Logré tener más tiempo la computadora. Y se estarán preguntado por qué salió nuevamente CP y no El lobo o cuando madures, esto es debido que he decido priorizar la finalización de las historias que están más próximas a finiquitar. Empezaré con esta, luego vendrá el lobo y al final será CM, lo de Mekakushi no cuenta por ser un asunto a parte. Al finalizar las tres historias base, publicaré nuevo material, será alrededor de mayo y una noticia buena es que mi madre me adelantó el regalo de graduación y ya pronto tendré ordenador nuevo.
Sin más.
Disfruten.
Dejen sus review por favor, sólo así sé como estoy yendo con esto.
Declaimer:
Bleach no es mío, es de Tite Kubo.
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Causas Perdidas
XI
Di que no
*~.~*
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Miró fijamente la superficie rojiza del líquido que estaba bebiendo en una fría copa, la cual tenía sostenida entre sus dedos y admiraba como si fuese lo más interesante del mundo. Sus orbes verdes trataban de desvelar los misterios más grandes del universo con sólo ver el alcohol reposar, como si deseara que de pronto aquel vino cobrase vida en una especie de milagro y le respondiera las miles de encrucijadas que estaba viviendo por dentro.
La verdad es que tenía un mal presentimiento.
Yukio enarcó una ceja, ¿cómo era eso posible?, usualmente él no se mostraba tan ansioso, es decir, era él. Sin embargo, simplemente así era. Una opresión sofocante nacía en su pecho y a ratos le costaba mantener la compostura. Era algo estúpido, se dijo, no había nada por lo que debiera preocuparse.
O al menos eso trataba de decirse.
Estrechó la mirada y terminó con esa decidía que traía, se zampó el cáliz y el sabor que le inundó la boca fue especialmente agridulce. Desvió su atención hacia el grupo reducido de hombres que se encontraba reunido en ese sitio tan elegante y refinado. Las caretas largas y desgastadas de los viejos presidentes contrastaban enormemente con ese exquisito aire de superioridad. No sólo era más joven, él poseía la ventaja en el juego que estaba obligado a realizar desde el momento en que pisaba el mundo laboral.
La cena no sólo era para codearse entre los influyentes sujetos que podrían lanzarte hasta la cima para tocar el cielo o refundirte en el averno si cometías un error; todo el acto de las sonrisas monocordes y palabras vacías eran cuestión de estrategia. Tenía que arriesgarse para poder ganar y si para ello debía herir a unos cuantos peones de la partida.
Estaba bien con ello.
Al fin y al cabo, Yukio era el rey del juego. Y como tal, tenía la obligación de mostrar la cara de vez en cuando para utilizar esa mordaz lengua y asegurar todas sus posibilidades.
Los negocios y el amor, eran parecidos, apuntó mentalmente mientras se movía parsimonioso hacia una de las mesas. Distinguió los largos cabellos magenta de Riruka al ir de aquí para allá con la intención de asegurar unas cuantas juntas para hablar de tratos y demás. Porque después de todo, era una cena para eso. Para que el Voralberna ganase más puntos, más cartas, más poder.
Monopolizar, ese era su cometido, irónicamente aquello era lo que también quería hacer con Karin. Monopolizarla completamente para que el estúpido de Toshiro no pudiera interferir de ninguna forma. Más de alguna manera, era como si estuviera a punto de perder algo. Era un augurio que lo azoraba desde hacía un par de días, como si la inevitable balanza de la vida estuviera a punto de cortarle la cabeza; y él no podría hacer nada para detenerla.
Tan frustrante.
Siempre sintió que luchaba contra un muro invisible, tratando de empujarlo lejos para que no lo llevará hasta el borde y pretendiese arrojarlo al vacio de la realidad que era su vida. Él más que nadie sabía que estar con Karin era un mero milagro.
No.
No era eso, ¿Qué mierda estaba pensando?, estúpido alcohol, lo volvía tan pesimista.
No era un milagro ni una coincidencia, mucho menos una fortuna. Era el fruto de su esfuerzo, de estar al pie del cañón por tanto tiempo esperando pacientemente, moviendo los hilos deliberadamente para atraparla y tenerla a su lado por siempre.
Estrechó la mirada con cierta convicción.
