Capítulo X: ¿Cómo romper y recomponer el corazón de un niño?


Yuuri salió de su clase de español, en la que había estado desde la mañana. Después de despedirse de un finlandés que había conocido ahí, emprendió camino a la escuela de enfermería, donde usualmente Sarina ―a veces acompañada de las otras chicas― lo esperaba.

Atravesó los pastos de humanidades, donde el tenue olor a marihuana le llegó desde un grupo cercano, y tomó las escaleras que estaban cerca del departamento de historia. El sector de humanidades era una zona que estaba un nivel más abajo que el resto de los edificios de la universidad, así que las escaleras eran necesarias. Tomó el camino rodeando al hall central, por donde estaban los sectores de las bicicletas y atravesó la calle principal hasta llegar a la escuela de enfermería; un edificio relativamente pequeño ubicado al lado de la escuela de construcción civil.

Entró al lugar y miró los sillones de la entrada, siendo ocupados por dos estudiantes vestidos con el usual uniforme azul con el logo de la universidad, aquel que los acreditaba como alumnos de la carrera. Pese a ser enero, la universidad tenía un nivel relativo de actividad, debido a aquellos estudiantes que, como él, estaban haciendo uso de la temporada académica de verano, un periodo que contemplaba enero y que se ocupaba para avanzar alguna materia reprobada el periodo anterior, o en el caso de él, para nivelar conocimientos previos al ingreso oficial, en marzo.

En el caso de enfermería ―o al menos para los de quinto año― las cosas eran diferentes. Ahí importaba un comino si era o no verano, pues, si la rotación del internado te tocaba en esas fechas, ¡adiós verano y hola hospitales! Javier, afortunadamente, no caía en ese grupo de gente, porque, aunque era estudiante de último año e interno de enfermería, le tocaba recién comenzar en marzo.

―Fui más inteligente que el resto ―le había dicho el hombre. O tal vez había tenido buena suerte, había pensado él.

―Yo estoy segura que, con mi suerte, me tocará hacer el internado en enero ―le había dicho Sarina.

―Entraste al mismo año que Javier, ¿no deberías ser interna ya?

Sarina lo había mirado con resentimiento, mordiéndose los labios para no soltarle uno de esos insultos en español y que él aún no entendía.

―Yuuri, nos rompes el corazón ―había agregado Erika con tono pesaroso.

―Sí, Yuuri. No seas hiriente. ―Esa había sido Sam.

Luego, las tres se habían alejado de él con los ojos llorosos.

―¿Y yo qué hice?

Javier solo había reído.

―Aunque entraron conmigo a la carrera y deberían ir en quinto, se atrasaron un año por diversos motivos. Aún no lo superan, así que si no quieres que el monstruo te ataque ―se refería a Sarina, claramente―, no lo vuelvas a mencionar. ―Y no lo había mencionado. Valoraba mucho su vida como para hacer enojar al monstruo.

―¿Buscas a Sarina? ―le preguntó uno de los estudiantes que estaba sentado en el sillón, probablemente habían sido compañeros de Sarina los primeros años, hasta que ella se había atrasado.

Sonrió, algo nervioso. Ya llevaba una semana visitando ese lugar a la hora de almuerzo, así que ya se había hecho conocido dentro de la escuela, principalmente por el lío que había protagonizado junto a Sarina el lunes anterior.

―Sí, ¿sabes dónde está?

―Dejó dicho que te dijéramos que está en el segundo piso, en la sala de computadores. ―El inglés del chico no era el mejor, pero claramente era mucho mejor que el nivel de español actual que tenía él.

Asintió y les dio las gracias, dirigiéndose a la sala de computadores.

Quizás si la semana anterior, Sarina le hubiera avisado a alguien donde estaría, tal vez él se habría ahorrado el andar preguntándole a medio campus por ella, donde la mitad no lo había entendido y la otra mitad no tenía idea de quién demonios estaba hablando ―razonable en todo caso, cuando había ido a parar a la facultad de ingeniería.

Al final, luego de haberse perdido por casi una hora y haber estado preguntando incluso en el sector de deportes ―donde había visto la pista de hielo, por cierto―, había vuelto a enfermería, donde afortunadamente se le había ocurrido consultarle a una docente que iba pasando cerca.

―¿Sarina? Pues acabo de conversar con ella. Tú eres su ahijado, ¿verdad? ―Yuuri había asentido, entre agradecido e irritado―. Dijo que lleva como una hora esperándote en la sala de computadores.

Finalmente, cuando había llegado a la bendita sala de computadores, Sarina, al ver su cara de completo hastío y el posterior reclamo, había exclamado ofendida.

―¡Le dejé avisado a la tía del aseo que te dijera! ―Tía del aseo que, por cierto, no sabía inglés y que lo había mirado casi con pánico, cuando él, nervioso, había intentado comunicarse con ella por medio de señas y gestos.

Al final, había decidido no discutir (era un consejo que había recibido de parte de Max) y habían ido a comer algo, ya que ambos estaban que casi se desmayaban del hambre.

Ahora, viéndole el lado positivo a todo eso, podía decir que había estado en lugares de la universidad que tal vez en otras circunstancias no hubiese conocido. O sea, ¿por qué otra razón iría a parar a la facultad de agronomía, por ejemplo?

Entró a la sala, notando como Sarina no era la única ocupante de esta, pues Sam y Erika también estaban, acompañadas de Jorge. El niño estaba con la vista puesta en su móvil, sentado en un sillón ―bastante cómodo, por cierto― que, según las chicas, había sido puesto ahí el año anterior. Sentada en otro sillón similar estaba Sarina, leyendo un libro de tapas anaranjadas con una pelirroja en la portada; la cara de la mujer gritaba que nadie se le acercara. Samantha estaba riéndose sola, mientras veía algo (anime, al parecer) en uno de los ordenadores. Y Erika… pues ella estaba dormida en una de las sillas, con la cabeza puesta en un ángulo incómodo, algo que no le extrañó de todos modos, pues en esa semana había visto a la mujer quedarse dormida, prácticamente, en cualquier lugar, incluso parada en el metro.

Sonrió, y se acercó a su nuevo pupilo que miraba concentrado su celular. Jorge, al notar su presencia, le sonrió de vuelta, haciendo un poco de espacio en el sillón para que se sentara a su lado. El niño había tomado bastante confianza con él en esa semana que había pasado, aunque no se habían podido ver mucho debido a sus clases y porque la mayoría de las noches, Yuuri y Sarina se quedaban en Santiago. Aunque bueno, el niño era hermano de Sarina, y la mujer había tomado confianza con él desde, prácticamente, el primer día.

