio ante la idea.
El tiempo pasó rápido, como si alguien estuviera moviendo las manecillas en vez de que éstas siguieran su curso normal. Edward la hizo recorrer todo el parque, aventurándose a juegos de azar en los que nunca ganabas nada, comiendo hasta reventar, subiendo a la montaña rusa hasta que sus rostros se tornaron verdes.
Se encontraron con unas cuantas parejas que saludaron efusivamente a Edward como si fuese grandes amigos. Edward reconoció en voz baja cuando se hubieron alejado que sólo recordaba a la mujer pelirroja que había ido con él al instituto y aun así no sabía su nombre, los demás eran rostros totalmente desconocidos para él.
Bella se preguntó si de verdad había conocido a tanta gente en su vida o tenía mala memoria. Internamente, deseó la segunda opción.
Estuvieron caminando por casi una hora con viento ligero golpeándoles el rostro, deseando que éste se llevara el mareo persistente. Aun llevaban sus manos entrelazadas y Bella llevaba en el bolso una pequeña tira de fotos que había obtenido de una cabina fotográfica.
Los pies le escocían, pero no lo suficiente como para sentarse. Estaba disfrutando el paseo, aun cuando hubiera dado vueltas y vueltas a lo largo del día. No podía recordar la última vez que había estado en un lugar como aquel.
—Nunca había visto esto —comentó mirando a su alrededor —. Quiero decir, no es como que puedas pasar desapercibido una montaña rusa como esa. —Señaló con el dedo la inmensidad de la atracción mecánica que, ciertamente, se observaba a varios kilómetros a la redonda.
—Es porque es ambulante —respondió —. Mi madre solía traernos a Rose, a Jasper y a mí cuando éramos pequeños. Esperábamos meses por esto. Cuando crecimos un poco solíamos venir con Emmett, Tanya y sus hermanas. Era casi una tradición. Pero eso fue hace mucho, cuando íbamos al instituto. El último año que estuve en Seattle antes de ir a la universidad bueno… fue algo complicado para mí y dejé de hacer muchas cosas que me gustaban.
Los pasillos atestados se había vaciado un poco, la gente comenzaba a sentir hambre lo que los hacía aglomerarse entre los puestos de comida. Miró fugazmente hacia la entrada y encontró fácilmente a Mark y Derek. Suspiró.
—Y nunca las retomaste —observó, mirando a su alrededor, fingiendo que no prestaba mucha atención.
—No sé qué quieres decir.
—Nunca volviste —acotó —, vives en la oficina, siempre estás pensando en el trabajo… No suena como si disfrutaras mucho tu vida.
— Disfruto mi trabajo.
—No, no lo haces —se aventuró a decir, girándose para mirarlo —. Siempre tienes la presión del concejo, como si no fueras más importante que ellos, como si no hicieras un excelente trabajo. Siempre estás cuidando no cometer ni un error como si fueras a decepcionarlos. Pero no te das cuenta de que nunca los cometes, y si lo hicieras no sería malo. Equivocarte no te vuelve un pecador, Edward, te vuelve humano.
—No puedes mantener una compañía cometiendo error tras error —respondió, aunque con mucha más frialdad de la que ella esperaba.
—Pero tú no quieres mantener una compañía —declaró —, tú nunca quisiste eso. Pero es lo que te dieron. Uno tiene que ser feliz con lo que tiene, pero quizá lo serías más si dejases de intentar ser perfecto, hermético e insensible.
—¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? No soy insensible.
—Pero tratas de serlo —sonrió, mirando los muñecos de felpa apilados sobre una mesa —. Fingir que no tienes un corazón no va a evitar que alguien te lo rompa.
Edward iba a contestarle cuando lo distrajo una mano posarse sobre la suya, la que estaba libre. Miró a su lado y vio que una anciana de baja estatura sostenía entre sus manos arrugadas su palma. Su cabello encanecido y una parte de la piel morena de su rostro estaban cubiertos por una pañoleta azul brillante que contrastaban con su atuendo rosado. Ella alzó la mirada para mirarlo directamente a los ojos.
