Advertencia:Cualquier parecido que veas en ésta historia con otras ajenas a mi persona, es la simple señal de que lo que te estás fumando no es nada bueno, o que necesitas urgentemente comprarte una vida.
Disclaimer: Odio decirlo, pero "Axis Powers Hetalia" como obra maestra no me pertenece, sino a Hidekazu Himaruya. No es mi intención lucrar con su creación, sino hacer de ésta historia una actividad de mero entretenimiento para quien se interese en leerla.
Disclaimer 2: No mencioné que éste fic contendrá canciones. Ups.
"Las Campanas de Notre Dame" pertenece a la película "El Jorobado de Notre Dame", de Disney. La historia original (La novela gótica "Nuestra Señora de París") es de Victor Hugo. La animación del clásico infantil de 1996 está dirigida por Gary Trousdale y Kirk Wise. Basado en el doblaje latino de la película.
XI
Tras comprar algunos víveres en los mercados de Berna, los viajeros retomaron la cabalgata hacia el Oeste de Europa, siendo Ludwig quien por decisión casi unánime, y en razón de la confianza que le inspiraba a la mayoría en el grupo, llevaba el fragmento de la llave en su morral de viajes.
Tan pronto como abandonaron el amurallado reino de Vash Zwingli, dieron con la frontera del reino vecino: Francia, que a diferencia del suizo, tenía varias hectáreas de terrenos desocupados antes de dar con la muralla que lo rodeaba.
— Nada como observar la enorme y verde campiña francesa desde un caballo, comiendo un sabroso chocolate suizo en compañía de tus amigos ¿No, tío? — celebró Antonio, hurgando en su bolso en busca de otro trozo de la golosina comprada en Berna.
— ¡Y eso que no has probado el queso todavía! — señaló Feliciano — Fratello ¿Quieres un poco?
— ¡Aléjalo de mí! ¡Huele mal! — Lovino propició un codazo que hizo que el trozo de queso cayera de las manos de su hermano menor. Su caballo se encargó de pisotearlo contra la tierra.
— ¡M-mi queso suizo…!
— Su majestad— interrumpió Ludwig, quien hacía varios metros venía inspeccionando los alrededores con ayuda de una mira telescópica — Veo ya las torres de vigilancia de la entrada al Reino de Francia. Pero nadie que esté custodiando sus puertas…
— ¿No podremos entrar, Ludwig?
— Por el contrario, entraremos sin problemas: las puertas están abiertas de par en par…
— ¡Ah, Francis! Es que es un tío muy descuidado ¿No?
— Siempre he sabido que al Rey de Francia no se le da del todo bien su cargo, pero ¿Dejar su reino abierto ante la posibilidad de que cualquier forastero entre muy fácilmente en él? Me parece muy extraño…
En efecto, internarse en el reino no fue difícil. Las puertas estaban abiertas, y no había guardias en las atalayas, tampoco en varios metros a la redonda. Era no sólo extraño, sino también muy sospechoso.
A lo lejos, se divisaba París. La capital del reino. El camino que llevaba hacia la ciudad estaba desierto, más aún, el ruido y la música que conforme se acercaban se dejaba oír, delataba que en París había un gran gentío festejando de lo lindo.
Fueron recibidos por varios artistas disfrazados de animales, mujeres con hermosos vestidos de fiesta que les ofrecían bailar con ellas y hombres que les convidaban un sinfín de golosinas francesas apetitosamente olorosas y coloridas. Había también mucha gente llevando cajas con guirnaldas y arreglos decorativos que, por lo visto, estaban destinadas a ser puestas en cada lugar del reino.
— ¿Qué demonios es esto…?
— ¡Oh, mes amis! ¡Veo que han aceptado venir a verme en éste día tan especial!
— Oh… esa odiosa voz…
Los forasteros voltearon al encuentro del Rey Francis y toda la servidumbre que le seguía. Venía montado sobre un caballo blanco, vestido ricamente con sus vistosas prendas de terciopelo azul y rojo, bordadas con hilo dorado, una capa púrpura sobre sus hombros, y su trabajadamente decorada corona de oro y piedras preciosas.
— ¡Ciao, alteza~!
— ¡Feliciano, mon petit! ¡Es un verdadero placer tenerte a ti y a tus amigos en mi casa! ¿No gustas venir a mi palacio, donde podré darles una mejor bienvenida?
— Uh… ¿Su majestad?
— ¡Vamos, muchachos! El Rey Francis nos está invitando a su casa— incitó Feliciano — Seguro tiene comida deliciosa.
— ¡Eso tenlo por seguro!
