Fuga nocturna
El día se diluyó finalmente, como lo hicieron también sus fuerzas; el tiempo pasó y cada uno se entregó en los brazos del sueño. Como de costumbre, Sarah le echó un vistazo al mago, antes de dormir; él no se había olvidado de su acuerdo, se mantendría despierto tal y como lo había prometido, en vigilia constante. Nuevamente, como la noche anterior, como la primera noche que pasare bajo su tutela exclusiva, ella le observó rodeado de penumbra, su más fiel compañía, exhalando vapor ante el frío implacable y jugueteando con su bendito cristal para matar el tiempo. Algo reconfortante, una leve satisfacción le invadió el corazón; finalmente Jareth parecía ser capaz de cumplir su palabra… y parecía congeniar con el implacable Toby. Qué maravillosa sorpresa. Se le tradujo aquél sentir en una incipiente sensación de confianza; algo muy alentador para ella; tal vez, con el paso del tiempo, llegase a descubrir que podía confiar en él después de todo. Y tal vez pudiera, por qué no, decirle adiós a ese temor que le invadía cuando estaban cerca. Esa sensación de que Jareth podía salir disparado en cualquier dirección en cualquier momento, incontrolable, impredecible. Se acurrucó sobre sí misma, como una madeja de lana en el suelo, y al tomar la manta para abrigarse, rememoró el mal comienzo de su relación con el elfo. Quiso saber entonces dónde se encontraba, cotejar quizá su pena y percibir si requería unas palabras, o que le dejase reflexionar a solas. Escudriñó, pues, el entorno, y descubrió a Gennah afligida, sentada contra el muro, mordiéndose las uñas. Y con una mueca de preocupación preguntóse si sería necesario dejar la charla para el día siguiente, o ir en pos de un acuerdo en aquél preciso momento. Lo que ignoraba era que Gennah pensaba fugarse de allí esa misma noche, huir de su presencia casi del mismo modo como había llegado. A pesar de su intenso deseo de una amnistía, Sarah no creyó conveniente el lugar para conversar acerca de sus… celos. Sobre todo porque un par de oídos se hallaban de vigilia perfectamente despiertos, un par de oídos cuyo dueño se hallaba directamente involucrado en el asunto. Sería mejor dejarlo para mañana, seguramente encontraría ocasión para una conversación.
La noche avanzó con pies de escarcha a lo largo de la línea del tiempo, sin que algún sonido artero inquietase al equipo que dormía. El calor del fuego les sumió en una inconsciencia paulatina, favorecida esa noche por las maravillosas mantas de Gennah, y mientras se alejaban de la realidad de las cosas, el elfo encontróse a la expectativa, aguardando el momento preciso para desaparecer de sus vidas. La mitad de las condiciones para asegurar su partida estaban dadas: todos yacían en el más absoluto silencio. Sólo había que burlar los atentos oídos de Jareth; tarea difícil, por cierto; el mago trasnochaba, sumido en sus propios pensamientos, pero manaba de su cuerpo esa impresión de que todo cuanto le rodeaba se hallaba bajo su mano, bajo su poderío. Tal vez el tinte de su presencia, como un dejo o un resabio de potestad absoluta, inspiraba que no había cosa en la penumbra que no le perteneciera. Y si algo se escabullera, creyendo evadir sus sentidos, sería inevitablemente aprehendido por el guardián en vela.
Tal vez a causa de los nervios, o de la impronta fastuosa que él esgrimía, lo cierto es que el terror a ser pillada le invadía, aunque no por eso renunciaría a su plan. Gennah se desprendió sigilosamente del suelo, tomando los recaudos que sus instintos le susurraron precisos. Incorporóse en un débil balanceo, auxiliada por sus manos en las lajas del murallón, acompasando sus movimientos para no emitir el más tenue rumor, y adhiriéndose a su medio como una sombra más. Antes de poner en marcha el motor de sus pasos, arrojó su vista a un flanco buscando el objetivo deseado; y he aquí un pasillo largo, oscuro y solitario hundiéndose en el ébano de la noche, a espaldas del mago. Contuvo el aliento traicionero de cualquier silbo que se escapase ante el apremio y fugase delator hacia los oídos ajenos, y hasta caminó descalza para despistarlos. Y cuando hubo ingresado en el camino elegido, creyó que había logrado con éxito su cometido, pero Jareth no sólo era dueño de unos oídos prodigiosos; también lo era de un impresionante sexto sentido. Una impresión acusadora afirmóle sin rodeos que algo estaba ocurriendo, allí a sus espaldas, y trajo consigo una intranquilidad temprana, que le obligó a volver su rostro y pillar a la desafortunada que escapaba. Levantó las cejas, sorprendido. ¿Qué creía que estaba haciendo? Empero no intervino; astutamente se reservó, prefiriendo vislumbrar qué pretendía ella con eso.