Karin era todo lo que habían pedido, lo que no conocía y lo que seguía descubriendo cada día, era su tesoro. Tan precioso e importante que lo protegería con todas sus fuerzas sin importar a cuántas personas debiera lastimar. Sin embargo, si era a ella a quien lastimaría…
Quizás admitiría la derrota.
Apretó el contorno del volante con mucho ímpetu, respiró hondo por más de cinco minutos y ni aun así era capaz de calmarse. El motor había dejado de sonar, sumiéndola en un sepulcral silencio, observó contrariada el sitio en el que se encontraba. Era un lugar amplio con un enorme campo lleno de acolchonado césped y débilmente alumbrado por una lámpara de la vía pública. El cielo se distinguía especialmente tenebroso y oscuro, como la boca de un lobo engullendo las siluetas de los edificios grácilmente iluminados; repiqueteó con la punta de la uña el símbolo de Tsuru que poseía grabado el claxon del coche y alisó su largo cabello azabache que caía como una cascada negra por sus hombros y espalda. Se preguntó mentalmente en qué rayos estaba pensada para acceder a encontrarse con él y no estaba feliz a darse cuenta de que era porque eso deseaba.
Quería verlo.
Más de lo que debería.
Ese sito era tan nostálgico. Trató de distraerse con ese pensamiento, lanzó un suspiro y masajeándose el puente de la nariz optó por hacer lo que a continuación proseguía.
Bajar del auto.
La grava bajo su pies crujió audiblemente cuando los botines negros que se había puesto pisaron el suelo, una fría corriente de aire la envolvió apenas cerró la puerta de su refugio y la morena masculló internamente que debió traer un abrigo más grueso que ese suéter caqui tejido que le obsequió Yuzu una navidad. Chasqueó la lengua y cogió los extremos del suéter para cubrirse la blusa blanca con estampados de los cuatro símbolos de las cartas inglesas.
Menuda mierda.
Auscultó el sonido de un motor ronroneando y las llantas de dicho vehículo rasgando el mutismo. No quiso girarse, pero era consciente de que el coche se había aparcado detrás del suyo, trató de concentrarse en las formas que creaban las luces en el suelo, pero este gusto no le duró mucho.
La puerta se abrió.
El aire sopló y ella sintió que los nervios le carcomían el pecho. Se mordió labio para intentar despabilarse, no funcionó en lo absoluto, y ese jodido ejercicio mental de contar hasta cien era una reverenda mentira. No obstante, qué se le podía hacer, ya estaba ahí, no quedaba de otra que aguantarse las ganas de subir a su auto y salir corriendo de ahí.
Al mal paso darle prisa.
Los pasos de su acompañante se escucharon cerca, quizás estaba a tres pasos de ella, el calor era percibido por su espalda y apretando los dientes en un arranque de valentía se viró.
Algo hizo clic.
Fue como si de ponto una corriente eléctrica la sacudiera de pies a cabeza, la mirada turquesa le quemaba las corneas por su intensidad y la piel se le enfrio a un nivel alarmante, su corazón se serenó, al contrario de lo que esperaba y la lengua se le durmió dentro de la boca. Miles de millones de cosas acudieron a su cabeza, sueños, recuerdos, promesas y mentiras se revolvieron en un eco que la mareo terriblemente; tuvo que sostenerse del cofre para no caer de espaldas y rodar hasta el campo donde alguna vez jugó partidos en su juventud.
Era demasiado atónita la situación, tan irreal y tan palpable al mismo tiempo.
Él no estaba mejor.
Los rasgos del albino, esculpidos en la madurez que otorgaban los años sin verse, se congeló, estaba estupefacto. El verla delante suyo, tan cercas y al mismo tiempo tan lejos, le heló la sangre y las miles de cosas que estaba pensando hasta hace un par de minutos se esfumaron de su cabeza, huyendo lejos y dejándolo sin nada que decir. Sus quinqués se dedicaron a grabar en su memoria la hermosa silueta de Karin, tan preciosa. No había cambiado demasiado, pero los años le habían sentado de maravilla. Sacudió la cabeza y se despeinó frenéticamente los mechones blancos. Tenía que concentrarse, no estaba ahí para admirarla, aunque podría pasarse toda una vida mirándola y nunca se cansaría, tenían asuntos que arreglar.
