Capítulo 10
N. de A. : Siento el retraso. Como ya he explicado a aquellos que me han mandado mensajes, mi ordenador se estropeó y perdí la última parte del fic, me ha tocado estar redactándolo de nuevo, con el problema de que estoy liada con mi preparación de oposiciones y el trabajo. He decidido actualizar con lo que llevo escrito desde Septiembre, cuando tuvo lugar la catástrofe, pero no creo que pueda subir nada más hasta Julio, cuando acabo con el infierno del examen.
Espero que disfrutéis y gracias por seguir por aquí, aún cuando soy un impresentable desastre como autora. :)
OooO
Los días que siguieron a la partida de ajedrez no fueron diferentes. Kirk parecía el mismo de siempre, solo actuaba extraño en torno a su primer oficial, tratándolo con cortesía pero sin todo el derroche de amistad y compañerismo que ya eran habituales entre ellos. La tripulación estaba acostumbrada a las puntuales discusiones entre los líderes de la nave, lo extraño era ver al capitán el enfadado en lugar de a su primer oficial. Los rumores empezaron a circular por los pasillos, sobre todo conjeturando el posible motivo de la disputa y, cómo no, cada vez resultaban más descabellados.
Spock terminaba de prepararse en su camarote, poco antes de empezar su turno de la mañana, cuando alguien llamó a su puerta. Abrió y arqueó las cejas, curioso.
—Nyota, ¿requieres algo?
—Sí, hablar, ¿puedo pasar?
El medio vulcano asintió y se hizo a un lado, permitiendo a la teniente acceder a la habitación.
—Ya había olvidado el calor que puede llegar a hacer aquí dentro —sonrió Uhura, abanicándose con la mano.
—¿Puedo preguntar el motivo que requiera una conversación privada antes de empezar nuestro turno en el puente? —inquirió Spock, cruzando las manos a su espalda.
—Sí, ¿qué te ha pasado con el idiota de Kirk?
Fue fácil percibir la tensión en el cuerpo de Spock.
—No entiendo el objeto de la pregunta.
—Es fácil, necesito saber si debo tomar medidas violentas hacia él o no —informó ella—. Eres mi amigo, Spock, si ese retrasado no tiene una razón fidedigna para comportarse de la manera tan desagradable que lo está haciendo, entonces tendré que patearle el culo.
—Nyota…
—Sí, ya lo sé, mi actitud es ilógica y no debería meterme en medio de esa amistad tan extraña que tenéis Kirk y tú, pero no me gusta verte triste.
El medio vulcano no pudo evitar que se filtrara un punto de sorpresa en su rostro. ¿Él estaba triste?
—Te conozco, antes que tu novia fui tu alumna y tu amiga, aún sigo siendo lo segundo, y he aprendido a leer muy bien entre líneas. ¿Qué pasa con Kirk? Puedes contármelo, de verdad.
—Hace unos días cometí un error que molestó al capitán. No es necesario que acometas actos de índole violenta contra él —expuso Spock.
—¿Error? ¿Qué clase de error?
—No poseo esa información.
—Espera, no lo entiendo, ¿cómo puedes decir que cometiste un error y no saber cuál es?
—El capitán dio muestras de su enfado hacia mi persona en el comedor delante del doctor McCoy, él fue quién procedió a informarme sobre la existencia de la incorrección que cometí y que desencadenó el presente estado de ánimo del capitán —explicó el medio vulcano—. He cavilado mucho sobre ello, pero no he llegado a una conclusión satisfactoria al respecto.
—¿McCoy no te aclaró el problema? —insistió Uhura.
—No, dijo que lo apropiado es que lo averiguase por mí mismo.
—¿Sabes? Voy a ignorar tu recomendación de evitar actos violentos y arrojaré a Kirk y McCoy por la escotilla más cercana —gruñó la teniente, lo que le ganó un expresivo alzamiento de cejas—. Son dos rematados idiotas, pedirle a un vulcano que trabaje en una hipótesis partiendo de supuestos emocionales es como pedirle a un humano que ensamble un motor de curvatura sin usar los ojos.
El familiar cosquilleo de curiosidad es lo que animó a Spock a seguir la conversación. ¿Partir de supuestos emocionales? Sinceramente, no se le había ocurrido.
—Nyota, ¿qué supuestos emocionales son a los que haces referencia?
—Recuerda, actos que son naturales y lógicos desde tu punto de vista, pueden ser interpretados de otra forma por un humano, normalmente de manera ofensiva. Creo que perdí la cuenta de las veces que alguno de tus alumnos puso reclamaciones en la dirección de la Academia, bajo el único cargo de «humillación pública». Por no hablar de los malentendidos entre nosotros, ¿o tengo que recordarte el numerito del volcán?
—Sugieres que he dicho o hecho algo racional que pudo ser considerado como un tipo de desprecio.
—Me temo que sí, esa puede ser la respuesta que buscabas, tus hechos racionales carecen de sentido en demasiadas ocasiones para nosotros, los humanos.
Spock cruzó los brazos, su inconsciente gesto de preocupación. Ahora comprendía. Sin pretenderlo había ofendido a Jim, lo cual era un grave error, porque Jim era una persona a la que afectaban profundamente los pensamientos, actos y emociones de aquellos en los que confiaba. Conclusión: había hecho daño a Jim.
—Solo discúlpate y que te explique porque se ha enfadado tanto, si aún así se empeña en proseguir con esa actitud tan inmadura, te prometo que cumplo lo de la escotilla —le dijo Uhura, con una bonita sonrisa de ánimo que chocaba con sus palabras.
—Agradezco que hayas venido a hablar conmigo, Nyota, me has ayudado en gran medida a desentrañar el enigma —dijo él, en un tono suave, casi cariñoso.
—De nada, para eso están los amigos. La próxima vez pide ayuda, no me obligues a perseguirte por la nave para que hables —replicó ella—. Ahora, deberíamos acudir al puente para empezar nuestro turno, o nuestro querido capitán empezará a protestar.