―¿Y atrapaste algo nuevo?

―No, ¡pero pude eclosionar un huevo! Me salió un Odish, por lo menos. Te juro que si me volvía a salir un Ekans tiraba el celular al demonio. Anduve caminando y creo que ya tengo más de cien pokebolas ¡y un huevo de diez kilómetros!

―Fue buen día, entonces. ―Si algo que tenía Jorge, al igual que su hermana, era que no se callaba nunca.

―¡Sí! Ojalá que me salga un Lapras, o un Snorlax. Aunque igual, hasta con un Dratini me conformo.

―Te va a salir otro Onix, o un Pinsir, acuérdate de mí. ―Y claro, ahí estaba Sarina, rompiendo las esperanzas de su hermano desde tiempos inmemorables. La chica podía estar inmersa en la lectura, como en ese momento, pero ni siquiera así dejaba pasar una oportunidad para fastidiar.

Jorge miró a su hermana, ofendido.

―¡No seas así! Yo no te ando diciendo como terminará el libro.

―No has leído este libro, Jorge. ―Sarina apenas despegó su mirada de las hojas para contestar aquello.

―¡Pero sé que no se quedan juntos! Y ella termina yéndose a Estados Unidos.

―Jorge ―llamó Sam―, no vale la pena. Ella ya leyó este libro cuando aún estaba en Wattpad.

Jorge solamente bufó, centrando nuevamente su atención en su entrenador.

―¿Tienes clases después de almuerzo, Yuuri?

Yuuri negó, diciéndole a su vez que solo martes y jueves eran los días en que tenía que quedarse hasta la tarde.

―Entonces vas a celebrar mi cumpleaños con nosotros, ¿verdad?

―¿Que no celebramos ayer tu cumpleaños?

―Sí, pero yo estoy de cumpleaños hoy y ni Erika ni Samantha estaban.

Bueno, era verdad. El niño cumplía trece años ese día lunes, dieciséis de enero, aunque por temas de comodidad, se lo habían celebrado el día domingo y esa vez, solo Javier y Max habían podido asistir.

―Jorge, deberías conformarte con un solo día. ―Sam, que al parecer ya no estaba poniendo mucha atención al capítulo, dijo de forma condescendiente.

―¡No! ―Ahí estaba el Jorge caprichoso―. Vine para poder pasar mi cumpleaños con mi hermana.

Sarina esbozó una sonrisa, camuflándola tras las tapas de su libro.

―Yo nunca dije que haríamos algo por tu cumple, enano. De hecho, viniste a Santiago con nosotros porque a Maximiliano, como siempre, se le hizo imposible negarte algo.

Jorge miró por un rato a su hermana, pareciendo notar algo en su expresión, porque de un momento a otro, se desinfló.

―Entonces, ¿no haremos nada divertido hoy?

―Bueno, con las chicas queremos ir a San Diego a comprar libros, si quieres te puedo comprar alguna historieta de Ogú y Mampato o el cuarto libro de Percy Jackson.

Yuuri suponía que, obviamente, estaba inserto en esos planes.

―Supongo que sí. ―Yuuri hasta sintió un poco de lástima al ver la mirada del niño.

―Jorge, ¿vamos al cine? ―Así que no pudo evitar hacer esa proposición, aunque no tuviera idea donde había un cine cerca de ahí.

―¿En serio?

Sarina volvió a camuflar su sonrisa, mientras compartía una rápida mirada con Yuuri.

―Claro, podemos ver la película que quieras.

―Bueno, entonces decidido ―Sarina ya estaba parada y lista para salir, despertando de una manera no tan amable a Erika.

―¿Y quién dijo que ustedes también irían?

―¿Y cómo llegarían al cine sino?

―Yuuri me llevará.

―Yuuri no tiene idea de donde está parado.

Llegados a ese punto él quiso defenderse, pero luego se dio cuenta que era una empresa imposible. Era verdad, con suerte era capaz de ubicarse dentro del campus y ya ni hablar de poder andar por fuera de él. Si hasta había llegado un punto en que se había perdido en estación Baquedano, aunque eso había sido el primer día y porque a Sarina se le había ocurrido caminar tres metros delante de él.

―Está bien, pero no irán a ver la misma película que nosotros. ―Jorge seguía en las suyas.

Sarina se encogió de hombros.

―Está bien. De todos modos, no sé qué película vamos a ir a ver.

―Moana ―contestó Sam sin dudarlo.

―¡Pero si yo quiero ver esa película!

―Pues te aguantas que nosotras también.

Y ahí había acabado todo.

.

Al final, habían tenido que ir a ver la película al Costanera Center, donde estaba en inglés (algo que Yuuri realmente agradecía). Había sido realmente divertida toda la situación para Yuuri, desde las chicas caminando tres metros por delante de ellos, hasta la cara que Jorge había tenido hasta llegar al cine: una de completa molestia. Pese a que el niño se había negado terminantemente a que las mujeres se sentaran con ellos, igual habían terminado comprando asientos consecutivos. El ánimo del muchacho solo se había arreglado cuando se había enterado que, por ser su cumpleaños, tenía dos entradas gratis al cine y eso era gracias a que Sarina lo había hecho socio en aquel cine. Demás está decir que, en cosa de segundos, se vio restaurado completamente el amor que Jorge sentía por la ―según él― mejor hermana del mundo mundial. Al final, por opinión unánime, la otra entrada gratis la había terminado ocupando Yuuri, pues, las demás también eran socias del cine y, por ser universitarias, pagaban un precio rebajado, casi la mitad de lo que tendría que pagar él, que ni siquiera era socio del cine.

Era gracioso como las chicas organizaban los asientos y todo. Se encargaban de comprar dejando un asiento de separación con otra gente que pudiera haber en la misma fila, dejando a Sarina siempre en una de las esquinas, preferentemente la que no tuviera más personas al lado. Erika siempre iba sentada entre Sarina y Samantha, así que él se sentó al lado de Sam y Jorge se sentó a su costado, aunque el niño quisiera sentarse entre su entrenador y su hermana mayor.