Aunque deseaba eludir por un poco más de tiempo la realidad.
Suspiró sonoramente y se recordó que era un adulto, no podía estar tan nervioso, las manos le sudaban como si fuera un adolescente y su corazón estaba siendo demasiado ruidoso.
Debía calmarse.
—Hola—musitó en un tono bajo y quiso golpearse por dejar que eso fuera lo primero que saliera de sus labios. Ella abrió los ojos pasmada y luego los desvió, cosa que lo molestó pues ya no existía la conexión inicial.
—Hola—respondió ella con la voz ligeramente irregular.
—¿Esperaste demasiado?
—No, acabo de llegar.
—Ya veo.
—…
—Te ves bien.
—Tú también.
—¿Cómo estás?
—Supongo que bien.
Era una maldita conversación de cortesía, no podían hablar como realmente querían. Toshiro gruñó para si mismo y Karin se sintió como una idiota.
—Este sitio no ha cambiado.
—Es una ciudad pequeña, no cambia demasiado como para que se note.
—Ya, pero eso es bueno.
—Supongo que las ciudades grandes si lo hacen—comentó mirándolo de reojo.
—Un poco—suavizó sus facciones.
—¿Cuándo regresaste?
—El día que nos vimos por primera vez.
—Ya, ha pasado un tiempo.
—Sí.
Volvieron a guardar silencio. El ambiente se delataba por lo pesado, como si todas las emociones que emanaban ambos los fueran a ahogar.
—¿Cómo esta ella?—quizás preguntando algo doloroso por fin recobrara la compostura. Toshiro le observó por el rabillo del ojo antes de mirar a otro sitio.
—¿Hablas de Momo?
—Sí—se relamió los labios secos.
—Falleció—respondió con seriedad. No es que aquello fuera un hecho sin importancia, simplemente habló con franqueza y por ello había sonado tan seco.
—Lo siento—se apresuró en decir. Mierda y más mierda.
—Fue hace mucho tiempo—expresó cerrando los ojos.
Entonces ¿por qué no viniste antes?, quiso decirle, pero sintió que sonaba demasiado cruel y fuera de lugar.
—Ya, ¿y tu…?—batalló para encontrar la palabra dentro de su vocabulario.
—Seishiro ha estado bien, trato de que no resienta lo de su madre.
—Así que se llama Seishiro—sintió un hueco en la boca del estomago—, es un buen nombre.
—Sí. Es un buen niño también—sonrió fantasmalmente.
—Vale, me alegra.
—¿Y tú?—el Hitsugaya luchó para iniciar con esa parte de la conversación, ella clavó sus ojos en los de él, sin entender la pregunta realmente—, ¿cómo es tu familia con ese idiota?
Ella frunció el ceño.
—Tengo dos hijos—expresó un tanto molesta—. Son unos niños maravillosos.
Y uno es tu hijo, agregó mentalmente.
Toshiro sintió una puñalada a su corazón.
—…
—Vayamos al grano, ¿quieres?—dijo cansada de todo ese guion prefabricado, se encogió de hombros y le lanzó una mirada penetrante—. ¿Por qué querías verme?
—Yo…—el peliblanco repasó todas las frases dentro de su cabeza. Debía ser cuidadoso—, necesitaba verte.
—Ya, pero ¿por qué ahora?—lo miró con dureza y él estrechó la mirada.
—¿Realmente no lo sabes?
—No, no entiendo, por qué ahora que las cosas están como están—escupió—, pudiste hacerlo antes.
—Si lo hubiera hecho antes, ¿hoy sería distinto?—indagó apretando los nudillos—, si hubiera vuelto antes, ¿te habrías alejado de Voralberna?
—No, no tiene sentido lo que dices.
—Es que no tenía sentido que volviera—contrarrestó y ella respingó—. Estaba tan avergonzado por cómo te abandoné que realmente no tenía derecho a regresar. Traté de olvidarte el día que me case, traté de no recordarte cuando nació Seishiro, traté de no pensar en ti todos estos años. Intenté hacerlo, pero me cansé de luchar contra mí mismo, es patético reconocerlo, pero eres la causa por la que regresé, porque quería verte, quería recuperarte—sonrió sardónico de su propias palabras.