Abandonaron juntos el camarote de Spock, conversando sobre los últimos estudios de xenolingüística en los que se había embarcado Uhura en sus ratos libres. Así llegaron al puente, con Uhura riendo al salir del turbolift por un mal chiste creado por Spock sin pretenderlo, acerca de cierto dialecto klingon y su parecido con los ruidos emitidos por una suerte de pollo tellarita. Cuando Sulu preguntó el motivo de la diversión, Uhura intentó explicárselo con escasos resultados.
—Muy bien, vamos a centrarnos en el trabajo —llamó Kirk al orden, con una voz más seca de lo normal, a la que Uhura respondió un rictus de suficiencia—. Señor Sulu, prepare la nave para ponernos en órbita junto a Deneva.
—Sí, señor.
—Scotty —llamó Kirk, pulsando el intercomunicador de la silla de capitán—, ¿preparados en la sala del transportador?
—Sí, capitán, cuando nos pase las coordenadas empezaremos a subir la carga y a bajar el equipo médico.
—¿Uhura?
—El gobierno denevano nos da las gracias y envía las coordenadas de transporte.
Durante unas cuatro horas todo el trabajo se centró en el intercambio con Deneva, nada más terminar el Enterprise siguió su camino hacia la base estelar donde se requerían parte de los equipos obtenidos en el planeta.
—¿Tiempo de llegada?
—Cinco días, capitán Kurk —entonó Checov.
—Bueno, parece que llevamos un buen ritmo —Kirk se levantó de la silla y se dirigió a su primer oficial—. Comandante, turnos cortos para toda la tripulación. Nos vamos a mover por una zona tranquila, no hace falta que nadie se agote tontamente.
—Sí, capitán.
Fue a partir de ese momento cuando Spock se percató que aquel iba a ser un día extraño porque, nada más terminar su turno, intentó localizar al capitán para mantener esa conversación que tan necesaria resultaba y acabó por concluir que Jim le evitaba adrede, constantemente ocupado en los puntos más diversos de la nave y con asuntos que realmente no eran de su inmediata incumbencia. Decidido a mantener un diálogo serio con el capitán, decidió utilizar el último recurso lógico, le envió un aviso a su terminal para recordarle la usual partida de ajedrez; sabía que Jim no tendría más remedio que comparecer, obligado por la apuesta y su sentido del honor.
Le esperó delante del tablero tridimensional, en la sala de descanso donde se habían encontrado durante la última semana. Jim apareció, como era de esperar, y ocupó su sitio, más arisco y silencioso que las tardes precedentes, si es que eso era posible.
—¿Se encuentra bien, capitán? —Spock no pudo evitar la pregunta, al percibir la tensión en el cuerpo de su amigo.
—Sí, solo juguemos la maldita partida, tengo cosas que hacer.
Spock era vulcano, medio vulcano para ser exactos, pero también sabía tomar iniciativas fuera de toda lógica cuando la ocasión así lo requería, sencillamente lo ilógico se convertía en lo más lógico; en relación a lo cual, se dejó ganar por Jim, solo necesitó un pequeño error, que bien pudo ser tomado por descuido en medio del caos que el joven capitán solía organizar sobre el tablero.
La partida llegó a su fin con la victoria de Kirk. Fue extraño. Una amplia sonrisa se extendió por el rostro de Jim, iluminando hasta el último rincón y colmando sus ojos, revelando satisfacción y alegría. Luz, pura luz. De repente, su expresión se congeló, tosió con disimulo y la luz murió junto a la sonrisa, recobrando su actitud distante.
—Buen juego, comandante, le veo mañana a la misma hora.
—Jim.
Kirk se había levantado con intención de marcharse, literalmente huir, pero el cuerpo de su primer oficial se interpuso en su camino, a una velocidad tal que casi choca contra él. Retrocedió un paso, evitando el contacto. Spock frunció el ceño.
—¿Ocurre algo, comandante?
—No lo entiendo.
—¿Eh? —Jim parpadeó confuso.
—Desde hace seis días, veinte horas, dieciséis minutos y veintitrés segundos, está mostrando hacia mi presencia una actitud que no se corresponde con la habitual, el doctor McCoy y Uhura concuerdan en que se debe a un error por mi parte que requiere de una disculpa para ser subsanado.
—¿Y ellos le han explicado ese supuesto error? —preguntó Jim, cruzando los brazos y recuperando su frialdad.
—No, solo han señalado el hecho de su existencia, y he intentado averiguar su naturaleza para poder disculparme apropiadamente —respondió Spock, todo compostura de puertas afuera—. Tentativa que, debo reconocer, ha fracasado de manera irrefutable, aunque conversar con la teniente Uhura me ha ofrecido una nueva perspectiva.
—Lo imagino —gruñó Jim.
—Ve, eso es exactamente a lo que me refiero, mis palabras son lógicas desde un puto de vista objetivo como el mío; sin embargo, mi última frase sólo ha conseguido enojarle más. —Spock tomó aire, buscando una calma inaccesible para él—. Resulta altamente insatisfactorio trabajar desde supuestos emocionales que, he de reconocer, son muy confusos.
—Resumiendo, no sabes qué has hecho mal con exactitud pero, aún así, quieres disculparte.
—Sí, es correcto. Nyota me animó a hacerlo, aunque sea ilógico a mi parecer.
—¿Por qué entonces disculparse, si tan absurdo lo considera, comandante? —Jim apoyó sus manos sobre las caderas, en una pose desafiante.
—Encuentro insatisfactorio el cambio producido en nuestra interacción.
—¿En qué sentido?
La mente del medio vulcano se convirtió en un hervidero de ideas y sensaciones, y algo de esa confusión debió reflejarse en su rostro, porque Jim aflojó un poco su postura cruel y desalmada.
—Spock… —Esta vez no intentó reprimir la sonrisa, al descubrir ese destello en los ojos negros de su primer oficial cuando escuchó su nombre—. Spock, entiendo que tu conocimiento y manejo de las emociones es limitado, básicamente niegas esa parte de ti mismo con tanta intensidad que, cuando las cosas se salen de los patrones establecidos, eres incapaz de comprender lo que ocurre. Será mejor que nos traslademos a tu habitación.
