Capítulo 11
En mi mente se cruzaban imágenes al azar. Sabía que era un sueño, juro que lo sabía, pero no lo quería creer. A veces las personas son más felices viviendo entre las dulces alas de la fantasía, y yo siempre amé la fantasía.
Sólo veía su rostro, el suave y dulce rostro que mi pasado me había quitado de manera cruel. Observé cada centímetro de su ser, quería guardarlo en mi memoria por siempre, vivir a través de su recuerdo cada día.
Su castaño cabello, artificialmente ondulado, caía hasta tocar sus delgados hombros, rodeando aquel rostro angelical, con pequeños ojos y perfectas facciones. Estaba más hermosa de lo que mi mente recordaba y era tan… Tan real…
Ella extendió una mano hacia mí. Me asustó el parecido que tenía su pálido cuerpo con el mío. Tomé su mano, y traté de esbozar una sonrisa, mi rostro era surcado por miles de silenciosas lágrimas: no importaba si era un sueño, una realidad o lo que sea, ella estaba conmigo, otra vez.
Me abracé a su perfecto cuerpo, me abracé con todas mis fuerzas, como si mi vida dependiera de ello. No quise soltarla nunca más, sentía que si me separaba de su cuerpo, ella desaparecería por siempre, y no regresaría jamás.
Gracie… —Murmuró mi madre, utilizando esa voz que hace diez años no escuchaba. Había olvidado por completo la magnitud de la belleza de su voz. Sus cálidas manos acariciaban mi cabello, mientras que yo me esforzaba aún más por mojar completamente su fino vestido azul.
No… No te vayas… —Le supliqué, tratando de componer las palabras a través de las lágrimas— Te necesito…
Shh… Tranquila…— Dijo ella, acariciando mi rostro— Yo nunca me fui, Gracie…
¡Si te fuiste! ¡Yo te necesité por años! No puedo vivir sin vos…
Yo siempre estuve a tu lado, Grace…— Me tranquilizó ella— Siempre te cuidé…
¿Siempre?
Cada día de tu vida… A ti y a Marie… Cuidé cada paso tuyo, me enorgullecí de tus logros y me entristecí con tus errores… Admire tu personalidad, como vos misma la admiras… Y te cuidé, Gracie… Te cuidé— Dijo la fantasía, poniendo énfasis en la última palabra.
¿Y por qué apareciste ahora y no cada vez que te rogué que aparecieras? ¿Por qué no llegaste antes y me despertaste con un beso en cada mañana? ¿Por qué?
Siempre estuve, sólo que vos no sabías verme…
¿Y Marie?
Tu hermana esta aún mas cegada que vos, Grace… Vos abriste tu corazón cuando… —De pronto mi madre se calló, formando un silencio demasiado incómodo.
… Cuando conocí a Bill
Sí…
Ambas guardamos silencio, yo deseaba que aquel momento durara por siempre. Aquel abrazo, aquel contacto. Sinceramente, era demasiado real y no quería que acabe. Luego de una cantidad indefinida de minutos o segundos, su melodiosa voz volvió a sonar.
¿Recordás aquel cuento que te contaba cada noche cuando eras pequeña, Grace?
Sí… ¿Cómo olvidarlo? El príncipe de agua y…
Y la princesa de azúcar… Sí…
¿Qué tiene que ver un cuento con todo esto?
Que vine justamente para contártelo de vuelta —Respondió ella con sencillez, y ante mi mirada sorprendida comenzó a relatar—. Había una vez un dulce reino, repleto de felicidad y dulzura y gobernado por dos reyes que creían en el amor por sobre todas las cosas.
"Los reyes tenían en total cinco hijos, cuatro varones y una mujercita. La mujer era la más joven de los cuatro, la más despistada y la más traviesa. Un día, mientras toda la familia real dormía una larga siesta, la dulce princesita salió furtivamente del palacio, dispuesta a recorrer el reino. Caminó y caminó por todo el reino, hasta que llegó a las afueras de este, donde una gran muralla separaba el Reino de Azúcar del Reino Prohibido, como lo llamaban los reyes. Como su nombre bien lo dice, este reino estaba prohibido para cualquier habitante de azúcar. Nuestra princesa, como cualquier persona curiosa, siempre quiso saber que había del otro lado de la muralla. Había pasado mucho tiempo pensando qué clase de criaturas mágicas podrían encontrarse del otro lado, pero jamás había llegado tan lejos como para ver que había realmente.
Pero nuestra princesa no era ninguna tonta, por lo que antes de escalar la muralla comenzó a arrojar ramas, para ver si había alguien o algo del otro lado. Luego de unos minutos se escuchó un golpe y una voz salió del otro lado del muro.