Sarah, atormentada por la culpa, fruto de sus arrebatos de ira, se hallaba adormecida pero incapaz de perder la consciencia. La misma voz que clamare en la mente del mago que un hecho inusitado se estaba manifestando, cuchicheó también para ella, agitando aún más las aguas de su impaciencia. Sobresaltada, temiendo algún ataque sorpresivo, levantó pues la cabeza cuando Gennah se colocaba nuevamente las sandalias dentro del pasillo contiguo, y echaba a correr sin verla. No hubo paréntesis ni intervalo entre descubrirle y reaccionar; impulsivamente, se incorporó de entre sus cobijas y salió disparada a buscarle, como esas reacciones a priori, o esas actitudes irreflexivas que responden a veces a asuntos mayores, que no se han palpado todavía; razones espirituales que acatamos y venimos luego a descubrir con dicha que fue digno menester obedecerles.
Jareth dio un respingo; había visto todo, pero ninguna de las dos jóvenes se había percatado de ello. Gennah huyó despavorida en medio de la opacidad nocturna, y al oír que Sarah le seguía de cerca acrecentóse aún más su urgencia y su angustia; lamentablemente, no había pasado desapercibida.
- ¡Gennah! – Gritó Sarah, alarmada - ¡Espera! ¿Qué haces?
No obtuvo respuesta; tampoco buena fortuna: la oscuridad era tan intensa que una depresión en el sendero desplomóle de pronto y sometióle a rodar colina abajo, hacia un claro, a unos escasos metros. Aunque se trataba de una caída leve, su carácter de sorpresiva le arrancó a Sarah un quejido; se había torcido un tobillo, sin mencionar las magulladuras provocadas por la resbalada. Gennah le escuchó, aterrada por su suerte, y regresó sobre sus propios pasos a buscarle entre el ramaje. No podía ser, ni siquiera huyendo dejaba de meter a sus amigos en problemas.
- ¡Sarah! ¡Sarah! – jadeó al llegar a las proximidades del hundimiento. No lograba verla, las tinieblas lo invadían todo - ¿Estás bien? ¿Me oyes?
- ¡Aquí abajo! – gritó Sarah. El dolor en su tobillo era intenso. Gennah se las ingenió para alcanzarle y ayudarle a reincorporarse, evitando el contacto del pie herido con el suelo.
- ¡Oh, lo siento! ¡Lo siento! – tartamudeó el elfo tomándole un brazo para colgarlo en su cuello; planeó asistirle de este modo para andar hasta el camino. - ¡Todo es culpa mía! ¡No hago nada bien! ¡Ni siquiera huir de ustedes!
Sarah frunció el entrecejo, sorprendida.
- ¿Huir? – Su comentario habíale admirado pero a la vez le había sonado a broma - ¿Y por qué ibas a huir de nosotros…?
- Pues… - respondió Gennah torpemente – Para dejar de causarles problemas… pero mírame, lo he intentado y ya he causado otro mayor.
Su voz tornóse quejumbrosa, realmente se hallaba convencida de su condición de indeseable; Sarah encontró sus palabras exageradas pero divertidas, y dejó escapar su risa.
- ¡Por favor, Gennah! Me he caído por culpa de la oscuridad. Esta situación corre por cuenta mía.
Gennah le arrojó una mirada estupefacta. ¿Se hallaba de buen humor? ¿Acaso no iba a increparle nada?
- Pero, pero…
- Gennah – Plantóse Sarah en su sitio; esgrimió una voz firme pero amable – Tenemos que hablar.
Aprovechando la distancia a la que se encontraban del resto del grupo, Sarah le invitó a sentarse para aclarar algunas cuestiones, con mayor intimidad. Gennah aceptó mansamente, y una vez frente a frente, Sarah exhaló para adquirir valentía y se dispuso a echar mano de su madurez.