Durante la película, entendió por qué Sarina siempre elegía el asiento más solitario cuando Jorge, a su lado, comenzó a quejarse del ruido que unas personas realizaban al comer palomitas de maíz de forma poca decorosa. También entendió por qué Erika se sentaba en el medio: por ser la más alta, sus amigas la aprovechaban para apoyar sus cabezas. Incluso entendió que Erika solía reírse fuerte incluso en un cine lleno de gente y que, al parecer, era imposible que Sam y Sarina fueran capaces de sentarse juntas sin que la de ojos verdes quisiera asesinar a la otra por algunos comentarios que le gustaba hacer.

Se retiraron de la sala cuando ya habían terminado los créditos, repitiendo un poco la dinámica del inicio: las chicas caminando adelante y ellos, atrás. Aunque si había que decir algo, era que Jorge mantenía una expresión muy diferente a la que había tenido en un inicio; había vuelto a ser un niño feliz, tanto así que no se había siquiera quejado cuando su hermana le comunicó que irían a San Diego a comprar libros. Yuuri, por su parte, asentía a todo, resignado a que, por no conocer la ciudad, esos días era prácticamente arrastrado de lugar en lugar.

―Chicas, ¿falta mucho para que volvamos al departamento? ―Esa la fue pregunta que hizo Jorge luego de ya más de una hora paseando por calle San Diego y las librerías cercanas a Universidad de Chile.

Sarina solo volteó y miró a su hermano con una sonrisa que mostraba casi todos los dientes. Ok, mensaje recibido, pensaron ambos.

Las chicas ahora se dirigían a su librería favorita, cuya una de las sucursales estaba ubicada en calle Mac Iver con paseo Huérfanos. Lo novedoso de esa librería, le había dicho Erika, era que tenían libros a muy buen precio, entre el rango de los dos mil a cinco mil pesos. Eran títulos pocos conocidos que traían desde España, pero que por páginas de internet costaban sobre los quince mil pesos chilenos. Así que cada vez que tenían oportunidad iban a ver qué habían traído de nuevo, y ese día no sería la excepción.

Yuuri miró la bolsa que Sarina llevaba en la mano. Dentro había dos libros: el cuarto libro de la saga de Percy Jackson "La batalla del laberinto" y uno de tapas verdes, continuación del libro que la mujer estaba leyendo en la mañana. Cuando preguntó por qué la pelirroja de la portada tenía un huevo reventado en el cabello, Samantha y Sarina lo había mirado con diversión, al tiempo que Erika soltaba una carcajada poco disimulada.

―Es que la mechonearon. ―La última palabra fue dicha en español.

―¿Mechonearon?

―Claro. En la católica lo llamamos novateo. Es una bienvenida bastante divertida que le hacemos a los de primero.

Por la cara malvada que había puesto Sarina, supo que lo mejor era no preguntar y morir en la ignorancia.

Cuando llegaron a la librería, Jorge y Yuuri prefirieron quedarse esperando afuera, principalmente porque el lugar era pequeño y las tres mujeres parecían moverse por todos lados, buscando los libros que más les gustaban. Demás está decir que cuando entraron, las tres fueron recibidas hasta con abrazo por parte de los dependientes. Ahí Yuuri se preguntó cuánto dinero desembolsarían cada una anualmente en libros.

―Te apuesto a que Sarina se gastará todo el dinero que trajo.

―No creo… ―Yuuri dudó―. Pero si Sergey le pagó ayer. No creo que sea tan inconsciente.

Jorge levantó una ceja y luego rio.

―Tan solo espera. Ya se gastó más de veinte mil pesos en los dos libros que tengo acá ―le mostró la bolsa―, así que seguro que se gasta unos treinta mil pesos más. Por lo menos Sam y Erika son más controladas.

Una hora después, cuando las chicas finalmente abandonaron la librería ―Sarina con dos bolsas llenas de libros― Yuuri pensó que quizás Jorge tenía razón, sobre todo cuando la mujer miró a todos los presentes con una sonrisa y propuso que se fueran caminando hasta el departamento para disfrutar del lindo día que había (estaban a treinta y tres grados a la sombra).

―Te gastaste todo el dinero, ¿verdad? ―Yuuri y Jorge hicieron esa pregunta al unísono.

Sarina rio nerviosamente.

―No pudimos detenerla, Jorge. Te fallamos. ―Samantha y Erika, con uno o dos libros al interior de una bolsa, parecían realmente compungidas.

Yuuri se preguntó cuántas veces ellos habían estado en la misma situación e, incluso pudo imaginar la reacción de Max y Javier si estuvieran ahí con ellos.

Jorge suspiró y metió su mano al bolsillo, sacando dos billetes de veinte mil pesos.

―Sabía que pasaría esto, así que aparté un poco de dinero sin que te dieras cuenta.

―Ah, por eso sentía que esta quincena había obtenido menos. ―Sarina lucía realmente aliviada cuando estiró la mano para conseguir el dinero.

Jorge alejó los billetes anaranjados de ella.

―Nada de despilfarros, ¿okay?

―¡Claro! ―La verdad era que su sonrisa no inspiraba mucha confianza y vio confirmado aquello cuando, ya con el dinero en mano, la mujer hizo ademán de volver a entrar a la librería.

―¡Sarina, por dios! ―Incluso Yuuri había ayudado a detener a Sarina, tomándola por un brazo.

―¡Es un libro de solo tres mil pesos! ―Sarina lloriqueó dramática y desconsoladamente, tanto así que Yuuri sintió ganas de soltarla y dejar que fuera a comprarse el dichoso libro.

―¡Pues lo compras en otra ocasión! ―Erika había adoptado el papel de líder, porque Samantha y Yuuri ya estaban aflojando el agarre.

―Es que en otra ocasión quizás ya no esté, Erika. ―Su tono de voz casi le dio lástima a Yuuri, casi―. Y tú sabes que, si ya no están, jodimos. No los vuelven a traer.

―Mujer, por Poseidón, en menos de un mes ya estaremos acá de nuevo comprando. Y no creo que en quince días más se acaben todos los ejemplares. ―Samantha había dicho eso mientras cariñosamente le acariciaba la espalda a su amiga. Yuuri se había dado cuenta durante esos días que ella era bastante dada a las expresiones de cariño, contrario a Sarina.