—Idiota—murmuró Karin al rememorar todas sus palabras—, realmente eres un idiota.
—Ya lo sé—rebuznó mirando hacia el cielo estrellado—, soy de lo peor y aún así regresé.
—Sí, eres de lo peor—rechinó los dientes—. Tú fuiste el único que quiso alejarse, el que primero huyó—acusó enojada—. No me escuchaste aquel día, cuando me dijiste que te ibas, yo te pedí, te supliqué que te quedaras, pero podía más tu orgullo que yo.
—Reconozco que fui un necio y que me equivoqué. No debí irme, pero consideré que era importante, ella me necesitaba, mi hijo me necesitaba—explicó y la ex Kurosaki lo miró furiosa.
Tantas excusas.
—Simplemente eras un cobarde—agredió—, yo también te necesitaba—sentía que su pulso se había disparado y la acaloraba de sobremanera, sus pensamientos no estaban siendo coherentes—. Nuestro hijo también te necesitaba.
Y antes de siquiera pensar sus propias palabras, había dicho lo único que no quería decir en aquel encuentro.
Mierda.
—¿Nuestro… hijo?—la palabras de la morocha fueron como un balde de agua fría que le caía en plena nevada. Todos sus sentidos se desconectaron y Karin se aterró de lo que había soltado, se mordió la lengua molesta con ella misma por su fatal error.
—Olvídalo—trató de forzar el fin de aquella discusión—, no sé ni lo que estoy diciendo, estoy trastornada en ese momento, no hagas caso a mis palabras. Debo irme, tengo que cuidar a mis hijos y Yukio se preocupara si llega y no estoy—trató de eludirlo con la mirada.
—Espera—la cogió firmemente por el codo cuando ella intentó pasar de él para ir a su coche—. Karin, espera… ¿a qué… te refieres con nuestro hijo?—sus pupilas estaban contraídas por el Shock que le repercutía en las fibras más sensibles de su cuerpo.
—Ya no quiero hablar—musitó mirando al suelo—. No quiero destruir yo misma lo que he hecho hasta ahora, por favor olvida lo que dije.
—¡Pero…!
—¡Toshiro!—gritó girándose con brusquedad para encararlo—. ¡No quiero que te entrometas en esto!—sus palabras le taladraron los oídos.
—Pero él es mí…
—No, no es tu hijo, es mío—sus ojos resentía un ardor desquiciante—. No te voy a reclamar nada, yo misma decidí tenerlo sin decirte—confesó—. La verdad nunca pensé que te lo diría, porque no imaginé que siquiera regresarías algún día. Y no planeo que él lo sepa, por lo menos no ahora que aún es tan pequeño y frágil, Toshiro tú debes saber lo que estoy sintiendo ¿no?
—No, no lo sé—sus cejas se contrajeron—, ¿por qué mierda no me lo dijiste?—reclamó herido.
—No me dejaste hacerlo—se defendió—, el día que te fuiste de aquí, fue el día que supe que estaba embarazada, no escuchaste mis palabras, no quisiste hacerlo.
—¡No podía!—vociferó desesperado y apretó más su agarre—. Tenía que irme, tenía un deber. No podía huir.
—¡No querías hacerlo!
—¡Si que lo quise!—gritó colérico y metió su mano libre dentro de su camisa para sacar aquel colar que siempre lo acompañaba. El oro brilló con la débil luz de luna—. ¡Esto era para ti, era mi salvavidas, yo siempre quise volver! ¡Maldita sea, yo quería volver por ti!
Su respiración era muy acelerada y ella se quejó por la fuerza con la que le mantenía presa.
—Pero no lo hiciste—bajó la cabeza—. ¡No volviste!—trató de zafarse—, ¡Suéltame!—ordenó desesperada. Maldita sea él la descontrolaba y al carajo su compostura. Él chasqueó la lengua y usó la otra mano para atraparle el antebrazo izquierdo a la morena.
Tiró de ella y la abrazó con fuerza.
La apretó con todas su fuerzas, inclinándose sobre ella para no permitirle escapar bajo ninguna circunstancia. Enterró la nariz en la oscura melena de Karin y pegó todo su cuerpo al de ella.