- Gennah, quiero pedirte disculpas por haberte gritado esta tarde – comenzó diciendo - Creo que me extralimité y no fue correcto. Yo no quiero llevarme así contigo. Sólo fue un arranque, una actitud infantil.
- Oh… - Gennah no cabía en sí del asombro. ¿Realmente no había sido por su causa su ataque de rabia? - ¿Lo dices en serio? Porque… fue mi culpa que demorasen en llegar al laberinto de setos… y por segunda vez…
- La primera no fue culpa tuya, nosotros decidimos ir a salvarte – apuntó Sarah – Y no estamos arrepentidos de eso.
- Además… - porfió Gennah en voz baja, apesadumbrada – Por mi culpa su Alteza tuvo que arriesgar la vida bajando a buscar a una inútil prendida de una soga.
Sarah sonrió y se acomodó el cabello. Había tocado exactamente el tema del que ella deseaba hablar.
- Mira Gennah, tenías miedo. Y eso está bien, no eres anormal – comentó de buen humor – Y respecto al rey… bueno, mira… No hiciste nada malo, él se comprometió a ayudarnos hasta que lleguemos al castillo, y sacarte del problema era parte de su responsabilidad, ¿entiendes? Parte del trato.
- ¿Trato? – Inquirió Gennah con desconcierto - ¿A qué te refieres con trato? ¿Está con ustedes de mala gana?
A Sarah se le hizo un nudo en el estómago. Pero era ahora o nunca.
- Mira Gennah… - suspiró; aguardó unos instantes y prosiguió – El rey y yo tenemos un pacto. El cumple su parte, y yo cumpliré la mía… cuando todo esto termine. Ehmm… y sí, creo que ello guarda relación con mis repentinos ataques contra ti.
Gennah parpadeó, ladeó la cabeza sin comprender y permaneció muda. Sarah bajó la vista, dubitativa. ¿Sería estrictamente necesario que le fuese sincera? Se moría de vergüenza.
- Gennah, yo… - se mordió los labios – Yo no sé si deba decirte esto.
Una sonrisa iluminada colmó el rostro del elfo, acababa de comprenderlo todo; su plano funcional dentro del equipo era prácticamente nulo, mas en el plano afectivo captaba hasta el detalle más remoto. Sarah le observó, atónita, ¿qué significaba esa mueca? Gennah se le aproximó, y con toda la dulzura de una confidente, o de una hermana, soltó sus palabras.
- ¿Creíste que yo…?
Sarah quedóse paralizada; no pudo pronunciar palabra, sólo estremecer la mirada. Gennah sonrió aún más, enternecida, y decidió a ayudarle a decir lo que no se atrevía.
- Te gusta, ¿cierto? – Inquirió; Sarah ruborizóse por completo – No. No sólo te gusta. Lo amas, ¿no es así?
- ¡Gennah, por favor! Basta. No sigas.
Gennah prorrumpió en carcajadas; la idea le fascinaba, romántica empedernida e indiscreta. Pero para Sarah era un desastre, quién sabe si su secreto estaría en buenas manos con esa despistada como custodia. Alarmada, intentó que cerrara la boca.
- ¡Shhh! ¡Te van a oír!
Pero el elfo ya le había tomado un gran cariño.
- Mira, Sarah – le dijo, en un tono manso y leal – Puedes confiar en mí. No le diré nada a nadie.
Sarah se mordió los labios, recelosa.
- ¿Lo dices en serio?
- ¡Por supuesto! – Sonrió Gennah – Y quiero que sepas algo más. Tu rey no me interesa para nada…
- Ah, ¿no? - A Sarah le regresó el alma al cuerpo, de pronto. ¿Alivio? Si, un gran alivio. Recapacitó sobre lo que le acababan de decir y entonces sí, descubrióse sonriendo como su compañera. Gennah se aproximó aún más, disminuyendo el tono de su voz.
- A mi me ha conquistado Hoggle… - susurró. Sarah quedóse pasmada en el acto; eso sí que no se lo esperaba.
- ¿Qué…?
- ¡Oh, sí, es que es tan dulce!
Sarah hizo una mueca cómica y pronto recuperó el buen humor. Bueno, si a ella le gustaba el enano, ¿cuál era el problema? ¡Lo importante era que no estaba interesada en Jareth! Agradeció en ese preciso instante el haber mantenido aquella charla con ella, de repente todos sus temores habíanse disipado, sus celos también, y había ganado a una colega que parecía ser muy dulce y comprensiva. Gennah le observó intensamente.