— Oh~, los he encontrado mientras realizaba la supervisión de la decoración de mi reino para la gran fiesta de ésta tarde. Es todo un placer que hayas decidido honrarnos con tu encantadora presencia, Feliciano. Realmente, y con todo el ajetreo ocurrido contra los bárbaros hace unos días, comenzaba a pensar que ni tú ni tu dulce hermano iban a venir— Francis intentó abrazar a Lovino por los hombros, a lo que éste, rápidamente, se escabulló estratégicamente, escudándose tras Antonio.
— ¿"Dulce"? Con dos cojones, bastardo. A ti no te toco ni con un palo.
— ¡Qué encanto de criatura! — se burló el francés de buena gana — Bríndenme el honor de compartir éste humilde banquete con ustedes, queridos míos. Completen los asientos desde la derecha de la cabecera, y aguarden a que mis sirvientas llenen sus platos. Iré a cerciorarme de que los cocineros estén siguiendo la receta de mi postre al pie de la letra.
Por unos minutos, el rey francés se ausentó del comedor principal. Lovino y Feliciano ocuparon los dos primeros lugares junto al puesto del Rey, seguidos por Ludwig y por último Antonio. El cuarteto, en lo que esperaban, lavaron sus manos en los platillos con agua destinados para ello, y las secaron en suavísimas servilletas de tela bordada que instantáneamente fueron retiradas para ser lavadas.
Las sirvientas trajeron grandes bandejas cargadas de vegetales frescos del huerto del Palacio, condimentadas con especias y aderezos; carne jugosa y de exquisito aroma, presas completas preparadas de todas las formas posibles; e infinidad de acompañamientos bañados en olorosas salsas y especias caseras que hicieron agua las bocas de los visitantes. Sus bandejas fueron llenadas con una generosa porción, y sus copas recibieron muestras de los mejores vinos del reino.
— Oh… por… Dios… ¡Jamás había visto semejante banquete en mi vida…!
— Es lo que sirve el Rey Francis todos los días.
— ¡Cómo mola ser noble…! ¡Cuánta riqueza! ¡Cuánto detalle…! Oh, cómo me gustaría comer así todos los días…— la felicidad de Antonio no cabía en él. Estaba ansioso por comenzar a devorarlo todo.
— Sí, todo muy lindo hasta que sirve caracoles cocidos en su baba— comentó Lovino, haciendo arcadas.
En breve, el rey estuvo con ellos. Tomó su lugar en la cabecera, y las sirvientas llenaron la bandeja frente a él. Su copa, más grande que las del resto en la mesa, hizo la capacidad suficiente como para vaciar en ella una botella de vino completa. Una vez que el resto de los ocupantes del palacio, distribuidos entre otros nobles y sirvientes, ocuparon su respectivo lugar en la mesa, Francis levantó su copa y dio por iniciado el festín:
— Bon appetit.
— ¡Todo ha estado muy sabroso, alteza! — elogió Feliciano, una vez que hubo comido dos platos de fondo completos, y vaciado su copa de postre.
— Sí, he de admitir que hace tiempo que no comía tan bien— secundó Ludwig.
— Me alegra que les haya gustado. Lamento no haber sido yo quien preparara éste banquete ¡Con tan poco tiempo disponible, no puedo dedicarme a mi pasatiempo en la cocina tanto como quisiera! — suspiró dramáticamente — Espero puedan disculpar ese pequeño detalle ¡Para mi consuelo, las sirvientas de mi Palacio tienen también un excelente gusto! Prometo que para su próxima visita, y si pueden avisarme con anticipación, seré yo mismo quien cocine para ustedes. Me gusta ser considerado con el paladar de mis invitados.
— Su alteza…
— ¡Oh, no! Son mis invitados de honor éste día— carcajeó Francis — Es una fiesta muy especial la que celebramos hoy en Francia. En lo que dure su estadía, por favor, sólo llámame Francis ¿Sí?
— ¡Ah, tío! ¡Qué cosas…!— exclamó Antonio, emocionado — Esto ha sido una verdadera maravilla: el banquete, las hermosas sirvientas, la música, la charla, tu buen sentido del humor, el ambiente de tu reino ¡Todo…! ¡La gente ha de vivir muy a gusto bajo tu mando!
— ¡Oh, me agradas mucho! — alabó el francés — Antonio de España ¿No es así?
— Sí: ¡El Reino de la Pasión!
— ¡Oh, la tierra de la hermosa Reina Isabel del Carmen, el flamenco y los vigorosos toreros! Cómo no, toda la gente de tu tierra es encantadora— el rey francés vació su copa de vino en un largo sorbo — No sé ustedes, queridos amigos, pero estoy de buen humor para una historia de sobremesa. Y aún falta mucho para el inicio del festival.