—Quería hacerlo—peleó contra sus movimientos para escapar de él—, quería volver—repitió.
—Suéltame, suéltame, déjame ir—le golpeó el pecho con las manos. Su cabeza estaba hecha un lio y sin permitir una que otra lágrima traicionera bajó por sus mejillas. Era tan malditamente frustrante—. Mierda que me sueltes.
—Perdóname—dijo el albino conteniéndola—, perdóname—su quijada dolió por la tensión.
Era tan doloroso.
Poco a poco se fueron bajando, hasta quedar casi arrodillados sobre el piso, ella lanzaba débiles golpes y sus mejillas estaban llenas de lágrimas. Era como estar rota nuevamente, casi como si revivieran todos los sentimientos de aquella época.
Se aferró a su pecho y cedió ante la tormenta de su corazón.
Por primera vez en años, Karin lloró, lloró como lo hizo ese día en la estación de trenes.
Toshiro se quebró.
Era un dolor agonizante, no lo dejaba respirar y trataba de matarlo. No pensó que las cosas eran de ese modo y se sintió culpable de ser el causante de todo eso. Abrazó más a Karin y mientras todas sus emociones se desbordaban se prometió no volver a herirla.
Él no quería lastimarla más.
Y aún había tanto que hablar.
Estornudó con fuerza y se sostuvo de una de las paredes de ese pequeño cuarto para no tropezar de espaldas contra una de las tantas cajas que reposaban en el piso. Parpadeó un par de vez y sacudió la cabeza para volver a producir el mismo sonido por la culpa del polvo que le inundaba despiadadamente la nariz. El olor rancio y húmedo de la madera le dijo que debía hacer que su padre le diera más limpieza al desván o si no la siguiente vez que a Isshin se le ocurriera que podía darle una recogida se encontraría con un par de cadáveres o colonias de insectos horribles.
Pero bueno, al menos se estaba distrayendo con algo, sino sólo se la pasaría deprimiéndose por lo de Toshiro; no había vuelto a hablar con él desde que decidió cortar todo contacto y es que era por su bien.
Ella no era una buena persona y le daba terror lo que él pensaría debido a eso. Ya sabía que el juego de la casita se la caería algún día y el Hitsugaya se daría cuenta de sus verdaderas intenciones.
Además Karin ya se había encontrado con él. Porque el último mensaje que recibió de ella así se lo informaba. Sin embargó su melliza no le reclamaba el haber permanecido en comunicación con Toshiro, y sabia que no era porque este no se lo hubiera contado, sino porque ella tendría la equivocada idea de que había callado para salvaguardarla. Era la más egoísta y mentirosa. Porque a la primera persona que ella quiso proteger al guardar silencio fue a sí misma.
Ella no era un ángel, un demonio quizás.
—En serio, tía deberían limpiar más aquí—musitó Masaki quien venía subiendo las escaleras con un par de cajas nuevas, sacándola así abruptamente de sus cavilaciones—. Tú y el abuelo deben tirar algunas cosas—puntualizó acomodando el cubo de cartón por ahí. La preadolescente traía los cabellos cogidos en una coleta y una pañoleta roja los cubría para evitar que se ensuciara.
—¿Eso crees?
—Sería lo mejor, ¿no crees?—interrumpió Yuuto cargando un rollo de tela. Seguramente la alfombra que Isshin acababa de cambiar en la sala.
—Bueno, lo consideraré, hay muchas cosas valiosas que no podemos tirar porque son tesoros—explicó tomando un pequeño escaloncillo para alcanzar una repisa al fondo del ático. Sus dos sobrinos más grandes la miraron.
—Hmmp—profirió el azabache.
—Entonces no hay nada que hacer si es así—la ojiviolacea se encogió de hombros y tomó un felpudo para sacudir las viejas pilas de cosas. Yuuto por su parte se dedicó a abrir más espacio y a apilar los cartones que Masaki limpiaba.
Aquel sábado ambos habían decidido ayudar a su tía a limpiar el desván, el abuelo estaba feliz de tener a sus primeros nietos en la casa, por lo que estaba que bailaba prácticamente.