—¿Puedo preguntar el motivo del cambio de ubicación?
—No creo que te apetezca mantener una conversación sobre emociones al alcance del oído de nuestra chismosa tripulación, y un entorno familiar te ayudará a no perder la compostura e intentar estrangularme.
Spock precedió a Jim en el camino hacia los camarotes, aunque le dejó pasar el primero a la calurosa estancia. El vulcano encendió las luces y bajó un poco la temperatura, procurando hacer más confortable el ambiente a su invitado.
—Gracias —dijo Jim, reparando en su gesto—. Bueno, quizá te parezca un poco extraño pero espero confíes en mí lo suficiente como para seguirme la corriente; quiero que me contestes a un par de preguntas, de manera sincera y sin perderte en disquisiciones científicas dentro de ese privilegiado cerebro que posees.
—Por supuesto, Jim, ¿qué necesitas saber? —Spock se posicionó frente al capitán, no demasiado cerca, con las manos cruzadas a su espalda en una postura relajada.
—Tu madre era humana, ¿cierto?
—Sí, pero eso ya lo sabías Jim.
—Tú haz lo que te pido, solo responde —insistió el capitán—. Bien, ella era humana y la querías.
—Sí, es lógico, era mi madre.
—¿Solo la querías por eso? ¿Por un mero hecho biológico?
—No… —Spock frunció las cejas, concentrado.
—La querías por quien era, por cómo te hacía sentir cuando estabas con ella… seguro que te encantaba su sonrisa, en un planeta donde nadie sonríe debía ser chocante.
—Siempre que algo negativo sucedía, ella lo descubría como si tuviera algún don parecido a la telepatía vulcana… me abrazaba y el problema se transformaba en algo menos… insatisfactorio. Mi padre se lo recriminaba a veces, pocas veces.
—Los vulcanos tenéis emociones, pero las suprimís, ¿por qué?
—Nuestra naturaleza es como la de nuestros parientes romulanos, tiende a la violencia, pero en lugar de canalizarla y convertirnos en un pueblo guerrero y conquistador como ellos, nosotros optamos por la serenidad de la lógica y la supresión de emociones; ambas son soluciones válidas a un mismo problema, la autoaniquilación —explicó Spock, con esa cadencia de profesor durante una clase.
—Entonces, ¿suprimes tus emociones porque temes convertirte en una especie de bestia descontrolada?
—Es una forma decididamente tosca de describirlo, pero sí, si no organizara mis emociones a través de la meditación y las filtrase, podría llegar a agredir a alguien, como tú mismo pudiste comprobar hace algo más de un año, así como de forma más reciente la teniente Uhura.
—Lo que no significa que seas como una pared de ladrillos y no sientas absolutamente nada —sonrió Jim.
—No, los vulcanos nunca hemos negado la existencia de nuestros sentimientos, aunque los hay que optan por completar la disciplina de Kolinarh y purgar toda emoción. En nuestra raza las emociones están, se podría decir, «domesticadas», no permitimos que fluyan con libertad por nuestro organismo, así la razón se sobrepone a los instintos.
—Dijiste que encontrabas insatisfactorio mi cambio de comportamiento, ¿en qué sentido? Me gustaría mucho que intentaras ponerle nombre a la emoción, bastaría con eso para que todo volviera a la normalidad.
—Jim, no sabes lo que estás pidiendo —objetó Spock.
—Sé que estamos solos, que soy tu amigo y que lo que pido es una pequeña muestra de arrepentimiento, puede que hasta te sorprenda el resultado.
—¿Me explicarás exactamente cuál fue el error que cometí para enojarte?
—En cuanto contestes a mi pregunta.
Spock respiró hondo y dejó caer parcialmente sus escudos mentales, permitiendo que las emociones entraran en su sistema, como una droga, como un veneno, no del todo ansiado, no del todo desagradable.
—Tristeza. —La palabra escapó de sus labios rápida y calladamente, como si fuera algo censurable—. Sentí tristeza y preocupación. Es un poco confuso. Nunca me habías rehuido de esa forma, como si mi presencia fuera algo repulsivo, y no saber cómo solventarlo era… estresante.
—Gracias —dijo Jim, acortando un poco la distancia con respecto al vulcano—. Me enfadé la mañana que despertamos en la enfermería, porque te alejaste de mí como si estar tumbado en el mismo espacio vital que yo fuera la cosa más horrible que podría haberte pasado. Es la misma sensación que tú mismo describías hace un instante. Sé que es tonto e ilógico, pero me sentó fatal.
—No me retiré por ese motivo, Jim, compartir el mismo espacio que tú no es una experiencia desagradable. Mis patrones de proximidad física contigo a menudo exceden las costumbres vulcanas.
—¿Ah? —cuestionó un anonadado Kirk.
—Te informé que necesitaba meditación y era verdad, sin ella mis escudos mentales se resienten y, no solo soy incapaz de controlar mis emociones, sino que podría haber percibido las tuyas y tus pensamientos por accidente, algo así se considera indigno en la sociedad vulcana tanto como en la humana, porque violaría tu privacidad. Creo haberlo explicado con anterioridad. Sin embargo, si hubiera completado mi ciclo de meditación, no habría insistido con tanta firmeza en alejarme de tu presencia; preocupado por el posible perjuicio que podía generar una falta de control por mi parte, en ningún momento reparé en el daño emocional que ello te ocasionaba.
Un furioso rojo se extendió por toda la cara y las orejas del rubio capitán, acompañado de una expresión de pura perplejidad. Spock lo observó con positiva fascinación, siempre encontraba agradable ese tipo de reacción física en Jim.
—Oh, Dios, soy el ser más ridículo del Cuadrante Alpha. Debo aprender a interpretar mejor lo que dices y cómo lo dices —se autoregañó Kirk, llevándose una mano a la cara de pura vergüenza—. Lo siento, metí la pata, no debí ser tan obtuso. Lo siento, de verdad, que lo siento. Al final me he comportado como el resto de imbéciles prejuiciosos que te hicieron la vida imposible y…
—Jim. —Spock le agarró por la muñeca y le obligó a mostrar el rostro, una pequeña ola de emociones le llegó a través del punto de contacto antes de poder alzar los escudos: inquietud, vergüenza y algo casi irreconocible pero que quemaba, era la única forma que encontró para describirlo. A esas emociones le siguieron otras, pero ya reflejadas en su cara y eran más difíciles de interpretar para Spock, aunque el miedo sobresalía por encima de todas.