Francis se puso de pie. Los músicos del salón cesaron de tocar, y se acercaron a la mesa para oír mejor al noble. Ludwig, contrariado, susurró a los príncipes italianos.
— ¿Qué va a hacer ahora?
— A Francis le encanta contar historias— respondió Feliciano.
— Es normal que en las comidas cuente anécdotas de su reino, leyendas, historias de amor y babosadas de ese estilo— añadió Lovino.
— Ve~. Cada sobremesa cuenta algo distinto ¡Y es un excelente narrador! Escúchalo, Ludwig. Escúchalo.
Tras aclarar su garganta, el Rey de Francia señaló, extendiendo su brazo, al ventanal principal del comedor. Tras sus cristales coloreados, a lo lejos, se visualizaba la torre de una catedral gótica. En su cima, se alcanzaba a ver la silueta de enormes campanas de hierro, que a los pocos segundos, repicaron dando las una de la tarde. Su fina voz afloró como agua de un manantial, dulce y escurridiza, hasta los oídos de la audicencia.
Ya las campanas despiertan París, resonando en Notre Dame.
Anuncian que hay pesca y hay pan otra vez, resonando en Notre Dame.
Las más grandes revientan cual trueno,
Las pequeñas su canto nos dan.
Campanas que encierran el alma de todo París
Resonando en Notre Dame.
— ¿Las oyen? Son hermosas ¿No? ¡Tantos matices de sonido! ¡Tantas tonalidades cambiantes! Pero habrán de saber que ellas no suenan por sí solas…
— ¿Ah no? — consultó inocentemente Feliciano.
— No, no mon petit— Francis sonrió — Allá, allá en el oscuro campanario, vive un misterioso campanero… ¿Quién es esa criatura? ¿Qué es? ¿Y cómo es que llegó allá? — cuestionó dramáticamente. Los oyentes compartieron miradas curiosas, atónitas, y algunos murmullos ininteligibles — El Rey Francis lo sabe todo: Es la historia de una doncella… y un monstruo.
Hacía ya varios años, había llegado hasta los muelles de Francia, en pleno nevado invierno, una barcaza proveniente de las lejanas tierras orientales. Sus ocupantes buscaban moverse sigilosamente por las calles parisinas, en busca de un escondite donde pasar la noche, para poder continuar a la mañana siguiente con su viaje hacia la "tierra prometida" de la que tanto les habían hablado. Un lugar donde ellos, los gitanos, serían bien recibidos.
Fue una noche obscura en los muelles allá, por Notre Dame.
Cuatro gitanos huían asustados allá, por Notre Dame.
Alarmados temblaban de miedo. Atraparlos ahí era el plan.
De una sombra de hierro como esas campanas que oís,
Resonando en Notre Dame. [Kyrie Eleison]
No contaban que sus movimientos no eran pasados por alto. Pues en cuanto sus pies descalzos tocaron tierra francesa, fueron emboscados por guardias de palacio que los amenazaban con puntiagudas lanzas de hierro. Tras ellos, estaba la imponente figura del temido juez del Reino.
Frollo el juez quería purgar el vicio y la maldad ([Kyrie Eleison)
y pecado en todo halló sin ver su vanidad (Kyrie Eleison)
Él odiaba a los forasteros. Traían consigo infinidad de malos hábitos e ideas que se expandían como plagas en el reino, dificultando sus labores y las del Rey de ese tiempo. Llegaban en oleadas, en caravanas y barcazas ¡Algunos hasta aparecían por arte de magia! ¿Magia? No… Bujería.
Venían a plantar su cizaña forastera en los felices e inocentes habitantes de Francia, y a robarles hasta el alma, como las sanguijuelas. Luego, se irían dejando a su paso ruina y tristeza por doquier. Eso era lo que hacían. Actuaban como indeseables parásitos embusteros, y se lo llevaban todo.
Una tripulante de la barcaza llamó su atención en especial. Iba cubierta bajo una capa de tela maltrecha y sucia que ensombrecía su rostro de forma espectral. Llevaba un bulto entre sus brazos, y lo protegía celosamente.
— ¡¿Qué trae ahí?! — preguntó violentamente uno de los guardias reales, tratando de arrebatarle su, por lo visto, preciada posesión. La mujer se zafó de su mano grande y abusiva, y abrazó aún más el bulto contra su pecho.
— Bienes robados, sin duda alguna— sentenció el juez con desprecio —Quítenselos.