—¡Mi preciosa Yuzu cuida de los pequeños, el abuelo tiene que salir un momento!—avisó el progenitor de los Kurosaki desde la planta baja.
—¡Claro!—respondió la aludida.
—El abuelo no cambia, huh—la pelinaranja sonrió subiéndose a un cajón de madera para limpiar un sitio alto.
—El viejo esta igual de loco que siempre—murmuró Yuuto y Yuzu sonrió porque le recordaba a cuando sus hermanos se referían a su padre de ese modo—, debería madurar.
—Pero, el abuelo está bien así, ¿verdad?—preguntó la castaña.
—Sí, es más divertido de este modo—concedió Masaki.
—Bueno es entretenido—coincidió el Voralberna.
Yuzu rió por lo bajo y continuó con su labor.
—¿Huh? ¿Qué es esto?—la pequeña chica notó algo al fondo de la pila donde limpiaba, se estiró para cogerlo. Apenas rozaba con las puntas la orilla cuando en un esfuerzo sobrehumano para sus pequeñas extremidades lo empujó hacia el otro lado—. ¡Wha! No…
—¡Tsk!—la Kurosaki mayor se giró al escuchar un pequeño ruido sordo y distinguió a su sobrina tratando de contener la risa mientras miraba arrepentida a Yuuto quien tenía una bolsa llena de polvo sobre la cabeza. La tierra le llenó hasta la nariz por el incidente.
—Lo siento Yuu-chan—murmuró quitándole lo que parecía ser en realidad un regalo sin abrir.
—Tonta.
—¿Masaki-chan, Yuuto-kun?—la mujer bajó de su sitió para acercarse a los púberos.
—Iré a limpiarme—gruñó fastidiado el chico. Realmente no le gustaba tener que limpiar, y encima que Masaki anduviera haciendo tonterías era efectivamente una tortura.
—En verdad que no aguanta nada—suspiró rodando los ojos.
—Bueno, así es él—medió la ojinegro.
—Ya, pero tía, ¿qué es esto?—le mostró el regalo y Yuzu abrió los ojos como platos.
—Eso…
—¿Sí?—sintió curiosidad por la expresión de su tía.
—Pensé que lo había tirado—lo tomó de las manos de Masaki y se dedicó a examinarlo. Sin duda se trataba de aquel presente que nunca llegó a su destinatario—. Así que estaba en este sitio—sus ojos se tornaron melancólicos y una sonrisa vacía adornó sus labios.
—¿Tía?
—Realmente, cuantos recuerdos…—dijo bajo su aliento y abrió la desgastada envoltura. La Kurosaki menor observó como extraía una bufanda blanca pulcramente doblada.
—¿Tu la hiciste?—indagó la pelinaranja inspeccionando el retaso de tejido con sus grandes orbes violáceos.
—Si, me gustaba hacer este tipo de cosas en el instituto.
—Que linda, ¿era para alguien?
Guardó silencio por un par de segundos.
—Sí.
—¿Sí? Era un chico, ¿verdad?—estaba muy emocionada, le encantaba escuchar historias de cuando su familia era joven. Era como si de esa manera pudiera comprenderlos más y entendiera que ellos alguna vez también poseyeron su edad y pensaron como ella.
—Sí—sus quinqués se perdieron en la lejanía de un recuerdo.
Remontándose a una época en la que pedía deseos egoístas a Dios y la tranquilidad de una habitación se volvía su mayor felicidad, pues era el pequeño rincón de cielo en el cual podía soñar con todas sus fantasías. Un sitio que sólo era para él y para ella, esa vieja sala del consejo estudiantil.
—¿Y por que no se lo diste?—quiso saber. Yuzu desvió su atención hacia la preadolescente antes de suspirar profundamente.
—Bueno…
—¡Tonta, te habla Nezumi!—gritó Yuuto. La castaña respigó y la aludida, que no era otra que Masaki, bufó audiblemente.
—¡Estúpido Yuu-chan, ya voy!—se giró furiosa y comenzó a bajar la escalerilla que daban al ático—, ahora regreso Tía—avisó desapareciendo poco después.
La Kurosaki se quedó sola en la polvorienta habitación. Miró nuevamente aquella pieza que creo con tanta ilusión, sin embargo nunca lo entregó porque en el invierno que ella decidió declararle sus sentimientos a Toshiro en su primer año de instituto, fue el mismo en que Karin y él empezaron a salir.