¿Quién anda ahí? ¡Responda en nombre del príncipe de Agua!
¿Príncipe de agua? ¡Eso no existe! — Exclamó la princesa, divertida ante la ocurrencia del joven.
¿Y quién eres tú para decir lo que existe y lo que no? ¡No debes ser más que otra loca inventora de fantasías!
¡Yo soy la Princesa de Azúcar y vos no sos nadie para ir por el mundo insultando gente!
¡Ya te dije, soy el Príncipe de Agua, y puedo insultar a quien yo quiera!
¡Eres un caprichoso y un mentiroso! ¡La gente de agua no existe!
¡Sí, existe, lo que nunca existió es la gente de azúcar!
Ambos príncipes pasaron mucho tiempo discutiendo sobre quién mentía y quién no. Hasta que ambos decidieron hacer un agujero en el muro para comprobar quien mentía.
Al terminar el agujero, ambos pudieron verse, y se sorprendieron mucho al descubrir que ninguno mentía: ella era una bella princesa hecha de azúcar, y él, un hermoso príncipe, hecho de agua.
¡Que hermosa eres! —Exclamó el príncipe asombrado al ver a la Princesa de azúcar por primera vez. Y a partir de ese día ambos se escaparon de sus palacios durante la hora de la siesta para verse a escondidas. Naturalmente, no podían tocarse ya que si él tocaba el cuerpo de ella, ella moriría, desvanecida entre el agua de sus brazos. Esto se convirtió en un gran problema posteriormente, ya que luego de un tiempo, ambos príncipes se enamoraron perdidamente el uno del otro. Ambos deseaban tocarse, rozar mínimamente sus manos, besarse, pero la cruel realidad hacía que esto fuera imposible para ambos.
Pero un día, la princesa de Agua tuvo una magnífica idea: había una bruja en el Reino de Agua, una bruja que podía ayudarlos. Y así, es como un día durante la siesta, ambos jóvenes fueron a visitar a la bruja. Al llegar a la vieja casa, se encontraron con una tenebrosa mujer, quien accedió a ayudarlos con una condición: ambos debían abandonar sus reinos, ya que serían convertidos en una nueva raza. La decisión la debían tomar hasta el día siguiente a la misma hora, cuando estaría la pócima lista.
Ambos jóvenes discutieron muy deprimidos sobre lo que debían hacer, ninguno quería abandonar a sus familias, pero ambos de amaban más que a nada en el mundo, por lo que, finalmente decidieron dejar todo y crear una nueva raza.
El día fijado por la bruja, ambos dejaron notas de despedida a sus padres, explicando lo que sucedía y lo que estaban dispuestos a hacer. Y así, se fugaron juntos hasta el hogar de la bruja, donde se dispusieron a tomar la pócima, que primero rozó los labios de la Princesa y luego los del príncipe. Al cabo de unos minutos, la transformación había ocurrido: ambos eran ahora personas de carne y hueso, una nueva raza.
Ambos partieron en busca de un destino, sólo que esta vez, tomados de la mano, formando una nueva unión, un nuevo reino, muy lejos del Reino de Agua y del Reino de Azúcar. Ambos habían dejado todo su pasado, sus orígenes para vivir en el amor eterno junto a la persona que hacía felices sus mañanas cada día.
Y fueron felices y comieron perdices (N/A: tenía que ponerlo xD) — Acoté yo, ante la gran sonrisa de mi madre.
Sí, porque tomaron la decisión correcta, porque era amor verdadero…
¿Y qué tiene que ver eso conmigo?— Le pregunté, harta de tantas palabras y nada puntual.
Todo tiene que ver, Gracie… Se acercan tiempos en los deberás tomar una decisión que te marcará toda tu vida, y como la Princesa de Azúcar, vas a tener que decidir entre las cosas que amas.
No… No entiendo…
Ya verás… — Me consoló ella, y posó su labios sobre mi frente— Dulces sueños.
Pero esto ya es…— Comencé a decir, pero no pude terminar la frase, ya que me quedé dormida entre sus brazos, concentrada en su contacto, para asegurarme de que ella seguía allí.
Cuando abrí los ojos, sentí unas suaves manos acariciando mi rostro húmedo. Abrí los ojos y me encontré entre los brazos protectores de Bill. Mis ojos estaban empapados en lágrimas, mientras que los suyos se encontraban llenos de preocupación.
¿Estás bien, Gracie? — Me preguntó en un susurro.
Sssí… Fue solo una pesadilla— Respondí, abrazándome aún más a su cuerpo y deseando con toda mi alma que no haya sido sólo un sueño, rezando porque haya habido algo de realidad en él.