Para Yuuri toda la situación ya estaba tomando tintes ridículos, pero él no podía meterse en aquello. Cada uno con su tema y con sus creencias y él debía respetarlo, aunque ese desconsuelo que mostraba Sarina ante no poder comprar un libro le estaba pareciendo exagerado; pero él luego se acordó de aquella vez que no pudo comprar un poster edición limitada de Viktor y bueno, todo el show era comprensible, de todos modos, incluso si duraba hasta varios días más.

Miró a la mujer e hizo lo que nunca debería hacerse: empatizó con ella.

―Yo te puedo prestar tres mil pesos.

Sarina lo miró como si hubiera visto a la persona más maravillosa del mundo, claro, hasta que recibió un tirón de orejas por parte de Erika. Yuuri se preguntó si él también recibiría una reprimenda y la respuesta llegó como una mirada hastiada por parte de la mujer de ojos dorados.

―Yuuri, no caigas en su juego. Lo hace de caprichosa que es.

Yuuri abrió la boca para replicar, pero sabiamente prefirió callar.

El camino al departamento fue hecho con Yuuri y Sarina cabizbajos, sintiéndose ambos como niños regañados, mientras Erika caminaba tranquilamente delante de ellos. Jorge, por su parte, también iba algo cabizbajo, ante lo cual Yuuri tuvo que morderse el interior de la mejilla fuertemente.

.

―¡SORPRESA! ―Jorge podría decir que sufrió un mini infarto cuando, luego de abrir la puerta, Max hizo su aparición, efusivamente, con una gran torta en los brazos.

―Tarado, ¡lo asustas! ―Javier, golpeó la cabeza de Max para luego mirar al niño con una pequeña sonrisa―. Feliz cumpleaños, enano.

―G-gracias. ―Aparte de la fuerte impresión que le había causado la efusividad de Max, Jorge debía admitir que estaba realmente sorprendido. Su hermana y los demás habían sido bastante tajantes en el hecho de que su cumpleaños no sería celebrado ese día y que debía conformarse con la ida al cine. Así que ahora tener de pronto esa torta con trece velas en su superficie era una grata sorpresa.

Feliz cumpleaños, hermanito. ―Sarina, a su lado, desordenó cariñosamente sus cabellos―. Son las ocho y media de la tarde, ¿verdad? A esta hora naciste.

Miró a su hermana y no pudo evitar que sus ojos se llenaran de lágrimas. Ella siempre hacía lo mismo, pensó. Siempre esperaba a que fuera exactamente la hora de su cumpleaños para saludarlo. Su hermano Lucas tenía la misma costumbre. Incluso, años anteriores los dos se lo llevaban a por un helado o cualquier cosa, esperando a que fuera exactamente el momento de saludarlo.

Vio la hora en el reloj de la pared en la sala de Max.

Las ocho con treinta y tres minutos.

Oficialmente tenía trece años.

Tanjoubi omedetou, Jorge. ―Pese a que lo dijo en su propio idioma, el niño lo entendió a la perfección.

Le sonrió al japonés ―una sonrisa con los ojos brillosos por las lágrimas― y asintió, dándole las gracias con ese gesto.

―¿Estás llorando, enano? ―La voz de Javier sonó un tanto burlona.

Ante eso Jorge se apresuró a pasar la manga de su polera por los ojos, intentando secarlos, al tiempo que un "¡por supuesto que no!" salía con la voz un poco quebrada.

―¡Solo es que tardaron demasiado! ¿Tanto les costaba decirme que íbamos a celebrar mi cumple?

―Em… ¿Jorge? ―llamó Erika, divertida―, se supone que era una sorpresa. Y por lo visto nos resultó bastante bien.

Bueno, ante eso Jorge no tenía mucho que agregar. Aunque, personalmente, habría preferido que le dijeran todo sin tanto drama de por medio. Así tal vez se hubiera evitado que su pobre corazón se hubiera estado descascarando a lo largo de todo el día, porque de verdad pensó que su hermana no seguiría aquella tradición de todos los años.

Pero las sorpresas definitivamente no se detuvieron ahí, no señor. Jorge quiso gritar de emoción cuando, ya en el comedor, se encontró con una gran cantidad de piezas de sushi. Ante su cara de total fascinación ―si había una comida que Jorge amaba, ese era el sushi, desde que Lucas le había dado de probar cuando pequeño― Javier no pudo evitar soltar una carcajada, al tiempo que le decía que ese era su regalo.

Si a Jorge solo le hubieran regalado aquel festín de sushi, él habría sido feliz, pero claramente ni Sam ni Erika querían quedarse atrás con sus regalos. De la mujer de ojos dorados recibió un amigurumi hecho por ella, un Charmander que tenía bastantes detalles.

―Toma, un Pikachu naranjo. A ti te gustan estas cosas, ¿verdad?

Samantha, ante lo dicho por Erika, hizo una mueca de espanto. Sarina y Yuuri también pusieron expresiones ofendidas. Hasta Jorge estrechó los ojos, aunque prefirió quedarse en silencio, contrario a Sam, que se lo tomó como una ofensa personal.

―¡Es un Charmander! ¡CHAR-MAN-DER!

―Como dije, Pikachu naranjo. ―Hizo un gesto despectivo con la mano y volvió a dirigirse al niño―. Te quería regalar un "Vamo a calmarno", pero este me quedó mejor.

―¡Se llama Squirtle!

―¿Importa mucho como se llame? ―Javier hizo esa pregunta con diversión―. De todos modos, entendemos a qué bicho se está refiriendo.

―¡Tú cállate, sesos de alga! ―Tal vez Samantha ya estaba un poco roja por la rabia.

―Yo te dije, Sam ―habló Sarina―, no se puede dialogar con muggles.

―Mugroso muggle ―Samantha musitó eso mientras inflaba las mejillas.

Javier solo rio con deleite y se acercó a abrazar a la pequeña mujer, que le llegaba, con suerte, a la altura del hombro.

―Ya, ya. Tranquila, bebé. No queremos que se te salga el kyubi.

«Como que ya estamos mezclando muchas sagas» fue el pensamiento que pasó por la mente de los restantes.

El rostro de Samantha enrojeció aún más, hasta el punto de que hizo algo impensable en alguien como ella: apartó al pelinegro de un empujón y le mostró el dedo del medio.

―Has pasado mucho tiempo con Sarina, ¿eh? ―Al parecer, Javier no sabía cuándo debía parar, pensó Yuuri.

