Hola todos ¿cómo están?

Se que no tengo perdón por demorarme tanto, mi vida está en una especie de hiatus causando que deje en hiatus esta historia. La falta de reviews también me hace pensar que no es de su agrado. Aún así la seguiré publicando, tal vez alguien le guste en algún futuro o alguién es muy tímido para comentar, entiendo perfectamente; en compensación les dejaré dos capítulos seguidos.

Hetalia no me pertenece.

Disfruten su lectura.


Erika llegó a Roma, pidió un taxi el cual le llevó a esos barrios que no muestran en las postales, y suele ser negado para los turistas. El taxista se estacionó dos calles antes de la dirección señalada. Estaban haciendo reparaciones en la calzada y los autos no podrían entrar a ese sector específico.

El taxista con la mirada llena de preocupación le preguntó— Sei sicuro di andarci da solo? (¿está segura de ir ahí sola?) —

— si, molto grazie— Erika pagó y se bajó del auto.

No había oficiales quienes guiaran el tránsito solo los trabajadores quienes levantaban pedazos de calzada y tierra. Pasó rápidamente por la pequeña sección libre para peatones; sentía las miradas de los trabajadores sobre ella todo el tiempo. Le dio una sensación de inseguridad terrible. De su pequeño bolso, sacó el pedazo de servilleta que Francia le había dado. Trato de leer las calles en busca de la dirección exacta.

Caminó dando vueltas por varios minutos. Hasta que por andar distraída se encontró con unas caras conocidas pero no gratas de volver a ver. Eran los hombres que se encontró en el festival de las artes hace semanas atrás. Ellos la miraron, pero a diferencia de la última vez no le insinuaron ni dijeron nada.

Le sonrieron y saludaron de manera cordial — Signorina, buon giorno—

Ya que se veían amables ella regreso el gesto — Buon giorno Hai visto il mio ragazzo? (Buenos días, ¿Han visto a mi novio?) — preguntó rápidamente no quería perder más tiempo ni tampoco distraerse.

— si— respondieron ellos

—Lo prenderemo con lui (lo llevaremos con él) — dijo uno de ellos y todos la rodearon de manera protectora y la condujeron hacia un almacén.

Mientras caminaban por las calles Erika no pudo dejar de notar que ellos recibían susurros de otras personas a su alrededor. Y lo que pudo entender de las respuestas fue simplemente: la novia del jefe. Tal vez Francia, tenía razón y aún no conocía nada acerca de Feliciano. Pero ya estaba ahí. No podía dar marcha atrás. Tenía que verlo.

Entraron al almacén, que en realidad era una tienda de armas. Detrás de esta había una especie de sala para practicar tiro. Una habitación semi-oscura, con cubículos individuales, que colocaban a cada pistolero en aislamiento parcial, del otro lado estaba las hojas con los blancos. El dueño le dio unos protectores de oídos y la dejó pasar.

El ruido de los disparos era ensordecedor. Muchas armas de fuego estaban en el piso del mismo, modelos viejos y nuevos amontonados en el piso. Casquillos de balas por doquier. A pesar de que había el desorden de miles de personas, solo había una disparando. Su cara mostraba rencor y odio. Temió por su seguridad por un segundo. Pero armándose de valor, se acercó a él y se hizo notar, cuando una simple tos no fue suficiente, le tocó delicadamente el brazo; causando que el fallara el tiro perfecto y la mirara con ira, se sacó sus protectores en sus orejas de manera brusca.

— ¿qué estás haciendo aquí? — dijo Feliciano irritado— ¿cómo llegaste aquí? — empezó a alzar la voz. Erika giró la cabeza suavemente intentando regresar a ver, notó que los hombres que la guiaron y el dueño del almacén se refugiaban tras la puerta realmente asustados.

Erika se sacó los protectores de los oídos, y con una expresión estoica le respondió — estaba preocupada, vine a verte—

— ¿Quién te dijo que estaba aquí? —

— No tengo porque decírtelo— respondió ella empezando también a alzar la voz.