- ¿Crees que podamos ser amigas? – le susurró con temor; Sarah le dedicó una sonrisa satisfecha.
- Por supuesto que sí.
Gennah expandió sus ojos azules, como se expande el océano abierto; ¿había oído un sí? La respuesta de Sarah habíale sabido a bálsamo maravilloso, ¿por fín una amiga? ¿Por fin alguien que no le considerara un estorbo, ni deseara deshacerse de ella de inmediato? Sarah estremecióse por dentro; era lamentable darse cuenta de lo tangible de la lástima que sentía por sí misma esa chica; como si se hallase a un paso de la resignación, habituada a una vida de desprecios. Había un dejo de tristeza en su mirada, y a la vez un anhelo ferviente; era imposible ignorar el rutilar en sus ojos cuando hablaba con sus camaradas. Sí, seguramente no hubiera madurado lo suficiente, manejándose en su trato como una niña pequeña, pero llevaba ciertas marcas en el espíritu que solo provee la experiencia; la experiencia de la soledad y de las ausencias. Como si no le quedase opción, para no incomodar a nadie, que transitar silenciosa, deseando ser lo más invisible posible, temiendo importunar a cualquiera. Que la gente no le viera, no le notara, acunando con ello cierta calma, la que deviene de ser totalmente ignorada.
Empero ese pequeño intercambio de palabras, y las buenas voluntades encontradas, renovaron en ella su espíritu, ante la promesa de una amistad paciente y duradera. Entonces, feliz y solícita como una madre, Gennah le auxilió a incorporarse; la estribó por sobre su hombro, abrazándole la cintura, y así Sarah logró llegar cojeando nuevamente al camino, para emprender el regreso. Mas cuando alcanzaron la mitad del recorrido, una sombra familiar les salió al encuentro, provocando que saltasen hacia atrás como dos resortes.
- ¿Se puede saber qué hacen ustedes dos? – Era Jareth, que con cara de pocos amigos y los brazos en jarra les observaba volver. Las jóvenes tartamudearon unos instantes, entorpecidas, y el mago entornó la mirada, suspicaz. ¿Qué le ocultarían?
- Pues… - Balbuceó Sarah, visiblemente tensa – Nada, nada. Sólo charlamos.
- ¿Charlan…? – Jareth alzó las cejas, incrédulo - ¿A estas horas? ¿Y por qué andas con un solo pie? ¿Juegas rayuela, o tienes vocación de garza…?
Gennah mordióse la lengua para no ceder a la risa; con lo que se había enterado esa noche, ahora entendía perfectamente sus discusiones. Era obvio que estaban enamorados.
- Nada de eso – Se defendió Sarah, nerviosa – Sólo hablamos. Es todo. ¿No deberías estar en tu puesto?
- Si, debería – sopló Jareth, con ironía – Pero resulta que debo vigilar también a un par de inmaduras que salen a jugar a las escondidas de noche.
Gennah se mordió los labios, incapaz de retener el resuello por mucho más tiempo; Sarah se impacientó.
- Pues qué bueno que ya te hemos quitado esa preocupación de encima – sonrió, mordaz. Y arrastrando al elfo detrás de sí, continuó su camino franqueando la mirada desconfiada del mago – Nos vamos a dormir. Hasta mañana.
A toda prisa, las jóvenes alcanzaron el campamento, soplando y resoplando para no reírse. Sarah dio un par de brincos y se desplomó sobre su manta, risueña.
- ¡Oh, Dios, mira cómo estás! – exclamó Gennah, acurrucándose en su antiguo sitio para dormir - ¿Te duele mucho?
- No, descuida, pronto pasará. Fue sólo una torcedura, no estoy lastimada. Mira, no se ha hinchado mucho. En un par de horas ni me acordaré de esto.
- Oye… - Gennah siseó desde su rincón, todavía emocionada - ¿Y él lo sabe…?
- ¿Saber qué?
- ¡Pues, lo que sientes!
- Ah, bueno, pues…
- ¿¡No le has dicho nada! – Escandalizóse Gennah.
- ¡Shh…! - Sarah agitó sus manos para que bajara la voz – Ehmmm… mira, mira… es… es… una historia muy larga. Ya te la contaré algún día.
