Nota de la autora: Las palabras cursivas que están entre comillas son pensamientos. Las palabras que son solo cursivas enfatizan una idea.


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Algo más que sólo amistad

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Entre agua y espuma

Siempre le ha gustado tomar duchas largas. Especialmente después de que la luna llena ha pasado, cuando todo en él es cansancio puro, músculos doloridos, y piel marcada por cicatrices imborrables que claman por el bálsamo que el agua tibia les ofrece. Para ello, el baño de los prefectos (con su enorme piscina rodeada por decenas de grifos dorados que salpican chorros de agua templada a diferentes temperaturas, su amplísima variedad de geles aromáticos y aceites balsámicos, y su ambiente solitario) siempre ha sido el refugio ideal.

Siempre… Hasta ahora.

Ahora no hay piscina de agua templada y deliciosa ni grifos elegantes ni tampoco una surtida variedad de geles y aceites. Ahora solo está la ducha de la humilde posada londinense. Un espacio pequeño, sencillo, enmarcado en azulejos deslustrados. Un espacio carente por completo de elegancia, donde se usa porcelana vieja y opaca en la que solo queda un poco de gel de ducha barato.

Pero a Remus no le importa.

Esta vez no hay piscina, no hay decenas de grifos dorados, no hay geles aromáticos ni aceites balsámicos. Y a Remus no le importa porque tampoco hay soledad. Ahora, entre los cálidos y firmes brazos de Sirius, no es él mismo quien en solitario intenta lamer y olvidar las cicatrices provocadas por la luna (porque esta vez no hay cicatrices con sabor a luna). Esta vez, lo que hay (lo que Remus siente y lo único que quiere sentir), en cada centímetro de su piel y más adentro (mucho más adentro), es Sirius.

Antes, sobre la cama, todo él había sido tocado por la pasión de una estrella indomable. Por dentro y por fuera. Y ha quedado marcado para siempre por ella.

Y ahora todo él huele a Sirius. Su piel, su sangre, su pelo, su carne, su boca, su alma entera. Todo.

Todo lo que es Remus está impregnado de ese aroma a noche cuajada de estrellas. A bosque húmedo y quidditch. A sándalo. A chico. A Sirius.

Porque ahora no son dos. Ahora son uno.


El agua tibia cae lenta y constante.

Ambos chicos se besan despacio (solo roces amorosos de labios suaves) mientras, entre la espuma, las manos de Sirius acarician con sumo cuidado piel y cicatrices (palpando con cariño y reverencia, lavando con cuidado y devoción, queriendo eliminar cualquier rastro de dolor o cansancio en sus músculos) haciendo que Remus se sienta liviano, a gusto, relajado.

Sirius le toca y le besa suavemente, y Remus, abrazado a su cuerpo, con los ojos cerrados, le devuelve cada beso impregnando cada uno de ellos con suspiros leves y agradecidos; luego se aparta un poco pero sin soltarle y se queda aspirando aire a milímetros de él sintiendo cómo va reconstruyéndole beso a beso y toque a toque.

Hay espuma resbalando del cabello de Remus, espuma que también borbotea sensual y deliciosa sobre los hombros de Sirius, sobre su torso y entre los muslos de ambos, limpiando sus cuerpos al mismo tiempo que el ambiente se llena de un suave aroma a manzanas frescas. Pero más allá de ese aroma, en el trasfondo de todo, huele a amor y deseo, a ansias y pasión, huele a Sirius y Remus.

Sirius busca sentir a Remus mientras ahoga suspiros anhelantes contra la sien y la mejilla derecha e insinuando su cuerpo contra él. Entre la espuma y el agua tibia lo roza suave, lento y muy cadenciosamente (con los labios, con las manos, con la nariz, con el abdomen, con las caderas, con todo lo que tiene) y Remus se siente arder como fuego puro porque ahora el mínimo toque de ese cuerpo marcado por músculos firmes y poderosos contra el suyo le está incendiando el alma con un calor ardiente que lo recorre entero abrasando en su recorrido los restos de cansancio que habían sobrevivido a los besos suaves y los roces amorosos de Sirius.