—Jim, ¿por qué tienes miedo? ¿No confías en mí?
—Confío en ti, tanto como tú declaraste hacerlo en mí. No, no tengo miedo de ti, Spock, es otra cosa.
—Explícamelo, no sería aconsejable un nuevo malentendido entre ambos recién resuelto el anterior.
—No sabes lo que me estás pidiendo —parafraseó Jim, con un punto de pánico en la voz a pesar del tono bromista.
—Por favor, Jim.
—No.
Intentó retroceder, pero la mano de Spock le atenazaba la muñeca con mayor eficiencia que unas esposas. Empezó a sentirse acorralado y nervioso, y se preguntó en qué momento cambiaron las tornas entre ambos.
—Jim.
Kirk evitó mirar a la cara al vulcano, intentando encontrar una vía de escape, aunque era complicado concentrarse cuando tu mente solo es capaz de registrar la proximidad entre ambos cuerpos, el tacto en su muñeca y las inflexiones en aquella voz tan condenadamente sexy. No, mal Jim, ¡céntrate! Sin embargo, su maravilloso cerebro decidió desconectarse en el momento que la mano libre de su primer oficial le acarició el cabello, la línea del rostro y terminó sujetándole por la barbilla; un recorrido tan similar al que él mismo siguió sobre Spock aquella fatídica mañana, que le arrancó un escalofrío. Ejerciendo apenas un poco de fuerza, el vulcano le obligó a mirarle. Demasiado cerca. Podía sentir el efecto burbuja, cuando todo desaparece y el mundo se reduce a la persona frente a ti, aunque nunca había experimentado un caso tan grave que le dejara incapacitado física y mentalmente, debía comentárselo a Bones.
—Jim.
—No me hagas esto.
—¿El qué, Jim? —Spock estaba fascinado por el rostro del hombre frente a él, por expresiones en él desconocidas, por el tono de voz ligeramente ahogado, por el calor de la piel.
—Lo mismo que en la enfermería.
—¿Alejarme?
—Sí.
—Necesitaba meditación.
—Una parte de ti necesitaba meditación, la otra estaba huyendo.
A pesar del miedo, los ojos azules mostraban desafío, ira, esa energía interna que hacía resplandecer a Kirk y que ahora estaba por completo centrada en él, ahogándole en su intensidad.
—Eso es ilógico —objetó Spock.
—No, pero esto sí lo es.
Jim agarró al vulcano por la nuca e hizo desaparecer la casi inexistente distancia entre ambos, presionando sus labios contra los contrarios, realmente sin tener ningún objetivo en mente excepto acabar con la crispante situación. No esperaba el brazo que le rodeó por la cintura, atrayéndole, la mano deslizándose desde la muñeca hasta entrelazar sus dedos, liberando una descarga de fuego directa a su estómago, que solo se vio superada en intensidad cuando una boca atrapó la suya, enredándose, robándole el aliento.
Cuando la falta de oxígeno se volvió insostenible, se apartaron un poco, respirando de forma entrecortada. Spock decidió que, sí, le gustaba lo que percibía: la piel sonrojada, los brillantes ojos azules dilatados por la excitación, también el calor que transmitía el cuerpo atrapado entre sus brazos, el olor… Hundió la nariz en el desordenado cabello rubio, abandonado a la sensación, nueva y familiar a la vez.
—Spock… dios, voy a odiarme por esto… Spock, espera, ¿sabes lo que estás haciendo?
No, no lo sabía. Algo volvió a conectar en su interior y Spock fue capaz de razonar. Jim le vio abrir los ojos en un gesto de pura sorpresa, que le arrancó una pequeña sonrisa no del todo alegre.
—Puedes soltarme, no me enfadaré si lo haces —intentó Kirk, consciente de lo terriblemente confusa que resultaba la situación para alguien no acostumbrado a lidiar con emociones. Entonces, ¿cómo acabó enrollado con Uhura?
El vulcano siguió la sugerencia, aunque su mano regresó al punto de partida en la muñeca del joven rubio. Necesitaba demostrarle a Jim que no quería apartarle, a pesar de lo irracional que pudiera ser el impulso; sin embargo, fue una idea que se demostró acertada cuando Jim reparó en el gesto y su sonrisa se volvió luminosa, sincera, de esa forma tan particular que conseguía contagiar a sus ojos y tornarlos aún más azules de lo normal.
—Bueno, ahora solo espero que no pidas el traslado de nave después de esto —bromeó Kirk, tras intentar de manera infructuosa aclarar su garganta—. Eh, creo que lo debería preguntar, o disculparme, pero no sé exactamente cómo. ¿Estás bien?
—Ha sido una experiencia, hum, fascinante.
Jim soltó una carcajada un tanto histérica. Spock alzó una ceja, su típico gesto de extrañeza.
—Perdona, esto es un poco… digamos que cuando te pedí que habláramos, bueno, no pensé que acabaríamos así.
—No lo comprendo, Jim.
—Yo aun menos. Nunca imaginé que tú correspondieras… mi beso —se encogió de hombros, como si eso pudiera disimular el sonrojo que se negaba a abandonar su cara.
—Fue agradable —reconoció Spock, suavizando su expresión—, aunque inesperado y confuso.
—¿Repetible? —cuestionó el rubio, de la misma forma que un niño preguntaría por un segundo caramelo; aunque se quedó con la boca abierta nada más ver la pequeña sonrisa, apenas esbozada, que se adueño de los labios que deseaba volver a besar.
—¿Está solicitando un nuevo contacto físico, capitán?
—Ah, Spock, insisto en que hay que revisar esa particular forma tuya de usar el idioma, pero no hoy, al menos.