- ¡Oh, sí, por favor! – Gennah sonrió, y se mantuvo expectante, como si algo maravilloso fuese a ocurrir en ese preciso momento.
- ¡Pero no ahora! – Sarah adivinó sus intenciones.
- Ah - Gennah suspiró, frustrada como una niña.
El sonido de unas pisadas les enmudeció de repente; Jareth se acercaba por el pasillo del laberinto, en dirección a su antiguo puesto de vigilancia. Gennah permaneció inmóvil como si su sólo respirar fuese a delatar algo de lo que se hallaban conversando; su amiga hizo lo mismo, con el aliento detenido en su pecho, aguardando. Ambas le acecharon con la vista, alarmadas; y por breve momento semejaron un par de presas congeladas, mimetizándose en el entorno para eludir la vista de quien pudiera devorarlas. Pero el mago desfiló delante de sus narices, indiferente; ni siquiera deslizó una mirada indagadora. Su capa nacarada onduló prendida a sus hombros, y se envolvió en ella cuando se hubo sentado al reparo del muro, en el destino escogido. Sarah sintió los ojos de Gennah en la nuca; fue una sensación irritante e inquietante. Volvió su rostro y en efecto, el elfo le observaba con una sonrisa cómplice, como quien dice "ahora sé lo que tú sabes y él no sabe". Sarah padeció escalofríos; ahora que Gennah sabía la verdad de seguro la perseguiría día y noche con el asunto. A menudo era tan… infantil. Empero manaba de ella cierta ingenuidad risible, cierta fechoría inofensiva, que acabó por arrastrarla hacia la misma simpatía, y ambas rieron entre dientes, como dos niñas que comparten sus confidencias amorosas. Con el ambiente más calmo, y las conciencias tranquilas, las dos se quedaron dormidas ante el ameno calor de la fogata.
Sí que Jareth estaba aburrido; las horas transcurrían lentas y pesadas, y jugar con el cristal ya no tenía sentido. Con una mueca de frustración, miró en dirección al grupo. Alrededor de las crepitantes llamas, nadie se hallaba consciente. Sólo Sarah, que eventualmente cambiaba de posición debido al malestar en su tobillo. El reloj avanzaba y avanzaba sin dar tregua, y la quietud nocturna era tan agobiante como el clima. El mago bostezó dejando en libertad una humareda de aliento que se heló en contacto con el aire gélido de la noche.
Sarah gañó y soltó un quejido; el intenso cansancio la había sumido en un profundo sueño, invadido a su vez por una terrible pesadilla, fruto del malestar en su cuerpo. Bajo su manta, girando sobre sí misma, era más semejante a una oruga inquieta que a una damisela en problemas. Vaya a saber uno qué soñaba, pero a juzgar por sus lamentos, si no era lastimero, era espeluznante. Jareth volvió el rostro, intrigado por el espectáculo; ella yacía bajo la manta, medio asfixiada, luchando tenazmente contra algo imaginario. Le oyó sollozar y suplicar socorro; evidentemente la visión era muy intensa. Dudó el mago unos segundos, mas al cabo de un rato fue incapaz de soportar los lloros. Quién sabe si hacía lo correcto, pero algo le impelía a despertarla de aquellos infiernos. Se incorporó de su sitio, como titubeando al principio, y con cautela felina se aproximó al revuelo en el que se hallaba sumida. Para no sobresaltarla, ni tampoco despertar al resto de la chusma, se colocó en cuclillas a su lado intentando destaparla para que aspirase un poco de aire. Con lograr solamente desnudar su cabeza, se sentiría seguro repuesta y tornaría al descanso tranquilo; tomó pues con sigilo el extremo de la frazada y comenzó a halar de ella, con delicadeza y astucia. La cobija deslizóse gradualmente entre sus manos hasta que dejó en libertad el rostro acalorado de la joven; pero ésta abrió sorpresivamente los ojos cuando Jareth todavía la sostenía en alto.
- ¡Aaaah…! – exhaló, con toda la fuerza de sus pulmones. Jareth dio un salto y abalanzósele desesperadamente hasta taparle la boca con una de sus manos.
- ¡Shh…! – Exasperado, pálido, en cuatro patas con tal de que la chica mantuviese la boca cerrada - ¡Deja de gritar como una desquiciada…!