Entre tanto una etérea cortina de vapor se ha ido levantando poco a poco envolviendo el reducido espacio de la ducha, provocando que ambos cuerpos exuden minúsculas perlas de sudor que al resbalar van y se combinan con las que el agua va dejando sobre la piel. Y es que, además del calor producido por la calidez del agua, está ese calor que nace en lo más profundo de cada uno y que se revuelve entre la pasión y el deseo provocado por los besos y el roce de los cuerpos. Sirius siente estallar ese calor delicioso y enloquecedor allí donde Remus le besa o le toca.

Lo siente extenderse furiosamente como relámpagos de fuego por todo su cuerpo, excitándolo intensamente cuando Remus lo lleva a dar bruscamente con la espalda contra el azulejo (abriendo con ese movimiento, sin darse cuenta y sin que les importe a ninguno de los dos, aún más el grifo del agua), besándolo con más anhelo aún, apretando su cuerpo contra el suyo mientras sus dedos (esos dedos largos y elegantes que tanto le fascinan) se entierran, posesivos y fuertes, en sus nalgas.

El agua tibia, mientras tanto, se descontrola completamente, y cae ahora en forma de goterones que salpican furiosamente en todas direcciones, presagiando así el aguacero de pasión que se avecina.


Siempre le ha gustado tomar duchas cortas. Especialmente por causa de su carácter impaciente, acelerado, e impulsivo. En los vestuarios del campo de quidditch siempre era una ducha rápida y luego el salto al terreno de juego con el cuerpo lleno de adrenalina y emoción. Algunas veces también, mientras se sacaba la camisa y la corbata del uniforme, atravesaba corriendo (veloz, desbocado, alegre) los terrenos, y se lanzaba de cabeza a las frescas aguas del lago para aliviar con un breve chapuzón el sofocón que traían consigo los días veraniegos tremendamente calurosos. Siempre rápido, siempre acelerado, siempre impaciente.

Siempre… Hasta ahora.

Ahora Sirius, aunque se siente arder, gira la manija haciendo que el agua de la ducha (que hasta hace unos segundos salpicaba furiosamente por todos los rincones) gotee lánguidamente sobre el suelo. Y es que ahora no siente esa necesidad imperiosa de darse una ducha corta y terminar cuanto antes. No, no quiere terminar, no quiere que esto de tener a Remus así junto a él termine. No quiere soltarlo, no quiere dejarlo ir. El cuerpo de Remus está caliente, casi enfebrecido de pasión; y esa fiebre y ese calor que desprende amenaza con consumir la frágil cordura de Black.

Pero a Sirius no le importa.

Esta vez no hay una ducha rápida, no hay un breve chapuzón, no hay agua fresca. Y a Sirus no le importa porque lo único que anhela ahora es hacer estallar de nuevo esa pasión ardiente que es Remus, desea hacer arder en fuego puro ese calor que le contagia con cada beso, con cada roce y con cada caricia. Esta vez, lo que hay (lo que Sirius siente y lo único que quiere sentir), en cada centímetro de su piel y más adentro (mucho más adentro), es Remus.

Antes, sobre la cama, todo él había sido tocado por la pasión del lobo salvaje. Por dentro y por fuera. Y ha quedado marcado para siempre por ella.

Y ahora todo él huele a Remus. Su piel, su sangre, su pelo, su carne, su boca, su alma entera. Todo.

Todo lo que es Sirius está impregnado de ese aroma a pergamino nuevo. A luna y tierra húmeda. A chocolate caliente. A chico. A Remus.

Porque ahora no son dos. Ahora son uno.


Los besos de Remus ya no son suaves. Ahora están impregnados de un hambre voraz que Sirius siente incluso en la ruda manera en la que los largos dedos se entierran en sus nalgas. Al sentir esa rudeza apasionada, la naturaleza impaciente y acelerada de Sirius se agita intensamente en su interior porque la pasión que Remus le provoca lo excita hasta el punto de hacerlo ansiar hundirse de nuevo en él y sentir esa deliciosa estrechez recibiendo una y otra vez su carne palpitante.