La primera vez había sido repentina, sin premeditación. Ahora que sabía lo que hacía, Jim se tomó su tiempo para aproximarse y tocar. Alzó su mano libre al rostro de Spock, acariciando la línea de su mejilla, mandíbula, cuello, subiendo hasta la nuca donde deslizó los dedos por el liso pelo negro. Le vio cerrar los ojos, tenso.
—Detenme si algo resulta molesto —le dijo.
—No es una experiencia desagradable, es nueva, diferente e intensa, requiere de análisis y asimilación —explicó Spock, abriendo de nuevo los párpados, revelando una oscuridad cargada de algo que hizo estremecer a Jim de pies a cabeza—. Si mi control resulta insuficiente, te lo haré saber de inmediato.
—Sería mejor si nos detuviésemos aquí, podemos ir despacio hasta que te familiarices con las sensaciones —propuso Jim, preocupado. Lo último que quería es que Spock perdiera el control, se asustara de sí mismo y se negara a mantener contacto con la raza humana para el resto de su larga vida vulcana. Otra vez surgía la misma duda, ¿cómo fue su relación con Uhura?
—Es una sugerencia muy acertada, Jim, aunque ¿me permitirías probar algo antes de concluir nuestro intercambio?
—Uh, claro, lo que quieras.
Spock sostuvo a Jim por la muñeca, dejando la palma de su mano vertical, e hizo algo que ahora sabía le pedía el cuerpo desde que viera al rubio ataviado con la indumentaria del Van-Kal t'Telan, extendió su propia mano, usando los dedos índice y anular para acariciar un instante los de Jim. Fue como prender una cerilla, algo intenso y vivo, que Jim también debió sentir por la forma en que miró su mano después del contacto. Ahora cobraban sentido tantas cosas: la necesidad de protegerle, de permanecer a su lado, de acaparar su atención frente al resto de seres y la insatisfacción sin nombre cuando no lo conseguía, la perdida de concentración y control, el anhelo…
Suficiente, fue el pensamiento de Spock, liberando su agarre. No obstante, Jim mantuvo su mano con la palma hacia él, quería repetirlo pero no lo exigía. Solo una vez más y le explicaría el significado. Recorrió la palma de la mano, desde la muñeca hacia arriba, hasta volver a conectar sus dedos en una sutil pero abrasadora caricia. Luego retrocedió un paso, entrelazó sus manos a la espalda y evitó mirar a Jim, luchando contra la necesidad de seguir tocándole.
—Es la forma en que mi gente se besa.
—Spock.
Alzó los ojos en respuesta al llamado, a una voz trastornada por pura emoción.
—Si así es como se siente un beso, no puedo esperar a saber cómo se sentirá todo lo demás.
Spock respiró hondo. Por primera vez en su vida dejó de ver el Pon Farr como algo inquietante.
OooO
La semana siguiente fue extraña para la tripulación del Enterprise. Resultaba evidente que su capitán y su primer oficial habían solucionado la discusión o problema que hubiera entre ambos, lo que en teoría hacía que todo volviera a la normalidad, pero no fue así. James Kirk parecía más hiperactivo y radiante que de costumbre, haciendo gala de unos niveles de felicidad casi insanos, que llevó a la parte femenina de los habitantes de la nave a una única conclusión: el capitán estaba enamorado y era correspondido, lo que explicaría su actitud, porque era eso o una infección alienígena de origen desconocido.
McCoy, como buen amigo y médico, no tardó en agarrar de una oreja al energético rubio y arrastrarlo a la enfermería para una revisión completa.
—Bones, que te digo que no me pasa nada, estoy sanísimo —protestó por centésima vez el capitán.
—Deja que lo dude.
—¿Por qué crees que estoy enfermo?
—Más que enfermo, yo diría drogado, así que con tus precedentes de reacciones extrañas a enfermedades extraterrestres, prefiero eliminar posibilidades de carácter mortal, si no te importa —replicó secamente McCoy.
—¿Drogado? ¿Te importaría ser más claro?
—En resumen, estás demasiado feliz, resplandeces tanto que algunos ya nos planteamos usar gafas protectoras, y ni siquiera te pusiste a maldecir en mitad del puente de mando cuando el Alto Mando volvió a cambiarnos la ruta de regreso a la Tierra.
—Bones, puedo explicarlo, no necesito que me sometas a un montón de pruebas y me cosas a hiposprays —dijo Kirk, consciente del problema—. ¿Podemos hablar en tu despacho?
—Más vale que no sea uno de tus trucos para escaquearte, que sepas que saque ciertas fotos la mañanita del biombo y puedo utilizarlas.
—¡Bones! —se escandalizó Jim, divertido—. Eso es más propio de mí, ¿acaso te estoy contagiando mis malas costumbres?
—Quizás. —Leonard cerró la compuerta y encaró a su mejor amigo—. Habla, chico.
—Resumido, me enrollé con Spock.
El ataque de risa de Kirk fue imparable durante los siguientes diez minutos ante la expresión de McCoy.
—Bromeas, Jim, dime que bromeas.
—No, no es broma, me devolvió el beso.
—¡Stop! ¡No necesito más información!
—Tú preguntaste —sonrió, ufano, el joven capitán.
—Entonces, ¿qué? ¿Estáis saliendo o algo así? —gruñó el médico.
—Hum, no lo sé, no quiero agobiarle más de la cuenta intentando aclarar qué somos exactamente, y a mí tampoco me apetece pensarlo, nos gusta estar juntos y creo que no es adverso al tema del contacto físico.
—¡Jim, no especifiques!
—No lo hago, ¿vale?, es vulcano, apenas han sido un par de besos, pero teniendo en cuenta lo mucho que le incomoda que le toquen, es un gran avance, al menos ya no sale huyendo si me acerco demasiado —explicó Kirk, molesto por la reacción de su amigo.
—Bueno, debería darte la enhorabuena y eso, aunque sea raro —dijo McCoy, divertido en cierta forma con el cambio dado por Jim, habiendo pasado de conquistador de una sola noche a enamorado a tiempo completo—. Un consejo: deberías intentar disimular un poco, tu tripulación ya anda chismorreando por los rincones sobre tu extraño comportamiento. Lo sé por mis enfermeras, siempre me entero de todo lo que pasa en la nave escuchándolas parloteando a mi alrededor.