―¡Hey! ―Sarina se aproximó a Javier y comenzaron con sus usuales intercambios de opiniones que no llegaban a ningún lado, así que nadie les prestó mucha atención, excepto Max, que inevitablemente se vio incluido en la discusión.

Jorge, por su parte, sonrió a Erika y miró su regalo, agradecido. Sabía lo que probablemente había tardado la mujer en tejerlo y vaya que era un dolor de cabeza conseguir armarlos a veces, pues él mismo era testigo, cuando Erika se iba a alojar a su casa, de cómo la mujer era capaz de desarmar casi completamente el tejido si no le gustaba como estaba quedando. Si Jorge debía decir algo, era que hace tiempo que quería uno de esos, desde que la mujer de ojos dorados había tejido un Harry Potter y un Kero a Sarina en noviembre del año pasado, para su cumpleaños.

Luego de ese regalo vino el regalo de Samantha, quien ya pasado el enojo momentáneo ―Sam era de esas personas a las que le enojo les duraba poquísimo― llegó con un paquete cuadrado. Jorge ya se esperaba lo que venía dentro, pero, de todos modos, fue agradable cuando varios tomos de la historieta Gaturro estuvieron en sus manos. Amaba esa historieta, al punto que cuando era más pequeño, solía pedirlas en la biblioteca de su colegio los viernes, para leerlas con alguno de sus hermanos cuando estos llegaban de la universidad los fines de semana; incluso las leían los tres juntos, la mayoría de las veces.

De Max ya había recibido un regalo el día anterior, al igual que de Sarina, Yuuri y Javier ―aunque de este había recibido regalo doble―, así que se sorprendió cuando el hombre de ojos verdes le entregó un sobre con dinero a espaldas de Sarina, quien seguía discutiendo con Javier.

―Pero si ya me regalaste una raqueta ayer. ―Resultaba que, aparte del patinaje, Jorge era aficionado al tenis (de alguna forma debía canalizar toda la energía que se hallaba en ese cuerpo que con suerte superaba el metro y medio).

Max por toda respuesta, sonrió y le guiñó un ojo.

―Así no le andas pidiendo dinero a tu hermana a cada rato.

Jorge rio, avergonzado al verse descubierto y le agradeció el detalle.

―Gracias por sus regalos, chicos, de verdad ―dijo, llamando la atención de todos los presentes en la sala, en especial de una mujer de ojos verdes.

―¡Hey! Faltamos nosotros. ¡Yuuri!, ¿por qué no me avisaste que ya todos los demás habían terminado?

Yuuri ante eso quiso voltear los ojos. ¿Cómo demonios quería que la avisara cuando estaba discutiendo apasionadamente con Javier? De todos modos, él había aprovechado para ir en busca del paquete, regalo de ambos.

―Pero si ustedes ya me dieron un regalo ayer… ―Jorge pese a lo dicho, no podía despegar los ojos de la caja, intentando adivinar qué se hallaba en su interior.

―Es que este regalo también es de parte de Lucas.

Los ojos del niño resplandecieron cuando escuchó el nombre de su otro hermano y, prácticamente, rasgó el papel que envolvía aquella caja.

―S-son…

―¡Patines nuevos! ―Sarina se adelantó a decir lo que Jorge, por la emoción, no podía―. Estos son tuyos, para que no andes ocupando esos viejos que eran de Lucas. Ya sabes, estaban algo gastados ya… ―Pero no pudo continuar, pues se vio abrazada abruptamente por el niño.

―Son los mejores, de verdad ―susurró con la voz entrecortada.

Todos en la habitación sonrieron, enternecidos, ante la demostración de fraternal afecto que estaba representándose ante sus ojos. Yuuri también compartía ese sentimiento colectivo, pues él había sido testigo del esmero que Sarina había puesto para elegir los mejores patines dentro del presupuesto que contaban para comprarlos, incluso había sido testigos de las peleas por videollamada que había tenido con su hermano mayor, un tal Lucas, que andaba de intercambio quién sabe dónde (no había preguntado).

Al día siguiente del cumpleaños de Silvana, se había encontrado con una concentrada Sarina viendo precios de patines por internet. Al preguntar para qué quería saber, la mujer le comentó que el cumpleaños de Jorge se acercaba y que, tanto ella como Lucas, habían decidido ahorrar para regalarle unos buenos patines, pues los que actualmente ocupaba eran unos heredados.

Yuuri ante eso decidió colaborar también con dinero para el regalo, pues Jorge era su alumno de todos modos. Así que entre él y Sarina habían sido capaces de encontrar los patines idóneos. Ahora, cuando Jorge había soltado a Sarina para abrazarlo a él, supo que quizás, haber elegido el país al azar, fue la mejor decisión que pudo haber tomado.

.

Media hora después, Jorge había acabado con casi un quinto de las piezas de sushi por sí solo, tanto así que Yuuri ya estaba preocupado de que terminara vomitando en medio de la noche. Sarina ante aquello solo reía, diciéndole que no conocía la capacidad gástrica de su hermano en cuanto a sushi se refería.

Sarina, mientras, cortó el pastel y les entregó un pedazo tanto a Yuuri como a Max. La mujer apenas probó el pastel miró a Max con una sonrisa.

―Ya entiendo por qué le diste a Jorge ese sobre con dinero.

―T-te diste cuenta, ¿eh?

Sarina le dirigió una mirada que, claramente, decía que no la subestimara. Si hasta Javier, en medio de la discusión se había dado cuenta y le había dicho:

―Mira cómo el weón le pasa la plata pensando que no te das cuenta.

Cuando ella le preguntó al pelinegro la razón de aquello, Javier se había hecho el tonto y había continuado con lo que fuera que estaban discutiendo en ese momento.

Ahora, mirando a su ex novio, estrechó sus ojos verdes.

―¿Qué pasó con el pastel que, se supone, prepararías?

Al ser una conversación en inglés, Yuuri estaba atento, y hasta un poco divertido, sobre todo, cuando Max intentó escapar ―inútilmente, según su opinión― de la pregunta. Finalmente, el hombre se rindió y se rascó la nuca, esbozando una sonrisa nerviosa.

―Se arruinó completamente, Sarina.

―Fue Javier, ¿verdad? ―Max asintió―. Yo te dije que no lo dejaras meterse a la cocina.

Que soi hocicón, weón. ―Javier dijo eso mientras pasaba por su lado con su celular en la mano, avisándole a Jorge que Lucas quería hablar con él para desearle feliz cumpleaños.