En seguida, los soldados trataron de forcejear el agarre de la gitana. Los demás tripulantes de la barcaza impidieron que pudiesen arrebatarle de las manos el contenido envuelto en estropajos, y abrieron una ruta alternativa por la cual la mujer de capa inició su huida.
¡Estaba escapando!
No permitiendo que los soldados desatendieran al resto de la tripulación gitana, fue el mismo juez quien persiguió a la mujer, sobre su caballo negro. Sorpresivamente, ella ganó varios metros de ventaja, debido a que dentro de toda la desesperación, la gitana hizo valer su astucia, y prefirió los callejones estrechos para alejarse, antes que las avenidas y calles en las cuales la velocidad del jinete pudiese alcanzarla en medio de la carrera.
¡Sólo debía encontrar un buen escondite!
Dies irae, dies irae (Ese día, ese día)
Dies illa, dies illa (día de ira, día de ira)
Solvet saeclum in favilla (El mundo se consumirá en cenizas)
Teste David cum sibylla (Como profetizaron David y la Sibila)
Quantus tremor est futurus (Cómo temblará el mundo)
Dies irae (Ese día)
Quando Judex est venturus (A la venida del Juez)
Quantus tremor est futurus (Cómo temblará el mundo)
Dies irae (Ese día)
Quando Judex est venturus (A la venida del Juez)
Dies irae (Ese día)
La mujer logró llegar a las puertas del templo principal en la plaza central de París. Allí, vencida por el cansancio, jadeante y sudorosa, se dejó caer de rodillas, aún protegiendo el bulto contra su pecho. Golpeó desesperadamente la madera de la tranquera.
— ¡Auxilio…! ¡Socorro…! ¡Denme asilo, por piedad…!
A sus espaldas, las patas del caballo golpeteaban en agitada carrera el empedrado de las calles de la ciudad. Se aproximaba peligrosamente hacia ella, y no había respuestas desde el interior del templo. Trató de levantarse, y en seguida, sus piernas volvieron a ceder.
Y ya era demasiado tarde.
Apretó con fuerza y ambos brazos el bulto contra su pecho cubierto de la tela sucia y andrajosa, entonces, el jinete la alcanzó, y asió fuertemente los paños que cubrían el cuerpo que tanto protegía la mujer. Ella se resistió a los jalones, con tal ímpetu que por poco y sentía que las uñas se le arrancarían de los dedos.
El juez perdió la paciencia. Quitó su pie de uno de los estribos de la montura, y golpeó las costillas de la mujer repetidas veces, haciendo que sus fuerzas menguaran considerablemente.
Ya el bulto estaba casi en manos del jinete. La mujer se levantó, y en un intento por brincar y tratar de derribar a su captor, fue víctima de tal brusco empujón que la golpeó desde el estómago, que no sólo sus manos cedieron, sino que su cuerpo se balanceó, perdiendo su posición de equilibrio, y fue a dar de espaldas contra las escalinatas que antecedían la entrada al templo.
El impacto de su nuca y cuello contra el empedrado fue suficiente como para inmovilizarla definitivamente. La capa descubrió el rostro de la mujer: piel blanca y mugrosa que ahora se helaba atacada por la hostilidad del clima. Cabellera rubia que se empapaba de la sangre que emanaba de la herida abierta por el golpe.
El juez inspeccionó el bulto, deshaciendo sus pliegues. Descubrió que bajo los paños, había un cuerpecito frágil y caliente, que latía agitado por sollozos entrecortados.
Los ojos azules y vivos de una pequeña bebé lo increparon preñados de lágrimas y temor.
— ¡Una niña…!
Sovet saeclum in favilla (El mundo se consumirá en cenizas)
Dies irae, dies illa (Ese día, día de ira)
¡¿Qué iba a hacer ahora…?! Tenía una bebé huérfana en sus manos. Una bebé que pronto estallaría en llanto. Los vecinos se asomarían por sus ventanas, aún a mitad de la noche, entonces contemplarían con horror el crimen que su legislador había cometido. Estaba acabado ¡Su carrera había terminado…!
A menos claro, que pudiese deshacerse de ella, y del cadáver de la madre.
Oportunamente, en la plaza, había un pozo de agua cuya profundidad de tragaría el secreto.
Sostuvo a la niña por las prendas que la envolvían. Extendió su brazo, y la dejó colgando por largo rato en la boca del foso. Por algún motivo, sus dedos eran incapaces de desprenderse de la tela. Y la bebé comenzaba a soltar sus primeros gritos, a causa del frío que comenzaba a agobiarla.
— ¡NO!
Desde el interior del templo al que antes la mujer había llamado, salió el sacerdote del pueblo, encarando al juez con la mirada encendida en odio.