—Nunca he sido bueno ocultando lo que pienso, pero lo intentaré —prometió Jim—, aunque solo sea por evitar el follón que se podría montar si el Almirantazgo se entera que un capitán se ha liado con su primer oficial.
—No eres ni el primero ni el último que lo hace, ya conoces lo que ocurrió con Archer.
Jim sonrió travieso.
—¿Sabías que los vulcanos no besan con la boca?
—¿Cómo…? —la curiosidad se sobrepuso a la aversión.
—Con las manos, ponen los dedos así y es como una descarga eléctrica.
—Interesante… espera. —McCoy escrutó el rostro de Kirk, captando esa pequeña sonrisa maquiavélica —. ¡Lo has hecho adrede! Así cada vez que os vea… ¡oh, dios! ¡Voy a matarte, Jim!
Segundos después, para sorpresa de los presentes, el capitán apareció perseguido a través de la enfermería por el primer oficial médico armado con un hipospray de dudoso contenido.
OooO
Spock estaba confuso. No en un sentido esencialmente peyorativo, solo no terminaba de asimilar los últimos acontecimientos, en particular, el origen de todos ellos: James Kirk demostrando, exhaustivamente, estar interesado en él de una manera que sobrepasaba la categoría de amigo y, por ilógico que resultara, a Spock le agradaba la situación, como su cuerpo había tenido a bien confirmar sin siquiera consultar con su cerebro. La experiencia era decididamente nueva y desconcertante, nada que ver con el precedente de Nyota. Empezar a salir con la teniente había sido un proceso lógico, algo agradable pero no de la forma en que lo era Jim, con Nyota nunca había llegado a perder el control de semejante manera, a abandonarse hasta el punto de desconectar cualquier percepción y proceso neuronal que no estuviera vinculado al hombre entre sus brazos.
Abandonó la meditación, centrado y con sus escudos en perfectas condiciones, todo parecía en orden y equilibrado. Era extraño. La nueva experiencia debería estar interfiriendo en sus procesos habituales y, sin embargo, percibía una serenidad de difícil explicación.
Salió de su camarote, al trasiego habitual de los pasillos del Entreprise, con el objetivo en mente de terminar algunos experimentos pendientes en el departamento de ciencias y su pequeño proyecto secreto. Aunque pasaba la mayor parte de su tiempo ayudando a dirigir la nave, como oficial científico en jefe siempre tenía reservado una mesa en la que trabajar cuando sus otras obligaciones se lo permitían. Ese pequeño rincón se había convertido en el escondite perfecto en el que trabajar durante sus ratos libres, casi siempre en el antiguo libro de encuadernación de cuero y páginas en blanco, que había estado rellenando con poesía vulcana y su traducción al estándar. Ahora que había desarrollado una relación de tipo romántico con Jim, el regalo de Navidad parecía mucho más apropiado.
La deriva de sus pensamientos se vio interrumpida por alguien gritando su nombre. Giró la cabeza y vio a Jim corriendo por el pasillo perseguido por el doctor McCoy armado con uno de sus hiposprays, una estampa más cotidiana de lo que debería ser, sobre todo si el capitán quería que su tripulación le respetase. Otro día hubiera amonestado al joven rubio, pero la alegre sensación que rondaba por su cuerpo desde hacía tres días le hizo actuar diferente. Atrapó a Jim por la cintura, con cuidado de no lastimarlo, y esperó hasta que el doctor les alcanzase, aguantando las protestas e intentos de escape.
—Doctor McCoy, ¿el capitán requiere atención médica? —cuestionó, al tiempo que lanzaba una significativa mirada al hipospray.
—¿Va a ponerse territorial, señor Spock? —replicó Leonard, con evidente buen humor.
—Eso sería ilógico.
Dicho lo cual, plantó a Jim justo delante de su mejor amigo. Leonard se echó a reír, incluso a su pesar, al ver la cara de desorientación del rubio.
—Has informado al doctor McCoy del cambio en nuestra interacción —observó Spock, liberando su presa.
—Es mi mejor amigo y ha estado aguantando mis quejas sobre ti los últimos meses, se lo debía —dijo Jim, con un encogimiento de hombros—. ¿Preferías que lo hubiera mantenido en secreto?
—No, comprendo la necesidad de informar a Leonard. ¿Considera nuestra relación inapropiada, doctor?
—No, demonios, no soy un cerrado de mente que se niegue a aceptar estas cosas. Además, tener contento al chico es una buena novedad, le sentará bien sacarse todas esas emociones negativas de encima —dijo McCoy, con una sonrisa de hermano mayor orgulloso—. Lo único que estaba intentando es meter, en esa cabeza tan dura que tiene, la necesidad de ser un poco más discreto con respecto a sus emociones. Está tan feliz que brilla y ya han empezado los cuchicheos. Lo último que quiero es que os nieguen la comandancia del Enterprise para la misión de cinco años, porque los jefes consideren que estáis comprometidos emocionalmente, en especial el pesado de Komack.
—Lo sé, lo sé… pero es que todavía no me lo creo —dijo Jim, alzando la vista hacia el medio vulcano.
—Es una situación inesperada, ciertamente, yo mismo aún estoy adaptando mis patrones de pensamiento en torno al cambio producido en nuestra interacción.
El rubio sonrió, demostrando a su pareja a qué se refería McCoy con eso de «estar brillante», y levantó la mano con dos dedos extendidos. Spock respondió al gesto casi por instinto, pero lo limitó a un leve contacto.
—Ah, maldita sea, va a ser imposible ocultar esto —resopló el médico.
—Es la novedad, para cuando terminen las vacaciones y volvamos a la nave prometo brillar dentro de un rango aceptable y no llamar la atención de los jefes —dijo Jim—. Al menos mientras estemos de cara al público.
—Hablando de lo cual, ¿cuánto queda para que atraquemos en la base lunar?