―¡Hey! ¿Y por qué no me llamó a mí? ―Sarina parecía realmente ofendida por el hecho de que Lucas hubiese llamado a Javier y no a ella.

―¿Será porque no le contestas? ―Javier respondió eso mientras se servía un generoso trozo de torta―. Se aburrió de llamarte. ―Se echó un trozo de pastel a la boca―. Como siempre, Nora no pierde su toque, ¿eh?

Yuuri notó como luego de aquello último, Javier dirigió una mirada burlona Max, quien, por primera vez desde que lo conocía, miraba a su mejor amigo con ganas de matarlo.

Sarina, luego de eso, se giró hecha un basilisco hacia Max. Yuuri de verdad agradecía no estar en sus zapatos ahora mismo.

―¡¿Nora?! ¿Le pediste a tu nana que preparara el pastel?

―Eran medidas desesperadas.

―¡Tiene más de sesenta años, Maximiliano! La pobre señora ya debería estar jubilada.

Max se frotó la frente, mirando a Sarina de manera conciliadora.

―Lo sé. No le pedí que viniera, pero sabes cómo es.

La mujer suspiró y miró resignada a su ex novio, para luego soltar una carcajada.

―Sin importar lo que haga, un zorrón siempre es un zorrón, ¿eh?

Max le sonrió con afecto y luego se acercó de una manera galante, algo que descolocó un poco a Yuuri, pero sobre todo a Javier.

―Pero este zorrón te gustaba bastante, ¿verdad?

Yuuri notó como Sarina miraba confundida a su ex, para luego sonreír siguiéndole el juego, acercándose y acariciando una de sus mejillas.

―Tal vez me sigue gustando.

Sarina tuvo la mala suerte que todos eligieron ese preciso momento para guardar silencio, hasta el punto en que, en Rusia, un hombre de ojos verdes, de turno en el hospital, llegaba a echar fuego por la boca.

―¡Oh vamos! ¡Déjense de joder! ―dijo Javier mientras pasaba por entre medio de los dos, haciendo que inevitablemente se separaran. El hombre tenía la expresión de haber probado algo realmente malo.

―¡¿Qué demonios te pasa?! ¡Solo era un coqueteo de broma! ―Sarina se defendió, mientras Max muy sabiamente, elegía guardar silencio.

―Pues no se notaba mucho la broma.

―¡Y ni de broma!, ¿me escuchaste? ¡Me niego rotundamente a tener nuevamente a Max de cuñado! ―Yuuri debía decir que esa era la primera vez que oía hablar al hermano de Sarina, aunque no le entendiera por hablar en español.

―¡Y yo me niego a aguantarlos nuevamente como pareja! Si como amigos ya son bastante empalagosos a veces, ¡que los dioses me libren!

―Pues a mí se me hacen bastante lindos los dos juntos. ―Esa era Samantha, claramente.

―Si la armonía del grupo conservar quieres, alejar las relaciones amorosas debes. ―Y toda la tensión del momento fue rota por la frase de Erika.

En San Petersburgo, Lucas, alejado en un rincón, intentando mantenerse fuera de la vista de la enfermera de turno, soltó una pequeña carcajada ante las ocurrencias de aquella mujer.

―¡Yoda tiene razón! ―Y Jorge obviamente no iba a dejar de opinar, aunque le agradara mucho tener a Max como parte de la familia.

Max y Sarina, por su parte, se miraron y sonrieron.

―Javi, está más que claro que lo más probable es que Max y yo terminemos casados.

Hasta Yuuri miró con sorpresa a la mujer.

―Probablemente nos dé flojera buscar a alguien y lo más fácil sea casarnos ―explicó Maximiliano―. No es como si fueran a cambiar las cosas entre nosotros. Hay matrimonios que se mantienen con menos comunicación que la nuestra y, de no ser por la falta de sexo, nosotros parecemos una pareja típica.

Todos los presentes miraron en silencio al ―según Sarina y Max― futuro matrimonio, pensando en que era difícil combatir con aquella manera de pensar tan estúpidamente lógica que ambos, a veces, tenían.

―Yo me sigo preguntando cómo demoniosllevo soportando esto por siete años, de verdad. ―Javier ya estaba resignado a la estupidez.

«Yo me sigo preguntando cómo mierda no he cometido fratricidio a estas alturas».

Lucas pensó aquello con un tic adornando su ceja.


Escena Extra: Feliz cumpleaños, Jorge.

Lucas estaba que echaba chispas cuando llamó por cuarta vez a su hermana y esta no contestaba la llamada. ¡Por todos los dioses! Si Sarina sabía que debía tener el celular a mano, sobre todo ese día, que era el cumpleaños de su hermanito. Llevaba llamando desde exactamente las dos y media de la madrugada (ocho y media de la tarde, hora Chile). Ya había pasado veinte minutos y nada, la mujer aún no contestaba.

Estaba algo molesto porque él, por tener que estar metido en un hospital a esa hora y porque su hermana no contestaba, había perdido la oportunidad de saludar a su hermanito. Aunque, para ser sinceros, el niño tampoco contestaba, aunque eso era obvio, se dijo; no es como que al final del día a Jorge tuviera mucha carga en su móvil, cuando se la pasaba jugando todo el día, sobre todo si andaba buscando pokemones.

Y sí, su hermano se había hecho fanático de ese juego y bueno, él y Sarina no tenían de otra que seguirle la corriente. Tanto así que no llevaba ni una semana desde su lanzamiento en Chile, cuando Jorge le había pedido ―más bien ordenado, para ser más exactos― que le atrapara un Mr. Mime si es que se topaba con uno; y él, como buen hermano que era, lo había hecho.

Una luz se encendió en una de las habitaciones.

Miró hacia el mesón de enfermería, dándose cuenta que la enfermera que se había quedado ahí apenas y podía mantener los ojos abiertos. Guardó su móvil en el bolsillo del pantalón y fue a atender el llamado de uno de los pacientes.

La que llamaba era una mujer de mediana edad, que lo miró un tanto avergonzada cuando él se ubicó a los pies de su cama, preguntándole qué era lo que necesitaba.

―Pensé que vendría la enfermera. ―Él la comprendía. Usualmente era labor de enfermería todo lo referente al cuidado de una persona.

―Está ocupada, pero no se preocupe, que yo puedo ayudarla. ―Sonrió, intentando infundirle más confianza.