— ¿Angello…?
— Sangre inocente has regado este día a los pies de Notre Dame
— ¿Inocente? Bah. Corrió y resbaló— señaló con desdén el juez.
— Y a esta criatura quisiste matar a los pies de Notre Dame.
— ¡Mi consciencia está limpia, insensato…!
—Tú podrás engañarte a ti mismo y podrás toda culpa negar, Pero nunca podrás esconder este horror la verdad, A la verdad de Notre Dame.
Las increpaciones del monje pesaron como plomo en el pecho del juez.
¿En serio lo había visto todo? ¿El forcejeo, el homicidio, lo que planeaba hacerle a la bebé? ¡Obviamente! Y no había sido el único…
Y por vez primera en su alma él sintió temor,
En su obscura vida de poder dominador.
Las estatuas esculpidas en los balcones del templo, para su gran perturbación y extrañeza, tenían sus ojos apuntando hacia él. Le miraban con una reprobación que casi rayaba en el asco. Y el cadáver de la mujer ¡Oh, el cadáver…!
Sus ojos, mustios, estaban abiertos. Y lo miraban… estaban fijos y centrados, aunque apagados. Le observaba, mientras ya muerta, se desangraba lentamente.
Había lágrimas en los ojos de esa mujer. Tal y como las había en la de esa niña que hacía sólo unos momentos había dejado huérfana, y había intentado asesinar…
¿En qué clase de bestia se había convertido…?
— Angelo… aconséjame, por favor…
El monje caminó hasta el cuerpo inerte de la mujer, y tras forzar con los dedos sus párpados hasta cerrarlos, la cargó en sus brazos. Cuando volvía hacia el templo, y dándole la espalda al juez, respondió ásperamente:
— Cría a esa niña como si fuera tuya.
— ¿Qué…?— el hombre miró a la bebé con recelo — ¿Debo cargar con la hija de una gitana…?
— Es lo mínimo que puedes hacer por ella.
— Bien— accedió —Pero vivirá contigo en ésta iglesia.
— ¿Aquí? ¿Dónde?
— Donde nadie jamás pueda verla. Y quién sabe. Quizás llegue algún día en que la criatura vea la luz, y salga para serme de utilidad. Sólo el Señor sabe por qué suceden éstas cosas…
Y este acertijo difícil verán resolver en Notre Dame:
Quién monstruo y quién hombre entre ellos será.
Las campanas cantan, cantan
Resonando en Notre Dame.
— Ve~ ¡Qué hermosa tonada, Francis! ¡Y qué historia tan buena…!
— Desafinó al final, pero… bah. No estuvo tan mal— opinó Lovino.
— Fue… una historia profunda. A cualquiera lo hubiese conmovido— añadió Ludwig — Déjeme preguntar… ¿Es un relato…?
— ¿Verídico? ¡Claro que sí, mes amis! De hecho, llegan en la mejor ocasión para conocer a Marianne: ¡La protagonista de nuestra historia!
— ¿Quiere decir que la gitana no murió?
— Creo que habla de la bebé, majestad— susurró Antonio.
— La bella Marianne fue criada en el Campanario de Notre Dame por el juez hasta el día en que el último aliento abandonó su cuerpo. Hoy sirve no sólo como la mano derecha del sacerdote del pueblo: Angelo. Sino que también es la bailarina de palacio en fechas especiales, como el día de hoy.
— ¿Ah sí? ¿Y qué celebran? Digo, para que toda la gente esté vuelta loca con preparativos, decoraciones y cocinando platillos…
— Una de mis festividades favoritas del año: ¡Topsy Turvy!
Notas de la Autora:
¡Ohlalá~! Nuestro Cuarteto Maravilla se interna en la colorida Francia del Rey Francis, en medio de la celebración de Topsy Turvy ¿Qué les esperará en ella? ¿Una nueva pieza de la llave? ¿Un disturbio? ¿Una tarde de diversión? ¿Una nueva avenura?
¡Todo eso y mucho más, el siguiente capítulo...!
Lamento no haber actualizado el martes. Estoy en mi ciudad natal (Punta Arenas, al sur de Chile) y digamos que la conexión de Internet aquí no es muy buena. He estado con algunos problemas, pero ya todo está estable ahora.
¡Espero hayan disfrutado éste capítulo!
Muchas gracias a Arelion12, Sorita Uchiha (¡Dios, cuántos comentarios de una vez...!) y Dazaru Kimchibun por sus comentarios.
Todo review será bien recibido y contestado en cuanto actualice ésta historia.
¡Saludos y muchísimas gracias a todos!