—No más de cinco horas. Voy a anunciarlo por megafonía para que todos se preparen y miren los planes de desembarco, aun así nos llevará unas cuatro horas sacar a la tripulación y eso contando con el flujo habitual de lanzaderas —respondió él, retomando su actitud de capitán—. He solicitado un transbordador de contención para el espécimen del lagarto y que lo lleven al Centro de Investigación de Xenovida; quizá podamos sacar algo de esa cosa que sea útil y compense una mínima parte de los muertos. Spock empezó a transferir los datos recogidos durante las misiones en cuanto entramos dentro del rango de recepción de la Tierra. Scott y su equipo están terminando de comprobar los sistemas de la nave, para así apagar en cuanto atraquemos.
—Os dejo entonces, tengo que asegurarme que la enfermería quede bien recogida y se envíen los casos clínicos.
—Te vemos luego en el embarcadero, Bones.
El médico masculló algo y se alejó en dirección contraria.
—Spock, terminemos nuestro trabajo y disfrutemos de nuestras vacaciones —clamó Jim, precediéndole hacia el puente de mando.
OooO
En casa, por fin. Jim dejó que Sulu y Chekov efectuaran la maniobra de atraque, observando del otro lado del cristal los gigantescos astilleros espaciales que orbitaban la Tierra; ambos poseían experiencia más que sobrada como para que él diese órdenes innecesarias. Toda la tripulación había preparado sus equipajes el día anterior y cada miembro de la misma estaba al tanto del orden de desembarco establecido. Dado el reducido tamaño de la sala del transportador, la tarea de bajar a tierra a unas cuatrocientas personas se hubiera eternizado, así que se recurría al uso de lanzaderas.
Los comandantes se demoraron más tiempo en los astilleros, entregando la documentación necesaria y, sobre todo, los informes sobre el funcionamiento de la nave en previsión de su definitiva puesta a punto. Así que, el pequeño grupo que se había convertido en la familia adoptiva de Kirk, acabó en la última nave de regreso a la Tierra.
—Estoy agotada, no quiero volver a tratar con papeleo —dijo Uhura, hundida en su asiento.
—Ninguno queremos —la apoyó Sulu—. Adoro trabajar en el laboratorio, pero cuando se trata de presentar los resultados me desespero.
—Considero que la exposición de las investigaciones es la fase más sencilla del proceso, no entiendo el por qué de su extenuación.
—Usted no cuenta, Spock, su forma de hablar es una maldita ponencia en sí misma, apenas necesita esforzarse con ese cerebro vulcano, pero el resto de mortales debemos obligarnos a pensar en idioma técnico y es agotador.
—Pero ahiora tienemos vacaciones —fue el alborozado comentario de Chekov.
—Y es Navidad —coreó Scott.
—Jim, estás muy callado.
El interpelado se giró hacia su mejor amigo, saliendo de su estado de ensoñación.
—Solo estaba pensando si mi madre habrá llegado ya a la Tierra o volverá a perderse las Navidades. No he tenido tiempo de revisar mis comunicaciones.
—Creo que su madre previó tal posibilidad —dijo Spock, pasándole la tableta de la que no se había separado desde esa mañana.
Jim encontró en la pantalla un mensaje de su madre, informando a Spock de su llegada el día anterior a los cuarteles de la Flota y que incluía una invitación a cenar para su pequeño grupo de amigos.
—¿Por qué mi madre ha decidido adoptarte? —cuestionó Jim.
—El realizar tareas de mensajero creo que no entra dentro de los patrones que sugieres, Jim.
—Tú no conoces a mi madre, te ha adoptado, y para cuando acabe el día habrá adoptado al resto de la tripulación.
—¿Nos invita a cenar a todos? ¿Comida casera? —McCoy se había apropiado de la tableta.
—Sí, estáis todos invitados, ¿os dará tiempo antes de partir hacia vuestras casas o pensabais salir hoy mismo?
—Es 23, yo no pensaba salir hasta mañana —dijo Uhura. El resto respondieron de manera similar.
—Toma. —Kirk le devolvió la tableta a Spock tras arrebatársela a McCoy—. Informa a mi madre.
El vulcano enarcó una ceja, pero siguió la orden del rubio capitán. La ceja se alzó aún más cuando notó el peso del cuerpo de Jim apoyado contra el suyo, le miró pero él ya estaba con los brazos cruzados y los ojos cerrados en una postura cómoda para sestear.
—Jim, no creo que esto se considere ser discretos —musitó Spock, sin dejar de escribir en la tableta.
—Nuestros amigos ya lo saben. Uhura te ha cazado besándome esta mañana y me ha sometido a interrogatorio, así que le he dicho que no me importaba que se lo contase a los demás y así me ahorraba un montón de explicaciones sobre romance que a mí se me dan fatal.
Spock recapituló y sí, recordaba haber estado hablando con Jim en el puesto del oficial científico; en un momento dado, Jim se había apoyado en su hombro y él le había tocado la mano. Quizás el rubio capitán era el que más resplandecía de los dos, pero sin duda Spock era quien estaba cometiendo un número mayor de indiscreciones.
—Lo mejor es que no tendremos que forzarnos a esconderlo durante la fiesta.
—¿Consideras que tu familia reaccionará de forma favorable?
Jim se medio incorporó y clavó una mirada escrutadora en su pareja.
—¿Qué te preocupa? Puedo saber que algo ronda esa cabeza vulcana y a veces te agobias por cosas que son tonterías para los humanos.
—No quisiera ser una fuente de disensión con tu familia, ahora que habéis solucionado vuestros problemas —respondió Spock.
El rubio capitán sonrió y atrapó la mano de Spock en la suya.
—Mi madre te adora y creo que, gracias a esos raros poderes materno-paranormales, ella ya intuía hacia donde nos dirigíamos; aunque no te puedo prometer que no se hagan unas cuantas bromas a nuestra costa, es algo típico a lo que se somete a las parejas nuevas. ¿Acaso vas a tener problemas con tu gente?
—No, T'Pau te reconoció como mi compañero de Pon Farr, lo que significa que, en última instancia, otorgaba su permiso como cabeza de familia para que nuestra relación se tornase más formal.