— ¿Quién te pidió que vinieras? — volvió a preguntar, insistiendo en esta porque ninguna de las anteriores preguntas fue contestada — ¿Fue mi jefe acaso? ¿Martina? —

— Ninguno de ellos, yo vine por mi propia voluntad— Erika se sorprendió que no mencionara el nombre de Romano.

— ¿para qué? — dijo él con malicia — ¿para decirme palabras bonitas que no sirven?, ¿para intentar hacerme volver a mi oficina a trabajar como una mula para luego seguir recibiendo las quejas y los ataques de mi hermano?, o más bien dicho mi supuesto hermano... ¿o será tal vez para contarme que hay un estúpido rumor que nos involucra?, el cual ya lo sé ¿eh? ¿Cuál de todas es? —

La primera— pensó — Vine para disparar contigo— dijo ella sin saber exactamente porque lo dijo. Tenía que calmarlo de alguna forma.

— ¿sabes disparar? —

— Basch Zwingli, la representación de Suiza es mi hermano ¿te dice algo eso? —dijo mientras cruzaba los brazos sobre su pecho.

— ¿te gusta el queso? —

Erika le pisotéo el pie, Feliciano hizo una mueca de dolor, y sin disculparse tomó la primera arma que vio, se aseguró que tuviera balas puestas, dejó su abrigo y sus cosas detrás. Se puso los protectores y empezó a disparar. Dando un tiro perfecto siempre en el centro. — ¿Ahora si te dice algo esto? —

Feliciano solo sonrió, se puso sus protectores y también empezó a disparar. También un tiro perfecto. Erika volvió a disparar y luego Feliciano. Tiros directo al centro. Las personas detrás de la puerta entendieron que los disparos terminarían únicamente si uno de ellos fallaba o lo más probable fuera cuando se les acabara la caja de municiones que tenían todas las armas.

Así la mañana se fue volando, y como se predijo las municiones acabaron antes. Pero ninguno de ellos falló un solo tiro. Aun cuando intercambiaron armas, ninguno falló. Erika estaba a punto de volverle a dirigir la palabra cuando de un baúl tirado en la parte de atrás, Veneziano sacó dos ballestas, dos arcos normales, y flechas suficientes.

— ¿sabes usarlos? — preguntó Feliciano al momento que tomaba una de las ballestas, ponía la flecha en el mecanismo, extendía su brazo y disparaba. Otro tiro perfecto.

— Tal vez no he oído hablar de Robin Hood, pero a Guillermo Tell si lo conozco— respondió Erika, sin embargo ella tomo un arco tradicional y disparó. En el centro.

Continuaron así, hasta que la tarde terminara. Los empleados y demás personas que frecuentaban el almacén se habían ido. Solo quedaron ellos dos. Al acabarse todo: las flechas, las municiones, cuchillos, dagas y todo lo que podía ser arrojado hacia la diana; quedaron sentados en el frío cemento bien apoyados a la pared.

— ¿haces esto cuando estas molesto? — preguntó Erika rompiendo finalmente el silencio.

— sí— contestó Feliciano — ¿por qué viniste? ¿Quién te dijo que estaba aquí? —

— Estaba preocupada, yo... — dijo Erika pensando que podría suavizar el tema—... te llamé ayer y escuché tu discusión con Romano—

— Así que tú eras la llamada que rechacé— Erika solo asintió — lamento que lo escucharas—

— yo lamento que... —

— No Erika, no lamentes nada. Romano siempre ha sido así. Ya estoy acostumbrado—

— No mientas, nadie puede acostumbrarse a escuchar todo eso—

— Aunque fuera como tú supones. Nadia cambiaría, intento en vano hacerle ver que... —

— No tienes la culpa que tu abuelo te haya llevado a no sé dónde— dijo ella adivinando para donde iba la conversación.