Sarah le arrancó la manta de un tirón y se la llevó al pecho.
- ¡¿Qué rayos haces aquí? – chilló en voz baja - ¡No sabía que eras tú!
- ¡¿Y quién más va a ser?
- ¡Shh…! – Le regañó ella, exaltada - ¡Vas a despertarlos a todos!
- ¡Tú lo vas a hacer con el escándalo que armaste!
- ¿¡Qué es lo que quieres! – inquirió Sarah; se le había hecho un revuelo dentro: aún conservaba la alteración del repugnante sueño y ahora sumaba la de la tremebunda sorpresa.
- ¡Quiero saber qué ocurre! – respondió él, molesto.
- ¿Qué…?
- ¡Shhh…! – Siseó, inquieto; echó un vistazo y comprobó que aún todos dormían, serenos - ¡Sabes de qué hablo! ¡Sales despavorida en medio de la noche, regresas cojeando y luego ruedas en lamentos en lugar de descansar! ¿¡Qué demonios pasa contigo!
- ¡Tuve una pesadilla! – se excusó ella.
- ¿Y tu cojera? ¿También la soñaste? – sopló él, incisivo.
Sarah abrió mucho los ojos, se sabía acorralada; pero admitir que estaba lastimada supondría exponerse a algunas preguntas,… si es que no intentaba alguna otra cosa. El mago se sentó a sus pies, esperando respuesta. Ella revoloteó con su mirada unos instantes, mas finalmente dijo la verdad.
- Me torcí el tobillo… - susurró, avergonzada – No puedo moverlo, se ha hinchado… y duele.
- Déjame ver eso – ordenó Jareth, con madurez. Sarah se sobrecogió de pudor.
- ¿Qué?
- ¡Lo que oíste, anda!
Sarah dudó unos segundos, su orden había sonado muy rotunda y terminante. Si él era capaz de realmente ayudarla, ¿cuál era el problema? Su timidez, ése era el problema. Terrible montaña a conquistar, por cierto. Cuántos inconvenientes se empecinaba en provocarle ese aspecto ladino de su personalidad. Se estremeció, tiritó, pero finalmente deslizó su tobillo lacerado desde debajo de las cubijas hasta dejarlo en evidencia. Jareth observó ceñudo la herida, inmóvil desde su sitio.
- Si esto te ocurre cada vez que charlas con Gennah, será mejor que reconsideres tu amistad con ella – ironizó.
Sarah hizo una mueca con los labios. Si, Gennah; otro peligro potencial; mejor no recordarlo. Jareth se quitó el guante izquierdo y ella palideció, ¿qué intentaba hacer? Algo se estaba saliendo de cauce, algo se estaba desbordando; la situación amenazaba con ya no tener amo, y aquello le aterrorizó.
Amedrentada, escudriñó al mago; éste extendió la mano con intenciones claras de posarla sobre la lesión. Ella sobresaltóse y retiró sus pies hacia atrás, como primer instinto. Jareth se detuvo en seco y dejó caer lentamente su mano; se acababa de dar cuenta que acercarse había sido un error. Ella le temía, no había que ser muy astuto para notarlo. A estas alturas de su vida, y de las frustraciones continuas, la resignación resultóle una tentadora oferta, y casi sin darse cuenta, se abandonó a embeberse de ella, dejando caer su mirada al suelo. Ladeó la cabeza con molestia y se dispuso a incorporarse, con intenciones estoicas de marcharse sin más. Ella se percató en un instante y reaccionó con un ímpetu apremiante.
- Es… es una torcedura, como cualquier otra – Aunque temblare, aunque con torpeza, Sarah balbuceó aquella respuesta atrayendo nuevamente su atención y evitando que se levantase siquiera. Él entornó la mirada, receloso.