Necesitaba orinar, le dijo la mujer y él asintió, recordando que por un pie diabético mal cuidado, habían tenido que amputarle los primeros artejos del pie. Como consecuencia, tenía indicado reposo absoluto, lo que significaba que no podía levantarse de la cama ni siquiera para poder orinar.

Él se recibiría como médico, y como médico estaba ahí para poder diagnosticar y curar la enfermedad, pero también tenía una hermana que se estaba preparando como enfermera y con ella (y sus amigos) se había dado cuenta también de la importancia del cuidado.

Buscó en el mueble al lado de la camilla y sacó una chata de metal, donde debían orinar las personas que estaban en la cama. Ayudó a la mujer a sentarse sobre esta y la dejó sola para darle privacidad, excusándose en que necesitaba papel higiénico.

Cuando volvió la mujer ya había orinado y él, intentando que la mujer no pasara más vergüenza de la que ya estaba pasando (no era como si orinar sentada en una cama con apenas un poco de privacidad fuera lo mejor del mundo), le extendió el papel y luego la ayudó a recostarse nuevamente, procurando que quedara cómoda, con ambas barandas en alto y el timbre a mano.

La mujer le sonrió, agradecida, diciendo que los médicos no solían ser tan amables y él sonrió, mientras se rascaba la nuca, algo avergonzado.

Se llevó la chata al baño y midió la cantidad de orina antes de echarla el excusado.

«Ciento cincuenta centímetros cúbicos».

Con ese número en mente se apresuró a ir al mesón, donde se encontraba la ficha de la paciente. Buscó el lugar donde se anotaban los ingresos y egresos hídricos y suspiró aliviado cuando notó que, a ella en particular, sí se le estaba cuantificando la cantidad de orina eliminada en cuarenta y ocho horas; esto por una acidosis metabólica que había sufrido en el transcurso del día. Anotó la cantidad de orina y dejó la orden escrita de realizarse una medición de gases venosos para medir el Ph de la sangre, y luego regresó la ficha a su lugar.

Suspiró y estiró el cuello, sintiendo un poco de diversión cuando este sonó. Dioses, estaba completando un turno de ya veinticuatro horas y lo único que quería hacer era salir del hospital y llegar a dormir a su departamento.

De pronto recordó que aún debía llamar a su hermano.

Miró la hora en su celular.

«Las tres y cinco de la madrugada»

Gimió y se apresuró a buscar otro contacto en su agenda.

Atendieron de inmediato y él quiso pegarse un tiro por perder tanto tiempo intentando contactar con su hermana.

―Lucas, ¿que no es de madrugada por allá? ―Unos ojos azules lo miraron extrañado―. ¿Para qué llamas?

―Me tocó turno y Sarina no contesta esa cagá de teléfono que tiene. Estás con Jorge, ¿verdad?

―Estamos celebrándole el cumpleaños.

―Pásamelo, porfa.

En condiciones normales, Javier tal vez hubiera molestado un poco a Lucas, haciéndolo inevitablemente enojar, pero supuso que su cara de cansancio estaba tan marcada, que el de ojos azules había decidido ser una buena persona, y no hincharle las bolas.

Presionó sus ojos mientras esperaba a que Javier buscara al niño. Necesitaba desesperadamente dormir.

Unos ojos iguales a los suyos lo miraron a través de la pantalla, ilusionados, y Lucas sintió que parte de sus fuerzas eran recuperadas.

―¡Lucas, gracias por los patines!

Lucas sonrió.

―Feliz cumpleaños, campeón.

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.


Curiosidades del Capítulo

Jorge suele jugar bastante el juego de Pokemón Go, y es una de las cosas que tiene en común con Yuuri. Sarina también lo juega. Sam y Erika no lo tienen; Sam porque su teléfono tiene una versión de Android anterior a la necesaria y Erika porque sabe que, a la hora de descargar el juego, no va a descansar hasta haberlo completado. Se envicia un poco a veces.

En el campus San Joaquín, la escuela de enfermería es uno de los edificios más pequeños, así que, por ende, se suelen ver a estudiantes de enfermería en casi todo el campus, teniendo clases a veces hasta en salas de ingeniería o construcción civil.

La facultad de Agronomía queda casi al final del campus, cerca de los pastos de deportes, así que Yuuri por allá andaba perdido xD.

La zona de humanidades usualmente está con un olor permanente a marihuana. Son muy volados los locos por allá, y el curso que está tomando Yuuri en verano, es perteneciente a esa facultad.

Sarina, Erika y Sam se atrasaron por diferentes razones y por diferentes ramos, además. Tal vez a lo largo del fic se sepa de la situación académica de cada una. Javier no se ha atrasado ningún ramo y Max tampoco. Ambos egresarían el 2017, pues sus carreras duran cinco años. Javier eso sí seguiría estudiando para sacar su segunda carrera, de la cual aún no hay información y Max probablemente comience inmediatamente con algún posgrado.

Hay una razón para que Erika duerma tanto.

El libro que menciona Yuuri es un libro chileno, cuya autora comenzó escribiendo en Wattpad. Hasta el momento son dos libros y en enero del 2018 se publicaría el siguiente. Actualmente la autora está terminando un libro que complementa la saga, pero pertenece a una historia diferente.

Con respecto al mechoneo (o novateo, como se le dice en la UC)… si son chilenas y universitarias saben a qué me refiero. Las extranjeras tendrán que esperar por saberlo, pero adelanto que quizás Yuuri termine con cosas peores en el cabello y en la ropa, si es que le dejan algo de ropa xD.

Una cosa que se me olvidó explicar en el capítulo anterior es el termino zorrón. Corresponde a aquellos hombres universitarios de clase alta, que… bueno, me es difícil explicarlo, pero es casi un nombre genérico para los hombres de clase alta, medio rubios o de ojos claros que hablan medio acuicado. Max y Javier entran en esta categoría, al menos Max. Pero ninguno de los dos se apegan mucho al término. A las mujeres se le conoce como pelolais.

Sarina tiene bastantes reglas para ir al cine. Solo hay que amarla y no matarla, solo eso.

La librería de paseo Huérfanos con Mac Iver de verdad existe y ¡son libros muuuy baratos! Actualmente y redondeando, un dólar equivale a casi 700 pesos chilenos, así que calculen más o menos a cuánto estarían los libros.