Lo desea tanto que es hasta físicamente doloroso contener sus ansias por él pero, a pesar del gran esfuerzo que supone, Sirius se obliga a contenerse porque le basta mirarse en esos ojos que brillan salvajes e indomables (ambos iris completamente llenos de ese precioso dorado que lo enloquece) para saber que esta vez no será él quien llevará las riendas, sino Remus.

Sirius, por supuesto, no está acostumbrado a que alguien le imponga un mandato o una voluntad; sin embargo, tiene que admitir que, si bien el Remus apasionado, dispuesto y entregado lo enloquece completamente, este Remus apasionado, fuerte y rudo también le gusta muchísimo. Es un Remus que entierra los dedos en su carne con mucha fuerza, que lo besa con ansia desmedida. Con deseo. Con pasión. Con amor. Y que, cuando no está besándolo, está lamiéndolo o mordiéndolo o gimiéndole su deseo y voluntad al oído con palabras y frases poéticamente sensuales…

"Tócame más… Acaricia mi carne hasta que logres sentir mi alma elevándose entre tus dedos".

…, deseo y voluntad envueltos en una voz deliciosamente grave y persuasiva que dispara en Sirius el afán inmediato de querer complacerlo.

"Bésame más, Sirius… Devórame el cuerpo entero con tus labios exquisitos y bebe de entre mis piernas hasta embriagarte de mí".

—Dime que… quieres hacerlo—Remus suspira y sigue gimiendo al oído de Sirius—. Dime que quieres acariciarme… hasta sentirme… el alma… —respira agitado e intercala besos voraces con mordidas llenas de deseo (muerde los labios, el mentón, el cuello y los hombros de Sirius) y sus palabras se confunden con los suspiros y la voz de Sirius (que susurra desesperadamente Quiero hacerlo, sí que quiero… Me muero por sentirte, Rem) mientras lo toca y lo acaricia con fuerza buscando llegar más allá de su piel y tocar su alma misma.

—Dime que… quieres besarme—vuelve a pedir el apasionado licántropo, y Sirius musita mmmsí, sssí quiero mientras sus manos fuertes acompañan el recorrido de su boca que, después de haber lamido la sobresaliente nuez del largo cuello, ya está besando y mordiendo los endurecidos pezones del blanco pecho cuajado de cicatrices.

—Voy a devorarte entero, Remus... —sentencia Sirius y su lengua ansiosa roza el abdomen y su boca ávida llena de saliva la cuenca del ombligo mientras Remus apuña los ojos y se muerde los labios con fuerza para contener el deseo enorme que amenaza con consumirlo antes de tiempo.

Y tiene que hacer un segundo esfuerzo (esta vez para no gemir desesperado) cuando los besos suaves de su chico invaden los prominentes huesos de sus caderas provocándole un delicioso cosquilleo al tiempo que Sirius las estrecha con fuerza entre sus manos.

Los dedos de Sirius encajan otra vez perfectamente en esas antiguas marcas rojizas que se dibujan en la suave carne de las nalgas de Remus (marcas que Sirius creó y que está decidido a perpetuar) mientras se arrodilla completamente frente a él.

Levantando suavemente la cabeza fija su mirada gris en el rostro contraído de Remus.

—Abre los ojos, Rem. Quiero que mires.

Remus obedece y ambas miradas se encuentran. Sirius le sonríe con esa sonrisa de Juro solemnemente que mis intenciones no son buenas, y el corazón de Remus se acelera y tamborilea desbocado.

Entonces Sirius, mojándose ligeramente los labios (tal como haría si estuviera a punto de probar su postre favorito), mira la majestuosa erección del joven licántropo completamente rígida y palpitante. Su propio miembro reacciona tensándose dolorosamente de deseo ante la hermosa y excitante visión pero Sirius lo ignora concentrando todos sus sentidos en una sola idea…

—Voy a beber de entre tus piernas—susurra con voz grave y profunda—hasta embriagarme de ti, Remus.


Fondos luminosos que se transforman en oscuridad profunda. Oscuridad profunda que estalla en vistosos colores. Negro, canela, gris azulado, rojo. Colores que se rompen en miles de chispas llameantes y se derraman dejando tras de sí solo el gris azulado profundo y brillante salpicado de tintes de violeta.