Sarah ladeóse dócilmente como evidencia de sus palabras y acercóle su pie otra vez, para que examinara. Le consumía el monstruo de la timidez, aunque presentó batalla; y ese enfrentamiento atroz que se desenvolvía dentro de su cuerpo se tradujo en una mirada angustiosa, en un temblor incesante. Jareth le observó con serenidad unos momentos, y pareció comprender; sin hacer más comentarios, desplegó su mano mansamente hasta que sus dedos alcanzaron el tobillo herido. Ella se conmovió de rubor y retraimiento, como si fuera una niña pequeña; cada yema de sus dedos le impresionó sobremanera, como si padeciera alguna ligera corriente eléctrica incluso antes de que la asiera. Él cubrió la herida con la palma de su mano, sumamente cálida, mas comenzó a sentirse tenso por el contacto y fijó los ojos en su meta para evitar perder el aplomo. Un vivo calor con cuerpo etéreo de luz pálida desprendióse de su mano hacia ella, llevando consigo un intenso alivio; la había sanado. Y precipitáronse las ansias, sin ataduras ni sujeciones; el corazón de Sarah latió desbocado y el de Jareth correspondióle, espantado; la mesura fluctuante, mantenida entre ambos con diplomacia adulta, esfumóse en el aire, arrasada por la ansiedad repentina que brotó de alguna parte. ¿La cercanía? ¿El contacto? Quién sabe, pero la noticia de un fuego abrasador ardiéndoles dentro amedrentóles grandemente y al unísono. Como si buscase explicación a lo que se hallaba sintiendo, el mago alzó la vista cautelosa hasta contemplar a Sarah, y comprobó que eran los dos quienes temblaban, incapaces de hablar, sólo cruzando intensas miradas. Una cosa era fantasear con el interés que cada uno sentía por el otro; otra muy distinta era corroborarlo in situ y sin anestesia previa.
Finalmente, presa del pánico, Jareth se incorporó de un salto y se calzó el guante izquierdo torpemente.
- De… descansa – tartamudeó con celeridad, y girando sobre sus talones huyó de la presencia de Sarah tan pronto como le fue posible. Ella le observó marcharse, atónita, y se enfureció consigo misma: ¿por qué tenía que ser tan tímida? ¿Por qué tanto temor? El viento gélido de la noche le envolvió recordándole que debía cubrirse nuevamente con la manta.
Ofuscado, frustrado y molesto consigo mismo; así arribó Jareth a su oscuro rincón contra el muro. Se desplomó en su sitio como un chiquillo ensayando una pataleta, y exhaló furioso el vapor de su nariz. Qué tontería. Se había encaminado hacia ella pavoneándose como un Don Juan para después no saber reaccionar. Patético. Terrible. Enfermizo. Se llevó los dedos a la sien y cerró los ojos con fuerza. Trinaba de rabia. Ridículo, detestable. Así se flageló mentalmente a sí mismo hasta que el pulso de su enojo le obligó a abrir la boca.
- ¡Lamentable, irrisorio, vergonzoso!
- ¿Qué haces…? – la vocecita lo hizo saltar como un gato. Ahora era Sarah la que se acercaba, atraída por su murmurar incesante.
- Eh… Enumero adjetivos.
- ¿Qué? – Sarah frunció el ceño, confundida.
- ¡Lo que oyes! – Se quejó él, nervioso – ¡Si hubieses pasado como yo, dos días y casi dos noches sin dormir, sabrías lo que es el aburrimiento!
Sarah hizo una mueca graciosa con los labios.
- ¡Pues sí que te está afectando!
- ¿Y lo dices tú, que sales en locas maratones nocturnas y regresas con un pie menos? - chilló Jareth, en el mismo tono - ¿Quién está derrapando?
Un leve desliz les interrumpió; un movimiento, un roce. Había tenido origen a sus espaldas, en la profundidad del laberinto; Sarah sobresaltóse y Jareth se abalanzó para ver. Ella intentó seguirle, mas él se volvió de inmediato.
- ¡No! – le dijo con severidad. Sarah obedeció y permaneció en su sitio, expectante. El mago escabullóse en medio de la penumbra nocturna como una sombra más del entorno, y Sarah pronto perdió de vista su etéreo abrigo de plumas blancas, devorado por la opacidad reinante. Alarmada, arrojó una mirada a sus compañeros que descansaban a la distancia, ajenos al incipiente peligro.
Unas risitas torpes y maliciosas le guiaron al destino correcto. Jareth se había deslizado tras los muros que escondían la entrada a una especie de jardín, y allí, sobre el frío césped, un pequeño grupo de gnomos se reagrupaba con prisa e ineptitud. Traían consigo a un dragón como cabalgadura, de un hermoso pelaje blancuzco reluciente como la luna llena, aunque de pocas pulgas. En dos o tres oportunidades lanzóles tremendas tarascadas a sus pequeños domadores, haciendo chasquear sus afilados colmillos en el aire. Jareth aguzó la vista; parecían regresar de cumplir alguna tarea, aunque por la creciente oscuridad era imposible distinguir con certeza lo que traían consigo.