—Tienes una vida muy complicada, ¿eh? —le dijo casi con sorna la mujer, con su voz apagada y cansina. — ¿Quieres que te diga tu futuro?
Bella enarcó una ceja, mirándolo casi acusadoramente.
—Sabes que ella es una estafadora, ¿cierto? —murmuró sin tomarle importancia que la mujer la estuviera escuchando.
La anciana entornó sus ojos negros pero sonrió burlonamente.
—Una escéptica —soltó una risilla —. Puedo decirte de él más de lo que tú sabes, niña. ¿Quieres que te diga lo que veo, hijo? Tienes un futuro muy claro.
—¿Ah, sí? —inquirió Edward, intrigado.
La mujer se le quedó viendo fijamente a su mano, cerró los ojos como si con ello fuese a ver con más claridad. Bella le apretó la mano a Edward, lanzándole una mirada un tanto intimidada.
Él se encogió de hombros.
—-Las malas acciones se pagan, hijo —habló de nuevo la anciana —, y nadie se va de esta vida sin pagar sus culpas.
Fue entonces que Edward se intimidó un poco también.
—¿Qué quiere decir?
—Que no te irás de este mundo hasta que sufras todo lo que hagas sufrir. Es muy claro, sufrirás por amor. Vas a amar tanto que dolerá. Aunque tendrás una vida muy larga, ésta se verá interrumpida. Hay mucha culpa dentro de ti, pero eso sólo te vuelve bondadoso. Sin embargo deberías recordar que la bondad del alma ajena es el arma de los maliciosos. Pero no todo es malo, vas a ser muy feliz por aquello que tanto añoras que no suceda. Pero nunca bajes la guardia porque hay un punto negro que amargará tu felicidad, hay pérdida, hay muerte.
—Edward, ¿podemos irnos, por favor?
—Edward —repitió la mujer —, confía en el inocente que yace bajo los culpables, que será éste quien te guiará a la verdad. Pero cuídate de la falsa ingenuidad, que ésta te llevará a ti y a quien amas a enfrentar un destino que no desean.
Bella haló la mano de él, instándolo a retirarse, pero cuando la anciana soltó su mano tomó la de ella de inmediato.
—Una chica astuta —alagó —. Pero tu sagacidad no es innata, la has desarrollado por necesidad. Hay mucho miedo en tu vida, niña. Pero también hay una luz, una muy próxima, pero necesitas abrir tus ojos. Un pasado tormentoso sin duda te acecha, pero llegará a ti cuando tú se lo permitas, cuando dejes de huir. La longitud de tu vida es dudosa, depende de tus decisiones. Pero veo lo mismo que en él, amor y pertenencia, felicidad a intervalos, pero también hay sufrimiento. Hay tanto sufrimiento como falsedad.
—¿Por qué debería creerle? —murmuró Bella, sacando su palma de entre sus manos frías.
—Porque tú sabes que hay verdad en mis palabras —comenta ella con tranquilidad —. Sus futuros están conectados. Y no sólo por ustedes mismos, sino por sus allegados.
—¿Cómo puede saberlo? —preguntó Edward, vacilante.
—Son cosas que las viejas como yo sabemos —volvió a reír —, así como sé que tú tienes un hijo.
—Basta ya —interrumpió Bella —. Esto es absurdo. Ella no sabe nada de nosotros y tú no tienes hijos.
—¿Estás segura de eso? —dijo la anciana, socarrona—. No tiene que ser un hijo de sangre. Pero estoy segura de que hay alguien en tu vida a quien has criado y has querido como un hijo y yo nunca me he equivocado.
—Que tenga buen día, señora, con permiso —exclamó Bella, alejándose rápidamente.