No había sido justo, si podía ser sincera, puesto que lo conoció primero debido a sus deberes en el consejo estudiantil, se enamoró primero que su hermana de él y sin embargó Toshiro la escogió a ella. Esa bufanda representaba todos los sentimientos que nunca pudo decir a viva voz y ahora que se encontraba tan rota porque nada había cambiado desde hacia veintiún años.
Toshiro seguía amando a Karin y ella sólo poseía un amor no correspondido.
Tan cruel era la vida.
Ella nunca entendió porque el Hitsugaya prefirió a Karin, es decir, ella era la que más conversaba con él, la que le daba consejos, la que lo acompañaba en las buenas y en las malas, la que soportaba el dolor con él.
La que se volvía un héroe cuando sólo era una villana.
Se acercó la bufanda a los labios y respiró ese aroma a encerrado que poseía. Tan bien le quedaba. Porque su amor había estado confinado en el ático de su corazón por muchos años.
Ahora ya no tenía porque ocultarlo. Lo desecharía tal como le recomendó su sobrina. Ella debía sacar las cosas que no utilizaba a pesar de que los tratara como un tesoro.
Ella ya no podía conservar más esos sentimientos.
Los entregaría a la persona que estaban dirigidos, si él lo conservaba o tiraba ya no importaba, sólo deseaba liberar a su alma de ese peso que la hundía cada día un poco más en la desesperación.
Estaba cansada.
Habían transcurrido dos semanas y Yukio sabía que había ocurrido algo con Karin, porque el día de la cena cuando regresó a casa ella no estaba, primero se sorprendió, luego se preocupo un poco. Sin embargo cuando estaba a punto de dar la media vuelta y Salir a buscarla la puerta principal se abrió; dejando ver a la morena con una cara extraña. Como si no pudiera procesar algo, lo miró y él pudo notar sus ojos y mejillas ligeramente hinchados. Había estado llorando, lo sabía y por más que quiso preguntar ella le daba respuestas evasivas y al final se excuso con que le dolía la cabeza para subir al dormitorio y sin siquiera cambiarse recostarse boca abajo y dormir. Aunque sospechó que la morena solamente fingió hacerlo cuando él entró siguiéndola. No obstante tenía una idea de lo que había sucedido.
Y eso le desagradaba bastante.
Toda la semana estuvo sintiendo un enorme hueco en el pecho y algo que le obstruía el estomago. Era como si mal presentimiento se hubiese cumplido y al notar como su esposa se veía tan alejada, enfrascada en sus propios pensamientos. Temió lo peor.
Lo cual era una verdadera estupidez.
Yukio Hans Voralberna no le tenía miedo a nada prácticamente, su arrogancia y seguridad no se lo permitían. Él no poseía debilidad alguna, sin embargo afirmar tal hecho era una clara mentira.
Su mayor debilidad era Karin.
Y al ser ella su punto ciego era natural que fuera el origen de todos sus miedos y fortalezas, no supo en qué momento se volvió tan patético y jamás lo admitirá en voz alta. Pero estaba aterrado con el sólo hecho de pensar que ella lo dejaría. No luchó tanto tiempo como para perderla por un imbécil que no la merecía. Yukio nunca hacía apuestas que no pudiese ganar, más con respecto a la morena, dependía totalmente de la suerte y los dioses en los que nunca creyó.
Tan irritante.
En este momento tenía dos opciones. Hacerse el desatendido y esperar a que ella hablara, quizás para dejarlo o para quedarse. O presionarla y ponerla a decidir entre lo que él le ofrecía y lo poco que ganaba con Hitsugaya; ciertamente ninguna de las dos le gustaban por el riesgo que presentaban. Y por primera vez sintió que estaba acorralado con las manos atadas sin ninguna ventaja que lo favoreciera en la lucha.
Estaba a total merced de la situación.
Pero él no podía estarse quieto, no era conocido por permitir tan fácil que las cosas se salieran de su absoluto control. Así como tampoco poseía la paciencia que se le exigía dada las circunstancias. Oh claro que no, si la vida le estaba tendiendo una trampa semejante, él le lanzaría primero sus cartas en una estrategia desesperada por ganarle tiempo al tiempo.