—Nunca me imaginé que tu abuela estaba jugando a las casamenteras como tu yo futuro —resopló Jim, acurrucándose de nuevo—. En serio, los vulcanos tenéis sorprendentes facetas ocultas.
El tono ligero y el punto de conexión de ambas manos le transmitían a Spock todo el buen humor que reverberaba dentro del joven, junto a otras agradables emociones en las que primaba el cariño. El vulcano agradecía la confianza que Jim mostraba al permitir que el contacto físico, sin miedo a que sus pensamientos se filtrasen; sin embargo, sentía una pequeña inquietud que no hacía más que resaltar un área de profundas memorias, debía tratarse de Tarsus, lo único que Jim no había compartido con él acerca de su vida, y no entendía el por qué de su reticencia a informarle al respecto.
El transbordador aterrizó en los hangares de San Francisco, en medio del típico caos de esas fechas cuando todo el mundo quería terminar sus obligaciones y marcharse a casa.
—Os he mandado un mensaje con la hora y localización para la cena, no vistáis demasiado formal, ¿de acuerdo? Tampoco hace falta que traigáis comida, pero algo de beber no será mal recibido. Disfrutad del día, luego nos vemos.
Fue la sucinta despedida de Jim a sus compañeros. Bones le dio una sonora palmada en la espalda y, en tono confidente, le recomendó no hacer demasiados experimentos con su novio antes de la cena, no fuera a ofrecer más posibilidades de que los otros se burlasen. Jim soltó una carcajada.
Nada más asomar su cabeza rubia fuera del transbordador, Jim pudo escuchar su nombre siendo gritado en medio del caos de los hangares. No le costó localizar la menuda figura de su madre, agitando la mano en alto para llamar su atención.
—¿Qué haces aquí? —preguntó él, tras estrecharla en un fuerte abrazo bajo las miradas curiosas de su tripulación.
—Quería invitar personalmente a tus amigos a nuestra pequeña fiesta de Navidad.
—No era necesario que te preocupases.
—No es por eso, sabía que Spock se encargaría de informarte sobre mi mensaje, pero me hacía ilusión conocerlos lo antes posible —dicho lo cual, dirigió una amplia sonrisa a los demás y extendió una mano hacia el más cercano, McCoy—. Encantada, soy Winona, la madre de Jamie.
—Doctor Leonard McCoy, CMO del Enterprise y madre sustitutiva de su hijo.
—¡Bones!
Winona fue la que más se rió de todo el grupo antes de estrechar la siguiente mano.
—Hikaru Sulu, piloto y jefe de xenobiología.
—Encantada. ¿Quién es el jovencito?
—Pavel Chekov, señora, astrionavegación —respondió el interpelado, con todo el temple que pudo reunir.
—De señora nada, querido, llámame Winona.
—Nyota Uhura, comunicaciones. Gracias por adoptarnos por una noche.
—No es nada querida, al contrario, gracias a vosotros por ser la familia de Jim durante estos últimos años.
—Mamá, es pronto para ponerse melancólicos —protestó el joven capitán—, espera al ponche de huevo al menos.
—No seas rancio, Jamie.
—No lo soy, solo quiero conservar mi dignidad un rato más —dijo Jim, a la vez que empujaba a Scotty al frente—. Te presento a mi ingeniero jefe.
—Montgomery Scott, señora.
—Encantada, pero en serio, dejad lo de señora y llamadme Winona.
—¿A qué horas quieres que te invadamos? —preguntó Jim.
—Oh, desde las siete es buena hora, pensaba servir la cena a eso de las nueve.
—Más o menos lo que yo había calculado. Ya sabéis chicos, descansad y nos vemos esta noche.
—Yo también debería volver a casa —dijo Winona, observando cómo los amigos de su hijo se perdían entre el gentío de los hangares, agitando la mano en alto a modo de despedida—. He dejado a tu hermano y a Aurelan a cargo de las compras, pero la cocina corre a mi cargo.
—¿Requiere que aportemos algún tipo de provisiones o nuestra colaboración para la preparación de la cena? —preguntó Spock, rompiendo su mutismo.
—Es muy amable de tu parte, cariño, pero no hace falta. Descansad del viaje para que luego podáis disfrutar de la fiesta. Uy, perdona —Winona apartó la mano, con la que había dado un afectuoso apretón al brazo del vulcano.
—No es necesario que se disculpe, mis parámetros de tolerancia al contacto físico se han adaptado parcialmente a las inconscientes muestras humanas de afecto.
Ella le dedicó una sonrisa como respuesta. Spock no sabía por qué, pero algo le indicaba que el gesto era diferente a los anteriores exhibidos previamente por la mujer. Una parte de sí mismo, aquella sujeta por la disciplina del control de emociones, se estremeció evocando la imagen de otra mujer que ya no existía.
—Entonces, ¿puedo darte un abrazo? —cuestionó Winona.
Spock tardó un par de segundos en reaccionar y, cuando lo hizo, se limitó a un rápido asentimiento con la cabeza. Winona se acercó a él y le rodeó con los brazos, para evidente diversión de Jim, que se convirtió en la segunda víctima de la efusividad de su madre.
—Hasta la noche —se despidió ella, saliendo al trote de los hangares para ir a coger un transporte.
—¿Qué tal la experiencia? —inquirió Jim, echándose la mochila al hombro.
—¿Podrías especificar?
—El abrazo.
—Fascinante.
Jim no insistió en que especificase, el uso de esa palabra por parte de su pareja era más que suficiente.
—No quiero parecer muy pesado, pero me preguntaba si querrías que pasáramos la tarde juntos hasta la cena.
—Pretendía hacer una sugerencia similar, Jim, de manera que sí, encontraría satisfactorio disfrutar de tu compañía.
—¿Necesitas recoger algo de tu casa? —preguntó el rubio, abriendo paso hacia el exterior de las instalaciones.
—Sí, aunque no requiero demasiado tiempo —confirmó él.
—Muy bien, pues a tu casa se ha dicho.