- ¿Terminaron? ¡Quiero irme de aquí, tengo frío! – se quejó el que estaba montado sobre el adusto animal.
- ¡Sí, sí, todas están listas! – cuchichearon los que se acercaban al trote.
- ¡Perfecto, entonces cuidado! – Indicó el primero – Recuerdan bien donde están todas, ¿verdad?
- Eeeh…
- Bien, bien, vámonos de aquí, rápido.
Velozmente, el obtuso tropel se encaramó a la mítica bestia y, fustigándole, le obligaron a elevarse en los aires para escapar de allí sin emitir sonido alguno. Sus preciosas alas blancas se expandieron en todo su vigor como un par de mantos áureos de nubes vaporosas, y las blandió con energía, despegando su cuerpo del suelo con cada zarpazo, desgarrando el frío aire nocturno. Los ojos de Jareth se hundieron en la portentosa visión; y cuando el dragón hubo tomado potestad de los cielos salió de su escondrijo para estar en un par de saltos dentro del jardín. Avanzó unos cuantos metros y les observó alejarse a considerable altura; el céfiro impulsado por la fuga onduló las plumas de su capa, que cerniéronse sobre su cuerpo mientras resoplaba exhalando vapor por las narices. Echó entonces una ojeada alrededor y no percibió nada que delatase lo que aquellos bribones habían venido a hacer. Con una mueca de disgusto, se dispuso a regresar donde Sarah, pero cuando dio un paso hacia atrás el suelo se le volvió de pronto inestable. Instintivamente abrió los brazos y quedóse inmóvil. Arrojó su vista a tierra y corroboró que tanto el césped, como las hojas y los gajos esparcidos al azar no desentonaban con el resto del parque, ni se presentaban sospechosos; sin embargo estaba de pie sobre una estructura muy frágil, podía sentirlo. Con suma cautela, giró sobre si mismo, evitando ejercer más presión de la debida y se sostuvo tieso, en dirección al camino de regreso. Afortunadamente para él su cuerpo era delgado y atlético y no había fatigado los tirantes de la trampa con su peso, mas el sonido de unas zapatillas que se aproximaban a través del pasillo le tomó por sorpresa. Era Sarah, quien preocupada por la demora se había atrevido a seguirle las pisadas. Al arribar al final del corredor, observó entusiasmada que el mago se hallaba en medio del jardín sin un rasguño, y alentada por ello, echó a correr hacia él para anoticiarse de lo ocurrido. Un escalofrío recorrió la espalda de Jareth al verla abalanzársele sin temor alguno; pensó inmediatamente en el peligro latente bajo sus pies y levantó las manos para detenerle.
- ¡No! ¡Espera! – gritó. Pero ya era tarde. En un instante Sarah le dio alcance, y al posarse ante sus narices, el impulso que traía consigo deshizo el frágil estrado orientado a tragárselos sin aviso.
- ¡Aaah….!
En un abrir y cerrar de ojos ambos desaparecieron de la faz de la tierra, engullidos por una vil trampa preparada de antemano. Se deslizaron vertiginosamente, descendiendo sin asideros cada vez más y más profundo en la negritud de un túnel extenso. Finalmente fueron arrastrados hasta una grieta que daba paso a un espacio más amplio, a una garganta de roca que los devoró indefectiblemente. Fue una caída tremenda; metros y metros en lo recóndito de la tierra, dieron de bruces contra el suelo de lo que parecía ser una caverna. Era en realidad un Olvidadero, uno de los tantos diseminados por el sendero; Jareth fue el primero en aterrizar, y sobre él, de espaldas, aplastóle la caída libre de Sarah, arrancándole un resoplo de sus labios.
- ¡Lo siento! ¡Lo siento! – Jadeó Sarah, tosiendo entre la polvareda; el mago se incorporó encabritado, arqueándose como lo hacen los caballos para tumbar a quien intenta perpetrarse en su lomo.
- ¡Quítate…!
Automáticamente, procuraron abandonar la desorientación en cuanto pudieron incorporarse de nuevo; magullados, extenuados y molestos, sacudieron sus ropas mientras ansiaban ubicarse. La atmósfera era densa, la luz, inexistente.