"Sirius".

Alucina. Cierra los ojos y no hace más que alucinar. Trata de respirar y siente que se ahoga. Sabe que está de pie en la ducha pero siente que flota y se eleva siempre cada vez mas. Cada vez que Sirius lame, cada vez que Sirius succiona, cada vez que Sirius le hace hundirse en su garganta una y otra vez.

Sirius está haciéndole mil y un maravillas increíbles con la lengua y él ya no siente el piso ni cree que el aire que aspira a bocanadas vaya a ser suficiente para llenarle los pulmones y oxigenarle la sangre y el cerebro.

"SiriusSiriusSiriusss".

Está ardiendo y su corazón se agita desesperado dentro de su pecho. Sirius va a matarlo de placer si sigue lamiendo y succionando así. Remus está bastante seguro de eso. Va a caer muerto de un paro cardíaco en cualquier momento porque Sirius no tiene piedad alguna. Su lengua es hábil y se desliza llena de saliva a lo largo de su erección como una serpiente que lo envenena de un placer exquisito.

Es absolutamente alucinante. Su boca es deliciosamente cálida y suave y, merlinbendito, no se cansa de succionar. Y su garganta es tan delirantemente caliente y profunda que Remus siente que no podrá soportar llegar a sus profundidades sin caer, mínimo, desmayado.

En un afán de apaciguar el calor ardiente que siente enciende a tientas el agua de la ducha, pero el frescor del agua no es capaz de apagar el fuego interno de su alma que arde voraz y poderoso. Ese fuego, esas ganas de estallar en mil pedazos y consumirse de placer es increíblemente intenso. Es delirante. Es irreal. Y Sirius lo vuelve todo aún más increíble, delirante e irreal cuando le aprieta las nalgas con anhelo y luego sus largos dedos bajan hasta los muslos acariciándolos posesivamente mientras su boca no se cansa de ser la fuente de su perdición.

Pero es curioso que, a pesar de sentirse completamente incapaz de aguantar tan deliciosa y enloquecedora tortura, Remus no quiere que Sirius pare. Quiere que lo lleve hasta el límite. Quiere que vuelva a romperlo de puro placer. Quiere que lo fulmine entero. Así que, decidido a saltar al abismo de placer y locura que le espera en el fondo de la garganta de Sirius, apoya firmemente la espalda contra la pared, abre un poco más las piernas, entierra suavemente su mano derecha en la húmeda y espesa cabellera negra de Sirius, y comienza a marcar un ritmo más acelerado.

Sirius, desde luego, le sigue sin ningún problema, completamente dispuesto a complacerlo porque nada lo apasiona ni lo enciende ni lo enloquece tanto como sentir a Remus apasionado, encendido y enloquecido sólo por él; y nada (absolutamente nada) le hace más feliz que ver a Remus contento, plenamente satisfecho y feliz gracias a él. Así que se vuelve mucho más osado y lo engulle entero deseando con ansias sacarle hasta la última gota mientras sus agiles dedos acarician muy suavemente cada testículo para darle aún más placer.

Remus jadea y gime desesperadamente apasionado al sentirlo y es justo entonces que empieza a estremecerse cada vez más intensa e incontrolablemente.

El orgasmo está a nada de llegar. Remus ya puede sentirlo. Exquisito. Enloquecedor. Devastador. Lo siente estallar al mismo tiempo y en todas partes. Lo siente estallar en cada una de sus células y dentro de la boca de Sirius. La explosión de placer es tan exquisita, enloquecedora y devastadora que su corazón, su cerebro, su cuerpo entero y su alma misma colapsan sin remedio hundiéndolo en un estado sublime de extasis absoluto, uno donde nada tiene sentido excepto Sirius (Sirius y su olor. Sirius y su boca. Sirius y sus manos recorriendo sus muslos, subiendo y bajando. Sirius bebiendo de él sin reparo alguno).

Y cuando al final Remus siente las piernas, los brazos, y el cuerpo entero incapaces de contenerlo y sostenerlo, cuando siente que se rompe en mil pedazos de puro placer, es Sirius quien lo sostiene.