— ¿Quién te lo dijo? —

— Fue Francia, hablé con él hoy en la mañana—

— *suspiro* ¿tienes hambre? — Erika asintió— Ven te llevaré a degustar un buen plato—

Erika iba a preguntar quién recogería todo lo que estaba en piso. Pero al ver que Veneziano sacaba las llaves del almacén de su bolsillo, no era difícil imaginar que Feliciano era en realidad el dueño del lugar.

Caminaron por las calles en la creciente oscuridad. Feliciano la condujo hacia un edificio departamental. Erika no entendía porque habría un restaurante en un edificio lleno de familias. Pero se mantuvo callada, ahorrándose sus preguntas para después.

Llegaron al lugar específico, el departamento número 17D, del cuarto piso. Feliciano abrió la puerta del lugar. Era un departamento pequeño, con una habitación acogedora, que se encontraba subiendo unas pequeñas escaleras sobre lo que era la sala de estar. El recibidor tenía unos sillones cómodos y sencillos, frente a una chimenea la cual compartía su espacio en la pared con una inmensa librería llena. Una ventana inmensa que abarcaba toda la pared y llegaba hasta la cocina y el pequeño comedor para cuatro personas. En la esquina opuesta a la ventana estaba el cuarto de baño, igual pequeño e íntimo. Y para su sorpresa un piano, muy parecido al que tenía Austria en su nueva casa.

— Siéntete como en tu casa Erika— dijo Feliciano, sacándole su abrigo y bolso, colgándolo en un armario que no había visto cerca de la puerta.

— ¿este lugar qué es? —preguntó ella entrando y paseando por el lugar.

— es mi departamento para estar solo— respondió él mientras iba a la cocina, ella lo siguió y se quedó plantada en la puerta de entrada.

— ¿departamento para estar solo? — preguntó ella sin entender.

— Cuando discuto con Romano, suelo desaparecer unos días. — dijo mientras sacaba unos cuantos ingredientes de su alacena— Solía ir a Venecia, tengo una casa allá. Pero últimamente no me apetece refugiarme ahí, así que compré este lugar a escondidas de Romano—

— Pues, es muy lindo—

—Gracias—

— este... creí que iríamos a comer a un restaurante—

— no quiero que nadie nos vea en público por los motivos que ya sabes— Erika entendió que por ese dichoso rumor todo ahora podía ser malinterpretado — así que espero que no te moleste que cocine para ti—

— ¿puedo ayudar? —

Feliciano y Erika empezaron a cocinar. Erika puso mucha atención a su acompañante, la expresión de odio y rencor se había borrado pero todavía había una expresión seria en su rostro. Y a pesar de que era algo natural que estuviera molesto aún. No le gustaba que estuviera con el ceño fruncido. Se notaba a leguas que aún estaba resentido por lo del día anterior.

— Estas muy callada— dijo él rompiendo nuevamente el silencio.

— no dejo de pensar en lo que dijo... —

— Lo que Romano me dijo no tiene importancia— interrumpió Feliciano, pero Erika le indicó que no era eso lo que quería decir con un simple movimiento de cabeza.

— me refería a lo que Francia me contó— Feliciano paró de hacer lo que estaba haciendo y solo esperó — tal vez hice mal en indagar cosas que son privadas— comenzó a excusarse y disculparse por la insistencia de obtener dicha información — pero estaba tan angustiada y preocupada por ti, que no vi otra salida que... preguntar—

— ¿qué preguntaste? — insistió Feliciano volviendo hacer lo que estaba haciendo.

— Mi pregunta fue: ¿Cómo es tu relación con tu hermano mayor?—

— Terrible— respondió Feliciano.

— Francia respondió algo parecido— dijo Erika intentando no reír porque no ameritaba en este momento— no me atreví a indagar más—

— Romano cree que yo hago todo lo que está a mí alcance para deshacerme de él; desea que yo me muera, siempre me lo ha dicho así cuando se molesta. Y cuando me alejo de él, suele regresar a disculparse. Él no es muy fácil de entender; se siente muy solo— eso sorprendió a Erika. Tal vez se había arriesgado a juzgarlo muy pronto — yo no me preocupo por eso, tarde o temprano el deseo se le va a cumplir—

— ¿A qué te refieres? — preguntó Erika con gran temor.