Un par de golpes en la puerta lo alertaron de que había llegado el momento.
Con la estoica calma que lo caracterizaba musitó un pase que fue acatado por el que interrumpía sus pensamientos y al mismo tiempo los revolvía de manera cruel. Karin se asomó por la orilla del lumbral de la biblioteca de la mansión donde se encontraba el despacho del rubio y clavó sus ojos en los del Voralberna.
—¿Me necesitabas?—cuestionó dando pequeños pasos hacia el escritorio. Se le notaba exhausta y por la forma en que miraba a todos lados, estaba nerviosa por la repentina llamada de Yukio.
—Sí, toma asiento—mandó con seriedad e hizo un pequeño movimiento con los orbes para que la mujer se sentara en la silla de cuero rojo frente al gran escritorio de madera de roble. Un poco extrañada por la actitud tan reservada del blondo lo obedeció sin chistar; usualmente habría atinado a decirle algún comentario mordaz. Sin embargo no era normal que se viera tan…
Desolado.
—¿Qué sucede?
—Eso debería preguntártelo yo, ¿no crees?
—…
—Ha sucedido—no fue una pregunta, sino una afirmación.
Karin lo miró sin comprender.
—¿De qué…?
—Te has encontrado con él.
Mutismo.
El silencio de la morena le supo inusualmente amargo.
—Lo siento—susurró enterrando los hombros—. Debí decírtelo.
—¿De qué hablaron?—no podía dejarse apresar por la devastación que significaba aquello para él.
—…—los quinqués negros se clavaron fijamente en las líneas de la madera. Trataba de encontrar y elegir las palabras correctas—, se ha enterado.
Una corriente eléctrica lo atravesó y sintió que su máscara de serenidad se rompía sobre sus facciones.
—¿Cómo?—inquirió boquiabierto.
—Yo se lo he dicho—confesó arrugando la nariz en una mueca—. Se me ha salido sin querer en nuestro encuentro.
—¿Y qué hará?—apretó las manos delante de su cara. La miró con escrutinio. Trataba de mantener bajo control sus propias emociones y estaba perdiendo.
—Nada, no ha dicho nada. No he levantado sus llamadas—aseguró sin mirarlo aún—. Lo siento, lo siento Yukio, hemos construido tantas cosas juntos y aún así yo… por él…
—Basta—interrumpió con la voz fría, Karin se estremeció—. Yo no necesito escucharlo aún—cerró los ojos y respiró profundamente para tomar total control sobre sí mismo.
Exhaló ruidosamente una bocanada de aire y abrió un portafolio de manila que tenía sobre el estudio. El papel le quemó las yemas de los dedos por lo que era en realidad. Silenciosamente sacó el conjunto de hojas y lo pasó hacia Karin.
—Esto es…—sus orbes se abrieron de par a par y levantó la cara rápidamente para mirar a Yukio.
—Se los pedí a Jackie luego de encontrarme con él—explicó pausadamente y Karin percibió una punzada en su corazón—. Te conozco tonta, y sé que sin esto no podrás tomar una decisión—quería darse de golpes por estar diciendo lo que bien podría ser la sentencia de su propia muerte en vida—, tomate tu tiempo para firmarlos.
Mentiría si dijera que su mente gritaba un Di que no con desesperación. Pero ahora, en este momento, esa sería sólo una quimera.
Porque ella estaba dudando y él lo sabía.
—¡Yukio, yo no…!—comenzó escandalizada y él alzó una ceja.
—Lo sé—no la dejó terminar—. Sé que no lo harías, pero no quiero jugar mal las cartas Karin—se miraron el uno al otro y ella resintió horriblemente las expresión de él.
Se veía tan doloroso.
Pero esa era su última jugada.
Era un todo o nada.
.
.
Continuara
.
.
Bien espero que les haya gustado, el siguiente capítulo estará disponible para la próxima semana. Lamento la ortografía mala, trataré de corregirla. También lamento si hubo Ooc o algo por el estilo, intento evadirlo lo más que puedo. Sin nada más...
Esperaré ansiosa sus comentarios.
Sin más que decir.
Akari se despide.
Yanne!