Se escurrieron entre la gente, caminando lejos de la mujer. Bella estaba casi temblando. Nunca había creído en la clarividencia, era la cosa más tonta que podía imaginar, pero aquella mujer le causaba escalofríos. Hablaba con tanta seguridad, como si tuviera la certeza de que pasaría tarde o temprano. Como si realmente la conociera.
—Bella, cálmate —le pidió Edward, deteniéndola. — Sólo dice lo que cree, no significa que va a suceder.
—Es el colmo de la desfachatez. Dios mío, ¡un hijo! Cómo se atreve a engañar a la gente de esa forma…
Entonces, Edward la besó. Se inclinó hacia ella y juntó sus labios contra los de ella en un beso suave, rodeándole la cintura con los brazos, callándola en el acto.
—Sólo no pienses en ello, ¿sí? —le pidió contra sus labios —. Imagina que nunca escuchamos eso.
La vio asentir, tranquilizándose, mientras que por su mente le daba la razón a la anciana, si era de la forma en que ella lo ponía entonces él, de hecho, sí tenía un hijo…
Cuando logró de sacarse el episodio de la cabeza eran más de las cinco de la tarde. El tiempo se les había escurrido entre los dedos y ahora la única atracción que faltaba era la rueda de la fortuna. Era tan alta que, sentados uno junto al otro, tuvieron la sensación de alcanzar las nubes con los dedos, con el olor a agua salada inundándoles el olfato, con la hermosa vista de la costa frente a ellos.
El sol comenzaba a caer, volviendo a su hogar detrás de las montañas, volviendo el viento ligeramente fresco. El día no había comenzado de la mejor forma para ellos, pero había ido mejorando paulatinamente. Realmente no podía encontrar un momento, obviando el pequeño episodio de la clarividente, en el que se hubiera sentido incómoda a su lado.
Edward pasó un brazo alrededor de su cintura y Bella no se quejó. Hacía frío en lo más alto de la rueda y él parecía exudar una calidez confortable.
—Gracias por traerme —le dijo de pronto —. Hace mucho que no pasaba un día como este.
—-Gracias por venir conmigo —se apresuró a contestar.
Lo dejó besarla un par de veces más antes de que el paseo terminara. Estaba cansada, había sido un día largo y un tanto agitado. Quería ir a casa pero al mismo tiempo tenía la sensación de que cuando volviera a verlo el lunes por la mañana, no sentiría la confianza que habían establecido ahora. Como si nada hubiera pasado, como si fueran personas distintas.
Decidió retirar el pensamiento de su cabeza. Ambos tenían su propio interés en el otro y ella se limitaría en conseguir el que le correspondía. Si él creía que podía manejarla a su antojo, entonces dejaría que lo creyese.
Cuando los pies de ambos no pudieron más, cerca de media hora después, se encaminaron hacia el Volvo, que prometía ser un buen lugar de descanso por los siguientes veinte minutos de regreso a casa. El silencio se acomodó entre ellos, como un pasajero más, interrumpido sólo por el bajo volumen de los blues que sonaban en la radio.
Edward la miraba de soslayo disimuladamente, pensando sin cesar en lo que había dicho la clarividente. Él sabía que tenía razón en más de una predicción y se preguntaba que tanto había de verdad en cuando a lo que le había dicho a Bella. Se preguntó si su respuesta estaba en su súbito nerviosismo.
—¿Puedo hacerte una pregunta? —le dijo, sacándola de sus cavilaciones.
—Dime —respondió con tanta amabilidad que dudó apenas un segundo.
—¿Qué tan… qué tan cierto es eso de tu eh, bueno, pasado tormentoso?
Ella lo escudriñó por un rato, como si tratase de encontrarle un sentido diferente a una pregunta tan elocuente.
—Nadie tiene una vida fácil, Edward —afirmó con entera tranquilidad —. He vivido lo que he tenido que vivir y ciertamente mis decisiones, buenas o malas, han traído consecuencias irreversibles. No siempre las decisiones correctas nos hacen felices; claramente, yo me equivoqué al elegir ser feliz...