Feliciano terminó de cocinar y sirvió la pasta con salsa bolognesa en dos platos. Y los colocó en la mesa. Él se sentó a la mesa, pero Erika se quedó parada sin moverse. Esperando una respuesta.

— Cuando Venecia se hunda, yo me hundiré con ella—

Las lágrimas empezaron a salir por los ojos verdes de Erika sin ningún tipo de control — me estás diciendo que te vas a... a... —

— morir— respondió Feliciano levantándose y dándole un abrazo para que se calmara.

— ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Por qué? — a Erika se le vinieron más preguntas pero solo pudo seguir llorando en el hombro de Feliciano — ¿no tienes miedo? — dijo Erika hablando por primera vez después de que agotara todas las lágrimas en sus ojos.

Estaba acostada en la sala de estar viendo al techo, Feliciano había prendido la chimenea, a su lado él estaba recostado en dirección contraria. Solo sus cabezas estaban juntas.

— Estoy aterrado— respondió regresándola a ver.

— Te digo algo — dijo Erika encarándolo — no me importa lo que otros digan eres una maravillosa persona — Feliciano sonrió— y te amo con todo mi corazón— dijo ella mientras su rostro se tornaba colorado.

Lo dijo, sin remordimientos, ni dudas, sin otras intenciones. Feliciano se sonrojo. Se acercó a ella, girando su cuerpo.

— Te confieso algo— dijo el sonriendo — eres una chica dulce y linda... — Erika temió que no le correspondiera y dijera que encontraría otra persona que la podía amar pero escuchó todo lo que él tenía que decir—... fuerte, decidida y muy inteligente. No puedo amar a mejor mujer que tu—

Erika tardó en comprender su respuesta — ¿me repites lo que dijiste? —

— ti amo, amore mio—

Erika y Feliciano solo se sostuvieron la mirada, sus rostros mostraban una felicidad pura. Permanecieron así hasta que se dieron cuenta que ya era muy tarde en la noche, la chimenea se apagó, y hacia mucho frío. La única cama que existía, fue cedida para Erika. Sin embargo, el lecho era muy amplio para una sola persona así que...

— hay suficiente espacio para los dos—

— No quiero causar problemas...—

— no serías capaz de forzarme ¿verdad? —

— no—

— Entonces no hay problema—

Se acostaron con sus espaldas tocándose; pero a pesar de estar cómodos y calientes ninguno pudo dormir mucho tiempo. Después de una hora, se encontraron bien despiertos. En la misma posición con la que se acostaron.

— quiero conocerte más Feli— comenzó Erika interrumpiendo el silencio sepulcral de la noche.

— Qué más desearías saber Lily, creo que fratello Francis ya te lo contó todo—

— Tus miedos, tus sueños, tus deseos, que te gusta, que no te gusta—

— ¿mis miedos? Pues... le tengo miedo a tu hermano— Erika soltó unas pequeñas risas — también a Inglaterra, pero creo que mi peor miedo es perder a los que quiero, incluyéndote a ti— Erika no dijo nada, de una manera indirecta le hizo saber que ella le comprendía— ahora mis sueños... pues es ver a mi hermano sonreír, sabes él no es muy cariñoso. Nunca lo he visto sonreír, así que me esfuerzo para ver su sonrisa. Envidio mucho a fratello España por eso. Creo que cumpliste uno de mis deseos, así que no tengo uno ahora— Erika se sonrojó de nuevo y por debajo de las sábanas buscó su mano y la apretó haciéndole saber que él también le había cumplido un deseo — Me gusta la pasta, pintar, nadar, adoro navegar en mi góndola, la música, y a ti. ¿Lo que no me gusta? No me gusta fingir ser débil, pero no puedo dejar que los demás me vean así —

— ¿por qué? — fue una simple pregunta pero involucraba una respuesta muy complicada. Feliciano no contestó— está bien, no tienes por qué decírmelo— dijo ella mientras respiraba profundamente— ¿es mi turno? — Feliciano asintió pero Erika eso no lo sabía así que continúo — Bueno le tenía miedo a Francia, pero por tu culpa lo vencí — Feliciano rió — también le tengo miedo a que le pase algo a mi hermano. Sueño con explorar más el mundo. Mi mayor deseo es decirles a esos chismosos "En su cara" — Feliciano volvió a reír; ambos terminaron por girarse y verse frente a frente.