Todos los personajes suelen ser (bastante) nerds en algunas cosas, así que habrá varias referencias a libros o cosas así.

"Sesos de alga" es como le suele decir Anabeth Chase a Percy Jackson cuando recién lo va conociendo. Coincidentemente, tanto Sam como Anabeth tienen ojos grises. Sam es algo fanática de ese libro y de los libros de Rick Riordan en general.

Con respecto al termino Muggle y Kyubi no creo que deba explicarlos, pero Muggle se refiere a personas que no tienen magia dentro del universo de Harry Potter. Kyubi se refiere al demonio que Uzumaki Naruto tiene en su interior.

"Ogú y Mampato" es una historieta chilena que cuenta la historia de un niño que consigue en cinturón que le permite realizar viajes espacio-temporal. En uno de sus viajes conoce a Ogú, un hombre de las cavernas que tiene aspecto de Australopithecus y se hace su amigo. La frase que dice Sarina en el tercer capítulo, esa de "Yuuri, amigo mío de mí" es una frase sacada de este personaje, que en realidad es como "Mampatuuu, amico mío de mí"

"Gaturro" son un conjunto de historietas de origen argentino que cuenta la historia de un Gato de casa y su familia. Usualmente hay bastante contenido de crítica social dentro de sus páginas, aparte de un humor bastante atrayente.

Lucas estaba realizando turno de noche en el hospital. Parece que por estos días o lo veremos en el bar o en el hospital xD.

No sé si deban tomarse muy en serio lo que Sarina y Max dicen. Ya saben que les gusta jugar y no es la primera vez que salen con sus coqueteos. Creo que, si ellos dos llegaran a cierta edad sin pareja, inevitablemente terminarían casándose y sería un buen matrimonio, según su perfecta lógica, claro. Par de idiotas… ¬¬

Amigurumi son esos monitos hechos a crochet. ¡Son muy lindos! Yo quiero conseguir a alguien que me haga uno de Yuuri. Erika fácilmente pudo haberse demorado una o dos semanas en tener listo el Charmander y también hizo un Squirtle, pero no le gustó tanto.

Para Erika de verdad todos son pikachus. Un rattata para ella sería un pikachu morado xD.


Notas de autora

*japanese dogeza* Sinceramente creo que terminaré con las rodillas peladas luego de tantos dogeza que hago, pero bueno, me vuelvo a disculpar, pero joder, entré el martes a clases (antes ya estaba en clases, pero me quedaba tiempo libre, ahora no, estoy a full con la universidad) y ya me quiero tirar desde la ventana del salón. Estamos en un quinto piso así que viva no creo que quede, sería tener muy mala cuea.

Lo siento, fueron muchas aclaraciones, pero vaya que puse referencias xD. Se me pasó la mano.

Debo decir que nuevamente me emocioné escribiendo, tanto así que tuve que dejar el cap hasta ahí y el extra del capítulo lo publicaré entre semana. ¿Quieres saber todo el lío que tenían Javier y Max con el pastel? El siguiente capítulo intentaré tenerlo lo antes posible, de verdad que sí.

Bueno, a mi beta y a mí nos pasó algo super divertido la semana pasada. Resulta que las weonas queríamos hacer una encuesta en la página sobre las parejas que les tincan. Ya saben, hay algunas que quieren Javuuri, otras Maxari (Max y Sarina) así que no sé, si quieren hacen sus comentarios por acá. No cambiará las cosas que ocurrirán en el fic, pero me sirve para saber qué piensan ustedes, porque comenzar a juntar a personajes para shippearlos es inevitable, aunque el fic es Viktuuri y eso está fuera de discusión. Pero bueno, volviendo al tema, el asunto es que descubrimos después que en las páginas no se pueden hacer encuestas (un aplauso para tonta y retonta, por favor) así que… tal vez el asunto de la página no fue buena idea. Así que ahora mejor preguntaré, y ¿si hacemos un grupo? ¿o mejor me callo no más y sigo escribiendo no más? xD. Ahí me dicen si les gustaría.

Publiqué en wattpad un extra con la visión de los personajes en el amor y como consecuencia Yurio renunció al fic xD. Estoy en conversaciones para no hacer valer la carta de renuncia que me mandó. Estaba en ruso, así que… bueno, no era válida.

Perdonen si hay alguna falta de ortografía, pero quería publicarlo rápido y no puse atención. De todos modos, si ven algo imperdonable, son libres de comunicármelo.


Diccionario de nikky

Hocicón: De boca grande. Se refiere a cuando alguien habla más de la cuenta.

Mechoneo: Actividad de bienvenida que hacen los de segundo a los Mechones, lo que son de primer año de universidad. En la PUC se le dice Novateo y novatos. En la USACH creo que se les llama Cachorros. Pero genéricamente, se conoce como Mechón, aunque si llegas a decir Mechón en vez de novato en la PUC, se nota al tiro que eres de otra universidad y te repudian, ok no xD.


Confesiones de una autora desesperada:

I: Sigo creyéndome Yato, y he comenzado a llamar a mi beta Shinki. Es que como no es una beta de esas que edita (escribe peor que yo, creo), no tenía idea como llamarla.

II: Yo misma me he convertido en beta reader de otra autora (¡yay!) pero al contrario de mi Shinki, yo ayudo a revisar ortografía y gramática y no me meto en la trama.

III: Actualicé mi fic «San Petersburgo – Noches de Invierno» y escribí un cap con lemon. Es el primer lemon Yaoi que escribo, así que si quieren vayan a leerlo xD.

IV: ¡DEFINITIVAMENTE MORI CON EL TRAILER DE LA PRESENTACIÓN DE YURIO, POR LA CHUCHA! ES QUE ES DEMASIADO PARA MI CORAZÓN. ¡NECESITO DADORES DE SANGRE URGENTE!

V: NECESITO comprarme el fanbook de YOI, así que creo que de ahora en adelante venderé ambos riñones y comenzaré con diálisis. Tranquilas, mañana Shinki me hará poner los pies en la tierra nuevamente, recordándome que ya perdí los riñones cuando pedí el nendoroid de Yuuri xD

VI: ¿De las lectoras chilenas alguien mira Master Chef? ¿Vieron cómo habla Yuhui? Pues probablemente Yuuri hablando español sea una weá así xD. Imagínense todo el bullying que le haría Sarina al pobre.

VII: Volví a escribir mucho, pero creo que ya es inevitable u_u.