—Suena como si hubieras tenido que tomar muchas —dijo entre dientes, temeroso de su reacción.
—¿Y quién no? Cada mañana cuando te levantas tomas una decisión que puede trascender desmesuradamente o ser insignificante —su voz se había tornado sombría, evocando recuerdos a su mente que hubiera querido borrar. Edward detuvo el coche frente a una luz ámbar, girándose para mirarla con inquietud —. Las decisiones de la vida son como esto, justo ahora. Pudiste haber decidido cruzar aun cuando estaba en ámbar, pero no lo hiciste. Eso probablemente pudo cambiar nuestras vidas, pudo no hacerlo. Pero al final eres tú quien decide y quien enfrenta lo que pueda suceder.
—Quizá no lo hice porque no estaba pensando sólo en mí.
—O quizá lo hiciste porque estabas pensando en ti, pero no planeaba interferir en ello.
—No, no es así —aseguró —. Hace tiempo que ha dejado de ser así.
—Tú no lo amas —la voz de Tanya se reprodujo en la mente de Bella, casi podía verla sentándose frente su escritorio —. Ignoro por completo si lo quieres, pero sé que no lo amas. Y sé que él no te ama a ti. Pero también sé que él está siendo serio contigo. Más serio de lo que ha sido con nadie, ni siquiera con Emma Schneider. Deberías de tenerlo en cuenta.
—Si lo que tratas de decir es que Edward no está jugando conmigo yo…
—-Edward no es de esos —la interrumpió —. Puede ser egoísta e imbécil, pero no te haría daño, no deliberadamente.
—Le tienes mucha fe, ¿eh?
—Toda la que le puedes tener a tu hermano.
—Entonces no esperes que confíe en tu juicio, no es imparcial —murmuró, suspicaz, escudriñando sus expresiones espontáneas.
—Tú no lo conoces.
—Tal vez no, tal vez sí; pero qué tanto lo conozca es algo entre Edward y yo. —Su tono cortés se había vuelto un tanto irreverente, mas su intención nunca fue ofenderla.
—No confías en él, eso lo dejaste claro hoy —le espetó de la misma manera —. Pero yo no soy nadie para juzgarte, sé mejor que nadie que Edward no es un santo. Sólo te pido que no le ofrezcas más de lo que estás dispuesta a dar.
—La confianza se gana, Tanya.
—Entonces, si tan poco crees en él, deberías empezar a ponerlo a prueba, ¿no lo crees? —replicó amablemente aunque con una nota de sarcasmo.
Fue entonces que Bella se dio cuenta que no le creía ni una sola palabra.
Disculpen tanta raya, es sólo que FF no me permite separarlos con puros espacios.
Hola, buenas tardes.
Se me borró mi nota original -.- Pero bueno, aquí estoy. Tengo este capítulo desde hace un par de semanas pero no podía subirlo porque sentía que le faltaba algo. Pero aquí esta finalmente.
En mi nota original di un discuros de cómo estoy en mi último semestre del colegio y de que tengo muchas actividades, pero he reflexionado y no creo que les importe en realidad. Pero es la pura verdad.
Gracias por las alertas, favs y reviews. Creí que ya no quedaba nadie por aquí.
Btw, my girls, digan NO al plagio. Me he topado últimamente con un montón de plagios y es tan lamentable... Yo he estado aquí en FF desde que tengo 13 años y no es excusa para nada. En su mayoría las chicas que copian y pegan historias ajenas son niñas de esa edad y se escudan en ello. Es muy duro para una autora eso, así que por favor, denunciénlas.
Bueno, estoy escribiendo el capítulo 11, espero terminarlo hoy pero tengo tarea de Seminario de Cultura Regional -.- Pero haré todo lo que pueda, lo juro.
Les agradezco lo que hacen por mí,
Con amor,
LizBrandon
17.02.13