— ¿cómo sabrás quien comenzó el rumor? — preguntó Feliciano después de tanto reír.

— Natalia Arlosvkaya—

— oh sí, había olvidado que tienes a la mejor espía y verdugo como mejor amiga—

— No le diré que lo dijiste; me gusta mucho cultivar mi jardín y cocinar deliciosos postres, me disgusta ser impotente y no poder ayudar a nadie—

— Te entiendo— contestó él.

Terminando de conversar el sueño finalmente los fue reclamando, Erika fue quien cerró sus ojos primero. Antes de que Feliciano sucumbiera al sueño, delicadamente abrazó a Erika, acercándola más hacia él, pero guardando de no tocar lugares que aún le eran prohibidos pero que deseaba conocerlos pronto. Erika se acurrucó en el pecho de Feliciano, aspirando su aroma, jurando, entre sueños, que olía a pasta recién preparada.

Al día siguiente, Romano llegó al edificio y subió al cuarto piso. No podía creer que tuvo que ir a pedirle a Francia información sobre su hermano menor. Después de trabajar solo el día anterior, entendió que había hecho muy mal en decir esas cosas. No le quedaba más que destruir su orgullo y pedir disculpas. No es que fuera la primera vez, pero siempre llegaba a la conclusión que cada vez que se le calentaba la cabeza se le ocurrían nuevas formas de pisotear a su hermano menor.

Abrió la puerta con la copia que Francia tenía. Ese maldito Francia, le tenía tanto miedo que estaba siendo reemplazado por un odio, por el simple hecho de que sabía más de su hermano que él mismo.

Descubrió que el departamento era muy acogedor y decorado con gran esmero. Mas no se fijó en nada a su alrededor y subió directo a la habitación. Encontró la cama desordenada con algunas mantas fuera de lugar y un bulto debajo de ellas. Por los pequeños perceptibles movimientos imaginaba que su hermano ya se había despertado y estaba estirándose debajo de todas esas capas de sábanas y cobijas.

— Feliciano, yo... — Romano paró en cuanto el bulto se movió — no preguntes como llegué aquí. Seguramente ya sabrás la respuesta. Vine a disculparme, fui muy duro contigo y espero que podamos volver a comenzar de nuevo— El bulto no dijo nada, y dejó de moverse — sí, sé que te digo lo mismo cada vez que discutimos, entiéndeme que cuando me enojo yo no pienso en lo que digo — Romano se sentó en el borde de la cama — ¿me disculpas? —

Nada, el bulto no dijo nada, ni tampoco se movió de nuevo. Romano empezó a perder la paciencia.

— ¿te estás haciendo el difícil acaso? — ninguna reacción — Bien, aunque no me disculpes tenemos que trabajar, así que arriba... — Romano molesto cogió todas las capas de sábanas y mantas y las alzó en el aire para revelar al perezoso de su hermano y sacarlo de la cama.

Pero en lugar de encontrar a su hermano acurrucado despertándose, se topó con un ser de rostro angelical, que se tornaba sorprendido y asustado. Los ojos verdes de Romano se fijaron en otros ojos verdes mucho más inocentes que los suyos.

— Guten Tag, Señor Romano—

— ¡¿LIECHTENSTEIN?! — gritó Romano.


¿Les gustó? Esperio que sí.

Romano acaba de encontrar a Liechtenstein en la cama de su hermano. ¿qué pasará después? Vealo en la segunda parte de este capítulo.

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