El agua fresca sigue cayendo empapándolo todo mientras el fulminado lobo trata de recuperar la respiración.

Remus tiene los ojos abiertos y suspira complacido con una sonrisa satisfecha. Sirius, de pie delante de él, sigue sosteniéndolo, evitando que sus pedazos caigan y terminen de estrellarse por completo contra las baldosas. La larga cabellera negra escurre, la piel canela se perla de agua una y otra vez, y los ojos grises brillan exactamente igual que cuando ha cometido alguna ingeniosa travesura. En los labios rojos todavía hay restos de semen que Sirius aún saborea como si de su bebida favorita se tratara, y una sonrisa resplandeciente.

Está más guapo que nunca y sexy a rabiar.

Mirándolo, Remus piensa que es realmente afortunado de tenerlo.

"Sí, eres muy afortunado, Lupin".

Ajeno a los pensamientos de Remus, Sirius roza juguetonamente la punta de su nariz con la del lobo.

—Creo que ni en Las Tres Escobas ni en Cabeza de Puerco podrán fabricar nada más embriagante y delicioso que tú, Remus. No, ni en mil años—reflexiona, la voz más grave y profunda de lo normal gracias al roce continuo aplicado en la garganta—. Desde hoy tú eres mi bebida y mi comida favorita, Lupin.

Por toda respuesta Remus se lanza a besarlo invadiéndole la boca sin reparo alguno, enterrando sus manos con toda la fuerza que puede en los músculos firmes de la espalda y pegando su cuerpo al suyo consiguiendo que ambos miembros se froten ligeramente uno contra el otro. Remus, desde luego, ya está más que satisfecho pero al sentir el roce, Sirius deja escapar un vibrante jadeo y es entonces que Remus se da cuenta de su estado de excitación.

Una sonrisa traviesa se dibuja en los labios del joven prefecto y, con los ojos dorados brillando de complicidad, se arrodilla sin dudarlo ante su pareja absolutamente dispuesto a llevarlo por el mismo camino de placer y locura que recién él experimentó.


El agua tibia vuelve a caer lenta y constante.

Remus está de pie nuevamente y Sirius (completamente feliz y satisfecho después de haber experimentado un alucinante paraíso de placer en el fondo de esa garganta hecha de seda) desliza sus manos a lo largo de la piel marcada de cicatrices llevándose los restos de espuma mientras Remus hace lo propio con la espuma que borbotea entre la larga cabellera negra.

Sin prisas se lavan mutuamente entre sonrisas furtivas y miradas amorosas. Al final, cuando el grifo del agua tibia se apaga por fin, ambos se secan uno al otro y después de vestirse salen del cuarto de baño.


Nota extra de la autora: Ando de arriba a abajo y no puedo creer que haya terminado esto en menos de tres días. Como sea, espero que hayan disfrutado muchísimo este capítulo (que, por cierto, va dedicado para todas aquellas personas que han pedido la escena de la ducha *Chicas, espero que la hayan gozado tanto como yo ;D*, pero va con una dedicatoria aún más especial para mi querida Daia Black *Amiga, quiero que sepas que sigo pensando en ti y deseando con todas mis fuerzas que cada día vayas a mejor. Este trocito de fic -que espero te encante- va acompañado de un abrazo cariñosísimo y muchos dedales. Disfrutalo ;)*, y para la fabulosa WhiteSatellite *Sé que este capítulo ha llegado bastante tarde para tu cumple así que tómalo como mi pequeño presente navideño. Espero que te haya gustado muchísimo más de lo que te gusta el pastel de fudge ;D*).

Btw, ya no queda mucho para el final. De nuevo quiero agradecer a todas por sus reviews para el capítulo 10 y por su infinita paciencia para conmigo :D. Y mil gracias también para toooodas aquellas personas que leen y ponen éste y otros de mis fics entre sus favoritos pero aún no se animan a dejar review (¡Vamos, chicas, que no muerdo!). Como siempre quiero saber qué piensan, qué sienten, qué les ha gustado y qué no… En pocas palabras: REVIEWS!

¡Felices fiestas a todas y nos leemos pronto! ;)